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¡FELIZ DÍA DEL MOCOSO!
¡Aquí sigo, eh! Leyendo sus maravillosos reviews y esforzándome en traerles lo mejor de mis relatos… aunque me tarde mil años por la falta de tiempo :c
Por ahí una lindura llamada Nadipan mencionó que el 27 de marzo fue su cumpleaños… ¿Qué crees, mi amor? ¡También cumplí años ese día! ¡FELICIDADES, HERMOSA! Muchas gracias por brindarme tu seguimiento :')
De acuerdo, este es el relato que había prometido hace tiempo. Tal vez no amerite tanta espera, pero para mí es muy importante, ya que lo que a continuación leerán fue la primera idea que imaginé para crear este apartado de relatos. Las ganas de escribir este fic fueron las que me motivaron a crear La Mujer Más Fuerte Del Mundo.
Así que…
¡Je l'apprécie!
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Fuerza de Voluntad
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Milk continuaba releyendo vez tras vez la ya arrugada carta entre sus manos, mientras el pequeño Goten alimentaba y luego asustaba a las palomas del parque entre risas. Al menos él se estaba divirtiendo al ignorar la crisis. Ella también se reía cuando su pequeño le pedía que mirara sus travesuras, pues tenía que aparentar que todo estaba bajo control, como siempre. Pero era difícil.
—Vámonos ya, mi amor —se levantó por fin de la banca, extendiendo su mano a Goten.
No hacía falta buscarle interpretaciones a la carta de su padre. El hecho estaba bien claro: ese mes no podría mandarle todo el dinero que ella pedía. El reino de Ox-Satán también atravesaba una gran crisis económica, y un buen rey tal como él no podía darse el descaro de ignorar la necesidad de su gente. Ella lo entendía perfectamente. Ni modo.
Esa era una de las muchas desventajas de depender del salario de otro. No siempre tendría la bendición de recibir cuanto pidiera, pero esa era su realidad. Cuando estuvo vivo, antes de morir contra Cell, Goku nunca supo el significado de la palabra trabajo y mucho menos supo ejercer la acción. A veces ella pensaba en trabajar, pero entonces ¿quién cuidaría, alimentaría y dirigiría el estudio de sus niños? Y para colmo de males, vivían en un lugar donde el trabajo más próximo se hallaba a unas cuantas miles de millas. Pero de nada servía revivir rencores contra las imposibilidades. En aquel momento, lo que Milk necesitaba era actuar para solucionar el problema económico.
—¿Iremos a comprar la computadora de mi hermanito, mami? ¿Podemos comprar helado de chocolate al regresar?—preguntó Goten mientras pasaban cerca del centro comercial.
—No será hoy, mi amor —suspiró Milk, evitando mirar la plaza para no sentirse más desdichada.
Por gracia de Kami-sama, el alimento era lo que jamás faltaba en su mesa —catástrofe sería lo contrario con el semejante apetito que tenían sus hijos—, pero adquirir lujos como lo que ella tenía planeado aquella mañana era un limbo de contratiempos. Gohan necesitaba una computadora para facilitar sus estudios, pero el dinero para comprarla no llegaría durante un buen tiempo. El problema era que tiempo era lo que tenían en contra. Faltaban tan sólo dos años para que Gohan ingresara a la preparatoria, por fin a una escuela normal en la que conviviría con más estudiantes, por lo que entonces era cuando más empeño debía prestar a su educación. Y, ¿cómo no? Gohan era un niño estupendo y merecía un buen obsequio por su perseverancia.
Pensar en todo eso hacía que la mente de Milk se esforzara mayormente en estrategias para conseguir dinero. Definitivamente marcharse de la ciudad con las manos vacías, después de tan largas horas de viaje, no concordaba con tu tenacidad de madre.
Un empleo. Eso necesitaba, aunque fuera algo muy laborioso, pues sólo sería momentáneo. A lo lejos logró ver dentro de la plaza una pared llena de anuncios.
—«Todo sea por mis hijos…» —se dio ánimos en su mente al avanzar con paso decidido hacia el lugar.
Mala suerte aún. Todos los anuncios solicitaban compromiso de tiempo completo, o vacantes únicamente para hombres, y sobre todo, trabajos para profesionales con carrera; pero lamentablemente, las únicas carreras que Milk ejercía eran escapar de jabalíes y dinosaurios. Milk suspiró.
—Empleo para secretaria, para enfermera, para profesora… Vaya… ¿Notas lo importante que es el estudio, Goten? Por eso me empeño tanto en que tu hermano y tú se esfuercen en ello —exhaló con impotencia, pero el pequeño de cuatro años estaba emocionado viendo los demás anuncios.
—¡Mira, mamá! ¡Un torneo como los que mi abuelito me cuenta!
—Ahora no, cielo, estoy ocupada.
—¡Por favor, mami! ¡Quiero ir!
—Goten, por favor…
—¡Pero mami, será aquí mismo! ¡Será hoy!
