Capitulo 11
Edward movió los hombros, incómodo. –No creo que sea tan difícil. Me dijo que él mismo buscaría los recibos que necesitaba… sólo tengo que reunir unos cuantos papeles. –¿De cuántos años atrás? –Pues… de los últimos tres años. Bella cerró los ojos. –¿Y cómo archivas tus papeles? ¿Dónde guardas las facturas? Porque haces facturas, ¿no? –Pues claro que sí, cariño. Yo respeto las leyes. Bella no pudo contener un bufido muy poco femenino. –Ya, seguro. –Me estás hiriendo, chère –Edward se llevó una mano al corazón. Tenía unos dedos largos y fuertes y era tan fácil imaginarlos sobre su piel… –¿Qué? –Bella se dio cuenta de que Edward seguía hablando–. ¿Qué has dicho? –Que Jasper me ayuda. Todos los años nos sentamos con una botella de… –Edward sonrió–. No, es una broma. Aunque no sería tan mala idea. Hacer la declaración de la renta es una tortura. Pero tenía que haber algo más. –Entonces, si has hecho la declaración, deberías tener copia de las facturas en la oficina. No creo que me necesites… –cuando el negó con la cabeza, Bella se tapó los ojos con las manos–. Vamos, cuéntamelo. Creo que podré soportarlo. –¿Estás segura, cariño? Porque en serio, Bear no quería organizar la que organizó persiguiendo a ese gato por la oficina…
Bella no pudo contener la risa, en parte histérica porque podría estar diciendo la verdad y en parte, sencillamente divertida. Riendo también, Edward se levantó y le ofreció su mano. –Tal vez sea mejor que te lo enseñe. Después de pagar la cuenta, la tomó por la cintura y Bella apoyó la cabeza en su hombro, saboreando el placer culpable de estar en contacto con ese cuerpo tan poderoso. Aunque tenía la horrible impresión de que en la oficina de Edward le esperaban los horrores del infierno, todo era más divertido cuando él estaba cerca. –No voy a preguntar si me estás tomando el pelo –Bella levantó la cabeza para mirarlo y tuvo que disimular un suspiro. –Porque eres muy lista. Tal vez demasiado lista para mí –dijo él–. Además, se me ocurren cosas mejores que hacer con tu pelo. Si fuera verdad… pero los hombres guapísimos como Edward Cullen no deseaban a mujeres ordenadas y sencillas como ella. Y, además, él no era parte de su plan. –Recuerda a Jacob, Edward. Él pasó un dedo por su nariz, deslizándolo luego por sus labios y su barbilla y Bella sintió un escalofrío. –Jacob no es lo que tú necesitas, cariño –le dijo, poniéndose serio por una vez. –¿Y tú sí? ¿Ésa era su voz, tan ronca? –¿Que tal si volvemos a besarnos? Tal vez así puedas decírmelo tú misma.
