11.

Marinette empezaba a sentirse un poco ansiosa.

Después de las dos tentativas de confesión fallidas, y con el firme propósito de hablarle a Adrien de su doble identidad de una vez por todas (no podía seguir demorándolo hasta el infinito, no era bueno para sus nervios ni, seguramente, para los de Adrien), Marinette llevaba una semana entera buscando el momento oportuno para decirle a su amigo que ella era Ladybug.

Lo había intentado el mediodía del lunes, al terminar las clases, cuando le había pedido a Adrien que esperara un momento antes de marcharse y ambos se habían quedado solos en clase. Pero justo cuando Marinette había encontrado el valor para abrir la boca y soltar aquello de: «Verás, Adrien, el otro día no fui del todo sincera y…» Rose se había precipitado dentro de la clase, toda prisas y nervios, porque se había olvidado el estuche en su pupitre. Había habido disculpas por parte de ella y risas nerviosas por parte de Marinette. Todo había quedado en una interrupción si importancia. Pero después de eso, Marinette ya no se había visto capaz de continuar con lo que iba a decir y había terminado por decirle a Adrien que en realidad lo que tenía que contarle no era importante y que podía esperar.

Lo había intentado la segunda hora del miércoles, otra vez, cuando le había enviado una notita a Adrien preguntándole si aquella misma tarde quería ir a su casa para echar una partida al Ultimate Mega Strike 3 y comer quiche, porque resultaba que al final el chico había terminado ganando la apuesta, ya que su nota en el examen de francés había sido peor que la de Marinette. Pero resultó que él tenía clase de esgrima y tuvo que declinar la oferta, porque ya había hecho novillos de la clase piano la semana anterior y, encima, el suspenso en francés había puesto de muy mal humor al señor Agreste, que había amenazado al chico con sacarlo de la escuela si volvía a suspender otra asignatura.

También lo había intentado el viernes, cuando al terminar las clases se había refugiado en su habitación, rechazando la oferta de Alya de ir a dar una vuelta y comer helado, y había decidido escribir una carta a Adrien para hablarle con todo detalle de su segunda identidad y los motivos por los que le había mentido. La carta no había quedado del todo mal; incluso a Tikki le había gustado. Era un poco ñoña, pero también sincera y hermosa. De todos modos, muerta de vergüenza por el montón de tonterías que había escrito sobre el papel, Marinette había terminado por romperla en mil pedazos y la había tirado a la basura.

Y, por último, lo había intentado el sábado al anochecer, cuando había salido a patrullar convertida en Ladybug, esperando encontrar a Cat Noir. Ya que parecía que Marinette no se sentía capaz de dar el paso, quizás Ladybug sí lo hiciera, que en eso era mucho más echada para adelante. Pero, de forma incomprensible y surrealista, la ronda se había ido torciendo de la manera más rocambolesca y, al final, Ladybug había terminado haciendo de todo menos hablar con Cat Noir: había salvado el globo escurridizo de un niño que había ido a los caballitos con sus padres, había ayudado a un grupo de muchachos que estaba de mudanza e intentaba subir un sofá hasta un quinto piso sin ascensor y había llevado en volandas hasta su casa a un anciano que se había olvidado la cartera en casa y no tenía dinero para coger el metro de regreso. Desafortunadamente, durante todo el rato que le había llevado realizar aquellas heroicas tareas, no se había cruzado con su compañero, y éste tampoco había respondido a su llamada, ocupado, quizás, en sus compromisos de su vida diaria.

Y ahora que volvían a estar a lunes y no había logrado ningún progreso, Marinette empezaba a perder la esperanza. ¿Sería aquello una señal del destino? ¿Es que acaso los astros no querían que le confesara su identidad a Adrien? Ya no sabía qué más podía hacer y aquello le daba ganas de llorar.

—Recuerda que el jueves que viene es mi cumpleaños

La que había hablado era Alya, sentada en el banco del patio interior del colegio. Era la hora del recreo y Marinette y ella estaban desayunando.

—Lo sé —repuso Marinette, alargando la de forma exagerada—. ¿Cómo quieres que lo olvide?