—¡Goten, basta! —estalló Milk—. ¿Qué quieres que vea? ¿No ves que estoy ocupada, mi amor? Mami tiene asuntos que atender ahora… —pero mientras intentaba aplacarlo, su mirada chocó contra el anuncio que había puesto tan inquieto a Goten:
"¡Gran Torneo Marcial FEMENIL!
Apoye a su guerrera favorita o demuéstrenos su poder femenino
¡GRANDES PREMIOS EN EFECTIVO!
¡No falte!"
Toda una oleada de contradicciones asaltó la mente de Milk. Ella misma había declarado que sus días como luchadora se acabarían desde convertirse en madre, pero la tentación era tan latente que sus manos empezaron a sudar. Anteriormente había superado otras oportunidades de volver a los combates, pero estaba claro que era porque tales ocasiones no tenían más motivo que divertirse o poner a prueba su pasado de luchadora. Pero ese momento era crucial. Había dinero de por medio, mejorar el estudio de Gohan estaba en riesgo, el bienestar de sus tan amados hijos estaba en juego.
Con las sudadas manos sujetó la pequeñita palma de Goten y avanzó con lentitud hacia el lugar que el anuncio indicaba. Ya estando cerca, la multitud exaltada de espectadores manifestó por sí sola el evento. Fuera del salón habían dos entradas: una dirigía a los espectadores hacia la taquilla y otra conducía tras bambalinas a las participantes.
—Buenas tardes —comenzó a decir al hombre que custodiaba la entrada de participantes—. Una… una amiga mía se inscribirá… pero ella… ella fue al baño… ¿Qué debe hacer mi amiga para…?
—Llene esta hoja con sus datos y elija un número adentro —respondió ásperamente el hombre y la empujó junto con Goten al interior del lugar.
—Mami… creo que esta no era la entrada correcta —susurró Goten un tanto turbado.
—Ven aquí, cariño —Milk cargó a Goten y entró hasta lo que parecía un gimnasio. Sentó al pequeño en una superficie para poder mirarlo a los ojos—. Escucha, Goten: mamá ahora tiene ciertos inconvenientes económicos, por lo que necesita conseguir dinero urgentemente, así que…
—¡Ya sé, ya sé! ¡Participarás en el torneo! ¿Verdad, mami? —adivinó Goten con emoción—. ¿Entonces era cierto lo que me contó mi abuelito? ¿En verdad eres una artista marcial, mami?
—Bueno, solía serlo al menos…
—¿Entonces podrás ganarle a todas esas señoras, mamá?
Desde haber entrado al salón, Milk no había tomado la molestia de volverse para mirar a las demás mujeres alrededor; si es que a esos toscos seres se les podría denominar mujeres. Todas llevaban su uniforme de combate y se preparaban levantando pesas. Jamás Milk había visto chicas más robustas, musculosas, sudorosas y masculinas. Todas le doblaban fácilmente la estatura y sus brazos y piernas le recordaban tenebrosamente a los de su propio esposo Goku. No había pizca alguna de femineidad en ellas, por lo que seguramente tampoco pelearían como niñas.
Fue entonces, al ver ese montón de gorilas, cuando su impulsividad aterrizó los pies en la tierra. ¿En qué demonios estaba pensando si quiera al poner atención al anuncio? ¿Qué diantres hacía metida en ese lugar? Estando allí, en vez de encontrar un bienestar rápido para su familia, sólo conseguiría recibir una buena paliza frente a su pequeño hijo de cuatro años, traumatizándolo quizá para siempre.
Milk comenzó a sentirse mareada y buscó sentarse al lado de su hijo para no desvanecerse. ¿Cómo había sido tan impulsiva? Normalmente solía preocuparse hasta por los más insulsos detalles, pero había enfocado su visión con el símbolo del dinero en los ojos en vez de la razón. No obstante, ¿cómo culparla? No contaba con el dinero suficiente para solventar los materiales académicos de Gohan, o los profesores particulares que rentaba para él una vez al mes (a quienes además debía pagar el transporte hasta la Montaña Paoz), tampoco para vitaminas o alimentos que fueran algo más que sólo lo que sus hijos podían hallar en los alrededores de la montaña. Estaba abarrotada de gastos, deudas y acosadores números.
De pronto sus ojos no veían nada más que números. Levanto la vista y estaba el reloj contando los segundos, se fijó al frente y los números en las espaldas de las enormes mujeres brillaron; y cuando vio que unos hombres entraban empujando una enorme máquina con un cojín y números en la parte superior, se sintió desmayar: era la máquina de medición de fuerza. De inmediato cargó a Goten y entró al baño del lugar, sintiéndose a punto de devolver la comida.
—Mami, tengo hambre —dijo Goten, que hasta entonces se había mantenido silencioso, nada propio de él.
Milk buscó un emparedado en la gran maleta de viaje que cargaba, pero Goten se había comido el último en el parque.
—Tendrás que esperar a casa, mi amor. Aunque de todos modos ya nos vamos. Aguanta un poco, ¿sí?
