De momento, no
X
Háblame, no me hagas esperarte más
dime si, te he perdido o tal vez no.
He creído en él, siempre le escuché...
Un error que pago caro
He creído que no fuiste...
En mis manos, en mi cabeza, en mis músculos
emociones latiendo intensas, en mí...por ti.
Háblame, por favor no me destruyas
más, como contigo hice yo.
Oh, no, no...y dime si se ha acabado o
tal vez no... O tal vez no.
En tu sufrimiento un soplo de viento,
que te grita amor inmenso,
necesito que vuelvas a mí...
En mis manos, en mi cabeza, en mis músculos
emociones latiendo intensas: son así.
Confío en que tú, que un día también tú
las reencontrarás...
Las reencontrarás, en mí.
... Y es así: el destino, tal vez, me lleve a ti
Háblame, te he perdido o tal vez no.
Tema del fic: "Háblame", Laura Pausini.
-… No me parece lidiar con esto, Toukairin: lo estás torciendo todo…
-Cállate, traidor: ¡no puedo creer que me hayas ocultado algo tan importante!
-¡Porque sabía que no podrías soportarlo: tan sólo mírate! ¿Una expugnación para obtener compensación por el engaño? Shouji, tú no eres así…- camina hacia él, tratando de hacerle entrar en razón- A ti no te interesa el dinero; mucho menos, teniendo el cargo que ocupas en la estación. Déjala tranquila, ¿no crees que está pagando lo suficiente con tu desprecio?
-¿Ahora te pones a su favor? Y deja de hablar pelotudeces…- se tira a la cama de espaldas, con las manos en el rostro- Aunque lo dudes, la amo, la sigo amando: e-esto es una enseñanza… Cuando terminemos con ello, volverá a mí. Seguiremos con el plan de familia que teníamos juntos.
-Ella te teme, Shouji: ¿es ése tu propósito?
-… No… No quiero que me tema: pero si así se deben dar las cosas, para lograr hacerla entrar en razón, así será.
Sho cierra la puerta, golpeando su cabeza contra la base maderada.
No lograba hacerlo entrar en razón: estaba enceguecido con el engaño.
Y, para colmo de males, sólo tenía en la cabeza a la bruna: llorando, tomándole las manos; rogándole por ayuda.
Era—Era preciosa, como ella sola: se sentía terriblemente mal, por los pensamientos que recorrían en su cabeza. Dios era testigo que abogó por sus ruegos: hizo lo posible por alejarla de él, con tal que la relación entre ambos tomara un respiro.
Pero él fue el terco: terco y estúpido.
Si se atrevía a herirle, a tocarle un solo pelo, él se pondría intermedio.
En cuanto tuviese la oportunidad, por pequeña que fuese, se la llevaría lejos de él: aunque, con ello, traicionara a su primo y su filiación.
Y, por lo visto, sólo tendría que esperar para obtener la ansiada oportunidad de hacerla suya.
-¿Cancelado?- dijo Natsumi, desconcertada: con los billetes en mano.
-Sí, señorita: el señor Toukairin, su esposo… Ha cancelado las cuotas del resto del año: octubre, noviembre y diciembre, respectivamente…- confirmó el conserje, verificando los pagos en el talonario de arriendos- Hablamos recientemente, cuando estuvo hospitalizada: me pidió, expresamente, que cada talonario lo mandara en correo, a su domicilio: se encargaría de pagarlos, de ahora en adelante… Con esas palabras me lo dio a entender.
Alejó los billetes del mesón, totalmente confundida.
Se va del lugar, sin poner atención a nada más de lo que decía el conserje: entra al elevador, y apoya la cabeza tras la pared.
Las imágenes del material del elevador multiplicaban su imagen al infinito, como las posibilidades de explicar qué carajo pretendía Shouji con estas acciones.
Entonces, el depósito de los casi mil quinientos yenes en su cuenta provenían de él.
¿Por qué, por qué estaba haciendo esto?, ¿qué pretendía con estas acciones; no era que la iba a catapultar por su traición?
Quizás quería controlarle, con todas esas dádivas: para hacerle presente el hecho que, si bien se encontraba lejos de él, todavía eran marido y mujer. Que, para muchos trámites, seguía necesitándolo.
Esa estúpida idea, de que mantenía relaciones con Kiohira, aunque no tuviese en claro que era él el motivo de sus desvelos.
Inconcebible, ¡si ha sido sólo por él, que no ha cruzado palabra con Arizuka!
Además, era cosa de mirarla: estaba hecha un desastre. Ningún hombre la miraría jamás con deseo en la estación; mucho menos ahora, con el caracho que tenía. Con los problemas provocados por la calentura, el sexo se había convertido en una de las últimas preocupaciones de las que se ocuparía, en el futuro lejano.
No quería su dinero: le dolía el alma el que concibiera que ese hecho la tuviese amarrada a él. Sabía que la situación de los Toukairin era acomodada, actualmente, pero jamás necesitó de su dinero: lo que Natsumi recibía de sueldo no era mucho, pero se contentaba con cenar un ramen instantáneo y tener sus cuentas saldadas, con tal de no provocarle preocupaciones.
Siempre fue independiente, en el plano económico: en su corazón, él era el dueño completo.
No comprendía cómo había llegado una señal tan equívoca a su mente: era cierto, ella había cometido un grave error… Pero el hecho no la desmembraba, para convertirle en una persona distinta a la que había sido siempre.
Era la misma Natsumi: con las mismas cualidades y falencias de antes.
Quizás, su madre estaba moviendo hilos en él, para hacerle pensar que era una trepadora interesada en lo que pudiese usufructuar: sin embargo, las acciones del teniente contravenían esa lógica. Ella recibía ese dinero cada mes, sin falta: lo más lógico hubiese sido cortarle todo ingreso.
De ser así, la idea de que era Toukairin el autor maquinal cobraba mayor fuerza: tal suposición la dejaba pasmada.
Necesitaba creer que el teniente podía perdonarle: esta advertencia golpeándole el pecho, cada vez que la sorprendía con estos acontecimientos, como si fuesen pequeñas venganzas cumplidas, al haberle engañado, la llevaban a la misma conclusión.
