Hola otro viernes mas, queridos lectores y lectoras. Espero reciban con agrado este nuevo capítulo, con él la información sobre la situación que rodea a los protagonistas aumenta. ¿Qué ocurrirá después? Gracias a todos por leer y comentar.

*** Nota importante: Durante los próximos dos viernes no estaré en mi lugar de residencia ni con internet a mano por lo que no podré actualizar en dos semanas... Espero me sepan disculpar y tengan presente que he actualizado sin falta cada viernes desde el inicio de este fic, por lo que he cumplido a la hora de compartir mi historia. Les pido sean comprensivos conmigo en esta ocasión. Gracias de antemano. ***


Capítulo 10.: Tratos con el mal

Los corredores de Palacio se encontraban desiertos en aquella hora. La partida hace días del príncipe heredero y sus Generales había hecho abandonar el palacio de la tierra a numerosos nobles que, sin motivo para permanecer en el recinto, habían vuelto a sus hogares para atenderlos hasta que el príncipe Endimión regresase a la tierra. Ese día no había amanecido como el resto, una fina capa de niebla cubría la tierra dando un aspecto tétrico y misterioso tanto al palacio como a los extensos jardines. Se podían ver guardias apostados en los puntos estratégicos del palacio, si bien no tantos como en otras ocasiones, pero si más de la mínima guardia acostumbrada.

Reinaba un gran silencio y tranquilidad, sólo roto por el sonido de algunos animales procedentes de los establos y de los escasos pájaros que se atrevían a sobrevolar el lugar. Todo era silencio a excepción de un escabroso sonido que era acallado y silenciado por el grosor y la intimidad que los muros de palacio concedían a muchas estancias. En una de ellas, actos impúdicos y lascivos estaban teniendo lugar. Allí, en una de esas habitaciones, una voluptuosa mujer de rojos cabellos era sodomizada por un fuerte guardia que la embestía agresivamente. La mujer envuelta en sudor gemía descontrolada emitiendo lascivos sonidos que eran acallados por el miembro de otro hombre mientras se introducía en su boca. Aquella pequeña orgía era habitual aunque normalmente ella deseaba tener mínimo tres hombres para satisfacer su cuerpo. En aquella ocasión y por no levantar sospechas, únicamente había hechizado a dos guardias de palacio a los que habitualmente embrujaba para consolar su hambriento cuerpo. Al abandonar el blanco de sus infructuosos ataques el palacio, había tenido que recurrir nuevamente a otros cuerpos masculinos que recibieran toda la magnitud de su deseo por el príncipe. Si bien no había conseguido tener sexo con Endimión, al tener redirigidos sus esfuerzos y su energía en esa tarea, había dejado de lado sus apetitos carnales hasta obtener resultados.

Aquellos jóvenes guardias no sabían con quién estaban; ya se había encargado Beryl de aturdir sus mentes para que se imaginasen con el ser con quien deseasen copular. A ella le daba igual que no la vieran a ella, sólo deseaba consolar su cuerpo llegando a tantos orgasmos como cualquier hombre la pudiese proporcionar. Esos vigorosos hombres la habían tomado varias veces esa tarde, dejando cubierta de semen su tersa piel pues ella adoraba ser regada con la semilla del hombre. No permitiría que ningún otro se corriese dentro de ella si éste no era Endimión y maldita fuese su suerte que todavía no lo había conseguido.

