11

El club de duelo

Al despertar Vega la mañana del domingo, se sintió completamente descansada y recuperada. El dormitorio, resplandeciente con la luz del sol de invierno, se hallaba vacío. Vega se levantó y se vistió. Encontró una nota de Hermione plegada encima de su mesilla y la leyó mientras se peinaba rápidamente.

Vega,

Ron y yo nos hemos enterado de que ha habido otro ataque esta noche. Estamos empezando con la poción. Acude ya sabes donde en cuanto te despiertes.

Hermione.

Vega Bajó a saltos las escaleras que daban a la sala común, algo preocupada por el ataque que decía Hermione se había producido por la noche. Ella no había visto ni oído nada raro la noche anterior cuando salió en busca de Ginny, ¿A quién habían atacado aquella vez?

En la sala común, a pesar de que el día anterior había sido toda fiesta y alegría, habían vuelto las caras largas. Todos los que estaban en la sala se giraron a mirar a Vega, algo asustados, y los alumnos de primero se apartaron cuando pasó por su lado. Vega ignoró toda aquella hostilidad. Sabía que la consideraban la heredera de Slytherin. Podía entender por qué: la familia Black era sangre limpia, de las más puras que quedaban en el mundo mágico. Muchos magos oscuros habían salido de ella, su padre era el más famoso de todos, por asesinato múltiple. Pero de todos modos, Vega pensaba que la gente la consideraba la heredera porque era la opción más sencilla sin más. No tenían en cuenta que, por ejemplo, nunca hubiese conocido a su familia, o que habían sido dos muggles los que la habían criado.

Atravesó la sala común con la cabeza en alto, sin mirar a nadie, y se apresuró en llegar hasta el segundo piso, al aseo de Myrtle la Llorona. Después de asegurarse de que no merodeaban por el pasillo ni Filch ni ningún prefecto, abrió la puerta y oyó las voces de Ron y Hermione que provenían de un retrete cerrado.

—Soy yo —dijo, entrando en los lavabos y cerrando la puerta. Oyó un golpe metálico, luego otro como de salpicadura y un grito ahogado, y vio a Hermione mirando por el agujero de la cerradura.

—¡Vega! —dijo ella—. Vaya susto que nos has dado. Entra. ¿Te has enterado?

—Sí. Ha habido otro ataque—dijo Vega, metiéndose en el retrete. Habían puesto un caldero sobre la taza del inodoro, y un crepitar que provenía de dentro le indicó que habían prendido un fuego bajo el caldero. Prender fuegos transportables y sumergibles era la especialidad de Hermione.

—Ha sido ese chico de primero, Colin—explicó Ron—. Hemos oído a McGonagall y Flitwick esta mañana. Lo encontraron petrificado en las escaleras de este piso.

A Vega se le encogió el corazón al pensar en el pobre Colin, que la noche anterior había sido tan simpático con ella, y al que había dejado ir sólo en mitad de la noche para que fuese a visitar a Harry. Con lo fácil que hubiese sido detenerlo y pedirle que fuese a verle por la mañana.

—Por eso hemos pensado en empezar…—comenzó a explicar Hermione, pero un ruido los hizo saltar a los tres.

—¡Shh! —susurró Ron al oír como se cerraba la puerta del aseo. Esperaron en silencio unos angustiosos segundos.

—Soy yo —dijo entonces la voz de Harry desde fuera del retrete.

—¡Harry! —Exclamó Vega mientras abría la puerta—. Pensabamos que eras algún prefecto o Filch. Entra. ¿Cómo está tu brazo?

—Bien —dijo Harry, metiéndose en el retrete y haciéndose un hueco entre la pared y Vega. No era un sitio muy amplio y ahora que estaban los cuatro allí metidos estaban muy apretados los unos junto a los otros.

—Pensamos ir a verte, pero decidimos comenzar a preparar la poción multijugos—le explicó Ron, después de que Harry cerrara de nuevo la puerta del retrete—. Hemos pensado que éste es el lugar más seguro para guardarla.

—Esta noche ha pasado de nuevo. Vi como traían a la enfermería…—empezó a contar Harry, pero Hermione lo interrumpió.

—Ya lo sabemos, oímos a la profesora McGonagall hablar con el profesor Flitwick esta mañana. Por eso pensamos que era mejor darnos prisa.

—Cuanto antes le saquemos a Malfoy una declaración, mejor —gruñó Ron—. ¿No pensáis igual? Se ve que después del partido de quidditch estaba tan sulfurado que la tomó con Colin.

—Hay alguien más —dijo Harry, haciendo que Vega, que ayudaba a Hermione a partir manojos de centinodia para echarlos en la poción, levantara la vista—. Dobby vino en mitad de la noche a hacerme una visita.

Vega frunció el ceño mientras Ron y Hermione miraban a Harry, sorprendidos.

—Me despertó en mitad de la noche. Lloraba y me echaba la bronca por haber vuelto al colegio. ¡Fue él quien bloqueó la barrera del andén nueve y tres cuartos! —exclamó Harry, haciendo que Ron frunciese el ceño—. Pero eso no es lo peor. La bludger de ayer, también la manipuló él. Dijo que lo mejor era que me enviaran a casa gravemente herido y que no me quedase en el castillo.

—¿Y sigue sin decirte por qué quiere enviarte de vuelta? — preguntó Vega.

—No lo quiso decir claramente—dijo Harry, y acercó la cabeza a las de sus amigos para hablar en voz más baja—, pero se le escapó decirme "No debe quedarse en Hogwarts ahora que la Cámara de los Secretos ha vuelto a abrirse"

—¿La Cámara de los Secretos ya fue abierta antes? —le preguntó Hermione con los ojos muy abiertos.

—Es evidente —dijo Ron con voz de triunfo—. Lucius Malfoy abriría la cámara en sus tiempos de estudiante y ahora le ha explicado a su querido Draco cómo hacerlo. Está claro. ¿Dobby no te dijo qué monstruo hay en ella? Me gustaría saber cómo es posible que nadie se lo haya encontrado merodeando por el colegio.

—No dijo nada más—respondió Harry—. En cuanto se dio cuenta de que se le había escapado decirme algo de la Cámara de los Secretos, empezó a pegarse a sí mismo y no respondió nada más. Entonces llegaron a la enfermería con Colin y Dobby se esfumó.

—Quizá el monstruo pueda volverse invisible —propuso Vega, empujando unas sanguijuelas hacia el fondo del caldero—. O quizá pueda disfrazarse, hacerse pasar por una armadura o algo así.

