Viaje a New York
Un mes y medio había transcurrido desde la presentación de Candy en Sociedad, en la ciudad de New York el calor se estaba haciendo más latente, las continuas embarcaciones que llegaban a diario trayendo heridos del frente en Europa les hacía recordar a los habitantes de la cosmopolita ciudad que en algún lado del mundo se estaba llevando una guerra, sin embargo, las personas estaban muy ocupadas para pensar en eso por más de dos minutos seguidos, así pues la ciudad empezaba a tomar los aires de la gran ciudad que sería en años posteriores.
En la zona de teatros más importante de la ciudad, unos trabajadores colocaban una larga marquesina sobre la entrada de un Teatro, se leía con letras grandes que en la noche brillarían junto con las del resto de la calle. "JULIO CESAR by Shakespeare" en letras más pequeñas estaban colocados el nombre de Terry Grandchester, muchas mujeres que pasaban por la calle señalaban el letrero y se emocionaban al leer el nombre.
- ¿Ya viste Lucy? – decía una muchacha a otra – ¡Terry va a estar en esa obra¿cuándo es el estreno?
- ¡Vamos a preguntar! – le contestó la otra chica que iba junto con ella.
Mientras las dos muchachas averiguaban información sobre la obra, dentro del teatro se estaban dando los últimos toques para la presentación. Los actores se veían nerviosos, era la primera vez que competían en un estreno, otra de las compañías de Teatro reconocidas en Broadway estrenaría también obra el mismo día. Los actores secundarios confiaban en la creciente popularidad de Terry, sin embargo los actores más experimentados temblaban ante la idea de un estreno con el Teatro vacío y no dejaban de murmurar contra el director por haber escogido a Terry para llevar el papel de Antonio. Robert Hathaway, se veía confiado en que sería un éxito, pero el resto del grupo no compartía su entusiasmo.
Desde que había vuelto a ver a Candy, Terry había cambiado mucho aunque él mismo no se había percatado del cambio generado en su persona, había hecho una tregua con el cigarro, y había vuelto a tocar la armónica, siempre se le veía taciturno y pensativo, caminado por los pasillos de los camerinos y sobre todo muy callado. El cambio que él tenía presente, al resto de sus conocidos les parecía extraño.
Esa mañana desde que había llegado al Teatro había subido a la azotea para practicar sus líneas, después de varias horas de estar repitiendo los diálogos, se había puesto a tocar la armónica mientras miraba al cielo, en su memoria veía correr a Candy con el vestido dorado detrás de él, todo lo que había visto, lo que Elisa le había dicho estaban en su contra, pero haberla visto correr de ese modo, para él representaba un rayo de esperanza, dentro de su mente la veía una y otra vez, era como si pudiera oír el viento que movía las faldas de Candy, el rostro sonrojado por la carrera, y los ojos verdes como esmeraldas relampagueando, los pequeños caireles que daban a la nuca flotando al viento, el sonido de las pequeñas zapatillas que corrían sobre el pavimento, y el eco de la voz de Candy mientras gritaba su nombre : "Terry". Inconscientemente sonrió pero no se dio cuenta de que Harold estaba detrás de él.
- Terry – le repetía por segunda vez.
- ¿Qué? – dijo volteando la cabeza con mucha rapidez, al tiempo que la armónica caía al suelo.
- ¿En que pensabas? – le preguntó con un dejo de mordacidad.
- Estaba repasando mis líneas – mintió Terry mientras buscaba con la vista su armónica.
- Últimamente estas muy distraído – le mencionó el joven actor.
- Si, Susana no se ha sentido muy bien – dijo sinceramente, ya que era verdad.
- No tendrá nada grave ¿verdad? – le preguntó preocupado.
- No lo sé – comentó Terry al tiempo que se agachaba y tomaba la armónica en una de sus manos.
- Es una muchacha simpática – afirmó Harold
- Así es – dijo mientras miraba el anillo que traía en su dedo, al día siguiente de que había regresado a New York había ido a comprar uno que era prácticamente igual al que había perdido en Chicago, y de repente se acordaba y sentía un ligero remordimiento .
