Nota: Bueno, un capítulo más. Espero que os guste a todos, este capítulo he de decir que me ha gustado mucho escribirlo, aunque he decidido cortarlo a la mitad porque si no iba a resultar un poco pesado. Muchas gracias a todos los que habéis comentado. Seguid así, al final tenéis vuestra respuesta.

Por cierto, una pregunta. ¿Alguno sabe por qué cuando en el word pongo barras horizontales para separar las distintas partes del texto, en el navegador no se me muetran?

CAPÍTULO 11: Ladrones

El día de Navidad, a las doce de la noche, mientras en el castillo todo el mundo dormía, Scorpius, Anne y Albus salieron de la Sala Común con un plan completamente formado en sus cabezas. Si le hubiesen preguntado, Albus no habría sabido decir si se encontraba excitado, por la que iba a ser su primera incursión fuera de los terrenos del castillo, o intranquilo ante la posibilidad de que alguien les pillase haciendo todo lo que tenían planeado para esa noche.

Los tres habían planificado escrupulosamente aquella escapada, y Albus confiaba en que todo saliese según lo planeado. Scorpius y Anne iban ocultos en un Encantamiento Desilusionador magistralmente realizado por la joven; mientras que Albus, por darle un poco de uso a su regalo de Navidad mientras lo tuviera, había decidido ir oculto bajo la vieja Capa de Invisibilidad de su padre. Además, todos llevaban puestas las gafas de Dugbog que Scorpius les había regalado; y éstas habían resultado ser de lo más útiles.

En las oscuras mazmorras del castillo, donde no se colaba ni el menor haz de luz, habían necesitado encender las varitas para no chocar contra nada; pero una vez en la Gran Escalera, la pálida luz de la luna que entraba a través de los grandes ventanales del castillo, les había bastado para verlo todo como si de mediodía se tratase.

Subieron al séptimo piso en silencio. El ascenso fue lento e incómodo. Como ninguno de los tres podía saber dónde estaban los otros dos, con frecuencia chocaban o se pisaban. En una ocasión, Albus incluso llegó a pensar que los oirían, cuando Scorpius empujó sin querer a Anne contra un jarrón, que cayó al suelo haciéndose añicos. Pero nadie acudió a su encuentro salvo Peeves, el Poltergeist, que al no ver a nadie se marchó enfurruñado.

Conforme avanzaban por el pasillo del séptimo piso, y se dirigían hacia la gran gárgola que sabían que guardaba la entrada al despacho de la directora, Albus comenzó a ser consciente de la multitud de cabos sueltos que se habían dejado. Parándose delante de la gárgola, y esperando a que sus amigos llegasen, Albus no pudo sino esperar que con la distracción de las fiestas, la directora McGonagall no se hubiese acordado de cambiar la contraseña que permitía el acceso a su oficina. Si no, los tres tendrían que buscar suerte en el despacho de algún otro profesor; y las cosas se complicarían mucho.

Como Albus desconocía del todo el funcionamiento de aquellas estatuas, se quitó parcialmente la capa para permitirla verle mientras le daba a la gárgola la contraseña que le había oído decir a su hermano el día del ataque a su tío.

-Comida para gatos –dijo cruzando los dedos. Pero la gárgola, lejos de moverse, se quedó mirándole con media sonrisa dibujada en su enorme cara de piedra.

-Vaya, vaya, el pequeño mago conoce la contraseña –se burló la gárgola- Una se pregunta por qué todo el mundo está empeñado en hablar con la directora mientras duerme. ¿O es que tramas algo, chiquillo? –preguntó acusadoramente.

Albus titubeó, incómodo como el que se sabe haciendo algo que no se debe y no sabiendo muy bien cómo contestar a la gárgola para que les dejase pasar. Por suerte, Anne se le adelantó y dijo en una voz que no admitía réplica- Tu trabajo no consiste en juzgar nuestras intenciones; Al te ha dicho bien la contraseña, así que más te vale dejarnos pasar –la amenazó.

A pesar de que no podía ver a su amiga, Albus no pudo sino alegrarse de que la chica estuviera de su lado. En ocasiones, Anne podía ser aterradora. La gárgola cambió la sonrisa en su cara por un mohín, y se hizo a un lado mientras murmuraba- Una sólo quería un poco de tema de conversación. La gente pasa por aquí y nunca le dirigen a una la palabra. Una no está hecha de piedra –añadió echándose a llorar.