—Sí, ¿por qué no? —Dijo Hermione—. He leído algo sobre fantasmas camaleónicos...

—Lees demasiado, Hermione —le dijo Ron, echando crisopos encima de las sanguijuelas. Arrugó la bolsa vacía de los crisopos y miró a Harry—. Así que fue Dobby el que no nos dejó coger el tren y el que te rompió el brazo... —Movió la cabeza—. ¿Sabes qué, Harry? Si no deja de intentar salvarte la vida, te va a matar.

La noticia de que habían atacado a Colin Creevey y de que éste yacía como muerto en la enfermería se extendió por todo el colegio durante la mañana del lunes. El ambiente se llenó de rumores y sospechas. Los de primer curso se desplazaban por el castillo en grupos muy compactos, como si temieran que los atacaran si iban solos.

Ginny, que se sentaba junto a Colin Creevey en la clase de Encantamientos, estaba consternada, pero a Vega le parecía que la forma de animarla de Fred y George no era la más adecuada. Se turnaban para esconderse detrás de las estatuas, disfrazados con una piel, y asustarla cuando pasaba. Pero tuvieron que parar cuando Percy se hartó y les dijo que iba a escribir a su madre para contarle que por su culpa Ginny tenía pesadillas. Vega se preguntaba si era por los ataques por lo que Ginny lloraba la noche anterior. Quizá se hubiese encontrado a Colin antes que nadie y se había asustado. Pero aun así no podía quitarse de la cabeza la cara de Ginny cuando salió de la sala común, aunque no le encontrase la relación con la reacción de Ginny ante los ataques.

Mientras tanto, a escondidas de los profesores, se desarrollaba en el colegio un mercado de talismanes, amuletos y otros chismes protectores. Neville Longbottom había comprado una gran cebolla verde, cuyo olor decían que alejaba el mal, un cristal púrpura acabado en punta y una cola podrida de tritón antes de que los demás chicos de Gryffindor le explicaran que él no corría peligro, porque tenía la sangre limpia y por tanto no era probable que lo atacaran.

—Fueron primero por Filch —dijo Neville, con el miedo escrito en su cara redonda—, y todo el mundo sabe que yo soy casi un squib.

Durante la segunda semana de diciembre, la profesora McGonagall pasó, como de costumbre, a recoger los nombres de los que se quedarían en el colegio en Navidades.

Vega, pensando en la fiesta de cumpleaños/Navidad que la esperaba con su familia en Tinworth, firmó a regañadientes. Le habría hecho ilusión pasar una Navidad con sus padres después de tantos años en los que su padre estaba demasiado ocupado como para celebrar la fiesta en familia, pero habían oído que Malfoy se quedaba en el castillo en Navidad, lo cual les pareció muy sospechoso a Vega, Harry, Ron y Hermione.

Por mucho que quisiese a sus padres, le parecía que era más importante aprovechar las vacaciones para utilizar la poción multijugos e intentar sonsacarle una confesión a Malfoy.

Por desgracia, la poción estaba a medio acabar. Aún necesitaban el cuerno de bicornio y la piel de serpiente arbórea africana, y el único lugar del que podrían sacarlos era el armario privado de Snape. A Vega le parecía que preferiría enfrentarse al monstruo legendario de Slytherin a tener que soportar la ira de Snape si la pillaba robándole en el despacho.

—Lo que tenemos que hacer —dijo animadamente Hermione, cuando se acercaba la doble clase de Pociones de la tarde del jueves— es distraerle con algo. Entonces uno de nosotros podrá entrar en el despacho de Snape y coger lo que necesitamos. —Vega, Harry y Ron la miraron nerviosos—. Creo que es mejor que me encargue yo misma del robo—continuó Hermione, como si tal cosa—. A vosotros tres os expulsarían si os pillaran en otra, mientras que yo tengo el expediente limpio. Así que no tenéis más que originar un tumulto lo suficientemente importante para mantener ocupado a Snape unos cinco minutos.

Vega, Harry y Ron sonrieron tímidamente. Provocar un tumulto en la clase de Pociones de Snape era tan arriesgado como pegarle un puñetazo en el ojo a un dragón dormido.

Las clases de Pociones se impartían en una de las mazmorras más espaciosas. Aquella tarde de jueves, la clase se desarrollaba como siempre. Veinte calderos humeaban entre los pupitres de madera, en los que descansaban balanzas de latón y jarras con los ingredientes. Snape rondaba por entre los fuegos, haciendo comentarios envenenados sobre el trabajo de los de Gryffindor, mientras los de Slytherin se reían a cada crítica. Draco Malfoy, que era el alumno favorito de Snape, hacia burla con los ojos a Vega y Harry, que sabían que si le contestaban tardarían en ser castigados menos de lo que se tarda en decir «injusto».

Estaban tan preocupados, que incluso Vega, que solía hacer siempre pociones a las que Snape le costaba encontrar defectos, descubrió que su poción infladora estaba demasiado líquida. Sin embargo, aquello no era lo importante en aquel momento, pues Vega y Harry aguardaban una seña de Hermione, y Vega apenas prestó atención cuando Snape se detuvo a mirar con desprecio y criticar su poción aguada.

Cuando Snape se volvió y se fue a ridiculizar a Neville, Hermione captó las miradas de Harry y Vega; y les hizo con la cabeza un gesto afirmativo.

Harry se agachó rápidamente y se escondió detrás de su caldero mientras Vega hacía todo lo posible por disimular. Vio como Harry se sacaba de un bolsillo una de las bengalas del doctor Filibuster que tenía Fred, y le daba un golpe con la varita. La bengala se puso a silbar y echar chispas. Sabiendo que sólo contaban con unos segundos, Vega cubrió a Harry, que se levantó, apuntó y lanzó al aire la bengala. Esta aterrizó dentro del caldero de Goyle. La poción de Goyle estalló, rociando a toda la clase. Los alumnos chillaban cuando los alcanzaba la pócima infladora. A Malfoy le salpicó en toda la cara, y la nariz se le empezó a hinchar como un balón; Goyle andaba a ciegas tapándose los ojos con las manos, que se le pusieron del tamaño de platos soperos, mientras Snape trataba de restablecer la calma y de entender qué había sucedido. Vega vio a Hermione aprovechar la confusión para salir discretamente por la puerta.

—¡Silencio! ¡SILENCIO! —gritaba Snape—. Los que hayan sido salpicados por la poción, que vengan aquí para ser curados. Y cuando averigüe quién ha hecho esto...