Harold le agradaba a Terry, sin embargo a veces lo exasperaba, no sabía captar las señales de cuando alguien quería estar solo, sin embargo era uno de los pocos que realmente se interesaban por Terry, todo había surgido a raíz de que eél lo había sugerido para que interpretara un papel en una de las obras en las que había actuado, el muchacho le era muy leal, sin embargo no había dejado de ser un novato, y a veces se le pegaba como si fuera su sombra. Para alguien como Terry que amaba la soledad le llegaba a fastidiar, sin embargo le agradecía las numerosas visitas que hacía a Susana, a pesar de haber salido de su encierro voluntario, sus apariciones eran pocas, había acompañado a Terry a varías presentaciones, pero su vida no era muy sociable, y Harold era una buena compañía, aunque solía hablar mucho, era muy agradable y sencillo, así que era fácil llevarse bien con él.
Pero en momentos como ese en el que pensaba en Candy no eran los mejores para interrumpirlo así que de manera un tanto ácida le preguntó.
- ¿Me buscabas para algo en específico?
- ¡OH! Se me había olvidado, el Director me mandó a buscarte.
- ¿Qué quiere ahora¿Qué le de una entrevista a otro de esos reporteros amigos de él? – dijo de mala gana.
- No realmente – dijo un poco abrumado Harold.
- ¿Qué pasa? Puedes decirme lo que sea – le contestó moderando el tono de su voz.
- Quiere saber si te vas a cortar el pelo hoy – le dijo con un dejo de miedo.
- Dile que no se preocupe lo haré antes del estreno – le contestó fastidiado.
- La vas a extrañar ¿verdad?
- ¿A que te refieres? – preguntó Terry un poco asustado.
- A tu cabellera – le dijo algo triste el muchacho.
- Es solo pelo¡ya crecerá! – afirmó Terry.
Pero lejos de sentirse de esa manera, en sus adentros no quería cortarse el pelo, sabía que era necesario para interpretar su papel, "Si ella me ve no me va reconocer" pensaba con tristeza, aunque sabía que era poco probable que Candy lo llegará a ver, habían pasado cerca de dos años sin haberla visto, y cuando la había visto hacía más de un mes duro tan poco, y no había podido hablar con ella. Ansiaba tenerla en sus brazos y poder besar sus labios, pero entonces se sentía mal por Susana, desde que se había casado con ella, no tenía motivo de queja hacía muchas cosas para tenerlo contento y se sentía mal por no ser feliz.
En otro lado de la ciudad, en el consultorio de un doctor, Susana esperaba pacientemente por el doctor, su madre la acompañaba y Rosie esperaba fuera del mismo.
Después que se enteró de que Terry había visto a Candy ella había sufrido mucho, ella hacía mucho más de lo que sus fuerzas le daban para mantener feliz a su esposo al que adoraba, sin embargo parecía que no eran suficientes para él, así que en vez de haberle reclamado algo, había guardado el periódico en un viejo baúl, y se había portado muy cariñosa con él, para sorpresa suya, Terry por primera vez desde que se habían casado había respondido a sus caricias sin que ella hiciera algún reproche, la noche en que Terry había regresado de Chicago se había comportado como un esposo enamorado de su mujer. Había sido apasionado y la había llenado de mimos. Por unos momentos Susana se había sentido la mujer más feliz de la tierra, sintió que Terry había llegado a amarla.
Sin embargo, Terry estaba lejos de amarla, la consideraba y le tenía cariño, su ternura y esfuerzo no pasaban desapercibidos para Terry y había hecho todo para quererla sin embargo él ya había entregado su corazón a alguien más, a alguien a quien no podría nunca prodigarle caricias ni tocar su cuerpo, ni sentir su piel sobre su piel, ni estar tan juntos que se fusionaran en uno. Esa noche en que Susana sintió amor por parte de Terry no sabía que era el amor que se desbordaba de su persona después de haber visto a la mujer amada, había querido besar a Candy y tocar sus manos, pero al no poder hacerlo sentía una necesidad preponderante de sentir que estaba cerca de ella, así que eso unido al remordimiento por haber perdido el anillo y haber mentido a su esposa, había sacado todo el fuego que tenía dentro con ella... no con la mujer que tanto amaba, sino con Susana.