Por mucha pena que pudiera darle a Albus la estatua, aquella noche tenían cosas más importantes que hacer; así que, sin detenerse a consolarla, los chicos avanzaron hacia las escaleras que habían estado ocultas tras la gárgola, que de inmediato comenzaron a moverse como por arte de magia, llevándoles ante una pequeña puerta de madera, que los niños abrieron sin llamar.

El despacho había cambiado mucho desde los tiempos en los que el padre de Albus estudiaba en Hogwarts. Los muebles habían sido cambiados y predominaban los colores crema y pastel, que se adecuaban más al gusto de la vieja directora. También, el soporte donde otrora descansara Fawkes hacía tiempo que había sido retirado, y el estante en la pared, donde antes había estado la Espada de Gryffindor, ahora yacía vacío, abandonado. Albus, que no tenía manera de saber esto, en su lugar miró ensimismado los grandes retratos de antiguos directores. Todos ellos estaban dormidos, exceptuando a unos pocos a los que no se los veía por ningún lado. Albus los fue mirando uno a uno, consciente de que allí estaban los dos magos de los que había hablado su padre hacía unos meses en la estación, aquellos dos hombres tan valientes de los que llevaba el nombre.

Cuando encontró al primero, un mago anciano de largos cabellos y barba blanca, que dormitaba, inconsciente de la atención que estaba despertando, en un marco donde un letrero rezaba Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore, el Albus joven no pudo evitar soltar un grito de sorpresa. Nunca se había imaginado así al hombre al que su padre tanto había admirado; pero sin duda, algo en el rostro del anciano infundía un gran respeto. A su lado, en otro marco en el que se leía Severus Tobias Snape, descansaba el segundo hombre que Albus había estado buscando. Era un hombre de cabellos oscuros, nariz aguileña y rostro severo; y, aunque su aspecto distaba mucho de ser tan enigmático como el del anciano, Albus no pudo evitar que fuese Snape el que más le impresionase. Quitándose la capa, se acercó a donde descansaba el antiguo director, dispuesto a despertarle e interrogarle durante horas.

-Al, no hay tiempo. Tenemos que irnos o nos van a pillar –dijo Scorpius a su amigo.

Albus se paró en el aire, por fin consciente de que no se hallaba sólo. ¿Cuánto tiempo había perdido observando los retratos? Un poco avergonzado, se volvió hacia donde había oído venir la voz de su amigo y dijo- Perdona, Scor. Tienes razón. Será mejor que nos vayamos.

Albus se acercó entonces a un armario blanco, donde sabía que McGonagall guardaba los polvos Flu. En el pomo de la puerta se hallaba dibujada una tetera. Albus alcanzó a distinguir en ella un tenue brillo azulado antes de poner la mano en el pomo y tirar. La puerta se abrió sin oponer resistencia. Albus cogió un cuenco lleno de unos polvos verdes y se lo pasó a sus amigos para que ellos también pudieran coger. Después, sin que mediara una palabra entre ellos, se acercó a la chimenea y lanzó los polvos que había cogido. Unas llamas verdes envolvieron de inmediato el lugar.

Había hecho aquello montones de veces, no había razón para tener miedo. Sin pensárselo dos veces, se lanzó al fuego mientras decía con voz firme y segura: Hospital san Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas. Mientras las llamas lo engullían, Albus lanzó una última mirada a los retratos de Snape y Dumbledore, y por un momento al chico le pareció ver que el anciano director le guiñaba un ojo. Un momento después, sin embargo, Albus se hallaba girando mientras pasaba al lado de incontables chimeneas, por lo que el chico no podía estar seguro de lo que había visto. De lo que sí estuvo seguro Albus aquella noche es de que jamás había estado tan orgulloso de llamarse Albus Severus.

Al contrario de lo que daba a entender su aspecto, de joven a Minerva McGonagall siempre le había encantado escabullirse en mitad de la noche por los oscuros corredores del castillo. Por esta razón, no le había sorprendido en absoluto el descubrir, con tan sólo dieciocho años, que su forma de animaga era una gata. En su vejez, sin embargo, la directora había aprendido a disfrutar del placer de permanecer en una cama caliente durante las frías noches de invierno. Aquella noche, Minerva se hallaba como siempre, metida en su cama, tapada hasta la nariz, cuando la tetera comenzó a silbar.

