¡Qué terribles son los celos! Monstruos oscuros y horribles que susurran palabras espantosas a oídos enamorados. Villanos que nublan la razón y, apuñalan con fiereza el lado más vulnerable del corazón humano. Enemigos irascibles que lanzan su poderoso ataque cuando menos lo esperamos y, transforman en cuestión de segundos, una alegría inmensa en la más temible e incontenible de las iras. ¡Qué terribles son los celos!
Había pasado días enteros pensando en ella, devanándose los sesos para entender qué era lo que estaba sintiendo, hasta terminar con profundos dolores de cabeza ocasionados, no sólo por la gran cantidad de ideas que se agolpaban en su mente, sino también por todos los golpes que se daba en la frente para hacerse entender que todo era una ilusión creada por él mismo para poder aferrarse a una nueva esperanza y seguir viviendo.
La había idealizado, era eso, pero para estar seguro debía verla y tenía que hacerlo de inmediato. Esa idea fue cobrando fuerza durante el día, a lo largo del lento transcurso de las horas, hasta que finalmente, se decidió. Tomó el teléfono, se comunicó con su agente y, sin darle explicaciones, le solicitó conseguir boletos para Chicago, "no, no la obra de teatro, la ciudad. Esta noche quiero estar en la ciudad de los vientos" le dijo y sin darle explicaciones, salió de su departamento, llevando con él únicamente una pequeña maleta de viaje.
Durante el vuelo imaginó más de una forma de encontrarse con ella. Pensó en las mil y una palabras que le diría y, sonriente, la vio responder con entusiasmo ante lo que él decía. Incluso la escuchó agradecer por hacerle más hermosos los días con cada una de las rosas que se había tomado la molestia de enviarle, y ante el sonrojo que vio teñir sus mejillas, se vio caminando hacia ella, tomándola después en sus brazos y, finalmente, probando el delicioso néctar de sus labios.
Cuando salió del aeropuerto le pidió al chofer que lo estaba esperando llevarlo directamente a la cafetería en la que la había conocido. Bajó del coche, entró al local y, al no verla ahí, preguntó en la barra por ella. El encargado le dijo que no la había visto en todo el día, pero que seguramente estaba en su departamento. Después de muchas negativas, terminó dándole la dirección a la que debía dirigirse para encontrarla.
No era muy lejos de donde se encontraba, así que decidió caminar, para poder prolongar un poco más el tiempo y calmar los nervios que lo atacaban. Pasó por una florería, compró un hermoso ramo de rosas rojas y siguió su camino.
Después de caminar algunos metros se encontró de pie frente al sencillo edificio en el que Candy vivía, lo vio, vacilante por algunos momentos, hasta que por fin decidió "tomar al toro por los cuernos". Extendió una temblorosa mano, pensando en la infinidad de posibilidades que ese sencillo "ring" habría de presentarle, espero un momento… nada. Volvió a tocar… nada. Una tercera vez… aún nada.
Eso no estaba en sus planes. Pero, si ya había viajado tan lejos, esperar un poco más no le haría daño. Esperó, esperó y siguió esperando por horas. La tarde terminó cediéndole su lugar a la noche. De las ventanas de locales, casas y departamentos cercanos comenzó a salir el incandescente brillo de focos encendidos. Poco antes de media noche su chofer llegó a traerlo, tal y como habían acordado, y él… seguía esperando.
Hasta que finalmente, un elegante coche negro se aparcó frente al edificio. De él vio bajar a un hombre rubio que, de inmediato, se dirigió a abrir la puerta de su acompañante. Entonces la vio. Estaba tan hermosa como la recordaba. El hombre la acompañó hasta su puerta.
Fue en ese momento cuando algo dentro de él se encendió. Empuñó las manos al ver como otro hombre era el que había pasado con ella la tarde que él había planeado pasar a su lado. Su respiración se agitó. Una rabia intensa se apoderó de su razón y, sin pensarlo, comenzó a caminar al encuentro de la pareja que ahora se despedía, en actitud inocente.
Pero entonces, ella abrazó con efusividad, demasiada efusividad, a ese hombre que no era él, a ese canalla que ahora la estrechaba contra su cuerpo en un abrazo que no le pertenecía.
Llegó hasta ellos, procurando hacer tanto ruido como le fue posible, pero ellos no lo escucharon. Quería gritarles, abalanzarse contra él y molerlo a golpes, pero haciendo acopio de la poca razón que le quedaba, respiró profundo y habló con palabras suaves pero cargadas de coraje. Ellos entonces se separaron, voltearon y, al unísono, dijeron su nombre.
En definitiva, las cosas no habían salido como lo había planeado. Había estado esperando el momento en que ella dijera su nombre, con aquella entonación hermosa y rítmica con que las dos sílabas "Te-rry" salían de sus labios, pero nunca imaginó escuchar en ellas el eco de la voz que por mucho tiempo había reconocido como la de su mejor amigo.