La llamarada, pasó pronto, Terry se volvió callado, pocas veces estaba en casa, llegaba muy cansado después de estar ensayando la obra, para Susana quien estaba cegada por el amor, pensaba que era normal que Terry llegara cansado después de trabajar tanto, jamás pensó que Terry no la amaba realmente, le atribuyó su cambio de humor por el estreno de la obra, y habría seguido con esa idea, hasta que un día le oyó tocar la armónica.
Susana solía practicar a caminar con la prótesis, y lo estaba dominando finalmente después de un año y medio aproximadamente, estaba contenta de su logro y había ido al jardín donde se encontraba Terry. sin la ayuda de muletas, cuando se acercaba a donde estaba él, alcanzó a escuchar la música que emitía de la armónica, en ese momento se desmayó, ella pensó que el esfuerzo realizado al caminar sin muletas por primera vez la había desgastado, Terry se había preocupado mucho, pero ella no había querido ir al doctor.
Después de ese día, no lo había vuelto a escuchar tocando la armónica, sin embargo los malestares continuaban, se sentía mucho más débil, y el apetito se le había ido, cada vez que se paraba la habitación le daba vueltas y le había hecho quedarse en cama por casi una semana.
- Susana – le había dicho muy preocupado Terry – Tienes que ir al médico, no es normal que te la pases en la cama todo el día.
- Ya se pasará – le había contestado Susana.
- No ha pasado, necesitas ir al doctor, ya le pedí a Rosie que te haga una cita.
Y allí estaba en el consultorio dos días después de esa cita, estaba esperando resultados de unos análisis que le habían tomado. Se sentía un poco nerviosa, su salud no había hecho sino empeorar desde el accidente, se había vuelto muy propensa resfriarse, y siempre se sentía débil, quería ser valiente y no demostrar su miedo a su madre que en esa ocasión la acompañaba. Así que estaba haciendo uso de sus dotes como actriz para sonreír amablemente a todos aunque lo que hubiera querido era ponerse a llorar.
Los minutos pasaron, calmosos y fríos, la sensación en el consultorio no le agradaba, había algo que ella siempre recordaría de los hospitales que era después del accidente, inconscientemente odiaba los hospitales para ella representaban el cambio radical de su vida, la perdida de su pierna y de sus sueños, lamentablemente era un hecho que tendría que pasar el resto de su vida atada a ellos, junto con los doctores y las enfermeras. Miraba un tanto nerviosa alrededor de la pequeña oficina, los afiches del cuerpo humano, el esqueleto colgado de una percha en una esquina, un teléfono colgado de una pared, y el escritorio del doctor con una placa con su nombre encima del mismo. De repente se abrió la puerta, el corazón le empezó a palpitar rápidamente tomo aire y sonrió débilmente.
- Buenos días señoras – saludó el joven doctor.
- Buenos días doctor – contestaron al unísono.
- Bien señora Grandchester, tengo aquí los resultados de sus análisis – dijo con la voz un tanto apagada.
- Dígame que es lo que tengo – dijo rápidamente Susana – No importa que tan malo pueda ser.
- No es malo – dijo el doctor cambiando su expresión por una ligera sonrisa – Esta usted esperando un hijo.
- La cara de Susana se iluminó en ese momento, todos sus miedos se borraron de repente, ella iba a ser madre del hijo de Terry. Una enorme sonrisa apareció en su cara, sin embargo la cara del doctor no había variado mucho.
- Tengo que avisarle a Terry de inmediato – dijo Susana, se levantó y salió a buscar a Rosie.
La madre de Susana se había quedado sentada, ella había visto la cara del doctor, así que espero a que Susana hubiera salido de la oficina, se paró y cerró la puerta con cuidado.
- ¿Qué pasa doctor? – le preguntó muy preocupada – Por lo general anunciar a una mujer que espera un hijo es una feliz noticia.
- Señora Marlowe – Dijo lentamente mientras escogía las mejores palabras para darle la noticia – Su hija no debería tener hijos.
- ¿Porque lo dice? – inquirió disgustada la Señora Marlowe.
- Tiene muy estrechas las caderas, y después del accidente, algunos huesos se quebraron y no soldaron como debían no se podrán utilizar fórceps...