El aspecto de la directora engañaba además en otro aspecto; podía parecer una viejecita débil e indefensa, imagen que la anciana se afanaba en mostrar; pero en realidad, se había mantenido tan ágil como en los viejos tiempos, consciente de que, como el Sombrero Seleccionador les recordaba cada año, los malos sólo se hacían los derrotados.

De un brinco, saltó de la cama y se puso el camisón. Con un golpe de varita, acalló a la tetera y se dispuso a bajar a su despacho, donde, ahora sabía, aquella noche había habido alguien. Minerva estaba segura de que no se trataba más que de unos estudiantes excepcionalmente temerarios; pero con todo, decidió ir a comprobarlo; en su despacho había cosas de mucho valor, que en manos extrañas podían ser peligrosas.

Cuando llegó, no obstante, halló su despacho vacío, tal y como lo había dejado cuando había subido a acostarse. Aún así, sabía que alguien había estado revolviendo en su armario, de lo contrario no habría hecho saltar la alarma. Encaminándose al armario blanco, de donde instantes antes Albus había extraído los polvos Flu, Minerva agitó la varita y las puertas del armario se abrieron de par en par. Entonces, en el rostro de la directora se dibujó una expresión de incontenible terror. No estaban. ¡Alguien se las había llevado! Tengo que hablar con Harry ya mismo –pensó McGonagall. Agitó su varita y de ella surgió una gata plateada.

Temblando, sabiendo que a su ex alumno no le iba a gustar en absoluto lo que tenía que decirle, Minerva se dirigió a la gata y le habló con las palabras que quería que le llegasen a Harry:

Harry, ha ocurrido algo terrible. Aquello que dejaste a mi recaudo hace diecinueve años ha desaparecido del armario donde lo tenía guardado, protegido por múltiples encantamientos.

La gata plateada, salió corriendo, atravesando la pared del despacho de McGonagall, en dirección al Valle de Godric, a donde llegó en cuestión de unos pocos minutos. Diez minutos después, Minerva recibía en su despacho un deslumbrante ciervo plateado que le habló con la voz de Harry Potter.

Minerva, espérame ahí. Estoy en camino. Las noticias son peores de lo que te imaginas.

Tragando saliva, Minerva se dirigió a la chimenea, donde sabía que pronto aparecería Harry, y entonces lo vio, en el suelo, restos de polvos Flu. Por primera vez en la noche sonrió. Lo tenían. Ladrón novato –pensó- ¿A caso no sabe que la red Flu está regulada por el Ministerio?

Con una agilidad impropia de sus años, Minerva se dirigió a su escritorio y escribió una breve carta a su sobrina:

Querida Mary:

Me gustaría escribirte en circunstancias mejores, pero esta noche alguien ha entrado en mi despacho y ha huido por la chimenea llevándose algo de suma importancia. Necesito que, con la mayor premura posible, intentes averiguar quién ha sido. Creo que no es necesario pedirte que seas lo más discreta que puedas.

Feliz Navidad de nuevo, espero que te gustase mi regalo.

Minerva

McGonagall ató deprisa y corriendo la carta a la pata de su lechuza, y la apremió cariñosamente para que emprendiese aprisa el vuelo. Después de que el animal hubo desaparecido en la oscuridad de la noche, Minerva McGonagall, visiblemente más tranquila, se sentó en su escritorio a esperar a Harry Potter. Pronto tendrían al que se había atrevido a entrar a robar a su despacho.

Marcus Belby era el vigilante nocturno del Hospital san Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas. Sobrino del célebre Damocles Belby, creador de la Poción de Matalobos, y miembro de la casa Ravenclaw, algunos en su familia podían pensar que aquel era un trabajo indigno para un Belby; pero la verdad era que Marcus adoraba lo que hacía.

Las noches en el hospital eran tranquilas, y casi siempre tenía poco trabajo. Como mucho, alguna vez tenía que guiar de vuelta a su habitación a algún enfermo que trataba de escaparse. Aquella noche, sin embargo, a Marcus le llamó la atención un fenómeno al que no encontraba explicación. De la chimenea del recibidor, habían surgido, no una, sino tres veces, unas brillantes llamas verdes. Sin embargo, Marcus no había podido ver a nadie saliendo de entre las llamas, y aquello le olía a cuerno quemado al perspicaz guarda.

Albus, Scorpius y Anne vieron a Marcus acercarse y se quedaron petrificados. No habían esperado que hubiera nadie trabajando a aquellas horas en el hospital. El vigilante sacó su varita y la apuntó hacia la chimenea.