Harry le dio un codazo a Vega, que intentó contener la risa que se le escapó cuando vio a Malfoy apresurarse hacia la mesa del profesor, con la cabeza caída a causa del peso de la nariz, que había llegado a alcanzar el tamaño de un pequeño melón. Mientras la mitad de la clase se apiñaba en torno a la mesa de Snape, unos quejándose de sus brazos del tamaño de grandes garrotes, y otros sin poder hablar debido a la hinchazón de sus labios, Vega vio que Hermione volvía a entrar en la mazmorra, con un bulto debajo de la túnica.

Cuando todo el mundo se hubo tomado un trago de antídoto y las diversas hinchazones remitieron, Snape se fue hasta el caldero de Goyle y extrajo los restos negros y retorcidos de la bengala. Se produjo un silencio repentino.

—Si averiguo quién ha arrojado esto —susurró Snape—, me aseguraré de que lo expulsen.

Vega y Harry pusieron su mejor cara de perplejidad. Snape los miraba a ellos, y la campana que sonó al cabo de diez minutos no pudo ser mejor bienvenida.

—Sabe que fui yo —dijo Harry a Ron y Hermione, mientras iban deprisa a los aseos de Myrtle la Llorona—. Podría jurarlo.

—Bueno, bueno—dijo Vega en tono jocoso—, está bastante claro que somos los sospechosos habituales, no te lleves todo el mérito.

Ron y Harry rieron mientras Hermione echaba al caldero los nuevos ingredientes y removía con brío.

—Estará lista dentro de dos semanas —dijo contenta.

—Snape no tiene ninguna prueba de que hayáis sido ninguno de los dos —dijo Ron a Vega y Harry—. ¿Qué puede hacer?

—Conociendo a Snape, algo terrible —dijo Harry.

—No seas gafe y no pienses en ello, o nos pillará antes— dijo Vega, mientras la poción levantaba borbotones y espuma.

Una semana más tarde, Vega, Harry, Ron y Hermione cruzaban el vestíbulo cuando vieron a un puñado de gente que se agolpaba delante del tablón de anuncios para leer un pergamino que acababan de colgar. Seamus Finnigan y Dean Thomas les hacían señas, entusiasmados.

—¡Van a abrir un club de duelo! —dijo Seamus—. ¡La primera sesión será esta noche! No me importaría recibir unas clases de duelo, podrían ser útiles en estos días...

—¿Por qué? ¿Acaso piensas que se va a batir el monstruo de Slytherin? —preguntó Ron, pero lo cierto es que también él leía con interés el cartel.

—Podría ser útil —les dijo a Harry, Hermione y Vega cuando se dirigían a cenar—. ¿Vamos?

Todos estuvieron completamente a favor, así que aquella noche, a las ocho, se dirigieron deprisa al Gran Comedor. Las grandes mesas de comedor habían desaparecido, y adosada a lo largo de una de las paredes había una tarima dorada, iluminada por miles de velas que flotaban en el aire. El techo volvía a ser negro, y la mayor parte de los alumnos parecían haberse reunido debajo de él, portando sus varitas mágicas y aparentemente entusiasmados.

—Me pregunto quién nos enseñará —dijo Hermione, mientras se internaban en la alborotada multitud—. Alguien me ha dicho que Flitwick fue campeón de duelo cuando era joven, quizá sea él.

—Con tal de que no sea... —Vega empezó una frase que terminó en un gemido (eco del que soltaron Harry y Ron): Gilderoy Lockhart se encaminaba a la tarima, resplandeciente en su túnica color ciruela oscuro, y lo acompañaba nada menos que Snape, con su usual túnica negra.

Lockhart rogó silencio con un gesto del brazo y dijo:

—¡Venid aquí, acercaos! ¿Me ve todo el mundo? ¿Me oís todos? ¡Estupendo! El profesor Dumbledore me ha concedido permiso para abrir este modesto club de duelo, con la intención de prepararos a todos vosotros por si algún día necesitáis defenderos tal como me ha pasado a mí en incontables ocasiones (para más detalles, consultad mis obras).

»Permitidme que os presente a mi ayudante, el profesor Snape —dijo Lockhart, con una amplia sonrisa—. Él dice que sabe un poquito sobre el arte de batirse, y ha accedido desinteresadamente a ayudarme en una pequeña demostración antes de empezar. Pero no quiero que os preocupéis los más jóvenes: no os quedaréis sin profesor de Pociones después de esta demostración, ¡no temáis!

—¿No estaría bien que se mataran el uno al otro? —susurró Ron a Harry y Vega al oído.

—Apuesto dos galeones por Snape—susurró Vega.

—No los veo—respondió Harry, riendo en voz baja—. Snape va a destrozar a Lockhart.

En el labio superior de Snape se apreciaba una especie de mueca de desprecio. Vega se preguntaba por qué Lockhart continuaba sonriendo; si Snape la hubiera mirado como miraba a Lockhart, habría huido a todo correr en la dirección opuesta.

Lockhart y Snape se encararon y se hicieron una reverencia. O, por lo menos, la hizo Lockhart, con mucha floritura de la mano, mientras Snape movía la cabeza de mal humor. Luego alzaron sus varitas mágicas frente a ellos, como si fueran espadas.

—Como veis, sostenemos nuestras varitas en la posición de combate convencional —explicó Lockhart a la silenciosa multitud—. Cuando cuente tres, haremos nuestro primer embrujo. Pero claro está que ninguno de los dos tiene intención de matar.

—Yo no estaría tan seguro —susurró Harry, viendo a Snape enseñar los dientes.

—Una..., dos... y tres.

Ambos alzaron las varitas y las dirigieron a los hombros del contrincante. Snape gritó:

¡Expelliarmus!

Resplandeció un destello de luz roja, y Lockhart despegó en el aire, voló hacia atrás, salió de la tarima, pegó contra el muro y cayó resbalando por él hasta quedar tendido en el suelo.

Malfoy y algunos otros de Slytherin vitorearon. Hermione se puso de puntillas.

—¿Creéis que estará bien? —chilló por entre los dedos con que se tapaba la cara.

—¿A quién le preocupa? —dijeron Vega, Harry y Ron al mismo tiempo mientras reían.

Lockhart se puso de pie con esfuerzo. Se le había caído el sombrero y su pelo ondulado se le había puesto de punta.

