Miedos

Ella los primeros meses vivió aterrorizada de muchas cosas. Amigos antagonistas, el no era el líder total de su grupo, y realmente nadie confiaba en su estabilidad. Más bien parecía de esas personas muy solitarias que suelen dar jugo para no llorar, alguien muy esquizoide y sin interés de pensar antes de hacer.

Un ninja entrenado también aprendía a pensar. Si bien en la batalla interviene mucho la intuición, el entrenamiento implica que el cuerpo piense correctamente.

El al principio sentía mucho por ella, solo podía pensar en ella, pero no se lo diría. Cada mujer anterior había sido una herida.

Ella solo gustaba jugar, no era seria. En realidad temía atarse tanto como temía a su destino, crecer y volverse adulto significaba morir. No se veía bien en una mujer casada que saliera de casa, que robara, que jugara con todo. No se veía bien que siguiera siendo sensual. Y no se veía bien que quisiera tener algo en su vida que no fueran deberes. La mayoría de los de su país pesaba así, vivir sin deberes en un tiro al aire, un desatino, algo perdido.

El temía al rechazo, ella a las cadenas.

Con el, fue la primera vez que sintió deseo de ser atada, de que el no la dejara ir, y a su vez, de no querer atarlo con responsabilidades. Sentía una contradicción intensa, dura. El solo decía que las cosas que tenían que pasar, pasarían. Ella se había hecho sola, cambiando su destino cambio el de su familia y de mucha gente. El se había hecho a molde para otros.

A ella le disgustaba su falta de atención por las decisiones, los detalles. A el le molestaba esa completa obsesión por tener todo controlado, menos ella misma. Le gustaba ver como perdía el control de su cuerpo. A ella, como el la controlaba, solo en el sexo parecía gustarle una superioridad.

Quizá por eso, cuando el le impuso las ataduras, ella no salio corriendo.

Porque vio que el si había tomado esa decisión.

Y porque vio que a veces, no hay vuelta atrás cuando uno crece si no quiere pudrirse.