Hola de nuevo. Ha pasado un mes y lo prometido es deuda, aquí tenéis vuestro capítulo. En este os he preparado una sorpresa, algo que, estoy seguro, no os esperáis.

Intentaré publicar el 5 del mes que viene el próximo capítulo.

Disfrutad.

El cielo se debatía aún entre el azul brillante del mediodía y los arreboles sonrosados de la aurora, dando al cielo un aspecto entre lo celestial y lo infernal, como un ángel caído del Edén.

En aquella carretera, que se extendía de un extremo a otro del horizonte, no se oía más que el sonido de las piedras al ser aplastadas por los pies de un solitario caminante.

A lo lejos se perfilaba la silueta de una gasolinera, recortándose contra el cielo infinito.

Dante siguió caminando por la autovía, sin muestra alguna de cansancio aún a pesar de que el calor iba, poco a poco, invadiendo el aire a su alrededor, o de haber estado caminando durante toda la noche.

Finalmente llegó a la gasolinera, la cual parecía no haber abierto aún. Se acercó a la puerta e intentó abrirla en vano.

Ya estaba liberando a Messor de su vaina para romper el pomo cuando un claxon sonó a sus espaldas, sobresaltándole y haciéndole darse la vuelta rápidamente, enarbolando la espalda hacia un amenazador volkswagen de segunda mano.

Del vehículo salió una muchacha de su edad, con el pelo ensortijado y rubio como el sol que se alzaba por el este. Llevaba puesto un mono que en su momento pudo ser blanco pero la grasa de coche y la suciedad lo habían tornado en un marrón como el del café aguado. En una mano sujetaba un bate de aluminio que, si bien no era una espada capaz de cortar por la mitad a una persona, ofrecía la amenazante sencillez de unos cuantos huesos rotos.

—Si quieres entrar— dijo, balanceando el peso del bate de una mano a otra— tendrás que esperar como todos los demás.

Dante la miró fijamente y sus ojos soltaron chispas doradas antes de contestarla con una voz que poco se distinguía de un gruñido.

—Quiero comida.

La chica se le quedó mirando un momento, intentando de discernir como de peligroso podía ser un adolescente lleno de polvo con lo que, a sus ojos, parecía una espada de plástico medio doblada. Después se acercó sacando las llaves del bolsillo y abrió la puerta de madera, entrando al interior.

—Siéntate por ahí— indicó señalando vagamente hacia su izquierda—, ahora te llevo el desayuno.

Dante se sentó frente a una mesa redonda de madera, mirando impaciente hacia la nada, tratando de acallar los sonidos de su estómago, que pedía alimento.

Apoyó el codo desnudo en la mesa, pero este se quedó pegado a la misma, debido a la suciedad.

Cuando consiguió separarlo de la trampa atrapacodos que era la mesa, pasó el dedo por encima, al cual se quedó pegada una capa de algo pegajoso de color marrón, como si hubiesen barnizado la mesa con dulce de leche.

—Tenéis esto guarrísimo—gritó hacia la puerta por la que había desaparecido la chica

Esperó un momento y al no oír respuesta, volvió a gritar. Como siguió sin recibir una contestación, se levantó, acercándose a la barra del bar tras la que se había ido la chica.

—¿Hola?— interrogó a la oscuridad de la cocina

De nuevo sólo hubo silencio, así que, apoyado una mano en la barra, saltó sobre esta y cayó en el puesto de trabajo de los camareros. Al golpear el suelo sonó el suave tintineo de los vasos al entrechocar entre sí.

Lentamente, Dante se adentró en la oscuridad, buscando a tientas un interruptor de la luz. En un momento dado alcanzó un punto de la pared en el que había un botón; suponiendo que era la luz lo pulsó.

La habitación se inundó de repente con un sonido estridente y ruidoso, que le reverberó en el pecho. El chico dio un salto, alejándose de un salto del botón y golpeándose contra la esquina de metal de una encimera, que le hizo encogerse de dolor por un momento y maldecir como puede maldecir alguien que apenas conoce una palabrota decente.

Acto seguido se encendió la luz y forma de la chica se recortó contra una puerta que daba a otra estancia.

—¿Pero tú estás tonto?—preguntó la chica con una mueca de incredulidad—¿Para qué enciendes la trituradora? Encima casi te caes dentro.