—Por si acaso. Y recuerda también que no puedes hacer planes para el fin de semana: ya lo tengo todo arreglado para dar la fiesta de cumpleaños más loca de la historia. Pienso invitar a toda la clase.

—¿A Chloe también?

Alya puso los ojos en blanco, en un gesto dramático y exagerado.

—Sí, por desgracia. Mi madre lo ha arreglado para que pueda dar la fiesta en uno de los comedores del hotel del padre de Chloe y quedaría muy feo que no la invitara a ella también. Ya sabes, como está en nuestra clase y eso… ¡Pero no te preocupes! Lo arreglaré todo para que puedas pasar mucho tiempo a solas con Adrien. Así podréis hacer buenas migas y, ya sabes, congeniar.

Alya levantó repetidamente las cejas, en un gesto que inquietó ligeramente a Marinette.

—No sé si alegrarme por ello o ponerme a temblar…

—¡Venga! Que por ahora la cosa está yendo bien, ¿verdad? Tengo la sensación de que Adrien y tú habláis más. En clase, quiero decir. Incluso has dejado de tartamudear tanto en su presencia. Que tartamudeas, ¿eh? Pero ahora, de vez en cuando, consigues incluso decir algo con sentido…

—¡Eh! ¡No te pases!

—Jajaja, que es broma, Marinette. Aunque es una auténtica lástima que Adrien terminara suspendiendo el examen de francés y no le pudieras pedir que te diera clases… Aunque tú sí que aprobaste. Con un aprobado justo, pero suficiente. Quizás deberías ser tú la que le ofreciese su ayuda… Ya me entiendes.

—Por el momento prefiero que las cosas sigan como hasta ahora. No sé si podría soportar una hora a solas a su lado sin volverme loca.

Alya soltó una sonora carcajada.

—Pues ya puedes ir encontrando el modo de dejar esa locura escondida bajo tu cama, porque el sábado necesito que seas tú cien por cien y que, terminada la noche, Adrien se de cuenta de que está completamente loco por ti. Voy a encontrar la manera de daros una noche perfecta.

Sí eso fuera tan fácil de seguro que Marinette lo habría hecho mucho tiempo atrás. Pero parecía que el tartamudeo y el actuar de un modo raro en presencia de Adrien estaban bien pegados a ella.

Pero su amiga tenía razón: tenía que aprovechar aquella oportunidad y arreglar todos los desastres que había cometido hasta el momento.

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Marinette se había arreglado para la ocasión con una pieza en el que llevaba tiempo trabajando. Se trataba de un vestido de dos piezas: en la parte de arriba, un corsé negro sin tiras, que le llegaba hasta la cintura. De debajo del mismo, emergía una falda de tul de color rojo intenso, que flotaba alrededor de la cintura y los muslos de la chica, y que le llegaba ligeramente por encima de la rodilla. Además, Marinette se había recogido el cabello en dos pequeñas trenzas, prescindiendo por primera vez en mucho tiempo de sus coletas. La única pieza de su atuendo diario de la que no había prescindido era el bolso de color rosa en el que escondía Tikki.

Había sido la primera en llegar al Grand Paris, casi hora y media antes de que empezara la fiesta, para ayudar a su amiga con los preparativos. Las hermanas pequeñas de Alya también estaban allí, porque la chica no quería que se perdieran la cena. Y también estaba su madre, que hacía viajes entre la cocina y el pequeño comedor que había habilitado para la fiesta, ayudando en lo que podía. Decía que había preparado una cena de lujo para su hija.

—¡Marinette, estás espectacular! —exclamó Alya al verla, lanzándosele al cuello para abrazarla.

—¿No crees que el vestido es un poco exagerado para una cena de cumpleaños? No estaba segura de sí…

—¡Bobadas! Es una pa-sa-da. Y espero que me lo prestes un día cuando lo necesite.

—Cuando quieras. Pero ya sabes que no lo vas a necesitar. Te ves bien con todo lo que te pongas. Como con lo que llevas ahora.

