Capítulo 9: Siguiendo el rastro
"La herida sana, pero uno ya no es el mismo"
Inteligente, atractiva y temperamental, fueron los cumplidos que recibió cuando era una jovencita con sueños de grandeza y una visión pura e idealista del mundo. Astuta, ingeniosa y cautivadora, fueron los halagos que le rodearon durante sus años de estudio en la universidad, cuando se convirtió en una mujer orgullosa y recta que daba a conocer a quien le escuchara, sobre su fe en que el trabajo duro y la perseverancia eran las puertas para mejorar el mundo en que vivía. Justa, inflexible y madura, fueron los adjetivos que recibió durante la era de los tres Sannin, época que jamás podría olvidar.
Su época dorada, aquella que le permitió forjar amistades entrañables, amoríos inolvidables y se encontró a sí misma. Los años en que defendió lo que creía justo, en que alcanzó la fama dentro del mundo en que se desenvolvía, el lapso de tiempo en que junto a increíbles personas y profesionales, logró cumplir la mayoría de sus sueños.
Pese a ese despilfarro de éxito, también fueron los años en que experimentó de primera mano lo que era el dolor, el rencor, la impotencia y la desesperanza. Pues fue ahí cuando perdió a quienes más quería, en los momentos menos pensados. Los años la habían cambiado, su corazón se había endurecido y su alma agrietando. Cada paso al frente constituía uno más en dirección al abismo de resentimiento y suplicio del que —de seguro— su yo más joven se espantaría. Sentimientos oscuros que aún en la actualidad su corazón albergaba.
En todo esto y más pensaba Tsunade Senju sentada en un sillón de su solitario hogar, minutos antes que su teléfono personal, aquel que sólo sus conocidos más cercanos tenían el privilegio de conocer, timbrara. Una llamada que ella esperaba con gran impaciencia, desde que semanas atrás Jiraiya decidiera salir de la ciudad.
Apartando de su mente los pañosos y lúgubres recuerdos de su vida, se obligó a tomar el teléfono para contestar. Le costó encontrar su voz una vez que sus manos lograron sostener el móvil y Jiraiya habló desde el otro lado.
—¿Cómo va todo?
Contuvo un suspiro y recorrió con sus ojos la sala de su hogar. Refinada pero sin mucho ornamento. Las fotografías, libros o cuadros que pudieran hablar de su personalidad, se hallaban firmemente sellados en una caja situada en su desván, junto a toda la culpa que cargaba desde hacía años en lo más hondo de su conciencia.
—Todo bien. —Aún sin levantarse del cómodo sillón, miró atentamente cada rincón de su vivienda. Siempre que hablaba con Jiraiya sentía esa inexplicable necesidad de cerciorarse que nadie escuchaba. Un acto inconcebible y bobo. El sector donde vivía era bastante amplio y las distancias entre una vivienda y la otra hacían que absolutamente nadie fuera capaz de entrar a su hogar sin que ella se diera cuenta, o en su defecto, escuchara lo que fuera que ella hiciese o hablara—. Hace dos días fue la reunión con Rasa. Me extrañó que no llamaras para preguntar al respecto.
Más que extrañarse literalmente se había aterrado al imaginar un sinfín de razones espantosas para ello. Aunque eso jamás se lo diría.
El silencio se prolongó a través de la línea y su corazón bajó como una piedra hasta su estómago. Incapaz de permanecer sentada un segundo más, Tsunade se levantó mientras sus frías manos empezaban a retorcer la tela de su albornoz lila.
—No pude. —La voz de Jiraiya casi fue tragada al otro lado de la llamada por el ruido de los insectos propios del bosque o del un campo. Tsunade se recostó en la pared gris del pasillo que llevaba al jardín trasero de su morada y miró por el cristal el oscuro paisaje. Se relajó un poco al comprender dónde se encontraba él—. He estado ocupado en otro asunto. Creo que la suerte está de nuestra parte.
Un gesto afligido cruzó sus labios imaginando la sonrisa tonta que tendría en ese momento su mejor amigo; una expresión que esbozaba siempre que la situación era sombría, pero él quería dar a entender que no todo estaba perdido.
—Pues yo creo que no. —Le llevó la contraria, pasando una mano por su cabello rubio e imponía orden a sus pensamientos—. Jiraiya, Rasa y Sarutobi han decidido investigar las familias más a fondo. Encontraron los símbolos familiares en la piel de los cuerpos encontrados en Suna y ahora suponen que todos los acontecimientos tienen su origen años atrás. Ambos sabemos, Jiraiya, lo que sucederá si hacen eso.
—No reabrirán la investigación que nosotros mismos cerramos —aseguró inmediatamente su interlocutor—. Por mucho le darán un vistazo si es que logran relacionar todo en poco tiempo. No tienes que preocuparte, Tsunade, nosotros podemos actuar antes.
Su ansiedad creció, dando paso a ese sentimiento de impotencia que siempre nacía cuando Jiraiya no era objetivo con lo que estaban viviendo.
—Serás imbécil —masculló empezando a caminar por el pasillo—. No es sólo eso, también sabes la poca confianza que tiene Sarutobi con nosotros desde hace dos años. ¿Sabes la presencia de quién exigió en la reunión? —dejó salir el aire de sus pulmones aplacando la indignación que empezaba a recorrer su torrente sanguíneo y respondió a su pregunta antes que él pronunciara palabra—. De Chiyo de Suna, estuvo hablando con ella al terminar la junta e incluso llamó a Shizune al darse cuenta que ella estuvo presente durante la autopsia de Annaisha. Lo mismo hizo Minato, y eso que yo no le he dado razones para que desconfíe de mí. Hoy en la tarde estuvimos en una junta para tratar el tema de Naruto y frente a eso también fueron escuetos. Yo estoy segura que hay datos que quieren esconder, no sólo de la prensa, sino también de todos en quienes no tienen plena confianza... quizá sean órdenes de Sarutobi.
Calló al experimentar una conocida sensación de déjà vu. Como flashes de luces, fogonazos de recuerdos se hicieron presentes provocando que la sangre de Tsunade huyera de su rostro en segundos.
Investigaciones esotéricas, miradas recelosas y de cautela dentro del cuerpo policía, los continuos desvelos de ella y sus compañeros, muertes y desapariciones por un lado, mientras los índices de criminalidad -aparentemente inexplicables- alcanzaban niveles escalofriantes. Se vio a sí misma más joven frotándose el rostro con las manos, mientras sus dos compañeros de investigación peleaban frente a ella. La imagen de sí misma, con la furia adornando sus rasgos mientras miraba al hombre que le sonreía de forma siniestra, se prensó en su retina. Después fue la mirada agraviada y demandante de su jefe, gritos, lagrimas y luego el final de la época oscura que jamás olvidaría.
Una victoria agridulce, conseguida frente a uno de los grupos criminales más fuertes de la historia de Konoha.
Apretó el teléfono entre sus manos, tratando de serenarse. Jamás se recuperaría de esas vivencias pues ellas habían dejado huellas profundas en su espíritu. Estaba en eso cuando Jiraiya suspiró de una forma que había escuchado muchas veces en él. Lo conocía tan bien que sin temor a equivocarse podía decir que él se estaba revolviendo el cabello donde fuera que estuviese.
