Unidos en pie nos mantendremos;
separados, caeremos.
CAPÍTULO 7:
"Somos uno"
Nuka observó, desde una de las ramas más altas del baobab, a las leonas de la manada regresando con la caza del día. Su corazón comenzó a latir rápidamente, emocionado, y, a zancadas, descendió por las grandes y gordas ramas del árbol de Rafiki. Hoy su padre le enseñaría por fin a cazar y a defenderse físicamente. Fue una promesa hecha hacía ya tiempo que no pudo completarse debido al regreso de Simba al reino. Después de eso, Nuka buscó el momento idóneo para volver a sacar el tema. Ayer, cuando su padre volvió de cazar la cena, por fin el pequeño se armó de valor. Nuka acompañó a su padre cada vez que Rafiki iba a ver el estado de sus heridas, las cuales se sanaban poco a poco; a pesar de que el babuino le dejó claro a su padre que su pata trasera derecha no sanaría del todo y que, como recordatorio del fatal incidente contra las carroñeras, la cojera saldría a relucir cada vez que se moviera durante un largo tiempo, Scar no perdió la agilidad ni la habilidad para la caza. Y ver a su padre siendo capaz de seguir trayéndole comida a pesar de su estado solo le daba más ganas de empezar sus lecciones cuanto antes. Así fue que cuando Nuka le recordó la promesa, Scar inmediatamente le dio la libertad de elegir cuándo quería comenzar, y él, lleno de energía, le dijo que quería empezar al día siguiente. Su padre aceptó.
Tan inmerso en sus pensamientos estaba, que Nuka se tropezó con sus propias patas, cayendo rodando hasta llegar al final de la rama. El joven se quedó bocarriba, lanzando un pequeño "ouch" en un susurro. Al elevar la vista, se encontró los ojos verdes de su padre mirándolo con agotamiento.
—¿Cuántas veces te he dicho que no corras así por el árbol? —le preguntó entrecerrando los ojos.
Rápidamente, Nuka se dio la vuelta:—Ninguna. Como yo no suelo correr… —respondió el cachorro, algo avergonzado por su forma pasiva de ser.
—También es verdad… —admitió el mayor, no dándole mucha importancia—. ¿A qué viene el cambio de costumbre, entonces? —preguntó.
—Hum… ¿No recuerdas…? —comenzó diciendo el más joven, tímido, sintiéndose algo nervioso por la mirada interrogante de su padre—. Ayer… Lo que te pregunté… —añadió, disminuyendo el volumen de su voz.
—¿Ya se han ido las leonas? —preguntó su padre, ya acostumbrado a sus susurros.
—Sí —respondió Nuka.
—Entonces, supongo que ya podemos ir —concluyó Scar, encogiéndose de hombros.
Con una gran sonrisa en el rostro, Nuka saltó de alegría y echó a correr hacia afuera del árbol, soltando una sonora y jovial risa. Oyó la voz de su padre advirtiéndole que esta vez tuviera más cuidado, y, justo cuando se viró para responderle, chocó contra alguien. Mientras meneaba su cabeza, escuchó una risa escandalosa que le hizo saltar asustado. Mirando al frente, se encontró con nada más ni nada menos que el rey y sus hijos. El príncipe se encontraba, al igual que él, en el suelo, sobándose la frente con una pata dolorido mientras la princesa se reía de él, señalándole burlona.
—¡Jajajajaja, dos coscorrones hoy! —comentó, llorando de la risa.
—Kiara, no te rías de tu hermano… —le dijo Simba, suspirando cansado.
—¡Papá…! —llamó Nuka, algo temeroso, comenzando a andar hacia atrás.
Simba podía notar fácilmente los nervios en la voz temblorosa y asustada de Nuka, y eso le hizo dejar a un lado todas las dudas que tenía con esta idea. Su tío podía hacerle daño a sus hijos y debía estar alerta, pero Nuka siempre sería otra historia distinta. Ajeno a los crímenes de su padre, el cachorro tenía un corazón puro y Simba sabía que poseía un gran temor por el mundo unido a una muy baja autoestima; jugar con otros cachorros seguro que le venía bien, al igual que a sus hijos. Antes de que el rey pudiera tener oportunidad de calmar al pequeño, Scar apareció y Nuka, intuitivamente, salió corriendo a esconderse tras él.
Simba perdió la voz en ese instante, teniendo a su tío delante tras haberse pasado días sin hablarse tras la discusión. Scar, por su parte, tampoco dudó en mostrar el disgusto que sentía al tener a su sobrino enfrente, dándole a entender fácilmente al más joven que no había olvidado las palabras que le dedicó hacía varias noches. Y ambos leones mantuvieron fijas las miradas, haciendo crecer una tensión que la hija menor del rey rompió deliberadamente.
—¡Hola, tío abuelo! —saludó la pequeña, pasando a abrazarle una pata.
Scar solo rodó los ojos, algo molesto:—Ya te he dicho que no me llames abuelo.
—Oh, lo siento —se disculpó la cachorra, soltando una pequeña risa.
Ante eso, Simba frunció el ceño:—¿Ustedes dos ya habían hablado? —preguntó, tratando de contener su enojo.
—Sí, el día que Rafiki les atendió a ti y a Kopa —explicó Kiara, sonriente—. ¡El tío abuelo Scar me ayudó a sentirme mejor! —añadió, lanzándole una mirada divertida al mayor.
—Que no me digas abuelo… —volvió a repetir Scar, hastiado.
—Supongo que eso tampoco era importante que me lo mencionaran… —farfulló Simba, irritado.
—No, papá, esta vez mamá no lo sabía —dijo Kiara, saliendo en defensa de su madre—. Además, tampoco lo vi tan importante —añadió, diciendo las mismas palabras que su madre pronunció aquella mañana.
—Esa frase la has aprendido bastante rápido, ¿eh? —dijo su padre con una ceja elevada. Luego, lanzó un suspiro.
—Que Nala te hablara de mí me parece más coherente… —comentó Scar en voz alta, ganándose una mirada molesta por parte de su sobrino. Ignorándola, se viró hacia Nuka, aún escondido tras sus patas:—Hijo, no tengas miedo; son tus sobrinos.
El pequeño miró a su padre y luego lanzó una mirada tímida a los cachorros reales, quienes lo observaban curiosos. Kiara fue la primera que se acercó, creyendo que lo mejor era mostrarse amable y tomar la iniciativa.
—¡Hola! —saludó, sentándose frente a él—. ¿Cómo te llamas?
El hijo del león mayor se agazapó un poco cuando vio a la princesa acercarse a él. Kopa se acercó también, para echarle un vistazo a su hasta ahora desconocido tío segundo. Debería tener por los menos un año, pero debido a su cuerpo enclenque parecía más pequeño e indefenso que un león normal de su edad. Nuka, por su parte, también echó un rápido vistazo a los hijos del rey. Un breve recuerdo de Vitani y Kovu se apareció en su mente, y, notablemente más triste, Nuka bajó la cabeza, echando las orejas hacia atrás. Los mellizos enseguida compartieron su expresión, pensando que habían hecho algo indebido.
—Discúlpenlo —se interpuso Scar de pronto, quitándose de en medio de los niños y mirando de soslayo a su hijo—. Nuka no está muy acostumbrado a tener amigos —explicó.
—Oh… —dijeron ambos cachorros a la vez, sintiendo algo de lástima.
—No pasa nada, Nuka, a todos nos cuesta al principio —dijo el príncipe con una sonrisa—. Yo soy Kopa, y ella es mi hermana Kiara.
—Kiara quería pasar el día contigo y tu hijo —explicó Simba de pronto, sobresaltando un poco al resto—. Kopa aún no está recuperado del todo y no quiero que se alejen demasiado de un lugar seguro.
