-¿Y bien? ¿Qué me dices?
Mariam se quedó callada, sin saber muy bien que decir.
-En el hotel hay muchas habitaciones vacías y el señor Dickinson me ha dicho que no hay problema en que alguien se aloje siempre que sea beyluchador.
-Maxi, yo…no puedo.
-No digas tonterías –protesté-. Será la misma habitación que teníais cuando os alojabais los Sainst Shields.
Mariam suspiró y comenzó a jugar con la hierba.
-No puedo Maxi, tengo a mis compañeros aquí y no puedo abandonarlos. Quizás nos vayamos pronto.
Un escalofrío me recorrió por todo el cuerpo.
-¿Cuándo?
-No lo sé exactamente, pero será pronto. Tú no te preocupes, te avisaré con antelación. Además, prometo verte en Estados Unidos. Esta vez te lo prometo.
Me senté junto a ella y le cogí las manos. Las tenía excepcionalmente suaves.
-Los Saints Shields también pueden alojarse en el hotel, que vayan contigo. ¿Hay alguna pega por la que no puedan ir?
Mariam se deshizo de mis manos, cogió su cinta roja y comenzó a atársela a la cabeza.
-Sí, sí que la hay.
-¿Cuál?
-Ellos no quieren volver. No hasta que no sean más fuertes. Ese es el motivo por el que abandonaremos pronto Japón, para entrenar más.
Me quedé abatido. No podía verla todos los días y tampoco podía estar junto a ella durante todo el campeonato. Me daba la impresión de que este año toda la mala suerte se estaba acumulando en mi.
-Pero tú…puedes venir sola. Tu hermano y Ozuma pueden estar seguros de que no te pasará nada, yo estaré contigo.
Mariam se enfadó y me clavó el dedo índice en mi pecho.
-Oye tú, puedo apañármelas yo sola perfectamente. Recuerda que fui yo sola a Nueva York para derrotarte.
-Entonces…
-Max…no puedo –Ella se acercó a mi y me puso sus manos sobre mi cara-. Te aseguro que si pudiera yo sería la primera en estar a allí contigo, pero no puedo. Son cosas…de la aldea.
Ella se adelantó para besarme, pero yo no le correspondí.
-Hace dos años me dijiste que volverías a verme. ¿Cómo sé que no volverá a pasar lo mismo?
-Te lo he prometido, ¿acaso desconfías de mi palabra?
-Por supuesto que no –contesté rápidamente-. Pero no me has concretado ninguna fecha, no sé si tendré que esperar otros dos años.
Mariam me hizo levantarme de la hierba.
-Maxi…¿Cómo es tu nombre completo?
-Maximilian.
-O muy corto o muy largo –contestó Mariam con sorna-. Maximilian, te prometo, como guardiana e las bestias-bits sagradas de los Saints Shields que soy, que te veré en Estados Unidos en cuanto acabe el campeonato. ¿Te parece suficiente o también quieres una promesa de sangre?
Sonreí mientras le pasaba una mano por el pelo. Mariam podía llegar a ser muy terca, como me lo demostró hace dos años, y no quería discutir con ella.
-Podría mejorarse pero por ser tú me parece suficiente. Aunque no la cumplieras te iría a buscar de todas maneras, ahora que lo eres.
Mariam frunció el ceño, divertida.
-¿Qué soy qué?
-Mi chica.
La besé. No me conformaba con estar tan poco tiempo con ella durante el campeonato, pero por eso mismo tenía que aprovechar al máximo aquellas mañanas.
II
Llegué a Tokio, y me dirigí al hotel justo a la hora del almuerzo. Busqué a Tyson y Kenny, que estaban en una de las mesas, comiendo. Pedí lo mismo que ellos y me senté.
-¿Qué habéis hecho esta mañana? –pregunté.
-Fuimos al museo nacional de Tokio.
-¿Y cómo fue?
-¡Genial!
Por la cara que Tyson puso supe que para él no había sido lo mismo. Era extraño que no sintiera interés por esas cosas por que tanto su padre como su hermano trabajaban en la arqueología. Parecía que Tyson había heredado la afición a los combates de su abuelo.
Me sirvieron el plato y comencé a comer.
-¿Vamos a hacer más cosas esta tarde? –No teníamos más batallas hasta mañana, así que quería pasar tiempo con mis compañeros.
-Sí –contestó Kenny sonriente-. Hay muchos museos por esta zona. Estoy buscando alguno que sea interesante para Tyson.
Tyson cerró los ojos y se concentró en su comida. Yo también hice lo mismo. Aunque no era un experto en comida japonesa tenía que reconocer que aquella estaba especialmente buena.
-Supongo que Kai no aparece ¿no? –pregunté.
-Ni falta que hace –comentó Tyson secamente.
-Oye, ¿y Rey? ¿También ha desaparecido?
-¿No podéis hacer dos cosas a la vez cada vez que coméis?
Me giré y vi a Rey portando varios platos en la mano. Llevaba un uniforme de cocinero y tenía el pelo recogido hacia atrás.
-¿En serio has sido tu el que me has traído la comida? –pregunté atónito por mi incapacidad de fijarme en mi entorno mientras comía. Vaya, dicho así parezco un animal salvaje, pero era la verdad.
-A ti, a Tyson y al Jefe.
-No podías pasar más tiempo sin la cocina ¿eh Rey? –comenté sonriendo.
-La verdad es que no, lo llevo en la sangre –se sentó en una de las sillas vacías de nuestra mesa-. ¿Hay planes para esta tarde?
Kenny tecleó en su portátil.
-Estoy buscando museos…
Tyson resopló enfadado. Intenté acordarme del anuncio que había en el periódico que había traído a la tienda mi padre. Era una representación teatral de los Cuarenta y Siete Samuráis en el Teatro Nacional, pero tenía dudas sobre la fecha de aquello.
-Jefe, métete en la página del Teatro Nacional de Tokio y busca las representaciones de hoy. Creo que había una de los Cuarenta y Sietes Samuráis programada para hoy.
-Teatro…-comenzó a decir Tyson.
-¿Los Cuarenta y Siete Samuráis? –Rey estaba emocionado-. Escuché esa historia de pequeño. Narra las aventuras de Cuarenta y Siete Samuráis que lucharon por vengar a su amo y tras levar a cabo sus planes se les trató como héroes durante el resto de sus vidas ¿verdad?
-Más o menos… -evité el decirle que la historia acababa en tragedia, pero no quería revelarle el final para que disfrutara más de la historia. O para que se sorprendiese más con ella.
-Exacto, hay una representación hoy –comentó Kenny-. A las seis. Esta decidido, iremos.
Yo estaba feliz por que aquella era una de mis historias japonesas favoritas, pero Tyson no parecía sentir lo mismo, por que se recostó en la silla y se cruzó de brazos.
-Vaya aburrimiento. ¿Teatro? Nos estamos americanizando por culpa del rubio. Y tú vas y le sigues el rollo Kenny.
- Para empezar Tyson, el teatro no es para nada americano y segundo, ya os habéis americanizado diciendo Tyson y Kenny –comenté sonriendo-. ¿A que los estadounidenses somos muy contagiosos?
-O quizás los japoneses muy influenciables –susurró Rey.
Tyson se levantó de la mesa y se colocó su gorra.
-Me voy a la zona de ocio –antes de marcharse añadió: Vi la película de los Cuarenta y Ocho Samuráis hace dos años. Espero que en la representación teatral haya más lucha y sangre.
-Son Cuarenta y Siete, Tyson, y en el teatro no…
Tyson se tapó las orejas.
-¡Deja de americanizarme!