—¡Bueno, ya lo habéis visto! —dijo, tambaleándose al volver a la tarima—. Eso ha sido un encantamiento de desarme; como podéis ver, he perdido la varita... ¡Ah, gracias, señorita Brown! Sí, profesor Snape, ha sido una excelente idea enseñarlo a los alumnos, pero si no le importa que se lo diga, era muy evidente que iba a atacar de esa manera. Si hubiera querido impedírselo, me habría resultado muy fácil. Pero pensé que sería instructivo dejarles que vieran...

Snape parecía dispuesto a matarlo, y quizá Lockhart lo notara, porque dijo:

—¡Basta de demostración! Vamos a colocaros por parejas. Profesor Snape, si es tan amable de ayudarme...

Se metieron entre la multitud a formar parejas. Lockhart puso a Neville con Justin Finch-Fletchley, pero Snape llegó primero hasta donde estaban Vega, Harry, Ron y Hermione.

—Ya es hora de separar a este equipo ideal, creo —dijo con expresión desdeñosa—. Weasley, puedes emparejarte con Finnigan. Potter...

Harry se acercó automáticamente a Vega.

—Me parece que no —dijo Snape, sonriendo con frialdad—. Señor Malfoy, aquí. Veamos qué puedes hacer con el famoso Potter. La señorita Black se pondrá con Parkinson y Granger que se ponga con Bulstrode.

Pansy Parkinson era una chica de Slytherin, del curso de Vega. Tenía el pelo oscuro y una expresión constante de desagrado. Era extremadamente pedante y se creía mejor que todo el mundo. Además, gustaba burlarse de las demás chicas, especialmente de Vega y Hermione, a voz en grito. Vega la odiaba casi tanto como a Malfoy, que se acercaba en aquel momento a Harry pavoneándose y sonriendo. Detrás de Parkinson iba una chica de Slytherin que le recordó a Vega una foto que había visto en Vacaciones con los trolls. Era alta y robusta, y su poderosa mandíbula sobresalía agresivamente. Hermione la saludó con una débil sonrisa que la otra no le devolvió. Vega simplemente miró a Parkinson con el mayor desprecio que pudo, a lo que ella respondió igual.

—¡Poneos frente a vuestros contrincantes —dijo Lockhart, de nuevo sobre la tarima— y haced una inclinación!

Ninguna se inclinó. Parkinson miró ceñuda a Vega, que le respondió con una sonrisa peligrosa. No iba a dejarse vencer por una pelele que se creía mejor que ella.

—¡Varitas listas! —gritó Lockhart—. Cuando cuente hasta tres, ejecutad vuestros hechizos para desarmar al oponente. Sólo para desarmarlo; no queremos que haya ningún accidente. Una, dos y... tres.

Vega alzó la varita, y con un giro de la muñeca desvió el ataque de Parkinson, que había empezado a la de dos, mientras encadenaba un giro con la varita y pronunciaba:

¡Flipendo!

Un chorro de luz anaranjada alcanzó a Pansy en el estómago, y la chica cayó hacia atrás, empujada por una fuerza invisible.

—¡He dicho sólo desarmarse! —gritó Lockhart a la combativa multitud cuando Pansy, y por lo que pudo ver Vega, también Malfoy cayeron; Harry había atacado a Malfoy con un encantamiento de cosquillas, y apenas se podía mover de la risa. Sin embargo, Vega volvió a fijar la vista en Parkinson, sabiendo que no tardaría en responder a su ataque. Desde el suelo, la chica miró con odio a Vega, se incorporó rápidamente y apuntándole con la varita a la cara gritó:

¡Petrificus Totalus!

¡Protego! — dijo Vega a la vez, con una sonrisa arrogante en la cara.

El hechizo rebotó en el escudo que se acababa de formar delante de Vega, y este volvió hacia Pansy, que abrió mucho los ojos, sorprendida y cayó hacia atrás, con una mueca de estupor petrificada en la cara.

Vega se acercó a ella y se agachó, para mirarla con sorna. Le había gustado mucho el encantamiento escudo cuando lo había encontrado mencionado por casualidad en un libro de encantamientos avanzados de quinto curso, y lo había estado practicando en secreto por si acaso a alguien se le iba la pinza y trataba de atacarla con la excusa de que era la heredera de Slytherin. Nunca pensó que podría tener un efecto tan útil, y tan satisfactorio a la vez. Vega miró rápidamente a su alrededor, para asegurarse de que nadie las miraba, y levantó a Parkinson disimulando, como si simplemente la ayudase a ponerse en pie. Aprovechó para arrancarle unos cuantos pelos sin que nadie se diese cuenta para usarlos más adelante. Detrás de ella, Harry y Malfoy seguían peleando, y Lockhart trataba de detenerlos.

—¡Alto!, ¡alto! —gritó Lockhart, pero Snape se hizo cargo de la situación.

¡Finite incantatem! —gritó. Los pies de Harry dejaron de bailar, Malfoy dejó de reír y ambos pudieron levantar la vista.

Vega se apoyó indolente en el hombro petrificado de Pansy, a la que había puesto en pie para que nadie se diese cuenta de que estaba petrificada, y observó el comedor a su alrededor. Una niebla de humo verdoso se cernía sobre la sala. Tanto Neville como Justin estaban tendidos en el suelo, jadeando; Ron sostenía a Seamus, que estaba lívido, y le pedía disculpas por los efectos de su varita rota; pero Hermione y Millicent Bulstrode no se habían detenido: Millicent tenía a Hermione agarrada del cuello y la hacía gemir de dolor. Las varitas de las dos estaban en el suelo. Harry y Vega se acercaron de un salto y apartaron a Millicent. Fue difícil, incluso los dos juntos, porque era mucho más robusta que ellos.

—Muchachos, muchachos... —decía Lockhart, pasando por entre los estudiantes, examinando las consecuencias de los duelos. Vega se colocó delante de Parkinson, que al poder mover solo los ojos la miró con un profundo odio. Vega soltó una risita mientras Lockhart pasaba delante de ellas sin mirarlas.

—Levántate, Macmillan..., con cuidado, señorita Fawcett..., pellízcalo con fuerza, Boot, y dejará de sangrar enseguida... Creo que será mejor que os enseñe a interceptar los hechizos indeseados —dijo Lockhart, que se había quedado quieto, con aire azorado, en medio del comedor. Miró a Snape y al ver que le brillaban los ojos, apartó la vista de inmediato—. Necesito un par de voluntarios... Longbottom y Finch-Fletchley, ¿qué tal vosotros?