Aunque aquellos cuerpos eran jóvenes y fuertes, ella notaba que tras varias horas de sexo descontrolado y violento, ellos no tenían tanta fuerza como para seguir dándole placer y saciar su hambre. Ella no estaba del todo satisfecha, pero ¿qué le iba a hacer?, no todos iban a ser como ella imaginaba que sería practicar sexo salvaje con el príncipe. Sabía de su fuerza, la resistencia que su entrenamiento constante de guerrero le confería, de su virilidad, de su físico, y desde aquella vez que casi lo tuvo, sabía del tamaño y poder de su miembro; y por ello lo había deseado más. Tener aquel rígido, terso y potente miembro entre sus manos… había sido lo más delicioso que ella había experimentado en su trayectoria sexual. En aquel instante, sólo de imaginarse penetrada por aquel impresionante pene mientras él la embestía violentamente y golpeaba con su fuerte mano sus glúteos en lugar del de aquel joven guardia, había conseguido acercarla al frenesí del orgasmo que estaba buscando desde hacía minutos con aquellos jóvenes. Acompasó su movimiento al de las rápidas embestidas que recibía y la mamada que le realizaba al otro guardia. Su culminación se acercaba, sentía como poderosas sensaciones se extendían desde su vientre hacia el resto de su húmedo y ardiente cuerpo. Los jóvenes habían incrementado el ritmo de sus gemidos y jadeos; el hombre que sodomizaba a la mujer ahora la embestía con tanta agresividad que el sonido de sus caderas contra los glúteos de ella era perfectamente audible, sonando como quien aplaude en un auditorio. Ella ahora utilizaba su mano para masturbar al joven que tenía delante, mientras su boca engullía la cabeza de su miembro. Estaba tan duro que creía que el pene del joven reventaría. Los tres estaban a punto de correrse. Faltaba muy poco, llevaban perdidos en el frenesí del acto varios minutos y éste se acercaba ahora rápidamente.

Los hombres estaban cerca de correrse en su interior cuando el cuerpo de Beryl alcanzó un sonoro y concentrado orgasmo que contrajo todo su ser. Ella apretaba con sus músculos internos el pene del guardia, que no pudo aguantar más y dando pocas estocadas más se derramó en su ano con mucha violencia. Al alcanzar ella el clímax, había apretado con fuerza la mano con la que sujetaba el pene del otro guardia y había succionado con intensidad la cabeza, consiguiendo que el otro también alcanzase el último orgasmo, expulsando su semilla en la boca de la pelirroja.

Cayeron extenuados sobre aquella cama, olía a sexo y sudor en toda la habitación. Ella sacó de su interior al semiinconsciente joven que tenía detrás, dejándolo caer extenuado sobre la cama. Los miraba con desdén y desprecio mientras se limpiaba la boca de los restos de semen que habían escapado de su interior.

"– Insatisfactorio e insuficiente." –murmuró en voz baja, menospreciando los esfuerzos de aquellos enérgicos jóvenes que la habían tomado varias veces esa tarde. Les dirigió una última mirada y acercándose a la cama, encendió una nueva barra de incienso, el que utilizaba para someter la voluntad de los hombres que ella tomaba. Cuando éste hubo expulsado un fino hilo de humo que rodeo la estancia, ordenó a los jóvenes carentes de voluntad que se vistiesen y abandonasen sus aposentos.

"– ¡Qué difícil es conseguir un hombre que consiga someter mi deseo;" –dijo enojada mientras veía cerrarse la puerta de su dormitorio– Endimión, ¿serás tú ese hombre? Sí, estoy segura." Se dirigió hasta su cama y sujetando la sabana empapada de semen y sudor, la arrojó a una esquina. Se tumbó en medio de la cama y comenzó a excitarse; con una mano pellizcaba uno de sus pezones todavía duros y sensibles, mientras con su otra mano separaba los pliegues de su sexo, introduciendo dos de sus dedos en su interior. Se comenzó a masturbar con intensidad, gemía el nombre de Endimión una y otra vez hasta que un fuerte orgasmo la dejó arrasada sobre su cama.

"– Regresa pronto, Endimión, quiero disfrutar de tu cuerpo cuanto antes… –aseveró mientras seguía acariciándose– pero antes tengo que conseguir que te sometas a mí para conseguir atarte a mi… debo volver a aquel sitio… sí, ella me ayudará sin duda." En aquel momento, Beryl se decidió, iría a ver a aquella hechicera. En otras ocasiones le había servido bien, y aunque sus servicios eran caros, lo que obtenía casi siempre la satisfacía en mayor grado del esperado.

Tras varios minutos masturbándose, se levantó de su lecho y pidió un baño. Nuevamente consoló su cuerpo una vez más dentro de la bañera, estaba tan caliente que su alivio sólo llego cuando el agua se enfrió lo suficiente como para producirle escalofríos.

