Jaja, más de 20.000 palabras de relato, feliz Navidad 8D Pido disculpas, por la extensión y por el retraso, pero espero que lo disfrutéis XD
Prompt: Family portrait
Word Count: 21.082
Summary: Antes de desaparecer de sus vidas, Héctor había dejado tras de sí una foto familiar junto a su esposa y su hija. Una foto que Coco rompió para proteger a su madre y que Imelda se había acostumbrado a ver incompleta. Ahora que Héctor estaba de vuelta en casa, sin embargo, ya era hora de devolverle el lugar que le correspondía en el retrato familiar.
Popurrí (II)
Aquella había sido probablemente la peor decisión de sus veinte años de vida. Imelda sabía que era una pésima idea enredarse en ese pensamiento, pero resultaba imposible ignorarlo justo ahora, con los nervios de punta, el estómago del revés por la tensión y un bebé en sus brazos que no paraba de berrear a pleno pulmón.
—Ya, ya, Coco, mi amor —balbuceaba, meciendo a su hija insistentemente—. Está bien, m'ija, shhh, shhh…
Ella redobló sus berridos. ¿Estaría enferma? ¿Se encontraría mal? ¿Tendría sueño, hambre, gases? ¿La estaba agitando demasiado? Dios santo, ¿por qué lloraba así?
—Haz que se calle de una vez —gruñó Ernesto desde el asiento de enfrente, con la cara hundida en una mano.
—Me encantaría que fueras tú quien se callara —escupió Imelda en respuesta.
—Lo ideal sería que nos callásemos todos —intervino Héctor, con una tensa sonrisa que se tornó aún más tensa cuando su esposa y su mejor amigo lo fulminaron con la mirada.
El día había ido mal desde el principio. Su tren no salía hasta primera hora de la tarde, pero aquel estúpido viaje la tenía tan nerviosa que se había pasado toda la mañana corriendo de un lado a otro, recogiendo y limpiando como si fuesen a pasar un mes fuera. Quizá ponerse a fregar el suelo de toda la casa y lavar la ropa no había sido lo más acertado, pero también había hecho y deshecho las maletas cinco veces, había preparado comida para toda la semana, le había gritado a Héctor por darle de comer a Coco demasiado despacio (maldita sea, quizá por eso la pequeña se sentía mal ahora) y, aun cuando ya estaban subiendo al tren cargados de paquetes, seguía repasando por enésima vez todo lo que llevaban con la horrible sensación de que no había guardado suficientes pañales o comida o lo que fuese, y eso desencadenaría una hecatombe.
—Te dije que lo único que necesitabas era la guitarra, una muda y el charro blanco, Héctor —le había espetado Ernesto después, mientras intentaban acomodar los bultos en el portaequipajes—. No nos estamos mudando de ciudad, estaremos fuera dos días.
Y Héctor se había paralizado, con la maleta en el aire.
—El charro blanco —musitó, mirando a su mujer con los ojos muy abiertos—. ¿Lo metiste?
No, no lo había hecho. Distraídos con las cosas de Coco, ninguno de los dos se había acordado, el tren ya estaba en marcha y Ernesto, cuya paciencia llevaba días al límite, había estallado con un rugido de frustración.
—¡De veras, tenías una cosa de la que acordarte!
—¡Teníamos mil cosas de las que acordarnos!
—¡Con qué pretendes tocar mañana en la que podría ser la oportunidad de nuestras vidas!
—¡Pues con este mismo charro, qué importa! Vamos a actuar, no a un pase de moda.
—¿Pero por qué eres tan tarugo, Héctor? ¡La imagen es lo que marca la diferencia en una actuación!
—La música es lo que marca la diferencia en una actuación.
—¡Vamos a tocar en el Mier y Terán, no en la plaza del pueblo!
—¡Ay, ya relájate, Ernesto!
Ya fuese por la discusión o por la simple tensión acumulada a lo largo de aquel día tan extraño y tan fuera de su tranquila rutina, Coco había empezado a llorar entonces. Y así seguía, ajena al estrés de su madre, el tic nervioso que agitaba una de las piernas de su padre, los gruñidos de Ernesto y las miradas cada vez más irritadas del resto de pasajeros del vagón.
—Mi vida, por favor —repetía Imelda, casi sacudiéndola ya—. Por favor, cálmate…
—Trae, déjame intentarlo —musitó Héctor por fin, y alargó los brazos hacia ella.
Imelda se apartó de golpe.
—¿Qué haces? —masculló entre dientes—. Tú no tienes que ocuparte del bebé.
—¿Pero qué dices? —siseó él.
—¿Quieres avergonzarme delante de toda esta gente? Yo tengo que ocuparme de ella.
—Imelda —Héctor se frotó la frente—, hace mucho calor aquí dentro, solo la sacaré un poco afuera para tomar el aire. Quizá así…
—¿Afuera? ¿Es que perdiste el juicio? ¿Y si…?
—No la dejaré caer a las vías, no soy estúpido.
—No voy a…
—Imelda —repitió, más firme esta vez, con una amplia sonrisa de dientes apretados—, déjame sacar a Coco de aquí antes de que nos arrojen a las vías a nosotros.
Tenía la sensación de que todo el mundo los estaba mirando. Menudo espectáculo. En la intimidad de su casa podían hacer lo que les viniera en gana; no importaba que fuera Héctor quien mejor dormía a Coco, o quien tenía más maña para calmarla, o quien más la hacía reír, o quien se inventaba los juegos más divertidos. Ella lo miraba y se sentía orgullosa de él, de lo mucho que adoraba a su hija y lo mucho que se implicaba en su cuidado. Pero fuera de casa, la responsabilidad era suya, de ella, y una madre incapaz de calmar a su propia hija era una madre inútil. Sentía que Héctor la estaba poniendo en evidencia. Sentía los ojos de Ernesto clavados en ellos como puñales. Pero también sentía sus propios ojos húmedos y un nudo de desesperación en la garganta; y cedió, porque si había algo peor que una madre inútil era una madre histérica.
Asintió con la cabeza e hizo amago de pasarle a Coco. Ernesto bufó.
—Quítate al menos la chaqueta, hombre, ¡solo faltaría que la cría te vomite encima o algo!
Héctor debía estar hartísimo de ambos, porque puso los ojos en blanco y rechinó los dientes, con su cara de Dios mío, dame paciencia. Pero se quitó la chaqueta, tomó en brazos a su hija y recorrió el pasillo a zancadas hasta desaparecer tras la puerta posterior del vagón. Después de lo mucho que les había perforado los oídos el llanto de la pequeña, el repentino silencio se hizo hasta ominoso. Durante un momento, Imelda contuvo la respiración, con la espalda recta y las manos en el regazo, haciendo un esfuerzo por mantener la dignidad, aunque sabía que estaba empapada de sudor y le ardía el rostro. Poco a poco, la tensión comenzó a rebajarse. Al traqueteo del tren se fue uniendo el murmullo de las conversaciones. Y solo entonces se permitió ella dejar escapar el aire y encarar a Ernesto, que no había dejado de mirarla fijamente ni un segundo, con los brazos cruzados y expresión pétrea.
—Ahórratelo. Yo soy la primera que no quería venir.
—Pues no veo que decidieras quedarte —replicó él, y su voz le sonó cargada de veneno.
La ira casi la asfixió. Sus manos se crisparon y tuvo que apretarlas en sendos puños para no cerrárselas a aquel odioso malnacido en torno al cuello.
—¡Es nuestro aniversario, Ernesto!
Este suspiró con exagerado dramatismo, como si se dispusiera a explicar algo muy básico a una persona muy estúpida.
—¿Y qué? ¿Qué importa eso? Es un día como cualquier otro, Imelda. Es más: no pensé que fuese necesario decirte esto, pero si te casas con un músico el Día de la Independencia es obvio que tu esposo tendrá que trabajar el "día del aniversario". No nos podemos permitir quedarnos en casa mano sobre mano en fechas como estas.
—¡No nos casamos el Día de la Independencia! —gruñó ella, obligándose a mantener la voz en un susurro—. Nos casamos hoy, día 14, fiesta de la Santa Cruz de los Milagros, advocación de nuestra parroquia. Algo que debería usted saber, señor de la Cruz.
—No me vengas con el sermón, no me interesa.
—¡Pudiste programar esta pinche actuación para el mismo día 16!
Ernesto soltó una risotada.
—Claro que sí. Cuando seamos famosos, quizá. Pero mientras, ¿te haces siquiera una idea de lo importante que es haber conseguido un hueco para tocar en el teatro de Oaxaca en la víspera de la fiesta grande? ¡En el teatro, Imelda! No seremos los artistas principales, pero estaremos ahí, en el escenario del Mier y Terán, no en una plaza ni en una cantina de mala muerte. Y habrá gente importante, el tipo de gente que podría abrirte puertas si llamas su atención. ¿De veras pretendes decirme que su aniversario de boda tiene prioridad?
—Que nuestro aniversario no signifique nada para ti no quiere decir que no signifique nada para nosotros.
—¿Sí? Pues Héctor no le encontró inconveniente a la fecha hasta que tú te pusiste loca con el tema. —Fue un golpe bajo y tuvo justo el efecto que él pretendía. Imelda se envaró y la mirada de Ernesto se afiló aún más—. Sigue atándolo en corto como si fuese tu perro en vez de tu esposo y el día más inesperado te llevarás una desagradable sorpresa. Si tanto lo quieres, déjalo trabajar de una buena vez. Bien podías haberte quedado en casa calentándole la cama hasta que volviéramos el jueves, eran solo dos malditos días. ¿Tan urgida estás?
Imelda se levantó de un salto, tan bruscamente que la pareja que estaba sentada al otro lado del pasillo brincó por el susto. Ernesto, sin embargo, ni siquiera se inmutó. Le sostuvo la mirada con una ceja enarcada, y ella deseó poder arrancarse una de las botas y estrellársela en la cara.
—Eres lo más desagradable que he tenido la mala suerte de encontrar en mi vida.
—No, solo soy realista. —Ernesto se encogió de hombros—. Que a ti te disguste la realidad no es mi culpa.
Pero ella no honró aquello con una respuesta. Ya se alejaba de él a zancadas también, en dirección a la puerta trasera del vagón. Su relación con Ernesto nunca había sido muy buena, pero desde que Héctor y ella se habían casado era totalmente insoportable. Él nunca perdía oportunidad para machacarla. Pendejo hijo de perra, gruñó para sí, temblando de rabia. Aunque, cuando alcanzó la salida, temblaba más bien de desazón, amargura y… miedo. Mucho miedo. ¿De verdad a Héctor le había dado igual la fecha? ¿Le había parecido bien dejarlas solas en un día como aquel? Bueno, ¿y por qué no habría de parecérselo? Todo era cierto: él era músico, las fiestas importantes eran las épocas de mayor trabajo, y aquella era de verdad una oportunidad increíble. Ella debería estar feliz, ¿por qué demonios no estaba feliz? ¿Por qué aquel asunto había hecho que perdiera por completo los nervios?
Porque la idea de que el aniversario de su boda ya solo le importase a ella era aterradora.
Se alegró de que el aire le impactara de lleno en la cara al salir a la plataforma; así pudo echarle la culpa de lo mucho que le picaban los ojos.
—¿… y el cielo, eh? ¿De qué color es el cielo?
—Sul.
Héctor seguía ahí, con Coco en brazos, sujetándola con firmeza y aire experto para amortiguar el vaivén del tren. Su hija había dejado de llorar y, aunque aún parecía algo cansada, estaba mucho más tranquila.
—¿De veras? ¿No es amarillo? ¿O rojo?
—¡Na! —exclamó Coco con un brinquito, sonriendo ampliamente—. ¡Sul!
Imelda suspiró, notando que su propia tensión se aplacaba. Adoraba aquella sonrisa, que dibujaba hoyuelos en sus mejillas. Coco tenía la costumbre de morderse el labio inferior cada vez que sonreía así, con un aire travieso que siempre le arrancaba una sonrisa también a su madre. Esta vez no fue una excepción, aunque no logró aflojar el nudo que sentía en la garganta.
—¿Y la camisa de papá? Uy, esa es difícil…
—Anca. —Coco palmeó con sus manitas la pechera de la camisa de Héctor.
—¡Muy bien! ¿Y el pañuelo de papá?
—Ede. —Ahí estaba de nuevo la sonrisa traviesa, aún más pronunciada.
—¿Seguro? —Héctor entrecerró los ojos, acusador.
—¡Ojo! —chilló Coco, y ambos rompieron a reír.
Dios, ojalá estuviesen en el patio de casa ahora mismo. Ojalá… Imelda apretó los labios y se acercó a ellos, apegándose a la espalda de Héctor para envolverlo en sus brazos. Estaba tan flaco que ella llegaba a agarrarse sus propios codos y aun así no lo estrechaba del todo. Él se sacudió en una pantomima de escalofrío.
—¡Ay, nos atacan por detrás! ¡Ayuda! ¡Coco, sálvame!
—¡Qué nooo! —La pequeña no paraba de reírse—. ¡Papá! ¡Qués mamá!
Imelda se rio en un murmullo también y hundió el rostro entre sus omóplatos. Tenía la camisa húmeda por el sudor, pero no podía importarle menos. Solo quería quedarse allí aferrada a él hasta que el próximo tren los llevara de vuelta a casa.
—Mamá… —Coco se asomó desde el hombro de su padre, inclinándose para estirar un bracito hacia ella—. Hola, mamá.
—Hola, mi vida. —Imelda le besó la mano.
—Hola, mamá —repitió Héctor, girándose a medias para mirarla también. Sin embargo, su sonrisa decayó al ver su expresión—. ¿Qué sucede?
Ella volvió a enterrar la cara en su camisa.
—Ernesto es un… —Tuvo que morderse la lengua para frenarse delante de su hija.
El suspiro de Héctor sonó a puro agotamiento.
—Ignóralo, mi amor. Está molesto, y ya sabes que dice muchas bobadas cuando está molesto.
—No lo puedo ignorar si se la pasa mirándome como si fuese estiércol pegado a sus zapatos. Esto no fue una buena idea, Héctor, tendríamos que…
—Imelda —atajó él, volviéndose del todo para poder encararla—, por favor. Te pedí que vinieras porque quería que vinieras, quería tenerlas a ambas conmigo. Sé que… sé que el día está siendo un desastre, pero mejorará, ya verás. Pasearemos por la capital y disfrutaremos de la fiesta, será como una pequeña aventura, ¿sí? Algo distinto.
—¿Distinto? —La voz le tembló al decirlo y rezó por que hubiese pasado desapercibido con el ruido de la marcha—. ¿Tan… tan malo es hacer lo de siempre?
—No, no, claro que no, es solo que… —Héctor se mordió el labio e hizo una pausa, como eligiendo con cuidado las palabras—. No saliste de Santa Cecilia desde que nos casamos. No quiero que… Tú antes viajabas con tu papá, Imelda. Conocías los caminos, y en una época peor que esta. Quiero que veas que lo que hacemos es seguro. Mira, restauraron las vías, moverse en tren es muy cómodo, Oaxaca está cerca. Es nuestro primer viaje con Coco y aún tenemos mucho que aprender, pero viajar juntos no es imposible. La próxima vez podremos ir a dónde nos plazca y cuando nos plazca, solos nosotros tres. Incluso podrían acompañarnos más a menudo, ambas.
A Imelda se le ocurrían veinte cosas que objetar a aquel discurso, pero no tenía ánimo para discutir. Ahora no. De modo que se limitó a acurrucarse contra él, igual que hacía la propia Coco. Héctor la acogió, envolviéndola por los hombros con un brazo mientras sostenía a su hija con el otro, y las abrazó a las dos con fuerza contra su pecho hasta que la pequeña empezó a protestar. Él rio y le llenó la cara de besos, arrancándole otra risita por las cosquillas; pero, cuando se inclinó para posar un beso también entre el pelo de su esposa, esta solo lo estrechó aún más, buscando el arrullo de los latidos de su corazón.
Solo cuando él estaba ahí, junto a ella, muy cerca, se acallaba la inquietud que llevaba meses creciendo y creciendo en la boca de su estómago. Como el presentimiento de una catástrofe que esperaba agazapada a la vuelta de la esquina.
El trayecto en tren era relativamente corto, y aquello supuso un alivio. Pero, aunque todo les quedaba más o menos cerca de la estación, caminar hasta la posada cargando con el equipaje extra y con Coco supuso un fastidio que tuvo a Ernesto renegando desde que salieron del vagón hasta que pusieron los pies en el cuarto reservado.
—¿Dormiremos aquí? —jadeó Imelda, contemplando con desamparo la minúscula habitación, con dos simples camastros y una ventana—. ¿Los cuatro?