—Te estaba buscando—contestó el pelinegro al levantarse de su sitio—. Te llamé pero no contestaste, así que vine a buscarte.

La chica le dedicó una mirada de arriba a abajo, juzgando cuáles podían ser sus verdaderas intenciones y los motivos reales de su presencia allí.

—Estaba cambiándome—dijo cogiendo una esquina del delantal lleno de manchas con la punta de los dedos—. No voy a hacerte el desayuno sin antes proteger mi ropa.

Quedaron en silencio por un momento, mirándose el uno al otro a los ojos. Pasaron los segundos, entonces Dante habló con una voz inexpresiva.

—Tenéis las mesas muy sucias.

Como única respuesta recibió una balleta arrojada directamente contra su rostro.

Dante salió de la cocina a paso lento, ya con el trapo en la mano y un concepto aproximado de como se limpiaba una mesa. No recordaba haber limpiado nunca una mesa, ni siquiera haber visto limpiar una mesa. Una vez vio a Austin limpiar una silla, no debía ser muy diferente.

Recordando lo que su mejor amigo hizo una vez, empezó a limpiar la mesa, en círculos, lenta y pacientemente. La suciedad ocasionada por los restos resecados de las cervezas derramadas quedaban pegados a la balleta.

Cuando por fin quedó satisfecho y pudo ver su rostro reflejado en la mesa continuó limpiando su silla; después, limpió la mesa de al lado, y la siguiente, y la de después de esa.

Se encontraba limpiando la sexta mesa cuando la sala se inundó con crujido espectral de la puerta de la cocina al abrirse.

La rubia llevaba una bandeja con comida la cual dejó en una de las mesas que Dante le había señalado.

Después se acercó a la barra y, cogiendo dos tazas del anaquel de la encimera, preparó dos vasos de leche como para ahogar a una persona de tamaño medio. Volvió a la mesa y los puso con un golpe fuerte, que derramó una parte de la leche, causando una pequeña inundación.

Dante se sentó a la mesa y la chica hizo lo mismo al otro lado de la misma, dedicándole una mirada atenta, como un conspirador esperando a que su rey se bebiese hasta la última gota de la copa que pondría fin a su reinado.

El chico respondió cogiendo un plato de la bandeja, uno de los vasos y poniéndose a comer con la voracidad de quien ha cruzado un desierto sin poder apagar su hambre y su sed. En cambio su acompañante comía lenta y refinadamente, como si detrás de aquellas ropas sucias y gastadas se escondiese una reina digna de tal nombre.

Dante se metía la comida en la boca rápidamente, como si de ello dependiese toda su vida. Sus ojos mostraban cierta locura animal, cierta bestialidad extraña con cada mordisco. Al verle uno no podía evitar la fugaz imagen del pelinegro arrodillado sobre un cadáver, con la boca y las manos manchadas de sangre humana.

Apartó la mirada del plato y la fijó en la joven. Sus ojos dorados eran salvajes y su sonrisa parecía sugerir una sola palabra. Caníbal. Eso fue la último que jamás pasó por la mente de la chica.


A Austin le dolían las piernas por el incesante traqueteo y el tacto afilado de las escamas de Festus; le lloraban los ojos a causa del viento que le golpeaba la cara de forma incesante; y los oídos le pitaban de tal manera que pensaba que le iba a explotar la cabeza y llenar todo de sesos. Casi le parecía que nada podía ir peor. Después Leo empezó a contar chistes y todo empeoró aún más.

El hijo de Apolo no conocía especialmente a sus dos compañeros. Posiblemente era el menos social de entre todos sus hermanos, que generalmente brillaban entre la multitud en un sentido casi literal. Will les conocía mejor debido a su relación con Nico.

Con quien más relación tenía era con el más reciente hijo del dios del Inframundo. Le conoció en la clínica, cuando se lo asignaron como paciente y una vez despertó, se enamoró terriblemente de él. Will bromeaba a menudo sobre la relación entre los hijos de Apolo y los de Hades.

La voz del hijo Hefesto le llegaba amortiguada por el viento que agitaba sus cabellos, como si cruzase gruesas paredes de piedra antes de llegar hasta él.

—Entonces— empezó a decir el latino—, tú estás buscando a Dante ¿Me equivoco?

—No— respondió secamente—, no te equivocas.

El silencio volvió a invadirlo todo, pasó un momento y el latino volvió a hablar.