Abandonó sus aposentos una hora más tarde, envuelta en una larga y oscura capa. Un carruaje la esperaba en una de las salidas secundarias del palacio. Ella prefería utilizar esos accesos para no ser vista ni tener que dar explicaciones a nadie. Era fácil en esos momentos escabullirse de los terrenos del palacio de la tierra. El príncipe había abandonado el palacio y el planeta hacía unos días, por lo que la seguridad en general se había visto reducida considerablemente. Esa era una buena oportunidad para que cualquier persona, con dudosas intenciones, urdiese algún siniestro plan con fines más bien poco honorables. Éste era el caso. El coche de caballos se deslizaba tranquilamente por las inmediaciones del palacio para no despertar sospechas ni atraer la atención de miradas no deseadas sobre él. Lentamente se iba alejando de aquella zona y del barrio rico y acomodado que rodeaba el palacio. Al no estar ni el príncipe de la tierra ni sus cuatro Generales, las patrullas de soldados que vigilaban eran menos numerosas por las calles y cualquiera, escudándose en las sombras, podía escabullirse sin ser visto.

Aquella era una de esas noches en las que cualquier plan urdido con maldad se veía favorecido para florecer. Una copiosa lluvia caía con insistencia sobre ese barrio de las afueras de la ciudad, el sombrío carruaje recorría un angosto camino en dirección al bosque y al pantano. Los caminos se encontraban desiertos, ni un alma se veía en los alrededores. Era hasta cierto punto normal, nadie se atrevería a recorrer esa zona y menos con aquella climatología adversa. No era un barrio por el que fuese habitual ver un carruaje y menos que alguien del rango de su ocupante en él, no estaría bien visto; pero eso era algo que a ella le traía sin cuidado, no era la primera vez que hacía ese camino para obtener algún elixir o poción afín a sus necesidades, y esta vez no era diferente.

Como en otras ocasiones, ella iba únicamente acompañada por su cochero de confianza, al cual pagaba una generosa cantidad de dinero para que se mantuviese en silencio en lo que a sus escapadas de palacio se refería. No es necesario decir que nadie del entorno habitual de Beryl tenía conocimiento de las furtivas escapadas que ella había realizado por aquellos parajes y mucho menos del motivo por el cual se atrevía a abandonar el lujoso entorno al que estaba acostumbrada. Sus motivos sólo los conocía ella, si alguien hubiese sospechado de sus intenciones de seguro habría acabado en algún oscuro calabozo acusada de traición, pues así es como se castigaba por aquel entonces a todo aquel que fraguase tramas y elaborados planes con fines ladinos y taimados.

Tras unos minutos de incomodo recorrido por aquellos estrechos caminos llenos de baches, el carruaje se detuvo a frente a la valla de la entrada de una vieja mansión abandonada. En lo alto de una colina se veía una vieja casona de piedra con las ventanas cegadas con tablones y cemento en otras. Los deslucidos muros, que en otro tiempo habrían lucido majestuoso por los materiales empleados en su construcción, dejaban ver las vigas y el viejo cemento que las mantenía unidas entre sí.

"– Hemos llegado, Señora." –dijo el cochero descendiendo del pescante y aproximándose a la portezuela del carruaje para ayudar a descender a su ocupante. Envuelta en la capa oscura que ocultaba su rostro, Beryl tomó la mano enguantada que le ofrecía el cochero y descendió al embarrado suelo.

"– Espérame aquí, no creo que tarde mucho." –espetó la mujer mientras cruzaba el camino para después atravesar la verja oxidada de la propiedad a través de una grieta. Con paso cauteloso tomó el camino de tierra que rodeaba la parte inferior de la mansión alejándola de la gran casona pero manteniéndola dentro de la propiedad.

"– Debo darme prisa antes que en Palacio se reparen en mi ausencia." –dijo en voz baja mientras se aproximaba caminando hasta una pequeña agrupación de árboles que había tras la mansión. Los sinuosos troncos estaban deformados como si los hubiesen desfigurado adrede formando terroríficas formas angulosas. Pocos de ellos conservaban aún alguna rama con hojas. Las que no estaban presentes en los árboles, se encontraban cubriendo el polvoriento camino, ahora embarrado, amortiguando los pasos de la mujer que parecía saber muy bien donde pisaba. La lluvia afortunadamente estaba cesando, lo que la permitió apresurar su paso. Tras recorrer una buena distancia, llegó hasta lo que parecía un pequeño pantano, el cual rodeo para aproximarse a una vieja y cochambrosa cabaña.