—Ya estaba todo previsto antes de que decidieras unirte a la fiesta —rezongó Ernesto, lanzando su maleta sobre una de las camas—. Es el sitio más barato y mejor ubicado que encontré. Lamento que no sea del gusto de la señora.
Imelda le dirigió una mirada asesina, pero Héctor se apresuró a colocarse en medio.
—Siempre ahorramos todo lo posible en alojamiento, mi amor —explicó con suavidad—. Al fin y al cabo, solo venimos a dormir, pasamos todo el día fuera…
—Exacto, siempre pasamos todo el día fuera. Así que agarra esa pinche guitarra y vámonos.
El joven matrimonio se envaró y exclamaron a coro:
—¿Qué?
Ernesto resopló con exasperación.
—¡Ándale de una vez, Héctor! ¡Llegamos con el tiempo justo, nos esperan!
—¡P-pero la actuación no es hasta la noche!
—¿Y quieres aparecer cinco minutos antes o cómo? ¡Tenemos que reunirnos primero con la gente del teatro para ultimar lo de mañana, y luego ir hasta la cantina esa a prepararnos y conocer a los demás! De veras, ¿es que te olvidaste los sesos en tu casa también hoy? Ya despabílate, que vinimos aquí a trabajar, no a hacer turismo.
Héctor la miró con la impotencia y la disculpa reflejadas en la cara, pero aun así dejó las maletas y tomó el estuche de la guitarra.
—Estaré de vuelta lo antes posible —balbuceó, casi tan desconcertado como ella.
Hizo amago de acercarse a darle un beso de despedida, pero Ernesto lo agarró del cuello de la chaqueta y tiró de él hacia atrás, protestando. La puerta se cerró de golpe tras ellos. E Imelda se quedó allí plantada, en medio de una habitación extraña, en una ciudad extraña, con la boca abierta y el alma en los pies.
—¿None? —demandó Coco, tirando levemente de la pechera de su vestido—. ¿None va? ¿Papá none va?
—Papá va… papá tiene que trabajar, mi vida —contestó, intentando sonreír para ella—. Luego vuelve con nosotras.
Coco miró alrededor con gesto receloso. La situación debió gustarle tan poco como a su madre, porque su boca se empezó a torcer en un puchero, y a ella le dio un vuelco el corazón.
—Nonono, no llores, mi amor, todo está bien, ¿sí? Mamá está aquí contigo. —La besó y la meció—. Mamá está aquí, Coco. ¿Tienes hambre? ¿Quieres que comamos algo, eh? —La pequeña negó con la cabeza, acurrucándose contra su pecho, y ella la estrechó hasta hundir el rostro en su pelo—. No llores, Coco. No llores, o lloraré yo también…
No lo hizo, aunque sí se quedó un rato largo sorbiendo por la nariz. Imelda se sentó a los pies de la cama y la acunó, cantando suavemente mientras Coco se adormilaba poco a poco. No tardó demasiado en caer rendida, pero incluso entonces, ella no se movió. Permaneció así, con su hija entre sus brazos, sin atreverse ni a pensar. El espejo que había en la pared le devolvió un reflejo que apenas reconoció: una joven ojerosa y despeinada, con más cara de niña perdida que de adulta competente. Se sentía un completo desastre. ¿Qué demonios hacía allí? ¿Qué demonios le estaba sucediendo?
Y porque esta vez estaba a solas, sin ojos desconocidos juzgándola en silencio, agachó la cabeza, apretó los dientes y dejó escapar las lágrimas que llevaba reteniendo todo el día.
Coco no durmió más de media hora, pero se despertó con mejor aspecto. Viéndola sonreír y corretear por la habitación, ahora más curiosa que asustada, Imelda también se sintió mejor y logró recuperar la compostura. No podía venirse abajo de esa manera tan absurda, Héctor tenía razón: siempre que su padre había tenido que viajar lejos de Santa Cecilia, ella lo había acompañado. Era perfectamente capaz de arreglárselas sola. No era ninguna cría débil e indefensa. Así que le dio a Coco algo de merendar, se encargó de dejarla limpia y seca y salió de la habitación con su hija en la cadera y los pañales en la mano, en busca de una fuente.
Héctor había insistido en que Ernesto consiguiera un pase para que Imelda pudiera verlos mañana en el teatro. En cambio, la actuación que el amigo de su esposo había programado para hoy (y que ella sospechaba que no era más que una excusa para obligarlos a viajar el mismo día 14) era mucho más modesta, en una cantina del centro, con el tipo de público que ella no querría tener a menos de diez metros de distancia. Era imposible acompañarlos allí, pero tampoco estaba dispuesta a esperar a Héctor encerrada en la habitación. En cuanto lavara los pañales, recogería un par de cosas y saldría a pasear con Coco, aunque tuvieran que hacerlo las dos solas.
Sin embargo, en torno a la fuente del patio de la posada había reunidas varias mujeres, y la acogieron en su círculo con esa abierta camaradería que da la experiencia compartida. Había también un puñado de chamaquitos jugando por allí, capitaneados por una niña de unos cinco años que los dirigía a todos con la eficiencia de un general en el campo de batalla. Aunque a sus dos años y dos meses Coco era probablemente la más pequeñita, no dudó en unirse a ellos, con sus risas, sus carreras y sus gritos. Era una escena agradable, casi familiar, e Imelda se permitió relajarse de una vez mientras lavaba junto a las demás.
La más joven de ellas amamantaba a un bebé de escasos meses al mismo tiempo que mantenía un ojo puesto en el resto de niños, por lo que apenas intervenía en la conversación. Pero las otras dos mujeres, ya entradas en la madurez, no tenían pelos en la lengua y se mostraban tan cercanas que, antes de darse cuenta, Imelda se encontró desahogando toda la frustración acumulada durante semanas. Sobre aquel trabajo, sobre el viaje, sobre el compadre de su esposo y sobre todo en general.
—¡Qué viajar es fácil! —exclamó una con un bufido, meneando la cabeza—. ¡Claro que sí! Fácil para ellos, que no tienen que pensar en nada más que en sí mismos. Pero como viajes en familia, ¿quién se ocupa de los chamacos en cuanto te subes al carro, eh? Te digo yo quién.
—Los hombres son muy ciegos para según qué cosas —apoyó la otra, asintiendo con solemnidad—. Se piensan que si algo a ellos no les da problemas, es que no le da problemas a nadie más.
—¡Y a ellos pocas cosas les dan problemas! ¿Que les da gana de orinar? Orinan en cualquier lado. ¿Que les da gana de dormir? Pues a dormir. Óyeme bien, ni una pinche noche dormí tranquila yo mientras viajaba cuando era muchacha, pendiente de que no se me colara ningún fresco bajo la falda. Por no hablar de que ellos no van chorreando una vez al mes como un puerco en día de matanza, ¿eh?
Hubo un murmullo general de asentimiento, e Imelda dio gracias al cielo por que su propio periodo no hubiese coincidido con aquel maldito viaje. Si hubiese tenido que estar pendiente de eso además de los pañales de Coco, habría sido el colmo.
—La vida en el camino no es para la mujer. Menos aún si tienes ya chamacos.
—Hay que echar raíces, pero no les hables de eso a ellos si tienen un "espíritu libre", que te ponen pies en polvorosa.
—Yo le dije al mío: óyeme, Chucho, que si quieres liberar tu espíritu, ándale cuanto se te antoje, que yo te espero en casa. Mientras me mande plata para poder comer, que se regrese cuando quiera.
—Cuando le urja sacudirte la cama, ¿eh? Para eso siempre regresan.
—A no ser que se la sacudan a otra en el camino, que yo sé bien que el mío me hizo de chivo los tamales más de una vez.
Aquello no ayudaba exactamente a mejorar su humor, pero sí a cimentar su determinación. Todo lo que estaban diciendo era verdad. A Héctor podía parecerle una idea fantástica que su esposa y su hija lo acompañaran en sus viajes, pero la realidad era justo la que estaba viviendo ahora mismo: él por ahí, trabajando todo el día (o lo que quiera que hicieran Ernesto y él) mientras ella esperaba como un mueble a que acabasen. No se había parado a pensar en los problemas que acarreaba viajar con un bebé o en si para ella toda la situación era el triple de incómoda y engorrosa. Además, ¿desde cuándo recorrerse medio Estado era imprescindible para ser músico? Héctor apenas había puesto los pies fuera de Santa Cecilia desde que llegó a los siete años, y nunca le había hecho falta hacerlo para encontrar trabajo. ¿Por qué viajar era tan importante de repente, justo ahora que ya se habían casado y acababan de ser padres? ¿Por qué aceptaba todos los malditos planes de Ernesto, que llevaba el año entero apalabrando actuaciones en cualquier sitio menos en Santa Cecilia? En los últimos meses, ahora que la situación política parecía estabilizarse por fin, no paraba de hablar incluso de hacer una gira por todo el país. ¿También iba a aplaudir Héctor aquel disparate?
Ella no quería viajar. No quería pasarse el día metida en trenes, carros o mugrientas habitaciones de posada, esperando a su esposo y soportando a Ernesto. No era eso lo que quería para su hija. Ella quería estar en casa, convertirla en un hogar, echar raíces y vivir la vida con la que ambos habían soñado desde siempre.
Era eso lo que ambos habían soñado, ¿no? ¿No?
Cuando el sol ya se estaba poniendo, las mujeres dijeron:
—Cena con nosotras, Imelda. No es bueno que estén solas.
—Si tu esposo tocaba esta noche en una cantina, no lo esperes levantada.
Y ella aceptó. Se quedó con ellas, cenaron juntas, charlaron un poco más y compartieron risas, comida y una botella de mezcal. Imelda rechazó esta última amablemente, consciente de que no se podía permitir bajar la guardia lo más mínimo estando allí sola con Coco. Y solo cuando la pequeña comenzó a acurrucarse contra ella, amodorrada, se despidió de las demás y regresó a la habitación.
Se acostó en una de las camas con Coco abrazada contra su pecho, y esta se quedó dormida casi en el acto, agotada. Pero Imelda no podía dormir. Clavaba los ojos en las sombras que la lámpara encendida dibujaba en la pared, cambiantes con cada parpadeo de la llama. No supo el tiempo que permaneció así, tan alerta como un animal, atenta a cada crujido, cada paso, cada susurro. Hasta que una llave giró en la cerradura y la puerta se abrió con sigilo, cerrándose suavemente después.
—Imelda… ¿estás despierta?
Habría sido muy fácil guardar silencio y hacerse la dormida. Ganas no le faltaban. Pero la voz de Héctor disolvió la tensión, arrancándole un suspiro de alivio. No parecía haber señales de Ernesto, lo que la tranquilizó aún más. Y, aunque seguía de un humor pésimo, murmuró:
—Sí.
Héctor ahogó un suspiro también. Lo oyó moverse por la habitación, a su espalda, pero no lo miró. Se mantuvo obstinadamente de cara a la pared.
—¿Cómo está Coco? ¿Se le pasó el malestar? ¿Está…?
—Está bien.
Él dejó el estuche apoyado en la pared. Se quitó la chaqueta y los zapatos, con el rumor de tela contra tela.
—¿Y tú? ¿Estás bien? ¿Salieron por la ciudad o…?
—No.
—¿Hubo algún problema?
—No.
Silencio.
—Lamento haber tardado tanto en regresar. Ya sabes cómo es esto…
—Sí. Ya lo sé.
Silencio de nuevo, y entonces pasos, y de repente lo tenía justo delante, haciendo amago de subirse a la cama por el costado que ocupaba ella. Tuvo que tragarse un gruñido de exasperación, retrocediendo al tiempo que él trataba de avanzar, removiéndose y reacomodándose.
—¡Héctor! Te dejé sitio al otro lado, maldita se…
—Sí. Pero quiero verte la cara, no la nuca.
—¡Vas a despertar a Coco y te juro que…!
—No la despertaré, ¿ves? Todo en orden.
—No seas…
Las palabras murieron contra su boca. Imelda deseó apartarse y mandarlo fuera de la cama de un empujón, y reclamarle que no todo se puede solucionar con besos. Para eso siempre regresan, ¿eh? Pero no pudo. Sentía tanta añoranza de él, tanta hambre, que cuando por fin atinó a posar una mano en su pecho para empujarlo solo logró agarrarlo de la camisa y atraerlo un poco más. Héctor debió tomar el gesto como una buena señal, porque suspiró y se relajó, envolviéndola en sus brazos del mismo modo que ella envolvía a Coco. El beso perdió brusquedad y se tornó más cálido, más suave, más profundo. Más suyo, como cuando se besaban en la intimidad de su hogar. Allí era donde deberían estar ahora mismo. En su hogar, en su cama, besándose, riendo, haciendo el amor o lo que sea que hubiesen decidido para celebrar aquella fecha.
Cuando Héctor se separó de sus labios, los sintió temblar. Sintió los ojos arder por las lágrimas. Y se odió a sí misma por ser tan débil.
—Sabes a tequila —musitó a duras penas, sin alzar la mirada.
—Nos invitaron a un trago al terminar —explicó él, posando ahora una lluvia de besitos sobre la cabeza de su hija, que seguía dormida, atrapada entre ambos—. Querían que nos quedásemos más tiempo, pero les dije que tenía gente importante esperándome. Ernesto sí se quedó. Con un poco de suerte, quizá ni venga a dormir. Creo que no le entusiasmaba la idea de compartir cuarto con nosotros.
—Como si a mí sí. —Imelda puso los ojos en blanco—. Solo espero que no tengamos que ir a pescarlo al río después, si se pone hasta las chanclas.
Héctor rio en un murmullo.
—Ya le advertí que no se pasara con los tragos, que esta vez no estaría yo ahí para vigilarlo.
Hubo una pausa. Imelda apretó los labios, que aún conservaban su sabor, y rozó con los dedos su pañuelo de raso.
—¿Fue bien?
—Sí, fue bien. Era un público entregado, corearon todas las canciones. Espero que el de mañana sea igual de poco exigente.
Volvió a reír, pero con un deje distinto. Estaba nervioso, y Héctor rara vez se ponía nervioso antes de una actuación, sin importar dónde tocara o quién fuese el público. Su prioridad siempre era hacer disfrutar a la audiencia, sin más, y quien espera poco también tiene poco que perder. Pero lo que pudiera ocurrir mañana le inquietaba, y si le inquietaba era porque era importante para él. Imelda dejó que esa realidad calara, con todas sus implicaciones.
—Irá bien —susurró, y por fin lo miró a los ojos—. Eres un músico excelente.
Héctor la contempló por un instante, como hechizado, y cerró la distancia para volver a besarla. Fue ella quien suspiró esta vez, mientras sus dedos se crispaban, sin saber a dónde agarrarse. No podían apegarse más, no sin hacerle daño a Coco, y tampoco era el lugar ni el momento para algo verdaderamente íntimo. Pero, por un segundo, deseó que la conversación muriese ahí y que el beso fuese eterno, y que el mundo entero dejase de existir y se llevase consigo sus problemas.
No tuvo tanta suerte.
—Imelda… —exhaló él al romper el contacto, y esbozó una sonrisa trémula por la emoción—. Es… es un sueño tenerlas aquí. Poder estar contigo, aunque estemos lejos de casa. Sin camas vacías, sin los ronquidos de Ernesto. Yo… e-estoy tan feliz de que vinieran conmigo, estoy tan…
—No deberíamos estar aquí —lo interrumpió ella, con un nudo en la garganta—. No debimos venir, Héctor. Y esto no se volverá a repetir.
Él se quedó estático. Su tierna sonrisa se congeló y se marchitó hasta desaparecer, mirándola con un desamparo tan evidente que Imelda tuvo que hacer un enorme esfuerzo por no venirse abajo.
—Pero…
—No hay ningún "pero" que valga. No importa que tú nos quieras tener aquí, este no es nuestro lugar, no podemos estar de esta manera cada vez que a Ernesto se le ocurra ir a actuar a casa de la fregada. ¿Es que no te das cuenta?
Su expresión decayó aún más.
—Imelda, no… no podíamos cancelar la actuación, Ernesto trabajó mucho por conseguir esta oportunidad, y ya había…
—¡Ernesto…! —Se mordió el labio con fuerza, obligándose a mantener la voz en un susurro—. Ernesto bien puede irse a la chingada.
—No digas eso. Él es quien más se está moviendo para que podamos hacernos un nombre, buscando contactos y hablando con gente importante, mientras que yo solo…
Su voz se apagó, pero a Imelda se le encogió el estómago de golpe.
—Mientras que tú solo ¿qué? ¿Te quedas en casa sin hacer nada?
—No he dicho eso…
—¿Pero es lo que piensas? ¿Que estar en Santa Cecilia conmigo, con tu hija, es una pérdida de tiempo?
