Hasta los huesos
11: Cuatro ofertas
Al llegar al baile, Marco se encontró con que casi todos sus compañeros de clase estaban allí, disfrazados de toda clase de cosas. Se movían de un lado al otro, charlando y sonriendo, hasta que un grupo de seis personas, todos con los uniformes del parque del señor Nieve, los guiaron hacia un sitio que no habían visto antes.
En un principio, parecía una piscina común y corriente, sólo que tenía lo que parecía ser un muelle. Y, entonces, algo rompió la superficie del agua, y apareció la boca de un submarino, uno tan grande como la casa de Marco… lo que quería decir que el vehículo completo era, al menos, cinco veces mayor.
El señor Nieve los esperaba, sonriendo.
-Les doy la bienvenida, jóvenes. Es un honor el tenerlos aquí, para estrenar en primer submarino activo de la historia de la ciudad. ¡Podrán contarle esto a sus nietos!- risas generales, miradas emocionadas –Ahora, les doy la bienvenida a la fiesta de cumpleaños de mi hijo, Jack. Por favor, pasen y disfruten del paseo. Será uno que siempre se recordará.
De a dos, fueron entrando por la puerta, que parecía la de una nave espacial, y bajaron por unas escaleras de caracol. Dentro, la temperatura era agradable, pero no dejaba de ser fresca. Pasaron por un pasillo hasta llegar a una inmensa sala de baile.
-Damas, caballeros, bienvenidos- Marco reconoció a la chica de la chocolatería –En unos segundos, el submarino se sumergirá en las aguas del río subterráneo. Puede que sientan un ligero bamboleo, pero sólo será por un par de segundos. Esperamos que disfruten de su estadía…
-Te están mirando, Marco- la dijo Star, sonriendo –Y a ti también, Tom- le avisó al otro.
-Es que somos muchachos bonitos con buenos trajes- dijo el demonio, sonriendo.
-Y el… saber que hay gente que te aprecia te hace feliz- dijo Marco, apretando la mano de Tom y tomando la de Star.
-Oh, Marco- dijo la chica, y los abrazó.
Para cuando empezó el primer baile, a nadie le sorprendió que el Señor del Fuego y el Mariachi esqueleto bailasen juntos.
.-.
En un momento de la velada, las luces se apagaron y una cantante famosa local comenzó a entonar una versión de una de las canciones de moda. A Star le gustaba, a Tom no tanto, y Marco se encontró con que había tomado demasiado jugo. Se despidió de Tom con un saludo de la mano y le preguntó a una de las camareras en dónde estaba el baño.
Cuando estaba a punto de volver a la sala de baile, notó que había una figura, vestida de blanco y celeste, encorvada e inquieta.
-¿Jack?- el muchacho rubio levantó la cabeza de golpe y, al verlo, asintió. Parecía que era un muñeco con una cuerda demasiado tensa -¿Estás bien?
-No- dijo, y pareció desinflarse –Es decir… no lo sé.
-¿Quieres que llame a tu padre, o a alguien…?
-No, por favor- cerró los ojos, respiró hondo y los volvió a abrir –Pero sí puedes… ¿podrías acompañarme por unos minutos? Hay algo… algo que necesito decirte.
.-.
-¿Jack?- el muchacho parecía algo nervioso, llevándolo de la mano hacia un sitio que no parecía estar habilitado para la celebración -¿A dónde vamos?
-Marco… - la voz le temblaba. Y la mano que sostenía la suya también –Te… te lo diré cuando lleguemos, ¿sí?
(Cuatro destinos. Compañero, aliado, dos no definidos aún. Mezcla de posibilidades.)
Curioso, Marco se dejó llevar, dejando atrás el salón de baile y el ruido. La muñequera estaba oculta debajo de un guante, en la misma mano que estaba tomando Jack. Era una sensación extraña, como si se estuviese alejando de la historia principal.
Jack abrió una puerta hacia lo que parecía una habitación, y se sentó en un futon suave. Era el único lugar donde se podía tomar asiento, y Marco lo imitó, yendo hacia el otro lado del futon, al lado de una mesa. A Marco le recordó una de esas que se ven en revistas de decoración, baja y para lucirla al tomar el café. Se sentó, todavía sin comprender del todo la situación.