Mientras se acercaba podía ver como desde las sombras, seres deformes la acechaban tras los árboles que dejaba a su paso. Observaba con cierta aprensión que de la nada brillantes y sanguinolentos ojos la observaban, se sentía como una presa acorralada ante una manada de bestias hambrientas y sanguinarias. No era la primera vez que esa escena sucedía, pero jamás se acostumbraría a la sensación de sentirse comida ante aquellos seres de la oscuridad.

Cuando llegó frente a la puerta de la choza, ésta se abrió lentamente y alguien desde el interior la invitó a entrar.

"– Pase, por favor –habló una tétrica voz proveniente del interior– ¡Cuánto tiempo sin honrarnos con su presencia, señorita Beryl! Pensamos que ya no requería de nuestros servicios." Beryl accedió al interior del lugar con paso cauteloso pero firme; cuando se detuvo al traspasar el umbral, el olor a humedad y podredumbre la rodeó casi provocándole una arcada. Buscó con rapidez entre sus ropas un pañuelo para cubrir su nariz y boca, el hedor era insoportable. Ahí había algo muerto, seguro.

"– Veo que algunas cosas nunca cambian." –dijo con disgusto la mujer, mientras se acercaba a uno de los rincones de la sala dónde tras una mesa, se veía la borrosa figura de un ser también cubierto por una capa. Si hubiese estado en alguna feria o mercado, podría haber jurado que estaba en la casa del Terror o en la carpa de alguna nigromante o adivina para leerle el futuro, pero sabía muy bien dónde estaba. Nadie en su sano juicio se aventuraría a ir a ese lugar salvo si supiese perfectamente dónde estaba y por qué estaba allí. La estancia estaba iluminada por un sinuoso fuego que ardía rabioso en la chimenea mientras que por la puerta que cruzó Beryl, entraba la única luz natural que a ella la iluminaba.

"– ¿Qué tal os fue con vuestra anterior adquisición? –Preguntó petulante el misterioso ser frente a ella– ¿satisfizo vuestras expectativas?". Beryl miró con desprecio a la figura. Apartó la mirada al fuego para instantes más tarde, aproximarse a la mesa y sentarse en una silla que se encontraba frente a ésta.

"– Cumplió con su cometido en parte, pero… –explicó Beryl complaciente alimentando el ego de la bruja–… pero surgieron contratiempos que impidieron llevar a cabo mi plan." Beryl recordó brevemente cuando echó el psico-narcótico en la copa del príncipe en una celebración, consiguiendo que la siguiese sin voluntad hasta sus habitaciones como un fiel perro, obediente a sus palabras. Allí había conseguido aprovecharse del príncipe, sin apenas necesidad de emplear sus artes de seducción como experimentada cortesana que era. Se había deleitado con los besos que había robado del príncipe y las caricias lujuriosas que había hecho en su cuerpo. Casi había logrado poseerlo hasta que uno de sus Generales irrumpió en la estancia, apartándola sin delicadeza del príncipe y agarrando a este, sacándolo de allí.

"– Ya veo, no siempre controlamos todas las variables –rio burlona la bruja– son demasiados los factores a tener en cuenta, ¿no es cierto?" Beryl miraba con desprecio a la bruja, tenía razón.

"– Es imposible aislar de su guardia a alguien tan vigilado como él." –espetó ofendida Beryl.

"– ¿Y qué deseáis en esta ocasión? –murmuró la bruja interrogándola– ¿una nueva poción? ¿Somníferos para sus guardianes? ¿Un hechizo para subyugar temporalmente la voluntad del príncipe?… ¿O algo aún mejor y más eficaz a corto plazo?" En la sombra debajo de la capucha que cubría a la bruja se pudo ver una torcida sonrisa perversa, que no pasó totalmente desapercibida por parte de Beryl.