Afuera se escuchaba cierto desorden por parte de las luchadoras, seguramente probando ya su fuerza al golpear la máquina. Milk se lavó el rostro y respiró profundamente para marcharse a casa sin nauseas, pero con resignación.
—Participante número 56: tiene 68 en fuerza —se escuchaba al organizador—. Participante 72: tiene 72 en fuerza, excelente número.
Milk intentaba no escuchar más sobre números. Arropó con un suéter extra a Goten y salió al marco de la entrada del baño. La mujer más tosca de todas tomó su turno para golpear la máquina, y al hacerlo, todos quedaron boquiabiertos.
—¡Impresionante! Participante número 34: fuerza de 93… ¡Tan sólo 44 puntos por debajo del gran Mr. Satán!
Milk viró los ojos con desgana. Nunca había visto en persona a ese ridículo hombre, pero lo detestaba por vivir la holgura de un mérito falso, mérito que le correspondía a su familia. En la parte superior del medidor de fuerza estaba su fotografía, con su ridícula carcajada y su ridículo peinado afro, y debajo, números brillantes que ostentaban la fuerza de Mr. Satán de 137 puntos; un número sumamente ridículo también.
De pronto Milk contuvo la respiración… ¿68 puntos de fuerza? ¿72 puntos? ¿93? ¿¡137 puntos de fuerza!? Eran cifras totalmente bajas, débiles. ¿Acaso las maquinas habían devaluado los números para que fueran más pequeños? ¿Era tecnología nueva? Milk enfocó la mirada hacia la máquina, para corroborar asombrosamente que se trataba de las mismas máquinas de antaño, como las que ella misma había golpeado en su juventud guerrera. Frunció el ceño… ¿tan débiles eran todos?
—¡Mami, yo también quiero golpear esa cosa! —se emocionó Goten. Y, en el fondo, Milk también se empezaba a sentir vagamente entusiasmada.
Sacó de su bolsillo el formulario del evento. Claramente se aseguraba que podría renunciar a su participación antes del torneo. Milk tenía, por tanto, la posibilidad de dilucidar sus dudas sobre la fuerza de los demás y quizá hasta ganar, o salir sin reparo si las circunstancias fluían negativas. En trote entró de nuevo al baño con su hijo; amarró firmemente su cabello en una cebolla, apartando así los escasos rastros de su fleco anteriormente frondoso; amarró su vestido para darle libertad a sus pantorrillas, que temblaban nerviosas; la bufanda que tibiaba su cuello la colocó sobre sus ojos a modo incógnito, con dos improvisados agujeros para su visión. Apresuradamente, sin perder precaución, llenó el formulario.
—Goten, mi cielo: no quiero que le digas ni una palabra de esto a tu hermano. Necesito que me esperes aquí un momento, pero no quiero que te apartes de mi vista ni un sólo instante, ¿entendido? —el pequeño asintió.
—Si ya no hay más participantes por evaluar, oficialmente cerraremos la máquina —sentenció el organizador, habiendo registrado todos los puntajes.
—¡Un momento, por favor! ¡Falto yo! —corrió Milk hasta el lugar y entregó sus papeles.
El organizador le abrió paso a la máquina. Todas las reunidas murmuraron con burla, viéndola tan pequeña, delgada y frágil, sin madera aparente para el combate. Milk se concentró. ¿Debería estampar toda su fuerza? Se estancó mentalmente por unos segundos, sin apartar la posición de ataque.
—¡Mejor retírate, princesita! Este no es lugar para mondadientes como tú —se escuchó gritar a una mujer, entre la multitud de burlonas que miraban a Milk con diversión.
Al instante se vio asaltada por las memorias de su mocedad. Exactamente de tal modo la habían burlado y subestimado en el Vigesimotercero Torneo Mundial de Las Artes Marciales. Ya porque lucía demasiado frágil para ser una luchadora, ya porque era demasiado joven para ser hábil en el arte marcial, o, en el peor de los casos, porque una mujer no representaba competencia alguna en un torneo dominado por hombres. Recordar tales mofas le hizo rechinar la mandíbula. Recordaba, no obstante, no haberse sentido cohibida por los desdeños, ya que, en aquel entonces, su mente no desviaba su objetivo de hallar a Goku entre los alrededores del torneo. No debía dejarse frustrar tampoco entonces: tenía una nueva motivación; una motivación hambrienta, de escasos cuatro años, que la miraba expectante desde el marco del baño.
Apretó los puños, habiendo hecho oídos sordos, y su ki se expulsó ferozmente desde sus nudillos contra la máquina, haciéndola templar y enloqueciendo los números del marcador. Unos perfectos 400 se marcaron en el monitor.
