Capítulo 11
La astuta brujita le había traicionado.
Harry bajó las escaleras de la posada de dos en dos, anudando al mismo tiempo su fular de un tirón. Había estado tan ocupado planeando su propio engaño que no se le había ocurrido pensar que su esposa pudiera traicionarle. No era de extrañar que ella hubiera adivinado su plan, pues sólo era un eco amortiguado de su propio complot nefario.
Al menos él iba a tener la decencia de dejarla con su mitad de la dote. Ella por lo visto se había fugado con todo, abandonándole a la dudosa merced de sus acreedores. Sin dinero para huir al continente, sólo era cuestión de tiempo que dieran con él. Y, por supuesto, si el posadero no llamaba primero a la policía local y le enviaba a la cárcel por no pagarle la cuenta. Se preguntó si ella lloraría compungida en el pañuelo cuando se enterara de que le habían metido en la cárcel por deudor y que el mismo magistrado vengativo, a cuya hija había seducido, le había condenado a la horca.
Captó la ironía de su difícil situación. Lo habitual era que la novia fuera quien descubría con la dura luz de la mañana que el novio la había abandonado. Algunas ni siquiera conseguían llegar a Gretna Green, pues eran abandonadas por el camino después de que algún tunante, sin la menor intención de casarse, les robara el orgullo y la virtud.
Harry se sintió doblemente maltratado. Hermione ni siquiera se había tomado la molestia de arrebatarle la virtud, sólo su dinero y orgullo. Con duro pesar fue consciente de que había sido él quien había rechazado la oferta de consumar su unión. Al menos en tal caso, ella habría tenido algo que recordar, aunque sólo fuera un esmerado...
Al doblar el recodo, al pie de las escaleras, se topó con Edward.
Ajeno a su mal genio, el joven retrocedió tambaleante y le dedicó una amplia sonrisa que reveló su dentadura irregular.
—Buenos días, señor, confío en que usted y su preciosa novia hayan tenido una noche tan agradable como yo y mi Isabella.
Harry cogió al muchacho por el cuello y le miró amenazante.
—Habría que estar sordo como una tapia para no saber la noche tan agradable que tú y tu preciosa Isabella habéis pasado. Seguro que han oído en Edimburgo vuestros gemidos y gritos.
La sonrisa de Edward se agrandó.
—¿De verdad cree eso, señor?
Sacudiendo la cabeza asqueado, Harry lo soltó. Mientras continuaba a zancadas hacia la puerta, Edward siguió escaleras arriba, con un silbido desenfadado en los labios y paso un poco más ufano.
El encuentro no había servido exactamente para mejorar el humor de Harry . Le habían traicionado y abandonado, mientras Edward regresaba a la cama de su adoradora novia para otra ronda de danza ensordecedora entre las mantas.
¡Cómo se ha atrevido Hermione! A él no le abandonaban las mujeres. Las mujeres nunca le dejaban. Así de sencillo, nunca sucedía. Si alguien se marchaba, era él. Se suponía que era Hermione quien iba a pasar el resto de sus días suspirando por su contacto y anhelando la gran pasión de su vida. No obstante, ahí se encontraba él, tirado en una posada de mala muerte en algún pueblito mugriento de Escocia, mientras ella y aquel gato ridículamente obeso salían a toda mecha hacia las Highlands con la mitad de su dote.
Abrió de par en par la puerta de la posada, derribando casi a otro desventurado novio. Ella era una necia si pensaba que iba a huir de él con tal facilidad. ¡Qué caray, era capaz de robar un caballo y arriesgarse a acabar en la horca por ir tras ella si hacía falta! La encontraría y le haría devolver hasta el último penique de lo que le debía. La perseguiría hasta las mismísimas puertas del infierno y haría que lamentara haberse atrevido a traicionarle...
Harry se paró en seco, y el corazón le dio un vuelco en el pecho. Su esposa se hallaba en medio del patio junto a una desvencijada carreta. Como si ella adivinara su presencia, gracias a algún sentido milagroso aparte del oído o la vista, se volvió y le descubrió. Sujetándose el sombrero de ala ancha para que no volara con la fresca brisa que barría el patio, le dedicó una sonrisa tan radiante como la que Isabella estaría dedicando con toda probabilidad a Edward en esos momentos.