Demasiado tétrico; completamente alejado de lo que era el hombre que amaba.
Abre la puerta, escoltado por un gendarme: apenas reconoce a la persona que entra, Rina se levanta de su asiento. Camina hacia él y lo abraza: Kiohira le corresponde, con el pecho hinchado de una calidez que hace mucho no sentía.
Se alejan: le acaricia la frente con cuidado, peinando la corta chasquilla de su cabello.
-Te tardaste, demasiado…- tocó su insignia, en el lugar de su corazón.
-Lo lamento: en la brigada hay demasiados protocolos que hay que seguir… No pude verte antes.
-¿A pesar de ser capitán?
-A pesar de ser capitán, Rina: estoy en el ojo de la palestra de mis superiores… En mi caso, es aún más estricto: prefiero que sea así, para que evitemos tu sobre exposición.
La hace tomar asiento, frente a él: se toman las manos, y Kiohira sonríe.
-… Se ven mucho mejor. Me deja más tranquilo.
-Sí, gracias a la enfermera: fue muy atenta… No ha sido tan malo el trato aquí. No es a lo que acostumbraba vivir: mi cama es una verdadera piedra, pero se mantiene tolerable.
-Espero que sea así: los tengo a todos advertidos. Ante cualquier cosa, cualquier acoso—
-Tranquilo, Kio…- lo detuvo, con una sonrisa melancólica- Todo está bien.
El capitán lanza un bufido cansino: la bruna cae en cuenta de un detalle.
-Espera: había algo que quería decirte.
El muchacho vuelve la mirada a su pareja.
-Mira, hay un oficial que me ha estado interrogando, recientemente: no sé qué le ha dado conmigo, teniendo en cuenta la disposición de quienes me han interrogado antes. Me hace mostrarle las manos, cada vez que me niego a responderle preguntas, y amenaza con quitarme la protección de testigos, de no colaborar… He sido específica en mi testimonio, pero éste me tiene una saña: desconozco su origen. No lo había visto en mi puta vida, pero ¡por dios, que ha hinchado!
-¿Te ha dado el nombre, el cargo?- preguntó el capitán, ya sospechando de quién se trataba.
-… No, no lo sé: te lo puedo describir… Es rapado, tiene los ojos celestes: es muy temperamental.
El capitán bufó, ante las características: sabía que tenía que anteponerse a tal situación; menos mal que previó el hecho. Ese cabrón se las vería con él.
-Kio,… ¿ocurre algo?
Ante la mirada de preocupación, afirmó sus muñecas, con firmeza- No te preocupes, Rina: lo resolveré, cuanto antes. Ese tipo no volverá a interrogarte.
Salió del lugar, hecho una furia: fue directamente hacia las oficinas de los tenientes. El inspector Arizuka vio a su hijo, caminando con paso firme, y fue a seguirle: sabía lo que devenía de esa mirada furibunda.
Entró a un cubículo, el más cercano a la oficina de la inspectora Kinoshita, y abrió la puerta, de una patada: el muchacho quedó impactado, con una conversación a medio terminar con una oficial.
-Dispénseme, oficial.
Ante el sólo golpe de voz, la muchacha salió rápidamente del lugar: el teniente, con los brazos apoyados ampliamente en su sillón, le sonrió socarronamente.
-¿A qué se debe la displicente visita, capitán Kiohira?... Y, por cierto, me debe pagar la puerta.
-Contigo tengo que hablar, bastardo: y más te vale que me escuches…- cerró la puerta, para acercarse a él, señalándole con el dedo- Eres hijo de la inspectora Kinoshita, pero eso no te da derecho a pasarte las reglas. No eres omnipotente: ¡hay formalidades y protocolos que debes seguir!
El aludido levanta una ceja- ¿Me lo dices tú: el tipo que acaba de romper mi puerta?
-Podría haberlo asestado en tu cara, Souta: agradece la consideración de no verte lloriqueando en el piso, enfrente de tus subordinados.
Se levanta del asiento, frente a él: las miradas no se evadieron en un solo instante.
-¡Qué está ocurriendo aquí!- levantó la voz la inspectora Kinoshita.
Ambos debieron alejarse: el primero en pronunciarse fue Souta- No lo sé, inspectora: estaba conversando con una oficial, cuando Arizuka irrumpe en mi oficina, increpándome.
El capitán afila la mirada: la inspectora mira a Kiohira- ¿Y bien, capitán?
-El Teniente Kinoshita ha infringido la protección del testigo Rina Milch, en el caso de los Yakuza… Conversé con ella hoy: la amenaza, constantemente, con dejarla en manos de la organización que le da caza, si no cooperaba. Hablamos de esto en la oficina: no tengo reclamos de ningún otro oficial; sólo de él.
La mirada de la inspectora recayó en el aludido, a lo que el muchacho contestó- Sólo hago mi trabajo: si ella no cede en la investigación, vamos a lamentar mucho más que la queja de la señorita. Hay vidas inocentes que prevenir del ataque de los Yakuza.
-Eso no te da el derecho de increparla, Souta: no tan sólo ha sido una petición de alto rango que has infringido, torpe- espetó, con los dientes apretados- Te pueden demandar por ejercicio desmedido de la fuerza, a nivel penal: y yo mismo me encargaré de elevarla a nivel institucional, si se mantiene este comportamiento.
El trago se volvió dificultoso: una queja, a nivel institucional, colocaría nuevamente a la inspectora Kinoshita en el ojo de huracán, con respecto a sus superiores.
-… No será necesario, capitán Arizuka: ¿cierto, Souta?
El muchacho ni se pronunció: sus ojos, titilantes de ira, apuntaban a Kiohira.
-… Bien. Ha sido todo lo que tengo que decir: espero que sea la última vez que me refiera al tema…
El teniente estaba por irse a las manos con el capitán Arizuka, cuando la mujer se adelanta a los hechos- Espera, Souta: no te enfrentes a él, ahora… Cuántas veces te he advertido sobre irte encima cuando tienes la cabeza temperada.