—Ay, Marinette, cómo te quiero —exclamó la chica de las gafas, mientras volví a abrazar su amiga.

Después, se separó de ella y dio una vuelta sobre sí misma, mostrando su atuendo. Llevaba unos vaqueros ajustados y un top de tiras de lentejuelas doradas. También se había recogido el pelo en una trenza.

—¿Te gusta el top? Me lo ha regalado mi madre.

—¡Es precioso! Y, precisamente, yo también te he traído algo —Marinette cogió el regalo envuelto en papel de lunares de la bolsa de papel que llevaba en la mano y se lo tendió a su amiga—. ¡Feliz decimoquinto cumpleaños!

Alya tomó el paquete, emocionada.

—¿Qué es? Madre mía, qué nervios.

Rasgó el papel, nerviosa y en cuanto desplegó la camiseta de Ladybug, sus ojos se iluminaron.

—¡Marinette!

—¿Te… te gusta?

—¿Qué si me gusta? ¡Me encanta! Es… madre mía, Marinette. Es preciosa. Es… ¡Es mi Ladybug! ¡Dios mío! ¡Marinette, eres mi heroína! ¿Cuándo…?

—¡Oh! En realidad hace tiempo que trabajo en ella. Imagínate que incluso, una noche, cuando la estaba terminando, Cat Noir pasó por mi tejado, en plena ronda, y en cuanto la vio quiso que le hiciese un igual.

—¡No! ¿En serio? ¡Podríamos patentar el diseño y venderlas en mi blog!

—Ni hablar. Esta es exclusiva para la fan número uno en el mundo de Ladybug.

—Muchísimas gracias, Marinette. Eres la mejor amiga del mundo.

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Los invitados empezaron a llegar poco después, alrededor de las siete de la tarde.

La sala en la que habían organizado la fiesta era pequeña, con ventanas que ofrecían una vista nocturna de la ciudad. Guirnaldas de papel colgaban por toda la estancia, así como globos de colores y tiras de banderolas, que llenaban el lugar de alegría y lo convertían en un enclave mágico. La mesa, larga, y llena de flores, estaba decorada de forma exquisita, con servilletas de papel de colores y detallitos handmade que habían preparado entre Alya, su madre y Marinette.

Rose y Juleka fueron las primeras en llegar. Después lo hicieron Mylen e Ivan, y un poco más tarde, Kim, Max, Nathanael y Alix. Todos ellos felicitaban a la cumpleañera y le hacían entrega de un pequeño detalle.

—¿Dónde están Adrien y Nino? —le preguntó Marinette a su amiga, pasada media hora, al ver que no había ni rastro de los dos chicos.

Se sentía cada vez más nerviosa ante la perspectiva de encontrarse con Adrien. No podía dejar de darle vueltas a qué pensaría su amigo del vestido o a cómo se las ingeniería para hablar con él a solas. Porque Marinette había decidido que aquella noche debía encontrar la manera (fuera la que fuese) de confesarle a Adrien su secreto.

¡Incluso había terminado la camiseta de Ladybug que le había prometido a Cat (era un diseño distinto al de Alya, aunque con un patrón parecido) y tenía intención de usarla como excusa!

Había trazado un plan de actuación que no podía fallar: sólo tenía que espera que Alya cumpliera su promesa y consiguiera darles a ambos el momento a solas que Marinette necesitaba. Entonces podría sacar la camiseta y dársela. Y, aunque no era la misma que la de Alya, estaba segura de que Adrien la reconocería. Y entonces le diría algo como:

«Marinette, ¿cómo sabías que quería una de tus camisetas?».

Y ella respondería:

«Porque tú me lo dijiste».

Y entonces él añadiría:

«¿Yo?».

Y ella sentenciaría con aquel:

«Sí, aquella noche, en el tejado de mi casa, cuando ibas a cazar akumas».

Y entonces él se preguntaría cómo era posible que Marinette supiera que él era en realidad Cat Noir, cuando la única persona del mundo que conocía su secreto era Ladybug. Y entonces ataría cabos y haría un sonido como "¡oh!" cuando la verdad se descubriera ante él.