—No, por supuesto que no, pero…
—¿Pero qué?
El silencio que los aplastó en aquel momento fue el más horrible que habían compartido jamás, en los doce años que hacía que se conocían. Los dos lo sintieron, porque se miraron el uno al otro con los ojos muy abiertos, como si un monstruo acabase de alzarse entre ellos. Y quizá por lo mucho que lo asustó, Héctor trató de romperlo a toda costa, aunque las palabras se le enredaron y la lengua se le trabó.
—P-pensé… Y-yo solo quería que… Solo… —Tragó saliva y bajó la mirada—. S-si… siento que nos estamos alejando.
Imelda inspiró bruscamente, con el frío del pánico aguijoneándole el pecho.
—¿Qué?
—Solo… Yo solo… —Héctor sacudió la cabeza, como intentando recomponerse—. Te siento lejos, Imelda. Quería que vinieras porque te siento lejos, y no sé qué más hacer. Cada vez que estoy fuera, al volver, tú…
—¿No sabes qué más hacer? ¿De veras no lo sabes?
Sonó más cortante de lo que le habría gustado, y Héctor torció la boca, encogiéndose.
—Este es mi trabajo.
Sí, lo era. La respuesta acudió a su boca tan deprisa que tuvo que morderse la lengua para no decirla en alto.
Pues busca otro pinche trabajo.
Dio la impresión de que él le había leído el pensamiento, porque su gesto se tensó.
—¿Qué quieres que haga?
Ella negó con vehemencia, temblando. Haz lo que te dé la gana.
—Imelda, por favor. Háblame.
—No —replicó, chirriante—. No tengo nada bueno que decir ahora mis…
Su voz se quebró antes de poder terminar, con un sollozo atravesado en la garganta; y en un parpadeo, una de las manos de Héctor le enmarcaba el rostro y la atraía hasta unir sus frentes casi con desesperación.
—Te amo —balbuceó—. Te amo. Lo sabes, ¿verdad? Las amo a ambas, a Coco y a ti, y amo la música, y hay sitio de sobra en mi corazón para las tres.
—¿Hasta cuándo? —gimió ella, sin poder contenerse.
—Hasta siempre. —El tono de Héctor se volvió firme, inquebrantable—. Siempre. Me choca que siquiera lo preguntes. ¿Es que… es que no lo hay en el tuyo ya?
Imelda no pudo contestar. No lo sabía. Ya no sabía nada. Lo único que tenía claro era que la posibilidad de perderlo la hacía enloquecer, pero la posibilidad de asfixiarlo la aterrorizaba aún más, y no tenía la menor idea de qué hacer o qué decir para que no se fuera todo al carajo. Las cosas no deberían ser así. Se suponía que todo sería diferente, que ellos serían felices una vez se convirtieran en una familia, y que superarían las dificultades juntos, y todo iría bien. ¿Por qué estaba pasándoles esto? ¿Qué habían hecho mal?
Apretó los labios y cerró los ojos, luchando por reprimirse, pero estaba demasiado agotada. Héctor limpió la primera lágrima que se le escapó con el pulgar. La segunda la frenó con un beso. Y ella exhaló, rindiéndose, y le ofreció el rostro para que él besara sus mejillas, sus párpados cerrados y su frente. Se aferró a su camisa otra vez, mientras Héctor le acariciaba el cuello y hundía los dedos en su pelo, deshilachando su trenza. Hasta que la tensión más cruda se aplacó y solo quedó ese dolor sordo latiendo en su pecho, el mismo con el que había tenido que acostumbrarse a vivir durante los últimos meses.
—Mi amor —murmuró él, y sonó tan roto como ella—, sé que este año no está siendo fácil, pero si las cosas salen bien mañana, tal vez… Nuestro número será a última hora de la tarde. Ya dejamos todo atado hoy, así que tendremos el día para nosotros, solo nosotros tres. Visitaremos la ciudad, ¿sí? Las llevaré a ver los mejores lugares, y… T-tengo una sorpresa para ti.
—No sé si quiero más sorpresas, Héctor…
—No, no, es una buena sorpresa, lo prometo. Lo prometo. Confía en mí, por favor. —Imelda asintió, cediendo, y él acarició de nuevo su mejilla—. ¿Puedo… puedo darte otro beso?
—No quiero un maldito beso —gruñó Imelda, y abrió los ojos para lanzarle una ceñuda mirada—. Quiero muchos más.
Héctor se había quedado rígido, pero jadeó al atragantarse con un acceso de risa floja y se desarmó de alivio. Cuando la miró, sus ojos brillaron, a pesar de la sombra que aún se escondía en ellos, y sonrió mordiéndose el labio, igual que su hija.
—Podemos llevar a Coco a la otra cama…
—No. Se despertará.
—No lo hará, sabes que duerme como un tronco cuando está muy cansada.
—Se enfriará si la dejamos ahí, está sudando como un pollo ahora mismo.
—La noche está cálida y la arroparé bien.
—Ernesto nos la aplastará cuando aparezca en mitad de la noche borracho y se tire en la cama como un saco de patatas.
—Puedo atrancar la puerta, si quieres. Para que no pueda entrar. Y que duerma en el patio.
—Madre de Dios, por fin una buena idea.
Héctor volvió a reír e Imelda se permitió una débil sonrisa, aunque las ganas de llorar seguían ahí, cerrándole la garganta. Quería que él las hiciera desaparecer. Quería que su boca y su calor borraran el recuerdo de aquel día desastroso. No todo se podía solucionar con besos, pero por Dios que ayudaban bastante.
—Solo un momento —musitó Héctor, rozando con su nariz la de ella.
—Solo un momento —musitó Imelda en respuesta.
Él se incorporó con cuidado, tomó a Coco en sus brazos con suma delicadeza y se la llevó a la otra cama. La pequeña le había dejado la pechera del camisón empapada, pero no tuvo tiempo de sentir frío; un instante después, su esposo estaba de vuelta, y alargó los brazos para recibirlo.
—Bésame —le suspiró a los labios, cuando Héctor acudió a su boca—. Bésame…
Y él la besó.
Ernesto no apareció hasta el amanecer, cuando ellos ya se habían levantado, dispuestos a aprovechar el día. Imelda estaba terminando de sujetarse el moño, Héctor estaba terminando de trenzarle el pelo a Coco, y Ernesto los miró a los tres con cara de indigestión, antes de arrastrarse hasta su cama y derrumbarse en ella, tal y como Imelda había predicho.
—¿Qué tene? —exclamó Coco, desconcertada—. Papá, ¿qué tene tío Neto?
—Una buena cruda —murmuró Imelda para sí.
—Tío Nesto está muy cansadito, porque anoche trabajó harto, m'ija —replicó Héctor, mucho más diplomático.
—Exacto —masculló Ernesto, con la cara contra la almohada—. Anoche trabajé el doble, porque el pinche de mi compadre se escabulló como una rata a hacer cosas más importantes. Espero que lo pasaran bien. Ahora despiértenme a la hora de comer.
—No estaremos aquí a la hora de comer —repuso Héctor.
—Te dejaré unas empanadas —añadió Imelda, y se imaginó a sí misma lanzándoselas a la cabeza.
Ernesto agitó una mano vagamente y, en menos de un minuto, ya estaba roncando. Héctor lo observó, como asegurándose de que estaba fuera de combate, y entonces tomó la maleta de su amigo con cautela y sacó su charro blanco, perfectamente doblado, para guardarlo en el estuche de su guitarra.
—¿Qué haces? —inquirió Imelda, frunciendo el ceño.
Pero Héctor solo se cruzó los labios con un dedo en señal de silencio, sonriendo con ambigüedad, y se colgó el estuche al hombro.
—Vámonos.
Quizá fuera simplemente porque estaban los tres juntos, pero ella tuvo la impresión de que el día era mucho más brillante que el anterior. El cielo parecía más azul, el aire parecía más agradable, y la sonrisa no tardó en instalarse en sus labios. Oaxaca era una ciudad hermosa, engalanada como estaba ya para la celebración del Día de la Independencia, aunque la sombra de la guerra aún pudiera adivinarse aquí y allá. Mientras paseaban tomados del brazo, a veces con Coco correteando a su alrededor, a veces turnándose para cargarla, visitaron monumentos, curiosearon por un tianguis, fueron a ver el castillo pirotécnico instalado ya en el zócalo para la Fiesta del Grito y aplaudieron los espectáculos callejeros que se fueron encontrando. Pero Héctor no deambulaba sin más; las guiaba a un lugar concreto y, hacia el final de la mañana, terminaron ante las puertas de un estudio fotográfico de aspecto elegante que había en una de las calles principales de la capital.
—¿Qué… qué es esto? —tartamudeó Imelda, pillada por sorpresa.
—Siempre dices que lamentas que no tengamos una foto de boda —sonrió Héctor, tirando de ella hacia el interior—. Podemos arreglarlo ahora. Estuvimos aquí ayer, porque el teatro quería tomarnos unas fotos, y reservé cita para nosotros hoy.
La emoción la embargó. Sí, era una buena sorpresa. Rio con ilusión, atusándose el pelo y repeinando a Coco, mientras Héctor se cambiaba en un vestidor, enfundándose el charro blanco de Ernesto, probablemente lo más espectacular que había vestido en su vida.
—Tramposo —bromeó ella, cuando lo vio reaparecer—. Ni en nuestra boda ibas tan elegante.
—Quería compensarte, tú estás siempre espectacular. —Agitó las cejas, haciéndola reír de nuevo—. Muy guapo, ¿eh?
—Sí, muy guapo. —Imelda le pasó una mano por los hombros, alisando la chaqueta—. Aunque lo estarías aún más con el tuyo, este te va grande. —Hizo una pausa, frunciendo los labios, y lo miró a los ojos—. Lamento haber olvidado meter tu charro en la maleta. Tiramos la plata del alquiler a la basura.
—Ey, ey, ey, no te tienes que disculpar por eso, yo también lo olvidé. No es necesario que andes detrás de mí arreglando mis cosas. Solo hay un bebé en nuestra casa y es este.
Posó un dedo en la nariz de Coco, que se agitó y protestó.
—¡No soy un bebé!
—¿Ah, no? —Héctor se llevó una mano al pecho, escandalizado—. Dios santo, ¿entonces qué eres? ¿Una abuelita?
—¡Soy Coco!
Él soltó una carcajada que llenó el corazón de Imelda de calidez.
—¡Claro que sí! La Coco más preciosa del mundo, ¿eh? —Y tomó el rostro de su hija entre las manos para cubrírselo de besos, antes de girarse hacia su esposa y rozar también sus labios con suavidad.
Comieron en un parque, tras dejar el estudio. Héctor sacó la guitarra y tocó algunas piezas, mientras Imelda y Coco bailaban al son, jugando y riendo. Y, aunque era algo personal e improvisado, llamaron la atención de varias personas y terminaron con un pequeño público alrededor que los aplaudió y vitoreó. En cierto modo, fue como estar en casa, donde esas actuaciones espontáneas habían sido durante años el pan de cada día para ellos. Antes, cuando la música no era un negocio, sino simplemente la voz de sus corazones.
Sin embargo, ya no eran niños, ¿verdad? Y la poesía y las concepciones románticas sobre el arte y la música no iban a asegurar la comida en la mesa ni un tejado sobre sus cabezas.
Aquella idea anidó en su pecho y ahí seguía por la tarde, cuando los cuatro llegaron al teatro. El esplendor del lugar la sobrecogió, recordándole lo serio que era aquello. Mientras Héctor y Ernesto ensayaban, Imelda comprendió que, por mucho que odiase admitirlo, este último tenía razón: era hora de profesionalizarse, de buscar algo más sólido que las actuaciones callejeras y las noches de cantina. Ese era su trabajo. O se lo tomaban en serio, o antes o después tendrían que cambiar de profesión.
¿Pero era esa la única manera? ¿De verdad era la única manera?
Por supuesto, Ernesto no había movido ni un dedo por conseguirle una butaca, pero el equipo del teatro permitió que Coco y ella se quedasen entre bastidores para ver el espectáculo. Fue increíble. La acústica era fantástica y ellos brillaron como estrellas consagradas. Imelda lamentó una vez más haber olvidado el charro de gala, porque ambos se habrían visto espectaculares vestidos de riguroso blanco sobre aquel escenario. Pero entonces se dio cuenta de que ahora, con sus charros color grana, la guitarra blanca de Héctor resaltaba como la luna en el cielo nocturno. Era ella la que atraía las miradas, y quien mirase la guitarra, lo vería a él. Vería sus manos, mucho más hábiles sobre las cuerdas que las de su compañero. Ernesto no tenía nada más que una bonita voz. Las letras, la música, todo lo demás era de Héctor. Y, con los charros blancos, Héctor habría sido completamente invisible, y la guitarra caoba de Ernesto habría sido el foco de atención.
Algo muy frío y desagradable se instaló en su estómago al ser consciente de aquello. Ni siquiera la calurosa ovación que les dedicó el público al terminar logró mitigarlo. Ni el ardiente beso que le plantó Héctor en la boca después, al reunirse con ellas entre bastidores, con la adrenalina por las nubes y una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Les gustó? ¿Qué tal lo hicimos? ¿Les gustó, eh?
Coco no paraba de saltar y Héctor la tomó en brazos, mientras la pequeña soltaba un excitado discurso, del que Imelda solo entendió las palabras "papá", "guitarra" y "cantar". Pero Ernesto lo llamó a voces antes de que pudieran hablar, y Héctor corrió hacia él, frenó a medio camino, volvió sobre sus pasos para dejar a Coco en brazos de su madre, las besó rápidamente a ambas otra vez y se alejó casi brincando, como un cabrito desgarbado. Cuando Coco hizo amago de lanzarse a alcanzarlo, Imelda la sujetó al vuelo y giró con ella.
—Cuidado, señorita. Uy, ¿me concede usted este baile? ¿Sí?
—¡Sí, sí! —chilló su hija, emocionada.
Imelda bailó con ella, tarareando la última canción que habían tocado, pero su mirada voló hacia Héctor y Ernesto, que hablaban con dos caballeros de trajes elegantes. Ernesto gesticulaba con grandilocuencia, adoptando su aire de profesional consumado. Héctor solo asentía a sus palabras, con la espalda aún más encorvada de lo habitual, como hacía siempre que sentía que no debería ser más alto que la persona que tenía delante.
Aquella actuación del 15 de septiembre de 1920 en Oaxaca de Juárez no alcanzó del todo las expectativas de Ernesto, aunque sobrepasó con creces las de Héctor. En cualquier caso, sí supuso un punto de inflexión para todos. Imelda todavía tardaría varios meses en descubrir cuánto. Pero días después, cuando ya estaban de vuelta en casa y Héctor había puesto su flamante foto familiar en un portarretratos, colocándola en un sitio prominente del salón, lo encontró una tarde ante el marco con Coco en brazos, murmurando.
—Oh, Señor, ¿quién puede ser esta dama tan impresionante? Me rindo a sus pies, estoy sin aliento, creo que me voy a desmayar…
—¡Mamá! —exclamó Coco, con su amplia sonrisa.
—Bueno, ¿y esta cosita tan linda que hay aquí? Oh, no la puedo ni mirar, su belleza me está cegando, debe ser un ángel…
—¡Es Coco! —rio la pequeña, brincando.
—Ay, ¿y este señor tan guapo y elegante? Tiene un poquito cara de menso, pero parece un sujeto entrañable, ¿eh?
—¡Papá!
Héctor se echó a reír, estrechando a su hija hasta unir su frente a la de ella.
—Eso es, mi vida. ¿Viste? Ahora tienes a papá aquí, junto a ti y mamá. Y, cuando papá no esté, podrás ver la foto y será como si estuviera justo a tu lado. Yo cerraré los ojos muy fuerte, así, y te veré también aquí. —Se señaló la frente—. Y será como tenerte conmigo, allá donde vaya. Todos los días que esté fuera, hasta que regrese a casa, ¿sí?
A Imelda se le encogió el corazón, y aquel dolor sordo se sacudió dentro de su pecho una vez más.
Cuando papá no esté.
Casi sonaba a premonición.
A veces, mientras velaba a Héctor durante los días en los que él apenas podía hacer nada más que dormir, Imelda había tenido la sensación de que una vocecilla susurraba al fondo de su mente: se acabó. Se acabó la ausencia, se acabó el dolor. Acariciaba su pelo y sentía en los ojos el viejo picor de las lágrimas. Por momentos, deseaba con todas sus fuerzas que así fuese. Deseaba darle la espalda a los últimos cien años, no volver a pensar en ellos nunca más y recomenzar donde todo lo que había entre ellos se congeló, cuando él salió por la puerta en mayo de 1921.
