Capítulo 11

Cuando los paramédicos llegaron, todo pareció ocurrir al mismo tiempo.

Dos de ellos, un hombre y una mujer, corrieron hacia donde estaba Sherlock arrodillado junto a John y empezaron a evaluar sin dilación al inconsciente doctor. Examinaron el corte de su muñeca y aplicaron una gasa sobre ella, y también echaron un vistazo a la herida que John tenía detrás de la cabeza, donde Moran le había golpeado. Ninguno de los paramédicos intentó apartar a John de Sherlock. Parecían intuir que las cosas se pondrían feas si lo intentaban, así que permitieron que el detective siguiera rodeando con sus brazos al médico militar.

Mientras los médicos hacían su trabajo, Sherlock echó un vistazo por encima de sus cabezas para ver al inspector Lestrade parado junto a la figura de Nick, tendida de bruces. Estaba conversando con otro paramédico, haciendo gestos hacia Nick, Moran y John mientras hablaba. Cuando el paramédico le señaló el corte que tenía en el cuello, Greg se lo cubrió con la mano y meneó la cabeza, haciendo un gesto hacia John. Sherlock advirtió que el médico señalaba a Moran, y cuando Greg respondió, lo hizo con una expresión dura y apenas se dignó mirar al francotirador muerto.

Sherlock observó a los dos paramédicos que tenía al lado tomarle el pulso a John, y dedujo que había llegado el momento de explicar su situación.

—También ha sido envenenado —dijo con voz queda.

La mujer lo miró bruscamente.

—¿Qué? ¿Qué le han dado?

—No estoy seguro, pero le he administrado un antídoto.

—¿Qué antídoto es ése? —preguntó ella, rebuscando en su maletín y sacando una linterna de bolsillo, con la que observó los ojos de John.

—Yo… eh… no lo sé —confesó el detective.

La paramédico suspiró y comenzó a deliberar con su colega. Hablaban en voz baja, y las únicas palabras que Sherlock entendió fueron "camilla", "pérdida de sangre" y la frase que realmente impactó al detective: "probablemente en coma".

Sherlock oyó sirenas en el exterior cuando llegaron los refuerzos de Greg, y la escalera se estremeció cuando media docena de agentes subieron a la habitación. Las luces del exterior se proyectaron contra las paredes mientras se acercaban más coches de policía y otra ambulancia, y entraron más paramédicos, portando una camilla.

Todo el mundo hablaba a gritos; los agentes de policía mientras intentaban hablar con Greg para tomarle declaración y además esperar instrucciones sobre lo que hacer a continuación. Había algunos agentes parados junto a Moran gritándole a quien quiera que estuviera en el piso de abajo que subiera con dos bolsas para cadáveres. Greg aún estaba junto a Nick, pero ahora se encontraba acuclillado junto al soldado, casi ocultándolo. Resultaba obvio que el inspector no deseaba que Nick estuviera tan expuesto como Moran, tirado en medio de la habitación con la gente pasando por encima de él de cuando en cuando.

Como si el barullo de los numerosos agentes de policía no fuera suficiente, los paramédicos empleaban un severo tono de voz al intentar convencer a Sherlock de que debía soltar a John. Ahora había cinco rodeando al detective, todos empeñados en hacerse escuchar, pero lo único que Sherlock oía era un ruidoso balbuceo mientras las voces se elevaban cada vez más. Unas manos agarraban los brazos de John, tirando de él, pero Sherlock lo sujetaba aún con más fuerza, estrechándolo contra sí, en un intento de protegerlo. Su mente parecía haber olvidado el hecho de que aquella gente estaba allí para ayudar. El griterío comenzaba a abrumarle, y cerró los ojos con fuerza, decidiendo concentrarse en el peso de John entre sus brazos.

Los paramédicos pensaron que al tener Sherlock los ojos cerrados aflojaría su presa, y escogieron ese momento para sujetar al detective, apoyando las manos contra su pecho mientras intentaban apartar de él a John. Sherlock abrió los ojos al instante, y su gélida mirada resplandeció mientras rechazaba a los paramédicos a manotazos y enlazaba con un brazo la cintura de John, haciendo que el doctor volviera a quedar sentado delante de él, apoyado contra su pecho, con la cabeza descansando en el hueco del cuello de Sherlock. Lo rodeó con ambos brazos y retrocedió arrastrándose hasta la pared, pero los paramédicos, a los que se habían unido unos cuantos agentes ansiosos por tomarle declaración a Sherlock, siguieron acercándose.

Greg, finalmente, se dio cuenta de lo que ocurría y meneó la cabeza ante la falta de tacto de los paramédicos. En aquel momento, Sherlock parecía un animal acorralado: observaba a todo el mundo con los ojos muy abiertos y una expresión de cautela, aferrando a John, obviamente decidido a no soltarlo bajo ningún concepto. Greg se acercó, deslizándose entre los agentes para llegar hasta Sherlock.