El "elemento sorpresa" no siempre es algo grato. En ocasiones, en vez de generarte esa sensación de emoción y felicidad, genera en ti algo muy similar a lo que produce un golpe directo al estómago… te deja sin aliento y con la impresión de estar vulnerable e indefenso. Viene acompañado de un horrendo escalofrío que te recorre la espalda y te deja mudo. Porque, generalmente, lo que hace a una sorpresa ser una "mala sorpresa" es, ni más ni menos, que la culpa. La culpa de recibir algo que no mereces, algo que no te gusta pero finges agradecer o… de recibir algo, como una visita, de alguien a quien no esperabas ver, alguien que, además, llega en un momento que fácilmente podría ser malentendido. La culpa de recibir un corazón que, de antemano sabes, podrías romper en mil pedazos sin siquiera darte por enterado. El "elemento sorpresa" no siempre es algo grato.
Ella lo sabía, había días como ese, en los que todo parece transcurrir como siempre. Días como cualquier otro, en los que llega un momento en el que todo comienza a mejorar hasta convertirlo en un día, que, sencillamente, podría colocarse entre los mejores de tu existencia.
Pero había también otros, muy parecidos a los anteriores, en los que la "casi imperceptible" diferencia, es que después de la "maravillosa" mejora, todo se viene abajo cuando menos lo esperas. Días en los que la magia alcanza su grado máximo y, entonces, la siempre "benévola" realidad, te da de golpes y regresa tus pies a la tierra, de donde jamás debieron salir.
Había esperado poder pasar la tarde jugando con Lilly, disfrutando de su vitalidad e inocencia, había incluso albergado la esperanza de conversar un momento con Albert, pero no había, en ningún momento, esperado terminar el día con una gran charla, una dulce cena compartida, un paseo silencioso y un fuerte abrazo a la puerta de su casa.
No sabía por qué, pero al bajar del coche, había sentido la inminente necesidad de tener un contacto un poco más profundo que un apretón de manos con él. Intentó evitarlo, pero terminó rindiéndose y, en el instante mismo en el que él le tendió su mano derecha para despedirse, ella lo abrazó y, para su grata sorpresa, él respondió su abrazo.
Se sentía tan bien estar así. El viril aroma de su perfume inundó sus sentidos. El calor de su pecho la llenó de una tibieza que tenía mucho tiempo sin sentir. El roce de su aliento tan cerca de su piel aceleró los latidos de su corazón, que pronto se sintió acompañado por otro latir frenético… eso… eso significaba que él se sentía como ella. Ese abrazo estaba siendo para Albert tan increíble como lo estaba siendo para Candy.
Seguramente él también estaba disfrutándolo, pero… ¿qué pasaría en el momento de separarse? ¿Él se iría sin decir nada? ¿Y si pasaba algo más? ¿Y si en el momento de dejar su abrazo él decidiera besarla? ¿O si era ella quien terminaba besándolo a él? ¿Estaban ambos preparados para volver a amar? ¿Amar?
Ellos eran un par de personas con los corazones destrozados… ¿y si no pasaba nada? ¿Y si ella intentaba hacer algo y él no la correspondía? ¿Qué pasaría entonces?
Todas esas ideas pasaron por su mente en cuestión de segundos. Pero las desechó todas con la misma rapidez con la que habían logrado formularse. Todas, menos una "¿es que acaso me estoy enamorando de él?", pero no tuvo tiempo para intentar descifrar nada, porque, el profundo sonido de la voz de Terry, rompió la magia y la forzó a alejarse de los brazos de Albert.
Se sintió como alguien que es sorprendido haciendo algo indebido, y el mirar reprobatorio del actor no hizo nada por ayudarla a deshacerse de esa sensación. ¿Qué demonios estaba haciendo Terry ahí? ¿Cómo había conseguido su dirección?
Veo que ambos me han reconocido – dijo Terry después de escuchar su nombre – Espero no llegar en mal momento – continuó, con una nota de molestia que no debía estar impresa en su voz.
No interrumpes nada Terry, ya nos estábamos despidiendo ¿no es así Candy? – sentenció Albert. Ella tardó un momento más del necesario en reaccionar porque la palabra "nada" había acallado todas sus cavilaciones.
Sí… despidiéndonos.
En ese caso, hermano, espero no te moleste que te llame así de nuevo – dijo Terry, haciendo que Albert recordara todo el tiempo que había transcurrido sin que ellos intercambiaran una sola palabra – espero aceptes desayunar, comer o cenar conmigo un día de estos, ha pasado tanto tiempo… podríamos ir ahora si lo deseas. Una charla nocturna, como en los viejos tiempos.
Será un gusto recordar esos buenos tiempos, hermano, pero deberá ser otro día, hoy debo regresar a casa… no quiero que Lilly despierte y no me encuentre – esto último lo dijo viendo a Candy, ella asintió con un movimiento de cabeza sin poder articular palabra alguna… "nada" él había dicho "nada".
Entonces, mañana ¿qué te parece mañana? Te invito a comer… te invitaría un desayuno, pero me temo que la mañana pienso reservarla para esta bella dama, claro, si ella acepta – una amplia sonrisa cubrió su rostro cuando volteó a verla esperando su respuesta – ¿qué me dices Candy? ¿Aceptas desayunar conmigo? – Ella no decía nada – ¿Candy?