—Nosotros buscamos a Jason

El hijo de Apolo asintió con un ruido ininteligible y siguió sumergido en sus pensamientos.

—Desapareció en mitad de la nada— dijo de nuevo el hijo del dios de la fragua, intentando iniciar una conversación de verdad y no un monólogo como aquel.

Cuando Austin fue a repetir de nuevo un vago asentimiento, la voz de la tercera miembro del equipo se impuso firmemente

—Mira—comenzó a decir la hija de Afrodita en un tono casi punitivo—, sé que te preocupa Dante y que ahora te importa bastante poco encontrar Jason. Además no nos conocemos mucho, pero lo mínimo que podrías hacer es poner un poco de tu parte.

Durante unos segundos sus miradas se enfrentaron y los ojos azules combatieron a los multicolor, pero no pudieron resistir su embate y, finalmente, Austin se rindió con un suspiro.

—Intentaré mejorar mi actitud de ahora en adelante.

Piper asintió satisfecha antes de seguir hablando

—Eso espero. Ahora dinos, sólo le conoces desde hace apenas un mes ¿Qué te hace querer buscar a Dante tan intensamente?

Austin enrojeció, apartó su mirada, ocultó el rostro por todos los medios posibles, pero acabó contestando igualmente, cargado de vergüenza.

—Tal vez, aún a pesar de conocerle desde hace poco le haya cogido cierto... cariño.

—Bueno— añadió Leo de forma repentina un poco para sí mismo—, yo ya era el mejor amigo de Jason antes incluso de conocerle. Supongo que tiene sentido en cierto modo.

—Y yo su novia

Las cejas del rubio se arquearon en una mueca de extrañeza.

—Eso tenéis que explicármelo

Leo empezó a contar la historia de como nueve semidioses salvaron al mundo, derrotando a la propia Tierra.

Entonces un rayo cayó del cielo, golpeando a Festus, que empezó a precipitarse lentamente hacia el suelo.


Jason abrió los ojos y todo lo que pudo observar era negro. Ante sus ojos se extendía sólo un velo como el alma del más malvado de los hombres.

Se incorporó, no sin esfuerzo, con la cabeza dándole vueltas. Alzó las manos para tocarse el rostro y las vio claramente, recortadas contra la oscuridad casi sólida.

Miró abajo y pudo ver su cuerpo entero, rodeado de aquella oscuridad. Bajo sus pies, algo parecía brillar con luz propia, se movió un pasó y lo que vieron sus ojos le estremeció.

Allí, a mil millones de kilómetros bajo sus pies, estaba la Tierra, redonda y perfecta, hermosa como nada que hubiese en ella.

Miró arriba y pudo contemplar las infinitas estrellas, las constelaciones que dibujaban historias enteras. Allí arriba relucían las galaxias y nebulosas; y se paseaban majestuosos los planetas.

Tras el brilló una luz naranja y al darse la vuelta tuvo que apartar la mirada, pues allí estaba el mismo Sol.

El astro rey parecía ocupar todo la existencia, llenándola con su luz y su calor.

Cerró los ojos, cegado por la luz, y cuando los volvió a abrir, el Sol ya no era más que una gran punto en el firmamento.

Se dio la vuelta y vio la Luna, blanca, limpia y pura; como una perla puesta en el cielo.

Después de ver, Jason pudo oír. Oyó el lento y arrogante crepitar del Sol, en dúo con el aria armoniosa de la Luna; el coro silencioso de las estrellas; el canto solemne de los planetas. Todo ello en una sinfonía que le estremecía el corazón y le soltaba las lágrimas, que caían y se perdían en el vacío entre estrellas.

Pensó en como le gustaría que Piper viese aquello, y entonces se dio cuenta de que se encontraba solo, no sabía dónde estaban sus amigos ni donde estaba él.

Dio un paso y su pie nunca llegó a tocar el suelo, manteniéndose simplemente apoyado en el aire, sin notar la solidez de la tierra firme pero sin caer hacia ninguna parte, simplemente se mantuvo allí, flotando en mitad de la nada, medio metro más adelante de su posición inicial.

Dio otro paso en aquel reino de luz, y luego otro, hasta que se acostumbró a que su pie no se plantase sobre el frío pavimento.

Siguió caminando durante lo que le parecieron horas, entonces, cuando decidió que no merecía la pena caminar más, alguien le tocó en el hombro. Se dio la vuelta rápidamente, desenfundando su espada.