—¡Está bien, todo el mundo atrás! —gritó, haciéndose oír por encima del parloteo de los presentes mientras se situaba delante del detective en actitud protectora—. ¡Vamos, todo el que no tenga nada que hacer aquí, que espere abajo!

Varios oficiales abandonaron la habitación, pero ninguno de los paramédicos se movió. El resto de los agentes permaneció donde estaba, agachados junto a Moran y Nick o junto a aquéllos que rodeaban a Sherlock. Greg lanzó un suspiro.

—¡Agentes de Scotland Yard! —gritó—. ¡Bajen ahora mismo!

El resto de los agentes bajaron trotando solícitamente las escaleras. Ahora sólo quedaban los cinco paramédicos.

—Muy bien, vosotros —dijo Greg, señalando a los médicos—, será mejor que esperéis fuera.

Abrieron la boca para discutir, pero el inspector los interrumpió.

—Hacedlo, por favor, o nunca lograreis sacar al doctor Watson de aquí.

A regañadientes, los paramédicos se incorporaron y se alejaron.

Greg se acuclilló frente a Sherlock y aguardó hasta que los paramédicos salieron.

—Sherlock —dijo con voz suave—, por favor, tienes que dejar que lleven a John a la ambulancia. Está perdiendo sangre y necesita ayuda urgente.

Los acerados ojos de Sherlock se encontraron con la amable mirada de Greg, indicándole en silencio que le estaba escuchando.

—Puede que necesite una transfusión, y eso no será posible a menos que llegue al hospital. Quieres ayudarle, ¿verdad?

El detective asintió brevemente, y sus ojos reposaron sobre el cabello rubio oscuro de John mientras aflojaba ligeramente su abrazo.

—Entonces vamos, porque también necesitamos asegurarnos de que el antídoto ha funcionado. No estamos seguros de si se lo habremos administrado a tiempo, y es imperativo saberlo. Su corazón sigue latiendo, ¿verdad?

—Sí —susurró Sherlock, apoyando la mano sobre el pecho de John, y Greg pensó que, probablemente, el detective estaba contando cada latido.

—Lo cual significa que aún hay tiempo. Por favor, Sherlock, deja que los paramédicos lo ayuden.

—Pero no ha despertado.

En ese momento Greg sintió que se le rompía el corazón al ver a Sherlock prácticamente abrazado a John, sujetándolo con fuerza, indeciso ante la idea de soltarlo. El inspector no quería más que estrangular a Moran, y sólo deseaba que el francotirador hubiera sufrido al morir. Deseaba que hubiera sufrido tanto como Sherlock estaba sufriendo ahora.

—Lo sé, Sherlock, razón de más para ponerle en manos de los médicos. Ellos pueden salvarle.

Finalmente, Sherlock asintió y cambió ligeramente de postura para mostrarle a Greg que estaba dispuesto a soltar al doctor. El inspector se acercó, cogió a John en brazos y lo levantó despacio, asegurándose de que no se le cayera en ningún momento. La cabeza del doctor colgaba, inerte, y su brazo izquierdo pendía en el aire mientras Greg se apresuraba a salir de la habitación y bajaba cuidadosamente las escaleras.

Los agentes que habían estado aguardando en el vestíbulo dejaron de hablar en cuanto vieron a su jefe bajar a toda prisa con John, y se apartaron mientras Lestrade se lanzaba hacia el exterior. Allí, el resto de los que aguardaban, agentes y paramédicos, le abrieron paso mientras dos paramédicos salían a su encuentro con la camilla. Depositó a John en ella con delicadeza y luego, los paramédicos le apartaron sin piedad. Ahora que el paciente estaba en sus manos, eran ellos los que mandaban. Greg retrocedió de buen grado, y se volvió justo cuando otro médico presionaba un apósito de gasa contra su cuello.

—Manténgalo ahí —ordenó el hombre, y Greg obedeció—. No necesitará puntos, bastará con que mantenga la presión hasta que deje de sangrar, ¿de acuerdo?

El inspector asintió, y emitió un carraspeo.

—¿Van a llevarse los otros cuerpos? —preguntó.

—Sí, ya hay gente arriba retirándolos. Nicholas Harper y… disculpe, he olvidado el nombre…

—Sebastian Moran. ¿Tendrán… cuidado? Me refiero a Nick —preguntó Greg, vacilante.

El paramédico asintió comprensivamente.

—Por supuesto, los trataremos bien a ambos —dijo, echando a andar hacia el piso.

Greg lo detuvo, colocando una mano sobre su brazo.

—Si dejan… caer… a Moran, no pasa nada —dijo en voz baja, dirigiéndole al hombre una mirada significativa.

Éste sonrió casi imperceptiblemente.

—Sí, señor —respondió, entrando en el piso.