Cierra la puerta de su oficina, y puede dar rienda a su desquite- ¡Es ese imbécil de Kiohira, que no deja de restregarme su superioridad en rango!
-No puedes hacer nada al respecto, hijo: ¿es que no te es posible olvidar su presencia aquí?
Se apoya en la ventana, apretando los barrotes de los lados- No puedo hacerlo, no puedo… Recuerdo su sonrisa burlona, cada vez que nos confrontamos en la escuela de oficiales: cuando el muy bastardo era un tiro al aire, y se transformó, de la nada, en el mandamás- la mira con seriedad- ¿Es que no hay forma de sacar la maldita ascensión a capitán?
-Souta, no puedo elevarte, si no has hecho méritos suficientes: me colocarías en predicamento a mí. Sería demasiado evidente mi predilección…
Golpeó la base de la ventana, con ira: la mujer, de pronto, tiene una idea para lograr ayudarle- Sin embargo, puedo darte un camino de ascensión: lo beneficioso, es que tu labor perjudicaría a Arizuka, sin ser algo fuera del protocolo…
El hijo de Kinoshita la observa: la sonrisa de suficiencia, por parte de la inspectora, le hizo meditar. Se hizo hacia atrás, con los brazos apoyados en los soportes de su sillón- Suena demasiado bien, ¿qué tienes en mente?
Caminó hasta la salida de los tenientes del Cuartel General: al encontrarse con su padre, le susurró- Por favor, pídeles las copias de los interrogatorios en los que fue parte Kinoshita: debemos cubrirnos las espaldas con "ellos".
-Pierde cuidado- dijo el inspector, palmoteándole el hombro, antes de que se fuera del lugar.
A pesar del temor que sentía, se vio obligada a volver a la estación: al llegar a su box de trabajo, comenzó a mirar, de soslayo, a todo su alrededor.
El teniente se lo había advertido ya: iba a buscarlo, sin importar cómo. Llegaría a darle caza a Kiohira…
Todavía persistía en su mente la imagen desolada del muchacho. No supo porqué, ese instinto de abrazarlo: quizás, el peso de la identidad de esa mujer que se empecinaba en ocultar.
-Natsumi…- musitó Aoi, a lo que la aludida levanta la cabeza. La hace incorporar, y le da un abrazo apretado- Estoy feliz que hayas vuelto… Nos tenías a todos muy preocupados.
-Gracias, Aoi: necesitaba ver una cara afable, a lo menos… Bueno, supongo que los chismes te habrán informado de lo que me ha ocurrido.
-¡Para nada, querida! Ahora en adelante, prefiero escuchar las versiones, por parte de los propios implicados… Además, han ocurrido cosas en la estación que ni te las imaginas- dijo Aoi, indicando con el pulgar, el escritorio del capitán.
La ojipúrpura frunció el ceño. Abrió, de pronto, los ojos: sorprendida por su alcance- ¿El capitán Arizuka?
-Ajá… Me ha contado un pajarillo que tuvo que excusarse de su cargo en el lugar: al parecer, no lo veremos por un tiempo… Lograron hacer que la pareja confesara y se entregara a la policía.
Así que era eso: la muchacha, involucrada en los ataques del grupo Yakuza, era su pareja… Por ello, su intento porque no dijese nada sobre ella: trataba de encubrirle el rastro.
-… Debe estar en problemas: los Yakuza tiene influencias hasta en las instituciones incorruptibles. Va a ser difícil que no den con su rastro…
-Posiblemente, Aoi… Y, dime, ¿ha vuelto Kachou?
-Eso es lo que me intriga, Natsumi: hasta donde tengo conocimiento, el capitán no piensa volver, hasta nuevo aviso… Está en Kioto: el mismo Kiohira lo llamó, para poder hacer el traspaso, pero le ha pedido que busque en el cuartel general un reemplazo temporal.
Entornó los ojos- Otro proceso más de acostumbramiento: no sé si vaya a soportar a otro mandamás en reemplazo del capitán Kachou…
-Habrá que ver qué es lo que va a ocurrir con el nuevo postulante al cargo… De todos modos, preferiría que se mantuviera Kiohira: mal que mal, a pesar de todos los engorros, ha sabido atenderlos con diligencia. Tiene llegada entre los oficiales: se ha ganado el respeto de todos aquí.
-"Bastante llegada"- quería decir, pero no podía dárselas de lengua suelta ahora.
El teniente dio los buenos días al pasar: cualquier tema del que quisiesen hablar quedó relegado a un segundo plano. No pasó de largo para Aoi, quien vio la mirada de desesperación del que había sabido, la tuvo tanto tiempo fuera de la estación Bokutou.
-… ¿No vas a hablar con él?
¡Claro que tenía que conversar con él! El problema era su disposición. Ya había intentado, tantas veces, hablar con él en buenos términos. Sólo había logrado portazos en plena nariz.
Miró entrañablemente el halo que dejó su paso por el pasillo: su olor a jabón, su calor… Comenzaría a llorar, y era lo que menos necesitaba ahora: jugar a las mil y una preguntas con sus compañeros; específicamente, con Miyuki.
Ya fue suficiente preocupación por su estado catatónico: podía podrirse por dentro, pero estaría de pie, para ese entonces…
-… Después, debe de tener muchos problemas- se levanta de su asiento, tomando una pila de informes sin escribir, para llevarlos a su box- Ya me entenderé con él, más tarde.
Aoi quiso saber más, decirle que podía contar con ella: pero algo más la detuvo. Todos los oficiales entraron a la oficina principal, alejándola de la bruna y su intención de conversación.
Miyuki le sonrió: la abrazó con cuidado, besando su mejilla- ¿Cómo estás?
-Mejor, Miyuki… Gracias- le sonrió.
Al final de la estampida, el capitán Kiohira entra a la estación, seguido de un hombre que no habían visto antes: por la expresión del capitán, aquel sujeto no era de su venia.
-Oficiales, teniente… Agradezco su asistencia a esta junta y el buen trabajo realizado en este lapso de tiempo: con respecto al porqué de la reunión, lo tienen frente a ustedes.