—Quizá estás viendo cosas donde no las hay —Tsunade bufó como toda respuesta, sintiendo que el nudo en su estomago se tensaba más—. Vamos, Tsunade, ¿qué te hace pensar que han ocultado algo deliberadamente?
—Cuando abandoné la sala la reunión siguió por casi una hora más —explicó—. Además hace dos días, después de la junta con los policías de Suna, los inspectores Namikaze y Nara estuvieron discutiendo del tema en la oficina del inspector Namikaze por media hora.
Un nuevo suspiro de Jiraiya fue captado por el teléfono móvil. Ella le imitó dos segundos después, recordando que él guardaba la esperanza que el caso de ese pequeño se cerrara. Dejándolo fuera de aquel el asunto reducía las posibilidades de salir perjudicado. Contrario a lo que sucedería de seguir en el centro del torbellino.
La única posibilidad de que el niño fuera acogido por una buena familia y dejara atrás los traumáticos momentos vividos hasta el momento, era que cesaran en la investigación y dejaran quieta a su familia.
—¿Haz averiguado qué es exactamente lo que buscan ahora?
—Investigan a los Uzumaki —dijo lo único que sabía hasta el momento—. Pero eso era de esperarse, después de todo el niño les dio el apellido. El cómo, cuándo y en qué lugar empezarán o empezaron, aun lo desconozco.
—Me intranquiliza —susurró de vuelta—. Cualquier cosa puede suceder si no los tenemos controlados.
—Y es que eso jamás lo lograremos —dijo ella—. Por Kami, Jiraiya, somos dos individuos contra dos comisarías enteras. Y así como siguen las cosas, muy pronto serán cinco las comisarías aliadas.
—¿Qué sabes del caso de Mikoto?
Tsunade bufó y caminó de nuevo al sofá donde antes estaba postrada. Odiaba cuando él ignoraba sus palabras.
—Nada, no sé nada, Jiraiya —gruñó—. No creo que sepan mucho, después de todo algunos inspectores aún no creen que esté muerta. —Hubo silencio de parte de ambos, un mutismo que ella rompió con su voz destilando cantidades insanas de duda—. Porque está muerta, ¿verdad?
—Sí. —La respuesta fue directa y sin margen de titubeo—. De eso estoy seguro, esa noche... es imposible que sobreviviera.
Su garganta se cerró por el denso nudo que se formó en ella. Un nudo que le impidió respirar por los siguientes segundos, al avivar las llamas del dolor que sufría desde casi dos décadas atrás. Una cruz que cargaba en su espalda y que sin ser consciente de ello, siempre le había indicado que eso muy pronto volvería a suceder.
Ver cómo la gente a su alrededor moría sin ella poder evitarlo.
—¿Aún no sabes dónde pueda estar su cuerpo?
—No y esa no es mi prioridad —respondió de forma brusca—. Sabes que la razón que me trajo a este pueblo en mitad de la nada, fue la investigación que ella, dentro de su irresponsabilidad y malas decisiones disfrazadas de buenas intenciones, dejó a medias.
—No seas duro con ella —Le regañó apretando el teléfono—. Ella fue lo suficientemente valiente como para...
—Involucrarse con ellos hasta más no poder, establecer amistad con la persona menos debida y después huir con el niño por su cuenta sin pensar antes en buscar ayuda, no me parece muy sensato.
—¡Yo no dije que fueran decisiones sensatas! —golpeó el reposabrazos del sillón—. Y ya que hablamos de sensatez, me parece que ella escasea en tu vida últimamente. Créeme, ir en contra del cuerpo policial, actuar a espaldas de la ley, forzar el contacto con...
—Al fin llamó.
La línea de sus pensamientos se segmentó con esas palabras. Y al igual que éstas, su ira e indignación se diluyó como si de azúcar en agua se tratase.
—¿Ella...?
—Sí, después de tantos meses... al fin decidió llamarme. —Escogiendo las palabras con mucho cuidado, Jiraiya procedió a explicar—. Accedió ayudarnos si... nosotros la ayudamos a ella.
Debería de esperarlo, no conocía a esa mujer, pero lo que había oído era suficiente para saber que jamás colaboraba en algo si no era para recibir un beneficio a cambio. El tenso momento de silencio revolvió su estomago. Jiraiya había esperado tanto a que ella contactara con él... desde la noche en que apareció el niño. Casi con temor hizo la siguiente pregunta.
—¿Qué pide?
—Sacar a Naruto de Konoha. —Tsunade cerró los ojos maldiciendo su mala suerte—. Esa fue la condición. El niño tiene que quedar fuera de todo esto.
—Eso es imposible —musitó sin energía—. La ley lo protege hasta tal punto que nadie externo a la fundación sin un permiso exclusivo puede tener oportunidad de hablar con él. No veo cómo podemos hacer eso, además...—titubeó—. Si lo que quiere es protegerlo, no imagino un mejor lugar para él que ese.
—Eso mismo le dije. —Se apresuró a añadir Jiraiya. Su tono de voz dejó de ser tranquilo, dejando traslucir su frustración—. Pero ella insiste que es la única manera que ambos logremos un acuerdo. No confía en nosotros y debo decir que después de lo que hizo Mikoto, yo tampoco volvería a confiar en un policía.
—Deja de importunar con tus comentarios malintencionados. —Le reprendió al sentir que su corazón se encogía de nuevo. Por milésima vez desde inicios de ese desastroso año, se cuestionó el por qué de todo lo acaecido, pues las razones o causas de ese desastre, aún eran desconocidas por ambos—. Y de una vez te lo digo; no pienso participar en esto.
—Per...
—Además de estúpido, no tiene sentido. No moveré un dedo para sacarlo de ese lugar y ponerlo de ese modo en peligro. No cuentes conmigo para eso.
No iba a ceder hasta esas instancias. Si había accedido a ayudarlo con esa locura desde el día en que dieron con aquel cadáver, había sido por el peso de la culpa que cargaba en sus hombros desde la muerte de Orochimaru. Porque antes no habían podido evitar el desastre que se desató bajo sus narices, sino hasta cuando ya era muy tarde y muchas personas habían salido perjudicadas. Ahora tenía la oportunidad de redimirse, pero no estaba dispuesta a alcanzar su paz interior, si en el proceso iba a lastimar a alguien.
Mientras menos personas se vieran envueltas en ese lio, mucho mejor. Bajo ese argumento justificaba el hecho de estar rompiendo con sus esquemas éticos de una forma tan absurda.
Jiraiya no habló por un minuto que a ella se le hizo eterno. Y así -escuchando el cantar de los insectos al otro lado de la llamada- ella entendió que él también estaba recordando, que él comprendía la razón por la que ella protegía a los niños, el motivo por el cual -bajo ninguna circunstancia- accedería a algo así.
Por la memoria de su hermano.
—Entiendo, Tsunade —dijo Jiraiya en un tono amargo que le erizó la piel. Esperó a que por respeto a ella él olvidara la idea impuesta por esa mujer y pensara en otro enlace que lo llevara al sitio que necesitaba entrar—. Olvida eso.
Algo más tranquila se levantó del mullido sillón y empezó a caminar hasta su habitación, bajando los interruptores de la luz en el proceso. De a poco su morada se fue oscureciendo, hasta que ella no fue más que una sombra envuelta en un albornoz, abriéndose paso entre las brumas de la oscuridad interior de su hogar.