—¿Y creíste que el lugar más seguro era cerca de mí? —preguntó Scar, mirando a su sobrino con una sospecha clara en su rostro.
—Cerca de tu hijo —aclaró Simba, elevando la cabeza, a la defensiva—. Y fue idea de Nala y mi madre —añadió, apartando la mirada.
—Eso ya tiene más sentido —dijo Scar, viendo a su sobrino mirarle confuso—. Me parecía bastante extraño que tras haberte pasado dos semanas evitándome a mí y a mi hijo fuese idea tuya —aclaró el león de oscuro pelaje, pasando a darle la espalda al más joven.
—Yo no… —trató de defenderse el monarca.
—Ahórratelo, Simba, no se te da bien mentir —lo interrumpió el mayor, ni siquiera molestándose en mirarlo.
—Sí, no puedo presumir de ello, como otros —comentó Simba, entre dientes, siendo oído nada más por su tío.
Scar simplemente apretó el mentón, tratando de contenerse:—Eligieron un mal día para decidir pasar un feliz día de en familia, Simba; iba a darle una lección de caza a mi hijo —explicó dándose la vuelta, con la voz más calma que era capaz de hacer en ese momento.
—¿Caza? ¡Bien! —dijo Kiara, emocionada, silenciando la fea réplica que su padre le tenía preparada a Scar, sin darse cuenta—. Tío Scar, ¿podemos ir nosotros también?
—Sí, mi hermana necesita una buena clase; le pudo una mariposa —comentó Kopa, con una sonrisa burlona.
Kiara enseguida lo fulminó con la mirada:—Anda que tú sabes mucho…
—Pues más que tú, inútil…
—Kiara —llamó su padre, parando a tiempo otra de las muchas peleas de los hermanos—, ustedes son aún muy pequeños; solo tienen dos meses.
—Dos meses y medio —dijeron ambos cachorros a la vez, orgullosos.
—Lo que sea… —dijo Simba con una expresión cansada.
—No importa la edad, solo que tengan ganas de aprender —se metió de pronto Scar—, y a ambos les sobra —añadió, con una pequeña sonrisa.
—Las clases de caza deberían estar al frente de su padre, no de un tío que no conocen —espetó Simba, mirando molesto al mayor y tratando tan bien como podía de no saltarle a la yugular.
—Por supuesto, seguro que ambos aprenderán mucho del experto de su padre —comentó Scar, socarrón, acercándose a su sobrino y disfrutando de la ira que sus irises rojos reflejaban—. Porque, dime, Simba, ¿cuánto aprendiste de autodefensa y caza bajo la tutela de una rata y un cerdo? —preguntó aumentando su sonrisa cuando vio al rey apretar los dientes, ofendido.
—¿Quién tiene la culpa de eso? —preguntó encolerizado.
—Mmh, incluso si tu falta de conocimiento fue, en principio, culpa mía, la permanencia de ésta no lo es. ¿O no has tenido tiempo en todos estos largos meses de preguntarle a alguna de las fieles seguidoras que forman tu manada? —dijo el mayor, satisfecho al ver el dolor en los rubíes de su sobrino.
Una bola se formó en la garganta de Simba, robándole la voz, y el joven rey se vio obligado a tragar, sintiéndose casi desfallecer. Por supuesto, Scar sabía que él no contaba con el apoyo de las leonas por su forma de criar a sus hijos, y como era de esperar, lo usó para silenciarlo y quitarle las fuerzas y la confianza de una sentada, siendo también conocedor de que ese era ahora su punto más débil. Apreció un brillo de alborozo en los ojos de su tío que logró hacer a su sangre arder. Un par de veces, Simba abrió la boca para soltarle alguna pulla, queriendo devolverle el daño y la inestabilidad recibidos, pero lo único que salió de sus labios fue el silencio, haciendo el gozo de su tío crecer en gran medida.
—Nuka, ¿qué edad tienes? —preguntó de pronto Kiara, tan curiosa como siempre.
Las miradas de los dos adultos cayeron en sus respectivos hijos. Simba se calmó al comprobar que ninguno de los cachorros se habían percatado del intercambio de palabras hirientes que su tío y él acababan de tener. En su lugar, los dos príncipes parecían realmente interesados en conocer a su tío segundo, que se mostraba más tímido que nunca, a pesar de que Kiara y Kopa eran bastante más pequeños que él. La furia del rey fue desapareciendo poco a poco ante la visión de Nuka, incapaz de tener contacto visual con sus sobrinos. Sí, las rencillas de Scar y él no eran cosa de sus hijos, ni de su primo, los tres eran cachorros que desconocían que sus padres estaban unidos por lazos manchados en sangre y cubiertos de mentiras; y así era como Simba quería que siguiera siendo.
El rey jamás lo admitiría en voz alta, pero de verdad estaba atemorizado por lo que fuera a ser de sus hijos, no en cuestión de qué sería de ellos cuando ambos tuvieran el reino bajo su mando, sino qué cosas podrían sucederles una vez que él no estuviera a su lado para protegerlos. No quería romper sus mentes inocentes, no quería estropear su infancia, Simba quería que sus dos hijos gozaran de la vida de realeza que a él le fue arrebatada; sin rencores ni delitos de por medio, sin noches plagadas de pesadillas, sin que en sus corazones habitaran las inseguridades. Y para Nuka quería exactamente lo mismo. Quizá Scar y él jamás se llevarían bien de nuevo, pero él no tenía la culpa, y pensó que ya había pasado bastante en su corta vida. Protegería a su primo de acabar igual que Scar, de que se viera encerrado en una oscuridad eterna que no quisiera abandonarlo hasta el punto que él mismo se sintiera cómodo atrapado, siendo un ser desalmado. Había mucha pureza en Nuka, y Simba quería que perdurara. No sabía si era quizá para eliminar su sentimiento de culpa al no haber podido proteger a Vitani y Kovu, o si era solo porque su corazón se inundaba de pena y empatía cada vez que miraba al joven león, pero Simba ya había tomado la decisión de hacer todo lo posible para que Nuka fuera feliz en su reino.
—Um… Un año —respondió el pequeño, aún teniendo su vista clavada en el suelo.
—Ooooh, entonces tú podrías ser como… ¿Nuestro hermano mayor? —comentó Kopa, con una pequeña sonrisa.
—Él es nuestro tío —le corrigió Kiara, con una ceja elevada.
—Sí, pero digo… Él es bastante mayor que nosotros, así que cuando estemos con él, yo le puedo dar el relevo de hermano mayor —explicó el príncipe, bastante orgulloso de la idea que se le había ocurrido—. Así podré descansar.
—¿De qué? —preguntó la princesa.
—De ti, básicamente —respondió inmediatamente el cachorro, disfrutando de la mirada molesta de la pequeña—. Además, así podré relajarme un poco.
—Tú eres incapaz de relajarte; en ti vive un controlador nato —dijo Kiara con una sonrisa divertida, haciendo reír un poco a Nuka, quien enseguida calló para no ofender a su sobrino.
—Pues eso va a cambiar —prometió Kopa, decidido—. A partir de hoy, me soltaré la melena.
—¿Qué melena? ¿No te referirás a este matojo? —se burló la princesa señalando la creciente melena oscura de su hermano.
Seguidamente, la cachorra se echó a reír, siendo acompañada por Nuka, quien rio en bajito, temiendo que el príncipe la tomara con él. Sin embargo y para su fortuna, Kopa centró toda su atención en su hermana. Sin pensárselo dos veces, el primogénito de la familia real se lanzó contra la menor, haciendo a ambos rodar por las ramas, comenzando una de sus muchas peleas. Simba enseguida rodó los ojos y sacudió la cabeza. Dio un paso al frente para parar la pelea, pero su primo enseguida lo interrumpió, provocando una sorpresa para los dos adultos. Nuka, en cuanto vio a sus sobrinos peleándose, corrió hacia ellos.