—Mala idea, profesor Lockhart —dijo Snape, deslizándose como un murciélago grande y malévolo—. Longbottom provoca catástrofes con los hechizos más simples, tendríamos que enviar a Finch-Fletchley a la enfermería en una caja de cerillas. —La cara sonrosada de Neville se puso de un rosa aún más intenso—. ¿Qué tal Malfoy y Potter? —dijo Snape con una sonrisa malvada.

—¡Excelente idea! —Dijo Lockhart, haciéndoles un gesto para que se acercaran al centro del Salón, al mismo tiempo que la multitud se apartaba para dejarles sitio—. Veamos, Harry —dijo Lockhart—, cuando Draco te apunte con la varita, tienes que hacer esto.

Levantó la varita, intentó un complicado movimiento, y se le cayó al suelo. Snape sonrió y Lockhart se apresuró a recogerla, diciendo:

—¡Vaya, mi varita está un poco nerviosa!

Snape se acercó a Malfoy, se inclinó y le susurró algo al oído. Malfoy también sonrió. Harry miraba asustado a Lockhart y Vega le oyó decir:

—Profesor, ¿me podría explicar de nuevo cómo se hace eso de interceptar?

—¿Asustado? —murmuró Malfoy, de forma que Lockhart no pudiera oírle.

—Eso quisieras tú —le dijo Harry torciendo la boca.

Vega, que había acercado a Parkinson a la multitud para fingir que no le ocurría nada, le lanzó a Harry una mirada de apoyo al ver que el chico parecía algo asustado. Lockhart dio una palmada amistosa a Harry en el hombro.

—¡Simplemente, hazlo como yo, Harry!

—¿El qué?, ¿dejar caer la varita? —oyó Vega que decía Harry con voz temblorosa.

Pero Lockhart fingió no escucharle.

—Tres, dos, uno, ¡ya! —gritó.

Malfoy levantó rápidamente la varita y bramó:

¡Serpensortia!

Hubo un estallido en el extremo de su varita. Vega frunció el ceño al ver que de ella salía una larga serpiente negra, caía al suelo entre los dos chicos y se erguía, lista para atacar. Todos se echaron atrás gritando (tirando al suelo a la petrificada Parkinson por el camino) y despejaron el lugar en un segundo.

—No te muevas, Potter —dijo Snape sin hacer nada, disfrutando claramente de la visión de Harry, que se había quedado inmóvil, mirando a los ojos a la furiosa serpiente—. Me encargaré de ella...

—¡Permitidme! —gritó Lockhart. Blandió su varita apuntando a la serpiente y se oyó un disparo: la serpiente, en vez de desvanecerse, se elevó en el aire unos tres metros y volvió a caer al suelo con un chasquido. Furiosa, silbando de enojo, se deslizó derecha hacia Finch-Fletchley y se irguió de nuevo, enseñando los colmillos venenosos.

Entonces ocurrió algo muy extraño. Harry, con una expresión asustada, saltó hacia delante, y extendiendo una mano hacia la serpiente, abrió la boca. Pero en lugar de hablar, de sus labios surgió una especie de silbido espeluznante que hizo que a Vega se le pusiera la carne de gallina. Miró fijamente a Harry, que no parecía ser consciente de que acababa de hacer algo aterrador, sino que sonreía como aliviado. Harry miró a Justin, que estaba muy asustado y enfadado.

—¿A qué crees que jugamos? —gritó el chico, y Harry simplemente lo miró, muy confundido.

Justin salió corriendo y Snape se acercó a Harry, blandió la varita y la serpiente desapareció en una pequeña nube de humo negro. También Snape miraba a Harry de una manera rara; pero no era una mirada de miedo, como la de los demás alumnos del comedor. Era una mirada astuta y calculadora que a Vega no le gustó. Entonces decidió que tenía que sacar a Harry de allí. Mientras los alumnos cuchicheaban a su alrededor inquietos, Vega se dirigió hacia su amigo y le tiró de la túnica por detrás.

—Vamos —le dijo al oído—. Vamos...

Vega lo sacó del salón, y Ron y Hermione fueron con ellos. Al atravesar las puertas, los estudiantes se apartaban como si les diera miedo contagiarse. Vega les lanzó una mirada amenazante, enfadada por las reacciones de la gente, pero no paró de tirar de Harry hasta que llegaron a la sala común de Gryffindor, que estaba vacía. Entonces Ron agarró a Harry de la pechera, lo sentó en una butaca y le dijo:

—Hablas pársel. ¿Por qué no nos lo habías dicho?

—¿Que hablo qué? —dijo Harry.

¡Pársel! —dijo Ron—. ¡Puedes hablar con las serpientes!

—Lo sé —dijo Harry, mirando confuso a Vega—. Quiero decir, que ésta es la segunda vez que lo hago. Vega lo sabe. Una vez, accidentalmente, le eché una boa constrictor a mi primo Dudley en el zoo... Es una larga historia... pero ella me estaba diciendo que no había estado nunca en Brasil, y yo la liberé sin proponérmelo. Fue antes de saber que era un mago...

—¿Entendiste que una boa constrictor te decía que no había estado nunca en Brasil? —repitió Ron con voz débil, mirando intermitentemente a Vega y a Harry, que no entendían lo que pasaba.

—¿Y qué? —Preguntó Vega—. Apuesto a que pueden hacerlo montones de personas.

—Desde luego que no —dijo Ron—. No es un don muy frecuente. Harry, eso no es bueno.

—¿Que no es bueno? —dijo Harry, comenzando a enfadarse—. ¿Qué le pasa a todo el mundo? Mira, si no le hubiera dicho a esa serpiente que no atacara a Justin...

—¿Eso es lo que le dijiste?— Preguntó Ron.

—¿Qué pasa? Tú estabas allí... Tú me oíste.

—No Harry— dijo Vega tranquilamente—. Soltaste una especie de silbido espeluznante. Aún tengo la piel de gallina. Podías haber dicho cualquier cosa. No te sorprenda que Justin se asustara, parecía como si estuvieras incitando a la serpiente, o algo así. Fue escalofriante.

Harry se quedó con la boca abierta.

—¿Hablé en otra lengua? Pero no comprendo... ¿Cómo puedo hablar en una lengua sin saber que la conozco?

Ron negó con la cabeza. Vega no entendía lo que ocurría. Había sacado a Harry del gran comedor porque no le gustaba la expresión con la que los demás alumnos miraban a su amigo, pero por la cara que ponían tanto Ron como Hermione, parecía como si acabara de morir alguien.