—Una última cosa —atajó cuando Tsunade ya tenía la mano sobre la perilla de la puerta que daba a su habitación. La mujer de tez suave y mirada atormentada retuvo el aliento mientras llevaba un mechón de su cabello rubio tras la oreja—. Tenemos un problema con Fugaku. Necesitamos hacer algo y sólo tú estás cerca de él en estos momentos.
Su alcoba elegante, pero de cierta medida insípida, le devolvió la mirada cuando ella abrió la puerta.
—Ya no está en el cuerpo policial, no veo cómo nos puede perjudicar.
Les había resultado difícil convencer a todos que lo mejor era dejar fuera de la investigación a Uchiha. Pero era lo mejor, o al menos eso quería creer. Al llegar frente a su lecho descorrió el grueso edredón de tonos pasteles, para luego de desprenderse del albornoz e internarse entre sus tibias cobijas. Exhaló en suspiro de cansancio cuando su cabeza reposó en su blanda almohada y sus ojos color miel se prensaron en la oscuridad del alto techo.
—Está hablando más de la cuenta, debemos callarlo de alguna forma —Tsunade cerró los ojos exhausta—. Trata de convencerlo o de lo contrario...
—Basta. —Lo interrumpió—. Trataré de hacer algo al respecto, pero no prometo nada. —Se detuvo un momento, el sueño empañando sus ojos—. Descansa, Jiraiya.
En realidad quería decir algo como "ten cuidado", "llama pronto", "no seas tan impulsivo" o incluso un insulso "cuentas conmigo". Pero se guardó esas palabras en el fondo de su garganta —sabiendo que sonarían fuera de contexto— y en su lugar se limitó a asentir cuando él se despidió con la sosa recomendación que estuviera pendiente de sus llamadas.
El pitido del final de la llamada hizo eco en sus oídos y el ruido de la estática producida por el teléfono móvil, fue como una canción de cuna hasta que el sueño se fue adueñando de ella. Al final, totalmente ajena a lo que pronto sucedería, Tsunade Senju se dejó envolver por la reconfortante pasibilidad que le brindaba Morfeo.
Los ojos empañados por la vejez del dependiente se deslizaban con gracia y sin premura sobre el collar y el extraño dije que había guardado durante largos años. Lo giraba, sonreía y lo acercaba cada cierto tiempo a su rostro, viéndose como un niño con un exótico dulce entre las manos. Y Minato ciertamente no lo culpaba, debía aceptar que para una persona amante de los objetos que hablaran del pasado, aquello debía emocionarle bastante.
Observó pacientemente al anciano cuya calva brillaba a la luz de la mañana que entraba por los ventanales de la espaciosa tienda de antigüedades. Había por lo menos una decena de personas en el lugar. Caminaban, observaban y preguntaban todo lo referente a ciertos artículos, unos pocos se acercaban al mostrador para empezar a pactar un precio de venta o compra de un objeto, según fuera el caso.
Unos pocos, como él, echaban fugaces miradas al televisor que anunciaba los titulares de las noticias presentadas en la mañana. Según había escuchado desde la distancia, las noticias más relevantes enfatizaban el desastroso resultado de los estudios y encuestas dadas a conocer por el Centro Internacional de Estadística. Según esa entidad la criminalidad había crecido el doble desde la última vez que se entregaron resultados. Los problemas sociales se estaban intensificando y los de carácter educativo y juveniles estaban en su mayor apogeo desde hacía casi 20 años.
Eso él ya lo sabía, por lo que no se veía tan impactado como los demás clientes de la tienda.
—Es un artículo valioso. —Lo sacó de sus pensamientos el anciano que, según la placa que asomaba en su uniforme, se apellidaba Mori—. Al menos culturalmente lo es. Hace mucho no veía un distintivo original de un Clan, ni mucho menos tan bien conservado.
Minato guardó silencio a la espera que Mori continuara. Le incomodaba en sobre manera estar en ese lugar, esperando información sobre aquello.
—¿Entonces es original? —cuestionó al percatarse que el anciano esperaba algún comentario de su parte.
—Lo es —asintió Mori mirando de nuevo el collar. Mori señaló el logo rojo—. Se llama Kamon y representa la línea generacional de una persona. Antiguamente las familias creaban logos o símbolos que los identificaran, de acuerdo a su prestigio o estatus. Me explico, si una familia lograba gran poder en el área donde moraban, creaban su propia marca o "Kamon" como muestra de influencia y poder. Antes éstos se bordaban en las ropas, se pintaban en las paredes de las viviendas o incluso en el suelo de los distritos que habitaban los individuos perteneciente familia o Clan. Actualmente pocos saben a qué familia pertenecen, y como tal, desconocen su propio Kamon.
El inspector suspiró imperceptiblemente, recordando el cómo llegó el collar a sus manos. Reprimió la mueca de inconformidad que sus labios insistían en formar, a medida que un sentimiento destructivo —que casi nunca experimentaba— empezaba a hacer mella en su usual buen humor. Se trataba de una emoción nebulosa que ensombrecía sus sentidos y pensamientos, y que al no ser parte de su personalidad, era incapaz de dominar.
Resentimiento, esa era la palabra, resentimiento en su estado más puro.
Miró el Kamon rojo que consistía en un remolino tallado en un material que desconocía. Ni siquiera sabía porqué razón lo había guardado. No es como si le evocara recuerdos agradables; por el contrario, ese collar generaba en él un ciclón de malas sensaciones que le hacían querer devolver todo lo que llevaba en el estomago.
—¿Sabría decirme a que Clan pertenecía? —preguntó, aparentando ignorancia. Por lo que ya había investigado, conocía perfectamente la respuesta a esa pregunta. El historiador Mori sonrió feliz, dejando el collar en una bonita superficie acolchada que había sacado minutos antes. Los ancianos iris del hombre se fijaron sólo en el dije mientras hablaba.
—El Clan Uzumaki —dijo—; una familia singular y extravagante que habitaba hace siglos en un pueblo a puertas del país de la Niebla. No se sabe mucho de ellos, pero algo que todos los de mi rama concordamos, es que a pesar de ser un pueblo pequeño, fueron muy influyentes. Su mitología, su estrambótica forma de comercio y su innata inteligencia e intuición, los hicieron buenos comerciantes cuando decidieron dejar el lugar que habitaban e inmiscuirse en la urbanización hace más de un siglo.
—¿Qué hacen actualmente? —preguntó de nuevo, pese a conocer la respuesta también. Pero era necesario dar la impresión de no saber mucho, prefería pasar desapercibido cuando preguntaba a terceros sobre asuntos relacionados a sus investigaciones.
Mori hizo un gesto despectivo, tocando con suavidad el símbolo de aspecto delicado.
—Su sangre se diluyó y el apellido desapareció —dijo—. Es una lástima, sería muy interesante hablar con uno de ellos en estos momentos. Da pesar que olvidemos nuestro pasado. ¿No cree, joven?
Minato asintió, aunque a esas palabras poca atención le prestó. En realidad, su mente divagaba en la noticia con la que había dado días atrás. Aquella en la que anunciaba la muerte de los últimos Uzumaki del mundo, 20 años antes. Miró al viejo Mori, tratando de idear una manera que contara sin necesidad de preguntar directamente. Para suerte suya el amable señor de edad avanzada simplemente volvió a sonreír y siguió hablando.