-¿Quién hay ahí? –preguntó Marcus- Le aviso que soy un oficial del Ministerio, altamente cualificado y entrenado para proteger este hospital de amenazas externas –advirtió.

Anne y Scorpius se quedaron quietos, sabiendo que el Encantamiento Desilusionador funcionaría mejor si no se movían. Albus, sin embargo, se deslizó todo lo lenta y silenciosamente que pudo, buscando la espalda de Marcus, en caso de que fuese necesario actuar.

-Retorna Status –dijo Belby agitando la varita. Un rayo de color azulado se dirigió hacia donde, Albus sabía, estaban sus amigos. Albus contuvo el aire, pero ninguno de sus amigos se hizo visible. Quedamente suspiró aliviado. Sin embargo, al vigilante aún no se le habían acabado las ideas. Agitando de nuevo la varita gritó- Aparecium.

Albus vio como la silueta de uno de sus amigos comenzaba a hacerse visible y supo que debía actuar cuanto antes para evitar que el guarda pudiese identificarlos. Sacó su varita y la apuntó hacia Marcus. Obscuro –gritó. Marcus Belby se volvió al oír la voz del chico detrás suyo, pero nada pudo hacer contra el rayo negro que éste le había dirigido, que le golpeó antes de que el vigilante pudiera alzar su varita para defenderse. Anne y Scorpius, este último ahora visible, tomaron ejemplo de Albus y sacaron sus varitas.

Lanzaron a Marcus sendos hechizos, pero esta vez el guarda los estaba esperando; y aun cegado como se encontraba por el hechizo de Albus, consiguió echarse al suelo para esquivarlos, haciendo que el hechizo de Scorpius estuviera a punto de alcanzar a Albus. Marcus rodó por el suelo y se levantó de un salto, apuntó con su varita a Scorpius, al que no podía ver a pesar de ser el único de los tres chicos que era visible. Si Marcus no hubiera estado ciego, tal vez el descubrir a un niño de once años en la trayectoria de su varita le hubiera hecho dudar. Sin embargo, el vigilante, incapaz de ver, como estaba, agitó por tercera vez en la noche su varita, y la de Scorpius salió despedida de su mano.

Albus desesperado alzó su varita de nuevo. Petrificus Totalus- gritaron él y Anne al mismo tiempo. Los dos rayos de color gris golpearon al guardia, uno en el pecho y otro en la espalda; y Marcus cayó al suelo, incapaz de ver ni de mover ni un músculo.

-Vamos, no podemos perder más tiempo –les dijo apremiante Albus a sus amigos, de los que sólo podía ver a Scorpius, que en ese momento se agachaba a recuperar su varita.

-Un segundo, Al –respondió desde algún lugar cercano al cuerpo inmóvil del vigilante su amiga Anne- Será mejor que lo ocultemos para que no lo encuentren. Decéptio Imago –dijo la chica apuntando con su varita a Marcus, que al momento desapareció de la vista. Después, se volvió hacia Scorpius, y repitiendo el hechizo, también éste dejó de ser visible.

-Gracias, Anne –dijo Scorpius agradecido- Bien, será mejor que vayamos a ver al tío de Albus rápido. Creo que ya he tenido suficientes emociones por esta noche.

Harry Potter llegó, vía red Flu, tan rápido como pudo al despacho de Minerva McGonagall. El patronus de la directora le había cogido en la cama, mientras Harry tenía encima a su mujer, Ginny, que se movía rítmicamente mientras soltaba gemidos de placer.

Ginny le había amenazado con dejarle sin cena durante una semana, con lanzarle una maldición de Mocomurciélagos, y finalmente con el divorcio, si se le ocurría dejarla así para irse a ver a McGonagall; pero al final Harry había conseguido que atendiese a la voz de la razón y la mujer le había dejado marcharse al castillo.

-Harry –le llamó la directora desde su escritorio cuando vio al mago salir de la chimenea- Siento haberte molestado, pero la situación…

-Es aún peor de lo que crees, Minerva –respondió Harry- Esas memorias contenían información que en manos equivocadas podría ser muy peligrosa.

-Lo sé, Harry, yo… -balbuceó la directora, un tanto avergonzada- Sé que me pediste que no lo hiciera. Pero he estado estos diecinueve años guardando esas memorias, y no pude resistirme a echarlas un vistazo –terminó la directora. Su rostro era de absoluta contrición.