Marinette sintió como una oleada de calor subía por su cuerpo.

Con sólo pensar en ello se ponía nerviosa.

Pero la voz de su amiga la hizo volver a la tierra:

—Deben estar al llegar. Nino dijo que tenía algo entre manos. —Sí, Nino tenía algo entre manos y Marinette sabía de qué se trataba—. Y Chloe y Sabrina tampoco han aparecido, ¿te has fijado? Me apuesto mi entrevista con Ladybug a que están esperando a que venga Adrien para hacerlo… ¡qué rabia tener que invitar a esa harpía a la fiesta!

Marinette hizo un sonido ahogado. Las ensoñaciones de momentos antes la había agitado aún más.

—¿Qué ocurre?

—Alya… estoy un poco nerviosa…

—¿Por Adrien?

Marinette asintió.

—¿Pero por qué? ¡Ni que fuera la primera vez que os veis! —se rio la otra—. Además, por el momento estaréis rodeados de toda la clase. Será como un día normal, en el instituto.

—Pero ahora no estamos en la escuela. Y este vestido…

Marinette no pudo terminar la frase porque cuando la puerta del comedor se abrió, la realidad al completo se desvaneció y toda su atención convergió en un mismo punto.

Adrien acababa de entrar. Iba acompañado de Nino, pero Marinette ni siquiera se fijó. Sólo lo veía a él.

Llevaba una camisa negra, con las mangas arremangadas, y unos chinos de color crudo. Además, un detalle que no podía pasar desapercibido de ninguna de las maneras hizo que el corazón de Marinette empezara a martillear dentro de su pecho: su compañero de clase se había peinado de forma mucho más casual que de costumbre, dejando que los mechones de su cabello rubio tomaran la dirección que prefirieran, sin ese repeinado que solía lucir siempre en la escuela. Era exactamente el mismo look que lucía Cat Noir y, con la camisa negra, Marinette casi podía ver a su compañero de fatigas frente a ella.

Sintió que le faltaba el aire.

Entonces, Adrien volvió la cabeza hacia donde estaba ella. Bueno, en realidad volvió la cabeza hacia donde estaba Alya, pero como las dos estaban una junto a la otra, fue como si la mirara a ella. Y reparó en su presencia. A Marinette le pareció que el chico se sorprendía. Incluso que se ruborizaba. Dio un par de pasos tentativos en su dirección, quizás con intención de acercarse para saludarla.

Pero no terminó de completar el intento porque Chloe, que entró en el comedor en ese preciso instante, y se le echó al cuello.

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Adrien se deshizo del abrazo de Chloe como buenamente pudo.

—¡Mi príncipe! —gritaba su amiga.

—Chloe —repuso él—. Qué… qué tal.

—Ay, Adrien, has tardado mucho. Empezaba a impacientarme. Con toda esta gente tan aburrida.

—Quizás deberías mostrar algo más de respeto. Es el cumpleaños de Alya. Y ha tenido el detalle de invitarte.

—¿¡Qué!? ¡Y yo he tenido el detalle de ofrecerle el hotel de mi padre para la fiesta! Además, le he comprado un bolso super caro como regalo. Ya puede estar contenta. No se lo podría permitir ni que ahorrara durante un año.

Adrien puso cara de circunstancias, pero no añadió nada más. ¿Para qué hacerlo? Hablar con Chloe era como hablar con la pared.

—Por cierto, Adrien, todavía no me has dicho nada de mi vestido. Ni de mi pelo. He estado toda la tarde con Fabien para que me lo arreglara.

El chico se fijó entonces en su amiga. Chloe se había puesto un vestido ceñido de tirantes, de color negro, que le llegaba hasta la rodilla. Se trataba de un diseño sencillo, que la chica alegraba con un llamativo collar. Además, se había recogido el cabello en un moño alto.

—Muy… elegante —observó él.

—Está inspirado en el modelo que llevaba Audrey Hepburn en «Desayuno con diamantes». Es precioso, ¿verdad? ¡Y el collar es de perlas! ¡Sabrina!