El alivio y la ira le atravesaron por igual. No sabía si cogerla en sus brazos o estrangularla con el fular.
Ajena al tumulto de emociones desconocidos que oprimían el corazón de Harry y aturdían su cabeza, Hermione avanzó hacia él, con la muselina de la falda verde botella formando un ramillete espumoso en torno a sus tobillos estilizados.
Abrió la boca, pero antes de tener ocasión de saludarle, él le soltó:
—¿Dónde diantres has estado?
Ella pareció desconcertada, pero sólo por un breve instante.
—Oh, me reuní con el joven Edward en los establos para una cita —le informó con alegría—. Después de anoche, sentía curiosidad por ver a qué respondían todos esos chillidos.
Harry entrecerró los ojos, pues sus anteriores impulsos estaban siendo sustituidos por una necesidad todavía más inaceptable: cogerla en sus brazos y besarla hasta dejarla inconsciente.
Cruzó los brazos sobre el pecho para intentar resistir la tentación.
—¿Y has podido satisfacer tu curiosidad?
Ella se encogió de hombros con gesto etéreo.
—He visto cosas mejores.
—Todavía no —respondió él en voz baja—. Pero llegará el momento. —Continuó con el ceño fruncido, admirando en secreto el rubor encantador en sus mejillas—. No puedes culparme por haberme alarmado al darme media vuelta para decir buenos días a mi esposa y descubrir que se había esfumado sin dejar rastro.
Hermione dio un resoplido.
—Las buenas tardes querrás decir.
Harry miró al cielo azul cobalto, entrecerrando sus ojos adormilados, y descubrió que tenía razón. El sol empezaba a descender de su punto álgido y ya avanzaba poco a poco hacia el horizonte.
—Intenté levantarte antes, sin éxito —explicó ella—. Cuando comprendí que ibas a quedarte en la cama medio día, me tocó a mí organizar los preparativos de nuestra partida.
Harry echó un vistazo por el patio, pero el único vehículo a la vista era la carreta. Estaba tan cargada de objetos varios que la base astillada se veía curvada.
—Entonces, ¿dónde está nuestro carruaje?
La muchacha se llevó la mano a la cabeza cuando otra ráfaga de viento amenazó con dejarla sin sombrero y le dedicó una sonrisa nerviosa.
—De regreso a Londres, me temo.
—¿Disculpa? —preguntó con la esperanza de que las secuelas del licor le hubieran afectado al oído así como a la vista.
—Bien, cuando le conté a John que nos dirigiríamos hoy hacia las Highlands, insistió en que sólo tenía órdenes de traernos a Gretna Green. Dijo que mi tío no aprobaría una aventura de ese tipo y seguramente le despediría nada más regresar a Londres; eso si primero no le cortaba el cuello algún asaltante o salvaje escocés.
—¿Y has permitido que se vaya? —preguntó Harry con incredulidad, repensando su decisión de estrangularla.
—Casi no tenía opción. Pesa cincuenta kilos más que yo, como mínimo. —Le dedicó una sonrisa radiante—. Pero no tienes por qué preocuparte por nuestro viaje. Me he ocupado de todo.
—Eso es lo que me da miedo —murmuró.
Indicó la carreta con ademán majestuoso, como si se tratara de uno de los carruajes blasonados del rey enganchado a un tiro de saltarines sementales blancos.
—Confiaba en poder adquirir un medio de transporte más cómodo, pero estoy bastante satisfecha de haber dado con este vehículo en tan poco rato.
Harry rodeó aquella monstruosidad, estudiándola con cierta dosis de cinismo. Un par de jamelgos tambaleantes habían sido enganchados a los ejes. A juzgar por su patético estado, un par de cabras habrían servido de igual manera, probablemente con más fortaleza.
—¿Añadieron los caballos gratis o pagaste por llevártelos? Si el carro se rompe, al menos tendremos algo para comer.
