IN FRAGANTI

Por: Tita Calderón

CAPITULO X

La puerta del despacho se abrió luego de unos ligeros golpes. Margarita ingresó con una carpeta en las manos. Albert ni siquiera levantó los ojos para mirarla. Estaba concentrado en unas estadísticas que Archie le acababa de entregar.

La muchacha puso con delicadeza la carpeta sobre la mesa esperando que él la mirara. Dudó un momento sin decidirse a abordarlo. Sabía que estaba concentrado y no quería importunarlo.

-Señor – lo llamó con voz vacilante al ver que él ni siquiera se había percatado de su presencia.

Albert no despegó los ojos del documento.

-Dime Margarita –contestó distraído.

Archie levantó sus ojos con atención. Le pareció que estaba nerviosa.

-Afuera hay un joven que quiere hablar con usted.

-¿Tiene una cita?

-No señor.

Albert respiró con resignación. Esas cosas, no era algo que a Margarita se le pasara por alto.

-Pregúntale de que quiere hablar y luego les das una cita – contestó cansinamente.

-Si se lo pregunté – aseguró incómoda - Pero dice que es algo muy personal

-¿Algo muy personal?

-Si señor.

-Pídele a George que lo atienda.

-Dijo que cuando le dijera su nombre, usted lo recibiría inmediatamente.

Los ojos azules de Albert la enfocaron con escepticismo esperando que dijera el nombre del misterioso hombre que se creía tan importante.

-Me dijo que se llama Terruce Grandchester – acotó con cierta aprensión.

Albert no hizo ningún gesto, tan solo apretó el papel que sostenía en las manos. En el fondo había estado esperando esta visita desde que publicaron su compromiso en el New York Times.

-No lo irás a recibir. ¿Verdad? – señaló Archie con desagrado, le molestaba la prepotencia de aquel aristócrata engreído.

-¿Por qué, no?

-Pero…

Archie lo miró sin entender su pacífica actitud. ¿Es que acaso no se daba cuenta lo que ese aristócrata engreído quería? Por lo visto ¡no!

-Hazlo pasar en cinco minutos, Margarita. – solicitó Albert sin alterarse.

-Sí, señor. – contesto extrañada al ver que aquel joven tenía razón.

-Albert, yo me voy por la otra puerta – aseguró Archie apenas la secretaria los dejó solos, sin poder ocultar su molestia– No quiero saludarlo.

-¿Estás seguro? Pensé que eran grandes amigos. – bromeó Albert tratando de aliviar el tenso ambiente.

-Por favor – respondió Archie – Ese aristócrata y yo, no tenemos nada en común – a no ser nuestro amor añejo por Candy, pensó con algo de nostalgia.

Albert respiró profundamente mientras se preparaba para enfrentar lo que consideraba una prueba. Si Terry había venido desde Nueva York hasta Chicago por aquel anuncio, era porque algo importante tenía que decir al respecto. Tocó su mentón con algo de intranquilidad.

Los golpeteos de la puerta, aceleraron un poco su pulso. Enfocó los ojos con cautela mientras ésta se abría.

-Siga por favor – pidió Margarita mientras sostenía el picaporte con la puerta abierta.

Los profundos ojos azules enfocaron con frialdad al hombre que estaba tras el escritorio.

-Terry, que gusto verte – saludó Albert con cortesía.

La puerta se cerró tras su entrada y su mirada se volvió hielo. Dio dos pasos grandes para acercarse lo suficiente al escritorio y poner con demasiada brusquedad el periódico que lo había traído desde tan lejos.

-¡Con que: "El único aceptable para Candy"! – espetó el recién llegado con la voz más alta de lo normal.

Albert miró como la mano de Terry temblaba ligeramente mientras la apoyaba sobre el papel como si se fuera a volar… Supo que se enfrentaba a un hombre que aun no decía completamente adiós a su pasado, a pesar que había empezado un camino totalmente lejano.

-Tal vez exageré un poco – declaró Albert mientras le hacía un gesto con la mano para que se sentara.