—¿Sí, Chloe? —repuso la amiga de Chloe, que permanecía a su lado sin decir nada.

—¿Verdad que es un vestido único?

—Lo es. Y te queda divino. ¡Incluso te hace juego con las gafas de sol!

—Claro, tonta. Por eso lo he escogido.

—Chloe —intervino Adrien, en ese momento—, si no te importa, voy a ir a saludar a Alya. Todavía no la he felicitado.

—Oh. Claro. No te queda otro remedio, ¿verdad? No te preocupes, voy contigo.

Adrien quiso decirle a Chloe que no hacía falta que le acompañara, que podía quedarse allí, junto a la puerta, con Sabrina, quejándose de la fiesta y de quién quisiera; que ir a felicitar a Alya no era ningún formalismo, sino algo que hacía de corazón. Pero no encontró las palabras adecuadas para hacerlo sin resultar brusco. Y no le gustaba ser brusco con Chloe. Porque a pesar de conocer todos los defectos de la chica sabía que, en el fondo, no era mala persona y que si actuaba de ese modo era por su necesidad constante de ser el centro de atención; como cuando eran pequeños y ella se dedicaba a hacer todas aquellas travesuras para que su padre le hiciera un poco de caso.

De todos modos, una parte de él se sintió decepcionado de no poder hacerlo, porque en cuanto había visto a Marinette, el único deseo que había ocupado su mente había sido el de poder hablar con ella.

A solas.

Muy a solas.

Y aunque lo de felicitar a Alya no era un trámite, si se convertía en una excusa genial para hacerlo.

Y es que su compañera estaba espectacular, con aquel peinado y aquel vestido.

Estaba claro que el rojo y el negro la favorecían un montón. Eran los colores de Ladybug y Adrien estaba seguro de que Marinette no los había elegido al azar. Además, el diseño del vestido que llevaba era muy original. ¿Sería obra también de su amiga? Realmente tenía talento para la costura.

—Hola, Marinette —intentó saludar el chico, una vez hubo felicitado a Alya y le hubo dado su regalo.

—Buenas noches, Adrien —repuso ella.

Pero su conversación no pudo fructificar porque Chloe se encargó de estropearla. Habiéndole dado también su regalo a Alya (prácticamente se lo había tirado a la cara), se colgó del brazo del chico, y tiró de él hacia la mesa.

—Ven, Adrien, vamos a sentarnos. Nuestro sitio está por allí. ¡Nos han puesto de lado!

Era mentira. Pero Chloe se había encargado de cambiar las tarjetas con los nombres que indicaban a cada uno como tenía que sentarse, y ni siquiera lo había hecho con disimulo.

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Marinette observó como Chloe se llevaba a Adrien, sintiendo dentro de ella una mezcla de rabia y tristeza.

—¡Esa maldita entrometida! —oyó a decir Alya, a su lado—. ¡Se va a enterar!

Pero Marinette le puso una mano afectuosa en el hombro.

—Tranquila. Solo es una cena. Y es tu cumpleaños. ¡Disfrutemos de la noche!

—Pero me sabe mal… Yo quería que esta noche pudierais sentaros de lado y hablar de un montón de cosas.

—Lo sé, Alya. Pero no te preocupes. Habrá otras ocasiones. Y Adrien sabe que estoy aquí, si quiere hablar. Lo que quiero para esta noche es que nos lo pasemos bien y no nos enfademos por tonterías.

La cena avanzó de forma amena.

Comieron, rieron y cuando hubieron terminado, apartaron la mesa a un lado y Nino montó su equipo de sonido y sus platos para pinchar algo de música. Antes de ponerse a ello, pero, el chico de las gafas colocó la guinda a la noche con un regalo especial para Alya.

Con la ayuda de uno de los trabajadores del hotel, instalaron en un lado de la sala un trípode con una pantalla y un proyector. Todos se sorprendieron cuando vieron que en la pantalla aparecía Ladybug.

Todos menos Marinette, que sabía muy bien lo que iba a ocurrir a continuación.