Ella observaba desconfiada a la bruja, si bien sus anteriores adquisiciones habían sido efectivas en parte y sentía que no había malgastado su dinero, no habían sido exitosos porque el príncipe estaba bajo constante supervisión. Tenía que conceder el mérito de sus avances a aquel ser; no es que ella no tuviese armas para conquistar a cualquier hombre, pero Endimión se le resistía como ninguno.

"– ¿Qué estáis queriendo sugerir? –Preguntó recelosa Beryl– ¿Acaso hay algo más efectivo que garantice mi éxito?".

"– Si hubieseis querido escuchar mi anterior propuesta, la situación podría haberse inclinado claramente a vuestro favor, mi señora." –expuso socarrona la hechicera. Beryl centró su escéptica mirada en ella. "– El sólo empleo de pociones y narcóticos para someter la voluntad de los hombres es un juego muy arriesgado; el entorno queda excluido y podéis perder más de lo que os reportaría tener éxito. –Explicó misteriosamente la hechicera– En cambio, teniendo el poder, empleando la brujería o haciendo un trato con ciertos individuos… podríais llegar al trono con facilidad."

Estas palabras iluminaron el codicioso rostro de Beryl que boquiabierta trasladó a sus labios una pérfida sonrisa de vanidad; vanidad que había sido alimentada con toda intención por la misteriosa forma que habitaba ese lugar. Veía en sus ojos la ambición desmedida de la humana frente a ella, era una presa tan sumamente apetitosa y fácil de controlar por sus ansias de poder y tan codiciosa que durante el tiempo que habían durado sus tratos, la oscuridad que yacía en ella se había incrementado volviéndose una poderosa fuente de energía, el recipiente perfecto para ser poseído.

"– ¿De qué clase de situación estamos hablando?" –preguntó tan impaciente como curiosa Beryl.

"– Es sencillo, mi Señora, –explicó con audacia– si obtenéis el poder necesario, podríais dominar fácilmente el reino con muy poco y vuestra presa no podría resistirse a vos por más tiempo. Podríais hacer con él lo que os placiera, ya que hoy en día el poder es lo que hace que unos reinos se relacionen con otros; por la obtención de poder, seguridad y estabilidad."

Beryl escuchaba atenta sus palabras, era tan sumamente tentador, era lo que ella deseaba. Tener poder podría acercarla a su ansiada meta. Era tan sumamente atrayente la propuesta que no pensó en rechazarla.

"– Pagaré con gusto la suma que acordéis para lograrlo." –dijo alentada por su orgullo a la hechicera. Ésta asintió con una escalofriante risa, extendiendo su enjuta y angulosa mano hasta la distancia en que Beryl podría estrecharla si cerraban el trato. Beryl dudó un momento pero adelantó con rapidez su mano hasta estrechar la de la bruja. En ese momento, algo frio y tenebroso entró en ella a través de su mano, dejándola paralizada sin poder moverse siquiera. Aterrada por aquella sensación que la estaba invadiendo lentamente, levantó su vista hasta la figura frente a ella y pudo observar unos ojos brillantes y sombríos posados sobre ella, y una maliciosa sonrisa bajo estos. Lo que vio… no era humano.

"– ¿Qué estás haciendo? ¿Quién…" –comenzó a decir una asustada Beryl. Sólo recibió una terrorífica risa antes de perder la consciencia y el control total de su cuerpo.

Justo antes de caer, escuchó una tenebrosa voz decir: "– ¡Ya eres mía!".

La energía oscura se desató en aquel lugar, el cadavérico cuerpo de la bruja que contenía el maligno poder estalló en pedazos. Era únicamente una carcasa vacía que encubría el verdadero ser que habitaba ese lugar, la tan temida Metalia. La energía oscura en su estado original, que oculta entre las sombras esperaba el momento oportuno para volver a alzarse contra la humanidad y conseguir sumir el universo entero en el caos y la oscuridad. Ahora ya tenía el peón perfecto, una mujer cargada de odio, sin escrúpulos y ambiciones desmedidas que desde el principio estuvo guiada por ella. ¡Qué fácil le había resultado influir negativamente en aquella joven debido a sus egoístas deseos y carácter inestable!