-¡Maldición! – gritó Terry dando un golpe en la mesa sobre la fotografía como si eso pudiese apagar el fuego que le quemaba en sus entrañas.

Su respiración se volvió agitada como si hubiera corrido en las olimpiadas.

-¡Debiste decírmelo!

-¿En que cambiaría eso las cosas? – preguntó Albert con calma mientras se dirigía al pequeño bar que estaba en la esquina de la oficina y servía dos copas de whisky

-En que te hubiera partido la cara ese mismo instante y me hubiera ahorrado el viaje.

Albert sonrió tenuemente mientras le extendía una copa. Terry la tomó, luego de dudarlo un poco. Había querido caerle a golpes a Albert pero estando frente a él, toda su ira se estaba apaciguando, en el fondo sabía que él ya nada tenía que decir al respecto.

Luego de tomar un par de sorbos, Terry decidió aceptar la invitación de Albert para sentarse en unos sofás que estaban a unos pasos del gran escritorio.

-Sabes, no se ni porque estoy aquí. Quería partirte la cara.- admitió mientras tomaba otro sorbo – Pero ahora me siento un poco idiota.

-Sólo estas tratando de decirle adiós a tu pasado, para poder enfrentar una nueva vida – las palabras de Albert sonaron con demasiada firmeza

-Tal vez…tienes razón…

Ambos guardaron silencio por varios minutos.

-Ahora entiendo porque fue…fácil para Candy decirme adiós – meditó Terry con tristeza.

-Te aseguro que no lo fue…- la defendió Albert…él había palpado el dolor de Candy casi en carne propia.

Terry le hizo una señal con la mano para que lo dejara continuar.

-Ella te tenía a ti…aquí….esperándola….- mordió cada palabra.

Las palabras dichas en aquel hospital de Nueva York, retumbaron con fuerza en su cabeza como si las estuviera escuchando en ese preciso momento: "Tengo que regresar a Chicago…Albert me necesita" le había dicho Candy en medio de su despedida…

-Tú tenías a Susana – las palabras de Albert lo sacaron de su ensimismamiento.

-No era lo mismo.

-Candy sufrió mucho cuando regresó, no tienes idea…de cuanto…

-Seguro que si- se burló mordazmente Terry, interrumpiendo a Albert

Albert lo miró por un momento y vio el resentimiento guardado aflorar lentamente.

-No entiendo a que viene ahora todo esto - declaró Albert mientras se ponía de pie – Se supone que estas por casarte y que estás enamorado de…Karen ¿no?

-Si lo estoy – confesó Terry con convicción.

-¿Entonces?

Terry se paró y comenzó a caminar de un lado a otro.

-Quiero que entiendas porque dejé mi pasado a un lado…por qué estoy aquí…porqué nunca la busqué… – las últimas palabras fueron casi un murmullo.

-No tienes que hacerlo

-Lo quiero hacer… - aseguró Terry con decisión, necesitaba de una vez por todas sacar aquello que había guardado celosamente durante todo este tiempo.

La noche empezaba a caer sobre Chicago pero Albert aun seguía en la oficina, mirando sin mirar a través de los cristales con los brazos cruzados bajo su pecho.

Un gran suspiró salió del fondo de su alma al divisar en la calle a una pareja que caminaba de la mano….cuanto deseaba caminar así con Candy…

Pero ahora sentía que aquel futuro que se veía tan próximo se alejaba como si fuera la luz de una estrella fugaz.

¿Qué había hecho?

El mismo había mandado a Terry directo hacia Candy luego de escuchar sus razones.

El golpeteo de la puerta lo sacó de su ensimismamiento, pero no se volteó.

-William, acabo de revisar la contabilidad del Banco y todo está en orden. – habló George a sus espaldas.

-Gracias George.

Al ver que Albert no se giraba, George supo que algo no estaba bien.

-La visita del joven Grandchester parece que no fue amistosa. – comentó George con cautela.

-No, al contrario, fue muy conveniente – aclaró Albert distante.

-¿Entonces?

-Sólo estoy pensando – declaró el rubio luego de un momento.