—Esto no… esto… —balbuceaba el organizador, con los ojos a punto de salir de sus órbitas; mismo semblante que todas las boquiabiertas mujeres habían adoptado—. Dis… disculpe, señorita… al parecer la máquina está sufriendo ciertos desperfectos. Tendremos que traer a alguien que la arregle…
Quizá desahogar su furor contra la inocente máquina había sido un error. Había pasado mucho tiempo desde demostrar su fuerza frente a los demás, así que no se detuvo a recordar que los peleadores comunes y corrientes se escandalizaban al conocer la impresionante y sobre-humana fuerza de quienes habían sido alumnos de la Escuela Tortuga del Maestro Roshi. Era evidente que otras escuelas marciales no aleccionaban técnicas tan poderosas como las de Roshi, y que la enorme fuerza proveniente del ki y no del cuerpo desconcertaba quienes no la conocían. Lo recordó tarde, pero le divirtió ver que al menos la parvada de urracas había quedado muda.
—Parece que todo está en orden ahora —anunció el organizador. Milk intentó concentrarse en dar un golpe tan patético como las demás concursantes. Inhaló y al exhalar empujó levemente sus nudillos contra el cojín—. Excelente puntaje: 92 puntos; sólo un punto menos que nuestra concursante número 34. ¿Qué número la identifica, señorita?
—23 —respondió ella al instante, por ser ese el número del torneo en el que había participado contra Goku. Lo esperado de una buena nostálgica.
Seguidamente el organizador terminó de registrar a las participantes de su lista y les ordenó alistarse para salir a la pequeña arena que el centro comercial prestaba. Milk volvió al baño para recoger a su hijo y llenarlo de emocionados besos. Antes de salir, a combinación de la disfrazada apariencia de Milk, cubrió también la cabeza de Goten, a modo de comprimir sus imposibles mechones con una pañoleta. Si, por inoportuna casualidad, alguien de los alrededores había conocido a Goku, sin dudar relacionarían al pequeño con él; cualquier persona cuerda notaría a leguas que ese pequeño clon de Goku era su hijo… Eso no convenía saberse. Ya que Gohan habría de entrar a una prestigiosa academia en poco tiempo, era esencial que profesores y compañeros deliberaran que la familia del joven era tan ejemplar como él. Por eso nadie debía ver a su madre o a su hermano menor inmiscuidos en esos lugares. Entonces, pues, Milk y Goten salieron tomados de la mano hasta la arena, enmascarados y asombrados por lo que continuaría.
(…)
Por primera vez los gritos de Goten no retumbaban los oídos de Milk, ya que se muteaban con el alarido de la demás muchedumbre extasiada con cada emocionante combate. Era más gente de la que Milk esperaba y quería ver.
Sus manos competían contra sus piernas por ver cuál temblaba con más intensidad, mientras que con la misma velocidad el sudor empapaba sus cienes tensas, cubiertas por la improvisada pañoleta que enmascaraba su identidad. La pobre manita de Goten también se empapaba con la mano nerviosa de su madre, que no lo soltaba desde el inicio del torneo.
—¡Ahora nuestra participante No. 72 competirá contra nuestra chica No. 23!
Milk se congeló al escuchar su número como el siguiente. Respiró hondamente y apretó la mano de Goten. Cuando quiso avanzar hasta la plataforma reparó en que no podría llevarse a Goten en medio del enfrentamiento, pero ¿qué hacer? ¡Tampoco podía a dejarlo solo!
—Tranquila, No. 23 —una gruesa voz femenina llamó su atención tras de sí—. Ve a tu enfrentamiento, yo puedo cuidar sin problemas del chiquitín.
La participante No. 34 —la más gigantesca y supuesta más fuerte del lugar— le sonreía a Milk con tal dulzura que su tosco cuerpo no encajaba con su tiernísimo semblante, que incluso la sonrisa le regalaba juventud. Milk confió en dejar a Goten con ella cuando el pequeño le sonrió con su encantadora seguridad.
Con un peso de preocupación menos, Milk caminó decidida hasta la plataforma, inspirados sus ojos por la sonrisa de Goten y la imaginación por el recuerdo de Gohan.
Las reglas era las mismas que te antaño recordaba y la arrogancia de los oponentes también. La campeona No. 72 la veía con subestimación, al no tener Milk los marcados músculos para ostentar fuerza.
—Ni pienses que yo me dejé engañar por tu fraude en la máquina de fuerza, princesita —espetó la contrincante—. Desenmascararé tu trampa y tus ojos al ganarte.
Milk hizo caso omiso, concentrándose de soslayo en cómo Goten le brindaba porras entusiasmado, cargado encima de los hombros de la participante No. 34.
—¿Participantes listas?
—¡Listas! —respondieron al unísono.
—¡Peleen!
Antes que el réferi se pudiera alejar, la contrincante de Milk ya había lanzado el primer golpe, sin atinar.
—¡Ni te atrevas a escapar, princesa! —escupió la chica.
Milk esquivaba sin extenuación los golpes inexpertos de su contrincante. Algo dentro de ella sintió una ligera decepción por la poca adrenalina de evitar ataques tan ilusos. Las patadas eran lentas como el ballet, los golpes débiles cual caricias, los movimientos enteros parecían sonámbulos y, no obstante, la oponente los provocaba con tal esfuerzo que ya sudaba su impotencia. Milk no podía asentar ningún golpe contra tanta deficiencia, pues sería injusto, pero entonces tampoco comprendía cómo se le daría conclusión a un combate de fuerzas tan disparejas.