Pero solo eran pensamientos fugaces, alimentados por el estrés posterior al Día de Muertos. Ella sabía mejor que nadie que las cosas no funcionaban así. Las heridas de ese tipo no desaparecían sin más. La foto familiar, esa que él se tomó con ellas lleno de ilusión para que pudieran recordarlo, estaba rota. E incluso en el caso de que Coco aún conservase el pedazo con la cara de su padre y alguien volviera a pegarlo, la cicatriz en el papel no desaparecería nunca.
—¿Qué vamos a hacer? —le murmuró a Héctor, uno de los días que salieron juntos de casa para poder hablar—. ¿Qué haremos con los últimos noventa y seis años?
—No lo sé. —Él se había quedado mirando las costuras de sus recién parcheados pantalones—. ¿Crees que podrías… confiar de nuevo en mí?
—Todo lo que dijiste durante estos años era verdad —replicó Imelda, con la quijada rígida—. Fui yo quien no quiso escuchar. ¿Podrás confiar de nuevo tú en mí?
¿Y si no funciona? ¿Y si no lo logramos? ¿Y si el rencor nos supera? Aquellas preguntas también la acosaban sin parar. Pero, cuando Héctor giró el rostro hacia ella y la miró a los ojos, se disolvieron como hielo en agua caliente.
Él le explicó por qué se había marchado con Ernesto a aquella condenada gira. Le habló de la inseguridad que había sentido cuando nació Coco, al comprender que iban a necesitar algo más sólido para poder sustentar a la familia a largo plazo. Le habló del pánico a no ser suficiente, a que ella se arrepintiera de haberse casado con un estúpido músico o llegara a la conclusión de que esa no era la vida que deseaba. Había temido que ella le pidiese abandonar la música, porque estaba convencido de que no tenía nada más que ofrecer. Era eso lo que lo había impulsado a buscar esos horizontes más amplios que nunca antes le habían llamado la atención. En aquel momento, le había parecido vital demostrarle a su esposa que la música era un trabajo que se tomaba muy en serio, que podía hacer algo grande, que podría mantenerlas así. Pero nunca llegó a compartirle con claridad sus dudas por miedo a lo que ella pudiera responder.
No mencionó a Ernesto en ningún momento, pero Imelda podía oír su voz como si estuviese allí también, sentado entre ellos. A pesar de los años que habían pasado, aún era capaz de distinguir qué ideas salían del corazón de su esposo y cuáles habían sido plantadas ahí por el que fue su mejor amigo. Ernesto siempre había pretendido que Héctor fuese su sombra, el acompañamiento de fondo que diera volumen a su propia imagen; y las sombras deben quedarse pegadas a tus pies. No en vano había pasado la vida entera repitiéndole a Héctor que apuntaba demasiado bajo y que debía aspirar a más. Que lo que hacía no era suficiente, nunca era suficiente. Igual que le había dicho también a ella que hacía demasiado. Había sabido avivar el pánico en su corazón, insinuando que se estaba convirtiendo en alguien como Lola, que asfixiaba a Héctor y que lo haría desgraciado si no se apartaba de una vez y le dejaba tomar sus propias decisiones. E Imelda también se lo había callado todo, desesperada por no empeorar el ambiente entre ellos, como la esposa posesiva y controladora que la acusaban de ser.
Ojalá ninguno de los dos hubiese sido tan ingenuo.
Siento que nos estamos alejando. Imelda aún recordaba con dolorosa precisión el momento exacto en el que Héctor le había dicho aquello, apiñados en esa ridícula cama de posada en Oaxaca de Juárez. Aquellas palabras la habían perseguido durante décadas. Habían sido la prueba a la que se había agarrado para explicar su abandono. Pero en realidad solo fueron la confesión preocupada de un muchacho ante problemas nuevos que no sabía cómo resolver. Él estaba asustado y ella también, como los críos que eran, aprendiendo aún a ser adultos y padres de familia. Ella solo quería que él dejara de viajar y él solo quería demostrar que estaba a la altura, e Imelda debería haber imaginado, debería haberse dado cuenta, de que todo lo ocurrido no era nada más que eso: un estúpido malentendido. Un enredo absurdo por falta de comunicación. Todo alimentado por el veneno de un sujeto que había jugado con ellos durante años, como si fuesen simples peleles.
Debería haberlo imaginado, sí, debería haber confiado en él, deberían haberse sincerado antes de la gira y hacer las paces, y entonces quizá él no se hubiese ido, o al menos ella nunca habría aceptado su desaparición, y Ernesto no se habría salido con la suya, y habría pagado por sus crímenes, y ella habría llorado a Héctor como él se merecía, y su foto habría presidido la ofrenda cada maldito año, y al reunirse en la Tierra de los Muertos habrían… habrían podido…
Al final, Héctor le hizo prometer que no se torturaría ni un segundo más pensando en lo que pudo haber sido y no fue. Imelda aceptó a regañadientes, aunque sabía que cumplir esa promesa no iba a ser tarea fácil.
Pero también prometieron no volver a callarse nada, fuese bueno o malo. Pasase lo que pasase de ahora en adelante, al menos lo afrontarían con sinceridad, hablando, discutiendo, consensuando. Y, conforme fueron pasando los días y ellos fueron recuperando fluidez, restaurando esa comunicación que tanto habían añorado, Imelda comprendió que quizá no fuese tan difícil remendar también su relación. Incluso si las costuras quedaban a la vista.
Así se lo dijo a él el día que le ofreció instalarse con los Rivera de una vez por todas y de forma oficial. No será como antes, no podemos volver atrás, pero podemos intentar avanzar juntos desde aquí. Y Héctor pareció a punto de echarse a llorar. Imelda estaba segura de que, en otras circunstancias, él la habría abrazado tan fuerte que la habría levantado del suelo. Pero no se atrevió. Desde el final de la tregua, su contacto era muy básico; tomarse de las manos era lo único que se permitían. Y tomar sus manos fue lo que hizo Héctor, dedicándole una mirada que compensó todo lo demás.
Aquella misma noche, viéndolo reír y charlar con el resto de la familia, haciendo gala de una libertad y una felicidad abrumadoras, Imelda volvió a pensar en la foto rota que los Rivera tenían al otro lado. Pensó en el hueco que debería ocupar el rostro de su esposo y se recordó que, aunque no lograran restaurarla, el Héctor de carne y hueso (o solo hueso, más bien) sí había vuelto al lugar que le correspondía. El retrato de los Rivera estaba completo una vez más, y esa certeza le proporcionó una paz que le habría parecido inimaginable el mes anterior.
Lo perdió de vista un momento, mientras recogían la cocina tras la fiesta. Pero, cuando todos se retiraron ya a sus habitaciones e Imelda salió al jardín a apagar la luz, lo encontró allí sentado, en el banco que había bajo la ventana, contemplando los zapatos nuevos que mantenía en el regazo.
—¿Héctor? —Él se enderezó y alzó la vista—. ¿Sucede algo?
—No, no, solo estaba… —Su voz se apagó. Dirigió la mirada hacia la brillante ciudad de los muertos, luego el jardín, luego los zapatos y finalmente de vuelta a ella—. Solo estaba… intentando asimilarlo todo. No creo que pudiese dormir ahora mismo aunque quisiera. —Sonrió, con gesto tembloroso—. Hacía mucho tiempo que no tenía un cumpleaños así.
Imelda esbozó una media sonrisa, apoyándose en el quicio de la puerta con los brazos cruzados.
—Ni siquiera dijiste a los demás que hoy era tu cumpleaños.
—No era necesario. Tú lo sabías, Felipe y Óscar también. Con eso bastaba.
Durante unos segundos, guardaron silencio.
—¿Quieres compañía? —musitó entonces ella, sintiendo una leve tensión entre los hombros.
Llevaban un mes prácticamente pegados el uno al otro. Nunca pasaban mucho tiempo separados e, incluso cuando se separaban, permanecían al alcance de la vista. Habían tenido oportunidad de hablar de muchas cosas durante esos días. Pero aquella tarde, la primera vez que habían vuelto a estar lejos por varias horas desde el Día de Muertos, Imelda se había dado cuenta de que sus conversaciones habían girado en torno al presente más inmediato y a los asuntos sin resolver, pero poco más. Se habían dedicado a esquivar todo lo sucedido en ese lapso de casi cien años, los aspectos más íntimos y personales de la existencia que no habían podido compartir, como quien camina entre cristales rotos. Y si querían que aquello avanzase, en una dirección u otra, en algún momento tendrían que cruzar esa línea y empezar a reconocerse.
Esta vez, Héctor no levantó la vista al susurrar:
—¿Por favor?
Y, dejando escapar el aire, Imelda se incorporó y fue a sentarse en el banco junto a él. Tardó un rato en empezar a hablar, pero ella no lo presionó. Casi podía oír el rumor de su mente, tratando de poner en orden sus pensamientos antes de abrir la boca.
—Mi último cumpleaños en la Tierra de los Vivos fue un desastre, ¿sabes? —murmuró al fin, acariciando los zapatos con reverencia—. Ya estábamos en Ciudad de México. Ernesto ni siquiera lo recordó, hasta que unos compañeros empezaron a hablar de las fiestas del día 12 y se dio cuenta de que ya entrábamos en diciembre. No es que yo esperase gran cosa, claro, pero… pasé todo el día pensando que, de estar en casa, Coco me habría saltado encima para cantarme Las Mañanitas. ¿Recuerdas cómo cantaba cuando apenas si sabía hablar? —Su rostro se iluminó e imitó con una precisión sorprendente aquella lengua de bebé con la que había hablado Coco, enturbiando sílabas y podando palabras. Imelda fue incapaz de reprimir un murmullo de risa, enternecida; pero, cuando se miraron, la melancolía volvió a empañar sus gestos—. Me di cuenta de que quizá… quizá para cuando volviera, ella ya sabría hablar bien. Y me lo estaba perdiendo. Me estaba perdiendo todo. —Esquivó otra vez sus ojos—. Fue entonces cuando decidí regresar a casa.
Imelda apretó los dientes. Quiso decir algo, pero su pecho se llenó con un arrebato de odio hacia Ernesto, y una oleada de insultos, y ese agudo dolor, recordando que, de hecho, Coco sí había cantado Las Mañanitas para su papá ausente aquel primer 30 de noviembre, delante de la foto familiar. La relación que habían compartido padre e hija era algo en lo que Imelda no podía ni pensar sin destrozarse. Todavía le resultaba increíble que Héctor hubiese logrado soportarlo sin volverse completamente loco.
Le costó un gran esfuerzo controlar la respiración, pero al final su vista recayó de nuevo en los zapatos y, aclarándose la garganta, dijo:
—¿No te los probarás? Quiero ver cómo luces con ellos.
Héctor la miró con desconcierto y ella puso los ojos en blanco.
—Los zapatos. No me obligues a calzártelos yo. Tú no eres Cenicienta y yo no soy tu príncipe.
Nada más decirlo, se tensó, consciente de que él no entendería el chiste. Victoria y Elena habían pasado una etapa insoportable cuando aquella maldita película se estrenó, porque la historia giraba en torno a unos zapatos (zapatos de cristal, por si fuera poco), y ambas se empeñaron en ir a verla al cine. Julio y Coco accedieron, planearon un "día de paseo" en Oaxaca para ellos cuatro y Rosita… y conseguir después sacarles las cancioncillas de la cabeza a las niñas había sido un infierno. Coco trató de encajarlo con humor. ¡No imaginé que sería un musical, mamá, lo lamento, de veras! Pero el asunto pasó a formar parte de la mitología familiar y cualquier mención a Cenicienta entre los Rivera traía consigo risas incómodas y flashes de guerra.
Sin embargo, Héctor no tenía la menor idea de esas cosas. De hecho, enarcó una ceja con curiosidad, e Imelda agitó una mano, irritada al ver que incluso el comentario más banal bastaba para dejar de manifiesto el abismo que quedaba por llenar.
—Tú póntelos de una vez.
—Ok, ok. Solo quería admirar su perfección un poco más.
—Guarda tus cumplidos para cuando pruebes a caminar con ellos, músico.
Riéndose por lo bajo, Héctor se calzó los zapatos, se levantó y dio unos cuantos pasos por el jardín, mirándose los pies con aire concentrado.
—¿Y bien? —inquirió Imelda, impaciente—. ¿Cómo los ves?
—Bien.
Ella torció la boca, un poco ofendida, y estuvo a punto de protestar por la seca respuesta. Pero entonces le miró la cara y se dio cuenta de que Héctor no podía decir más. Tenía los labios apretados y los ojos brillantes, igual que aquella mañana, haciendo un obvio esfuerzo por controlarse. Y la ternura la volvió a conmover. Lo observó dar vueltas, imprimiendo un poco más de energía en cada paso hasta casi botar al andar. Luego se plantó ante ella, con los brazos abiertos y una amplia sonrisa: la misma pose con la que antaño esperaba la reacción del público tras una actuación. Imelda estuvo a punto de aplaudir burlonamente.
—Muy guapo —concedió a cambio.
—¿Sí? —Héctor ladeó la cabeza, afilando un poco la sonrisa—. ¿Vuelvo a parecer una persona decente? ¿Lo bastante decente, quizá?
—¿Lo bastante decente para qué?
—Para aparecerme en tu puerta a cortejarte sin que me corras de un escobazo.
Imelda alzó las cejas ante lo directo del comentario, pero antes de darse cuenta ya le estaba devolviendo una sonrisita.
—Nunca alzaría una escoba en tu contra. Ya tienes bastantes huesos rotos.
—¿Y las botas?
—Solo cuando tus chistes sean demasiado pésimos.
—¿Como el chiste de Cenicienta, quieres decir?
—¡Oh, cállate!
Pero la sonrisa ya le ocupaba todo el rostro a ella también, y Héctor soltó una abierta carcajada que le caló hasta la médula. Aún no se acostumbraba a su risa. Era demasiado increíble, demasiado… demasiado. Cada vez que la oía, la vieja ansiedad se disparaba dentro de ella con el deseo de atraerlo y retenerlo cerca, muy cerca. Sentía el dolor del anhelo en los huesos y tenía que refrenarse para no ser ella quien se lanzara a sus brazos como una cría enajenada.
—Ven. —Imelda palmeó el asiento del banco, su voz apenas un susurro—. Cuéntame cómo fue tu visita a Olvidados. ¿Qué dijeron tus amigos?
La expresión de Héctor se suavizó con un toque de timidez.
—¿No deberías dormir tú también?
—No tengo sueño.
Fue un acuerdo más tácito que explícito, pero a partir de entonces, ambos empezaron a rezagarse por las noches después de cenar, y a deslizarse discretamente hacia el jardín cuando el resto de la familia se retiraba. Ya pasaban buena parte de la tarde allí sentados, poniéndose al día; de repente parecía haber un millón de cosas de las que hablar, un millón de detalles que compartir. Cada conversación era un hilo que cerraba una brecha, recomponiendo los jirones de su vida. Pero por la noche estaban a solas de verdad, sin nadie que pudiera ver u oír. Por la noche podían permitirse tratar los aspectos más delicados, esos que no eran asunto de nadie más, los que conformaban el tejido privado de toda pareja.
Una tarde, Imelda mencionó lo mucho que se había deteriorado su relación con sus padres; esa noche, le habló de la Navidad de 1921 y de la pesadilla que se desató a partir de entonces. Una tarde, Héctor mencionó a Lupe y su llegada a la Tierra de los Muertos; esa noche, le habló de los ataques de ansiedad, la depresión, el horror de no poder cruzar el puente y la muerte final de su madre. Una tarde, ambos rieron juntos recordando anécdotas de sus viejos amigos; esa noche, ella le contó los rumores, cómo muchos conocidos le dieron la espalda, y él le habló a cambio de Tobías, Mariana, Alicia, Chicharrón, Chelo y tantos otros amigos de Olvidados, vencidos por o a punto de sucumbir a la muerte final. Una noche, ella le explicó cómo le había roto el corazón ver a Ernesto triunfar con sus canciones y su guitarra; él le explicó cómo le había roto el corazón descubrir que su mejor amigo lo había traicionado de aquella forma tan miserable. Otra noche, ella le confesó que se había pasado la vida entera hablándole, como si su fantasma pudiera acompañarla a todas partes; él le confesó que había pasado décadas escribiéndole cartas, como si aún pudiera comunicarse con ella desde allí.