George agitó la cabeza en señal de confusión. Sabía que lo mejor era dejarlo solo, batallando con los demonios internos que lo acosaban.

-Te veré mañana – se despidió el moreno

-Si…está bien George…por favor dile a Margarita que también se vaya y que Ricardo me deje las llaves del auto…

George levantó una ceja al confirmar su teoría mientras salía. La visita del joven Grandchester no era tan buena como Albert trataba de hacerlo parecer.

Margarita se sintió desilusionada al saber que su jefe se quedaba solo, sin duda la visita del guapo actor no fue tan grata porque desde que salió, él se quedó preocupado.

-Señor – dijo con la puerta abierta esperando que él girara – Ya me voy – esperaba que le confirmara que esa, había sido su orden.

-Que descanses Margarita – respondió distante, sin girarse.

-Usted…usted también…

Albert no respondió, sólo siguió mirando através de la ventana. Margarita agachó la cabeza sintiéndose imponente para ayudarlo mientras cerraba la puerta.

El edificio se quedó en completo silencio. La noche estaba más oscura de lo habitual, igual que su alma. Cerró un instante los párpados recordando las últimas palabras de su conversación con Terry.

"…

-Ella tuvo la oportunidad de hablarme y no lo hizo – las tres últimas palabras salieron con dureza - Me dejó en ese teatro ambulante sin decirme una sola palabra - la amargura se palpaba en cada palabra.

-Deberías preguntarle a ella porque lo hizo – sugirió Albert

-¿Para qué?

-Para que liberes tu alma - añadió

Terry se quedó tan quieto como una estatua, asombrado por las palabras de Albert.

-¿Puedo verla? – el asombro se mezclaba con el desconcierto en su voz.

-Claro, Candy es mi novia, no mi prisionera – aseguró Albert

-Bueno…no se donde encontrarla…- más parecía una escusa.

Albert tomó un papel del escritorio y escribió la dirección que Terry necesitaba.

-Aquí la puedes encontrar – aseguró mientras le extendía el papel

-¿No te molesta?- Terry estaba confundido

Albert sonrió con tristeza…claro que le molestaba, pero él era un hombre que siempre había predicado la libertad…es más, por eso él mismo guió a Candy hacia Terry aquella vez en Rockstown para propiciar un encuentro entre ellos pensando que eso bastaría para que ellos volvieran…Pero se había equivocado…"

Un suspiro amortiguado brotó del fondo de su pecho por primera vez no quería regresar a casa, tal vez ella lo estaría esperando y en su mirada estaría la angustia cristalizada tras este encuentro que él nuevamente había propiciado.

Necesitaba un trago. Tomó las llaves del auto y manejó por unas cuantas calles hasta encontrar un bar abierto, hace tiempo que no entraba en uno, pero ahora necesitaba algo para descargar su impotencia…su estupidez….su maldito pensamiento de libertad…

Las horas pasaron lentamente mientras hacía memoria de cómo sus sentimientos habían ido cambiando poco a poco hacia aquella pequeña llorona que había conocido en la colina de Pony…

Al inicio, cuando la conoció llorando en la colina le inspiró ternura, luego cuando la rescató del río nació en él, el deseo de protegerla no sólo por verla tan niña y enfrentándose sola a la vida, sino por las injusticias que era presa por parte de los Leegan, que a pesar de tener tanto dinero la obligaban a dormir en el establo…

La carta que recibió de sus sobrinos fue el empujón que necesitó para ponerla bajo su cuidado y adoptarla…desde ahí se sintió con la responsabilidad de velar por ella y aunque no podía presentarse libremente como el hombre que la había adoptado, velaba por ella, haciéndose pasar por un vagabundo que siempre estaba cuando ella más lo necesitaba…es más con ella había convivido más que con sus propios sobrinos. Fue por ella que viajó al otro lado del Atlántico para cuidarla de cerca, para apoyarla en sus locuras y rebeldías.

En aquellos momentos Candy era aun una niña y Albert sólo sentía el deseo de protegerla.