Hermione dio una tierna palmadita sobre la cruz sarnosa de uno de los animales.
—El herrero me aseguró que eran más resistentes de lo que parecen.
—Eso espero, desde luego. Si no, no saldrán de este patio. —Se fue hasta la parte posterior de la carreta, donde sobresalían varios bultos y fardos bajo el hule impermeable—. ¿Y qué es todo esto? ¿Más sombreros?
Hermione se mordió el labio inferior, delatando un poco más de culpabilidad, lo cual hizo resonar una campana de alarma en su cerebro.
—Mientras dormías, me tomé la libertad de comprar unos cuantos regalos para mi hermano. —Cuando él alzó una ceja, ella entornó los ojos—: No tienes de qué preocuparte. He gastado mi dinero, no el tuyo.
Harry levantó una esquina del hule para echar un vistazo, pero ella se interpuso bloqueándole la vista.
—Todo está embalado de forma satisfactoria. Mejor que no toquetees nada.
Suspiró.
—Y exactamente, ¿dónde vamos a reunirnos con este querido y bendito hermano tuyo?
Hermione se volvió para meter otra vez la esquina del hule bajo las cuerdas que lo sujetaban, evitando su mirada.
—Cerca de Balquhidder. También he comprado un mapa y comida suficiente para casi una semana.
—Entonces, por lo que veo, lo único que precisamos es un cochero. ¿Se ha ocupado también de eso el herrero?
—No, me he ocupado yo. He pensado que tú podrías hacer los honores.
—¿Yo?
—Bien, puedes llevar un vehículo, ¿no? ¿No es una de las destrezas apreciadas por los libertinos, granujas y otros calaveras?
—Correr en Newmarket con un castrado premiado o manejar un faetón francés por Rotten Row una tarde de domingo para coquetear con las bellezas y sus mamás es un poco diferente a lograr que dos jamelgos destrozados suban por la empinada ladera de un precipicio y desciendan luego por la abrupta caída del otro lado.
—Estoy segura de que nos las apañaremos. —Agitó sus pestañas sedosas para mirarle—. Al fin y al cabo, contarás con amplia experiencia en emplear tus encantos para lograr que los jamelgos hagan lo que te plazca.
—Qué pena que mis encantos no funcionaran contigo.
Harry miró con aire desconsolado el pescante hundido del cochero, imaginando cómo iba a sentirse su trasero después de unas cuantas horas dando botes encima. La tercera parte del asiento ya estaba ocupada por una jaula construida con estrechas tablillas de madera.
—¿Y qué es ese artilugio?
—Una jaula para pollos.
Potter se inclinó para escudriñar el interior. El ocupante de la jaula soltó un grave bramido.
—Detesto decepcionarte, pero eso no es un pollo.
—¡Por supuesto que no es un pollo! No podía permitir que Robert the Bruce deambulara libre como en el carruaje de tío Ross. Si decidiera perderse por el bosque tal vez no volviéramos a encontrarlo.
Harry balbució algo en voz baja que le ganó una mirada de reproche de Hermione, y luego se enderezó.
—Supongo que sólo necesito saber una cosa más.
—¿Sí?
—¿Cuándo nos vamos?
O
Después de tres días interminables y extenuantes en la carretera, Harry empezaba a desear ser el tipo de villano que pudiera estrangular a una mujer con su fular, dejar su cuerpo pudriéndose en el bosque, y alejarse alegremente con todo su dinero. Las miradas que dedicaba a Hermione se volvían más asesinas a cada vuelta demoledora de las ruedas del carro sobre las carreteras pedregosas.
Para aumentar la tortura, las sacudidas e inclinaciones de la carreta parecían poner constantemente alguna parte de su cuerpo en contacto tentador con ella. Sus rodillas y muslos chocaban con cada bache, y cada golpe de las riendas hacía que su codo rozara la suavidad cautivadora de su pecho.