Todos fijaron la vista en el aludido: tenía una sonrisa poco formal, casi vengativa. La tirantez de la actitud del capitán corroboraba tal tesis.
-Como se habrán percatado algunos, me he visto en la necesidad de ausentarme de mis deberes en la estación: debido a una investigación, de la cual no puedo dar detalles, por estar en curso, no podré ejercer el mando si no con la vigilancia de un teniente, que proviene del cuartel general de nuestra brigada.
Souta estaba sorprendido de su sinceridad: él y todos los oficiales presentes, incluida Natsumi. Se veía, realmente, que él era un hombre de verdad confrontacional.
-… Esto no quiere decir que mi poder de acción haya disminuido; mucho menos, que tengan a un móvil con quién quejarse: la investigación es sobre un tema en concreto, y no tiene que ver con un comportamiento errado en mi calidad como capitán. La información es para que sepan que tenemos a alguien anexo, que nos acompañará por un período: sean corteses y recíbanlo con propiedad. Se presentará el teniente Souta Kinoshita.
Caminó hasta el gimnasio: sin dar aviso de su entrada, ingresó a la sala de entrenamiento. El teniente se encontraba haciendo flexiones en la barra.
Estaba de espaldas, mascullando el número de ejercicios hechos.
Cerró los ojos: no podía hablar con él ahora. Era un pésimo momento.
Iba a salir, si hacer ruido, cuando por infortunio su brazo roza una pesa mal puesta, que termina por desencadenar la caída de las demás: el muchacho mira hacia atrás y no pudo rehuir a los ojos escrutadores de Toukairin.
Se deja caer en los dos pies: toma una toalla y seca su rostro del sudor,… como si no tomara en consideración su presencia.
La bruna tragó, pesarosa- Disculpa si te interrumpí: necesitaba hablar algo contigo—
Pero ocurrió algo inesperado: Ikuko salió de los baños anexos al gimnasio. Se acercó al teniente y le dio un beso en la mejilla.
Ante los ojos de la bruna, la aludida sonrió: pasó a su lado, sin hablar, pasándole a llevar el hombro.
Sus ojos tristes lo buscaban: pedían una explicación, pero la respuesta que recibió no fue la esperada.
-No quiero ataques de celos de ti: demasiado descaro… Ahora, si me dejas tomar una ducha, pode—
-No te preocupes: esto será corto…- la bruna tomó un sobre lleno y lo dejó en una colchoneta- Esto es tuyo. Te doy el beneficio de la duda: sé que no quieres verme…
Miró hacia donde había desaparecido Ikuko, por un momento: luego, volvió la mirada a Toukairin. No pudo evitar la pregunta- ¿Es ésta tu venganza?
No le dio tiempo para contestar: salió del gimnasio con rapidez. El teniente estaba por seguirla, pero desiste: su mirada recae en el abultado sobre.
Lo abre y frunce el ceño.
Eran los dos mil yenes del arriendo y el depósito bancario que le había hecho. Intactos.
Camina decididamente hacia dentro de la estación: era algo habitual que Sho apareciera, para ver a su "hermano" Toukairin. Los oficiales le saludan con familiaridad, pero él no se hace el entendido.
"La madre de Shouji arregla sus maletas, lista para partir en unos minutos más: Toukairin va a arreglar la camioneta, con las cosas de su madre. No iba a discutir más con ella, respecto a una posible separación con Natsumi: el papel de conversación se lo llevaría Sho esta vez.
-No se preocupe de más, ojisan: este tema lo tienen que resolver Shouji y su esposa…
-¡Esposa y un cuerno!, ¿es que no te has enterado de nada?- le increpa, presionándole con el dedo acusador- ¡Lo engañó en su despedida de soltera, ¿puedes imaginarte tamaña zorra?!
-¡Shhhh, no diga eso!- la reprende, quitándole la caja de enseres de su tienda, y colocándola al pie de la puerta de entrada- Modere la lengua, por lo menos aquí: respete el dolor de su hijo… Él sabe todo lo que usted le dice, pero debe meditarlo: Natsumi es una buena mujer…
-Ya, ya, ya: si no sabes, mejor no opines…- lo hace a un lado, llevando las otras cajas.
Pero algo le hace ruido, respecto a esa opinión… La emoción del timbre en su voz, quizás: queda mirando a su sobrino, mientras apiñaba las demás cajas de su mercancía.
No prestó atención al escrutinio por parte de su ojisan, si no hasta que se le quedó mirando fijo, con las manos en jarra sobre ambas caderas.
El muchacho frunció el ceño- Ahora, ¿qué?
-La pelafustana esa, Natsumi,… ¿Te gusta?
El sólo pronunciar las palabras, hizo que el muchacho se volviera bermejo- ¡Cómo se le ocurre tamaña estupidez, tía!
-Así que te gusta…- aseveró la mujer, apoyándose tras la pared- Ustedes los hombres son terribles: son incapaces de ver una falda y no correr tras de ella…
Intenta refutarle, pero ya era caso perdido: tira la caja sin cuidado, y se sienta en un banquito cercano- Es atractiva, simplemente… Además, es esposa de mi primo: no podría hacer eso…
-…- se quedó meditando: quizás, se le estaba dando la oportunidad que buscaba, para sacar a la tal Natsumi de la vida de su hijo predilecto.
Finalmente, espetó-… ¿y, si de algún modo, te viese correspondido por ella, dejarías pasar la oportunidad?
Quedó quieto, sin decir palabra, pero supuso su ansiedad ante la falta de la respiración.
-… Si se da, podríamos hacer un trato…-
-No siga, por favor: no quiero perderle el respeto…
Se cruza de brazos, con el rictus fruncido- No he dicho nada aún…
-Pero sé lo que trata…- se le anticipa- Me quiere de carnada, para probar cuán fidedigna es su nuera: debe de ser muy chistoso para Ud., pero no para mí… Embárrese las manos, ojisan: no le reprocharé más sobre algo que le han advertido, todos…"
Se detuvo en la escalera, en el medio del paso de los dos pisos: se sentía partido en dos, se veía incapaz de herir intencionalmente a Shouji, quien era casi como un hermano; pero esa chica la tenía metida en media frente todo el día.