—¡Venga, paren! —dijo, para acto seguido coger a Kopa por el cogote y quitarle de encima de su hermana—. No peleen —añadió cuando soltó al príncipe.
—Creo que en verdad sí serás un buen hermano mayor, Nuka —comentó Simba, soltando una pequeña risa al final. El cachorro solo se sonrojó.
—Lamento romper la escena fraternal, pero será mejor salir ahora que aún es de día y las manadas siguen por aquí cerca —dijo repentinamente Scar, pasando a su sobrino de largo—. Acompáñanos si quieres, a lo mejor aprendes algo —comentó con sorna.
—¿De un león cojo y raquítico? Aprendería más de la "rata" y el "cerdo", gracias —contestó rápidamente Simba con un deje de molestia y rencor bien marcados que el mayor de los dos fue capaz de captar al instante.
Debido al insulto, Scar mostró un semblante de molestia que borró inmediatamente de sus facciones al comprobar la felicidad que le brindaba a su sobrino. Sacando a la luz su conocida pasión por tener la última palabra siempre, Scar dijo en un susurro, no queriendo que los niños le oyeran:
—No menosprecies tan a la ligera, Simba; recuerda: este león habría cesado los latidos de tu corazón de no ser por tu golpe de suerte.
Al comprobar que había vuelto a robarle la voz a su sobrino, Scar siguió su camino, sintiéndose bastante satisfecho. Simba, por su parte, pudo notar fácilmente la grandeza que su tío sentía tras su victoria en su pequeña guerra de palabras, algo que logró enfurecerlo de nuevo. Sin moverse, el rey vio a Scar alejarse del árbol seguido de Nuka y sus hijos. Simba se quedó viéndoles marchar, decidido a esperar un poco antes de ir tras ellos.
—No había visto tanta tensión entre dos familiares desde la última visita de tus tías maternas… —comentó una voz desde las ramas más altas.
Simba saltó asustado, no habiendo captado ninguna esencia cerca de él:—¡Rafiki…! —un suspiro de alivio mientras el babuino descendía hasta estar a su lado:—No sabía que estabas aquí…
—Sí, soy uno de esos raros especímenes que pasan tiempo en su hogar… —comentó el chamán con una divertida risa al final.
Simba sólo sacudió la cabeza, con una ligera sonrisa:—¿Qué dijiste unas tías mías…? —preguntó luego algo confuso.
—Oh, tu tías Akili, Mawa y Uzuri, hermanas mayores de tu madre —dijo Rafiki.
—Nunca he oído hablar de ellas —admitió el monarca, ladeando la cabeza curioso.
—No me extraña; tu madre y ellas se llevan a rabiar —explicó el babuino.
—Seguirán la tradición familiar… —comentó Simba suspirando algo cansado y apenado.
—Las tradiciones no duran eternamente; mira a tus hijos —dijo Rafiki mirando en la dirección por la cual los príncipes se habían marchado junto con sus tíos.
—Ahora, quizá; pero lo que me inquieta es lo que será de ellos cuando yo no esté —confesó el rey, tensándose.
—Ah, sí, si hay algo que puede quebrar hasta a la roca más dura es el desasosiego que causa el futuro —concordó el chamán, colocando una mano consoladora en el hombro del león—. Nadie puede saber con exactitud qué será, pero sí puede tener el poder de cambiarlo con las acciones que se hagan en el presente.
—Eso está muy bien cuando sabes qué hay que hacer. Y ese no es mi caso —dijo Simba con la mirada clavada en el horizonte.
—Te equivocas, Simba, todos sabemos qué se ha de hacer, lo que pasa es que pocos se dan cuenta —contradijo el simio—. Solo tienes que… preguntarte qué es lo que crees mejor.
Simba calló un momento. Desde que ascendió al trono, no había hecho otra cosa que preguntarse qué era lo mejor para su familia y la manada, y ahora que se paraba a pensarlo, la verdad era que lo único que había conseguido era hacer resurgir el reino de su estado deplorable, pero el monarca sabía que eso no fue obra suya: Sarabi estuvo detrás de todos los discursos que él dijo frente a la manada para poder ganarse la confianza de las leonas, Sarafina se ocupó de la partida de caza y Nala fue la encargada de racionar las comidas; mientras, Zazu se encargó de hacer saber al resto de animales que habían abandonado las tierras que ya no había hienas sueltas por el reino y así los elefantes regresaron sirviendo de ejemplo para el resto.
Y Simba sabía a la perfección que todos sus súbditos lo admiraban, que le creían un héroe por haber derrocado al tirano de su tío y había hecho resurgir de sus cenizas un hogar marchito; pero era mentira: él no hizo nada. Fueron sus amigos, fue su familia, fue solo el cambio favorable de tiempo y las largas lluvias que ahora caían con más asiduidad lo que lograron que las tierras de su padre volvieran a ser las mismas de antaño, él no tuvo nada que ver. Y odiaba cada vez que alguien lo felicitaba por una labor que no fue obra suya. Lo único que Simba había hecho de iniciativa propia fue querer criar a los dos príncipes como herederos, y tal acción lo había condenado a las duras críticas del resto de leonas.
Miró con el rabillo del ojo a Rafiki, quien se encontraba a su lado, esperando pacientemente una respuesta por su parte. Simba tan solo suspiró, agotado.
—Yo solo quiero lo mejor para el reino; para mis hijos —dijo pasando a mirar al chamán directamente.
Rafiki sencillamente sonrió:—¿Ves? Sí que sabes lo que quieres.
—Sí, pero sigo sin saber cómo hacerlo.
—Ah, pero eso nunca nadie lo sabe, Simba, se descubre por el camino —tras decir esto, Rafiki señaló hacia el frente con su cayado—. Y resultará más fácil con ayuda.
Simba de inmediato negó con la cabeza:—No. Concuerdo contigo en que las cosas son fáciles con ayuda, pero siempre dependerá de a quién se la pidas —dijo al comprobar que el babuino iba a comentar en contra de su negativa.
—¿Y a quién crees que debes pedírsela? —preguntó entonces Rafiki, apoyando su lado derecho en la rama.
—No lo sé. Mi madre, Sarafina y Nala me han ayudado mucho, pero por supuesto ellas no saben mucho de las labores del macho como rey al ser hembras; sé que no cuento con la ayuda de las leonas; y aunque Timón y Pumbaa logren animarme de vez en cuando, seamos sinceros, ellos jamás podrán ser de mucha ayuda en mi nueva labor —dijo Simba meneando la cabeza con algo de amargura—. Sé que tanto mi madre como tú me han aconsejado que hable con mi tío, habiendo dándose cuenta de esto mucho antes que yo, pero no puedo. No se puede.
—¿Por qué?
—Tú estuviste aquí durante todo su reinado, deberías saber por qué.
—También estuve durante el reino de tu padre y tu abuelo, quizá es por eso que no entiendo el por qué.
—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó Simba con el ceño fruncido.
—Que deberías confiar más en la experiencia y objetividad de un amigo que también anhela lo mejor para su hogar, en vez de escuchar solo a la rabia que vive en ti y que sale a la luz cada vez que te dejas aprisionar por el pasado —aconsejó el babuino sinceramente.
Simba se mantuvo en silencio al principio, asimilando las palabras del chamán. Él confiaba en Rafiki, sabía que había vivido y visto mucho, que poseía un corazón grande y puro; pero hasta el más sabio podía equivocarse. El rey no tenía ninguna duda de que hacer caso a su consejo sería un error, empeoraría su popularidad entre las leonas; no podía permitírselo. Rafiki pareció notar sus dudas y el peso de su silencio.