—Ellos son de los Clanes que desaparecieron hace poco. Hace dos décadas que murieron los últimos portadores de ese apellido. Se dedicaban al comercio de autos en una ciudad del país del Viento, aunque tenían su sede principal en un pueblo al sur del país. Al ellos morir, dejaron de heredera a una mujer llamada Soku Takumi —Minato arqueó una ceja ante la información tan detallada y el hombre en respuesta sacudió la mano quitándole hierro al asunto—. Leí hace poco de ello, por esa razón tengo fresca la información.
El inspector asintió satisfecho y por los siguientes veinte minutos hablaron sobre otros temas que Minato se encargó de memorizar a gran detalle. Cualquier aspecto, por muy pequeño que fuera, podía servirle más adelante. Cuando fue a despedirse y tomar de nuevo el collar en un acto inconsciente, Mori alzó una ceja con confusión.
—¿No lo venderás? —Minato se detuvo en seco, dirigiéndole una mirada algo alarmada al anciano. ¿Venderlo? No lo había pensado—, puedo comprarlo por un buen precio. Está en buen estado, el material del talle es antiguo, me encantaría tenerlo en mi colección.
Miró el adorno con las cejas juntas. Tantos años había permanecido guardado que cuando recordó su existencia, luego de la conversación con Naruto, no supo decir en qué lugar se encontraba. Pensó en la propuesta del viejo. No encontraba razones para quedárselo, no evocaba en él más que un sabor amargo en el paladar y emociones ajenas a su personalidad. Pero había una fuerza extraña que lo empujaba a recuperarlo, algo en él se debatía.
—Quiero que lo tengas, sé que no lo perderás —escuchó la voz en su cabeza, superpuesta a muchas otras. Un aeropuerto, recordaba, se lo había dado en un aeropuerto cuando él iba a dejar la ciudad por algunas semanas y ella estaba determinada a confiarle algo de su propiedad para que conservara consigo durante esos días—. Es un recuerdo de mi padre, le tengo aprecio.
Los grandes y vivaces ojos de esa joven aparecieron nítidos en su recuerdo.
—No lo perderé, no te preocupes...
Tomó el collar sin pensarlo y lo guardó de nuevo en su caja.
—Quizá en otro momento.
Al salir del establecimiento el caliente sol le dio directo en el rostro. La tienda de antigüedades se encontraba en la esquina de una calle amplia, salpicada de tiendas y cafeterías en sus costados. Era una construcción antigua que había sido sometida años atrás a una extenuante restauración, arrojando como resultado la creación de un edificio único, llamativo, con toques modernos y antiguos entremezclados. A Minato le gustaba, de hecho si fuera por él, se pasaría horas admirando el lugar, sorprendiéndose siempre con detalles en la arquitectura que su ojo a simple vista ignoraba.
Ya antes le había pasado, pues aunque ahora no tenía tiempo libre para dedicarse a asuntos triviales o al ocio, años antes prefería mil veces sentarse a la sombra de un árbol y observar fijamente el mismo panorama de siempre, encontrando en cada ocasión un elemento que antes pasaba por alto. Pero como ahora no podía darse el lujo de gastar tiempo en asuntos innecesarios y el deber le llamaba, en cuanto salió de la tienda empezó a caminar con dirección al estacionamiento donde había dejado su auto.
Era una mañana que, teniendo en cuenta el estado ardiente del sol y el nulo avistamiento de nubes, se anunciaba una tarde y noche calurosa. Aunque la seca brisa que golpeaba sin compasión su rostro decía que posiblemente habría tormenta en algunos días.
No había dado ni diez pasos cuando sintió la apremiante necesidad de mudar su destino. Sus sentidos acogieron con suma naturalidad la actividad que se desarrollaba alrededor de él, una reacción muy similar a la tuvo aquel día que salía de la fundación y alguien le observaba desde el escaparate de una tienda.
En ese momento sentía la misma sensación de alerta que se había repetido innumerables veces desde aquella primera vez. No importaba a dónde fuera; si arribaba en otro pueblo, si visitaba un establecimiento cualquiera, si se trasladaba en el auto, si salía de su hogar... Él no era estúpido, era imposible que clavaran en su espalda una mirada cargada con tan malas intenciones y que él no se diera cuenta. Sabía, porque él había aprovechado para estudiarlos también a ellos, que se trataban de personas diferentes.
Tenía una ligera sospecha de quién se trataba, una idea que alteraba su pulso cuando la pensaba.
Se desplazó por la amplia calzada peatonal a paso despreocupado y semblante relajado, aunque observaba atento sus alrededores. Había poca gente, por lo tanto le sería fácil fichar a la o las personas que por algún motivo, tuvieran puesta su atención en alguien en específico. Al pasar por un escaparate especialmente limpio donde se reflejaban las personas y los autos que circulaban la calle, observó de soslayo, listo para tomar nota mental de los detalles más mínimos que se presentaran detrás de él.
Fue entonces cuando, con un escalofrío cruzando su espalda, agradeció internamente las muchas veces que se había encontrado frente a escenas fuertes que le habían afectado emocionalmente. Porque de no ser así, muy probablemente hubiese trastabillado o quedado congelado en el suelo al encontrarse con la mirada profunda de un individuo que sólo había visto una única vez en toda su vida.
O bueno, tres si contaba la vez que lo vio al salir de la fundación y ahora que lo contemplaba desplazarse en un auto gris con los cristales de las ventanas a medio subir.
No sabía su nombre, no lo había identificado meses atrás pese a parecerle familiar, jamás habían intercambiado palabra, no estaba seguro si era una casualidad de la vida volverlo a ver o —por el contrario— todo hacía parte de un mismo juego que había empezado cuando lo vio junto a ella.
Pero si de algo no dudaba en lo más mínimo mientras seguía caminando con aparente despreocupación y veía cómo se perdía en la lejanía el auto junto a su conductor, era que de algún retorcido modo, había dado con una pieza clave.
Minato dobló una calle mientras su estomago se revolcaba por la impresión de saber que sus sospechas eran ciertas, que a pesar de haberlo dudado mucho porque los apellidos no coincidían y muchos detalles no terminaba por entender, sus instintos no le habían fallado ni siquiera esa vez. Que para desgracia suya, al parecer la Kushina de la que hablaba Naruto, también era la Kushina que él había conocido en una playa más de diez años atrás.
Ahora sólo le restaba averiguar la razón por la que el esposo de ésta, le estaba siguiendo.
Apoyando sus codos sobre un amplio escritorio, Fugaku Uchiha descansó su cabeza en sus manos, tratando de serenarse. El silencio abrumador de su vivienda lo estaba matando de forma dolorosamente lenta con el paso de los días y el agravio de su situación.
Todo parecía empeorar, pues no sólo era más de medio año sin saber de su esposa, sino que ya llevaba meses sin telefonearse con sus hijos. Era consciente de la angustia que podían estar experimentando esos dos; una igual o más fuerte que la suya propia.
Pero era mejor así, al menos se tenían los dos.
Aquel hombre se recostó en la silla de espaldar acolchonado, asemejándose a un desmadejado espantapájaros con su camisa gris completamente arrugada y el cabello castaño oscuro con sus hebras apuntando en todas direcciones. Pese a la penumbra provocada por la falta de bombillas en esa desolada oficina, los pocos rayos de luz que se colaban por la rendija de la puerta delataron las profundas sombras oscuras bajo los ojos negros del suspendido inspector.