No podía olvidarse de ella: era algo enfermizo.
Y, ahora, el trato de su tía: el dinero que le ofrecía, por despejarle el paso a su primo.
La necesidad tenía cara de hereje, y en su posición, tenía en cuenta cuánto podía costar un pequeño empujón, para que las cosas se dieran a pedir de boca.
Si Toukairin rompía los lazos con ella; si la unión de ambos rayaba en lo enfermizo, él tomaría la oportunidad.
-Sho, ¿qué haces aquí?
Siente el rubor de sus mejillas tostadas: alza la mirada hasta Natsumi, quien lo escudriñaba, extrañada de su mutismo, hasta que cae en cuenta- Perdón: deseabas estar solo…
-No-No, no es eso…- musitó, en su intento por detenerla. Natsumi deja de subir las escaleras, para ponerle atención- Yo, Natsumi: tengo que hablar contigo.
La bruna frunció el ceño: de pronto, recordó la ayuda que le iba a prestar, para poder acercarse un poco más a Shouji.
-¿Me tienes noticias de él?- musitó, con la voz algo quebrada, a lo que carraspeó.
El teniente subía por las escaleras, cuando escucha la conversación.
El corazón le late con rapidez: se le seca la boca de impaciencia. Esa voz le era familiar.
-Sho, dímelo, ¿es por "él" que me quieres hablar?
El hombre adelanta pasos, hasta llegar al alcance de Natsumi- Yo sé con quién lo engañaste, Natsumi: ¿a quién pretendías cegar, todo este tiempo, teniéndole al lado?
La bruna intenta zafarse, pero el muchacho la aprieta contra sí; el agarre de Sho era cada vez más fuerte.
-¿C-cómo?
-… No quiero verlo aquí, Natsumi- el corazón se le salía por la boca; su secreto se descascaraba- ¡No quiero que le vean la cara de idiota a Shouji, mientras te revuelcas con ese tipo!
La bruna se apresuró a refutarle- ¡Te equivocas, Sho! Yo-no he tenido nada más con él…
-Pero está aquí, ¿no?- le respondía, sintiendo que cada palabra que profería era por su propio amor herido: la presencia nepotista del hombre que tenía poder sobre su cuerpo lo hizo azuzar la encerrona- ¡Te tiene controlada, a su merced!
Ya no podía emitir palabra: sólo le negaba fuertemente con la cabeza. La soltó, y Tsujimoto corrió hacia el piso superior.
El teniente se apoyó contra la pared: se afirmó la cabeza, a dos manos. No podía creer lo que había escuchado de sus labios.
Subió de dos en dos los escalones: apenas llegó donde su primo, lo asió contra la pared, completamente fuera de sus cabales.
-¿Quién fue, Sho?- el aludido estaba en silencio, no pronunciaba palabra, y el teniente se enfurecía cada vez más- ¡Vamos, traidor, tienes que decirme su nombre!
-No lo conozco, Shouji…- musitó Sho, a lo que el teniente frunció el ceño- Era una trampa para ella: en verdad, no sé quién es el tipo…
Lo soltó de su alcance: cabeceó un tanto, intentando encontrarle el sentido a tanto dolor. Este proceso que no tiene inicio ni final.
Se pega a la pared, a lo que Sho continúa- Es cuestión de tiempo, Shouji… Sabremos de quién se trata, en cuanto veamos a un oficial renunciar a su labor en el distrito.
Cuéntame al oído, muy despacio, muy bajito
Por qué tiene tanta luz, este día tan sombrío.
Cuéntame al oído, si es sincero eso que han dicho
O son frases disfrazadas, esperando sólo un guiño.
Cuéntame, cuéntame.
El cielo acostado detuvo el tiempo en el beso, y ese beso, a mí en el tiempo.
El cielo acostado detuvo el tiempo en el beso, y ese beso, a mí en el tiempo.
Cuéntame al oído a qué sabe ese momento.
Dónde quedan, hoy, los días en que aquello era un sueño.
Cuéntame al oído, dónde vienen hoy, tus miedos.
Si aún guardan sus caricias en la caja del recuerdo.
Cuéntame, cuéntame.
El cielo acostado detuvo el tiempo en el beso, y ese beso, a mí en el tiempo.
El cielo acostado detuvo el tiempo en el beso, y ese beso, a mí en el tiempo.
De cielo, acostado, detuvo el tiempo en el beso
Y ese beso a mí en el tiempo.
Del cielo acostado: nos detuvo en el tiempo
Nos detuvo en el tiempo.
Cuéntame al oído.
"Cuéntame al oído", La oreja de Van Gohg.
La lluvia de la regadera daba directamente en su cabeza: la temperatura de la ducha era elevada. El ruido de la bañera no atenuaba el llanto de Natsumi, quien golpeaba las baldosas con las palmas abiertas, tratando de concretizar el dolor que se auto producía.
Sho lo sabía, ¡maldita la hora en que le pidió ayuda a su verdugo!
Era claro que iba a abogar por su primo: y, por culpa propia, iban a saberlo todos los de la estación.
Cerró la llave de paso, que terminó con la lluvia convertida en un leve goteo.
Ya estaba el problema: sin duda alguna, dentro de unos cuantos días, él sabría que fue el capitán Arizuka con quien tuvo relaciones. El asunto era: ¿qué hacer?
Yoriko estaba enojada con ella; y a Miyuki no recurriría hasta que la situación no diera para más, cuando la noticia estuviese en conocimiento público.
Sólo existía una persona con la que debía hablar,… y no era una decisión sencilla.
Tras la apertura de los cerrojos, aparece la figura del inspector Arizuka.
Se quedó azul al verle: tras haber cerciorado con cautela que no fuera la casa de los Arizuka a la que parase a llegar, no supo cómo reaccionar ante la mirada extrañada del mayor.
No podía sacar palabra: ese hombre la miraba como si fuese un padre viendo a su hija llegar tarde de una fiesta.