—¡Mami, pégale! —se escuchó el excitado grito de Goten. Milk ladeó la cabeza para sonreírle, pero con ello sólo dio a su oponente la oportunidad de estamparle un puñetazo en la mejilla—. ¡Mami, cuidado! ¡Mami!
En medio del escandaloso aplauso por su descuido y la risa triunfal de su enemiga, Milk no pudo percibir nada con tanta claridad como el chillido de su hijo, espantado por creer que habían lastimado a su madre.
—Eso sí que no… ¡No frente a mi hijo! —gritó Milk mientras su temible pierna tomaba el vuelo para patear el tronco de su rival. Inevitablemente, ésta salió disparada fuera de la pista con un despegue envidiable para las águilas y cayó con tan bruto golpe que el suelo se sintió vibrar. El combate había terminado.
—¡Increíble, impresionante! —vitoreó el réferi locutor—. ¡Aplausos para nuestra ganadora No. 23!
La muchedumbre chocaba las palmas con éxtasis, aun cuando sus rostros no abandonaban el pasmo de tal escena. Entre el griterío sobresalieron los chillidos de un pequeño, que festejaba orgulloso la victoria de su amada madre. Tras eso, la escena de Milk triunfante se repitió a la postre de cada combate.
Una, dos, tres, cinco, diez, quince; Milk acabó con todas. Estando consciente de su incuestionable superioridad marcial, cuidaba no ser excesivamente brusca con sus ataques. Bastaban un par de puñetazos amables y una que otra patada frágil para dejar inconscientes o fuera de combate a sus contrincantes. La holgura de la mujer al pelear le hizo no darse cuenta que había acabado con la lista entera de luchadoras. O casi.
—Gran combate, No. 23 —felicitó la enorme mujer que había estado cuidando de Goten, una vez que Milk regresó a las bancas para reposar su energía.
—Muchas gracias —suspiró sonriente, con el sudoroso paño que enmascaraba su rostro. Goten abrazó a su madre con la emoción de ver un superhéroe, o en este caso, una superheroína—. Pronto pelearás tú, ¿No es así?
—Sí, espero poder enfrentarme a ti al final.
—Sería interesante —sonrió Milk, sin ocultar su divertida adrenalina luchadora. La mujer sonrió, y nuevamente su dulce expresión iluminó su rostro de juvenil inocencia. La chica parecía más joven de lo que su llamativo cuerpo insinuaba—. ¿Qué edad tienes?
—Pronto cumpliré 20.
—¡20! —se sorprendió Milk, siendo que la imponente mujer era menor que ella por varios años— ¿Desde hace cuánto peleas?
—Desde que nuestro trabajo en la granja dejó de cubrir nuestras necesidades económicas —respondió con una sonrisa triste—. Mi familia tiene una humilde granja más allá de las Montañas Paoz, en la que cultivamos vegetales para venderlos aquí en la ciudad. A pesar de que nuestra tierra de cultivo no es tan fértil como las Montañas Paoz, nos las arreglamos por años para sobrevivir de nuestro pequeño terreno. Sin embargo, hace poco mi hermano menor enfermó y no hubo más opción que internarlo en la ciudad. Los costos de su estadía y medicamentos superaron nuestro presupuesto de campesinos. Mi padre y madre tuvieron que regresar a la granja, pero yo me quedé aquí para cuidar de mi hermano hospitalizado y obtener algún empleo que me facilitara dinero —Milk no podía evitar conmoverse de lo que escuchaba, sintiéndose cómplice de la tristeza de una crisis económica, aunque, al parecer, había gente con preocupaciones aún mayores a las de ella—. Tuve unos cuantos empleos, pero no resulté eficiente para ninguno. Un día, en pisas por comprarle un importante a medicamento a mi hermano, la desesperación me hizo apuntarme a la primera oportunidad de obtener dinero: las luchas. Confieso que jamás había recibido lecciones marciales, pero supongo que mi fuerza granjera me facilitó la victoria. Y es desde entonces que me involucro en las artes marciales y en los torneos fanáticos, además de uno que otro encuentro clandestino. Supongo que los años me han dado un poco de lección marcial, pero ni siquiera así imagino ser tan buena como tú… ¡Jamás había visto movimientos tan sorprendentes!
—¿Años? —preguntó Milk—. ¿Desde hace cuánto peleas?
—Desde mis 16 años. Fue hace casi cuatro años que mi hermano enfermó, así que durante ese tiempo me involucré en los combates…
—¿Y has estado sola en la ciudad desde entonces?
—No exactamente. Mis padres me visitan de vez en cuando, pero mi hermano es la mejor de las compañías, aun cuando sólo lo veo en el hospital —respondió con una sonrisa conmovida. Goten no parecía entender la conversación, sino que sólo se distraía observando los demás enfrentamientos—. Tu pequeño me recuerda muchísimo a mi hermanito. Igual de travieso y alegre —añadió mirando a Goten con honesta ternura—. ¿Tú por qué estás aquí? ¿Eres una profesional de los combates?