En la penumbra del jardín, todo era más fácil. No importaba si a alguno de los dos se le descontrolaban las emociones o si no lograban reprimir algún que otro sollozo, porque los únicos testigos eran ellos mismos. No importaba lo crudas que fuesen sus confidencias, porque eran de los dos. La vida que habían vivido separados comenzaba a convertirse de nuevo poco a poco en algo de ambos. Y, durante esos momentos, Imelda iba redibujando en su mente el rostro de su esposo. Revivía su sonrisa, la forma que tenía de mirar, sus muecas, sus expresiones… todo bajo un color nuevo, con las luces y sombras que la Tierra de los Muertos había tallado en él. Cuanto más nítida se tornaba aquella imagen, más cerca se sentía también de su corazón. Más fuerte era la sensación de que por fin, por fin lo había recuperado de verdad.
Había pasado tanto tiempo obligándose a hacer frente a las cosas en solitario, sin su compañía y sin su apoyo, que la paulatina resurrección de sus viejas dinámicas la desequilibró. No fue plenamente consciente de ello hasta que llegó Navidad y la situación le estalló en la cara. No podía dejar de buscarlo con los ojos mientras preparaban la comida, y verlo allí, junto a ella, le provocaba un fogonazo de felicidad muy difícil de gestionar. Todo iba bien. Todo era perfecto. Pero horas después, sentada en casa de sus padres, intentando razonar con ellos sin tener a Héctor presente, estuvo a punto de sufrir un ataque de nervios. Los recuerdos de aquella Nochebuena horrible la golpearon como un mazo. De repente tuvo la terrible certeza de que, cuando volviera a casa, él no estaría allí, y ella se despertaría de nuevo dentro de la misma pesadilla de siempre. Óscar y Felipe trataron de calmarla, pero aun así hizo el viaje de vuelta a zancadas, casi corriendo, con un nudo en la garganta que solo se aflojó cuando Héctor salió a la puerta a recibirlos.
No va a esfumarse, se repitió cien veces, tratando de convencerse a sí misma. No desaparecerá de pronto, no irá a ningún lado, lo prometió. Pero, de todas formas, apenas pudo esperar a que todos se acostaran para acercarse a él. No pudo esperar a estar en el jardín, a oscuras, en su banco. Lo interceptó cuando aún estaban dando vueltas por la cocina, dos segundos después de que Victoria saliera por la puerta y los dejara solos al fin.
—Estuviste cantando —lo acusó en broma, sujetándolo por las solapas del chaleco con la excusa de alisárselas.
—¿Yooo? —entonó Héctor, siguiéndole el juego.
—Sí, tú. —Le recolocó el pañuelo del cuello, porque no era capaz de dejar de tocarlo—. ¿Crees que no te conozco? Te lo noto en la voz.
Él rio, y la ansiedad se retorció dentro de ella como si tuviese vida propia.
—Rosita quería cantar villancicos —explicó, mirándola con calidez—. Así que la estuve acompañando, lo confieso. ¿Me perdonas?
—No hay nada que perdonar, sabes que puedes hacer lo que se te antoje, no…
—No. —Héctor atrapó con las suyas las inquietas manos de su esposa, que ya habían empezado a temblar—. No quiero hacer lo que se me antoje. Quiero hacer lo que te parezca bien.
Imelda alzó la vista con el ceño contraído.
—¿Lo que me parezca bien? ¿Solo a mí?
—Lo que nos parezca bien —rectificó él, con un gesto de asentimiento—. A ambos.
Ella se quedó contemplando sus manos un momento. Estiró los dedos lentamente, rozando los de Héctor, y él respondió con una caricia.
—Me parece bien que cantes villancicos con Rosita en Navidad…
—Ok. Aunque eso es muy específico, estoy seguro de que se me escapará algo algún día normal. ¿Te parecería bien que silbase de vez en cuando?
Imelda tuvo que fruncir los labios para no reírse.
—Solo si consigues no perforarme los oídos, puedes ser muy irritante cuando silbas.
—¿Y tararear? ¿Te parecería bien que tararease?
—Mmm, depende de lo que tararees…
—¿Te parecería bien que te abrazase ahora mismo?
Su susurro la congeló. Fue como despertar de una bofetada para ver que tenían las frentes casi juntas y estaban medio acurrucados allí mismo, en mitad de la cocina, con la puerta abierta de par en par. Las luces encendidas la hicieron terriblemente consciente de sí misma, tan vulnerable y desastrosa, y un latigazo de vergüenza la estremeció. Ya no tienes veinte años, Imelda. Dio un paso atrás casi por instinto, desenredando sus manos. La sonrisa de Héctor tembló y se desvaneció.
No. No, no, no. Esto debía ser distinto. Estaban tratando de reconstruir su relación, y bajo ningún concepto quería regresar al punto en el que estaban cuando se separaron y volver a ser la cría adicta a su presencia, como si él fuese una droga en vez de un ser humano. Recordaba aquel estado lamentable, esa dependencia, esa desesperación que nublaba el juicio y la dejaba hecha un guiñapo. Lo recordaba y lo odiaba. La desesperación era el combustible de los desastres. Si hubiesen intentado arreglar las cosas de verdad con palabras en vez de con besos desesperados cuando eran jóvenes, quizá nada de todo aquello habría ocurrido. Quizá…
—Imelda.
Ella se sacudió y lo miró a los ojos. No supo qué vio Héctor en ellos, pero tras sostenerle la mirada un instante, le lanzó un vistazo a la puerta, apretó los labios y se dirigió hacia allí. Imelda contuvo el aliento. Lo vio asomarse al pasillo, revisar que no quedase nadie cerca, escuchar el silencio. Y entonces cerró con cuidado, apagó las luces y se volvió hacia ella. No alcanzó a dar ni dos pasos. Imelda ni siquiera fue consciente de que se estaba moviendo hasta que se encontró a sí misma lanzándose a su encuentro, echándole los brazos al cuello con ansiedad. La desesperación era un lastre, sí, un peso muerto del que se tenían que librar; pero en la penumbra todo era más fácil. En la penumbra, a escondidas. Solo ellos dos.
Héctor la abrazó tan fuerte que casi dolió. Por un momento, permanecieron así, aferrándose el uno al otro.
—¿Crees que no te conozco? —le murmuró él al oído—. Necesitar consuelo no es ser débil, y apoyarte en otros no es ser inútil. Sé que pasó mucho tiempo desde que… Pero déjame consolarte y apoyarte, ¿sí? ¿Te parecería bien? Porque yo necesitaré harto que me consueles y me apoyes. —Imelda asintió, apretándose contra él—. Bien. Ahora cuéntame qué pasó con tus papás.
Ella se habría reído, de no ser porque apenas podía aguantarse las ganas de llorar.
—Será una conversación muy larga…
—No tengo sueño.
Imelda inspiró y cerró los ojos. Ya no podía buscar los latidos de su corazón. Ya no podía hundir la nariz en su cuello y dejarse arropar por su calor. Pero aún sentía el ritmo de su respiración contra el pecho. Aún la sostenía igual que siempre. Estaba ahí, sólido en sus brazos.
—Héctor… ¿te parecería bien cantar un villancico para mí también?
Héctor no cantó. Solo hundió el rostro en su hombro, refugiándose en ella, y un instante después comenzó a tararear quedamente Adeste fideles. Imelda sonrió, recordando. La primera Navidad que vivieron juntos, el año que él llegó a Santa Cecilia. Cómo se había reído ella al verlo desfilar durante las Posadas, tan flacucho y desgarbado, con Óscar y Felipe colgados de sus manos y encantados con sus payasadas. La Misa del Gallo, ambos parados lado a lado entre los demás miembros del coro, cantando aquel mismo villancico. Ella adoraba oírlo cantar. Eran amigos desde hacía meses, comenzaba a conocerlo bien, y le encantaba ver cómo el niño tímido y reservado se transformaba ante la música, con ese brillo especial en sus ojos. Héctor la había pillado mirándolo y había enrojecido hasta las orejas, antes de dedicarle su enorme sonrisa mellada.
Quizá se hubiese enamorado de él justo en ese momento, a pesar de que le faltaban tres días para cumplir nueve años y él había cumplido ocho hacía menos de un mes. Quizá todo hubiese empezado entonces.
Quizá todo estuviera recomenzando ahora.
Lo estrechó aún más fuerte, aferrándose a la tela del chaleco.
—No te marches —le suplicó, con voz temblorosa—. No te vuelvas a marchar, por favor. Nunca más.
Y él solo pudo apretar el abrazo con la misma intensidad, devolviéndole sus últimas palabras como un eco. Nunca más.
La ansiedad tardó aún varias semanas en mitigarse. De hecho, le avergonzaba un poco admitir que sus intentos de atraer a Héctor al taller habían tenido más que ver con las ganas de tenerlo al lado que con cualquier otra razón. Pero, después de todo, lo que realmente logró tranquilizarla fue ver cómo se integraba en el día a día de los Rivera. La cómoda camaradería que desarrolló con Rosita, las largas charlas con Julio a la hora del desayuno y las tranquilas mañanas de domingo junto a Victoria en el jardín. Héctor le demostró que mantenía intacta su habilidad para conectar con la gente, y los demás lo recibieron tendiendo puentes para conectar también con él. Poco a poco, iba encontrando su lugar junto a ellos, se hacía un hueco en sus vidas y dejaba de ser el fantasma invisible al que solo ella permanecía atada.
Eso la hacía muy feliz. No quería tener a su esposo solo para ella como una especie de reliquia del pasado. Quería que formase una parte integrante de su hogar, que todos juntos volvieran a ser una familia. Le había preocupado no saber cómo hacerlo, porque había pasado demasiado tiempo organizando toda su existencia en torno a la zapatería; y no soportaba la idea de que Héctor fuese zapatero. Quería que fuese músico, como siempre había sido y siempre debió ser. Sin embargo, la música seguía siendo un tema sensible, no solo para ella, sino también para él. Imelda prefería darle espacio y tiempo para que descubriera por sí mismo cómo gestionarlo. Y resultó ser la mejor opción, porque lo único que él necesitó para empezar a bullir de nuevo, como una olla que rebosa, fue ver crecer el brillo del afecto en los ojos de su familia.
Al final, los gemelos trajeron la guitarra en el momento justo. Está a punto de reventar, necesita darle salida de algún modo, se rio Óscar por lo bajo, cuando ella los abordó a solas para preguntarles por el tema. No lo habíamos visto así en los últimos cuarenta años, añadió Felipe, emocionado. E Imelda también se emocionó, atrayéndolos a un abrazo y dando gracias por que sus hermanos hubiesen sabido encontrar la solución adecuada para que pudieran seguir avanzando.
Cuando Héctor comenzó a tocar de nuevo, cuando la música empezó a impregnar toda la casa, sencilla e íntima, familiar y hogareña, como antes, como al principio, trayendo paz y no dolor… barrió del alma de Imelda los últimos posos de tensión.
Pero también hizo añicos todas las máscaras y dejó al descubierto la maraña de sentimientos que Héctor llevaba décadas esforzándose por ignorar.
—Así que… ¿asumo que Julio te gusta? —le preguntó ella una noche, con voz jocosa.
—Es un buen hombre —asintió Héctor, sonriendo—. Me alegra que Coco eligiera un compañero así.
—No me sorprende nada. —Imelda le dedicó una mirada muy pagada de sí misma—. Siempre pensé que se llevarían bien, ustedes dos. Son tal para cual.
—¿Tú crees? —Un puntillo de picardía se reflejó en su tono y ladeó el rostro para buscar sus ojos—. ¿Soy tan responsable y trabajador como Julio?
—No, eres igual de blando y sentimental. —Ella tuvo que morderse el labio para reprimir una sonrisa, colocándole el pañuelo—. Julio es una persona seria. Tú eres un payaso.
—Oye, oye, no te quejas de mis payasadas cuando te hacen reír, ¿eh?
Aquello consiguió de hecho arrancarle un murmullo de risa y la sonrisa de Héctor se amplió. Pero, cuando alzó una mano para acariciar la que Imelda había dejado en su pecho, vio sus dedos temblar. Levantó la vista y se dio cuenta de que su sonrisa era tan frágil que parecía a punto de quebrarse.
—¿Qué sucede? —musitó, frunciendo el ceño con preocupación.
Héctor sacudió la cabeza y guardó silencio un momento, pero al final contestó:
—Julio me contó lo de Cenicienta. —Imelda alzó una ceja con falso fastidio y él se rio, pero había algo en su gesto que la mantuvo alerta—. Me contó que fueron de paseo a Oaxaca y que estuvieron en el Mier y Terán, aunque ya se llamaba Macedonio Alcalá y era además sala de cine, ¿verdad? Un día en familia. Justo treinta años después de que nosotros estuviéramos allá. Aunque Coco no recordaba nada, claro. —Hizo una pausa, desviando la vista—. Me gusta su historia. Las cosas que Julio me cuenta de Coco y las niñas… Ellos vivieron lo que tú y yo no pudimos vivir. Eso me hace feliz. Dos vidas rotas fueron suficiente, no era necesario que se rompieran tres. Pero…
Su voz se apagó. Imelda lo observó un instante, antes de posar una mano en su mejilla e instarle a girar el rostro hacia ella.
—Ellos tuvieron su historia, Héctor. Y nosotros tuvimos la nuestra.
—La nuestra fue demasiado corta —susurró él con dificultad.
—Sí. Pero estuvo llena de momentos memorables. Los recogiste todos en nuestro vals, Sobre las ocas, ¿o no lo recuerdas? —Héctor se atragantó con una débil carcajada, y ella sonrió—. El mayor éxito que escribiste jamás y el único que Ernesto no nos robó.
—No habría podido aunque quisiera, ahí sí lo habrían acusado de plagio.
—Ay, ¿cómo era la letra?
—Cuidado. —Él se inclinó un poco más, apoyando la frente en su sien—. Como recuerdes la letra de aquella estupidez, no respondo de mí.
Imelda lo ignoró e intentó dar con las palabras iniciales, probando una y otra vez. Hasta que Héctor marcó el tono, tarareándole al oído, y los versos acudieron a su boca de inmediato. No era una canción de verdad, solo una colección de rimas chistosas al son del famoso vals de Juventino Rosas. Cuando eran pequeños, él hacía aquello constantemente: inventarle letras nuevas a canciones que ya existían para narrar anécdotas de sus amigos, de la escuela, de la vida en general. La vez que versionó el Ave María con una historieta bastante inapropiada a la que tituló Dale, Lucía, don Luis le dijo que lo que tenía que hacer era escribir sus propias canciones. Fue entonces cuando sor Carmen comenzó a enseñarle composición. Pero entre ellos había seguido viva esa costumbre, como una más de sus bromas privadas. Sobre las ocas fue su obra culmen, regalo de su primer aniversario de boda.
Cuando terminó la primera estrofa, Héctor ya se había apegado a ella hasta enterrar el rostro en su hombro. Cuando terminó la segunda, ya la había rodeado con los brazos. A mitad de la tercera, la voz se le quebró y dejó de tararear. E Imelda lo envolvió, devolviéndole el abrazo cálidamente.
—No te estoy oyendo cantar, y se supone que esta bobada era un dueto.
Él intentó reírse otra vez, pero no le salió muy bien.
—No quiero estropear tu voz con la mía.
Esa broma ya no le hizo gracia.
—Héctor… —Trató de apartarse un poco para poder mirarlo a la cara, pero él apretó el agarre, reteniéndola.
—Pensé… pensé que no volvería a oír tu música nunca más —confesó con un hilo de voz—. Que había matado tu melodía para siempre. Mi música lo arruinó todo, nos lo robó todo. No puedo cantar contigo, Imelda. Ahora solo quiero escucharte a ti. Necesito escucharte a ti.
Ella tomó aire y lo dejó escapar en un suspiro triste.
—Hagamos un trato, entonces —le murmuró, deslizando una mano hasta su nuca para acariciarle el pelo—. Yo cantaré para ti, si tú tocas para mí. Como siempre. ¿Te parece bien?
—Sí. —Héctor había empezado a temblar—. Sí, me parece bien.
Imelda lo estrechó hasta que se tranquilizó del todo y, en los días sucesivos, intentaron curar una herida más. Por las mañanas, cuando Héctor tocaba para ellos en el taller, ninguno de los dos cantaba. Por las noches, cuando Héctor tocaba solo para ella, Imelda entonaba las letras y esperaba hasta que él coreaba algún verso, como si estuviera reaprendiendo a hablar. No fue fácil desatar aquellos nudos. El trauma era tan profundo que la impresionó, y le dejó claro que, a pesar de su madurez y sus sabias palabras, en el fondo él también estaba destrozado. Por momentos, parecía amar y odiar la música a partes iguales, incluso con más virulencia que ella misma. A veces se le metía en la cabeza que, si cedía de nuevo y se dejaba llevar, volvería a perderlo todo, y los accesos de pánico lo empujaban al borde de la asfixia. Pero cuanto más intensas eran sus emociones, más se agitaba su melodía interna, e Imelda sabía bien que no era sano reprimirlo. Debía dejarlo fluir.