El joven doctor, tenía los ojos apagados, era como si estuviera dando una noticia de muerte en vez de vida, la Señora Marlowe, se había envuelto en una capa muy fría después del accidente de Susana, ella se había vuelto capaz de soportar las peores noticias y los peores sufrimientos sin dejar traslucir sus verdaderos sentimientos, así que al escuchar las palabras del médico simplemente suspiro.
- Entonces ¿Qué sugiere? – le preguntó aunque ella ya sabía la respuesta.
- Señora, es anticristiano decirle esto, pero ella debería de perder el niño si quiere seguir viviendo.
- ¡Doctor¿Sabe usted lo que me esta pidiendo? – le dijo con un dejo de angustia en la voz.
- Señora Marlowe, lo único que quiero que entienda es que Susana va a morir si tiene a ese niño, y lo más probable que pase es que el niño tampoco se logre.
- Doctor, no puedo quitarle esta dicha a mi hija – Dijo con vehemencia la Señora Marlowe – ella no lo resistiría, si hace lo que usted propone sería igual que la muerte para ella¿no ve acaso lo mucho que ha sufrido?
- Señora, conozco a muchas personas que han perdido algún miembro de su cuerpo y aun así llevan una vida muy productiva y feliz.
- Puede ser – dijo la señora Marlowe volviéndose a cubrir con su careta de frialdad – Pero ninguna de esas personas es mi hija¿sabía que ella iba a ser una gran actriz?
- Algo había oído – dijo casi en susurros el doctor.
- Ella tuvo que dejar el teatro para siempre, ella dejo de vivir el día que perdió su pierna, apenas se esta recuperando... No puedo hacerlo doctor, ni usted tampoco.
- ¿Prefiere ver morir a su hija? – Preguntó enojado el doctor.
- Si la tengo que ver morir, será decisión de Dios, lo que si se es que ella no va a mover un dedo para perder a su hijo, la conozco muy bien.
- Tendré que informarle a ella y al señor Grandchester.
- A mi hija no le dirá nada – amenazó la madre de Susana – en cuanto a mi yerno, eso es cosa suya, pero entonces también tendré que hablar con él.
- Pero es mi obligación decírselo – espetó el doctor,
- Pues ya me lo ha informado usted, no tenga usted remordimientos – le dijo acentuando su voz en la última palabra.
Y sin decir una palabra más, la señora Marlowe tomó su bolso, los resultados y una receta de medicamentos, después salió a la entrada del edificio que era donde estaba Susana, la señora Marlowe, tomó aire antes de verla. Susana estaba radiante, había salido a toda prisa del Edificio aun con el peligro que le representaba por estar usando la prótesis, Rosie le había ayudado, ahora estaba impaciente esperando un carro para ir hasta el Teatro a comunicarle la noticia a Terry.
- "No puedo decírselo" – pensó su madre – "No la había visto tan feliz desde hace tanto tiempo".
Susana cuando vio a su madre, sonrió, de hecho no había dejado de sonreír desde que le habían comunicado que iba a tener un hijo.
- Madre – le dijo alegremente - ¿Porque has tardado tanto?
- Hija, sólo quería preguntarle algo al Doctor – le dijo con una sonrisa en el rostro – además olvidaste esto.
- ¡OH! – dijo sonrojándose al tiempo que tomaba el sobre de la receta y los resultados – Perdón Madre pero soy tan feliz.
- Lo se hija, lo sé.
Un carro se paró y las tres mujeres subieron a el, en el camino al teatro, el rostro de la señora Marlowe se había vuelto a cubrir de esa capa de hielo, pero su hija iba tan feliz que no se había dado cuenta. Pronto llegaron al teatro donde habían estado colocando la Marquesina.
- Mira Madre, mira – dijo señalando el nombre de su esposo
- Si hija, ya veo – dijo seriamente.
Las tres mujeres entraron a las oficinas del Teatro, el ensayo iba a mitad de la obra, así que las tres tomaron asiento, Susana que pocas veces había acudido a los ensayos porque la deprimían, ahora los encontraba tan fascinantes como cuando ella misma había estado sobre el escenario, veía con interés como Bruto preparaba el asesinato de Julio Cesar y como Terry hacía un magnífico Antonio, las mejillas las tenía tan encendidas y la mirada tan rutilante, que se veía hermosísima.