Como burlándose de su hosco ánimo, la conducta de Hermione se volvía más risueña y entusiasta a medida que avanzaban. La mayoría de mujeres que él conocía habrían estallado hacía rato en lágrimas o en una crisis nerviosa al verse obligadas a soportar unas condiciones de viaje tan primitivas. Pero Hermione no. Charlaba alegremente, sin parar, sobre cada ardilla, cada herrerillo con cresta y cada acederilla en floración temprana que encontraban. Cualquiera pensaría que Dios había creado todas estas criaturas puramente para su placer. Mientras los pastos ondulantes de las Lowlands daban paso a los picos escarpados y los páramos perturbadores de las Highlands, la encantadora cadencia escocesa que él recordaba del granero empezó a volver poco a poco a su habla.
—Es como si volviera a respirar de verdad por primera vez en diez años —dijo mientras la carreta ascendía a duras penas por el camino estrecho y sinuoso, más propio de ovejas que de seres humanos—. Creo que nunca me había percatado de cuánto hollín tengo pegado en los pulmones. —Cerró los ojos y respiró hondo el fresco aire de la montaña, y su expresión dichosa hizo a Harry desear ser la causa—. ¿No te hace sentir casi loco de gozo?
—No, pero esto sí —contestó de forma cortante, sacando de debajo del pescante una botella sin abrir de whisky escocés, que descorchó con los dientes.
La posada ruinosa donde habían pasado la noche anterior ofrecía muy pocas comodidades, pero este licor cobrizo que aún burbujeaba, casi lo compensaba. Si había algo que los escoceses sabían hacer, eso era el whisky. Harry había engatusado a Hermione para que comprara tres botellas de aquella sustancia, confiando en que hiciera el viaje y su compañía más tolerable.
Harry gruñó cuando el carro dio una sacudida al pasar sobre un bache especialmente feo.
—No puedo decidir que es lo que me duele más, si la cabeza o el culo.
Hermione dirigió una mirada de desaprobación a la botella.
—Tal vez te doliera menos la cabeza si no bebieras tanto.
—Tal vez me doliera menos si no hablaras tanto. —Mirándola con gesto desafiante, se llevó la botella a los labios y dio un trago largo y profundo al whisky.
La muchacha se rodeó los hombros con la tela escocesa y miró al frente, con un atisbo de puchero tentador en sus labios carnosos. Pero el destino de Harry no era disfrutar de la paz y tranquilidad del cráneo de Hermione. Mientras la carreta doblaba una curva y salía a una amplia repisa de roca que se asomaba al valle inferior, un grito agudo surgió de los labios de la escocesa.
Harry hizo detener los caballos, temeroso de toparse con una horda de merodeadores de las Highlands. Antes de que el carro parara del todo, Hermione ya había bajado al suelo y se había ido corriendo hasta el mismo límite del precipicio.
Su figura menuda quedó recortada contra la cordillera distante de picos cubiertos de nieve. El viento batía sus riscos majestuosos y soplaba nubes de nieve sobre el valle. Los rayos dorados y sesgados del sol lo iluminaban desde el oeste, haciendo brillar los fragmentos de hielo, que convertía en motas relumbrantes de oro. Danzaban en el viento, girando como amantes con la tensión de una sinfonía inaudible para los ojos humanos.
Incluso para la mirada hastiada de Harry , era una vista espectacular. Pero no más espectacular que la visión de Hermione ahí de pie al borde de este precipicio, con la cara vuelta hacia arriba para dar la bienvenida a la llegada de la nieve con expresión extasiada. Los dedos anhelantes del viento importunaban su moño, soltándole horquillas y haciendo volar relucientes mechones de pelo sobre su rostro y hombros. Pero el viento no podía alterar su porte noble o la postura orgullosa de sus hombros delgados. Era como si su despeinada princesita celta del granero por fin hubiera encontrado un reino digno de ella.
Apretándose la manta apolillada en torno a los hombros como si fuera una estola de armiño, se volvió a Harry con una expresión tan seria que resultaba desgarradora.
—Oh, Harry , ¿no es lo más glorioso que has visto en la vida?
La falta de entusiasmo de su marido no la desalentó. Riéndose en voz alta, se volvió de nuevo al precipicio y abrió los brazos como si quisiera abrazar todo el mundo y a todos los que estaban en él.