Sombras oscuras que dejaban de manifiesto las muchas horas en vela que había soportado en las últimas semanas. Con actitud perezosa observó de nueva cuenta los documentos que tenía sobre el escritorio, esos que había estado ojeando minutos antes. Con sus dedos un tanto resecos y el tacto de sus manos ligeramente agrietado, los tomó de nuevo.
Eran en total unas veinte hojas, aún calientes por la impresión. La impresora que esperaba a su costado iluminaba un sobre manila sobre el escritorio.
No estaba del todo seguro acerca de lo que hacía, de la información que entregada, pero era la única manera de poder volver a tener a sus hijos seguros, y si era posible, a su esposa a su lado. Con suavidad y pese al descontrol de sus dedos, empezó a introducir las hojas en el sobre.
La tensión que destilaba su cuerpo pronto llenó el ambiente solitario y mudo de esa habitación. Por esa razón, cuando el teléfono por cable repiqueteó en la sala, su sobresalto fue tal que el sobre resbaló de sus manos, empotrándose debajo de las gavetas de archivos.
Maldiciendo el día en que se dejó convencer por Mikoto en instalar un teléfono de pared, empezó a desplazarse hasta el aparato. Sus ojos habituados a la oscuridad de su oficina parpadearon por el golpe de luz en el pasillo. Despotricando contra los bombillos y la luz que emitían, caminó mirando al suelo.
Para cuando llegó a la mesita pequeña donde estaba el aparato, éste dejó de sonar. Impaciente como era él esperó a que volviera a timbrar, fulminando con su mirada el artilugio. Cuando volvió a entrar la llamada, lo tomó con brusquedad.
—¿Qué quiere?
—Alguien parece tener un mal día.
Gruñó para sus adentros, definitivamente no era un buen momento para hablar con esa persona en especial.
—¿Qué sucede, Minato?
El claxon de un vehículo se coló en la línea, indicándole al Uchiha que su interlocutor se hallaba en medio del tráfico. Suspiró imaginando que se trasladaba al trabajo, un lugar donde él no tenía permitido ir hasta nuevo aviso. Y como aún estaba lejos de cumplir con lo que le habían pedido, dudaba que ese nuevo aviso fuera pronto.
—Es una consulta rápida —explicó el otro—, no quiero incomodarlo.
Fugaku suspiró y se apoyó de espaldas en la pared de la sala de estar. Siempre tenía que rogarles a los que una vez fueron sus compañeros por información actualizada sobre la investigación. Si ahora Minato lo llamaba, podía aprovechar y sacar beneficio él también.
—Diga.
—Me preguntaba, Fugaku, si había alguna manera de poder saber el lugar específico donde pudo estar Mikoto hace nueve años.
Arqueó una ceja ante esas inverosímiles palabras.
—¿Estás de broma? —logró articular pese a su incredulidad.
—Tú sólo piensa. —Le instó el otro, restándole importancia—. Octubre hace nueve años.
Fugaku suspiró contrariado. ¿Qué clases de preguntas eran esas? ¿Cómo carajos iba a saber dónde se encontraba ella nueve años atrás en ese mes? Era ridículo, no podía saberlo. Simplemente no había a mandar al carajo a su antiguo colega, pero entonces, al repasar con sus ojos las estanterías de su sala de estar, algo llamó su atención.
Era una fotografía de él junto a su familia. Había sido tomada durante unas vacaciones hacía cinco años; en ella aparecía Itachi con su usual sonrisa reservada, pasándole una pelota a un alegre Sasuke. Él y su esposa estaban a un costado, sonriéndoles satisfechos por ese momento familiar. Habían ido a una cabaña, estaban celebrando los cumpleaños de Sasuke.
Frunció el ceño. Hacia nueve años... Sasuke tenía nueve años, entonces Mikoto para la fecha que indicaba Minato, estaba gozando de su licencia por maternidad que justo se vencía en el mes de octubre. Sí, ahora lo recordaba, ella quería disfrutar de esas últimas semanas libres viajando a aquel pueblo...
—No tengo idea —dijo aparentando confusión, aunque en ese momento sentía todo menos eso. La tranquilidad de haber descubierto algo importante lo llenaba de gozo—. Es imposible saberlo, viajamos mucho en especial para esos años.
—Entiendo, Fugaku, gracias po... —entonces se detuvo como si estuviera sopesando una idea que acababa de ocurrírsele en ese momento. Fugaku pasó saliva, inexplicablemente tenso—. ¿Puedo hablar con tus hijos? Quizá ellos puedan brindarm...
Algo similar al temor atravesó las facciones del Uchiha. Sus ojos oscuros se endurecieron, sus cejas pobladas se juntaron y sus labios se apretaron en una línea fina.
—No te metas con ellos. —Su voz surgió más exaltada de lo que le hubiese gustado—. No quiero que se involucren, no quiero que les pregunten nada.
No por nada se había esmerado en no sacarlos a colación en las muchas conversaciones que todavía mantenía con sus antiguos compañeros de trabajo. Entre menos hablaran de Itachi y Sasuke, más tranquilo estaría. Aunque lo dejara entrever poco, Fugaku era un hombre de familia. Ese era su mayor tesoro y lo que más amaba en el mundo. Podía ser serio, meticuloso e increíblemente controlador, pero eso no quitaba que él haría lo que fuera por sus hijos y esposa.
Por preservar lo poco que le quedaba.
—Hey, no es para qu...
Colgó de mala manera, con la ira bullendo en sus venas como una hoguera sin control. Sus pensamientos se entremezclaron unos con otros, confundiendo su —ya de por sí— enredada mente. No podía dejar que un policía hablara con ellos, tenía que hacer algo para impedirlo.
Fugaku despeinó aun más su cabello. Si había algo que le aterraba más que cualquier cosa, era que ahora pusieran la mirada en sus hijos y lo descubrieran.
Dos semanas después la actividad en la comisaría de Konoha estaba por las nubes. Los muchos uniformados que caminaban apresurados por los pasillos, visitas de la fiscalía, llamadas a deshoras, conversaciones apresuradas, desvelos de los investigadores y citaciones de representantes policiales de otros países, dejaban en evidencia que algo había alterado la tensa calma que antes se vivía en la ciudad.
Y no es para menos, pensaba Shikaku Nara, sentado tras el cristal de la Cámara de Gesell, mientras observaba en compañía de otros profesionales el interrogatorio que se estaba desarrollando al otro lado, han sido unos días difíciles.
Los ojos oscuros e inteligentes del inspector se encontraban completamente fijos en las dos personas que se encontraban tras el cristal, desde hacía más de dos horas. El hombre de cabello negro arqueó las cejas al ver a la regordeta mujer estallar en llanto ante la mirada gélida del inspector Yamanaka, quien era el que manejaba el interrogatorio.
—Está actuando —habló en voz más baja que un susurro, para que sólo su compañero le escuchara. No quería importunar a los demás profesionales que observaban con atención—. Es evidente.
—Pienso lo mismo —respondió el inspector Namikaze, igual o más bajo que él. Shikaku lo miró de soslayo, captando la inexpresividad con que observaba a la mujer llorar cual actriz inexperta—. Pero al menos eso nos dice algo; oculta información.