Se introdujo totalmente en su cuerpo, el cual se vio rodeado de inmediato por la energía oscura y comenzó a transformarse. Sus rojos cabellos ondulados se tornaron esmeralda y se alzaron ingrávidos sobre su cabeza, un largo y provocativo vestido rojo cubrió su cuerpo reemplazando al que originalmente su portadora llevaba, su piel se tornó irisada perdiendo su calidez, sus orejas se tornaron apuntadas y en su frente apareció incrustada una joya ovalada. Seguía siendo bella pero ya no era humana, ahora en aquel cuerpo cargado de odio fusionado con la energía maligna de Metalia ya no habitaba un alma humana.

"– Siento el poder recorrer mi cuerpo –exclamó orgullosa– ¡que maravillosa sensación!" Alzando sus manos deslizó sus nuevas garras por su piel satisfecha del resultado. "– Esto es mejor de lo que esperaba; siento el poder, tengo la belleza y dentro de poco… te tendré a tí. Serás mío, Endimión. Tú y el mundo entero."

En una alarde de poder hizo estallar la cabaña, que se deshizo como si de la cascara de un huevo se tratase. Apenas había emitido un leve fulgor en sus manos para conseguir arrasar la zona.

"– Ahora lo que necesito –espetó con una sonrisa maligna– es convocar a mi ejército. Tengo que conseguir el mayor que haya existido nunca, uno mayor que el de palacio… Sí, los seres del infierno me serán de ayuda." Y diciendo estas palabas comenzó a transmitir a la tierra la energía oscura que fluía por su cuerpo. Cientos de grotescos seres parecidos a duendes emergieron de la tierra y se arrodillaron ante ella. Sus miradas vacías y cuerpos lánguidos se contorsionaban haciendo extrañas reverencias ante la que ya reconocían como su reina.

"– ¡Oh, Beryl, Reina Metalia! –Exclamaron algunos seres– ¿Qué deseas de nosotros?". Ella miró a los extraños seres que se congregaban en torno a ella con rostro altivo y orgulloso, recorría con sus fríos ojos la extensión de tierra donde se agrupaban los deformes seres que esperaban sus órdenes. 'Estos me servirán para conseguir al resto' pensó con maldad.

"– Siervos, id por todo el planeta captando el mayor número posible de soldados para mi ejército; –habló con desprecio y prepotencia– sembrad la semilla del odio y la discordia en todos aquellos corazones débiles que encontréis en vuestro camino, pero hacedlo con discreción. Nada puede interferir en mis planes hasta que todo esté preparado, nadie debe enterarse de mis planes. Aquel que desobedezca –dijo tornando más sombría su mirada irradiando una poderosa energía fuera de ella– será castigado con la muerte o algo peor…"

Todos los seres que se encontraban postrados ante ella, temblaron ante las palabras de la siniestra mujer que tenían frente a ella pero al instante, cientos de sonrisas malévolas se dibujaron en sus deformes rostros y todos gritaron: "– Sí, mi Reina." Al momento de decir estas palabras muchos de los seres se convirtieron en una fina neblina grisácea que se dispersó sinuosa en varias direcciones por el aire y el resto se volvieron a filtrar en la tierra.

"– Bien, el primer paso está dado. –dijo con voz siniestra subiendo una tétrica sonrisa a su boca– Ahora sólo es cuestión de tiempo que mis tropas se vean incrementadas y que él regrese a la tierra, poco podrá hacer contra mí su ejército y mucho menos si lo ataco antes de que el Cristal de Oro obre en su poder."

Muy satisfecha, la renacida Metalia abandonó el lugar dejando a su paso un rastro de desolación y putrefacción. Se ocultaría hasta poder llevar a cabo sus malvados planes, el tiempo que Endimión no estuviese en la Tierra le daría margen para preparar su estrategia de ataque. No habría nada que pudiesen hacer para evitar que ella obtuviese lo que quería, y ahora más que nunca estaba segura de su éxito.