—Ya te dije que del pasado no se puede huir, Simba —le recordó gentilmente.
—Ya lo sé —dijo rápidamente el león, algo molesto al sentir que estaba siendo tratada como un niño pequeño—, pero tampoco debería olvidarse.
—Hum, eso depende —dijo el babuino.
—¿De qué?
—¿Evitas olvidarlo para aprender de él y no cometer los mismos errores, o es nada más porque estás preso del odio y el rencor?
—No sé.
—Deberías.
—¿Por qué?
—Porque dependiendo de cuál opción sea la correcta, tu vida irá mejor o peor. ¿Deseas ser feliz?
—Sí.
—¿Y deseas la felicidad de la gente que amas?
—Claro que sí.
—Entonces, intenta que la primera opción sea la que defina tu vida. La experiencia es tu arma poderosa, pero el resentimiento será el arma más poderosa de tus enemigos pues solo nublará tu juicio y te debilitarás cada vez más —explicó Rafiki dándose media vuelta—. Aún tienes tiempo de escoger —dijo antes desaparecer entre las hojas.
Simba se quedó observando el lugar un momento, pensando en todo lo que se había hablado. Rafiki parecía seguro de estar en lo cierto, mientras que él dudaba de todo lo que hacía, especialmente cuando su tío estaba en medio. Virando su cabeza, comprobó que todavía podía ver las figuras de sus hijos en la distancia, acompañados por Nuka y Scar. Trató de eliminar todos los pensamientos de su cabeza y, de un salto, bajó de la rama del árbol, echando a correr en donde los dos príncipes se encontraban.
Si el joven rey se paraba a pensarlo, podía entender que sus hijos quisieran estar con su tío; él mismo, en su niñez, adoraba estar acompañado por él. Scar podía ser el león más frío que jamás hubiese conocido, pero en su misterio se hallaba la atracción que los demás sentían a su alrededor. Era solo la curiosidad y el deseo de saber más lo que podía hacer que su tío no estuviera completamente solo como él muchas veces quería. Simba, especialmente, sentía una gran debilidad por resolver enigmas, por conocer hasta el último porqué de las cosas. Cuando iba a visitar a su tío, Simba siempre aprendía algo nuevo, se fijaba en la forma de vida de Scar, en cómo hablaba y se comportaba. Siempre se podía ver más allá.
Aparte de eso, Simba podía admitir que si no le costó vivir tanto tiempo en la jungla siendo un cachorro no fue solo por la compañía de Timón y Pumbaa. Antes de que fuese desterrado sin él tan siquiera saberlo, el príncipe había recopilado información suficiente de su tío acerca del mundo exterior. Sin haber salido jamás del reino, Simba sabía de qué forma vivían ciertos animales, con cuáles era más sabio meterse y cuáles no, en más de una ocasión, incluso, evitó que alguno de sus dos nuevos amigos y tutores comiera algún fruto venenoso. Su tío sabía mucho de todo. Una vez, ignorando los avisos de su padre de jamás hablarle a Scar sobre su vida pasada, decidió preguntarle a su tío cómo es que sabía tanto. La respuesta lo dejó un poco más confundido que cuando no sabía nada: al parecer, Scar se pasó gran parte de su niñez y juventud alejado del reino; cuando Simba quiso saber más acerca de ese nuevo descubrimiento, su tío, evasivo, solo añadió que la vida de realeza era aburrida, y él prefería ver qué había más allá de los bordes del reino. Después de todo lo que había pasado, Simba no sabía si esa fue otra de las muchas mentiras de su tío.
Qué extraña visión,
¿será real o ficción?,
¿estará bien o mal?
Mi pecho galopa...
Es extraño cómo siento temor
y también admiración.
Al llegar a su destino, Simba se escondió entre la hierba, no deseando ser visto y observó, bastante sorprendido, a Scar explicándole pacientemente a los cachorros una lección de caza. Echando un vistazo a su alrededor, comprobó que las manadas de herbívoros se encontraban bastante alejadas y, curioso, decidió elevar las orejas para tratar de escuchar la conversación que su tío estaba teniendo con los dos cachorros reales.
—¿Por qué no podemos acercarnos más a las manadas? —preguntó Kopa, curioso.
—Porque esto es solo una clase teórica —respondió Scar.
—Pero si la teoría ya me la sé, yo quiero hacer la práctica —se quejó tímidamente Nuka.
—Tú sí, y no tengo problemas en pasar a la práctica contigo desde ya, Nuka; pero tus sobrinos solo tienen dos meses y medio de nacidos, son demasiado pequeños —explicó su padre calmadamente. Notó a su hijo meditando sus palabras, así que decidió añadir:—Tú puedes ayudarlos también, sé que se te da bien.
Esto provocó que el pequeño sonriera ampliamente:—¡Sí! ¡Les ayudaré en todo lo que pueda! —prometió, enérgico.
—Sé que sí. Ahora… —dijo virándose a los más jóvenes—…imagino que ustedes no saben nada sobre caza.
—No —ambos admitieron negando con las cabezas.
—Bueno, yo sí sé algo —dijo Kiara.
—Sí, sabe cómo darse en los morros —pinchó Kopa.
La princesa solo le dedicó una mirada fulminadora:—No, sabiondo, eso no… Mamá me ha explicado algunas cosas.
—¿Por qué?
—Porque le pregunté. Así es cómo la gente se entera de cosas.
—No, digo que por qué te las explicó a ti y a mí no —aclaró Kopa con algo de molestia.
—Porque le pregunté te he dicho —repitió la pequeña arrugando la nariz.
—Las hembras se ocupan de la caza, normalmente —se metió Scar, previendo una pelea entre ambos hermanos—; no es de extrañar que las madres suelan explicarle esas cosas a las hijas primero, pregunten o no.
—¿Entonces los machos no cazan? —preguntó Kopa inclinando la cabeza, curioso—. En ese caso, ¿por qué debo aprender?
—La misión del macho dominante es proteger a la manada, por eso necesita también estar entrenado y enterado acerca de la caza, para poder ayudar a las leonas si se da el caso de que otros animales cazadores pretendan robar su presa; además, nunca está mal saber ciertas cosas para no depender de los demás —le explicó Scar al pequeño. Centrando su atención ahora en Kiara, preguntó:—¿Qué te enseñó tu madre?
—Pues ella me explicó que hay que agazaparse entre la hierba para no ser vista por tu presa, y que tienes que quedarte quieta… Así… —Kiara se agachó en el suelo, en la misma posición que usaba antes de saltar contra su hermano para empezar algún juego de pelea—. Y esperas hasta que tu presa esté a una distancia que te parezca bien. ¡Y saltas! —explicó dando un pequeño salto.
—Bueno, veo que sabes lo obvio por encima —dijo Scar con una ligera sonrisa—. Pero si en verdad quieres tener una caza fructífera, debes aprender a profundizar más.
—¿Sobre qué? —preguntaron los dos cachorros.
—En primer lugar, no te bastará con un salto hecho de cualquier manera. Tienes que intentar lanzar todo el peso de tu cuerpo en el primer salto que des, así tendrás más posibilidades de alcanzar a tu presa.
—Siempre puedes correr, aun así… —comentó Kopa.
—Sí, si los leones fuéramos veloces —dijo Scar rápidamente—. No se trata de ser más rápido o más fuerte muchas veces, solo tienes que tener una buena estrategia. Si saltas bien, la presa, aun siendo más rápida que ustedes, no podrá huir a tiempo ante la sorpresa.