Terry había estado tan concentrado que no la había visto, declamaba sus líneas con mucha pasión, la misma que transmitía tanto a sus compañeros como a cuantos observaban la obra, Robert Hathaway parecía muy satisfecho por la interpretación de Terry, y no dejaba de asombrarse que a pesar de la poca edad actuaba mil veces mejor que un actor experimentado. El ensayo tardó un poco en concluir, Robert les había dado una hora para comer, Susana, su madre y Rosie se dirigieron a los camerinos para encontrarse con el joven actor.
- Te has lucido – le decía una de sus compañeras – Robert piensa que la obra será un éxito.
- Es posible – pero se quedó mudo al ver a Susana que atravesaba con inusual rapidez el pasillo – Susana ¿que haces aquí?
- Hola querido – se acercó a él quien le dio un rápido beso en los labios.
- Buenas tardes Señora Marlowe – dijo haciendo una mueca ya que su suegra nunca había terminado de agradarle.
- Buenas tardes – contestó secamente.
-Rosie, pase – le dijo a su ama de llaves, mientras señalaba el camerino donde su esposa y su suegra habían entrado.
Terry entró detrás de ellas y cerró la puerta del pequeño camerino, él se sentía algo extrañado, sin embargo miró a Susana y la encontró bella, algo había pasado se veía deslumbrante. Internamente se sintió bien por ella.
- ¿Qué paso? – preguntó con una voz muy amable.
- ¡OH! Mi amor, lo mejor que podría pasar – le contestó alegremente.
- ¿Fuiste con el doctor? – quiso saber Terry.
- Venimos de allá – aclaró Susana – Amor, soy tan feliz¡Vamos a tener un hijo!
Terry se quedó pasmado con la noticia, cuando se casó con Susana no había planeado tener hijos, sin embargo pensó que al tener intimidad con ella era algo inevitable, sin embargo en vez de sentirse molesto, involuntariamente sonrió, iba a tener a alguien a quien realmente iba a querer cerca de él, iba a ser su consuelo y su aliciente para seguir con Susana, nadie podría separarlo nunca de su hijo, no tendría que despedirse de esa personita, nunca más volvería a sentirse solo. En ese momento se hizo a si mismo una promesa de nunca hacerle lo que su padre le había hecho durante tanto tiempo. Se acercó a Susana y la besó cariñosamente.
- ¿Estas feliz mi amor? – le preguntó en forma de suplica a Susana, quien sentía algo de miedo acerca del comportamiento de Terry, a veces era tan extraño.
- Claro que sí – contestó con una enorme sonrisa que le asombró a el mismo¡Hacía tanto que no sonreía con esa alegría como la que sentía en ese momento!
- Tengo que preparar todo para cuando llegue – dijo con un timbre muy alto Susana, como si no pudiera contenerse de tanta felicidad.
- Susana – le dijo Terry mientras le tomaba ambas manos – puedes comprar lo que quieras y acomodar la habitación como gustes.
La madre de Susana sonreía débilmente, era obvio que no era participe de la felicidad de la pareja. Terry sostenía aún las manos de Susana cuando recordó los desmayos y lo mal que se estaba sintiendo Susana, él poco sabía de mujeres embarazas, sin embargo un ligero temor se apoderó de él.
- Pequeña ¿Y que te dijo el doctor de los malestares?
- Pues realmente no dijo nada, al parecer es normal sentirse así – dijo Susana sin dejar de sonreír.
- Entonces – dijo él poniéndose serio – Los malestares continuarán, así que debería irte a la casa en este momento, debes de descansar mucho. Rosie este al pendiente de la señora hasta que yo regresé.
- Pero si ya no me siento mal – dijo alegre Susana.
- Querida, tienes que cuidarte, ahora tienes que cuidarte por dos – le dijo con una sonrisa Terry.
Susana asintió con la cabeza, Rosie y ella se dirigieron al pasillo, pero la señora Marlowe se quedó atrás, esperó a que Susana hubiera salido al pasillo para dirigirse a Terry.
- Terry – le dijo secamente – no todo son buenas noticias
- ¿Qué quiere decir? – preguntó Terry mientras que el miedo que sentía se iba acrecentando
- El doctor me lo ha advertido, pero no quiero que Susana se entere – dijo prácticamente en susurros.