-Bueno, ahora ya da igual –dijo Harry restándole importancia- Pensé que aquí estarían seguras, pero queda claro que debí destruirlas. Minerva, si has visto lo que contenían, sabes lo importante que es que atrapemos a quien se las ha llevado –le explicó con urgencia en la voz.

-Tranquilo, Harry –le dijo la directora- El ladrón huyó por la red Flu, ya he escrito a mi prima. En breve sabremos quién o quiénes han robado esas memorias. ¿Puedo ofrecerte un té mientras esperamos la respuesta? –le preguntó la anciana bruja.

-Gracias, Minerva. Te estaría muy agradecido –aceptó Harry.

Minerva agitó en el aire su varita, y de la nada apareció una tetera y dos tazas, así como un pequeño plato con pastas.

Harry iba ya por su segunda taza, cuando un estallido le hizo sobresaltarse. Sacando su varita, miro hacia el lugar de donde había provenido el ruido; pero no vio nada salvo una pluma negra y un trozo de pergamino, que planeaban juntos hacia el suelo.

-Perdona si te ha asustado, Harry –se disculpó McGonagall acercándose al lugar de la explosión y recogiendo la carta- Es el Diricawl de mi sobrina, lo usa para entregar el correo urgente -explicó. Después, desenrolló el pergamino. Nada la pudo haber preparado para la sorpresa que se llevó al leer la carta que le mandaba su sobrina. Sin palabras, se la pasó a Harry, que no se sorprendió menos que ella al leerla.

Querida tía:

Feliz Navidad a ti también. Nada menos que cuatro magos han usado tu chimenea esta noche. Sus nombres son:

Albus Severus Potter

Scorpius Hyperion Malfoy

Anne Latrodectus Zabini

Harry James Potter

Te quiere,

Mary G.

Nota: He de decir que el personaje de Mary G. McGonagall es un personaje sólo parcialmente inventado. En los libros se hace referencia a una tal M.G. McGonagall, que estudió en Hogwarts a finales de los sesenta, principios de los setenta (Minerva es de los cuarenta). Además, Arthur Weasley comenta cuando va a recoger a Harry a Privet Drive por la red Flu, que tiene un contacto en la oficina de Transportes Mágicos, que les ha conectado su chimenea. He decidido aunar estos dos hechos para crear a este personaje, que probablemente salga más en el futuro.

Por último, deciros que los Diricawls tampoco los he creado yo. Aparecen en "Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos", de Newt Scamander y son lo que vosotros los muggles conocéis como dodos. También se habla de su capacidad de desaparecer en un estallido de plumas al igual que los fénix.

Ahora paso a responder vuestros comentarios.

Álex: Sí, la verdad es que Harry es un poco ingenuo… Siempre me lo he imaginado así al pensar en él como padre. Además, Harry comprende mejor cómo piensa James, que es un Gryffindor como él; la manera de pensar de Albus, sin embargo, le resulta en ocasiones incomprensible. Poco a poco irá viendo que el hijo que él cree más se parece a él, es en realidad el más especial.

Sigue comentando, siempre es un placer leerte.

Affy bp:Jaja, me alegro de que te unas a nosotros. Y me alegro aún más de que comentes en tan buenos términos. La verdad es que nunca había escrito nada antes, así que no te puedes ni imaginar lo que me alegra que me digas que te gusta cómo escribo.

En cuanto a lo que comentas con respecto a los primos de Albus… que quieres que te diga, son pequeños Ronnies, cabezotas por naturaleza XDD

Espero que te haya gustado el capítulo. Muchas gracias por comentar. Sigue así

Mina-the-owl: Jaja, bienvenida a ti también, y muchas gracias por tus buenas críticas. El personaje de Anne a mí también me gusta mucho, aunque aún no he tenido tiempo de desarrollarlo tanto como quisiera.

Espero que te haya gustado el capítulo, Sigue comentando.

Valeriuscullen: ¡Cuánta gente nueva! Bienvenida. Me alegra que te guste la historia. Sigue comentando.

Hikari Asakura: Y… más gente nueva. ¡Qué bien! ¡Qué gusto da ver que cada vez más gente lee y comenta! Me alegro mucho de que te guste, y el que la historia se parezca a como tú te la hubieras imaginado es sin duda uno de los mejores comentarios que me han hecho hasta ahora. Eso es justo lo que quería lograr. Sigue comentando