—¿Me quieres decir qué hay de malo en impedir que una serpiente grande y asquerosa arranque a Justin la cabeza de un mordisco? —preguntó Harry, que estaba empezando a enfadarse—. ¿Qué importa cómo lo hice si evité que Justin tuviera que ingresar en el Club de Cazadores Sin Cabeza?

—Sí importa —dijo Hermione, hablando por fin, en un susurro—, porque Salazar Slytherin era famoso por su capacidad de hablar con las serpientes. Por eso el símbolo de la casa de Slytherin es una serpiente.

Vega y Harry se quedaron boquiabiertos y Vega soltó una palabrota.

—Exactamente —dijo Ron—. Y ahora todo el colegio va a pensar que tú eres su tatara-tatara-tatara-tataranieto o algo así, Harry.

—Pero no lo soy —dijo Harry, con voz débil y asustada.

—Te costará mucho demostrarlo —dijo Hermione —. Él vivió hace unos mil años, así que bien podrías serlo.


Aquella noche, Vega pasó varias horas despierta. Por una abertura en las colgaduras de su cama, veía que la nieve comenzaba a amontonarse al otro lado de la ventana de la torre, y meditaba.

Era imposible que Harry fuera un descendiente de Salazar Slytherin. No tenía ningún sentido por mucho que no supiese nada sobre la familia de su padre. Hasta tenía más sentido que la heredera fuese ella, que provenía de un largo linaje de magos oscuros, aunque estaba bastante segura de que no había estado atacando a nadie ni soltando monstruos por el castillo.

Vega se volvió. No iba a permitir que nadie pensase que Harry era el heredero de Slytherin. No tenía ningún sentido, pero sabía que muchos alumnos (los mismos que se apartaban de ella cuando caminaba por los pasillos) eran capaces de creerse una estupidez tan grande como que Harry iba atacando a la gente porque sí. Estaba segura de que Harry pensaba lo mismo, así que empezarían por enfrentarse al tarugo de Justin durante la clase de herbología del día siguiente.

A la mañana siguiente, sin embargo, la nevada que había empezado a caer por la noche se había transformado en una tormenta de nieve tan recia que se suspendió la última clase de Herbología del trimestre. La profesora Sprout quiso tapar las mandrágoras con pañuelos y calcetines, una operación delicada que no habría confiado a nadie más, puesto que el crecimiento de las mandrágoras se había convertido en algo tan importante para revivir a la Señora Norris y a Colin Creevey.

Vega casi podía notar la frustración que emanaba de Harry, sentado junto a la chimenea en la sala común de Gryffindor, mientras ella dibujaba y Ron y Hermione aprovechaban el hueco dejado por la clase de Herbología para echar una partida al ajedrez mágico.

—¡Por Dios, Harry! —Dijo Hermione, exasperada, mientras uno de los alfiles de Ron tiraba al suelo al caballero de uno de sus caballos y lo sacaba a rastras del tablero—. Si es tan importante para ti, ve a buscar a Justin.

De forma que Harry se levantó automáticamente y salió por el retrato, seguido rápidamente por Vega, que no pensaba perderse la oportunidad de plantarles cara a un niñato crédulo como Justin. Aunque procuraría no ponerse muy borde, porque tampoco quería que Harry se acabase enfadando con ella.

El castillo estaba más oscuro de lo normal en pleno día, a causa de la nieve espesa y gris que se arremolinaba en todas las ventanas. Tiritando, Harry y Vega pasaron por las aulas en que estaban haciendo clase, vislumbrando algunas escenas de lo que ocurría dentro. La profesora McGonagall gritaba a un alumno que, a juzgar por lo que se oía, había convertido a su compañero en un tejón. Harry y Vega se miraron alucinados, pero tuvieron que aguantarse las ganas de echar un vistazo porqué tenían que encontrar a Justin antes de que terminara la hora libre.

Se encaminaron hacia la biblioteca, donde algunos de los de Hufflepuff que tenían clase de Herbología estaban en la parte de atrás, aunque no parecía que estudiasen en su rato libre. Entre las largas filas de estantes, Vega podía verlos con las cabezas casi pegadas unos a otros, en lo que parecía una absorbente conversación. No podía distinguir si entre ellos se encontraba Justin. Se les estaban acercando cuando Harry la detuvo con una mano, atento, y Vega se detuvo a escuchar también, los dos ocultos tras la sección de «Invisibilidad».

—Así que —decía un muchacho corpulento— le dije a Justin que se ocultara en nuestro dormitorio. Quiero decir que si Potter lo ha señalado como su próxima víctima, es mejor que se deje ver poco durante una temporada. Por supuesto, Justin se temía que algo así pudiera ocurrir desde que se le escapó decirle a Potter que era de familia muggle. Lo que Justin le dijo exactamente es que le habían reservado plaza en Eton. No es el mejor comentario que se le puede hacer al heredero de Slytherin, ¿verdad?

—¿Entonces estás convencido de que es Potter, Ernie? —preguntó asustada una chica rubia con coletas—. Pero si hasta ayer estabas convencido de que la heredera era Black…

—Hannah —le dijo solemnemente el chico robusto—, Potter sabe hablar pársel. Todo el mundo sabe que ésa es la marca de un mago tenebroso. ¿Sabes de alguien honrado que pueda hablar con las serpientes? Por mucho que los Black sean todos magos oscuros, ninguno de ellos hablaba pársel, o por lo menos no se sabe seguro. De hecho, al mismo Slytherin lo llamaban «lengua de serpiente».

Esto provocó densos murmullos. Ernie prosiguió:

—¿Recordáis lo que apareció escrito en la pared? «Temed, enemigos del heredero.» Potter estaba enemistado con Filch. A continuación, el gato de Filch resulta agredido. Ese chaval de primero, Creevey, molestó a Potter en el partido de quidditch, sacándole fotos mientras estaba tendido en el barro. Y entonces aparece Creevey petrificado.

—Pero —repuso Hannah, cabezota—, lo mismo pasa con Black. Tampoco se llevaba bien con Filch, y mi amiga Sally de Gryffindor me dijo que había visto a Black hablar con Creevey poco antes de que fuese atacado. Además, ayer en el club de duelo, despues de que Black y sus amigos se llevasen a Potter del Gran Comedor, la chica con la que había estado peleando Black, Pansy Parkinson, estaba petrificada... Puede que sea ella, que haya manipulado a Harry… No sé, él parece tan majo... y, bueno, fue él quien hizo desaparecer a Quien-vosotros-sabéis. No puede ser malo, ¿no creéis?