Óscar tenía razón: la música era una parte vital de Héctor. Odiarla era odiarse a sí mismo; reconciliarse con ella equivalía a perdonarse de una vez. Y ella quería que él también se perdonase. Merecía perdonarse. Así que sonrió para él cada vez que se atrevió a cantar con ella. Recompensó cada tonada con una caricia. Intentó hacerle ver que volvían a estar juntos, que la música volvía a ser suya y que volvía a unirlos, en vez de separarlos. Hasta que Héctor terminó de convencerse de que de verdad aquel seguía siendo su lenguaje privado, y su espíritu se comenzó a desatrancar. Comenzó a corear a los demás en el taller con más frecuencia. Comenzó a jugar otra vez a inventarse rimas idiotas para divertirlos después de cenar. Comenzó a tocar, silbar y tararear con más y más soltura.
Pero todavía acallaba con obstinación sus propias canciones.
—Fue Julio quien me pidió aceptar en el taller a Rosita —le explicó otra noche Imelda, cuando Héctor le contó que habían tenido una conversación algo delicada y quiso saber más—. Estaba preocupado por ella.
—La situación con los Núñez… —Héctor dejó la frase en el aire y se mordió el labio—. ¿La trataban mal?
Imelda percibió su tensión y titubeó, buscando la mejor forma de exponer el asunto.
—No creo que la tratasen mal a propósito, pero las circunstancias eran… complicadas. Don Enrique no era un mal hombre, pero tampoco tenía mucho tacto, ¿eh? ¿Sabes que, en la boda de Julio y Coco, estuvo diciendo que ojalá yo me hubiese casado con Ernesto? Así habrían podido emparentar con la celebridad local.
Héctor soltó un resoplido de risa sarcástica, poniendo los ojos en blanco.
—Supongo que no lo diría delante de ti. ¿O fue ese el día que murió?
Ella le soltó un manotazo a modo de reprobación, pero casi se atragantó al reprimir una carcajada.
—No lo dijo delante de mí, pero quizá recuerdes que nunca se callaba sus opiniones. Nuestra relación no fue fácil, luego de que los niños se comprometieran: él amaba la música y pensaba que yo estaba loca. No era desagradable conmigo, pero siempre se las ingenió para recordarme que te había tenido más aprecio a ti que a mí. Y en su casa era igual. Charo fue la niña de sus ojos, se quedó destrozado cuando murió, y trataba a Rosita como si su hija hubiese vuelto de la Tierra de los Muertos. Eso la afectaba mucho a ella, pero a Maru también, y Maru… —Suspiró, negando con la cabeza—. Julio no me contó detalles, era muy discreto con estas cosas. Pero, para cuando murió don Enrique, estaba deseando sacar a Rosita de esa casa, porque sabía que ella jamás saldría por su propio pie.
Él no respondió de inmediato. Se quedó muy quieto, con el ceño fruncido y la vista perdida en las sombras del jardín. Una de sus rodillas se agitaba levemente arriba y abajo, en ese tic que siempre había delatado su humor más turbulento.
—Héctor —llamó Imelda, porque veía sus pensamientos como si los llevase escritos en la cara—. Héctor, mírame. —Y él obedeció—. Maru se aprovechó del carácter de Rosita. De que ella fuese tan dócil y odiase discutir. La mangoneó. Pero no era una abusadora. No como Lola, al menos.
Con la quijada rígida, Héctor clavó la vista en el suelo.
—Debí haber estado ahí —murmuró sin más—. Lo único que quise siempre fue cuidar de mi familia y no conseguí cuidar de nadie en absoluto. Debí haber estado ahí contigo para solucionar esto.
Imelda abrió la boca, la volvió a cerrar y suspiró.
—Sinceramente, casi me alegra que no estuvieras —replicó, y respondió a su mirada alarmada con una sonrisita indulgente—. Te habrías puesto furioso y habrías hecho alguna estupidez. Como aparecerte de repente en casa de los Núñez a rescatar a la niña, igual que un justiciero, derribando puertas y dando voces. Habría sido bochornoso, y luego tendría que haber ido yo a calmar las cosas, y ya sabes cómo odio tener que ser la diplomática.
—Jamás habría hecho semejante cosa. —Héctor torció la boca en una mueca y se cruzó de brazos con aire ofendido, pero sintió que su humor se aligeraba ante la broma—. Y yo nunca me pongo furioso.
Imelda soltó una risotada.
—Ay, con estas cosas sí que te pones. Para defenderte a ti mismo eres un flojo, pero que Dios se apiade de quien te maltrate a un ser querido. ¿O me vas a negar que ahora mismo te pican las ganas de ir a decirle cuatro cosas a Enrique y a Maru?
—Pues en realidad…
Ella volvió a reír, con una punzada de nostalgia, y no pudo evitar apegarse a él hasta apoyar la cabeza en su hombro. En un intento de relajarlo, posó una mano en los brazos que mantenía cruzados y los acarició.
—¿Sabes qué? —añadió en voz baja—. Por aquel entonces, solía pensar que tú no habrías esperado a que Julio te pidiese ayuda. Estaba segura de que habrías visto el problema antes que yo y habrías tratado de hacer algo. Intenté no sentirme orgullosa de ello, pero en el fondo lo estaba, y supe que traer a Rosita a casa te habría parecido lo correcto. Pensaba que la habrías amado como a una hija más. Y me hace feliz verlos juntos ahora y comprobar que no me equivocaba. —La pose Héctor perdió rigidez y la mano de Imelda encontró una de las de su esposo, entrelazando los dedos con los suyos—. No estuviste ahí, pero estás aquí ahora. Y lo estás haciendo muy bien.
—No estoy seguro de estar haciendo algo realmente…
—Claro que lo haces.
Guardaron silencio por un momento, mientras sus dedos se enredaban y desenredaban distraídamente.
—Rosita me… me dijo que le gustaría escuchar mis canciones.
—No es la única. —Imelda se permitió una pequeña sonrisa.
La mano de Héctor se crispó.
—Detesto mis canciones, Imelda.
—Eso no es cierto. Detestas lo que Ernesto hizo con ellas, y yo también. Pero bajo toda su basura sigue estando tu trabajo. Y pusiste en ello el corazón. No las escribiste para ser adorado por el mundo, las escribiste para nosotros y para ti, y tú jamás podrías detestar a la gente que más amas. —Él no dijo nada, como si aún no estuviera muy convencido, y ella resopló y se incorporó para mirarlo con una ceja enarcada—. Dime, ¿en cuántas canciones andas trabajando ahora mismo? ¿Dos? ¿Tres?
Héctor se envaró y giró el rostro hacia ella con tanta brusquedad que Imelda temió que se le desencajara el cráneo.
—¿Qué…?
—¡Oh, por favor! —bufó, riéndose—. Cambiaste en bastantes cosas, Héctor, pero en eso sigues igual que cuando te conocí hace ciento diez años. Puedo oírlas perfectamente, aquí. —Y rozó su frente con los dedos, aprovechando el gesto para acariciar las marcas de su calavera.
—¿Sí? —jadeó él, encogiéndose. Casi parecía tímido—. Tienes un oído demasiado fino, entonces. Ni yo soy capaz de escucharlas bien aún.
—¿Pero están ahí o no?
Héctor agachó la cabeza y apretó los labios.
—Sí, están. Pero no sé qué hacer con ellas. —Se encogió de hombros—. Llevo sin componer más de noventa años, ya ni recuerdo cómo se hace.
—Sí lo recuerdas, pero te da miedo.
Se sostuvieron la mirada intensamente por unos segundos, hasta que él desvió la vista, entre inquieto y ansioso.
—Si… s-si tratase de darles forma… ¿te parecería bien ayudarme?
Como toda respuesta, Imelda alzó el mentón con orgullo y le dedicó una sonrisita satisfecha.
El Héctor que llegó después de aquella charla fue el que ella recordaba con mayor claridad. El músico. El que tejía melodías en el aire y vivía en una especie de estado bilingüe continuo, la mitad de su mente pensando en palabras y la otra mitad pensando en notas. Imelda nunca supo si todos los compositores eran así o se trataba de algo específico de su esposo, pero siempre le había resultado fascinante. Casi mágico. Volver a verlo en ese estado era maravilloso, como si Héctor estuviera completo de nuevo al fin.
Aunque siguió tocando viejas canciones para todos, empezó a dedicar mucho más tiempo a improvisar, como el atleta que entrena antes de una carrera. Empezó a buscar algo más de tranquilidad y silencio, intentando poner en orden el bullicio que vibraba en su cabeza. Y, por las noches, garabateaba pentagramas en las hojas sueltas que Imelda le prestaba; a veces en el jardín, a veces en la cocina con las puertas cerradas, pero siempre con la guitarra en el regazo y su esposa sentada junto a él.
—No me convence esta parte —gruñó una vez, frustrado—. ¿Qué opinas tú?
—No subas tanto. ¿Por qué subes tanto? Sabes que tu voz no llega tan alto.
—Bueno, tú sabes que siempre escribo con voces mejores que la mía en mente…
—Pues no lo hagas, eres tú quien va a cantar esto.
—¿Sí? —Héctor le dedicó una sonrisa trémula—. Pensé que las cantarías conmigo.
—No.
Su respuesta fue tan contundente que él se quedó estático. Le echó un vistazo a sus papeles y a la guitarra, y su inseguridad se disparó de forma tan visible que Imelda temió que se levantara de un salto y huyera a la otra punta de la casa.
—Pero… ¿E-es por lo que dije? ¿De no poder cantar contigo? No pretendía…
—No tiene nada que ver con eso —atajó ella, colocando una mano tranquilizadora en su brazo—. No las cantaré yo, porque es el regalo que estás preparando tú.
—Es un regalo de los dos…
—No es un regalo de los dos, es tuyo. Es tu voz la que está ahí, y así es como debe ser. Si vas a escribir esto con todas las cosas que quisiste decirles a lo largo de estos años, eres tú quien las debe decir, ¿no te parece?
Héctor permaneció pensativo un momento, pero una leve arruga de determinación se fue formando en su ceño. Asintió, como comprometiéndose. Y se esforzó el doble por encontrar no solo el tono que encajara mejor con los demás, sino también consigo mismo, con lo que ellos le hacían sentir y lo que quería transmitirles. Porque, aunque siempre hubiese sido un charlatán con el don de la palabra, un cuentista que encandilaba y divertía a todo el mundo, para las cosas importantes solo la música podía canalizar al cien por cien lo que quería expresar.
Así eran las primeras canciones que había escrito, siendo aún un crío. Antes de que Ernesto lo arrastrara a los caminos, antes incluso de que ambos comenzasen a actuar ante el público. Así había sido Grabado a fuego, la canción que escribió para Lupe a los doce años y que solo cantaba en el Día de Muertos, ante la ofrenda. Así había sido "esa", una mítica canción sin nombre a la que siempre se refería simplemente así, escrita para Lola y que nadie, ni siquiera Imelda o Ernesto, le había oído tocar jamás. Así habían sido los esbozos originales de Una canción, la primera que escribió para ella, o que intentó escribir para ella, cuando ninguno de los dos tenía muy claro aún qué significaba exactamente estar enamorado. Cuando solo eran dos amigos que se veían a escondidas en el cementerio algunas noches. En la época en la que Margarita no hacía más que repetirle a Imelda que no era apropiado que anduviera por ahí con un niño, y Lola no hacía más que repetirle a Héctor que tenía demasiado trabajo como para andar holgazaneando con la niña de los Rivera.
De hecho, conforme fueron pasando los días, aquellas noches comenzaron a recordarle más y más a sus antiguas citas secretas. Conservaban el regusto de la vieja ilusión por crear música juntos y de la emoción por el secreto compartido. Su historia se desarrollaba lejos de los ojos de todo el mundo: por la mañana, ella volvía a ser Imeldita, la hija mayor del carpintero, y él volvía a ser Héctor, el chamaco de la fonda, que habían coincidido en la escuela y cantaban juntos en el coro y charlaban con cordialidad cuando se veían porque se llevaban muy bien, pero nada más. Nadie sabía que ella era la única a la que Héctor enseñaba sus canciones a medio escribir, que eran lo más íntimo que poseía. Nadie sabía que ella lo había consolado un millar de veces y se había dejado consolar por él otras mil. Ni que tenían todo un arsenal de chistes privados. Ni que habían aprendido a bailar juntos entre las sepulturas, mordiéndose los labios para ahogar las risas. Ni que ella se preguntaba con frecuencia, cuando estaba a su lado bajo la luz de la luna, a qué sabría su primer beso si se lo pedía a él.
La primera canción que Héctor terminó fue la de Julio y Coco. Le salió con una facilidad pasmosa, casi del tirón, como si hubiese pasado aquellos cien años esperando el momento de escribirla. Imelda lloró cuando se la mostró.
La segunda fue la de Rosita. Con esa necesitó más ayuda, porque tocaba temas demasiado sensibles, e Imelda ejerció de contrapeso para encauzar sus emociones, limando las más afiladas y potenciando la suavidad y el consuelo. Cuando estuvo lista, fue Héctor quien casi lloró y decidió reservarla para una ocasión especial.
La última, la que más se le resistió y en la que tuvo que trabajar más duro, fue la de Victoria. No era capaz de dar con las palabras adecuadas. Ella había crecido sin música; para poder encontrar su melodía primero tenía que encontrarla ella, y Héctor estaba ansioso por hacerlo bien. A Imelda le impresionó cómo afrontó él el reto, guiando a su nieta al mismo tiempo que se dejaba guiar. Al final fue la propia Victoria quien le compartió las claves y, cuando todo encajó en su lugar, aquella composición se sintió ciertamente como una victoria.
La noche del domingo que Héctor cantó para su nieta, tras contarle a Imelda lo ocurrido con ojos brillantes, él hizo una pausa y musitó:
—¿Crees que Vico está en lo cierto? ¿Que Coco pensaba que nuestra historia la disuadió de formar una familia?
Ella lo consideró durante un momento.
—Yo… no lo sé —contestó, encogiéndose de hombros—. Me gustaría pensar que no, pero Coco nunca lo habló conmigo. Siempre pensé que ella comprendería que su hija simplemente era así. Yo no les decía a las niñas que no lo intentaran, solo que eligieran bien. Y les repetía todo el tiempo a Coco y a Julio que no se inquietaran tanto, porque Victoria no necesitaba a nadie para tener una buena vida. Pero quizá eso no los tranquilizaba mucho, viniendo de mí.
Héctor se quedó callado, con la cabeza gacha y el ceño fruncido.
—Es aterrador pensar que mis acciones pudieron hacerles perder la fe en el amor —susurró con voz ausente—. Es triste haberme convertido en el ejemplo de "mal esposo".
Imelda se tensó.
—Héctor, yo no…
—No, no, no es un reproche, no es… S-solo es algo que lamento. —Suspiró, hundiéndose de hombros—. Es lo que más lamento. Ya ves, toda la vida obsesionado con no ser como mi padre, y al final lo hice incluso peor que él.
Su melancolía fue tan tangible que le dejó el corazón en un puño.
—Fuiste un esposo y un padre excelente el tiempo que estuviste con nosotras —soltó, sin poderse contener. Él dejó escapar un resoplido de risa amarga e Imelda apretó los dientes—. Lo fuiste. Sabes que si no fuese así, no estaríamos aquí ahora mismo.
Se miraron fijamente, como asomándose al alma del otro. Muy despacio, Imelda cubrió su mejilla con una mano y acarició las marcas de su pómulo con el pulgar.
—¿Por qué si no iba a doler tanto tu ausencia? —añadió quedamente—. Si hubieses sido un mal esposo, habría hecho una fiesta cuando te marchaste.
—Si te hubieses casado con Ernesto…
—¡No lo dudes!
Rieron débilmente, pero la emoción tiñó sus voces y volvieron a mirarse con calidez. Héctor cubrió con su mano la de ella, reteniéndola un poco más, acariciando sus nudillos. Entonces, en un gesto que pareció casi inconsciente, giró un poco el rostro y posó un beso en la cara interior de su muñeca. Imelda se estremeció. El fantasma de una sensación medio olvidada, como de piel que se eriza de placer, le recorrió los huesos. Fue tan inesperado que se quedó con la mente en blanco por un segundo; y quizá se le reflejó en la cara, porque Héctor se removió tímidamente y apartó con delicadeza la mano de su esposa de su rostro, llevándosela al pecho.
Imelda tragó. Sus dedos se crisparon, aferrándose al chaleco.
—Lo siento, Héctor. Debí hacerlo mejor.
—Tú no…
—Debí decirle a Coco que Victoria estaba bien. Debí decirle a Victoria que estaba bien. Yo sabía que era así. Ella se parecía a ti.