- ¿Tiene algo más? – preguntó preocupado Terry.
- Es solo el hijo que esta esperando, pero ella no quedó bien después del accidente, para ella tener este hijo puede resultarle fatal – dijo la última palabra con voz muy quebrada.
- No entiendo¿qué significa eso? – preguntó Terry subiendo la voz.
- ¡No grite!- Le ordenó su suegra – No quiero que Susana se entere.
- Entonces dígame que sucede, sin tantos rodeos – le sugirió enojado Terry.
- Susana no debería tener hijos, el doctor me dijo que puede morir.
Terry se quedó atónito al oír la noticia, bajó la mirada y sintió dolor dentro de él. La señora Marlowe se sorprendió al ver la reacción de Terry, ella siempre había pensado que Susana no le importaba para nada a su Yerno.
- ¿Qué dijo el doctor? – dijo con la voz muy ahogada
- Que tenía que perderlo.
- ¿¿QUE?? – Preguntó exaltado Terry.
Terry se sintió muy enojado, pero no con el doctor o con su suegra quien le estaba dando tan mala noticia, sino con el destino que le estaba mandando otra desgracia para soportar. La felicidad que había sentido unos minutos antes por el hecho de tener un hijo se estaba desvaneciendo, y de nuevo sintió mucho dolor. No podía darse el lujo de perder algo que ya hacía suyo, no podía perder a ese hijo, no podía hacerlo, si perdía a ese hijo sería como perder de nuevo la oportunidad de ser feliz.
Por otro lado sintió un grave remordimiento había habido en el lapso de esos dos años ocasiones que había pensado que si Susana muriera todos sus problemas se acabarían. Ahora se sentía mal, realmente él nunca lo había deseado, sin embargo le hizo recordar esos momentos y sintió como si él le estuviera provocando la muerte. Entonces pensó en Susana, en la sonrisa, la luz que emanaban sus ojos y en lo bella que se veía cuando le dio la noticia de que iba a tener un hijo, él no quería que muriera, sin embargo verla tan triste todos los días, vivir así era peor que la muerte, él no quería compadecer a Susana, internamente sabía que si ella nunca hubiera existido él sería feliz con Candy, pero se veía reflejado en ella, estaban casados, pero ella no era feliz, y él se había propuesto hacerla feliz, pero no lo había conseguido hasta ese día que sin habérselo propuesto la había hecho tan feliz, que radiaba felicidad por donde pasaba.
- No puede perderlo – dijo enérgicamente.
- Entonces esta de acuerdo en eso conmigo – le dijo boquiabierta la Sra. Marlowe.
- ¿Por qué no habría de estarlo? – quiso saber Terry.
- Porque pensé que le importaba más la vida de Susana – le dijo
- Si me importa mucho, pero perder el hijo sería lo mismo que una sentencia de muerte – le mencionó Terry – No la había visto así de feliz desde que...
Terry hizo memoria, el día en que se habían casado, Susana había estado feliz, eso no podía negarlo pero había una neblina en sus ojos, entonces sintió una punzada de dolor¡Ella sabía que él no la amaba!, sabía que se casaba con ella por compasión. Terry apretó los puños y siguió pensando, en esos dos años no la había visto realmente feliz, entonces recordó ese día que le parecía tan lejano cuando habían ganado los personajes de Romeo y Julieta, esa era la sonrisa que había estado buscando, la sonrisa que buscaba databa de ese. Ella había estado muy feliz entonces, sin embargo la sonrisa de cuando le anunció que estaba esperando un hijo había sido mil veces más radiante que entonces.
- Ella no merece sufrir más – dijo la señora Marlowe como si leyera el pensamiento de Terry.
- No se preocupe ella no sabrá nada – dijo con decisión Terry.
Ambos se abstuvieron de mencionar que al estar decidiendo que ella tuviera el bebé, era casi lo mismo que estar sentenciando su muerte. Los dos callaron, la señora Marlowe salio del camerino para encontrarse con su hija, Terry se dejo caer en el diván al lado de la puerta.
