Epílogo.
Es un juego de ajedrez. Carlos Santana solo hace un pase que confunde a Kojirou Hyuga, en su ataque en la delantera. Si, el caballo se ha comido al peón. A otro.
Pero no ha terminado. El jugador lanza a su propio alfil, Karl Heinz Schneider, que le corta el paso. Pero viene el caballo, Chin Chun Kong, y le arrebata el balón. No dura mucho, pues los otros dos caballos, Jimbo Smith, y Dimitri Diminescu, en juego conjunto, le arrebatan el balón, y se van por la izquierda en doble pase. Como lo que hacen en el Arsenal. Pase. Otro pase. Al rey. Tsubasa Ozora, el puede ordenar todo. Cuidado con ese terrible alfil que ha lanzado, Naturezza. Es un duelo que tienen que resolver muy pronto. Bien, Tsubasa se le ha adelantado, pero ese alfil no está muerto. Si se devuelve, será su muerte. Ahora o nunca. Pase a Schneider. Jaque. Gol.
-¡GOOOOOOOOOL! ¡De los Astros Negros!- grita el locutor. - ¡Comandados por el entrenador del Arsenal, Sir James Douglas Smith, llevan la ventaja un gol por cero en este genial amistoso internacional! ¡Vamos a ver si Roberto Hongo, técnico de Brasil, cambia la formación!
Los dos fuman la pipa de la misma manera, y al mismo tiempo. Tienen las mismas gafas de piloto. No le hacen caso al locutor. Solo piensan en términos de estrategia.
-¡Kojirou! ¡La próxima vez al otro lado!- le grita James con un gesto. – Santana es peligroso ahí. Quiero que mandes a Wakabayashi a volar si tienes oportunidad.
- ¡Arriba tu, Levin, y Naturezza, mas pase, aquí no vale el duelo individual! ¡Ya tendrás oportunidad de enfrentar a Tsubasa! ¡Primero destroza el ataque central de los Arsenal!- le dice Roberto Hongo, con los mismos gestos de James Douglas Smith.
Los dos miran el partido, haciendo cambios. No pueden dejar ningún espacio libre, pues será aprovechado por el otro. Hacen el ademán de pararse cuando hay intentos de gol. Los dos protestan al árbitro del mismo modo, con las manos arriba. Siguen sentados, con la mano en la barbilla. Pasean. Uno manda a calentar a Pierre Leblanc. James ha hecho lo propio con Kaltz.
Hacen cambios. Gritan a sus jugadores, sin indicarles para donde moverse. Hasta que Levin, junto a Santana, aprovechan para hacer un pase largo de dos a dos, que ni Dimitri ni Jim, ni Tsubasa, logran frenar a tiempo. Jim lucha desesperadamente, mientras su padre se toca la boina, y Roberto manda a Taro Misaki a bloquearlo. Levin se la deja puesta a Santana. Gol, que Müller no puede detener. Roberto grita "! Si!" con un escandaloso gesto. James solo chasquea los dedos, pensando en cómo puede recuperarse.
El tiempo pasa, y el partido ha terminado en empate. Todo el mundo felicita a los técnicos, y hacen una rueda de prensa.
-¿Es verdad que piensa irse para el Hamburgo, luego de tres años de dirigir el combinado del Arsenal, señor James?- le pregunta un periodista. Este solo sonríe, como siempre.
-La verdad es que no se molestarán. Saben que a mí me gusta cambiar de aires. Averígüelo, y yo le confirmo si es verdad.
Más murmullos. Por eso era una leyenda. Ya podía hacerlo sin que nadie lo estuviese molestando.
-¿Cómo se sintió enfrentando a su maestro como colega por primera vez en su vida, Señor Hongo?- preguntó otro periodista.
El mira a su maestro, cómplice.
-Me parece genial poder ganarle en su propio terreno. Pero ya saben que él nos sorprenderá siempre. Aunque si, si se siente bien ganarle. Casi- dice con la misma sonrisa. Todo ahora se enfoca a él. James lo deja. Es su momento. El suyo ha ido y venido cuantas veces le ha venido en gana. El pequeño ladrón de favelas… míralo tan grande, como su propio rival.
James llega a casa, luego de despedir a su hijo Jim, que le ha dicho que dejará el club por dedicarse al rock. Se irá de gira. Está bien. Ya lo sabía. Lo dejaría en paz. Tal vez con sus nietos. Ya no importaba. El fútbol solo era parte de SU historia. Y nada más.
-James, ¡vamos a comer burritos con gelatina!- le ruega su esposa Ulli. –O quieres que haga algo mas… -¿Para celebrar?- le pregunta ella abrazándolo por el cuello. El sonríe. Mira los cuadros. Los familiares.
-Esos tontos no se darán cuenta- dice ella picándole el ojo.
-En un ratito, querida- dice el besándola. – Ya voy.
Su esposa se va. El por fin puede estar consigo mismo. Qué placer, eso solo lo daba la vejez. Mira los cuadros. Su padre, con su uniforme de teniente. Quiso ser como él. Su abuelo. Su madre, siempre tan rígida, aún en la inmortalidad de una pintura. Makah, en el único cuadro que pintaron de ella, con su níveo vestido coral. Bella, hermosa. Donde quieras que estés, piensa, algún día te veré, mi amor. Fotos. La de Bobby Moore, el hermano, otra estrella rutilante que siempre miraba. La de Kira Kozo, la piedra en el zapato, verdades más crudas que nunca. La de Roberto, su propia continuación. Tío Chester, en su silla de ruedas. Impasible.
-No tenías razón en eso, Robert- dijo mirando el cuadro. – No importó mi sangre. Roberto fue el hijo que le di al fútbol. Qué equivocado estabas.
Se sentó. Mira en el viejo arcón papeles extraviados. De pronto, se cae un cuaderno, un cuaderno muy antiguo. Lo mira con una sonrisa.
-Pensé que habías muerto- le dice con una sonrisa cálida. Lo abre.
"Querido sobrino, cuando te encuentres rodeado por cinco jugadores, en lo que vulgarmente llaman las clases bajas "La Jaula del Pájaro", salte de ahí, o ve en dirección contraria. Haz de cuenta que son cinco cazas alemanes que van rodeándote. No lo pienses, tienes que ir en otra dirección. La ráfaga dolerá menos, y es más probable que puedas escapar. Me ha funcionado en los dos casos de maravilla. Un tiro alto te servirá si eres poseedor del balón…
"El tiro con efecto, o Drive Shoot, como lo llamamos en el club, tiene que desviarse de su dirección original, provocando confusión en el portero que la reciba. Es preferible con el empeine, un poco desviado, pero no en su origen… recuérdalo, no en su origen. Es probable errar el tiro.
"Un taco bien llevado, puede hacerse en ademán de retirada, como le pasó a Hitler con Rusia. Pero un taco mejor llevado puede hacerse cuando apenas eres imperceptible…
"Recuerda siempre practicar, pase, pase, pase, pase, corre, corre…"
-Pase, pase, pase, corre, corre- dice para sí, concentrado con el balón. – Vaya- dice alegremente sorprendido. –Todavía funciona.
Entonces mira a la pared. Y su Tío Chester está ahí, en su silla de ruedas. Joven, con su bastón. Impecable, enfundado en sus corbatas de Bond Street. Sonríe lánguidamente, aprobando.
Y James le esboza esa sonrisa de complicidad que nunca le pudo dar estando vivo.