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Justo en esos momentos, la Reina de la luna revisaba unos documentos en su despacho. Sintió un escalofrío que le recorrió la piel dejándosela erizada. Conocía bien aquella sensación, la recordaba cuando ella apenas era una joven princesa que comenzaba su aprendizaje. Sucedió la anterior vez que el caos trató de controlar el mundo, cuando su propia madre perdió su vida protegiendo el sistema solar.

Con rapidez, hizo llamar a sus Consejeros. En pocos minutos se reunieron con ella en su despacho. Velozmente organizaron una expedición a la tierra para investigar sobre el terreno si sus sospechas eran o no infundadas. Cierto es que la sensación que había tenido era sólo eso, una sensación, pero de sobra sabían sus Consejeros que con más frecuencia de la deseada, cada vez que la Reina tenía un presentimiento, éste era cierto… fuese para bien o para mal.

Sin mediar más con sus consejeros, rápidamente inició una comunicación de emergencia con el Palacio de la Tierra. La conversación no duró mucho. Tan pronto como hubo informado al rey Etlio y a la Reina Cálice de su presentimiento, ellos estuvieron a su entera disposición para añadir otra expedición a la que la Reina Serenity ya había reunido. Todo el procedimiento se realizó con una rapidez pasmosa.

"– Mi Reina, ¿creéis adecuado que informemos al príncipe y a los Generales? –habló el Rey preocupado– Es posible que ante este problema, quieran regresar a la tierra y dirigir esta misión." La Reina Serenity pensó unos instantes y respondió calmada.

"– Por un lado, veo conveniente que sean informados pero… –se detuvo para tomar aire– por el momento sólo es un presentimiento que no una certeza, por lo que considero innecesario alarmar al príncipe y los Generales de una situación que todavía no se confirmaría." Los monarcas terrestres asintieron preocupados ante las palabras de la Reina, en cierto modo coincidían en no informar de aquello a su hijo y Generales, pero por otro lado si algo sucedía… estando en la luna cabía la posibilidad de no poder reaccionar a tiempo para defender la tierra.

La Reina Serenity añadió: "– Si no os parece mal, informaré a Lord Kunszite. Si al menos uno de ellos está informado, podrá orientar y alistar al resto de sus compañeros, –el Rey y la Reina de la tierra asintieron algo más satisfechos– mientras el príncipe Endimión permanezca aquí, más probabilidades habrá de completar su entrenamiento y asegurar la paz en la tierra."

Concretaron algunos puntos extra en la expedición conjunta que organizarían para investigar y tras esto, cortaron las comunicaciones tras ponerse al día con los avances de su hijo. Los monarcas habían escuchado sorprendidos todo lo que había realizado su hijo, su mejora emocional y física, ciertamente les costaba creer que estuviesen hablando del mismo muchacho aislado y frio que había sido él durante años. Una misma idea cruzaba su pensamiento, la princesa había obrado milagros en el príncipe, a pesar de él no saber de quien se trataba. Habían expresado su preocupación ante este hecho, dado el carácter desconfiado de Endimión, pero la reina les había tranquilizado diciéndoles: "– Estoy segura que ellos sabrán lidiar con esa situación cuando llegue el momento; son jóvenes y sienten afecto mutuo el uno por el otro, estoy segura que harán lo más adecuado llegado ese punto."

No hablaron más del tema. Rápidamente iniciaron cada cual los preparativos para investigar qué había originado aquel presentimiento de la Reina Serenity. Pocas veces se había equivocado, pero en aquella ocasión todos deseaban que así fuese, incluida la Reina. Más tarde, la Reina Serenity hizo llamar al General Kunszite para informarle de aquel presentimiento que ella había tenido. No tenía pruebas, únicamente había sentido aquel estremecimiento que le era tan desagradablemente familiar, evocando aquella situación vivida en su niñez. Kunszite la había escuchado atento y en silencio, asimilando cada una de las palabras de la Reina. Conocía la gravedad de lo que aquello implicaba, por ello mismo, prometió guardar silencio para que nada enturbiase el aprendizaje del príncipe y consiguiese llevar a cabo su misión para con el Cristal de Oro cuanto antes.