Simba escuchó a sus hijos lanzar una exclamación de asombro. Y Simba debía admitir que hasta él mismo estaba sorprendido de cuánto sabía su tío acerca de la caza. Claro que jamás lo admitiría en voz alta… Pero si había algo que le llamaba más la atención y le hacía permanecer quieto, espiando la clase, era el trato que Scar estaba teniendo con los cachorros. Si bien era cierto que su tío jamás lo maltrató o se mostró violento con él, también lo era el hecho de que Scar no fue cariñoso. Ni con él, ni con nadie. Oírle hablar en ese tono calmo, verle poseer tanta tranquilidad enfrentándose a dos torbellinos como sus hijos era una sorpresa.
Al oír un golpe seco, miró al frente, encontrándose a su hijo en el suelo, levantándose poco a poco. Nuka se encontraba a su lado, intentando levantarlo, mientras Kiara observaba detenidamente los vendajes de su hermano, comprobando que seguía todo bien. Mientras tanto, Scar observaba la escena sin moverse y sin mostrar algún indicio de preocupación por el estado frágil del pequeño. Simba rodó los ojos, comprobando que su tío siempre sería igual. A punto estuvo de ir, temiendo que sus heridas pudieran haberse abierto y su hijo necesitara ayuda, cuando se vio obligado a parar en seco ante la extrañeza de ver a su tío ayudando al joven príncipe a levantarse, poco a poco y, fijándose un poco mejor, le vio también echando una ojeada a las partes vendadas de su cuerpo, asegurándose que todo estaba bajo control.
Simba se sentó en el suelo, silenciosamente, decidiendo que, de momento, seguiría mirándolos desde lejos, preparado para acudir en la ayuda de sus hijos cuando éstos le necesitaran. El rey frunció el ceño al ver la decepción y vergüenza que el rostro del príncipe mostraba. Su tío también pareció notarla al instante, pero se mantuvo callado. Al menos, hasta que la voz de fastidio de Kopa rompió el silencio que se había formando entre los cuatro leones.
—Soy demasiado torpe para la caza —dijo, echando las orejas para atrás.
—No, lo único que te pasa es que te falta práctica —le contradijo el mayor—. Nadie lo consigue a la primera, prueba otra vez.
Kopa solo negó con la cabeza:—Me volveré a caer.
—Pues te volverás a levantar —fue la simple respuesta que Scar le ofreció.
—Haré el ridículo —siguió diciendo el príncipe.
—Intentarlo no es hacer el ridículo. Nadie nace aprendido. No puedes evitar caerte, pero sí puedes levantarte todas las veces que hagan falta —al notar al niño vacilante y decaído, decidió enfocar el problema de otra forma—. ¿Quizá te sientas más cómodo si lo ves primero? —preguntó calmadamente.
—Sí, supongo… —susurró Kopa.
Scar entonces miró a la princesa:—Kiara, ¿quieres probar tú?
—Vale —dijo la pequeña encogiéndose de hombros.
De corazón frío,
tú eres distante y yo, persistente
y pienso entenderte.
Noto perfectamente el peligro,
pero aún una mano puedo tenderte hoy.
Simba observó a su hija agacharse sobre la tierra, una mirada concentrada en su infantil rostro. El rey estaba seguro que su cachorra estaba imaginando algún tipo de presa pequeña, puede que una mariposa o un pequeño ratón, y así hasta que poco a poco acabara por creerse que en verdad el animal imaginario estaba en frente de ella, sin percatarse de su presencia. Él era igual a su edad. Todos estaban prestando atención a la princesa quien, por el contrario, parecía haber olvidado que estaba acompañada por nadie, teniendo la vista fija en un espacio vacío. Cuando los adultos observaron a la cachorra impulsándose un poco hacia atrás, supieron que en nada saltaría. Sin embargo, los más jóvenes se sobresaltaron una vez que Kiara se impulsó hacia delante, cayendo torpemente en sus patas delanteras, lo cual hizo que no pudiese correr ni un par de zancadas como ella deseaba. En lugar de eso, la menor pasó por la misma vergüenza que su hermano cuando se encontró cayendo de frente contra el suelo.
—¡Ay, ay, ay, qué porrazo! —se quejó la princesa, sobándose la barbilla con el ceño fruncido.
—Bueno, he mirado y he aprendido… lo que no tengo que hacer —comentó Kopa soltando una pequeña risa al final.
Kiara lo miró molesta e infló los mofletes:—¡Es que es difícil porque no hay nada! —se quejó enfurruñada.
—Si hubiese habido algo ninguno lo hubiera contado, así que no te quejes mucho por eso… —comentó Scar tras un suspiro de cansancio.
Simba se tensó escuchando eso, pero aún así no se movió. Estaba petrificado en el lugar, curioso por las formas de enseñar de su tío e interesado en saber cómo iba a seguir. Podía ver claramente que estaba a punto de suceder una de las muchas riñas que eran tan comunes entre sus dos hijos, pero sorprendentemente Scar estaba siendo de capaz de apaciguarlos antes de que tuvieran oportunidad de enfadarse. Y eso era algo que ni Nala había sido capaz de hacer, habiendo heredado la paciencia y calma de su madre.
El rey inclinó la cabeza y entrecerró los ojos, sintiendo una gran necesidad de saber cómo su tío era capaz de mantener tanta calma. Por un instante pudo pensar que, al haberse criado con un cachorro de casi su misma edad podía influir. Quizá Mufasa y Scar nunca fueron mejores amigos, pero aún así el león mayor tenía más experiencia que Simba en cuanto a hermanos se refiere, sobre todo cuando éstos no se llevaban bien. Kiara y Kopa no se llevaban a rabiar y, hasta el momento, las únicas pelean que habían tenido eran las típicas en cachorros de su edad; Simba quizá no había tenido hermanos, pero sí se crio con más niños en el pasado, y esa clase de enfados y rabietas eran típicas a esa edad. Él, especialmente, era el más propenso a tenerlas.
Aparte de eso, Scar había tenido cuatro hijos, teniendo el mayor ahora un año de edad, por lo que también estaba bastante por delante de él en cuanto a criar hijos se refería. Su tío ya habría pasado por las disputas de hermanos, siendo tanto protagonista como testigo, y estaba curado de espanto. Nuka tenía un carácter calmo, pero – aunque no conociera a Vitani y Kovu – Simba sabía que seguramente él era igual que cualquier otro cachorro cuando se trata de convivir con niños más pequeños, siendo el guardián de ellos cuando sus padres estuvieran ocupados. Por un breve instante, Simba se sintió agradecido de haber sido hijo único, en lo que a ese aspecto se refería…
De pronto, las palabras de Rafiki y Sarabi resonaron en su mente. Ambos habrían visto en primera fila cómo era Scar como padre, y Simba tenía que admitir que era una faceta mucho más distinta a la que él recordaba de su niñez. Podía entender que cuando se trataba de hijos todo se volvía distinto, Simba ahora podía entender muchas cosas que sus padres le decían y hacían cuando él era pequeño y que le sacaban de quicio; sin embargo, ni Kopa ni Kiara eran hijos de Scar, eran solo sobrino nietos. Y Simba ya había vivido en sus carnes cómo era Scar como tío. Era por eso por lo que decidió ir con patas de plomo, observando cuidadosamente cada detalle, negándose a dejar a ambos cachorros solos con Scar. El miedo seguía latente en su alma cuando pensaba en esa absurda posibilidad, pero tras ver el trato que el león mayor estaba teniendo con ambos – especialmente con Kopa, quien era más sensible que Kiara – Simba sintió como una pequeña porción de ese temor iba despareciendo. Aún no confiaría plenamente en su tío, pero ahora estaba más seguro de que podía intentarlo una última vez.
Qué extraño, es como una maravilla
que por dentro brilla.
Sé que es así.
Eres extraño, pero no me asustas,
no te daré por perdido.