Nara se limitó a asentir volviendo su completa atención al interrogatorio que ya se le estaba haciendo un oficio cotidiano. Desde que habían aparecido dos cuerpos más (ambos en el transcurso de un mismo día) la comisaría estaba a estallar de ansiedad y preocupación. Los interrogatorios, análisis, informes y declaraciones, ahora eran la constante de su oficio. Ambos cadáveres (un hombre y una mujer) correspondían al segundo y tercer individuo que pertenecían a los 33 desaparecidos en el Fuego. En total, contando a Annaisha, ya iban tres.
Y si analizaban el caso de los otros países, encontraban algo interesante; en el viento habían encontrado 4 más, que sumándolo con los dos primeros ya encontrados, iban 6. La roca, la Niebla y la Nube ya se habían pronunciado al respecto e iniciado los trámites y papeleos para establecer una reunión formal con representantes de todos los países. Las noticias por televisión, los periódicos, revistas y demás medios de comunicación, sólo hablaban de ese tema. Ellos habían logrado mantener fuera de la prensa los datos más relevantes, como la identidad de los investigadores y las pistas más excéntricas como los tatuajes o "Kamon" que se encontraban en cada cuerpo.
Pero incluso así, la constante presencia de los periodistas les incomoda e importunaba en gran medida.
—Señora Aiko —La voz de Inoichi Yamanaka se sobrepuso al exagerado llanto de la mujer de 45 años de edad, quien era la esposa de Hiro, una de las victimas—. No haga esto más difícil, sus huellas están en el cuerpo.
Exactamente alrededor del cuello, resaltó en su mente ante la expresión de turbación que compuso la mujer de cabello entrecano, y eso en un muerto por estrangulamiento es demasiado incriminatorio.
Incriminatorio, sí, pero no decisivo. La autopsia forense había determinado la presencia de las huellas dactilares de la mujer, que según afirmaba, no había visto a su marido desde hacía casi cinco años. Pero también se había concretado que fue estrangulado no con las manos, sino con una cuerda encontrada en la escena del crimen. Cabía resaltar que no había rastro de huellas en dicho elemento.
—Yo sería incapaz... yo no... Jamás haría algo así —Aiko limpió las lagrimas antes derramadas y su rostro se recompuso en gran medida. Ahora, aunque sus manos temblaban, resaltaba que su reacción era más natural. Por el crispamiento de sus labios y el movimiento incesante de sus manos en su cabello, Shikaku podía deducir que ella se encontraba dudosa entre hablar o callar—. Yo no lo hice.
El rasgueo de bolígrafos sobre libretas, del cierre de maletines y el crujir de las ropas, siguió al silenció que se formó tras las palabras de ella. Shikaku miró de reojo al fiscal, los abogados y al juez que observaban con atención.
—Inspector Namikaze —dijo el juez Homura Mitokado—. El caso de Hiro pertenece a una investigación mayor que se cerró sin solución, pero que fue reabierta hace casi tres años. Me preguntaba si podía esclarecer un poco acerca de este individuo.
A pesar de haber hablado con la persona sentada tras él, el anciano juez de anteojos miraba en todo momento con dirección a la mesa ante la cual los dos participantes de la interrogación estaban sentados.
—Hiro nació en Kumo, cuando tenía veinte años se trasladó al país del Fuego por una oferta de trabajo en un pueblo cercano a Konoha. Pronto empezó a ejercer de mecánico en una empresa de autos, lugar donde conoció a la que sería su esposa, quien era entonces la recepcionista del edificio principal. Tuvo dos hijos, los dos tenían 19 y 17 años en el momento de la desaparición. Según sus propias declaraciones mantenían una relación de discordia, por tal razón no se hablaban desde meses antes de su desaparición hace cinco años. Cuando se reabrió el caso, tanto los hijos, que ahora viven fuera del país, como la esposa, se mostraron reacios en un inicio a dar declaraciones.
Al igual que el juez, Minato respondió sin quitar la mirada del vidrio unilateral. Y de pronto Shikaku se encontró estudiándolo, tratando de deducir qué podía estar pensando o reflexionando.
Recordaba perfectamente el día en que él se unió al equipo. Shikaku ya llevaba cinco años de experiencia para ese entonces, pero aún siendo joven dentro del cuerpo de inspectores, había intuido inmediatamente el liderazgo que parecía desprender ese individuo. No le había dado mucha importancia, era un hecho que no sólo con tener aura de líder se triunfaba en esa profesión, pero a medida que pasaban los meses, se encontraba con que no sólo él veía una buena proyección a futuro en el nuevo integrante del equipo. Muchos de sus compañeros también lo hacían.
Pero había algo que siempre le había incomodado a Shikaku con respecto a ese joven inspector; jamás había podido leerlo. Siempre, por muy reducido que fuera el trato personal dentro de su profesión, ellos de alguna manera se enteraban de aspectos personales de sus compañeros. Los problemas de pareja, algunos chistes sucios en la cafetería, salidas de fin de semana a un bar. Algo, por mínimo que fuera, pero siempre terminaban enterándose de sus vidas personales.
Pero hasta ahora Shikaku desconocía totalmente la vida de Namikaze Minato antes de llegar a la comisaría. No es que fuese cerrado en el aspecto de rayar en lo asocial, el inspector jamás había tenido un problema de convivencia. Era algo más que no sabía definir. Sentía como si estuviera tratando con una persona sin pasado, sin historia. O simplemente con alguien que la ocultaba adrede.
Todo eso le confundía e intranquilizaba. Le causaba desconfianza esas miradas, movimientos y palabras precisas, estudiadas y controladas.
—En ese caso —volvió su atención al inspector Yamanaka que había apoyado los codos sobre la mesa e inclinado sutilmente en dirección a la nerviosa fémina—. ¿Puede explicarme por qué razón, si dices no tener que ver con la muerte de tu esposo, tus huellas estaban en su cuerpo? Y además ¿Cómo es eso posible si dices no saber de él desde el día en que desapareció? —Ella como toda respuesta sacudió la cabeza notablemente alterada. Shikaku ya se imaginaba que el interrogatorio pronto terminaría, ya sea porque ella confesara, o por si se desplomaba en aquella incomoda silla por la tensión. Según los datos médicos Aiko sufría de eso. Inoichi se acercó aún más, con su rostro desprovisto de cualquier duda—. No tiene que mentir más, eso no le ayudará.
—No lo hice —se cerró Aiko, manteniendo la mirada del inspector—. Y no tengo nada qué decir.
Todos guardaron silencio, tanto en la sala de interrogación, como en la que Shikaku se encontraba. Fijos, atentos por la reacción de Yamanaka, nadie hacía ruido ni para respirar. El anterior mencionado sólo sonrió de forma fugaz como si lo tuviese todo controlado y se echó hacia atrás despreocupado. Ella se vio desconcertada por el cambio de actitud y suspiró aliviada por la ausencia de presión.
—Te creo —dijo, sorprendiendo a más de uno. Shikaku sonrió ante la expresión tan calculada de su compañero. Aiko, por el contrario, se mostró titubeante, desconcertada—. Pero sólo repites que no fuiste la autora del crimen. —Los ojos de él refulgieron como dos focos que todo lo saben.