- No tengo más derecho en pensar en Candy – se dijo para sí – no se si ella morirá, pero haré hasta lo imposible para hacerla feliz para que la sonrisa que me mostró ahora no se apague nunca.
Se miró en el espejo, y vio su pelo largo, hacía solo unas horas antes que había pensado en ella, cuando le preguntaron de su cabello. En ese momento se levantó del diván y se dirigió con las personas encargadas del vestuario y maquillaje.
- ¡Terry! – Se asombró la muchacha que estaba preparando unas pinturas.
- Necesito que me corten el pelo – dijo muy serio.
- Claro Terry, siéntate allí – le dijo la muchacha señalándole una silla.
Sin decir más la muchacha se acercó y dio los primeros cortes, Terry impasible veía como su cabello iba disminuyendo de extensión, la muchacha guardó la cabellera en una cola y la puso sobre papel de china, y siguió cortando el resto del cabello. El corte no tardó en acabar.
- Terry antes de que te vayas, toma esto – le dijo dándole su pelo envuelto en el papel – Quizá se lo quieras dar a alguien.
- Este es para ti – le dijo poniéndole un cadejo en su mano – el resto ya se a quien dárselo.
La muchacha sonrió y guardó el cadejo en una cajita. Y después volvió a su labor de las pinturas.
Mientras tanto, en la estación de trenes Logan y Candy bajaban de uno de los trenes. Logan miraba todo muy sorprendido, había oído hablar mucho de la ciudad de New York, pero como suele suceder en esos casos, todo es muy diferente una vez que se esta presente. Candy se sentía muy nerviosa, hacía más de dos años que había estado allí, el corazón le empezó a latir con fuerza, y un leve rubor cubrió sus mejillas, en esa ocasión Terry había ido por ella, también recordó la manera tan especial de aparecerse y en como había confundido a un señor con él. Después recordó la tristeza de su viaje de regreso, como había cambiado todo desde ese día.
- ¿Estás bien? – le preguntó Logan al verla tan distraída.
- Si, sólo un poco cansada por el viaje – mintió Candy
- Entonces será mejor que vayamos al Hotel, para que descanses ya que mañana será un día muy pesado.
Logan bajó las maletas y fue a conseguir un carro para que los llevara al hotel, Candy se quedó sola en medio de la gente, todo le parecía tan gris ahora. Recordaba esa estación de manera tan diferente.
Cuando llegaron al Hotel, Candy agradeció desde el fondo de su corazón que no fuera el mismo donde se había hospedado dos años antes. Cuando llegó a su habitación, tomó el sobre donde estaba el anillo, lo sacó y lo sostuvo entre sus dedos, seguía preguntándose porque ese anillo le provocaba esa extraña sensación. Porque no lo había devuelto en vez de lanzarse en un viaje tan largo para entregarlo, pero por más que le daba vueltas no podía conseguir una respuesta. Así que lo volvió a meter al sobre y se acostó para tratar de dormir.
A la mañana siguiente, se dirigieron a las oficinas del puerto, para preguntar sobre lo que se había rescatado del barco hundido, Candy recordó cuando había viajado desde Inglaterra como polizonte, recordó a su amigo Cuqui, y se preguntó si ya habría realizado su sueño de ser marinero,
Los papeleos y las indagaciones les llevaron toda la mañana, cuando hubieron terminado era algo tarde y a pesar de la frustración de Candy no habían podido aún ver los restos del barco.
Candy se sentía muy cansada después de haber estado todo el día parada en medio de los marineros y de los oficinistas, pensó que realmente Logan debería haberse encargado él sólo, sin embargo ella había decidido estar allí, así que había soportado todo con una sonrisa en la cara.
Cuando iban de regresó al Hotel, Logan advirtió de nuevo en Candy, su casi imperceptible cambio de humor, durante todo el día había estado mucho más callada que de costumbre, la veía un tanto distraída y sabía que haber estado en el puerto toda la mañana, la había abrumado porque no habían resuelto nada.
- Candy, aún no puedo entender porque decidiste hacer este viaje – le dijo no en tono de reproche, sino con una sincera preocupación.
- Ya te lo dije en el tren – le contestó Candy – vengo a entregar el anillo que encontramos en el Hotel, y además no podía dejarte solo con toda la situación de los restos de barco.