Todo estaba bien, hasta que perdió la memoria y sus caminos se cruzaron en Chicago… fue en ese momento que todo empezó a cambiar. Él no recordaba nada y por ende no sabía que lo unía a Candy, tan sólo lo que ella le contaba.

Bebió un sorbo de la copa que mecía en su mano mientras meditaba que debió haberse ido cuando aún no había nada que lo ligara a ella…pero Candy lo encontró…sólo ella podía saber dónde encontrarlo…

La convivencia con ella fue tan fácil como respirar, como sonreír; él sabía bien que Candy tenía su corazón ocupado y no pensó que sus sentimientos estaban cambiando hasta que ella se fue a Nueva York…

Fue en ese preciso instante que comprendió que lo que sentía por ella iba más allá que una simple amistad, no necesitaba recuperar la memoria si Candy estaba junto a él.

Bebió otro sorbo mientras iba detallando todo aquello que había callado por tanto tiempo, todo lo que había ocultado, todo lo que se había negado a aceptar creyendo que era sólo amistad.

Ahora respiraba porque ella lo hacía, sonreía porque ella lo hacía, su corazón latía porque ella estaba a su lado.

Este sentimiento, hacía que por momentos se confundiera el cielo con la tierra, lo real con lo irreal, lo cálido con lo frío.

-Disculpe señor…ya vamos a cerrar – la voz del cantinero hizo que levantara la mirada

No estaba borracho, un poco mareado tal vez….pero ya nada tenía sentido, ojalá pudiera volver hacer nuevamente un vagabundo para perderse en el mundo sin dar explicaciones, sufrir en soledad era el mejor remedio para el alma…él lo sabía muy bien.

Se levantó sin ánimo de regresar a casa, se sentía perdido en medio de un sentimiento que ahora llenaba toda su alma pero con miles de incógnitas en su mente.

Todo estaba en penumbras cuando divisó la gran mansión. Al menos Candy estaría durmiendo. Lo que por una parte lo aliviaba y por otra le producía una profunda tristeza.

Entró con sigilo para no despertar a nadie. Estaba a punto de subir el primer peldaño cuando divisó con el rabillo del ojo algo blanco en el gran sofá de la sala. Giró el rostro lentamente para descubrir a Candy tendida ligeramente ahí. Su corazón dio dos golpes secos de arrepentimiento en su pecho: uno, porque no pensó que lo esperaría hasta tan tarde, y otro, porque no quería sentir esta dependencia que sentía por ella.

Se acercó lentamente para tomarla sutilmente en sus brazos, sonrió tenuemente a su pesar, mientras la llevaba a su habitación. Le hacía tan bien verla dormida…sentirla segura en sus brazos…La acercó un poco más a su pecho tratando de llenarse del sutil aroma a flores que desprendía su cabello.

Con mucho cuidado la depositó en la cama tratando de no despertarla pero al arroparla ella inevitablemente despertó.

-¿Albert? – dijo con voz soñolienta tratando de verlo en la oscuridad.

-Duerme, pequeña. Es muy tarde.

-¿Qué horas son?

-…Creo que las tres –dudo un poco antes de contestar.

-¡¿Las tres?! – repitió Candy con asombro, espantándose el sueño.

Albert nunca había llegado tan tarde.

-¿Por qué llegaste tan tarde? – preguntó preocupada.

-Tenía cosas hacer – respondió escuetamente mientras se alejaba.

Candy se mordió los labios…Albert estaba un poco ¿raro?… y tenía un ligerísimo olor a ¿alcohol? ¿Acaso había estado bebiendo?

-Espera Albert – pidió Candy, tenía que retenerlo de alguna manera su corazón le gritaba que no lo dejara ir.

-Es muy tarde, mañana hablaremos, pequeña – declaró distante

-Solo…solo…- vaciló visiblemente apesadumbrada. No sabía cómo detenerlo.