—Yo, pues… —Milk había quedado un tanto aturdida por las tan penosas anécdotas de la jovencita, no sintiéndose capaz de contar una historia enternecedoramente semejante—. Soy un ama de casa con conflictos económicos, que debe arreglárselas por sí sola para sacar a sus hijos adelante cuando el esposo se encuentra momentáneamente ausente —Milk no se atrevía a mencionar que la ausencia tenía por sinónimo la muerte, porque ello sería sentenciarla, y ni para su corazón ni para el conocimiento ajeno ella quería perder la esperanza de recuperar al padre de sus hijos. Seguidamente posó los ojos en Goten y sonrió con ternura—. Este pequeñito, y otro más que nos espera en casa, son el motor inagotable de mi fuerza, de la fuerza que viste en los combates y que seguirás viendo en las siguientes peleas, porque el bienestar de mi familia es el premio por el que estoy luchando…
—Entonces estarás de acuerdo en pelear sin rodeos, aun si nos llegamos a enfrentar tú y yo —sonrió la jovencita con benevolencia, provocando la sonrisa de Milk.
—Estoy de acuerdo.
Los combates que continuaron estuvieron a cargo de su nueva amiga, la No.34. El conocimiento experto de Milk por las artes marciales le dejó ver que la jovencita tenía un sorprendente potencial, que sin duda estaba a la altura de sus benévolos propósitos familiares. Por supuesto no existió en su lucha la destreza de Milk para acabar velozmente contra todas, pero su liderazgo estaba invicto, lento pero constante.
Finalmente la chica arrasó con sus oponentes. Sólo quedaban dos extraordinarias luchadoras y la inquietante realidad tensó los cuerpos de esas invictas: Milk y No.34 se enfrentarían.
No hubo palabras entre ellas tras el descanso. Ambas tenían un fin noble como objetivo para ganar, un objetivo que les impedía apiadarse mutuamente, pese a su espontánea amistad. Fue así como ambas concentraron su mirada en los pasos para posicionarse en la pista, hasta que fue inevitable mirarse y sólo una sonrisa veloz fue su saludo.
—¿Participantes listas?
—¡Listas!
—¡Peleen!
Tan pronto como se concedió la señal de combatir, Milk dio una maroma hacia atrás para crear distancia, pero su vuelo acrobático fue violentamente detenido, cuando su tobillo fue aprensado con la enorme mano de la No.34.
—Lo siento —alcanzó a decir la joven, antes de azotarla contra el suelo.
Fue un golpe tan duro que sintió el suelo tambalearse, pero su cuerpo estaba intacto. El gentío ovacionó el ataque; el lugar ahora era la cuna de una incontable cantidad de excitados, cuando en su inicio no había audiencia suficiente para llenar las butacas. Entre ese escandalo los gritos de un niño asustado por su madre apenas se escuchaban, pero para Milk retumbaron lo suficiente para hacerla levantarse de la arena con velocidad.
Ese había sido el primer buen ataque recibido desde el inicio del torneo, y la No.34 ya la esperaba con otro mejor cuando se levantó: una tosca patada en el abdomen le empujó hasta la esquina de la pista. Milk inhaló para recuperar el aliento que había perdido, no por el golpe sino por la sorpresa. Esa niña sí que tenía potencial marcial. Tal vez sería atinado evaluar sus movimientos para contraatacar sin lastimarla demasiado.
No. 34 daba patadas más rudas que precisas, puñetazos demasiado potentes pero poco veloces, saltos de altura nula y muchos más ataques que desprendían mucha violencia pero poca técnica; eso sí, hubo algo en ella que Milk no vio en ninguna otra concursante y que sólo en veces reducidas de su vida había admirado: Pasión, determinación y una impresionante voluntad. Si bien la fuerza de sus ataques no amenazaba en absoluto su resistencia, su conciencia sí se veía pasmada. Sólo en los Guerreros Z había observado tanto entusiasmo, en ellos y en sí misma. El cuerpo de Milk estaba moldeado para soportar fuerzas tan tremendas como la del mismísimo Goku, pero, sorprendentemente, era su entusiasmo el que no esperaba recibir tanto fervor en aquella pelea.
Le tomó un minuto reponerse de la impresión para comenzar a evaluar sus movimientos. Posteriormente se dedicó a evadir los ataques sin dificultad alguna, a modo de encontrar la técnica adecuada que le permitiera ganar el encuentro sin herir a su nueva amiga. Sin embargo, la fiereza de No.34 no se contenía, y Milk se mostraba obligada a atacar.
Un salto para desorientar y estar tras el oponente. Aterrizaje exitoso. Empujón a la espalda, para dejar de bruces a la víctima. Nueva maroma para estar frente al caído. Patada para elevar al herido. Puñetazo en el aire. Última patada cuando el contrincante azota el suelo. Noqueo total del enemigo.