-Marco, hay algo que debo decirte- Jack no lo miraba, y jugueteaba nervioso con el dobladillo de su abrigo celeste y blanco. El color que sólo se veía en los témpanos.
El otro esperó, recordando los susurros de antes, y sospechando lo que iba a seguir.
Jack tomó aire, levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
-Mi padre no vino aquí sólo por el parque.
Eso no era lo que esperaba, pero el otro no había terminado.
-Vino aquí porque yo… yo estaré pronto en edad de considerar el… el tener pareja.
-¿Pareja? ¿Cómo esa chica y el muchacho de antes?
Jack enrojeció, y evitó su mirada.
-Eso fueron… experimentos fallidos. Verás- dijo, y sus ojos se cruzaron con los de Marco –Es algo que… es complicado de decir… porque sólo tengo tres oportunidades, y quemé las dos primeras… demasiado pronto. Y padre me dijo… que debo encontrar a alguien que sea… apropiado para mí. Y para el reino.
(Reino de hielo. Dice la verdad, pero no toda.)
-Espera, espera, espera- Jack lo miró, como si no esperase que lo detuviesen en ese punto –Hay mucho que no entiendo en eso. ¿Tres oportunidades? ¿Para qué?
En un principio, Jack no contestó. Se sonrojó, evitando la mirada de Marco, hasta que pareció tomar aire y coraje. Lo miró a los ojos, todavía avergonzado.
-He tenido… sueños contigo. Sueños… intensos. Papá dice que… que es mi edad. Que es la edad. Que eso pasa a esta edad. Y… no tengo esos sueños con… con cualquier persona. Er, yo…
Hizo silencio, jugueteando con las manos, sin mirarlo.
-Yo nunca lo hice con nadie, Marco. Ni con mi novio ni con mi novia… de ninguna manera. Yo estaba esperando… a una persona especial. Y entonces… aparecieron esos sueños. Esos que indican que puedes… puedes tener una relación… amorosa y sólida con esa… persona. Y eso sólo pasa… una vez. Cuando aún no has tenido… relaciones… con nadie.
Miraba a todas partes, menos a Marco.
-Pensé que con mis dos parejas anteriores… podría hacerlo, pero no… no concordábamos. No queríamos… las mismas cosas. Y ahora, Marco, ahora… tú eres el único en el que puedo confiar para esto.
El otro muchacho lo miró, con la boca abierta y sin saber qué decir.
-Marco- Jack se movió hasta su lado, y le tomó una mano –Yo… quisiera… es decir… ¿te gustaría… ser mi novio?
El proceso de pensamiento de Marco llegó a un alto. Miró a Jack, sin comprender la situación, hasta que las piezas comenzaron a caer.
-Yo… no sé en quién más confiar, y hay cosas… cosas que sé que no podría hacer con nadie más.
Su otra mano, temblando, se posó despacio sobre su rodilla.
***Había tenido tres sueños más, las noches del miércoles, del jueves y del viernes. ***
***Uno con cuerdas, otro con cinturones o correas, y el tercero con esas esposas especiales, acolchadas, todo hecho para sujetar pero no para dañar.***
***En todos esos sueños, sin importar quién tenía las riendas, las reglas eran las mismas. El "sumiso" ponía los límites, y el "dominante" pintaba dentro de ellas. En el sueño de las esposas, Marco tenía las manos sujetas hacia arriba, podía estar sentado pero sus brazos iban hacia arriba, y su miembro se bamboleaba de arriba abajo mientras Tom lo embestía. La calidez de su interior se había extendido hasta hacer arder su piel, sus alas tintineaban y sonreía de placer y felicidad. Tom lo besó entre las alas, con su transpiración bajando por sus cuerpos. Jadeaban, sonriendo, y ambos sabían que, ante la palabra de seguridad, debían parar. Marco sabía que Tom se detendría***
***Él era el chico seguridad, después de todo. Había tanteado el tema con Tom, y ambos estaban de acuerdo que cualquier cosa que hicieran debía ser sana, consensual y segura. Tom no quería hacerlo de otra manera y él tampoco.***
La mano temblaba menos ahora, y Jack seguía hablando.