- D-disculpe lo moleste, inspector: necesitaba—No sabía que se encontraba usted—
El inspector se apoya en una pared, dispuesto a esperar la explicación que intentaba verbalizar la oficial Tsujimoto: en realidad, para darle razón a la visita a las diez de la noche en la casa de su hijo.
Estaban en ello, cuando una voz que surgía del departamento los hizo salir del estupor.
-¡Vamos, padre! Dile a Nikaido que pase, que la pasta se va a enfriar: si ha llegado hasta acá, por lo menos que entre que hace—llega hasta el lugar, arremangándose la camisa para bañar a su hijo: levanta la vista, y no cabe en sí al descubrir la sorpresa de la visita- Oficial Tsujimoto…
La vista del Arizuka mayor dio hacia su hijo, y quedó aún más impresionado, al ver la mirada cargada de sentimiento de Kiohira.
Las caras de extrañeza eran un peso que Natsumi no podría tolerar con mediana perspicacia: estuvo llorando toda la tarde, se sentía vulnerable a cualquier ataque. Estaba por retroceder, cuando Kiohira la toma de la muñeca.
-Espéreme, baño a Takeshi y voy por mi chaqueta… Papá- miró hacia el inspector- Necesito que te quedes acá con mi madre: tengo algunas cosas que arreglar con la oficial.
-No, capitán: esto ha sido un error…- espetó Natsumi, aterrada por confrontar ahora a quien pensó que podría abordar con ligera espontaneidad- He importunado: será mejor que hable con usted después de—
-No- dijo Kiohira, espetando su autoridad en esa sola sílaba, sin darle salida a la oficial: no dejaría que se le escapara esta vez- Usted no se mueve de aquí: entre a la casa y me espera.
La hizo entrar, casi arrastrándola, puesto que la bruna se resistía: el inspector Arizuka, de pronto, se sintió invisible entre ellos dos,… y tal sensación sólo tenía una explicación racional.
La mujer sonrió, dispuesta a saludar a Nikaido, cuando se encuentra con una muchacha que no había visto en su vida: mira a su esposo, como si le pidiera una explicación de la presencia de la extraña en ese lugar, cuando Kiohira se le adelantó.
-La oficial Tsujimoto, de la estación Bokutou: Natsumi…- la acercó hacia la mujer, apoyando su mano en su espalda- Esta mujer es mi madre, la señora Arizuka.
La señora hizo una reverencia, a lo que Natsumi le secunda, con un saludo un poco más torpe. Sonríe ante sus gestos nerviosos y la insta a sentarse a la mesa.
-No le des mucho de comer, madre…- le previene el hijo, a punto de ir donde su hijo- Iremos a cenar.
Ambas mujeres miran hacia donde se encontraba Kiohira: más rápida fue la reacción de Natsumi, a quien casi le da una tortícolis por la acción.
Lamentable fue para ella, quien no tuvo tiempo ni de refutarle, cuando la matriarca de los Arizuka ya le tenía enfrente toda clase de dulces caseros: los ojos de la bruna se iluminaron ante los manjares que le proporcionaba la mujer.
Bizcochuelos, pies, struddels, alfajores y otras piezas de repostería que se llevaba a la boca con culposo placer: no entendía cómo,-con las manos de monja que tenía su madre-, el capitán Kiohira mantenía su buen estado físico: obviamente, se deducía la buena vida en el físico del inspector Arizuka.
-¡Muchas gracias por la comida!- agradeció Natsumi, ya habiéndose servido su porción generosa de glucosa.
La madre estaba por ofrecerle más, cuando aparece su hijo.
Estaba con una chaqueta café oscuro, pantalones negros, con una camisa italiana color celeste: se abrochó ambos botones de las mangas, ante la mirada embotada de la bruna.
Era guapísimo: se deducía por el traje policial,… pero, el verle en ropa de civil le hizo corroborar tal hecho.
El capitán Arizuka la pilló volando bajo: sonrió, como si hubiese logrado un objetivo.
Se despidió de sus padres y cerró la puerta: tras asegurarse de estar todo en orden, miró a la bruna- Sígame, por favor…
Caminaron, sin tocarse, hasta llegar al elevador: al entrar, Natsumi sintió como si la temperatura ambiente aumentara unos cinco grados. Tenía las mejillas sonrosadas, le sudaban las manos copiosamente: miraba de soslayo al capitán, quien mantenía la mirada enfrente.
Estaba a punto de dar pie atrás a la salida con el capitán, cuando las puertas del elevador se abren: camina tras de él, avanzando por el estacionamiento, hasta que el sonido de la alarma de auto del capitán los hizo detenerse.
Un hermoso Mercedes negro al que avanzó Kiohira: abrió la puerta del copiloto, en espera de su ocupante- Si me permite…
La bruna miró con terror la puerta abierta del automóvil.
-Mejor hablemos aquí—
-No le estoy dando alternativa, oficial Tsujimoto- mantiene la puerta abierta del automóvil, pero la mirada de la oficial no daba pie a que fuese a obedecer: el hecho lo enervaba.
Era un hombre de pocas palabras y de genio altamente volátil: no aceptaba de buen modo que contradijesen sus mandatos, por mucho que le gustara una persona.
-No me iré de aquí a salir con usted, como si fuésemos a una cena íntima; mucho menos, en la situación en la que me encuentro ahora- dijo Natsumi, con la respiración acelerada: si bien, no se encontraba bien de ánimo, sabía que cualquier descuido podría detonar el enojo de Toukairin-… Si salimos, iremos a un lugar privado: de todos modos, la conversación será corta.
-¿Ni un ánimo por hacer amena esta conversación?—
-No- espetó la bruna, sin dar cabida a nada que pudiese desbordar en un aligeramiento de trato- No entre nosotros.
El capitán se apoya tras su auto, con los brazos cruzados- ¿Y si decidiera que no habrá conversación, si no deja de tener estos tapujos tan desagradables, y me haga caso?
En otra ocasión, se habría enrojecido, le intentaría refutar, para finalizar el berrinche entrando al auto y dirigiéndose al restorán que él decidiera.
Camina en dirección contraria, sin importarle las réplicas del capitán Arizuka tras suyo: toma las llaves de su Yahama, cuando Kiohira la alcanza.