- Candy – le dijo muy serio – se que no te conozco desde hace mucho tiempo, sin embargo se lo suficiente de ti, para saber que me estas ocultando algo.
- No estoy ocultando nada – mintió Candy quien se sentía algo enojada por ser tan transparente.
- Pues dirás eso, pero yo no creo que sea así – le contestó alzando la voz dejando notar claramente su acento Escocés.
Candy lo miró por unos minutos y vaciló si debía contarle la verdad o no. Vio en sus ojos la sinceridad reflejada y pensó que sería bueno comentarle al menos sus presentimientos sobre el anillo.
- La verdad Logan, es que tal vez no debí haber venido tal y como mencionas sin embargo cuando hallamos el anillo y lo sostuve en mis manos, sentí algo inexplicable
- ¿A que te refieres? – le preguntó extrañado Logan.
- Fue algo muy extraño, cuando lo toque sentí como si me llamará algo, como si el anillo quisiera decirme algo, entonces pensé que encontrando al dueño del anillo hallaría la respuesta.
- ¿Respuesta de que? – inquirió frunciendo el ceño.
- Eso es lo que quiero averiguar – dijo Candy.
- Pues no lo vas a averiguar sola – dijo un tanto enojado Logan – No voy a dejar que andes por allí, buscando al dueño de ese anillo, esta ciudad esta muy grande, da algo de miedo.
- He estado sola en lugares peores – afirmó Candy.
- No lo dudo, pero estando yo aquí, no dejaré que cometas ninguna locura – le advirtió Logan – ¿tienes el anillo contigo?
- Sí – contestó Candy - ¿Por qué¿Quieres ir en este momento?
- ¿Porqué no? – preguntó Logan
- Si, tienes razón, vamos pues.
Logan le pasó la dirección al cochero del carruaje donde iban, Candy se comenzó a sentir intranquila a cada paso que daban los caballos, el corazón le latía con más fuerza. Seguía sin entender porque se sentía tan nerviosa, y porque había viajado tanto para llevar un anillo, su cabeza empezaba a darle vueltas. Sin embargo tenía que guardar la calma, no quería que Logan siguiera cuestionándola acerca de su actitud.
Pronto llegaron a una zona muy lujosa, a Candy le llamó algo la atención, era obvio que eran casas de gente rica, sin embargo eran muy diferentes de las que conocía en Chicago. Por fin el carruaje se detuvo delante de una de las casas.
Antes de bajar, Candy volvió a mirar el anillo, lo sostuvo firmemente en su mano y luego lo volvió a meter dentro del sobre membretado lo dobló con delicadeza y lo guardo en su bolso.
Logan ayudó a bajarse del carruaje a Candy, ella miró la calle como si quisiera descubrir la respuesta que estaba esperando, hacia mucho calor a pesar de que el Sol se había ocultado hacia más de media hora, sin embargo Candy sudaba frío, un escalofrío recorría una y otra vez su cuerpo, tomó aire para tomar fuerzas y se adelantó para llamar a la puerta de la casa. La puerta era grande y estaba pintada de blanco, era una puerta sencilla pero elegante. Logan seguía pensando que Candy no le había dicho toda la verdad, sin embargo no podía dejarla sola, así que se acercó a ella.
Candy se paró frente a la puerta la observó por unos segundos, finalmente tocó el timbre que estaba al lado de la misma, pasaron varios segundos y nadie respondió, Candy trató de mirar por una estrecha ventana que estaba a lo largo de la misma, no parecía que alguien hubiera acudido a abrir la puerta, Candy volvió a tocar el timbre.
- Un momento – se alcanzó a oír desde dentro.
A Candy se le hizo conocida la voz, pero no pudo identificar de quien era, la voz había venido de la parte de atrás y por la ventanita no alcanza a ver hasta allá. Candy aguardó en el rellano de la puerta de entrada durante varios minutos, se oyeron pasos y que alguien giraba el pomo de la puerta.
Finalmente la puerta se abrió, la cara de Candy cambió dramáticamente, frente a ella estaba una de las personas que sabía aún pasara un millón de años reconocería. Y una de las pocas personas que pensaba nunca más volvería a ver.
- ¡Susana! – musitó Candy.
