Capítulo 11
La oficina.
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Después de tan vergonzosa entrada triunfal. Me levanto rápidamente sin poderle dar oportunidad de sacarme de nuevo de mis apuros.
— ¿Está usted bien? —pregunta con cierto espanto en la cara.
Deberá estar algo impactado después de ver tanta torpeza junta en una sola persona.
—Claro, señor Cullen— carraspeo moviendo la falda tan dignamente para poder cubrir mi horrible calzón de abuela.
—¿Necesita que la revise?
¿De dónde exactamente?, cavilo mentalmente. No se preocupe, ya mi madre me llevó al psicólogo de pequeña y muchos pediatras. Soy torpe y ya.
—Estoy bien, ¿vamos a ver la cocina?
No muy convencido asiente y me cede el paso, salgo caminando con las piernas apretadas. Rápidamente tomo una servilleta enorme de tela y me la coloco en la parte rota de la falda. Me veo ridícula pero es mejor que enseñarlo todo.
Veo de reojo y una sonrisa se dibuja en su boca.
Chasqueo la lengua algo irritada. No me gusta ser el centro de su burla pero es casi inevitable. Es como si formara parte de mi currículo.
Entramos a la enorme habitación futurística culinaria. Hay estufas, hornos, parrillas, un gran set de utensilios de alta gama, sartenes, platos, estantes y un frigorífico enorme donde podría pasar como un enorme guardarropa de una chica ostentosa.
—Wow— solo atino a decir.
—¿Qué le parece? — pregunta algo nervioso. Me da la impresión de que actúa como si me estuviese dando un regalo.
Camino en silencio, acariciando sutilmente los detalles metálicos de la mesas y tocando delicadamente cada textura del sitio.
—Aún no está terminado. Debemos instalar el área de lavado y acoplar bien el sitio para poner un horno de barro aquí— señala.
—¿Horno de barro?
—Así es, señorita Swan. Quiero que sea comida tradicional. Si se necesita pan, de aquí saldrá— se para gustoso con manos cruzadas.
—Es… Precioso—solo puedo expresar. El sitio es fantástico, el sueño de cualquiera.
—Me alegro que esté satisfecha— comenta y me parece extraño, ningún jefe que yo haya tratado se preocupó tanto por mi opinión del lugar—, porque quiero que esté cómoda aquí. Necesitamos que la gente extrañe este restaurante.
—No lo decepcionaré.
—Lo sé— dice con certeza—, me mira fijamente a los ojos y luego sonríe. Lo veo muy risueño últimamente. De verdad me pregunto si es así todo el tiempo.
Apenada bajo la vista. Aún no he olvidado lo que ha pasado estos días. Ni siquiera el latente hecho de que dormimos juntos. Me sonrojo furiosamente de solo pensar que poseo su ropa en mi habitación.
—Daré lo mejor de mí.
—No me cabe duda—menciona y camina hacia la salida—. Ayude a organizar esta cocina, hágase cargo de recibir a los proveedores. Necesitamos abastecernos tan pronto se logre. Abrimos en dos días.
Abro los ojos de golpe.
—¿Tan pronto? — casi tartamudeo.
El señor Cullen ríe de nuevo.
—Estoy ansioso por empezar— comenta por última vez y sale de la cocina dejándome abochornada por ese cautivador gesto.
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El día de la inauguración llega.
Puntual, o mejor dicho, madrugador; el señor Cullen llega alistando últimos detalles. Está más que comprometido con su trabajo y yo, agradecida no hago ninguna torpeza. Solo estoy un poco ansiosa. Jessica no me quita la mirada desde que llegué al restaurante. Me vigila constantemente para ver si cometo otra idiotez. Para su infortunio he estado más coordinada que nunca.
No sé realmente a qué se deba. Quizá porque parte de esta actitud es que quiero impresionar al señor Cullen. O Edward, como me pidió que lo llamara. Oh, Dios. Este hombre me tiene en las nubes… Pero centrada.
Los primeros comensales toman asiento luego del discurso de Edward, el corte del listón rojo por la inauguración y la rueda de prensa que ha tomado las fotos.
