Lobo dirigente
Inuyasha había salido de la casa a toda prisa, Kōga sintió el impulso de seguirlo, pero dudaba mucho que fuese a meterse en otro lío, y era casi un hecho que regresaría, sino con Kagome, a la zona boscosa que conformaba la casa Higurashi.
Se frotó los ojos con el índice y el pulgar de la mano derecha.
—Mañana mandaré a alguien a reparar la puerta—dijo—. Lamento la intromisión.
—Los hanyō son volubles—dijo la mujer haciendo que los niños volvieran a sentarse—, les confunde estar en dos lados y en ninguno a la vez.
El lobo dejó escapar un suspiro y se alejó de la casa con paso lento.
Kasuga nunca le había dado problemas.
Ciertamente, no lo trataba como si fuera un yōkai, su cuerpo era mucho más frágil, y su presencia tan sutil que, si no fuera por la cola, difícilmente alguien podría decir que no era humano. Aun así, le había enseñado lo que era pertinente a la tribu, le había explicado de las viejas costumbres, aunque muchas de ellas ni siquiera él las practicaba. Lo llevó a la tierra sagrada donde reposaban sus ancestros, aunque se había convertido en un centro comercial de alta gama.
Su hijo lo escuchaba atentamente, se esforzaba en su entrenamiento, se esforzaba en el colegio, ayudaba en las tareas de la casa, cuidaba bien del dinero y los regalos, y seguía al pie de la letra las indicaciones que le daban.
¡Era todo lo que cualquier padre podía desear!
Sin embargo, su vida y futuro dependía de que Inuyasha no arrasara con el viento cortante toda la montaña donde se reunían los monstruos.
Sintió que la boca se le secaba.
Tendría que ir con Kagome, ella sería la única persona capaz de evitar que hiciera una estupidez y no había tiempo para seguir dudando sobre si involucrarlos o no, ya estaban dentro.
Se arrodilló para sacarse los zapatos, los había comprado esa mañana, pero estaban en el límite de lo rescatable. Se incorporó empezando a correr, yendo sobre la calle para no destrozar los tejados, aunque la onda que generó su carrera activó las alarmas de los autos aparcados en la calle.
Las luces de la casa Higurashi aún estaban encendidas pese a la hora. Se detuvo en la entrada del templo, Inuyasha había ido directo a ahí y, seguramente, ya se había dado cuenta de su presencia.
La nekomata fue la primera en salir. Sin correr ni sobresaltarse, solamente caminando en su forma liberada de gran gato de dos colas. Le miró sin hacer ruido, con sus ojos brillantes llenos de la serenidad misteriosa que solo los felinos poseían.
No lo iba a atacar, podía sentirlo, pero tenía la idea de que tampoco lo iba a dejar pasar.
—No vine a pelear—dijo cruzándose de brazos, dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario.
La nekomata levantó la cabeza emitiendo un maullido agudo y suave que interpretó como que no había necesidad de mantenerse a la defensiva, y para demostrar que, por parte de ella, no había problema, encendió sus llamas reduciendo su tamaño.
Quedaron en silencio unos minutos antes de que Inuyasha saltara quedando en medio de ambos.
—¿A qué has venido? —preguntó Inuyasha dejando una mano en la empuñadura de su espada.
—No puedes atacar a los monstruos—dijo tranquilamente.
—Si esos infelices se atreven a atacar no tendré piedad alguna con ellos.
—Inuyasha—llamó seriamente, tratando de no hacer notar su respiración profunda—. No hagas nada más que lo que tenías planeado al venir aquí, a esta época: cuidar de Kagome.
Inuyasha frunció el ceño.
—Hay algo que no me estás diciendo—respondiendo con el mismo modo rudo que acostumbraba con él, pero con cierta inquietud en el fondo.
Hubo un momento de silencio que pareció volverse tan largo como la existencia misma del lobo.
—Tienen a mi hijo.
—¡¿Por qué no empezaste diciendo eso en lugar del estúpido sermón sobre la vida de los monstruos?!
—Porque es algo que siento también. Ya te lo dije, vivir como humano, cuando no lo eres, es peor que estar muerto.
Volvió a suspirar, bajó las manos metiendo una en la bolsa de su pantalón.
—¿Recuerdas la noche en que lo conocieron? Kasuga estaba tan asustado, como no lo había estado en toda su vida ¿pudiste olerlo? ¿su miedo?
Inuyasha respondió que sí, tan bajo que solo lo escuchó porque su sentido de la audición era realmente bueno.
—No quiero que viva así. Quiero que tenga la libertad de ser quien es realmente. Que pueda vivir como humano, y como demonio. ¿Sabes? No le he enseñado a cazar. Mi esposa cree que es pequeño para eso, pero yo tenía menos de la mitad de su edad cuando mi padre me sacó del cubil.
Inuyasha desvió la mirada, de verdad le ponía incómodo escucharlo hablar tan francamente de algo personal que no le había preguntado. Ni siquiera lo consideraba tan cercano, quizás sí un aliado, difícilmente un amigo, así que escucharlo le ponía incómodo, sobre todo porque no sabía qué responder.
—Ya no hay manada. Mis últimos lobos murieron hace un siglo. Cuidé de una camada aislándome en un bosque por casi un año, cuando me aseguré de que supieran cazar y evitar las granjas para que no los molestaran, los dejé.
—¿Los atraparon los cazadores?
Kōga negó con la cabeza.