—¿Y si Nuka nos ayuda? —propuso Kiara de pronto.
—¿Em? ¿Yo? —preguntó el cachorro ladeando la cabeza a un lado, confuso.
—Sí, es que yo necesito ver lo que voy a cazar; imaginándolo no me vale… —se excusó la princesa, mirando hacia los lados y abajo.
—Dudo que teniendo algo delante cambie algo… —comentó Kopa por lo bajo.
—¡Claro que cambia, cambia todo y mucho! —le dijo la pequeña molesta.
—En realidad, no cambia mucho —dijo Scar antes de que el príncipe pudiera responderle a su hermana—. Kiara, cuando cumplas los tres meses podrás acompañar a tu madre y al resto a la hora de cazar, y al llegar al año tú serás parte de la partida de caza.
—¿Un año? —preguntó la princesa con el ceño fruncido—. Eso es mucho tiempo…
—No tanto cuando veas que solo tienes diez meses para aprender todo lo necesario para formar parte de un equipo de cazadoras expertas —dijo Scar, tratando que los más jóvenes no notaran el sarcasmo con el que fue dicha la última palabra; Simba, sin embargo, lo notó enseguida.
—¿Qué tiene que ver eso con lo que ella ha pedido? —preguntó Kopa.
—Pues que la partida de caza hace su labor por la mañana o, muy rara vez, por las tardes —explicó el mayor—. A plena luz del día no te tienes que centrar en ver sino en que no te vean; por eso su madre les explicó que necesitan agazaparse entre la hierba. Si un herbívoro nota la presencia de su grupo, lo primero que hará será alertar al resto, y entonces la caza se volverá más complicada.
—Parece difícil —comentó Kiara arrugando el hocico.
—Por eso papá suele ir a cazar de noche —dijo Nuka tímidamente.
—¿De noche? Entonces no se ve nada —dijo Kopa mirando a su tío confundido.
—Es cierto que vemos mejor de día que de noche, pero comprende que así a tu presa le costará más verte; además, ahora mismo son solo dos, pero en la manada hay ocho leonas adultas. Haciendo cada una su papel, la cacería será más exitosa. Miren, el grupo se debe separar en dos grupos: las ojeadoras y las matadoras.
—Mamá me explicó que cuando van a cazar se separan por distintos lugares para así tener al menos una posibilidad de traer algo —dijo Kiara—. Jamás me dijo nada de eso.
—Porque aquí no se hace así —aclaró Scar encogiéndose de hombros.
—¿Por qué no? —preguntaron ambos cachorros.
—Las leonas prefieren seguir haciéndolo igual que siempre… Como se les enseñó cuando Mohatu aún vivía —explicó Nuka tímidamente.
—¿Mohatu? ¿Nuestro tatarabuelo? —preguntó Kopa con una ceja elevada. Nuka solo asintió.
—Pero aún así, por probar no pasa nada —comentó Kiara mirando a su hermano, y ambos asintieron, estando de acuerdo.
—Ojalá la manada pensara como ustedes —dijo Scar con una ligera sonrisa, y luego pasó a caminar hacia el frente, siendo seguido inmediatamente por los cachorros—. No quieren cambiar su forma de caza.
—Pues mamá me dijo que le gustaría probar para ver si se podía traer más comida. Y la abuela Sarafina estaba de acuerdo con ella —dijo Kiara.
—Pero tu madre y tu abuela son solo dos leonas contra las demás —dijo Scar, mirándola de soslayo.
—Pero ella es la reina, puede hacer lo que quiera —intervino Kopa.
—Ser rey es intentar velar por el bien común; por mucho que su madre quiera hacer algo, si solo se encuentra con negativas, la cosa no funcionará —explicó el mayor frunciendo el ceño—. Con esa actitud algo que podría salir bien, siempre saldrá mal.
Simba los siguió a una distancia prudente, escuchando atentamente todo lo que su tío estaba conversando con sus hijos. Al escuchar a Kiara decir que Nala quería cambiar cosas con respecto a la caza era algo tan nuevo como sorprendente. Desde que ambos fueron coronados como reyes, Simba había sido el único de los dos que se había atrevido a saltarse algunas leyes: primero, presentando a sus dos hijos y, luego, educándolos a ambos como herederos al trono. Nala, aun mostrándole apoyo constante, se mostraba más reacia a intentar seguir sus propias ideas cuando el momento llegaba. Hasta ese momento no se había dado cuenta que su pareja estaba en contra de algunas normas del reino, creía que ella, habiéndose criado completamente en las tierras de la manada Ndona, respetaba y acataba mejor las reglas. Al parecer, se equivocó.
¿Qué te ha pasado?
No eres el Simba que recuerdo.
Las palabras que Nala le dedicó en la jungla tras su reencuentro fueron como una ducha de agua helada. Simba deseaba, por aquel entonces, evadirse de todo, olvidar su pasado, crear un futuro lejos de su casa; cuando Nala regresó se sintió feliz, fue como si una parte de él que creía ya olvidada hubiera vuelto. En su niñez, ambos fueron los mejores y más leales amigos, y ni los años pudieron cambiar eso; pero si se paraba a pensarlo ahora detenidamente, repasando todo lo que había pasado desde su regreso a las tierras del reino, Simba veía que Nala tampoco era la misma.
No podía culparla, no quería saber lo que habría vivido bajo el reinado de su tío; ni siquiera le preguntó jamás, quedando ese tema como tabú para ambos. Pero lo cierto era que, por mucho que Simba quisiera respetar la intimidad de su pareja, la curiosidad lo carcomía por dentro. Quería saber qué había pasado para que Nala dejara atrás su faceta de insubordina, que olvidara esa valentía que tanto la caracterizó y la ayudó a plantar cara a más de uno cuando no era más que una cría de escasos meses. A decir verdad, Nala se mostró más valiente cuando era pequeña que ahora siendo una adulta a la que le fue concedida la corona que una vez con orgullo llevó su madre, y el monarca deseaba descubrir por qué una chica como Nala renunciaría a una personalidad tan original y hermosa como la suya una vez ascendió al trono. No solo eso: Nala no tuvo la confianza suficiente para comentarla nada acerca de su opinión sobre la partida de caza, y eso era lo que más le afectaba.
Simba arrugó el semblante, llegando a la conclusión de que el silencio de Nala podía deberse a lo concentrado que había estado tan solo en él, olvidándose de que su esposa también tenía obligaciones para las que no fue preparada como era debido. Cuando todos le dieron por muerto, Nala ya no tenía ninguna posibilidad de ascender al trono, ya que había perdido a su prometido. Aun así Nala siempre fue observadora, y no se le escapaba detalle de todos los fallos cometidos por su tío durante su mandato o de lo que las leonas comentaban en privado, temiendo ser oídas. Conociéndola como la conocía y habiendo sufrido en carne propia las duras palabras de las leonas, Simba estaba seguro que su amiga jamás pudo olvidar las críticas despiadadas de la manada, y, como él, temía hacer algo que pudiera ponerlas a todas en su contra. Simba suspiró, cansado; haber sido coronados reyes después del mandato de su tío solo les dio más presión de la que ya de por sí venía con su trabajo. Un motivo más para hacer el odio crecer en contra del león oscuro.
Sin embargo, no todo era negativo: a regañadientes, Simba debía admitir que todo lo que Scar les había explicado a los pequeños tenía sentido y eran buenos consejos para mejorar la caza. Temía sacarlos a la luz. Seguramente su tío ya habría intentado persuadir a las leonas de cazar según él creía, así que le asustaba que pudiera volver a compararle con Scar, creer que sería un completo desastre y perder así su confianza. Nala, estando junto con su madre y suegra, al cargo del grupo no lo pondría más fácil. Sin embargo, Simba sabía que la sequía que atacó al reino no fue culpa ni de Scar ni de las hienas; sí, quizá la presencia de esas carroñeras y la falta de interés de su tío la empeoró, pero no era justo culparles por ella, y así como le pasó a Scar, le podía pasar a él perfectamente y todos necesitarían el máximo número de alimento posible.