Desde el fondo de la cocina, escucho atenta las referencias de Edward. Exitoso médico cirujano, altruista que ha dedicado parte de su tiempo a la rama restaurantera, de raíces italianas que sube de manera estoica a la cima del éxito, agotando las reservaciones 3 días antes de la gran inauguración.
La gente ni siquiera ha comido aquí y ya han reservado todo el mes.
Me despabilo con unos golpecitos en la cara y continúo dando órdenes. La cocina es un campo de guerra bien organizado. Me muevo sigilosamente entre charolas y personal de cocina con agilidad. Hasta yo misma me sorprendo.
Las órdenes salen en tiempo record. Me encanta este lugar, incluso Jessica y los meseros parecen entrenados. No cabe duda de que Edward es un excelente reclutador.
Missy, una de las meseras, entra sonriente a la cocina.
—Manda a felicitar al chef—me indica haciendo una pequeña reverencia con la cabeza.
—Que amable— comento.
—Comenta el señor Black, mesa 7, que desea hablar con usted, chef.
Yo me muerdo el labio. Hay demasiado trabajo aquí que es casi imposible dejarlo todo a la deriva. Pero no puedo dejar esas atenciones de lado.
—Yo… Iré en seguida.
La chica asiente y sale.
—Bill, necesito que verifiques la pasta. La salsa no debe resecarse, ni ser espesa.
—Claro, chef— dice sin más.
Decido tomarme unos minutos, me limpio las manos y acomodo mi impecable uniforme blanco. Uniforme una talla más pequeña de la mía. Mis pechos de la nada se hincharon y "sospechosamente" soy más grande.
Camino entre los comensales, hay música en vivo que armoniza todo el lugar. Me encanta como luce cada detalle, todo elegido personalmente por Edward.
Las personas lucen felices con el trabajo de mi equipo y eso me hace inflar el pecho de orgullo.
—Señor— saludo al hombre que me da la espalda cuando por fin llego a la mesa.
Una sonrisa blanca contrastada con piel caoba, se dirige a mí. Me mira demasiado concentrado en el área de mis pechos y piernas. El traje me ajusta un poco. Se levanta y me tiende la mano. Parece el típico chico casanova y ricachón que gana millones solo por ser bonito.
—Jacob Black, encantado de conocerla.
—El gusto es mío, Isabella Swan— le respondo algo nerviosa por su desvergonzado escrutinio.
—Estoy enormemente impresionado por su trabajo.
—Le agradezco su enorme detalle para conmigo.
—No tiene que agradecer. No se me da por alagar en vano, en realidad pensé que el creador de estas maravillas—los platillos—, era un hombre. Ya sabe, por la complejidad del área.
Yo inclino la cabeza. Comentario ligeramente abrumador. Las mujeres también podemos sobresalir. ¿O acaso piensa que soy solo tetas?
—Me es un honor saber que a su esposa y a usted le haya gustado— me refiero a la chica que silenciosamente lo acompaña y que no me ha presentado. Intento desviar el tema.
El señor Black se sonroja.
—Oh, lo siento. Ella es la señorita Clearwater, mi… Amiga— externa.
La mujer abre los ojos pasmada, casi en indignación.
—Encantada.
Me mira y me ignora. Detecta lo que pasa.
—Me encantaría volver a reservar en este sitio apenas haya lugar. Usted sabe cómo dejar a los comensales impresionados— suspira apuntando a mis pechos con la mirada.
—Será un honor volver a recibirlos, señor Black— me cruzo de brazos cubriéndome.
—Jacob, por favor— me toma de una mano y sonríe demasiado galante—. De volver, vendría solo— me guiña un ojo y aprieta mi mano más fuerte, halándome hacia él.
Siento unas enormes manos alrededor de mis hombros.
Me quedo helada.
—¿Todo bien, cariño? — pregunta una voz terciopelo que me eriza la piel.
Giro el rostro. Esmeraldas duras me miran fijamente a la cara y yo me quedo en blanco.
Jacob Black me suelta y se queda de piedra.