—Rabia—respondió—. Una vez llevé a Kasuga al zoológico, necesitaba saber si podía generar un vínculo con otro tipo de lobos, aunque fuera un hanyō, pero el tiempo en cautiverio los volvió estúpidos, se la pasaron gruñendo y tratando de saltarnos encima. Solo uno pudo hacer contacto conmigo, pero era como si su voz se estuviera apagando también.
—Entonces—empezó a decir Inuyasha con un tono de voz grave, temiendo decir algo que desatara una discusión estúpida como las que solían tener antes— ¿Eres el último?
—Quisiera contar a Kasuga, pero… sí, soy el último ōkami yōkai, soy el último lobo de Japón.
Inuyasha desvió la mirada. Intentaba siquiera imaginar lo que significaba eso, pero él nunca había pertenecido a un grupo como raza, había estado solo casi toda su vida, y como pertenencia solo podía pensar en Kagome, en que ella era su hogar, su familia.
Perderla era una idea desgarradora, pero no estaba seguro sobre si era el mismo vacío que dejaría perder a todo un grupo que se mantenía unido por tener ciertas características en común.
No quería parecer insensible, pero simplemente no comprendía porqué era importante que hubiera más como él, o más demonios en general, porqué era importante salvarlos, o porqué se sentía solo teniendo a su esposa e hijo. No obstante, sabía que ese sentimiento era algo que Kōga tenía desde antes, cuando buscó el poder de la perla para proteger a su manda de las aves de paraíso, y el que lo llevó hasta la persecución de Naraku.
—Kōga—llamó Kagome quedamente.
Los dos la miraron. Tenía una expresión triste, las manos enlazadas al frente y el rostro levemente inclinado.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
El lobo asintió.
—Después de que Ayame y el resto de la tribu murió... tú... ¿buscaste a sus asesinos para vengarte?
Hubo un momento largo de silencio antes de que él respondiera.
—No.
Inuyasha iba a decir algo, pero ella levantó la mano haciéndole callar.
—¿Por qué?
—Manténgase al margen de esto—respondió Kōga ignorando esa última pregunta—. Trataré de no involucrar humanos inocentes, pero esta batalla se va a librar de igual forma.
El lobo se dio la vuelta.
—¡No viniste hasta acá solo para decir eso!—se apresuró a decir Inuyasha tomándolo del hombro para darle la vuelta, pero sin soltarlo.
Kōga levantó el brazo para soltarse. De haber querido, Inuyasha le habría clavado las garras para inmovilizarlo, de modo que solo pudiera soltarse si estaba dispuesto a desgarrarse el hombro, pero no lo hizo porque no veía motivo para retenerlo ahí, y porque con el mismo tono bajo y suave que Kagome había adoptado desde la tarde, le pidió que lo dejara.
Le vieron partir, en ese remolino de viento tan característico suyo. Y una vez solos, Inuyasha se animó a preguntar qué demonios le sucedía.
—Creo que tiene razón—susurró.
—¿De qué estás hablando?
—Salí con mis amigas, ¿sabes? Hacía mucho tiempo que no tenía noticias de ellas.
—Sí, ya me lo habías dicho, pero ¿eso qué tiene que ver con ese idiota?
—Ayumi está preparando un ensayo sobre el folclore en la música, ella eligió una canción sobre...
Kagome sintió que la voz se le quebraba, y a Inuyasha no se le ocurrió otra cosa más que abrazarla.
—Solo dímelo.
—La canción habla sobre un espíritu zorro que protegía una aldea en esta zona... pero fue traicionado, los aldeanos lo entregaron a un grupo de cazadores. La canción dice que otros demonios le ofrecieron la oportunidad de vengarse, pero él se negó, y solo marchó al mundo espiritual.
Inuyasha sintió miedo de preguntar, porque tenía una sospecha de a dónde iba aquello.
—Mañana iremos al templo que erigieron tiempo después, quiere hacer unas grabaciones y fotografías.
—Tranquila, no tiene porqué tratarse de él...
—¡¿Y cuál sería la diferencia?!
Kagome ya no pudo retener las lágrimas.
—Solo nos preocupamos por nuestros amigos, y eso es normal, pero hay muchas criaturas buenas e inocentes que sufrieron destinos horribles por culpa del miedo que dejó Naraku a los humanos.
—Kagome... eso ha sido siempre, mi madre era humana, y ni siquiera eso hizo que la gente sintiera compasión por ella. Llegado el momento, nos entregaron.
Kagome dijo algo más, pero él no la escuchó, las palabras que él mismo habían pronunciado se repitieron en su mente.
Kōga estaba en un error. La única forma en la que los monstruos podrían sobrevivir, era manteniéndose como figuras imaginarias, que nadie creyera en ellos.
Hacía 500 años les tenían miedo, y si alguna vez tuvieron dominio sobre la tierra, era porque los humanos no habían evolucionado sus armas, una flecha no causaba mayor daño a los espíritus, una espada no lograba penetrar la piel de la mayoría de los monstruos, pero, tan solo en los últimos días que pasaron en la época feudal, un solo grupo de hombres, que no pasaban de la docena, habían abatido más criaturas que los regimientos de los señores feudales armados con flechas y espadas.
Y Kagome decía que, para esa época, las armas habían progresado mucho más en poder letal y velocidad.
Kōga podría saber del miedo que puede infundirse a un humano al punto en que suplique por su vida, pero él sabía del miedo que lo hacía reaccionar para tratar de matarlo, y estando armados, lo segundo era lo que iba a pasar.
Ese lobo estúpido estaba yendo a su muerte.
—Kagome, quédate con Kirara—susurró—. Debo irme.
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