Si las sombras te atrapan, no temas,
aún perdido en la oscuridad él te sabrá encontrar.
¿Aún oyen su voz? Síganla,
sólo él les podrá devolver la paz.
Simba se detuvo una vez vio a los cuatro leones pararse, cerca del bebedero. Su tío fue el primero que bebió, y luego los cachorros le imitaron. El rey se mordió el labio inferior algo angustiado, no se había dado cuenta de cuánta sed tenía hasta ahora que estaba viéndoles beber tranquilamente. Podría esperar a que se fueran, no queriendo que supieran que los había estado siguiendo y escuchando.
Decidiendo que esa era la mejor opción, Simba se sentó cuidadosamente sobre la hierba, esperando pacientemente a que los leones se fueran. Mientras, en su cabeza el rey volvió a darle vueltas las conversaciones que había tenido con Sarabi y Rafiki. Su madre jamás se llevó bien con Scar, eso lo sabía ver hasta cuando era un cachorro; si bien su padre compartía un par de palabras con su tío de vez en cuando – seguramente solo por los lazos que los unían como hermanos y nada más – su madre nunca le dedicó ninguna palabra a su cuñado. Se podía notar fácilmente que entre ambos existía un acuerdo no hablado de intentar ser lo más cordiales posible delante de la gente; Simba suponía – y muy acertadamente – que una vez que Sarabi supo quién fue el verdadero culpable de la muerte de su marido, ese pacto se rompió para siempre. Ni Simba ni nadie podría culparla. Aún así, Sarabi fue quien lo animó a hablar con su tío de lo que había pasado con sus hijos y estuvo de acuerdo en que sus nietos pasaran tiempo con Scar también. Simba no sabía si calificar su actitud como admirable o sorprendente. Quizá era una mezcla de ambas.
Simba no quería que nadie sufriera bajo su reinado, y sabía que su no resolvía sus disputas con Scar, sus primos pagarían por los pecados de su tío. Era lo último que quería. Conocía mejor que nadie la horrible sensación de ser castigado por crímenes que uno no había cometido, y no deseaba que unos cachorros tan jóvenes tuvieran una vida horrible por sucesos ocurridos mucho antes de que nacieran. No pudo proteger a Vitani y Kovu, habiendo tomado una decisión preso de la ira, pero tuvo la suerte de que Nuka sí habló para poder quedarse con su padre. El niño era extraño: tímido a un nivel que Simba jamás había visto, sensible y asustadizo también, creando así una mezcla que lo hacía una diana más que perfecta para las burlas de los demás. No iba a dejar que ocurriera. Sabía que Nuka tuvo bastante con aguantar los maltratos psicológicos y físicos de su madre, no merecía más, ahora su primo tenía que saber lo que era sentirse seguro. Mientras estuviera en su reino, estaba bajo su mando, ergo, era su obligación velar por su seguridad, y por la de su padre también, aunque no le gustase.
El rey elevó la vista para ver si los leones ya se habían marchado. Sorprendido, vio que no había nadie y, prestándole atención a su alrededor por primera vez ese día, Simba sintió un pesado silencio. Poniéndose en pie comenzó a olfatear, tratando de captar alguna esencia. No quería ponerse en lo peor, pensar que quizá su tío se llevaría a sus hijos lejos de las tierras del reino y así poder hacerles cualquier cosa fuera de su vigilancia, pero no podía evitarlo. Intentó calmarse pensando que Nuka estaba con ellos, pero le sirvió de poco al recordar que su tío podía ser muy bueno cuando se trataba de jugar con la mente de otros; si quería, podía cometer una atrocidad y hacerle pensar a su hijo, el cual le admiraba y le tenía como un gran referente, que estaba bien y no pasaba nada.
Cuando Simba por fin dio un paso al frente, decidido a ir en busca de sus hijos, éstos aparecieron por detrás de un salto, cayendo sobre su espalda y haciéndole saltar, asustado. Se dio la vuelta, viendo a los dos príncipes riéndose a carcajadas por su reacción. Simba sintió su cara ardiendo, ruborizándose avergonzado, aunque una sensación de alivio apareció en su pecho y le hizo suspirar.
—¡Vaya cara has puesto, papá! —dijo Kiara, entre risas.
—¿Cómo descubrieron que estaba ahí? —preguntó sonriendo cariñosamente.
—Nos lo dijo el tío Scar —respondió Kopa, levantándose cuando terminó de reírse.
—Y no lo descubrí, siempre supe que estabas ahí —dijo el mayor, manteniendo las distancias con un asustado Nuka entre sus patas.
—¿Nos espiabas, papá? —preguntó Kiara, aún tumbada en el suelo.
—… No… —mintió el rey, haciendo a su rubor aumentar—. Solo quería vigilarlos.
—Pues para vigilar a los hijos no hace falta ocultarse —dijo Scar rápidamente, un brillo de molestia en sus ojos. Sin darle tiempo a su sobrino de responder, añadió:—Aunque, bueno, al menos ha servido para enseñarles algo más sobre la caza: fíjense en la dirección del viento antes de escoger un lugar en el que esconderse —y luego se dio la vuelta.
—¿Por qué? —preguntaron los dos cachorros reales.
—Porque el viento puede hacer más fácil que las presas detecten tu esencia —explicó Nuka con un hilo de voz, decidiendo ir caminando al lado de sus sobrinos.
Los hermanos dejaron escapar una exclamación de asombro de sus labios, y luego Simba observó a Kiara intentando entablar conversación con Nuka; el cachorro mayor sencillamente respondía con la mirada clavada en sus patas, y soltando alguna que otra risa de vez en cuando. Viendo que los niños estaban bien y no necesitaban atención de ningún adulto, Simba trotó hasta estar al lado de su tío. Y así, mientras los cachorros eran capaces de conversar tranquilamente, los mayores compartían un pesado silencio que se volvía más molesto con el paso de los segundos.
¿De verdad anhelas solo estar,
que tu corazón de piedra se termine de tornar?
Déjame ayudar, quiero entrar y aprender
qué se siente al estar en tu piel.
Te ayudaría a mostrar tu luz.
Simba le echó un vistazo a su tío: ningún vendaje cubría ya su cuerpo y para notar su cojera hacía falta prestar mucha atención. Por un mero momento, el león dorado sintió un ápice de admiración por la fortaleza que Scar tenía: a pesar de casi haber sido devorado vivo por las hienas, a pesar de que no poder gozar de grandes comilonas como las suyas, a pesar de estar herido con una cojera latente, Scar seguía cazando y haciendo su vida solo, alimentando a su hijo y criándolo sin pedir nunca ayuda a nadie. Era algo que él, siendo más joven y fuerte, no hubiera logrado. Lo tenía claro.
—Me has sorprendido hoy —dijo Simba, cansado de la tensión.
—¿Por qué? —preguntó su tío sin molestarse en mirarlo.
—No esperaba que fueras a tener ese trato con mis hijos —admitió el rey encogiéndose un poco al sentir la mirada penetrante del mayor sobre él.
Bastante molesto, Scar le respondió:—Si no confías en que tus hijos estén conmigo, no entiendo para qué me los das.
—Porque no quiero que ninguno de ellos tengan que sufrir por algo que desconocen —dijo rápidamente Simba, atreviéndose al fin a mirar a Scar. Al comprobar que su tío no iba a decir nada al respecto, añadió:—Además, Nuka seguro que se siente solo…
Simba sintió el peso de sus hombros desvanecerse cuando vio a su tío suavizando sus facciones. Ya no quedaban más dudas que, si Simba quería llegar a Scar de alguna forma, debía ser por medio de su hijo.