-De acuerdo, de acuerdo: ya lo entendí… Será como usted disponga. Por favor, no se vaya.
Lo miró con los ojos entrecerrados, para bufar luego: toma las llaves de su moto y la enciende. Se sienta en ella: asegura su casco y prende las luces. Mira hacia el capitán- Hay un bar, cerca de las lides de la ciudad: no me van a reconocer allí; tampoco a usted.
Levanta una ceja, suspicaz- Esto no me gusta, oficial Tsujimoto: soy capitán de policía, no es apropiado…
-Tampoco lo era el ir a cenar conmigo, ni el tenerme como secretaria personal en la estación- sonrió, con sorna- Pero, como ve, no hago mención de aquellas menoridades…
La burla le hinchó las venas de sangre: estaba furioso con esa mujer.
Se encaminó a su auto, al que le cerró la puerta del copiloto: luego, mira donde se encuentra la bruna- No me haga perder más el tiempo: vamos, antes que se haga más tarde.
Se adentra en su auto, mientras Natsumi hace sonar el motor de la motocicleta: tras el viaje de la bruna, acelera el automóvil Kiohira.
Desaparecen rápidamente del lugar, ante la mirada del inspector Arizuka.
Esa chica nuevamente, inmiscuida con su hijo.
-Quiero un par de cervezas y un plato de picadillo, por favor.
Se colocó en la parte más oscura del bar: se acerca el capitán a la zona más privada, y se sienta frente a Natsumi.
- Dígame entonces, ¿qué es lo que debo saber?
-… El hermano de Toukairin, Sho: él me ha amenazado… Sabe que me acosté con usted.
El capitán levantó una ceja, desinteresado- ¿Y: eso era todo?
Abrió los ojos, desconcertada- ¿Le parece poco?, ¡van a delatarnos!
-Por favor, oficial: ¿le ha creído semejante mentira?... Usted no se lo ha confidenciado a nadie, ¿con quién tendría que saberlo?- la bruna le miró con extrañeza, a lo que Kiohira prosigue en su explicación- A ver si me hago entender: este tal Sho, ¿se refirió específicamente a mí?
-… No- espetó Natsumi, meditando las palabras luego- Pero sabe que está en la estación, cerca de mí.
-Puede ser, puede ser, pero ¿por qué la advierte a usted, en vez de decirle inmediatamente a su hermano? Si yo lo tuviera,- una información certera, me refiero-, no tendría intermediarios para decirle lo que fuese necesario, con tal que no sufriera.
Se afirmó ambos brazos, pensando en lo extraño de la conclusión-… Bueno punto.
-Por supuesto, la explicación sería que ya lo ha dicho, lo cual se encuentra descartado, o…
-Que Sho no sea su hermano…
Se miraron al mismo tiempo, cayendo en la cuenta del engaño: la bruna niega insistentemente con la cabeza, mientras apura el trago de la cerveza- No puede ser posible, no: me niego a creerlo…
-… No es tan descabellado lo que ha supuesto: todo el tramado, las acciones en solitario, por parte de Sho. Es poco creíble que actúe así, siendo que es espectador del sufrimiento de su hermano, por buscar culpables…
-¡Es una tomadura del pelo, capitán! Son idénticos,… Además que—
Apretó los puños fuertemente, incapaz de poder pronunciar las palabras sentenciosas sobre algo que no desconocía.
Kiohira la observó, en espera de las palabras que iban a dilapidar sus ilusiones, cuando supo que no tendría la fuerza de decirlas. Se hizo hacia atrás: al parecer, no tenía intenciones de dejar morir su relación.
-Pierda cuidado, oficial…- dijo el capitán, mientras apagaba un cigarro en el borde del plato- El tipo no va a hablar mal de usted, en forma directa: no le conviene…
-Yo no me fio…- musitó, bebiendo un poco más de su shopero: en un instante, golpeó la base en la mesa, ya vacío- Me tendría por los cojones, de ser hombre.
El muchacho ríe solapadamente, a lo que Natsumi le increpa- ¿Y usted, a qué le ve lo chistoso?
-Verla con cojones me ha matado cualquier imagen provocativa en usted…- ante lo dicho, Natsumi esboza una sonrisa burlona- Buen intento.
-Hey, ¿cómo que "buen intento"?
-No se preocupe de ello, y póngame atención…- la bruna se acerca a él, intentando prestar atención, a pesar de sentir los embates de la cerveza en su cuerpo- Quiero que tenga cuidado con el tal Sho: no me da buena espina.
El sonrojo producto de la bebida le sentaba un aire casi angelical, hasta que el fruncido de su entrecejo y la palidez de su rostro borró cualquier atisbo de tranquilidad- ¿Con Sho: por qué dice eso?
-… Ese chico quiere algo de usted, y no me refiero a su amistad…
-Pero si he sido lo más cordial con— se detuvo, en el momento en el que sintió la mirada fija en ella: en el mismo instante, enrojeció de pies a cabeza- ¿Sho quiere algo conmigo, en ese tono?—
-… Por dios, Tsujimoto: ni que le pareciera raro…- sonrió el capitán, mientras seleccionaba una aceituna rellena.
-¡Y a usted qué le impresiona tanto: no me trate como una ofrecida!- lo señaló Natsumi, sumamente ofendida por las palabras de Kiohira.
-No me malentienda, oficial: sólo le digo que es evidente que Sho la está viendo con ojos que no son de hermandad- se acerca a ella, y baja la voz- Como mujer, siempre debe estar atenta y con cuidado, frente a cualquier cambio de actitud.
-Está rayando en la ridiculez…- masculló la bruna, comiendo del queso trozado en el plato.
-Bueno, si no me cree, ¡allá usted!: por mi parte, tendré al tipo entre ceja y ceja.
El escucharle decir tales palabras, le hicieron subir un calor sofocante por la garganta, hasta el rostro: era una indirecta de protección demasiado evidente.