—¿Qué quiere decir?
Inoichi volvió a la carga, cruzándose de brazos. Dejó pasar un minuto completo, durante el cual la interrogada pareció encogerse en la silla, visiblemente temerosa.
—Qué aunque no fuiste tú, sabes perfectamente quién fue.
El rostro estupefacto y pálido de Aiko al término de esa afirmación les dijo que eso era correcto. En la sala algunos suspiraron, Shikaku entre ellos, y todos pensaron lo mismo; las lágrimas que en ese instante aleteaban en los ojos de ella, eran mucho más creíbles que las anteriores.
Media hora después, Minato junto a Shikaku entraban a la sala de juntas donde en cuestión de minutos se llevaría a cabo una junta referente al caso. Ambos tomaron asiento ante la mesa de cristal, dejaron sus sacos en el espaldar de la silla y se amoldaron al cómodo silencio de ese sector del edificio.
Ambos decepcionados un poco con el resultado final del interrogatorio, porque, aunque se insistió con mucho ahínco, la mujer se había negado a pronunciar una palabra después de aquella frase de Inoichi Yamanaka. Ese hecho les había dado a entender dos cosas; la primera, que evidentemente ese tema era más complicado del que se creía, y la segunda, que muy posiblemente de ella no obtendrían nada. El miedo por algo superior a la ley había sido palpable en las miradas y acciones de aquella mujer.
—Sólo nos queda entrevistar a los hijos —escuchó decir a Shikaku mientras revisaba sus archivos—. Creo que ellos serán más fáciles de manejar.
Minato sabía que la entrevista con ellos estaba prevista para el día siguiente. Aquellos jóvenes, que no sobrepasaban los 25 años, habían llegado a Konoha después de la aparición del cadáver de su padre y las pruebas que relacionaban el crimen con su madre.
—Eso espero —respondió sin mirarlo—, sería beneficioso para nosotros.
Sintió la inquisidora mirada de Shikaku en su persona, pero decidió ignorarla y seguir aparentando que revisaba sus documentos. Aunque en realidad sus pensamientos vagaban por lares lejanos a los que se refería su compañero.
Cada día se le hacía más y más difícil separar sus pensamientos personales de los profesionales. Él, que desde siempre se había caracterizado por saber jerarquizar los escenarios de su vida, se veía ahora incapaz de hacerlo.
Estaba molesto consigo mismo, por supuesto, era ridículo que un hombre de su edad se comportara de esa manera tan poco profesional. Minato siempre había exigido mucho de sí mismo, poner la vara tan alta como podía y tratar de sobrepasarla fue lo que le hizo llegar hasta donde estaba, superando las vicisitudes de la vida. Y esta no iba a ser la excepción.
—Inspector, ¿por qué no participó usted en el interrogatorio de hoy? —La pregunta de su colega logró llamar su atención, regresándolo al presente.
—Consideré que era mejor dejarle el trabajo al inspector Yamanaka —respondió con sinceridad—. Además quería tener una visión más amplia del interrogatorio. Y esto lo podía lograr limitándome a observar.
—Entiendo —asintió Nara empezando a sacar sus documentos. Minato le miró en silencio, convencido que esa pregunta había sido formulada por una razón distinta a la simple curiosidad. Era cierto que jamás había tenido un trato muy estrecho con aquel inspector, pero no hacía falta conocerlo para saber que no era normal en Nara preguntar de forma tan queda u hosca.
—¿Sucede algo, inspector Nara? —preguntó arqueando de forma inconsciente una ceja. El otro detuvo sus acciones y le devolvió una mirada algo ceñuda que le hizo acentuar aún más su gesto de extrañeza—. ¿Tiene algún problema?
Por un momento creyó ver miles de dudas circular en las pupilas oscuras del otro. Pero esa impresión fue tan breve que creyó haberla imaginado. Un segundo después Nara dejó quieto el maletín y sacudió la cabeza.
—No sucede nada —Luego cambió de tema tras verificar que no hubiera nadie en la puerta—. ¿Vamos a discutir en la reunión sobre la investigación del Clan Uchiha?
—No —dijo bajando la voz, dejando pasar el soso cambio de conversación—. Prefiero que no sea de conocimiento común. Deseo que permanezca en confidencial entre nosotros dos.
—Claro.
Minato suspiró por el tono receloso empleado por su colega. Se cruzó de brazos mirándolo atentamente.
—Si tiene problemas, debe decirlo. No quiero tener discusiones después.
—No le voy a cuestionar —dijo en el mismo tono Shikaku, aunque no molesto—. Pero confío en lo que hace.
—Sé lo que hago —impuso empezando a crisparse. En tan poco tiempo que llevaba teniendo a Shikaku de compañero, no había alcanzado a crear un lazo de confianza entre ambos. Era normal que hubiera dudas y más en esas instancias tan difíciles, pero no por eso se iba a quedar tan tranquilo mientras le acusaban con el simple tono de voz—. Algo no va bien con Uchiha. Quiero saber qué es y qué es eso que le hace querer involucrarse hasta los codos en el caso.
—Su mujer desapareció, es evidente qu...
—Puede ser, pero también cabe otra posibilidad. —Lo interrumpió con voz queda, helando su mirada a medida que Nara hablaba—. Hace dos semanas hablé con él, me dio la impresión de no estar muy lúcido que digamos. Puede ser que sospeche de una posible causa de todo esto, pero no quiera decirlo.
—¿A qué se refiere?
Minato se cuestionó un segundo si valía la pena decirlo. Decidió que sí, después de todo estaban juntos en eso.
—Si fuera cierto que su apuro por tener conocimientos de la investigación se debieran a su necesidad de dar con su esposa, ayudaría en todo lo que le pedimos —explicó—. ¿Recuerda la información que nos dio Naruto respecto a su madre y la relación de ésta con la agente Uchiha? —Shikaku asintió—. Bien, el niño dijo que ambas se conocieron un diez de octubre hace años, aquí, en un pueblo de nuestro país. Pensé mucho acerca de eso y al final deduje que si damos con el lugar donde la agente estuvo en esa fecha, muy posiblemente demos con una pista acerca de ambos casos; seguiríamos el rastro de Mikoto desde ahí, hasta dar con la causa que la llevó a estrellarse a las afueras de Konoha. Y además tendríamos mayores posibilidades de dar con la madre del niño.
Shikaku parpadeó, dejando olvidado el porte defensivo que había ido adoptando desde la entrada a la sala de juntas. Nara se acomodó en la silla y ladeó la cabeza.
—Es una buena idea —admitió—. Avanzaríamos de un tirón de hacer eso. ¿Pero qué tiene que ver con el inspector Uchiha?
Minato suspiró, apoyando en la superficie acristalada ambos brazos cubiertos por una camisa negra.
—Hablé con él para saber si había una posibilidad de saber, por parte suya, en qué lugar pudo estar ella ese año, justo en esa fecha. Pero se negó alegando que no tenía idea de cómo saber eso. Dijo que ellos viajaban mucho y que era imposible dar con un lugar en específico —miró de nueva cuenta a Shikaku que escuchaba atento—. Hasta ahí no hay nada raro, pero me hizo dudar la veracidad de sus palabras cuando le pregunté si podía hablar con Itachi y Sasuke. Los niños pueden llegar a ser más intuitivos que los adultos.