Ahm, sí, sí… claro… desayunar contigo.
Excelente, entonces vengo por ti en la mañana.
Sí… en la mañana – respondió ella intentando sonreír.
Bien, entonces Albert ¿puedo agendar una comida con mi mejor amigo? – Albert sonrió con tristeza y desgana.
Claro que sí Terry, sabes dónde encontrarme… ahora debo irme, mi hija me espera. Fue un placer volver a verte – dijo estrechando la mano de Terry.
Lo mismo digo hermano, lo mismo digo.
Hasta pronto Candy, que pases buenas noches – se despidió, haciendo una ligera reverencia ante ella.
Des… descansa – fue todo lo que ella pudo decir.
Bien Candy, te pediría me invitaras un poco de té después de haberte esperado por tanto tiempo – dijo Terry una vez que Albert se hubo ido – pero, me precio de ser un caballero inglés y, es muy poco honorable estar sólo con una dama a tan altas horas de la noche – continuó con un poco de burla.
Te veré mañana entonces Terry.
Eso no lo dudes – dijo con la más deslumbrante de sus sonrisas – Hasta mañana.
Adiós.
¿Cómo haces para que tu corazón entienda que aún no estás listo para volver a sufrir desilusiones, cuando él te grita, con violentos latidos, que es precisamente él y no tú, quien debe decidir si estás listo o no? ¿Cómo haces para que la razón siga controlando tus emociones? ¿Cómo puedes hacer entrar en razón a un corazón que ha permanecido callado y sometido por años, y que, finalmente parece haber encontrado una razón para romper sus cadenas y mordazas y vuelve a golpear tu pecho con fuerza, haciéndote notar que está vivo, que aún está vivo y que pretende seguir estándolo? ¿Cómo haces para que tu corazón entienda que aún no estás listo? ¿Cómo lo haces?
Su día había estado colmado de altibajos. Si hacía un recuento, probablemente había tenido más cosas malas que buenas, pero ese abrazo, ese abrazo lo había hecho olvidar todos los problemas del día, había sido un magnífico "pro", uno que valía por muchísimos "pros" más. Desafortunadamente, lo había interrumpido, de manera abrupta, un gran "contra". Un "contra" que ahora, seguramente, estaba tomando una humeante taza de té con la mujer que había originado ese tan apreciado "pro", un "contra" que le enviaba rosas todas las mañanas, un "contra" que con sus "estúpidos" detalles lograba robar sus sonrisas, un "contra" que la llevaría a desayunar a la mañana siguiente, un "contra" que intentaría conquistarla, un "contra" que terminaría arrancándola de su lado, un "contra" que sería dueño de sus besos, un "contra" que recibiría sus caricias, un "contra" que podría disfrutar todo el tiempo que quisiera la calidez de su mirada, un "contra" que había tenido la osadía de interrumpir, la que, seguramente, sería su única oportunidad de besarla, un "contra" que había sido su mejor amigo, un "contra" que lo había llamado "hermano". Un "contra" que terminaría quedándose con aquella mujer que había logrado inyectarle a su alma un pequeño y nuevo soplo de esperanza. Un "contra" que sin grandes esfuerzos terminaría robándole a su "pro".
Ahora, después de haberse despedido de "pro" y "contra", manejaba de regreso a casa.
"El final perfecto", había pensado mientras la abrazaba "las supersticiones son estúpidas, somos nosotros los que decidimos el transcurso de nuestros días. Si pensamos que son malos, los serán, pero si algo nos hace cambiar de parecer, todo puede mejorar. Ella es ese algo que ha mejorado mi día, estaba disfrutando tanto ese momento". Para Albert era muy complicado recordar cuándo había sido la última vez que había sentido un abrazo tan sincero, no recordaba si quiera si alguna mujer, además de Lilly, lo había abrazado, aunque fuese con un abrazo sin importancia, recientemente. "Quizás sea momento de dejar de luchar contra lo que mi corazón pide, y saber qué es esto que comienzo a sentir" pero tenía miedo, mucho miedo "tal vez, no es lo que pienso que es, quizá si la beso… probablemente entonces estaré seguro de lo que siento… podría asustarla, pero podría, también, saber a ciencia cierta si me estoy enamorando… podría besarla, debo besarla… no, no debo… quiero besarla" y estuvo a punto de hacerlo. ¡Si Terry hubiese llegado un minuto después!… pero no lo hizo, y él había perdido su oportunidad "serías un gran héroe, Albert" se dijo "supersticioso y cobarde, vaya héroe que serías".
Se obligó a dejar de pensar, llegó a su destino, metió su coche a la cochera, y en cuanto entró a la casa, corrió a la recámara de su hija. Lilly estaba profundamente dormida. La contempló unos momentos, besó su frente y salió de la recámara después de susurrar:
Mi corazón deberá entender que los únicos besos, abrazos y te quieros que he de recibir son los tuyos, princesa. Tú eres mi razón de vivir, "siempre" serás mi razón de vivir.