—¿Señor Cullen?
—¿Cómo está, señor Black? Veo que ya conoció a mi novia.
El hombre palidece.
—No sabía que su novia era el chef de este sitio.
—Decidimos hacer esto juntos, nos une como pareja— y refuerza el agarre en mis hombros con vasta propiedad, un trago enorme de saliva se atora en mi garganta, ¿qué rayos sucede?
—No lo sabía— carraspea—, ¿Y cómo está su padre?
—Excelente, mi familia en general muy bien— me gira y me mira directamente a los ojos sin soltarme de los brazos como si el tacto fuese salvavidas de naufragio, ojos cristalizados y firmes que parecen aguantar ira e incomodidad—. Yo seguiré atendiendo al señor— espeta—, si ya es todo, puedes retirarte, Bella— y la última palabra causa cierta calidez en mi espina dorsal.
—De acuerdo— respondo como autómata—, con permiso— me excuso y camino como robot hacia la cocina.
Camino sin mirar atrás. Ni siquiera siendo tentada por la evidente tensión que lanza como ondas pesadas del enojo evidente de Edward Cullen.
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Termino el turno totalmente concentrada en mis labores, pero no puedo dejar de pensar en la actitud de Edward. ¿Qué pasó realmente?
—Hola— me saca de mis pensamientos un muy sonriente Riley Cullen, el cual se recarga sobre la mesa para quedar a la altura de mis ojos.
Yo me sobresalto.
—Lo siento, ¿te asusté? Parecías bastante concentrada.
Parpadeo algo abochornada.
—Estoy bien. ¿Cómo está usted?
—No me llames de usted, dime Riley.
—De acuerdo, Riley.
—Estoy bien— bosteza, tan rendido como si él mismo hubiese participado en la cocina. A mí me duelen las plantas de los pies.
—Me alegra saberlo— sonrío.
—El lugar fue un éxito. Muchos conocidos míos quieren volver asistir— chasquea los dedos—. Escuché que están agotados.
Yo limpio con una franela limpia.
—Hasta mediados del otro mes, según supe.
—Fantástico— comenta con entusiasmo y luego levanta las cejas con asombro—. ¿Sabes lo que le pasa a mi hermano?
Me tenso.
—¿Algún problema con el restaurante?
—No que yo sepa, pero lo vi encerrarse en su oficina luego de un rato, en realidad no ha salido desde temprano— comenta con un dejo de preocupación—, se veía molesto. Bueno, de por si es bastante serio.
Yo enarco una ceja.
—¿Lo es?
—Casi no sonríe.
Qué raro, conmigo es todo sonrisas.
—¿Sucedió algo? — insiste en saber.
—No que yo sepa— miento a medias, pero creo saber el motivo.
—Bueno, me retiro. Felicidades por tu primer día, Isabella.
—Gracias— respondo feliz—, solo Bella.
—Bien, Bella. Nos vemos luego— se despide sin más y me deja sola en la cocina.
Los demás ya se han retirado. De hecho ya no queda nada más que esperar a limpieza pero en general todo está en orden.
Estoy lista para retirarme pero en verdad siento cierta curiosidad por lo que me ha comentado Riley.
Con algo de nervios, camino hacia la oficina de Edward y toco la puerta. Se escucha música dentro del lugar, empiezo a dudar si es capaz de escucharme.
—¿Señor Cullen?
Después de insistir lo suficientemente y con prudencia, me atrevo a abrir la puerta.
Lo primero que percibo es olor a humo y alcohol. El estómago se me revuelve furiosamente pero aguanto la respiración.
Paso un enorme trago de saliva.
—¿Señor?
—Pase— dice su voz tan seria.
Apenas pongo un pie dentro, el aire de la habitación me pone nerviosa. No es como la última vez que vine. Parece una situación hostil. Comienzo a meditar realmente si fue una buena idea.
—¿Necesita algo?
Estrujo mis dedos.
—Yo…— tartamudeo nerviosa—. Ya terminamos en la cocina.