—Pero nuevamente se negó, ¿verdad?
El inspector de cabello rubio sonrió de medio lado.
—Se alteró, querrá decir. Se molestó e impuso que los dejara en paz.
—Puede ser que sólo quería protegerlos de una posible entrevista —sugirió no muy seguro, después de un corto silencio.
—Sí, puede ser —frotó sus cansados ojos, antes de echar un vistazo a su reloj; ya iban a ser las cinco, en cualquier momento empezarían a llegar los oficiales—, pero lo sentí diferente. Era otra cosa y no quiero dejar pasar ese detalle por alto. Hablaré de algún modo con los chicos. Pero primero necesito saber en qué lugar estudian.
Shikaku tamborileó los dedos sobre el vidrio de la mesa rectangular.
—Yo puedo ayudar con eso—decidió—. Mañana empezaré; conseguiré esa información cuanto antes.
Minato asintió agradecido.
—Mañana quiero que nos reunamos a las siete de la mañana en mi despacho —siguió diciendo al cabo de unos segundos—. Tengo programado un viaje a un pueblo en el norte del país para dentro de 48 horas. Pero antes de eso, necesito dejar claro el tema de la investigación de los Uchiha. ¿Tendrá el informe listo para mañana?
El inspector Nara pasó una mano por su cabello.
—No del todo, pero podemos hablar de lo recabado hasta el momento —miró de soslayo a Minato, que en ese momento se levantaba en busca del dispensador de agua—. ¿Viajará por causa del trabajo?
El hombre de ojos azules asintió bebiendo de un trago el líquido cristalino. Luego se apoyó en la pared, fijando sus inteligentes orbes en el techo.
—Contacté con quienes manejaron la muerte de aquella pareja que se apellidaba Uzumaki —dijo, refiriéndose a la noticia que le había mencionado semanas atrás a su colega—. Se trata de un inspector retirado que accedió a darme detalles del caso, al parecer se interesó por lo que está sucediendo en Konoha.
Shikaku le miró, evaluando la capacidad de reacción que poseía el oficial. Era algo desconcertante pero al mismo tiempo admirable su eficiencia en el trabajo. Iba a comentar algo, pero justo en ese momento se abrió la puerta y por ella entró una muchacha de cabello opaco, rostro delgado y barbilla redondeada que cargaba con una taza de café humeante en una mano y un celular apoyado en el oído derecho.
Bajo la mirada de ambos inspectores, la joven Shizune tropezó, derramando en su mano un poco del líquido caliente entre sus dedos.
—Joder —masculló dejando en la mesa el vaso, alcanzando una servillera—. Que día tan horrible.
—¿Sucede algo? —preguntó Minato, apartando de sus labios el envase plástico que nuevamente había ocupado con agua. La muchacha se sobresaltó al verles y procedió a bajar el teléfono mirándoles avergonzada.
—Inspector, no les había visto —se disculpó mirando a ambos.
—No hay problema —sonrió Shikaku.
—Sí, es que no he podido contactar con la doctora Senju —explicó tomando asiento en su silla—. No ha contestado el teléfono en todo el día, no sé qué ha sucedido. Puede que me esté preocupando de más, pero es que ella nunca desaparece así por así.
Ambos se miraron extrañados. Minato volviendo a su puesto y Shikaku frunciendo el ceño.
—¿Per...?
—Buenas tardes. —El comisario Sarutobi entró a la sala, siendo seguido por dos oficiales más. Todos le devolvieron el saludo con una leve inclinación de cabeza y guardaron silencio ante la demandante mirada de la cabeza jerárquica de la institución. Los ojos calculadores del hombre miraron a cada uno, deteniéndose en cada rostro y silla desocupada. Minato lo vio entrecerrar los ojos en dirección a la silla que habitualmente ocupaba Tsunade—. Daremos inicio a la junta con quienes están presentes.
El susurro de los documentos fue la sinfonía que inauguró la reunión. Y tres minutos después todos se encontraban compartiendo diligentemente los datos más relevantes de los últimos interrogatorios llevados a cabo en las semanas aledañas a esa, mientras los faltantes llegaban ofreciendo disculpas por la tardanza.
Sin embargo, pese al formalismo de la junta, Minato se encontró con la demandante mirada del comisario casi al final de la misma, quien parecía decirle que tenía algo de qué hablarle.
Y Minato tuvo la sensación que se trataba de la única persona que no se presentó a la reunión.
Esa noche, cuando habían pasado cuarenta minutos desde que el reloj marcara las once de la noche, una sombra salió sigilosamente de una habitación del ala de los pedagogos cuya estancia en el establecimiento era de carácter permanente y empezó a caminar rápidamente por los pasillos de la Fundación Niños Alegres.
Su corto cabello castaño se balanceaba tras su elegante espalda por la velocidad con que se adelantaba hacia una dirección específica. Su rostro joven de rasgos suaves y simpáticos estaba encogido en un ademan de seguridad y determinación. La bata blanca se agitaba tras ella, cubriéndole la piel del frio que parecía conservar el lugar en las noches.
Sus pasos suaves no originaban ruido alguno, su respiración acompasada no causaba fragor y su presencia no era detectable. Estaba ahí por una razón y ahora debía cumplir con aquel acuerdo al que había llegado días atrás con dos personas en particular.
Sin margen a titubeos —pues al trabajar ahí conocía a la perfección la infraestructura de la fundación— dobló una esquina y se internó en el área de los dormitorios, procurando ser más sigilosa de lo que ya era. Se detuvo en seco al llegar al lugar que buscaba, e inspirando hondo para calmar sus nervios, pasó los dedos por su cabello suelto.
Después de unos breves segundos de indecisión la figura se coló en la habitación, miró atentamente los cuatro niños que dormitaban bajo la cobija y cerró la puerta con cuidado de no producir ruidos que pudieran alertar de su presencia. Sigilosa como una oscura sombra que se confunde con la penumbra de la noche, se desplazó hasta el lecho apostado en una esquina de la alcoba, donde un chiquillo de cabellos rubios yacía tan indefenso y solo como todos los que habitaban ese edificio.
Inteligente, alegre y extrovertido. El chico le caía bien, pero no podía hacer nada.
Sus rasgos se enternecieron, demostrando un cariño que le hizo sentir confusa y dudar. El niño era como una luz en el aula o el patio; ese cabello de un rubio chillón le hacía parecer un sol y la sonrisa amplia que solía emplear cuando hacía una travesura le impregnaba de esa inocencia que tanto le gustaba ver en los niños.
Sacudió la cabeza al verse vacilar, pero antes de retractarse, dio un paso al frente. Haló las cobijas que cubrían el cuerpo del niño, y convenciéndose que no estaba haciendo algo malo, procedió a terminar con la tarea que le habían encomendado de una vez por todas.
Nos leemos en otra ocasión, cuídense y gracias por leer.
¡Adiós!
Pd: ¿Ya se imaginan una posible solución o relación entre todos los hechos o no? ¿Qué pueden tener en común Jiraiya, Tsunade, Kushina, Minato, Mikoto y Naruto? ¿Los estoy aburriendo con tantas vueltas, o por el contrario les gusta eso?
Espero que se animen a responder.
Los personajes de Naruto no me pertenecen, ellos son propiedad de Masashi Kishimoto.