Greg habló con algunos agentes, dándoles detalles e instrucciones, y luego observó cómo la ambulancia se alejaba rápidamente con John haciendo sonar la sirena. Él también entró en el apartamento, apartándose para dejar paso a las dos camillas que venían por el vestíbulo, cada una con un cadáver metido en una bolsa.

Greg subió las escaleras, pisando más fuerte de lo que solía, para alertar a Sherlock de su llegada, por si el detective necesitaba recuperar la compostura o algo así.

Greg se había preparado para enfrentarse a un Sherlock frío y pétreo, como de costumbre, pero el joven no se había movido del suelo. Seguía sentado, apoyado contra la pared, con las piernas extendidas. Parecía derrotado, y Greg supuso que probablemente ni siquiera le había oído entrar. Sherlock tenía la mirada clavada en el suelo, el rostro medio oculto por sus rizos oscuros, y sus manos descansaban inmóviles entre sus piernas.

—Sherlock… —murmuró Greg.

El detective dio un respingo y levantó bruscamente la cabeza, lanzándole una mirada centelleante.

—¿Dónde está John? —preguntó con voz quebrada.

Greg lo miró con simpatía.

—Se lo han llevado al hospital, colega. ¿Quieres ir a verlo? Puede que tengas que esperar un poco, pero después podremos…

—¿Qué te dijo Nick? —lo interrumpió Sherlock con voz firme, mirándole fijamente con sus ojos de hielo.

—¿Perdón?

—Cuando estaba con John, Nick te dijo algo al oído justo antes de morir. ¿Qué te dijo?

—Sherlock, ¿de verdad quieres hablar de eso ahora…?

—No te lo preguntaría si no quisiera hacerlo —dijo Sherlock, poniéndose en pie.

Greg suspiró.

—Moran tenía a la hija de Nick, Rachel. Nick me dijo que se vio obligado a obedecer a Moran a condición de que no hiciera daño a su hija.

La mirada de Sherlock se dirigió al suelo, al lugar donde había estado tendido Moran.

—Entonces tendremos que encontrarla, ¿no? —murmuró.

De repente volvía a ser un detective, hablando rápidamente mientras sus ojos recorrían como rayos la habitación.

—Tenemos que ir a Scotland Yard y encontrar el teléfono de Moran. Debía llevarlo encima hoy, así que asumo que lo habrán guardado como prueba.

Se volvió hacia la puerta, pero Lestrade lo retuvo colocando una mano en su brazo.

—Sherlock, espera un segundo. ¿Qué pasa con John? —preguntó en voz baja.

Los ojos de Sherlock se clavaron en los suyos, advirtiéndole en silencio que le soltara. Greg no cedió.

—Hace un momento te negabas a dejar que nadie lo tocara, y ahora actúas como si nada hubiera pasado.

—¿Qué quieres decir, inspector? —replicó Sherlock con voz fría.

Greg suspiró.

—No lo sé, es sólo que… me asustaste cuando te aferrabas a John.

Sherlock enarcó las cejas y el inspector continuó:

—Nunca te había visto tan… asustado, y me preocupa que lo dejes todo a un lado con tanta facilidad para concentrarte en otra cosa.

—No es fácil —musitó el detective con una voz que Greg apenas oyó—. Pero he tenido práctica. No puedo hacer nada más por John en este momento, y por mucho que lo odie, tendré que concentrarme en otra cosa. Y supongo que encontrar a esa niña es importante, ¿no?

Lestrade asintió, sin saber qué más decir.

—Pues vamos.

Sherlock abrió la marcha escaleras abajo, hacia el coche de Lestrade, y el inspector los condujo a ambos a Scotland Yard.

Los agentes que habían acudido a los apartamentos militares de John ya habían regresado, y Greg se preguntó si la ambulancia de John habría llegado ya al Saint Bart, dejando a éste en manos de la gente que podría salvarle la vida.

—Lestrade.

La voz de Sherlock a sus espaldas le hizo detenerse en la entrada del edificio y se volvió para ver al detective aún parado junto al coche, mirando el suelo.

—¿Sherlock? —le apremió, avanzando un pasito.

El joven se aclaró la garganta antes de hablar.

—Yo… eh… quería… darte las gracias. Por lo de antes, cuando… ya sabes… Con John y todo eso.

Mientras hablaba, Sherlock había mantenido la mirada clavada obstinadamente en el suelo, cambiando el peso de su cuerpo de un pie a otro, visiblemente incómodo.

—Está bien, Sherlock —dijo Greg, sonriendo suavemente—. Y para ser justos, los paramédicos no estaban siendo precisamente considerados.

Sherlock asintió en señal de acuerdo y gratitud, y mientras pasaba rozando a Greg, el inspector creyó oírle murmurar:

—Eran unos estúpidos imbéciles.

Lestrade no pudo reprimir una carcajada mientras seguía a Sherlock al interior, agradecido por aquel instante de humor teniendo en cuenta las circunstancias.