En segundos Milk había efectuado un verdadero acto de implacabilidad guerrera, con tanta destreza que el público había contenido el aliento para seguir sus movimientos, sin lograrlo del todo. Un minuto se necesitó para que los aplausos estallaran, provocando con su ruido que también el réferi reaccionara para dar el conteo de la victoria.
—¡Uno, dos, tres, cuatro! —el público canturreó también el conteo—. ¡Cinco, seis, siete!…
Milk deseó sonreír viendo cómo Goten daba saltitos de emoción sobre la butaca, pero mantuvo una respetuosa seriedad ante su compañera desmayada. Suspiró, sin embargo, sabiendo que el problemático día había llegado a su fin y que en tan sólo minutos sería premiada, regresando a casa como una ganadora y, más importante aún, con el dinero que requería para comprar el regalo de Gohan.
—¡Seis, cinco —continuaba el réferi—… cuatro, tres, dos…!
Pero antes de finalizar el conteo, la No.34 se incorporó con una velocidad no esperada para su estado herido. Inmediatamente el público se silenció, y tan lentamente como los murmullos asombrados fueron reviviendo, Milk volteó para encontrarla de pie y en posición de combate.
—No me rendiré —apenas pronunció No.34, con una voz tan abatida como su propio cuerpo.
—¡Este combate aún no ha finalizado, damas y caballeros! —gritó el réferi, haciendo a la audiencia recuperar por completo su agitación—. ¡Peleen!
No.34 inhaló profundamente antes de aproximarse con la violencia de un toro contra Milk. Ésta la evadió con un salto, no pudiendo creer lo que presenciaba. Milk la había atacado con la mesura de no lastimarla, sino sólo aventajarla al punto de dejarla inconsciente, pero no esperaba verla recuperarse tan pronto.
Durante los pensamientos sorprendidos de Milk, No.34 atacaba con toda la fuerza que ya no poseía. Brutamente intentaba asentar golpes a Milk, los cuales eran evadidos sin mayor dificultad.
Milk sabía que dando un único golpe no esforzado la pelea concluiría, pero cuando más dispuesta estaba a poner fin al combate, logró distinguir que entre el sudor de la frente de No.34 se colaba una lágrima, y eso la petrificó. Esa no era la lágrima de una imponente luchadora frustrada, era la de una niña indefensa. A final de cuentas, aun teniendo 20, 30 o 100 años, las lágrimas las suele desbordar el niño desconsolado que jamás abandona nuestro interior.
A Milk le convenía ganar y le sería fácil. Era titánicamente más poderosa que ella y que cualquiera que se interpusiera en su poder. Llevaba en su memoria corporal la educación marcial de la Escuela Tortuga del maestro Roshi y la experiencia de haber sido una gran guerrera. No obstante, siendo tal su ventaja ¿Era correcto ganar?
Pensó entonces en todas las circunstancias que le habían dado la valiosa lección de anteponer lo correcto sobre lo conveniente. Como cuando Goku prometió que se casarían: lo conveniente era aclarar que, no sabiendo el claro significado del matrimonio, huyera de casarse; sin embargo, lo correcto era cumplir la promesa que mantuvo vigente el amor de una niña por muchos años, y como resultado se formó una hermosa familia.
También hubiese sido conveniente que, en el momento de haber sido Piccoro un malvado, Goku lo asesinase cuando la ocasión se lo permitía; pero él lo dejó vivir, y como consecuencia se había vuelto un amigo entrañable, un guerrero aliado y una intachable figura paterna para su hijo Gohan.
Y hablando de villanos, haber permitido que tanto Vegeta como la androide No.18 vivieran, incluso después de haber sido una funesta amenaza a la humanidad, había derivado de manera milagrosa; ambos se volvieron seres de bondad (aunque Vegeta aún no lo alardeara) y se unieron a quienes se destinaban como sus compañeros de vida: Bulma y Krillin. Así, lo correcto de darles una segunda oportunidad de redimir su maldad, había sido mejor que la conveniencia de matarlos por ser peligrosos.
Asimismo, cuando Goku se sacrificó contra Cell y decidió no revivir para dejar de acarrear mortíferos enemigos hacia la Tierra, había obrado en favor de lo correcto, no de lo conveniente. Para Milk y su familia, habría sido conveniente tener un padre de familia, una figura de responsable autoridad en el hogar, que diera a los hijos el amor y atención necesaria para volverlos excelentes… A pesar de esos sueños, Goku tenía (virtuosa o malamente) el poder de proteger a los débiles, y con ello su familia había tenido que volverse fuerte sin tenerlo a su lado, siendo sus hijos excelentes sin la completa atención de un padre, y siendo Milk una esposa y madre ejemplar, aun sin el marido a su diestra. Eso a Milk le destrozaba el alma, ante Kami-Sama podía jurar llorando que era un martirio a su corazón, pero lo había aceptado.
Era conveniente que Goku se quedara con su familia y gozara una vida normal, pero él había decidido lo correcto: sacrificarse —aunque con todo el entusiasmo— a ser un protector de los indefensos.