"– Majestad, el príncipe Endimión está mejorando en todos los aspectos, ¿creéis que complete su formación satisfactoriamente? –dijo Kunszite dubitativo mientras la reina lo invitaba a acomodarse frente su escritorio– Tanto las Guerreros como la joven Bunny están logrando grandes avances y mejoras… bueno, más que nadie la señorita Bunny." La Reina miró agradecida a Kunszite por aquellas palabras, él no sabía que estaba elogiando a la propia princesa de la luna. En un momento pensó que sería correcto que por lo menos él, el General con más prestigio, lealtad y renombre de la tierra, estuviese informado de la verdadera identidad de 'Bunny'. La Reina se dispuso a aclarar la muda duda del General.

"– Ella siempre ha sido muy obstinada y perseverante en todo lo que ha emprendido. –comentó con calidez– Desde niña, ella ha mostrado la misma tenacidad que nos ha caracterizado a los miembros de la familia real, aunque creo que ella ha obtenido doble ración; su padre lo era tanto como yo siendo niño." Kunszite se quedó helado ante la revelación que la Reina le había hecho. Lentamente alzó la mirada hasta afrontar la de la Reina, quien asentía con dulzura.

"– Queréis decir que… ella es… –balbuceó Kunszite totalmente descolocado, la reina volvió a asentir– ella… es Selene… la princesa Selene…". Kunszite se levantó súbitamente, la sorpresa lo invadía. Estaba totalmente en shock ante la revelación de la Reina. "– Pero, Majestad, ¿cómo habéis permitido que…? ¡Ella es tratada como cualquier persona por todos, sin ningún tipo de formalismo ni la cortesía exigida por su rango y posición…! ¿Cómo disteis vuestra aprobación para ello?". La Reina Serenity lo miraba con comprensión, veía todas las dudas que reflejaba el rostro del General ante la información que se le había puesto de manifiesto.

"– Mi hija, la princesa Selene… Bunny… –señaló finalmente con ternura– lo quiso así, ¿podéis imaginaros si se le hubiese obligado al príncipe Endimión a pasar tiempo con mi hija? ¿Creéis que ella habría conseguido alguna mejora en el príncipe si no hubiese prescindido de su rango? En este caso, el desconocimiento del príncipe beneficia a todos los habitantes de la tierra. Mi hija comprende esto, aunque se acercará el momento en que deba decirle la verdad y tengo por seguro que ella sufrirá por ello."

Kunszite observaba admirado a la Reina. Tras meditar unos segundos, tomó la firme decisión de no dejar sola en aquella cruzada a Bunny… a la princesa Selene.

"– Majestad, podéis contar con mi intervención si cuando llegue el momento de revelarle la verdad al príncipe, éste no reacciona… correctamente." –expuso Kunszite conciliador. La Reina lo miró complacido.

"– Os quedo muy agradecida, mi Señor, estoy segura que mi hija apreciara vuestra ayuda llegado el momento." –dijo la Reina mientras se ponía en pie y se aproximaba a Kunszite pausadamente. Él la observó con admiración y cuando estuvo a su lado, hizo una profunda reverencia al mismo tiempo que tomaba la mano de la Reina que gentilmente ella le había ofrecido, y la besaba en señal de obediencia.

Se estaba retirando de aquella estancia cuando, dirigió una nueva consulta a la Reina.

"– Majestad, he de suponer que las Guerreros no están informadas de esta conversación todavía, ¿no es así?" –comentó Kunszite.

"– Las Guerreros serán informadas en cuanto a la posible amenaza se refiere en su debido momento, no debéis preocuparos." –Aseguró la Reina con firmeza– En cuanto a lo otro… La princesa se encargó personalmente de informar a sus amigas… las Guerreros, al día siguiente de vuestra llegada." Kunszite asintió profundamente y se retiró de la presencia de la Reina.

Aquella entrevista con la Reina había estado cargada de reveladora información. Algo en su interior le decía que las sospechas que albergaba la reina eran más que fundadas y que más pronto de lo esperado tendrían que enfrentar nuevos peligros. Y él estaría preparado para luchar por la tierra y por sus gentes, y por su príncipe.