Excepto a él.
Pese al fresco aire de la montaña penetrando sus pulmones, Harry se quedó de pronto sin aliento. Temió que no fuera la altura vertiginosa de su posición lo que le mareaba, sino un profundo cambio en el equilibrio entre tierra, cielo y su corazón.
—Si ya tienes suficiente de admirar la vista, yo ya tengo suficiente de congelarme el culo —gritó con más aspereza incluso de la pretendida.
Tras una última mirada prolongada al cielo barrido por la nieve y el sol, Hermione se volvió hacia la carreta a su pesar. Trepó como pudo al asiento y miró a Harry con recelo al ver que no le ofrecía la mano. Mientras se acomodaba una vez más junto a él, irradiando calor con todo su delgado cuerpo, Harry miró al frente y agarró la botella de whisky por el cuello, aterrorizado de haber caído al final víctima de una sed tan poderosa que ni el mejor whisky podría saciar.
O
Al anochecer, la nieve primaveral había alcanzado cierto grosor y se había instalado en el cabello de Hermione como sedosas plumas blancas. Más helada por el inexplicable humor gélido de Harry que por el viento glacial, se echó sobre la cabeza la manta escocesa y se acurrucó en el extremo del asiento del conductor. Sin el calor del cuerpo de Harry o su encanto natural para calentarla, enseguida se vio dominada por unos escalofríos incontrolables.
Cada vez estaba más oscuro, pero no había rastro de ninguna posada o refugio, ni tan siquiera un granero donde buscar cobijo. Harry le dedicó una rápida mirada, luego soltó un juramento en voz baja y fustigó con las riendas los lomos de los caballos para salir de la carretera y adentrarse por un claro del bosque.
Sin romper el silencio incómodo, juntó varias astillas para encender un fuego crepitante. Mientras amarraba los jamelgos a un árbol próximo para que pastaran a través de la delgada costra de nieve, Hermione asó unas patatas con piel, y dio pedacitos de cecina de ternera a Robert the Bruce.
Estaban comiendo los humeantes y crujientes pedazos de patata con los dedos cuando Harry habló por fin:
—Cuéntame entonces alguna cosa de este bendito hermano tuyo.
Dividida entre el alivio de que le hablara por fin y la consternación por la elección del tema, Hermione se rió nerviosa.
—Oh, puedo asegurarte que Charles no es ningún santo, al menos no lo era de pequeño. Me llevaba cinco años y nunca desaprovechaba la oportunidad de tirarme de las trenzas, de cogerme las muñecas para practicar con el arco o meterme un ratón en la cama.
—Y tú le adorabas, claro.
—Con todo mi corazón —admitió con una sonrisa melancólica—. Tal vez me tomara el pelo sin piedad, pero si alguien me echaba una mirada deshonesta podía contar con un ojo morado o una nariz ensangrentada.
Harry estiró las piernas y se apoyó en un codo, con una mirada ilegible en sus ojos ensombrecidos.
—Tuvo que costarle separarse de ti.
—No creo que le quedara otra opción. Después de que nuestros padres... fueran asesinados por los casacas rojas, lloré y le supliqué que no me mandara. Pero me secó las lágrimas y me dijo que tenía que ser valiente, que los Granger no lloraban nunca si podían pelear. Prometió venir por mí en cuanto fuera seguro traerme de vuelta a casa.
Harry frunció el ceño.
—Pero en vez de ello te mandó llamar, en vez de venir él mismo a recogerte como había prometido.
De pronto Hermione mostró gran interés en extraer el último fragmento de patata de su piel chamuscada.
—Y así, ¿cómo era tu hermano? —Ahora le tocaba a ella preguntar.
Harry se encogió de hombros.
—Bastante insufrible. Aunque nuestro padre casi no soportara mi presencia, supongo que Ronald seguía considerándome una especie de rival con quien competir por el afecto del viejo. Nunca desaprovechaba la oportunidad de recordarme que él era el verdadero heredero y que yo sólo era el bastardo. Ronald tenía doce años cuando mi padre me acogió en su casa. Nada más llegar a la finca ducal, su juego favorito era llevarme a algún rincón remoto de la casa y dejarme allí, pues sabía que no sabría volver.