—Espera, ¿qué?
El cambio en su tono hizo que se atragantara, y apretó los labios para reprimirse, buscando sus ojos.
—No en todo, claro está. Pero a veces la escuchaba hablar y… Ella sentía como tú. Veía el mundo como tú. Siempre tuvo claras sus prioridades, igual que tú. Y, como tú, era muy apasionada para algunas cosas, y para otras no tanto.
Su tono debió ser lo bastante elocuente, porque la cara que él puso estuvo a punto de provocarle una sonora carcajada. Tragársela fue hasta doloroso. Héctor trató de replicar, se le trabaron las palabras, balbuceó un par de incoherencias y finalmente plantó un dedo acusador ante su rostro, componiendo su patentada expresión de reproche, que ganaba mucho ahora que ya no podía sonrojarse hasta la raíz del pelo.
—Dejemos clara una cosa —empezó, con una solemnidad tan falsa que Imelda se tuvo que apretar los nudillos contra la boca—. Tú y yo no tuvimos tiempo suficiente para averiguar qué tan apasionado podía llegar a ser.
—Estuvimos casados cuatro años, no cuatro horas —se burló ella, poniendo los ojos en blanco—. Tiempo más que suficiente para comprobar que eras mucho más romántico que apasionado, don Dedos Ágiles.
—No estamos teniendo esta conversación.
—Oh, sí que la estamos teniendo.
—Pues entonces te recordaré que nunca parecieron importarte mis… —agitó una mano frenéticamente— niveles de pasión, doña Suspiros y Risitas. ¿O hubieses preferido uno de esos ardientes amantes que salen en las novelas de Vico?
—Dios mío, claro que no, tú eras mucho más divertido. Y besabas maravillosamente.
—Me ofende el uso del pasado en esa frase.
—Ah, ¿aún besas maravillosamente? Hace mucho tiempo que no tengo el gusto de comprobarlo.
No se dio cuenta de lo provocador que sonó eso hasta que Héctor volvió a quedarse sin habla y la miró con la boca abierta. Imelda inspiró con brusquedad, sintiendo que esta vez era ella la que podría haberse sonrojado hasta la raíz del pelo. Ambos se sacudieron y pusieron un poquito de distancia entre ellos, la vista al frente, Imelda intentando recogerse el pelo tras una oreja que ya no existía y Héctor tamborileando con los dedos en su rodilla. Pero enseguida notó que no había tensión real. Solo un recato torpe, como si volvieran a tener catorce años. Esperó, conteniendo el aliento, y la desesperación no hizo acto de presencia. Ni desesperación, ni dolor, ni cautela, ni ninguna de esas emociones que los obligaban a replegarse como mimosas ante un roce. Estaban hablando de un tema tan espinoso como aquel y lo hacían bromeando con sinceridad.
El alivio fue brutal. Se sintió tan ligera, tan liberada, que una amplia sonrisa se abrió camino de nuevo hasta sus labios. La risa comenzó a bullir otra vez en su pecho, y se cubrió la boca con los dedos en un intento de controlarse. Miró de reojo a su marido, tieso a su lado, y él la miró de reojo a ella. Y, de repente, los dos luchaban por reprimir un ataque de risa, temblando violentamente.
—Ay, debí leer con más atención qué se supone que hacen los amantes ardientes en estas situaciones. ¿Quieres que me instruya al respecto?
—No me crees expectativas, músico.
—No puede ser peor que la charlita que me dieron los muchachos antes de la boda.
Imelda se derrumbó contra su costado, acallando la carcajada en su chaleco. Mientras él la envolvía, estrechándola con fuerza, ella le pasó un brazo por los hombros y se refugió en su cuello. Y, cuando las risas se aquietaron, suspiraron a la vez.
—Oh, Héctor… ¿Mal esposo? Tú me hacías tan feliz que el mundo se me hizo insoportable cuando faltaste. —Lo apretó un poco más—. Quizá lo único que le hizo mal a Victoria fue no poder tenerte ahí mientras crecía.
Él deslizó una mano por su espalda.
—¿De veras lo crees?
—Sí. Por esto y por tantas otras cosas. Ella tiene mucho de ti, más de lo que piensas. No todos lo ven, porque no todos conocen esa cara tuya. Pero yo sí.
Oyó la sonrisa de Héctor en su voz.
—Pensé que dijiste que soy solo un payaso.
Y, por primera vez desde el inicio de su reconciliación, sintió verdaderos deseos de besarlo. Cerró los ojos, cediendo a la imagen sin culpabilidad ni temor. Su boca, sus besos, tan cerca, después de tanto tiempo. Con el corazón lleno de amor y la simple felicidad de las ganas.
Tal y como había hecho él antes, giró un poco el rostro y posó un leve beso en su pómulo. Si Héctor hubiese vuelto la cara hacia ella, ni que fuera dos centímetros, Imelda le habría besado en los labios. En aquel momento, se sentía capaz de empezar a besarlo y no parar hasta que saliera el sol. Pero él volvió la cara hacia el lado contrario, hundiéndola en su hombro. Lo notó tensarse entre sus brazos y contener la respiración. Algo en su reacción le recordó la noche de Navidad, y comprendió que, aunque ella no estaba sintiendo desesperación ahora, él sí.
—Héctor…
—No sé cómo empezar siquiera a explicarte lo mucho que te extrañé —le susurró con voz ahogada—. En todos los aspectos. En todo. No sé si existen palabras para eso o notas suficientes. No lo sé, Imelda.
Ella no contestó. Se limitó a arrullarlo, tarareando lo primero que le vino a la cabeza. Distraída, quizá no le prestó la debida atención a lo que él acababa de decir. Quizá por eso no supo reaccionar a tiempo.
Quizá por eso se llevó una sorpresa cuando, después de semanas de avances y de frenética actividad, lo vio encallar de golpe, como quien se estrella contra un muro.
Imelda intuía que Victoria, Rosita y Julio estaban preparando un regalo especial para Héctor, pero no supo de qué se trataba hasta que le entregaron el cuaderno de música. Y la emoción casi la derrumbó. Ellos no podían ser del todo conscientes de lo que significaba un detalle así, después de la secreta lucha diaria que Héctor había llevado a cabo durante aquellas semanas para ofrecerles un pedazo de su alma. En cierto modo era como si su familia aprobase su esfuerzo y lo aprobase a él, haciéndole saber que era un miembro válido de aquella casa, un Rivera más de pleno derecho.
Aquella noche, Héctor la atrapó entre las sombras de la cocina a oscuras y la abrazó con intensidad por lo que parecieron horas, medio sollozando, medio riendo.
El cuaderno llegó en el momento justo, igual que lo había hecho la guitarra. E, igual que la guitarra acabó con los disimulados tarareos, el cuaderno acabó con las sesiones de composición a escondidas, porque ya no había nada que ocultar. Fue entonces cuando apareció el último Héctor que Imelda había conocido en vida: el profesional. Durante los días posteriores, se instalaba con ellos en un rincón del taller (o se quedaba en la cocina si había demasiado jaleo) para transcribir las canciones, puliendo y afinando detalles, con ese afán perfeccionista que tantas veces había visto ella en el pasado y que tanto había temido no volver a ver. La música seguía siendo su trabajo, además de su vocación; y esa era la vida que podrían haber tenido si Ernesto no les hubiese arrebatado todo.
Pero cuando quedó satisfecho con las versiones finales de las tres nuevas canciones y las dio por concluidas, algo cambió. Se petrificó ante una hoja en blanco con el ceño fruncido, enredado en un rumor tan turbulento que lo empujaba a borrar todo lo que anotaba. Empezó a tornarse distraído y silencioso, la inquietud lo retorcía con un despliegue de tics que Imelda conocía demasiado bien. Algo serio le rondaba la cabeza, algo que no sabía cómo resolver. Si era un simple bloqueo u otra cosa, ella no estaba segura. Pero cuando hasta sus noches se vieron salpicadas por su cambio de humor, Imelda se empezó a preocupar en serio. Siempre que se ofrecía a echarle una mano con la nueva composición, él solo repetía que aún no tenía una idea clara y cambiaba de tema. Siempre que ella se acercaba para reconfortarlo, lo sentía tensarse, por más que él tratara de disimular. De repente, Héctor parecía mucho más accesible durante el día a plena luz que durante la noche, como si la intimidad lo incomodara. E Imelda temió haber cruzado inconscientemente alguna línea invisible para la que aún no estaban preparados, arruinando sus progresos sin querer.
Decidió darle una semana de margen. Al ver que a los diez días seguía igual, soltó:
—¿Me dirás qué se supone que tienes?
Héctor levantó la vista del cuaderno. Estaban en la cocina, él sentado a la mesa mientras ella se disponía a preparar la cena. Era una tarde de domingo, y por la puerta y la ventana abiertas entraban desde el jardín las voces de Victoria y Rosita, que estaban colgando a secar la ropa recién lavada. Un poco más allá, los gemelos barrían y ordenaban el taller. Y desde el salón llegaba el leve rumor de la radio que escuchaba Julio mientras revisaba las listas de pedidos para la semana entrante.
Ninguno estaba con ellos, cada uno ocupado en sus cosas, pero la casa aún estaba despierta y llena de actividad.
—Escucha —suspiró Imelda, poniendo los brazos en jarras—, si te atoraste en la composición, de acuerdo. Pero prometimos hablar claro, así que si el problema es otro…
—No —la interrumpió Héctor con rapidez—. No, esa es la mejor manera de decirlo. Me atoré en la composición.
Ella se tragó un suspiro, intentando relajarse.
—Escribiste tres canciones en apenas unas semanas, después de casi un siglo sin componer. Quizá no debieras presionarte tanto.
—No es cuestión de presionarse o no, esto… —Gruñó y cogió por enésima vez el borrador, torciendo la boca en una mueca—. Esto es distinto. Esto es…
Hizo una serie de aspavientos con las manos, como buscando una palabra que no llegó a encontrar, y al final se rindió con un resoplido. Imelda lo observó con una ceja alzada.
—Veamos, escribiste esas canciones para tu familia —comentó con cautela—. Quizá el punto esté ahí. ¿Sobre qué intentas escribir ahora?
Héctor agachó la cabeza y apretó los labios, barriendo las migas de borrador con más brusquedad de la necesaria. Sí, ahí estaba el punto. Imelda se cruzó de brazos y esperó, taladrándolo con la mirada. Ya se disponía a insistir, cuando él abrió la boca y dijo en voz baja:
—Durante estos meses… pude conocer mejor a mi yerno, a su hermana y a mi nieta. Conocerlos mejor y comprender qué puesto ocupan en el… el retrato familiar. Pero, cuando intento pensar qué puesto ocupo yo, no estoy seguro de cuál es la respuesta.
Imelda parpadeó. Que su preocupación consistiera en eso le pareció tan inconcebible que se quedó desconcertada. ¿En serio no sabía cuál era su lugar? ¿Es que no se daba cuenta de cómo todos habían abierto los brazos para acogerlo? Julio lo tenía poco menos que de confidente, Victoria orbitaba a su alrededor como una mariposa hechizada por la luz, Rosita lo adoraba. Incluso ella misma… Ella misma daba gracias a diario por haber recuperado al amor de su vida.
—¿De veras no lo sabes?
Él encogió un hombro con desamparo.
—Mi foto está rota.
La foto. Imelda se clavó los dedos en los brazos. Casi se había olvidado de la existencia de aquel condenado papel, tan hechizada como estaba con la presencia del Héctor real. Qué demonios importaba una foto rota ahora que tenía a su esposo en sus brazos y veía su cara cada día, en vez de tener que buscarla en las profundidades de su memoria. ¿Pero había sufrido él el proceso contrario? Cuanto más aprendía y más se integraba, ¿había empezado a buscarse a sí mismo en el retrato familiar para encontrar simplemente un hueco vacío?
—Héctor —empezó, tomando aire—, esa foto no… Tu lugar en la familia no depende de eso. Deberías saberlo. Significas algo diferente para cada uno de nosotros, pero todos te queremos y este es tu hogar, y… —Él sacudió la cabeza, como si no se estuviera refiriendo a esas cosas, e Imelda frunció el ceño con incomprensión—. ¿Qué? ¿Qué es entonces?
—¿Qué… q-qué puesto quieres que ocupe?
—¿Yo? ¿Qué puesto quieres ocupar tú?
Héctor buscó sus ojos en el acto y su expresión fue tan directa que no necesitó decir nada.
Contigo.
Imelda no supo qué cara puso, pero él se envaró y apartó la vista, estallando en un arrebato de nervios.
—N-no me corresponde… Q-quiero decir, estoy bien, todo está bien, las cosas van bien, mejor de lo que soñé jamás, y es abrumador a veces, porque eso da miedo, ¡pero también me hace feliz!, y no debería… Y-yo no… ¿Q-qué tono debería usar?, porque tengo demasiadas cosas en la cabeza, y no sé si sea apropiado que… n-no sé qué enfoque puede… qué te parecería si… o si prefieres que…
En medio de la tormenta de tartamudeos y exagerados gestos, Héctor se llevó la mano a la sien e hizo amago de colocarse el lápiz en la oreja. Cuando estaban vivos, ese ademán había sido casi tan célebre como su manía de aferrarse el brazo derecho. Solo que ya no había oreja tras la que colocar el lápiz. Y este se fue directo al suelo con un repiqueteo.
La escena se paralizó. Héctor calló, giró el rostro y se quedó mirando el lápiz en el piso, como si no entendiera qué rayos acababa de ocurrir. Y ella lo intentó. Lo intentó de verdad, porque la conversación era seria y lo último que quería era perder el hilo ahora. Pero no fue capaz de tragarse la carcajada que le estalló en el pecho y, antes de darse cuenta, estaba doblada sobre sí misma, con las manos contra la boca para acallar el ataque de risa que la sacudía de arriba abajo.
—¡Imelda! —protestó Héctor con fingida indignación, levantándose para recoger el lápiz—. ¡De veras!
Ella agitó una mano, pero no pudo parar. No podía. Era la calidez que la colmó ante la actitud de Héctor, idéntica a la torpeza que se gastaron ambos a los quince años, cuando no tenían la menor idea de cómo declararse. Era la ternura de verlo repetir un gesto que él solo había podido hacer en vida, a pesar de llevar muerto un siglo y estar mucho más acostumbrado a desarmarse a sí mismo que a los latidos de su propio corazón. Era la luz de la tarde, y la naturalidad del momento, y el alivio, y la felicidad.
Sintió un leve codazo en las costillas y alzó la vista para encarar a su esposo, que se había plantado a su lado con los brazos cruzados y un exagerado mohín de enfurruñamiento. Sin embargo, los ojos lo delataban. La sombra de la incertidumbre se había suavizado con una chispa de sincera alegría al verla reír.
—Ay, Héctor —suspiró con cariño—, ¡tus orejas! Qué gran pérdida. ¿Dónde dejarás el lápiz ahora mientras trabajas, eh?
Alzó las manos y le apartó el pelo de la cara con ademán de recogérselo tras las orejas, en una pantomima de la vieja carantoña que solían compartir. Cuando estaban recién casados, además, siempre aprovechaba ese gesto para sujetarlo con suavidad por las orejas y atraerlo a un beso. Su mirada se encontró con la de Héctor y supo que él estaba recordando justo lo mismo. Pero esta vez no retrocedió ni retiró las manos. Le enmarcó el rostro, instándolo a inclinarse hasta unir sus frentes, y por un segundo tuvo la impresión de que él se iba a derretir. La tensión de las últimas noches fue sustituida por un estremecimiento y un trémulo suspiro cargado de anhelo, como si le estuviese costando un esfuerzo inmenso no cerrar la distancia y fundirse contra ella. Su reacción la hizo sonreír otra vez.
—¿Quieres que te cosa un cordón en el chaleco? —bromeó, acariciándole las mejillas—. Para el lápiz.
Héctor se rio en un jadeo.
—No me subestimes, soy un hombre de recursos —replicó. E, incorporándose, se clavó el lápiz entre el pelo, a modo de peineta—. ¡Tadaa! ¡Siempre a mano!
Dio una palmada y abrió los brazos, e Imelda volvió a reír.
—Me traes loca, ¿lo sabías?
Quizá él no se lo esperara. Al fin y al cabo, no era el tipo de cosa que ella diría tan abiertamente, y mucho menos ahí y ahora, donde cualquiera podía verlos u oírlos. Pero quizá también por eso su sonrisa se llenó de esperanza y la miró con un amor tan manifiesto que la sobrecogió. ¿Era así como la miraba normalmente? ¿Con esa cara de enamorado crónico, como si ella fuese una estrella bajada del cielo para posarse en sus manos?
En la penumbra, algunas cosas eran más fáciles; pero también se perdían muchos matices.