Goku podía no ser tan listo y dedicado como su esposa, pero ello no impedía que, sin aspirarlo, él pudiera aleccionarle valiosas enseñanzas de la vida.
Por lo tanto, mientras Milk evadía los frágiles ataques de No.34, reflexionó lo que sería correcto hacer. ¿Verdaderamente era más importante comprarle una computadora a Gohan que la salud del hermanito de No.34? ¿Padecía Milk el mismo sufrir que esa jovencita?
¿Milk era más fuerte? Sí. ¿A Milk le convenía ganar? Sí. ¿Era lo correcto imponer sus poderosas ventajas ante una chica desamparada de oportunidades? No.
Milk se acercó hasta ella, fingiendo preparar un ataque, y entonces recibió una buena patada en las costillas que propició ser arrojada fuera de la lona.
—¡Impresionante, damas y caballeros! ¡El combate ha tomado un giro inesperado, y gracias a ello tenemos a nuestra legítima campeona! —el réferi se acercó para elevar la mano de No.34, mientras Milk fingía desmayo en el suelo.
Goten corrió desesperado hasta donde su madre yacía inerte, gritando entre lágrimas. No.34 se zafó del réferi y acudió a socorrerla, "reanimándola" y aplacando las lágrimas del pequeñín. Así los tres, Milk, No.34 y Goten sobre los hombros de ésta, se posicionaron en el pódium de campeones.
—¡En primer lugar, nuestra campeona No. 34 ha sido ganadora de un cheque por $50,000 zenis! —anunció el réferi, y la emoción hizo que No.34 elevara a Goten en festejo de la victoria, haciendo al pequeño reír sin parar—. Como premio de nuestro segundo lugar, ¡No.23 recibirá un cupón por $10,000 zenis en departamentos de alimento y una computadora portátil!
A diferencia de No.34, Milk no pudo festejar su premio, ya que su aliento se esfumó tan pronto como le fue entregado el cupón y la mismísima computadora que ella tenía contemplada para comprarle a Gohan.
(…)
Tras la entrega de premios, Milk se había marchado velozmente, sin despedirse de su amiga más que con una sonrisa en la lejanía, ya que estuvo sumamente solicitada por sus nuevos seguidores. Milk no tuvo oportunidad de conocer el nombre de ella, ni presentarle el suyo propio; No.34 tampoco conoció el rostro amable de la matriarca Son tras su improvisado antifaz, ni los cabellos alborotados del tierno Goten, atrapados bajo una mascada. Sin embargo, obrar benévolamente no requiere un reconocimiento personal, y por ello Milk se marchó satisfecha.
Ese encuentro efímero continuó latente en la memoria de Milk por mucho tiempo. Incluso la idea de imitar el trabajo de los padres de la chica le atrajo: Tener una granja de verduras en unos años, tal vez.
Quizá jamás se enteraría del beneficio de haberse dejado vencer, si había resultado grande o no, si contribuiría a un mejor destino para el hermanito enfermo de No.34, pero al menos para Milk el fruto de su buena acción ya se hacía presente: Cuatro carritos del supermercado abarrotados de muchísima comida y una computadora portátil nueva para el estudio de Gohan.
El pequeño Goten también había sido premiado: Su hambre se saciaba con interminables rebanadas de pizza y botes de helado de chocolate exclusivos a su apetito, y la emoción de haber presenciado su primer torneo de artes marciales aún lo mantenía alegre. Y ni qué decir de la euforia de haber visto combatir a mamá.
—Mami, quiero más —pronunció el nene con la boca llena, habiendo terminado su milésima rebanada de pizza.
—Heredaste el apetito de tu padre… bueno, eso y en todo lo demás eres idéntico a él —respondió Milk sonriente, extendiéndole más pizza—. No me sorprendería que también heredaras su fuerza.
—¡Yo quiero ser tan fuerte como tú, mami! —respondió inmediatamente, con un brillo ilusionado en sus ojitos.
El pecho de Milk se conmovió hondamente, y además de reír tuvo que descargar su enternecimiento besando la mejilla de su glotón angelito.
—Guarda un poco de comida para tu hermano, mi amor… ¡Ah! Y recuerda no decirle nada a tu hermano. No hay que distraerlo de sus estudios —Goten asintió y selló el secreto uniendo su meñique al de Milk.
El pequeño siempre escuchaba historias de lo poderoso que era su padre, pero habiendo visto el torneo y aunado a las diarias maravillas que veía en su madre, le parecía que no existía ser más fuerte y maravilloso en el universo que ella.
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Fin.
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¡Muchísimas gracias por leer!
Espero que haya sido entretenida su lectura, y por favor háganmelo saber en sus hermosos reviews, que me motivan y presionan a no dejar de escribir :'DD
Un saludito especial a mi amada amiga Brenda Agüero (La Bre!), que me hace sentir como una prodigiosa de las letras, aunque aún sea una soñadora novata… ¡Te amo, mis ojitos!
¡Abrazos, besos, mordidas de pompi y muchísimas bendiciones a todos!
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PD: Sus reviews son la macarena de mi alegría y cosa wuena.
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