A Hermione se le encogió el corazón con la imagen de Harry de niño, deambulando por un laberinto apabullante de pasillos mientras su hermano se burlaba de él.
—Imagino que lo odiabas —dijo en voz baja.
—Casi tanto como lo idolatraba. —Harry empleó la punta del puñal para dar vueltas en el fuego a la piel de la patata—. Pero supongo que la última mala pasada la sufrió él, porque ahora está muerto y yo soy el único hijo de nuestro padre. —Sacó la botella medio vacía de debajo de su petate y la levantó para brindar—: Por todos los hermanos ausentes.
—Por los hermanos ausentes —repitió Hermione—. Donde sea que estén —añadió bajando la vista.
O
Harry estiró una pierna ante él y echó hacia atrás la cabeza para estudiar el cielo. Había dejado de nevar y la cortina de nubes se había despejado hasta revelar una dispersión de estrellas. El centelleo parecía tan intenso como para provocar dolor.
Ya se había pulido la primera botella de whisky y empezaba con la segunda, pero el conocido aturdimiento del alcohol no había logrado mitigar el nuevo ansia en su corazón. Su cuerpo estaba borracho, pero su mente seguía dolorosamente sobria.
Desplazó la mirada a Hermione. Se había retirado a su nido de mantas al otro lado del fuego y se había quedado dormida casi al instante. Tal vez no fuera demasiado tarde para convencerse de que lo que sentía por ella era simplemente lujuria: una broma cruel que su cuerpo le jugaba a su corazón para protestar por negársele lo que deseaba con tal desesperación.
Sacudió la cabeza. Debería haber sabido que no tenía que buscarse una esposa, aunque fuera fingida. Era mejor derrochar sus encantos con las esposas de los demás.
Hermione se puso de costado, echando un brazo sobre el baúl de viaje con brocados que guardaba con más empeño que su virtud o su corazón.
Dejando a un lado la botella abierta de whisky, se levantó con el mismo sigilo de un asesino y rodeó el fuego para situarse de pie sobre ella. Pese a las llamas crepitantes, Hermione todavía tenía la nariz sonrosada de frío. Nada le hubiera gustado más a Harry que quitarse la ropa, deslizarse bajo las mantas y calentarla con el calor de su cuerpo. Se moría de ganas de encenderla de pasión... de placer... de deseo. Casi podía notar el deslizamiento dulce y eterno mientras danzaban juntos bajo las mantas, piel con piel, corazón con corazón...
Se pasó una mano temblorosa por el mentón, se sentía febril pese a la gélida brisa.
Arrodillado a su lado, soltó poco a poco el baúl de viaje de sus manos. Vaciló un momento, luego se quitó la casaca y la echó sobre ella, añadiendo una capa más de calor a su nido.
O
Hermione respiró el embriagador aroma masculino a toffee caliente y brisa marina, luego suspiró de placer. Abrió los ojos y encontró a Harry en cuclillas al otro lado del fuego, en mangas de camisa y con el pelo reluciente como oro recién acuñado bajo la luz del fuego. Bajó la mirada y se encontró envuelta en su casaca de lana.
Una sonrisa adormilada curvó sus labios. Pese a que él lo negara con su último aliento perfumado a whisky, en algún lugar dentro de ese delgado y musculoso cuerpo de bribón latía el corazón noble de un caballero. Pestañeó semidormida mientras volvía a mirarle con adoración.
Un caballero que estaba arrodillado sobre su baúl abierto. Un caballero que estaba revolviendo su contenido con la eficiencia fría de un carterista de Convent Garden. Un caballero que alzaba una ceja lasciva mientras sostenía una de sus prendas íntimas a la luz del fuego. Un caballero que arrojaba esa delicada prenda a un lado, sin cuidado, para poder coger la más privada y preciada posesión de Hermione entre sus manos ávidas, tramposas y ladronas.