—Él ya está acostumbrado —dijo Scar rodando los ojos y posando su mirada en el suelo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Simba frunciendo el ceño.
—Las únicas amigas que ha tenido en su vida fueron las hienas, tanto cachorras como adultas —admitió el mayor—. Luego vinieron sus hermanos, pero no han compartido mucho tiempo juntos.
Simba no sintió ningún tono de reproche en esa afirmación, pero aún así pudo hacerle sentir un pinchazo en su pecho:—Lo siento… —susurró echando las orejas para atrás.
—No tienes por qué —dijo rápidamente su tío, elevando la cabeza para mirar al frente.
—He estado pensando en cómo arreglar eso… —admitió.
—No podrás; no mientras Zira mande sobre ellos —le recordó Scar mirándolo de soslayo.
—Lo sé… —tras un momento de silencio, Simba dijo:—Jamás pensé que pudieras tener ese tacto a la hora de hablar con niños.
Por segunda vez, Scar rodó las esmeraldas de sus ojos:—Supongo que no es de extrañar que tú pienses eso, pero debes recordar que he cogido práctica con los años.
Simba no pudo evitar sonreír un poco:—Tampoco fui tan horrible…
—Estoy seguro de que eras capaz de desesperar a cualquiera… Aún lo sigues siendo —dijo Scar con una ligera sonrisa:—Pero yo no me refería a eso; hablaba de la infinidad de preguntas que siempre me hacías.
Sí, Simba sabía que de pequeño era uno de los cachorros más curiosos de la manada, incluso ahora siendo un adulto su curiosidad no había desaparecido, era algo que definía gran parte de su personalidad. De nuevo, ambos adultos estuvieron en silencio hasta llegar al árbol de Rafiki, pero esta vez ninguno se sentía incómodo. Al llegar a su destino, Simba decidió seguir el consejo del chamán. Tras ver el trato que Scar tuvo con sus hijos y haber escuchado muchas cosas por parte del mayor, Simba pensó que no perdería nada si le hacía caso al babuino; además, se aseguraría de ir con cuidado.
—He pensando en hacer a Kiara heredera junto con Kopa.
Notó a su tío quedarse quieto un momento; sus ojos verdes mirándole de arriba abajo, analizando cada parte de su ser, quizá en busca de alguna señal que le hicieran ver que le estaba engañando.
—¿A qué viene ese cambio repentino? —preguntó Scar, más curioso de lo que Simba hubiese imaginado.
—He pensado en lo que me dijiste sobre… —Simba calló, viendo a su tío entrecerrando los ojos—… He estado pensando en la conversación que tuvimos hace unos días —dijo, cambiando notablemente la frase—. Kiara es mi hija también, tiene la misma importancia que su hermano en el reino.
Por un segundo, Scar parecía sorprendido de oírle decir tal cosa:—¿Y qué pasa con las leonas? —preguntó simplemente.
—¿Hum?
—No aceptan el hecho de que la críes como heredera, ¿crees que aceptarán que ahora sí vaya a serlo?
—No me importa —dijo sinceramente con el ceño fruncido, sorprendiendo a su tío por segunda vez—. Haga lo que haga todo les parece mal. Quiero lo mejor para el reino, y para mí, eso solo se logrará trabajando en equipo, no dejando a la gente de lado.
—Pues buena suerte para cuando se lo hagas saber…
—Ellas no lo sabrán… De momento… —dijo, revolviéndose algo incómodo—. Nala, Sarafina y mi madre sí, por supuesto, pero… preferiría esperar un poco… bastante para contárselo a la manada.
—¿Y tu hija lo sabrá?
—Kiara es aún muy pequeña…
—Ser pequeño no quiere decir que no sepa qué quiere. Por lo que he visto, tu hija es un… alma libre; una rebelde en potencia.
—En eso estoy de acuerdo…
—¿Y crees que es sensato atar a alguien así?
—Tú ibas a hacer lo mismo con tus hijos —Simba supo que había cometido un error cuando vio la molestia clara en el rostro de su tío.
—Yo los iba a criar a ambos como herederos como estás haciendo tú, pero al final la decisión hubiera sido de ellos —explicó Scar lo más calmo posible.
—¿Y si ninguno de los dos hubiese querido? —preguntó Simba tímidamente, temiendo irritar a su tío.
Scar solo se encogió de hombros:—A diferencia de lo que te hayan hecho creer, Simba, no solo los leones de sangre real están capacitados para el mandato. Puede haber muchos leones cualificados para el puesto.
—Las leonas no estarán de acuerdo cuando sepan que Kiara, siendo también hija mía, ocupará el trono, imagínate si decido elegir a un hijo ajeno a mi sangre —dijo Simba meneando la cabeza.
—Creía que habías dicho que su opinión te daba igual… —Scar suspiró al notar el silencio de su sobrino—. Simba, es imposible agradar a todo el mundo, tú solo céntrate en lo que hará a tus hijos felices.
Simba miró a su tío algo sorprendido. Debía ser la primera vez que Scar mostraba esa faceta suya delante de él abiertamente. Algo avergonzado, comprobó que Rafiki había tenido razón todo ese tiempo y se sentía tonto por no haberle escuchado antes.
Déjate conocer…
—El sol se está poniendo —dijo el mayor, devolviéndolo al mundo real—. Será mejor que se vayan yendo si quieren llegar a su cueva antes de que anochezca.
Simba solo asintió, viendo a los tres cachorros hablar amigablemente. No quería romper su conversación al comprobar que Nuka por fin se está relacionando, pero sabía que su tío tenía razón.
—Gracias, Scar —dijo sinceramente, antes de pasar a llamar a sus hijos.
—Taka —dijo el mayor tras una breve pausa.
—¿Qué?
—Mi nombre. Es Taka.
No conoces nada de mí.
Ni siquiera sabes mi nombre.
En ese instante, Simba recordó las palabras que su tío le dijo hacía varias noches, en aquella fatídica conversación que logró enfriar aún más lo poco que les quedaba de relación. Simba se sentía agradecido de que Scar le confesara ese detalle personal, pero al mismo tiempo no pudo evitar arrugar la nariz. ¿Por qué unos padres nombrarían a su hijo…?
—¡Simba, Simba!
Todos los presentes elevaron su vista al cielo al oír la voz apurada de Zazu. El cálao paró frente al rey, un semblante preocupado en su rostro que hizo al corazón de Simba dar un vuelco.
—¿Qué ocurre, Zazu?
—Nala me mandó a sobrevolar más allá de la frontera del reino mientras ella vigilaba los bordes. Y cuando ya estaba a punto de volver encontré…
Mientras el cálao explicaba la historia, Simba sintió a los cachorros acercarse y a su tío alejarse, dispuesto a subir el baobab. Esto no pasó desapercibido por Zazu, quien paró su explicación y lo miró fijamente, algo temeroso.
—No, Scar, no te vayas, esto te concierne a ti también —dijo el cálao.
—¿Cómo es eso? —preguntó Simba, compartiendo la misma expresión de sorpresa con su tío.
—Porque cuando iba a volver al reino encontré a un cachorro cerca de las fronteras —echándole un rápido vistazo lleno de nerviosismo a Scar, Zazu añadió:—, era Kovu.
Bueno, por fin está aquí XD!
Espero que les guste.
Joseph94: ¡gracias por todo el apoyo que me das siempre! =)
ToryAkira: ¡me encanta que te haya gustado! espero seguir leyendo más opiniones tuyas ^^
Sursum corda!