***El grillete se le clavaba en la piel, y lo hacían sangrar. No sentía placer ante eso, sentía dolor, una mezcla de dolores físicos y mentales que no lo dejaban pensar. Alguien lo embestía, tiraba de sus cadenas, y jadeaba con placer. Un placer a costa de su dolor. Algo que Marco no consentía, pero a ese otro no le importaba.***
-Y es por eso que yo quería…
***Porque él no era una persona, era un objeto cogible. Un objeto para usar y tirar, para ponerle un collar al cuello y tirar cuando no se lo esperase, tirar de la correa y hacerlo caer, tirarlo a la basura cuando no le divirtiese más el lastimarlo. Cuando no le sirviese más. Cuando no sirviese ni para siervo ni para lo que sea que él quisiera. Cuando no quedase más por romper.***
-No.
La mano de Jack, a medio muslo, se detuvo.
-¿Qué has dicho?- preguntó, sorprendido.
-Dije que no- Marco lo miró a los ojos, y le sacó la mano de su pierna.
-Marco, eres el que he elegido, el único que podría hacerme lo que necesito ser. Para ser mi consorte. Para reinar a mi lado.
Marco sintió que se quedaba helado en el asiento, y no le gustó la sensación.
-Jack, no sé de qué hablas, y de todos modos no puedo ser… lo que quieres que sea.
***Jack reía cuando Marco le decía que parase. Que no, que sí quieres, le decía, deja de mentir, tonto, y hacía lo que él quería, diciéndole a Marco que sus propias lágrimas de dolor eran puro teatro. Porque la fantasía de Jack, su placer, era más válida que la realidad, que la tortura que sufría Marco.***
-De que seas mi consorte.
-¿Consorte?- algo no encajaba, esto era demasiado extraño para ser verdad… No era como si tuviese a una princesa de otra dimensión viviendo con él y a un príncipe del infierno en su misma escuela –Jack, ¿qué sucede?
-Mi reino me necesita, Marco- con timidez –Y necesita que una pareja real gobierne. Mi padre hace lo que puede, e intenta devolver algo de la riqueza a nuestro reino, algo de su buena imagen, con todo lo que trabaja. Es pequeño, pero sobrevive gracias a lo que él hace, a la forma en que lo administra. Y me dijo que sólo tendría una oportunidad más de casarme por…
(No es amor.)
-Jack- no sabía cómo empezar, pero debía decírselo –Si es tu última oportunidad, creo que sería mejor el buscara alguien que… - las palabras pesaban -…que te ame como tú le amas- los ojos del otro muchacho parecieron perder su brillo –Yo no… no siento lo mismo por ti. Y ya tengo a alguien.
(Primera oferta.)
La sensación de asco continuaba, y Marco se levantó, incómodo. Quería salir de allí, irse, volver con Star y Tom y decirles que no quería estar allí. En un submarino. Bajo toneladas de agua helada. Se quedaría en un sitio donde todo el mundo lo viera y fingiría estar enfermo, o mareado, o lo que fuese, hasta que llegase la hora de irse.
(El grillete de su cuello cortándole la piel herida, la sangre que no había terminado de secarse y volvía a fluir. Otra embestida que lo hacía desear morir para escapar de una vez, las lágrimas que ya no caían porque no tenía más, la garganta desgarrada por dentro y por fuera.)
Jack bajó la mirada, respiró un par de veces, y luego volvió a levantar la cabeza.
-Entonces… ¿me ayudarías a traer algo de prosperidad a mi reino?
-¿Cómo?- Marco no comprendía el razonamiento de Jack –Sólo soy un muchacho que ni siquiera ha terminado al secundaria. No soy sabio, ni rico, ni tengo influencias- y no quiero estar a tu lado, Jack, estuvo a punto de añadir, temblando.
-No es así- Jack se levantó y caminó despacio hacia donde estaba Marco. Una de las manos de Jack sostuvo una de sus manos, y la otra deslizó hacia abajo el guante, dejando al descubierto la banda que mantenía su ilusión –Esto no es algo que un muchacho común use, Marco.