Ernie bajó la voz para adoptar un tono misterioso. Los de Hufflepuff se inclinaron y se juntaron más unos a otros, y Vega y Harry tuvieron que acercarse más para oír las palabras de Ernie.

—No estés tan segura Hannah. Black realmente no ha hecho nada. Me refiero, sí, petrificó a Parkinson, pero fue simplemente un hechizo que el profesor Snape consiguió deshacer sin problemas, y sí, también es bastante borde con todo el mundo menos con Potter y esos dos amigos suyos, pero ser buena con la varita o ser una borde no es un crimen. Potter sin embargo… Nadie sabe cómo pudo sobrevivir al ataque de Quien-vosotros-sabéis. Quiero decir que era tan sólo un niño cuando ocurrió, y tendría que haber saltado en pedazos. Sólo un mago tenebroso con mucho poder podría sobrevivir a una maldición como ésa. —Bajó la voz hasta que no fue más que un susurro, y prosiguió—: Por eso seguramente es por lo que Quien-vosotros-sabéis quería matarlo antes que a nadie. No quería tener a otro Señor Tenebroso que le hiciera la competencia. Me pregunto qué otros poderes oculta Potter.

Vega no pudo aguantar más y salió de detrás de la estantería, Harry salió detrás de ella, carraspeando sonoramente. De no estar tan furiosa, le habría parecido divertida la forma en que los recibieron: todos parecían petrificados por su sola visión, y Ernie se puso pálido. Vega puso su mejor cara de malas pulgas y los fulminó a todos con la mirada, preparada para soltar una réplica hiriente y amenazadora, pero Harry se le adelantó, más diplomático.

—Hola —dijo Harry—. Busco a Justin Finch-Fletchley.

Los peores temores de los de Hufflepuff se vieron así confirmados. Todos miraron atemorizados a Ernie.

—¿Para qué lo buscas? —le preguntó Ernie, con voz trémula.

—Quería explicarle lo que sucedió realmente con la serpiente en el club de duelo —dijo Harry.

Ernie se mordió los labios y luego, respirando hondo, dijo:

—Todos estábamos allí. Vimos lo que sucedió.

—Entonces te darías cuenta de que, después de lo que Harry le dijo, la serpiente retrocedió —le dijo Vega mordaz.

—Yo sólo me di cuenta —dijo Ernie tozudamente, aunque temblaba al hablar— de que habló en lengua pársel y le echó la serpiente a Justin.

—¡Yo no se la eché! —dijo Harry, con la voz temblorosa por el enojo—. ¡Ni siquiera lo tocó!

—Le anduvo muy cerca —dijo Ernie, aunque le flojeó la voz ante el bufido enfadado de Vega—. Y por si os entran dudas —añadió apresuradamente—, he de deciros que podéis rastrear mis antepasados hasta nueve generaciones de brujas y brujos y no encontrareis una gota de sangre muggle, así que...

—Metete tu sangre limpia por el culo Macmillan—dijo Vega, apretando el puño en torno a su varita, y a la vez tratando de controlarse para no convertir al chico rubio en una babosa gigante. A Harry no le gustaría, por mucho que eso sirviera para desahogar su furia.

— ¿Y por qué tendría que atacar a los de familia muggle?—dijo Harry con dureza.

—He oído que odias a esos muggles con los que vives —dijo Ernie McMillan apresuradamente.

—No es posible vivir con los Dursley sin odiarlos —dijo Harry.

—Sí, ya me gustaría verte intentándolo—continuó Vega con un bufido enfadado.

Los dos a la vez, Harry y Vega, dieron media vuelta y salieron de la biblioteca, provocando una mirada reprobatoria de la señora Pince, que estaba sacando brillo a la cubierta dorada de un gran libro de hechizos. Furiosos como estaban, iban casi corriendo por el corredor. Vega iba farfullando palabrotas, enfadada por la estupidez de la gente, y Harry simplemente miraba al frente sin ver, tratando de contener sus emociones. Al final, al no ser conscientes de adónde iban se dieron los dos de bruces contra una mole grande y dura que tiró a Harry al suelo de espaldas e hizo tambalearse peligrosamente a Vega.

—¡Ah, hola, Hagrid! —dijo Harry, levantando la vista para mirar al gigante que sostenía a Vega, que había estado a punto de caerse también del golpe.

Aunque llevaba la cara completamente tapada por un pasamontañas de lana cubierto de nieve, no podía tratarse de nadie más que Hagrid, pues ocupaba casi todo el ancho del corredor con su abrigo de piel de topo. En una de sus grandes manos enguantadas llevaba un gallo muerto.

—¿Va todo bien, chicos? —preguntó Hagrid, quitándose el pasamontañas para poder hablar—. ¿Por qué no estáis en clase?

—La han suspendido —contestó Vega, ayudando a Harry a levantarse.

— ¿Y tú—dijo Harry—, qué haces aquí?

Hagrid levantó el gallo sin vida.

—El segundo que matan este trimestre —explicó—. O son zorros o chupasangres, y necesito el permiso del director para poner un encantamiento alrededor del gallinero.

Miró a Harry y Vega más de cerca por debajo de sus cejas espesas, cubiertas de nieve.

—¿Estáis seguros de que os encontráis bien? Harry, pareces preocupado, y Vega tienes cara de ir a morder a alguien.

Vega frunció el ceño, pero optó por no preocupar inútilmente a Hagrid con lo que decían de Harry, Ernie y el resto de los de Hufflepuff.

—No es nada —dijo Harry fingiendo despreocupación—. Mejor será que nos vayamos, Hagrid, después tenemos Transformaciones y debemos recoger los libros.

Harry y Vega subieron las escaleras y volvieron por otro corredor. Seguían sin hablar de lo que había ocurrido en la biblioteca, aunque Vega sabía que Harry no paraba de darle vueltas en la cabeza. Ella tampoco podía dejar de pensar en ello. Estaba mucho más oscuro, porque el viento fuerte y helado que penetraba por el cristal flojo de una ventana había apagado las antorchas. Iban por la mitad del corredor cuando Harry tropezó y cayó de cabeza contra algo que había en el suelo.

Vega fue a ayudar de nuevo a Harry a levantarse cuando se fijó en qué era aquello sobre lo que había caído. Soltó una palabrota y se llevó una mano a la boca, desolada.