-N-no es necesario que se preocupe…
Estaba diluida en sus pensamientos, cuando la voz de Arizuka, pidiendo la cuenta, la sacaron de su ensoñación: el mesero le dio la charola con la cuenta, a lo que Kiohira saca su billetera y coloca unos cuantos billetes.
Se levanta de su asiento, y saca las llaves de su auto- Ahora, viene conmigo, oficial: ha bebido, y no le permitiré manejar su motocicleta en ese estado.
La bruna frunce el ceño y se levanta con rapidez- ¡Usted también ha bebido!- señala ambas shoperas vacías.
La risa del capitán sale con facilidad, a lo que Natsumi frunce el ceño.
-Tsujimoto, por dios… ¡Qué memoria tiene usted!- le señala los mismos vasos vacíos- Están de su lado: sin decirle nada, se ha tomado ambas bebidas.
Iba a refutarle, cuando recuerda haber bebido las dos.
Refunfuña, con el rostro enrojecido, mientras su jefe la mira con sorna.
-Ríase no más, capitán: tal vez haya ganado esta batalla en contra mía, pero sé bien cuáles son sus intenciones conmigo…- lo señaló, con las cervezas aún bailoteándoles en la cabeza- ¡Y no lo conseguirá, aunque tenga el físico que tiene y los autos costosos: no soy ese tipo de mujer! ¡¿Me ha escuchado?!
Se va delante de él, escuchando la risa burbujeante de Arizuka tras de sí.
El auto se detiene en el estacionamiento del departamento de la bruna: la ayuda a bajar la motocicleta. Suben al departamento, mientras la oficial lo mira con enojo, cada vez que la seguía.
Al llegar a su apartamento, ante la mirada fija del capitán, la bruna tambalea, intentando dar con el cerrojo de la puerta de su apartamento: es tal la mirada que le envía la sombra que tenía pegada al cuello, que se distrae y se le caen las llaves al piso.
-¡Me lleva la puta madre!- grita la oficial, de un golpe de pie en el suelo: mira con escrutinio al auto invitado- Y usted, ¡¿qué espera para irse?!
-¡Qué carácter, oficial! Le recuerdo que está hablando con un superior en rango: dos escalones, si mal no me equivoco…- contó mentalmente, con una ceja alzada, mientras verificaba.
-¡No me importa!: está frente a una propiedad privada…- se agacha a buscar la llave, pero cae al piso.
Estaba mareada: debió haber comido algo más, antes de tomar como había bebido.
Iba a hacer amago de levantarse, cuando el capitán la toma de la espalda y por el recoveco de sus rodillas y la lleva rápidamente hasta adentro del departamento.
Cierra la puerta de una patada: Natsumi aún estaba con la cabeza revuelta, por lo que no le dio tiempo para recriminarle el hecho de estar dentro de su apartamento.
La coloca en el sofá con cuidado: se da la vuelta, cuando una pesa lo hace tropezar. Intenta levantarse, pero siente la risa cantarina de la bruna, burlándose de él.
-No, no, ¡no, no, no!- niega la bruna, al verlo acercarse a ella.
-¡Cómo se le ocurre tener tamaño objeto en el suelo!
-¡No es mi padre para replicarme!- se aleja de él, apegándose al brazo del sofá lo más posible.
Se sienta en el sofá, frente a la oficial, con el ceño fruncido- … No me agrada, Tsujimoto.
Ante cualquier universo posible,-¡cualquiera!-, jamás pensó escuchar aquellas palabras del capitán Kiohira: se acomodó en su asiento, confundida por un discurso que la catapultó en la incertidumbre.
-Usted tampoco me—
-¡No he terminado de hablar!- espetó el capitán, haciendo amago de su cargo: Natsumi intenta escaparse de él, de esa persona tan atrayente. Trata de desasir el agarre del Arizuka, -quien la tenía afirmada de un brazo-, pero no puede- Usted es una persona desordenada, impuntual: no tiene ni una cuota de comedimiento…
Aprieta los brazos, en su esfuerzo por emparejar la fuerza contraria que la tiró contra el respaldo del sofá, pero termina con ambos brazos forzadamente apegados a cada lado de su cabeza.
La mirada desafiante de la oficial aumentaba la afrenta.
-¡No trabajo para complacerle el día, Arizuka!: mucho menos, si laboro con un mandamás estreñido…- le increpa, mientras trata de quitárselo de encima.
-¡A eso me refiero! Ningún respeto por sus superiores; ni siquiera por mi padre… Siempre haciendo lo que quiere. ¿Qué tipo de capitán estúpido, falto de gusto, completamente loco, estaría interesado un ápice en un prospecto de mujer, como usted?- la última pregunta, era más para sí, que para su adversaria.
La bruna palideció de la indignación: quiso alejarle, cuando cada vez estaba más cerca de su rostro…
-¡Qué quiere, qué quiere de mí!- masculló la oficial, incapaz de poder evitar que el capitán, de un zarpazo, abriera su boca y la besara con avidez.
Aprieta los puños, aún apresados por su superior: entre el ajetreo, la seudo lucha que intenta imponer la bruna, el capitán suelta sus labios y espeta un bufido.
La bruna le estaba dando una buena lucha, pero él no estaba acostumbrado a perder así de fácil: ya la tenía entre sus brazos, ¡no la dejaría escapar!
La asía a sí más abajo, hasta que la tiene bajo él, prácticamente: ya más acomodado, vuelve a besarla lento, ya adentrado en la profundidad de su boca. Natsumi gime en el beso, lo que aumentó la temperatura corporal del capitán: la apresa entre sus brazos, y vuelve a sumergirse en el sabor de su lengua.
Natsumi lo patea, pero sus fuerzas comenzaron a menguar.
Intenta, de verdad lo trata de hacer: pero ya estaba tan cansada de luchar por todo.
Quizás le quedaba eso, solamente: rendirse; darse por vencida.
Le pidió perdón a Shouji en silencio, por lo que iba a hacer.
Y, de un momento a otro, sin que el muchacho se diera cuenta, dejó de apretar los puños.
Continuará…
Hola a todos! El nuevo capítulo... cada día, con más intriga..
Saludos y envíenme sus reviews, para saber cómo está el fic.
Gaby-chan.