Se tensó, e intentó retirar la mano del agarre del otro. Sintió que la habitación estaba demasiado silenciosa, pero sospechaba que en el silencio había cámaras filmando, micrófonos oyendo, gente observando. Retrocedió unos pasos, sin dejar de mirar a la pálida figura de blanco y celeste témpano.
-Marco, eso es maravilloso- Jack lo miraba como si fuese una criatura del reino de las hadas –Sea lo que sea, es algo que podrá darle esperanza a todo un país, y hacer que recuperen su orgullo, su deseo de vivir, su patrimonio y su historia.
(Mártir. Sacrificio. Hasta que sea más útil su muerte que su vida. Objeto útil y placentero hasta que pierda la forma, se quiebre, o intente huir.)
-No.
-Marco, podrías tener un título de nobleza. Ayudar a reconstruir un país. Ser un héroe.
El asco le hizo temblar.
(Segunda oferta.)
-No me lo estás diciendo todo.
-Por supuesto que no. Pero, Marco, ¿por qué temes mostrar tu nuevo aspecto? La gente de esta ciudad ha visto cosas más extrañas y no se espantan. Serías un ejemplo de integridad entre culturas. Eso es lo que necesita mi reino. Y, si no es como mi consorte… serías muy bien recibido como mi subordinado.
Algo en la forma en que dijo la palabra, algo detrás del tono y de la imagen, algo por debajo de todo eso que percibían sus sentidos humanos, le hizo ver cuán profundo iba todo. Era una oscuridad fría, que helaba todo lo que se acercaba. Que cortaba la piel y ataba con cadenas. Era como asomarse a un abismo. Se movió hasta que la mesita de café estuvo entre los dos. Mal, muy mal, y no necesitaba a los susurros para confirmarlo.
-¿Te sientes bien? Sé que es mucho lo que te he dicho. ¿Estás… estás teniendo un ataque de pánico?
-No- dijo, demasiado rápido, demasiado tenso. Siguió retrocediendo, buscando la salida, hasta que llegó a la puerta, y apoyó sus manos y espalda contra ella, sin perder de vista a Jack –No quiero estar aquí, Jack. No… no me siento…
Algo pasó volando a su lado, chocando contra la superficie de la puerta. Una puerta que no era de madera, sino de otro material. Marco se calló, observando primero a Jack y luego bajando la mirada hacia sus manos. El brazalete que mantenía su ilusión cayó, cortado en limpio, junto con unos jirones de su guante. Y con la máscara que cubría su cara, esa que se había levantado para hablar con Jack, y que aún no se había vuelto a poner sobre el rostro.
-Esas alas son muy bellas, Marco- miró al otro muchacho, sintiendo que esta era la (Tercera oferta) y no le gustaba –Tus ojos se están volviendo rojos, y pronto tu calavera será blanca y hermosa por sobre tu rostro. ¿Por qué tiemblas?- esa sonrisa no era de amabilidad, sino de algo que le helaba las entrañas, y tenía que salir de allí ahora.
-Abre la puerta- dijo, con la voz más firme que pudo logar.
-¿Para qué, para que te vean así?- Jack se rió –Puede que toleren a Star, pero tú eras humano y ahora eres… algo más, Marco- dio un paso hacia él y sintió que sus nervios le decían que escapase de allí cuanto antes, que la serpiente se lo iba a comer –Y no a todos les gustará eso. Quizás tus dos amigos, los príncipes, lo toleren, pero espera a que regresen a sus reinos cuando todo se vuelva difícil. ¿Y crees que tus padres soportarán el…?
-Mis padres lo saben, y me han aceptado como soy- dijo, y su voz sonó firme. De eso estaba seguro. De una de las pocas cosas de las que estaba seguro ahora era que sus padres lo amaban y lo habían aceptado así. Habían ido a rescatarlo cuando Toffe se lo había llevado.
-¿Y soportarán la asfixia?
Marco lo miró, helado.
-Están aquí, Marco. Tus dos amigos de la realeza y tus padres. Y todos tus compañeras y compañeras de clase que tienen un mínimo de simpatía hacia ti. Bajo el agua helada. En una sala que es muy fácil de inundar, con puertas herméticas para que el agua no llegue a otras partes del submarino- se miró las uñas, con una sonrisa demasiado maligna para ser la del príncipe de hielo que… que había aparentado ser hasta ese momento –Y creo que sabes cómo salvarlos.