Sobre el suelo, rígido y frío, con una mirada de horror en el rostro y los ojos en blanco vueltos hacia el techo, yacía Justin Finch-Fletchley. Y eso no era todo. A su lado había otra figura, componiendo la visión más extraña que Vega hubiera contemplado nunca.

Se trataba de Nick Casi Decapitado, que no era ya transparente ni de color blanco perlado, sino negro y neblinoso, y flotaba inmóvil, en posición horizontal, a un palmo del suelo. La cabeza estaba medio colgando, y en la cara tenía una expresión de horror idéntica a la de Justin.

Harry se puso de pie de un salto; Vega tenía la respiración acelerada y el corazón ejecutando contra sus costillas lo que parecía un redoble de tambor. Se miraron enloquecidos y después se giraron a buscar arriba y abajo del corredor desierto. Solo vieron una hilera de arañas huyendo de los cuerpos a todo correr. Lo único que se oía eran las voces amortiguadas de los profesores que daban clase a ambos lados.

Podían salir corriendo y así nadie se enteraría de que habían estado allí. Pero Vega no se sentía bien por dejarlos de aquella manera..., tenían que hacer algo por ellos. ¿Habría alguien que creyera que ellos no habían tenido nada que ver?

Aún estaba allí, aterrorizados y mirándose el uno a la otra indecisos, cuando se abrió de golpe la puerta que tenían a su derecha. Peeves el poltergeist surgió de ella a toda velocidad.

—¡Vaya, si es Potter pipí en el pote y Vaga Blabla! —cacareó Peeves, ladeándole las gafas de un golpe a Harry al pasar a su lado dando saltos—. ¿Qué traman Potter y su malévola esbirra? ¿Por qué acecháis?

Peeves se detuvo a media voltereta. Boca abajo, vio a Justin y Nick Casi Decapitado. Cayó de pie, llenó los pulmones y, antes de que Harry o Vega pudieran impedirlo, gritó:

—¡AGRESIÓN! ¡AGRESIÓN! ¡OTRA AGRESIÓN! NINGUN MORTAL NI FANTASMA ESTÁ A SALVO! SALVESE QUIEN PUEDA! AGREESIÓÓÓÓN!

Pataplún, patapán, pataplún: una puerta tras otra, se fueron abriendo todas las que había en el corredor, y la gente empezó a salir. Durante varios minutos, hubo tal jaleo que por poco no aplastan a Justin y atraviesan el cuerpo de Nick Casi Decapitado.

Los alumnos acorralaron a Harry y Vega contra la pared hasta que los profesores pidieron calma. La profesora McGonagall llegó corriendo, seguida por sus alumnos, uno de los cuales aún tenía el pelo a rayas blancas y negras. La profesora utilizó la varita mágica para provocar una sonora explosión que restaurase el silencio y ordenó a todos que volvieran a las aulas. Cuando el lugar se hubo despejado un poco, llegó corriendo Ernie, el de Hufflepuff.

—¡Te han cogido con las manos en la masa! —gritó Ernie, con la cara completamente blanca, señalando con el dedo a Harry.

—¡Ya vale, Macmillan! —dijo con severidad la profesora McGonagall.

Peeves se meneaba por encima del grupo con una malvada sonrisa, escrutando la escena; le encantaba el follón. Mientras los profesores se inclinaban sobre Justin y Nick Casi Decapitado, examinándolos, Peeves rompió a cantar:

¡Oh, Potter, eres un zote, estás podrido, te cargas a los estudiantes, y te parece divertido!

—¡Ya basta, Peeves! —gritó la profesora McGonagall, y Peeves escapó por el corredor, sacándole la lengua a Harry.

Los profesores Flitwick y Sinistra, del departamento de Astronomía, fueron los encargados de llevar a Justin a la enfermería, pero nadie parecía saber qué hacer con Nick Casi Decapitado. Al final, la profesora McGonagall hizo aparecer de la nada un gran abanico, y se lo dio a Ernie con instrucciones de subir a Nick Casi Decapitado por las escaleras. Ernie obedeció, abanicando a Nick por el corredor para llevárselo por el aire como si se tratara de un aerodeslizador silencioso y negro. De esa forma, Harry, Vega y la profesora McGonagall se quedaron a solas.

—Por aquí, Black, Potter —indicó ella.

—Profesora —le dijo Vega enseguida—, le juro que ni Harry ni yo no...

—Eso se escapa de mi competencia, Black —dijo de manera cortante la profesora McGonagall.

Caminaron los tres en silencio. De vez en cuando Harry y Vega se lanzaban miradas preocupadas y cuando doblaron una esquina, la porfesora McGonagall se paró ante una gárgola de piedra grande y extremadamente fea.

—¡Sorbete de limón! —dijo la profesora.

Se trataba, evidentemente, de una contraseña, porque de repente la gárgola revivió y se hizo a un lado, al tiempo que la pared que había detrás se abría en dos. Incluso nerviosa como estaba por lo que le esperaba, Vega no pudo dejar de sorprenderse. Detrás del muro había una escalera de caracol que subía lentamente hacia arriba, como si fuera mecánica. Al subirse ella, Harry y la profesora McGonagall, la pared volvió a cerrarse tras ellos con un golpe sordo. Subieron más y más dando vueltas, hasta que al fin, Vega vio ante ella una reluciente puerta de roble, con una aldaba de bronce en forma de grifo, el animal mitológico con cuerpo de león y cabeza de águila.

Entonces supo adónde los llevaba. Aquello debía de ser la vivienda de Dumbledore.


Buenas!

Siento haber estado tan ausente, pero esque tengo muchas cosas que hacer ultimamente y no me daba tiempo a hacer ningún comentario xP

Muchas gracias por vuestras felicitaciones, sí que lo pasé muy bien en mi cumpleaños ^^

He pensado que a partir de ahora, voy a dejar de hacer los comentarios a la historia aquí abajo, porque me da la impresión de que parte un poco el ritmo de la narración, así que os escribiré por los reviews sin más ok?

Y por cierto, os voy a pedir paciencia para los dos o tres capitulos siguientes, porque voy a cambiar unas cuantas bastantes cosas que me voy a sacar originales de mi propia manga, así que no va tan rápido como un capitulo del cuarteto principal, de los cuales puedo sacar gran parte del libro original, así que armaos de paciencia, leed otros fics o otros libros mientras, y ya os llegará la notificación de capitulo nuevo al correo xP

Nos vemos!