—¡Hola! —saludó la superheroína en la pantalla—. ¿Cómo te va, Alya? Me han contado que en nada es tu cumpleaños, así que quería felicitarte de corazón y desearte que pases un día estupendo. ¡Felices quince y que cumplas muchos más! Sabes que me encanta tu trabajo y que leo todas las novedades del Ladyblog. Es mi noticiero de referencia. Y espero que podamos vernos pronto y repitamos algún día lo de la entrevista, que fue muy divertido. En fin, ahora tengo que irme. Ya sabes, los akumas no descansan. ¡Muchas gracias por tu apoyo y que te lo pases muy bien en tu fiesta! ¡Un abrazo muy fuerte!

En la pantalla, Ladybug lanzó su yoyó y se impulsó hacia lo alto de un edificio, desapareciendo del plano.

Las luces del comedor, que se habían cerrado para la proyección, volvieron a abrirse y todo el mundo estalló en un aplauso.

Todo el mundo menos Chloe, que se moría de envidia en el rincón en el que se había llevado a Adrien.

Alya corrió a abrazar a Nino para agradecerle el gesto.

—Qué suerte tienes, ¿eh? —le dijo Marinette a su amiga, momentos después cuando la otra se hubo separado del chico, dándole un codazo cariñoso en el costado.

Alya no daba crédito a lo que había visto.

—¡No me lo puedo creer! Nino, ¿cómo lo conseguiste?

—Bueno —dijo él, mientras se llevaba una mano a la nuca—. La verdad es que fue todo muy improvisado. Me encontré a Ladybug de casualidad por la calle y le pedí el favor. Y ella se enrolló. En realidad es una tía muy maja.

—¡Claro que es muy maja! —repuso Alya—. ¡Estás hablando de Ladybug!

—Vale, vale. No hace falta ponerse así, tía. Pero que no decaiga la fiesta, voy a pinchar algo de buena música.

Nino se puso al mando de los platos y una música acelerada empezó a emerger de los altavoces. Todos en la sala se echaron a bailar; incluso las hermanas pequeñas de Alya, que corrían por la sala, llenas de energía.

A Marinette le habría gustado aprovechar el momento para acercarse a Adrien, pero Chloe seguía monopolizándolo y no dejaba que nadie se le acercara. Definitivamente, su plan para hablarle de Ladybug se había ido al garete y otra vez tendría que renunciar y volver a trazar una nueva estrategia.

Estaba seguro que aquello era un castigo divino por haber desaprovechado las oportunidades que el destino ya le había birndado.

—Voy al baño —anunció, algo cansada.

Necesitaba un momento a solas.

—¿Te acompaño? —se ofreció Alya.

—¡No! No te preocupes. Disfruta de tu fiesta. Ahora vuelvo.

En al salir del comedor, Marinette estuvo a punto de darse de bruces con un hombre que avanzaba por el mismo pasillo, en dirección contraria. El hombre se detuvo y dirigió una mirada de desaprobación a la chica.

—¿Se puede saber qué es este escándalo? ¡No hay quién duerma!

—¿Escándalo?

—¡Sí! ¡Esos gritos y esa música infernal que se oye!

—Supongo que será la música de la fiesta de cumpleaños de Alya. Pero tenemos permiso del señor Bourgeois para hacerla.

—¿Del señor Bourgeois? ¿Qué clase de broma es esta? ¡¿Con lo que cuesta una noche en este hotel y no voy a poder dormir en paz?! ¡En recepción me van a escuchar! ¡Esto es un insulto!

El hombre dio media vuelta y se alejó por donde había venido, mascullando palabras ininteligibles y dirigiéndose hacia los ascensores. Marinette lo vio alejarse, observándolo con una ceja enarcada, sorprendida por su actitud. Pero no le dio más importancia.

Al menos, no hasta que regresó del baño.

Y descubrió que algo había ocurrido.


NOTA: El vestido que lleva Marinette para la fiesta está inspirado en un diseño de Cj que podéis encontrar en su Tumblr: post/148201449583/my-piece-for-menons-la-danse-zine-the