—Pensé que tal vez —musitó Héctor—, después de tanto tiempo… el cielo ya se habría vuelto azul.
Ella sintió que su sonrisa se ensanchaba.
—No. Aún es rojo.
La sonrisa de Héctor también se amplió, ganando seguridad.
—Aún ves todo al revés…
—Y tú aún piensas con los pies.
Él se atragantó de nuevo con una breve risa, acercándose. Le temblaron los labios y tuvo que tragar un par de veces, pero por fin, por primera vez, entonó en voz baja:
—Tu mente que despega…
—Tú siempre con ideas… —cantó en respuesta Imelda, sin vacilar.
—Con mi cabeza juegas…
El último verso lo cantaron juntos, y al ver el brillo de emoción en sus ojos, Imelda comprendió cuál era el problema de verdad.
Ya estaban en abril; hacía casi medio año de lo ocurrido en el Día de Muertos. En ese tiempo habían recuperado cosas que ella creía perdidas para siempre: su amistad, su confianza, su vínculo, su camaradería. Pero lo más íntimo permanecía relegado a las noches. Durante el día, eran más bien dos viejos amigos que resultaban haberse casado cien años atrás. Se habían acomodado en el rol de Papá Héctor y Mamá Imelda, mientras que en el jardín jugaban a ser enamorados. Y esa dicotomía comenzaba a pesar demasiado, porque ya no eran niños que necesitaran esconderse para robarse unas caricias.
Tendría que haberse dado cuenta antes, porque ya habían pasado por algo así. En la confusa transición de la infancia a la juventud, cuando Imelda aprovechaba sus citas secretas para abrazarlo de una forma que le habría provocado un infarto a su madre y Héctor empezó a preguntarse si lo que ocurría a escondidas ocurría de verdad o era solo un espejismo. La oscuridad hacía las cosas más fáciles, pero también mucho más frágiles. Ahora les había pasado exactamente lo mismo: se habían aislado, porque al principio necesitaban mucho espacio y les había parecido lo mejor. Cinco meses después, con la mayoría de heridas cerradas, ya no tenía ningún sentido. No podían estancarse ahí. Eso era lo que lo ponía nervioso y disparaba sus dudas.
Aunque también era algo que tenía fácil arreglo.
Héctor se había quedado contemplándola, embelesado. Vio por el rabillo del ojo cómo deslizaba la mano por la encimera hacia ella, como tanteado los límites o pidiendo permiso para acercarse más. Tan cauteloso. Él, que siempre había sido pronto al contacto físico y había necesitado las muestras de afecto tanto como el respirar. Y, con un resoplido jocoso y una mirada indulgente, Imelda lo sujetó por los tirantes y tiró de él sin más contemplaciones para envolverlo en sus brazos.
Casi le sorprendió lo sencillo que resultó. Héctor inspiró con brusquedad, pero enseguida se relajó con un hondo suspiro y la rodeó por los hombros. En el silencio que invadió la cocina, Imelda oyó con más claridad la radio encendida en el salón y las voces de sus hermanos en el taller, mezclándose con la respiración de Héctor junto a su oído. Y le gustó. Era como dar el último toque a un zapato, cerrar el último pentagrama de una composición. Como llegar definitivamente a casa de una bendita vez.
Al captar un rumor en la ventana, abrió los ojos casi con pereza y echó un vistazo por encima del hombro de Héctor, encontrándose a Victoria y Rosita mirándolos sin ningún pudor desde el jardín. La primera lucía una satisfacción muy descarada y la segunda parecía estar aguantándose un chillido de emoción. Imelda tuvo que fruncir los labios para no reírse y las ahuyentó con un imperioso ademán.
—Nos están viendo por la ventana, ¿verdad? —murmuró Héctor contra su sien.
—¿Tú qué crees?
Él rompió a reír e hizo amago de apartarse. Pero Imelda apretó el abrazo, reteniéndolo, y se acurrucó una vez más en la curva de su cuello.
—Quieto ahí, músico. ¿Tienes claro ya cuál es tu lugar?
—Este me gusta bastante.
—Bien. ¿Dejarás de agobiarte de una buena vez?
—Lo puedo intentar.
—Podrías intentar invertir tus energías en cosas mejores. Como darle un beso a tu mujer, por ejemplo.
Héctor apenas logró ahogar la carcajada.
—¿Solo uno?
—Estoy abierta a negociar.
Estrechándola con fuerza, él la besó en el hombro. Se enderezó para posar otro beso aún más ligero en las marcas doradas que adornaban su mejilla. Rozó con los labios las espirales enredadas justo bajo la línea de su pelo. Y finalmente apoyó de nuevo su frente en la de ella, suspirando. Eso fue todo, pero era más que suficiente de momento, e Imelda sonrió otra vez, acariciándole la espalda.
—No es necesario que escribas nada para nosotros dos, Héctor. Aún no, si no sabes cómo. No hay prisa. Tenemos un buen repertorio de clásicos, tú y yo. Ya habrá tiempo para canciones nuevas.
—Se me están ocurriendo veinte canciones nuevas ahora mismo —bromeó él, meciéndola ligeramente, y ella también rio.
—Hablador. Prepara un popurrí pues, si ese es el caso.
Héctor se quedó estático.
—Qué gran idea.
—Pretendía ser un chiste…
—¡No, no, es perfecto! —Se apartó de golpe, sujetándola por los hombros, y la miró con una sonrisa que le ocupaba el rostro entero—. ¡Es perfecto, Imelda! No es solo un tono, son muchos tonos, es la mezcla, es la… la forma ideal de darle sentido a este… e-este lío que somos tú y yo, y los sentimientos enredados, y las emociones, y…
—No sé si debería ofenderme —gruñó ella, cruzándose de brazos, aunque la sonrisa aún tiraba de las comisuras de su boca.
Héctor ya retrocedía de vuelta a la mesa, sin parar de hablar, dando vueltas como si intentase esquivar cosas invisibles y tropezándose a cambio con las sillas de verdad.
—Es un popurrí, sí, tú y yo somos un popurrí, eso es, con giros y cambios y quiebros, muchas cosas distintas que no se funden del todo, pero que suenan bien y mantienen la armonía, y… y…
Se estaba llevando de nuevo la mano a la sien en busca del lápiz. Imelda se cubrió la boca para acallar la risa, señalándose a sí misma la cabeza para recordarle dónde lo había puesto en realidad.
Aquello bastó para salvar un nuevo bache y avanzar un pasito más. Pero lo ocurrido le dio una idea.
—Muchachos —le dijo al día siguiente a los gemelos—, ¿qué fue de la cámara que Victoria les dejó aquel año en la ofrenda?
—¿La Polaroid? —Óscar alzó las cejas con sorpresa.
—Aún la tenemos.
—Sí, claro. Y aún la usamos.
—Está como nueva.
—Es como la comida, que nunca se pasa.
—Papel infinito.
—Nos es muy útil en nuestras excursiones.
Imelda alzó una mano para frenarlos, antes de que se explayaran en un listado de las cosas extrañas que se dedicaban a fotografiar cuando salían por ahí.
—¿Pueden prepararla para después?
Ellos se miraron con curiosidad, pero asintieron. Y esa misma tarde, antes de la cena, Imelda reunió a toda la familia en el salón y los instó a colocarse ante la vieja cámara que los gemelos habían instalado en un trípode.
—¿Qué… qué es esto? —dejó escapar Héctor, desconcertado, mientras su esposa lo sujetaba del brazo y lo guiaba hasta una silla.
—Tú siéntate ahí y sonríe.
Ella tomó asiento a su lado, en otra silla, y el resto se congregó su alrededor. Héctor se había quedado muy tieso, con la espalda recta y pose tensa, mirando el aparato con la misma cara con la que había mirado a Pepita tiempo atrás. Las manos le temblaban en el regazo, e Imelda alargó con aire casual la suya para agarrar una de ellas. Él le devolvió el apretón, entrelazando los dedos con los suyos. Y así seguían cuando Felipe terminó de programar el temporizador, corrió a reunirse con los demás y el flash los cegó a todos por un momento.
El posado se disolvió enseguida. Rosita rio, comentando que hacía mucho tiempo que no se fotografiaban todos juntos. Julio dijo que deberían hacerlo con más frecuencia. Victoria dijo que deberían salir en familia algún día y hacer fotos por ahí. Óscar y Felipe comenzaron a parlotear sobre los sitios interesantes a los que iban ellos en los días libres. Pero Imelda se limitó a levantarse, recoger la foto instantánea y agitarla levemente hasta que la imagen quedó nítida.
Antes de poder girarse siquiera, notó a Héctor pegado a su espalda, mirando por encima de su hombro con avidez.
—Ahí tienes —le sonrió, entregándosela, y él la aceptó con dedos vacilantes.
No se parecía a su vieja foto familiar. Esta era en color, no en sepia, y no retrataba a tres personas, sino a siete. Pero los dos estaban sentados en el centro, con las manos entrelazadas, ella sonriendo con seguridad y él con incredulidad. Victoria estaba de pie tras ellos, con cada mano en un hombro de sus abuelos, flanqueada por Óscar y Felipe. Julio sonreía junto a Imelda y Rosita sonreía junto a Héctor. Y todos formaban una piña en la que nada sobraba, nada desentonaba.
Una foto nueva, sin huecos ni cicatrices. Como símbolo de su nueva oportunidad.
—Puede que tú y yo seamos como un popurrí —susurró Imelda, colando una mano en su chaleco—. A veces sonando así, a veces sonando asá. Un lío sin melodía clara. —Sacó el cuaderno de su bolsillo interior, donde siempre lo llevaba—. Pero, sea como sea, la música la hacemos juntos. Quiero que mires esto cada vez que lo dudes. Tu sitio —señaló a su esposo en la imagen— es este. Y ese seguirá siendo. —Le quitó la foto con suavidad, la guardó dentro del cuaderno y apretó este contra el lado izquierdo de su pecho, donde en vida había latido su corazón—. No lo vayas a olvidar.
Héctor la miró a los ojos, mudo. Fue solo un momento, antes de que la emoción lo dominara. Esta vez sí, la envolvió de improviso en un abrazo tan apretado que la levantó un palmo del suelo y la hizo crujir, provocando las risas y vítores de la familia entera.
Pero ese momento bastó para confirmarle que, por un segundo, él también había ardido en deseos de besarla.
-Fin-
¡Respuestas rápidas a los reviews no registrados!
Nakuru: Mil gracias otra vez por tus reviews y por el apoyo :D Si te gustan Héctor e Imelda lanzándose pullas, espero que hayas disfrutado de este relato, jaja. Sobre el par de cosillas que me preguntas: no, en realidad el camisón era de mujer simplemente porque fue lo primero que encontró a mano, sin más; y sí, habrá más flashbacks de Héctor e Imelda de pequeños/jóvenes, que me lo paso muy bien escribiendo sobre ellos en esa época. No te preocupes, que aún me queda para terminar la tabla. Técnicamente, este prompt (Family portrait) es el noveno, así que hay seis más por delante ;)
Anna: ¡Gracias por el review, llegó justo a tiempo para poderte contestar aquí! XD Me alegra mucho que te gustara la vuelta de tuerca que le di a La Bikina, pero me alegra aún más lo que comentas sobre mantenerme fiel a la personalidad de los personajes. Es el mayor cumplido que me podrías hacer, porque es en lo que pongo mayor esfuerzo, y me hace muy feliz que consideréis que lo consigo. Te entiendo perfectamente con lo de que a veces es fácil que patinemos al caracterizar a personajes de los que sabemos muy poco en el canon; reconozco que a mí esas cosas pueden llegar a sacarme mucho de la historia, y por eso procuro darle especial atención a ese punto concreto cuando me toca escribir. Si consigo que disfrutéis de los textos a tope, ¡misión cumplida! :D Ya me dirás qué te ha parecido este relato, ¡espero que haya cumplido tus espectativas!
N/A: Hoy empezamos con la música: ya sabéis que esta parte del prompt estaba inspirada en Bésame mucho, pero no puedo recomendar una versión concreta porque existen veinte millones. La que hizo Jorge Blanco para la película no me gusta demasiado, eso sí; prefiero tonos más suaves. De todas formas, encontré un par de vídeos en YouTube de la propia Consuelo Velázquez tocándola a piano y merecen mucho la pena. María Grever es la compositora que me está acompañando a lo largo de esta tabla, pero me hizo mucha ilusión también descubrir la existencia de Consuelo Velázquez y saber que esta canción tan mundialmente conocida la escribió ella.
Al final ha habido un total de cinco unidades de beso en la parte ambientada en el presente, lo que es bastante más de lo que tenía previsto (que era cero patatero, jaja). Sé que probablemente no es lo que esperabais, pero algo es algo. Por supuesto, el trozo que bebe de la canción con más claridad es el flashback; el punto del trozo posterior es superar el miedo a la pérdida, y hasta que ese miedo no se calma, no se empiezan a plantear un contacto más íntimo.
Desde que escribí el relato de Recuérdame, donde Imelda menciona de dónde salió la foto familiar, vengo arrastrando la idea para este flashback. Me gustaba muchísimo, pero no sabía dónde meterlo y al final incluso estuve pensando en publicarlo aparte como un relato independiente. Pero me alegro de haberlo podido incluir aquí, porque me ayudó a dejar este prompt más redondo de lo que había planeado. El relato ha quedado kilométrico en parte por culpa de ese flashback, que me salió más largo de lo que esperaba. Pero me sigue encantando. Tenía muchas ganas de escribir sobre esta fase de Imelda y Héctor, como padres primerizos que aún están intentando acostumbrarse a las exigencias de la vida adulta y no tienen muy claro cómo salir adelante. En el fondo, solo eran unos críos asustados. Y bueno, también fue un gusto poder escribir un poco de Coco bebé y, sorprendentemente, de Ernesto. No veréis mucho de Ernesto en esta tabla (creo que es obvia la forma en que lo he ido evadiendo siempre) porque es un personaje muy triggering para mí, a nivel personal, y detesto muy fuerte meterme en su cabeza. Pero volverá a asomar la nariz en algún que otro prompt.
En cualquier caso, disfruté muchísimo escribiéndolo y espero que hayáis disfrutado leyéndolo.
(Por cierto, una duda por curiosidad: no sé si en México hay costumbre de llamar coloquialmente "charro" a secas al traje de charro. Lo dejé así porque se me hacía forzado decir siempre "traje de charro", pero avisadme si es incorrecto para corregirlo, por favor).
La parte ambientada en el presente en principio iba a ser solo como la contrapartida de las escenas del relato anterior, igual que si se echara un vistazo entre bambalinas a lo que estaba sucediendo fuera de la vista del resto de la familia. Pero al separarla y darle más espacio en un relato específico, se me ha ido un poco de las manos y ha terminado convirtiéndose en algo más grande. No estoy segura de que me haya salido bien del todo, pero pretendía hacer un paralelismo entre el proceso de reconciliación que están viviendo ahora y la historia original que vivieron en la Tierra de los Vivos, desde que se conocieron hasta que se separaron, como si estuvieran repitiendo todo paso a paso otra vez (con la idea de, ahora sí, hacer las cosas bien).
Una cosa que no me gusta del angst y de los slow burn es que hacen pasar a los personajes por problemas a veces exagerados para estirar las cosas hasta el infinito y obligarlos a avanzar a golpes. Desde el principio quise dejar claro que aquí Héctor e Imelda van despacio simplemente porque se toman la reconciliación con responsabilidad. Los dos están hechos una mierda y lo saben, y todo lo que avanzan es a base de apoyarse y reaprender a funcionar juntos, no a base de malentendidos y choques (que siempre me ha parecido un cliché bastante tóxico, para ser sincera). Además, han pasado por mucho y vivido mucho como para endosarles actitudes más propias de la inexperiencia de la juventud. Mismo mientras corregía el relato, cuando leí juntos el flashback y la parte del presente, me sorprendí yo misma de lo distintos que me habían salido de jóvenes y de muertos. No lo hice a propósito, pero me gusta mucho el contraste, porque me parece lógico y natural. Sus circunstancias a los veinte años no tienen nada que ver con las de ahora, un siglo después y estando remuertos.
Espero que os haya gustado el enfoque que le di al asunto. Todavía les queda un paso importante que dar, pero van a tener que hacer un paréntesis para ocuparse de cosas más urgentes… como ir a recibir a su bebé 8D El próximo prompt estará dedicado a las Cocos y sus respectivas llegadas a cada lado del puente.
Muchísimas gracias una vez más a toda la gente que me lee. Os deseo una feliz salida y entrada de año, y espero volver a actualizar pronto en cuanto pasen las vacaciones. Mientras tanto, ¡un abrazo enorme y que paséis buenas fiestas!
