N/A: Aviso que ya solo quedan cuatro drabbles después de este y que la angustia sigue, pero ya no es tanta como la anterior. Gracias por leerme. uwu

Prompt: Roles invertidos. Rey está en la oscuridad, Ben está en la luz. Se ubica en The Last Jedi, en el momento de la pelea en el trono.


11. Falling, in reverse

A los ojos de la galaxia, ella es un monstruo.

Como debe ser.

A los ojos del corpulento, pero indefenso aprendiz de Jedi, ella es una chica rota que necesita ayuda.

Patético.

En un principio, se burla, se burla demasiado. No tiene la compasión para rechazarlo, ¿y por qué habría de tenerla? Ben Solo es el menos indicado para decirle qué hacer con su vida. Es un niño malcriado, sin duda. Un ego inflado que no le sorprende en lo absoluto. Cargar con el título y mantener el legado viviente del último gran Lord Sith da rienda suelta a semejante muestra de individuo.

(Él es tan patético.)

Entonces sucede lo de Snoke, el intento de asesinato y la pelea compartida. Son ellos dos contra la guardia de su negligente y muerto ex maestro. Ben Solo la ayuda, la salva de una tortura que promete ser larga, dolorosa. No puede creerlo.

— ¿Estás bien?

Le pregunta incluso, con ese innecesario tono preocupado mientras que, su mirada, promete cosas que no deberían. Sentimientos innecesarios. Lo detesta (mentira) y la hace sentir nauseabunda (mentira).

—Vete de aquí —contesta, cortante, repentinamente cansada de lo que sea que está sintiendo.

—No puedo hacer eso, Rey —Solo ataja de vuelta.

Sus dientes rechinan en su boca conforme se limpia el sudor y la sangre de la cara, considera por un pequeño instante si debe matarlo, y sin perderse la manera en que su corazón se le estruja por dentro ante la simple idea.

Maldición.

Camina, da media vuelta, luego lo mira de reojo y nota que, en efecto, no se ha movido ni un centímetro de su posición actual.

— ¿Qué es lo que quieres de mí, Solo? —Musita sin contener un enojo que no va dirigido al padawan.

El susodicho considera su respuesta, ladea la cabeza y suspira al poco rato, abatido de contestar algo que Rey espera por completo.

—Déjame ayudarte —hace una pausa para tragar saliva y extender la mano al aire. Espera que ella acepte una proposición definitiva e implorante—, por favor.

Rey no sabe que odia más. No puede decidir entre el hecho de tener que rechazarlo por enésima vez, o reparar en la aterradora manera en que le da la espalda con el sable rojo en su mano y mariposas en el estómago.

Los labios se le mueven sin pensar, ya tendrá tiempo de arrepentirse después:

—Ya te lo dije, no te necesito.

(Pero de los dos, la más patética soy yo.)