(Miente. No están tus padres. No les dejará ir.)
-No es verdad. No hay garantía de tus palabras.
Jack ya no parecía Jack, sino un demonio dentro de su cuerpo. Lo miró y comenzó a reírse por lo bajo.
-¿En serio? Aprende a mentir mejor, Marco. Ponte esto y puede que les dé una oportunidad.
Sostenía algo en la mano, y el muchacho sintió repugnancia al ver que era un collar similar a los de los perros, celeste y blanco. Pero era de metal. Un grillete para el cuello.
-¡No!- el asco se le reflejó en la voz -¡No confío en tus palabras! ¡No confío en ti!
-No tienes que confiar, tienes que obedecer, perro. Con el tiempo, aprenderás a apreciarme. Cuando comprendas cuán aplastante puede ser para un grupito de humanos una nevada eterna, o toneladas de agua en un submarino que falla…
Marco se tensó, y algo en su expresión hizo que la sonrisa de Jack se ensanchase.
-Buen perro. Ahora, ven aquí… - le hizo una señal con la mano, y Marco, lentamente, se despegó de la puerta. Sonó un crujido. Algo de hielo se había comenzado a formar entre sus manos y la puerta, como si jugasen a mantenerlo prisionero. Temblaba con rabia contenida –Tengo tantas ideas para…
Marco le lanzó un zarpazo.
Jack se cortó en seco, y el collar salió hacia cualquier parte. Antes que tocase el piso, Jack había retrocedido, trastabillando, y Marco le lanzó un puñetazo a la cara. No era como los chicos de su clase de karate, no, Jack iba a lastimar a su familia y a sus amigos, y Marco no iba a permitirlo. Antes que perdiese el elemento sorpresa, lo dejaría en el piso e iría a avisar a todos para que escapasen. Un puñetazo más y…
Algo se aferró a su pecho y apretó, lanzándolo hacia el piso y manteniéndolo allí, aturdido.
(Cuarta y última opción.)
-Maldito perro imbécil- Jack sonaba como si quisiera patearlo, morderlo y escupirlo a la vez. Lo que lo estaba manteniendo en el piso, algo escamoso, apretó más, sacándole al aire -¿Te crees mucho, pichón de peón? Yo te ofrezco llegar a ser algo, y eliges ser imbécil. Oh, bueno, no digas que no te di opciones. Al menos nadie más podrá usarte ahora… Y si sólo te rompo la caja torácica, podré jugar con lo que quede de ti.
Jack se movió por la habitación, y eso que lo mantenía sujeto lo azotó un par de veces contra el suelo, hasta que su visión se oscureció en los bordes.
-¿Con quién has soñado, perro? Sé que no es con Star, o si no hubiésemos hecho algo distinto a lo de la nevada. Las fechas concordaban. ¿Acaso ya te ha cogido ese demonio maricón?
Marco intentó hablar, pero no tenía suficiente aire en los pulmones. La cara de Jack apareció en su campo de visión, de cabeza, con una sonrisa que le heló el corazón. Sus dos brazos estaban atrapados, y no pudo hacer nada cuando Jack, o lo que fuera, lo dio la vuelta. Sintió un par de dedos fríos contra su nuca, deslizándose hasta su cuello, y luego un fuerte tirón hacia atrás. Sus alas se crisparon, casi por inercia, libres pero no por voluntad propia. Algo frío y con uñas filosas agarró cada una de sus alas, y no comprendió lo que sucedía sino hasta que las manos de lo que era Jack se cerraron en puños, desgarrando y rompiendo.
Una y otra vez.
Hasta que de sus alas sólo quedaba un amasijo sin forma.
-Perro patético- lo que lo mantenía pegado al piso desapareció, y Marco terminó en el suelo, ciego de dolor y sin oír casi lo que sucedía a su alrededor.
Por eso, no reaccionó sino hasta que el agua helada lo tocó, y levantó la vista.
La habitación se estaba inundando.