—Gracias— contesta de espaldas a mí, recargado completamente en la silla—. La inauguración, fue excelente. La gente amo su sazón, Isabella.
—Solo Bella— le tajo nerviosa todavía—. Amm… ¿Está usted bien?
Jadea cansado.
—No del todo— confiesa aun con tono de voz algo áspero.
Estoy comenzando a creer que en parte es culpa mía. Por el disgusto que le ocasione con el comensal.
—Yo… Quiero pedirle una honesta disculpa por lo que pasó esta tarde. Sé que no debía causar ese tipo de situaciones. Yo…
Se voltea estrepitosamente y me mira. Los esmeraldas duros me queman con cada parpadeo. Frunce el ceño. Es la primera vez que veo ese gesto irritado en su rostro perfecto.
—¿Por qué te disculpas, Bella? — me pregunta y yo me estremezco cuando dice mi nombre de pila.
—No fue prudente…
—¿Prudente? — se levanta de la silla y comienza a caminar hacia mí—. Te estaba acosando y hasta donde sé— bebe de su vaso—, no estabas muy cómoda que digamos.
Me siento abochornada. Dios su perfume me encanta.
—Gracias, en realidad si estaba poniéndose pesado—, y entonces reacciono, las cosas no tienen sentido— pero…
—¿Pero?
—¿Por qué dijiste que soy tu novia?
Su semblante cambia de golpe.
—Bien pudiste haber dicho que me necesitaban en la cocina o que tenía una llamada.
Bebe el último trago de golpe y carraspea. No hace gestos al ardiente licor que resbala por su garganta.
—Se me fue de las manos— taja sin más.
—¿Cómo? — inquiero algo desconcertada.
—Pues eso… Fue lo primero que se me ocurrió. Lo siento, ¿te incomode? Seguro tu novio se molestará si sabe que tu jefe te dijo tal cosa— me observa fijamente y agacho la mirada.
—No te preocupes, no pasa nada.
Sonríe apenas.
—No es celoso.
Me abochorno. Hace años que no salgo con nadie.
—No es eso.
Alza una ceja, curioso.
—¿Entonces él…?
—No tengo novio— refuto avergonzada— y no está en mis planes— le aclaro sin necesidad de que siga insistiendo.
Ladea la cabeza.
Veo su rostro, divertido y algo coqueto. Si lo conociera lo suficiente, diría que está ebrio. ¿Qué pasa, Edward? ¿Celebrando de más?
—¿Ya no confías en los hombres? — pregunta con bastante interés y se rellena el vaso.
—Ya no es prioridad una pareja a mi edad— me muerdo la lengua ante esa confesión.
Él es el ebrio NO TÚ, me regaña mi subconsciente.
—¿A tu edad? Eres una niña, ¿qué edad crees que tienes? — se ríe.
Vaya, ahora le divierto.
—Bueno, creo que es todo. Me tengo que ir— me intento salir pero rápidamente se levanta, me toma de los hombros y me sienta en uno de las sillas frente a su escritorio.
—No te vayas, acompáñame.
—Pero tengo que…
—Vives sola y sin hijos. Y por lo que vi no tienes gato en casa, así que no tienes a nadie esperando— dice atrevidamente y eso me hace pasar vergüenza. Genial no tengo ni eso, ¿qué le pasa?
—No creo que sea buena idea quedarme y mañana tengo que venir a ver los menús.
Niega con el dedo mientras bebe de golpe otra vez.
—Se mi amiga, Bella—me pide ahora más ido—. Esa linda amiga que todos queremos. Eres cálida y dulce. Cálida— vuelve a repetir como recordando algo— y excelente cocinera. Pienso que también eres buena con los golpes— se ríe todo borracho.
—Soy súper descoordinada, ¿No lo has notado? — me cruzo de brazos.
—Pero eso te hace tierna— asegura—, y no eres como el montón. Ni interesada.
—¿A qué se refiere?
Pone un poco de música en su computadora. Es Jazz apenas logro reconocer. La tararea alegremente, se ve feliz.