Frente a él, estaba su hermana.


El sol ya se ponía cuando los tres semidioses llegaron a la puerta del túnel.

En cuanto lo tuvieron en frente unas lanzas les cortaron el paso, cruzándose frente a la entrada.

—Identificaos— dijo una de los soldados, con un tono frío y marcial como el metal de su espada.

Era rubia, pero no del color rubio del pelo de Annabeth, sino de ese color rubio dorado y fantasioso de las estrellas de Hollywood en sus películas y que sólo puede ser producto de la manipulación digital. Sus ojos eran verdes como las esmeraldas y sus labios rojos como los rubíes. Los pequeños dientes que asomaban al hablar eran del blanco nacarado de las perlas.

Al otro lado se encontraba una chica delgada y pálida, con un pelo negro y vaporoso que llevaba peinado en una larga melena que le caía por la espalda. Tenía una belleza solemne y espectral; casi parecía la aparición de un espíritu de tiempos pasados que ha decidido pasearse por la Tierra.

—Yo soy Percy y estos son Annabeth y Nico—dijo el pretor emérito—. Somos semidioses griegos en medio de una misión. Nos gustaría descansar y visitar a unos amigos en la ciudad.

—Pasad— dijo la rubia—. Os acompañaré hasta el campamento y ya de paso os echo una mano encontrando unas literas.

Tras estas palabras, las pila volvieron a su posición original, permitiendo el paso a los semidioses.

Cruzaron el túnel, acompañados de la rubia mientras que su compañera se quedaba a vigilar la entrada, apoyando su peso en la lanza.

Una vez atravesaron el túnel el valle de la Nueva Roma se abrió ante ellos, con el campamento Júpiter a las orillas del Pequeño Tíber. A lo lejos se veía como la colina de los templos había aumentado su concentración de lugares de culto.

La romana les guió al campamento, donde, dirigiendo unas maniobras desde el aire montada en pegaso, se encontraba Reyna.

La hija de Belona les vio y descendió al suelo con la elegancia y porte regio de un desfile militar.

Los semidioses se saludaron con comedida efusividad y se dirigieron hacia la ciudad.

—Retírate Anne— dijo la pretora dirigiéndose a la soldado que les había llevado hasta allí—, yo me encargo de ellos.

La chica asintió y se fue con un saludo marcial. Cuando se hubo ido, Rachel se dirigió a los griegos.

—¿Qué hacéis por aquí?¿Estáis de misión?

—Traemos noticias— anunció Nico con un tono tan sombrío que casi oscureció el aire—. Y no son precisamente buenas.


Las estrellas brillaban en el cielo nocturno, observando silenciosas el soliloquio que acontecía en el mundo bajo ellas.

El primer grito resonó por todo el desierto y partió en dos silencio como un trueno que golpea furioso la tierra.

—¡ME OBLIGASTE A HACERLO!

«Pero admite que gustó su sabor»

El rostro del chico se encogió en un gesto de repugnancia y pavor hacia la voz.

—Era una persona inocente— dijo con la voz colmada de horror— y la has matado.

«¿Yo la he matado?» Preguntó la voz con sorna «¿Fui yo quien empuñó la espada? ¿Rasgué yo su carne?» Se relamió sus labios inexistentes «Sin duda no fui yo quien comió de su cuerpo y bebió de su sangre»

—¡Me obligaste a hacerlo!— gritó con lágrimas en los ojos—¡Siempre que me obligas a hacer el mal dices que es culpa mía!

«No mientas muchacho. Disfrutaste con ello tanto o más de lo que disfrute yo viéndote hacerlo»

—Eres un monstruo— escupió el pelinegro lleno de odio.

«Y tú tanto como yo»

—¡Si lo hice fue por tu culpa!

«Por supuesto» Contestó la voz orgullosa «A fin de cuentas, eres el hijo del Rey Caníbal»

Espero que os haya gustado. La verdad es que esté no es de mis mejores capítulos y he acabado de escribirlo hoy mismo y a lo mejor hay algún error por ahí suelto, si veis alguno, por favor, comunicádmelo.

Cualquier cosa que queráis comentarme, lo que sea, ya sea una duda, una sugerencia, o lo que sea, por favor, escribídmelo en una review.

Nos leemos.