Capítulo 4

Los sonidos volvieron a llegar a mis oídos. No eran nítidos. Parecía que los estaba escuchando a través de una gran pared.

Envié a mi cerebro la señal de abrir los ojos pero estos no me respondían. Todo mi cuerpo parecía frío y rígido.

Poco a poco mi oído se fue agudizando y fui capaz de escuchar las voces femeninas que estaban a mi alrededor.

- Está muy caliente su frente aún, no baja de los cuarenta de fiebre -susurró una voz.

- ¿Cómo puede seguir vivo después de tantas horas? -preguntó otra.

- No lo sé, pero haremos todo lo que podamos porque se cure.

¿Cuarenta de fiebre? ¿Cómo era posible si yo notaba mi cuerpo gélido? Aquello era extraño pero quizá la fiebre me estaba haciendo delirar y no era capaz de distinguir entre el frío y el calor.

Noté como unos pequeños y arrugados dedos me tomaban el pulso. Durante unos instantes no dijo nada pero después su voz resonó en mi cabeza.

- Su corazón no palpita.

Comenzaron a hacerme la reanimación presionando mi pecho cuando noté un intenso dolor. Chillé pero dentro de mi cabeza ya que mi boca no se abría. Pude escuchar como con cada opresión rompían mis costillas una y otra vez. ¿No se daban cuenta de la fuerza que ejercían?

Cada uno de mis huesos cedió con una velocidad pasmosa. Fue el desencadenante que después notase como mi pelvis se rompía y tras ellas mis fémures.

El dolor era inconcebible. Seguía consciente como en una completa y compleja tortura.

Llegó a tal el dolor que volví a desmayarme pero precisamente por ese mismo dolor volvía a recobrar la consciencia. Durante varias horas permanecí en ese macabro juego aunque a mí me parecieron días.

Agonizante noté como mi cuerpo volvía a reconstruirse. Mis huesos se soldaban en escasos minutos y volvía a recuperar todos mis sentidos.

Abrí los ojos y la luz me cegó. ¿Cuantos días habrían pasado desde que había llegado a donde quiera que estuviese?

- ¡Se ha despertado!

Giré mi rostro hacia donde había escuchado aquella voz. Fruncí mi ceño y mis labios. Un intenso aroma, como una mezcla de sabores, me llegó a la pituitaria con intensidad. Sentí como mi boca se llenaba de un líquido amargo y como mis colmillos comenzaron a crecer.

Apreté mis manos y con una velocidad asombrosa me puse de cunclillas sobre la cama. De mi boca no salió nada más que un intenso gruñido.

- ¡Mirad sus ojos! -gritó una de las monjas que allí estaban.

- ¡Es la encarnación del diablo! -gritó otra.

No entendía porqué pero aquello me resultaba divertido. Pasé mi lengua entre mis colmillos y mi sonrisa se hizo más amplia al notar lo afilados que estaban. Tenía una intensa sed. Sí, estaba descubriendo que sed de la sangre de todos los allí presentes. No comprendía aquel apetito tan extraño pero no me paré mucho más tiempo a pensarlo. Cómo un animal interno tomó el mando de mis sentidos.

Mi mente calculó rápidamente todos los que estaban en aquella estancia. Cuales eran los que tenían oportunidad de escaparse para que así fuesen los primeros que atacase.

Gruñí y me abalancé sobre la primera mujer más joven y mucho más hermosa que todas las que allí estaban. Su sangre sería la más dulce y apetitosa. Rompí su cuello para evitar que se fuese y hundí mis colmillos en su yugular. ¡Oh, dulce manjar prohibido! Aquello me resultaba por un instante repugnante pero cuando aquel líquido rojo descendió por mi garganta solo pude gruñir de satisfacción.

Deliciosa era poco. ¿Cómo no se me había ocurrido antes probar semejante delicatesen?

Arrojé el cuerpo sin vida de aquella mujer a un extremo y lamí mis labios cubiertos por su sangre. No deseaba que se derramase ni una sola gota. Aquel líquido había sido hecho para mí. Disfrutarlo debía ser solo mi delicia.

Corrí hasta mi siguiente víctima. Sabía que no sería tan exquisita como la anterior pero mi sed se había hecho aún más pronunciada. ¿Podía ese néctar crear adicción? Ahora entendía porque la Iglesia lo calificaba de pecado y rito satánico el beber la sangre de otro ser humano. Era algo tan inexplicable que no todos podían hacerlo o contemplarían como hasta ellos mismos podían ser más fuertes que el más fuerte de los hombres.

Bendita naturaleza. Clavé nuevamente mis colmillos sobre el cuello de esa nueva presa y evité que forcejeara con tan solo tomar sus hombros con fuerza. Gritaba bajo mi boca y yo sonreía con malicia pues me encantaba la falta de oposición que me ponían. La fuerza que tenían era tan débil que me parecían sus manotazos más una caricia que un golpe.

- ¡Adorador del diablo! -gritaron otras mujeres mientras corrían por el convento.

Algunas blandieron sus rosarios y otras se dedicaron a lanzarme agua bendita lo que me divertía aún más.

Cuando ya me noté satisfecho decidí terminar con la vida de todos los testigos. Limpié mis manos llenas de aquel líquido rojo con el agua bendita y salí por uno de los ventanales intentando descubrir mis nuevas habilidades mientras serenaba aquella ira animal.

Respiré profundamente cuando a mi alrededor tan solo existían árboles que las monjas habían plantado junto a las semillas que habían dado ya sus frutos.

Debía pensar fríamente. Podía haber tenido hambre pero no era la misma sensación. Podía haber tenido sed de agua pero no tenía nada que ver aquella sed con la que hacía unos momentos había saciado. Mi garganta había ardido y un líquido amargo que no era saliva había llenado mi boca tan solo unos segundos antes.

Había escuchado sin problema los latidos de sus corazones como si hubiese estado sobre su pecho. Había podido percibir como cambiaban de un ritmo lento a uno rápido.

Habían hablado de mis ojos. ¿Mis ojos podían ser tan aterradores como ellas decían? Me giré sobre mí mismo y me vi reflejado en la ventana. Mis ojos eran del mismo tono azul que habían sido siempre. No les veía nada extraño.

Miré mi piel. Esa si era diferente. Ahora era tan blanco como la nieve. Mi tono había sido más bien tostado pero en su lugar era igual que una aparición. Aquello podía deberse simplemente a los días que había estado enfermo. Pero era más que obvio que algo había cambiado en mí y tenía que averiguar en qué me había convertido.