—Conocí a una chica linda el año pasado— juguetea con el vaso medio lleno viéndolo fijamente—. Toda hermosa, muy "educada" — hace las comillas en el aire— y bastante sensual para su propio bien. ¿Sabes algo? Apenas le abrí las puertas de mi vida, me usó como trapo sucio y me tiró el al vacío. Hoy se está casando con un viejo más rico que yo. Y no me duele— asegura tambaleando la cabeza—, me da rabia porque fue una interesada. Se burló de mí. Le dije apenas que quería hijos y se horrorizó diciendo que ella no deformaría su cuerpo por un monstruo chillón. Nunca quiso una familia, solo quería una cuenta de banco. Me propuso adoptar si eso me hacía feliz, y claro, no tenía problema con ello pero… Quiero hijos propios, quiero niños míos. Quizá suene egoísta, hago lo que puedo con ellos, los ayudo con mi madre pero, no sé si me explico, quiero la experiencia completa de una familia. Ambos éramos una pareja apta para concebir, pero me rechazó — cierra los ojos y suspira—, te quejas de que no es prioridad tener pareja a tu edad—bufa—, yo me quejo porque quise una familia y cuando lo desee por fin, me la negaron.
Un nudo se forma en mi garganta.
—Edward…
Vuelve a servirse.
—No me gustó el trato que te estaba dando el imbécil de Black— murmura cambiando de tema—, lo conozco. Es un playboy. Mi ex durmió con él— se ríe—, lo supe de inmediato. Casi me lo presumió como trofeo. Y cuando te vi ahí, toda incomoda y cayendo en sus garras, hijo de puta— maldice—, sentí la necesidad de reclamarle y molerlo a golpes. "No ésta chica", quise decirle, "ella es buena". Y te salvé— dice triunfal.
—Gracias— comento de nuevo.
—Gracias a ti.
—¿A mí? — le preguntó con bastante confusión.
—Claro. Tuve un sentimiento tan violento en mí, que de no haberme sostenido de tus hombros, hubiese molido su cara a golpes.
Me mira con una sonrisa ladeada en los labios y se levanta. Coloca ambos brazos en las reposaderas de la silla donde estoy sentada y sus ojos y los míos se quedan cerca, muy pegados.
—¿Por qué eres tan bonita y divertida?
—¿Edward, qué haces? — pregunto nerviosa.
Toma un mechón de mi cabello y lo acaricia.
—Señorita libertad se quedó con mi ropa interior—su aliento fuerte me golpea la cara y me revuelve el estómago de nuevo.
Las orejas me truenan de la vergüenza.
—¿Lo recuerdas?
Se ríe.
—¿Crees que lo olvidaría? Hiciste mi noche.
Ay no, Dios. Haz que pare.
—¿Nosotros dormimos…?
—¿Juntos? ¡Claro! A cada lado de la cama.
Jadeo sorprendida.
—¿Por eso me contrataste?
—¿Por qué?
—Porque tuvimos sexo— me cubro el rostro con la pena quemándome el rostro.
—¿Lo hicimos? — pregunta sorprendido—. Según yo, solo dormimos— se separa de mí—. Aunque si abusaste de mí, no lo recuerdo. Es una pena si eso pasó.
Respiro aliviada.
—¿Entonces?
—Tienes potencial— refuta—, más allá de eso, me había propuesto buscarte sin saber que trabajarías para mí. Tenía que conocer a la chica que cambió mi amargada noche porque de verdad me gustaste. Gracias a ti, lo viví pero con más intensidad. Ah, casi había olvidado cómo se sienten los malditos celos— sonríe y envalentonado por el alcohol me planta un profundo beso en la boca.
Me quedo de piedra, no muevo mi cuerpo. Su lengua húmeda toca mis labios, para después entrar en mi boca, y el sabor del alcohol entra en contacto con mis papilas gustativas, mandando señales de arcadas violentas a mi estómago.
Tengo nauseas, lo separo con fuerza de mi cara.
—¡Tengo que irme! — grito despavorida hacia la calle.
No volteo más hacia atrás y corro para poder devolver todo lo que hay en mi estómago justo en el bote de basura que hay en la calle.