Albert totalmente atormentado por la voz suplicante de Candy, se acercó hasta el borde de la cama donde ella había intentado incorporarse. El yeso no le dejaba libertad de movimientos.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca. Candy vaciló un poco con sus manos tratando de que Albert se acercara hasta ella. Con movimientos algo torpes hizo que Albert se inclinara hasta ella. Con indecisión tocó su rostro, primero con sus dedos y luego con ambas manos. Pudo descubrir entre las penumbras la mirada acongojada de Albert. Algo andaba mal. Su corazón se apretó.

Sin saber cómo, se estiró un poco hasta rozar su nariz con la mejilla de Albert, su intención era depositar un beso ahí, pero Albert se giró lentamente y sus labios se encontraron, suaves, tibios, anhelantes. Este roce los dejó paralizados por un momento a los dos…

Albert prensó el labio inferior de ella entre los suyos y su sabor lo embriagó en un instante, casi cegado de ansias, movió su boca suavemente sobre aquellos labios inexpertos intentando abrirlos con delicadeza…fue entonces que sintió el temblor de la inexperiencia abrirse lentamente a lo desconocido, invitándolo a entrar sin miramientos en su boca…Con perplejidad su lengua exploró sutilmente el anhelado interior mientras un gemido brotaba de su garganta.

-Candy – murmuró en un susurro sordo y distante

Candy sentía que el cuerpo se le desvanecía…Albert besaba como los ángeles o mejor dicho como los dioses…nunca pensó que un beso pudiera encender todo su cuerpo…era como si necesitara succionar de él la vida misma…

Sintió como Albert tomaba su cabeza para apegarla más contra él mientras sus dedos se hundían entre los ensortijados cabellos. Cuantas veces había soñado con un beso así.

Ella movió los dedos en su rostro y quizás fue este movimiento el que lo dejó totalmente estático…aterrorizado ante lo que había hecho se alejó de forma abrupta….no era la manera de besarla. No así, no con unos cuantos tragos de más…Ella se merecía un beso con todos los sentidos y a la luz del sol.

Candy se tambaleó un poco ante su lejanía visiblemente perturbada por el beso.

-¿Albert? – preguntó Candy al ver que él se había quedado rígido.

-Mañana hablaremos…no es hora para…para conversar…ya conoces como es la tía Elroy. – se excusó tratando de ocultar la revolución de todo su interior

Candy miró como Albert se volteaba de forma rígida. Antes de salir se giró levemente sin darle la cara, era como si le quisiera decir algo…pero al final continuó su camino.

Al cerrar la puerta Albert se recargó en ella por unos instantes, tratando de acompasar su respiración, no podía hablar con ella en este estado…necesitaba estar con los cinco sentidos.

Candy se abrazó a la almohada tratando de apaciguar su corazón, sentía que flotaba…Sin darse cuenta saboreó sus labios intentando conservar el sabor de sus labios, esto era lo que llamaba un beso en toda la extensión de la palabra….era como llegar al cielo y hablar con Dios.

-Candice

Candy levantó los ojos con rapidez de su taza de leche cuando la tía abuela le llamó. Estaba en las nubes.

-¿Dígame tía abuela?

-¿Cuando se casen, seguirán viviendo aquí, verdad? – su voz dejó ver cierto temor que traspasaba sus palabras.

-Creo…que si – contestó vacilante - ¿Por qué? – preguntó algo sorprendida por la pregunta inusual.

-Bueno…porque…Will…

-Buenos Días – saludó Archie que acababa de entrar al comedor.

La anciana tuvo que guardar sus incógnitas para cuando estuviera sola con Candice.

-¿Y Albert ya se fue a la oficina? – preguntó Archie al ver que no estaba en la mesa.

-Aun no se levanta – respondió la tía abuela con su habitual tono rígido que no permitía otra pregunta.

-¿Qué raro no? – dijo como para si mismo Archie.

Candy inclinó la cabeza tratando de ocultar su sonrojo cuando escuchó su nombre. Su corazón respondió con un latido seco y a su mente llegó el recuerdo de aquel beso en medio de la oscuridad mientras escondía un suspiro que salió de su alma.

-¿Y qué tal tu visita de ayer Candy? - preguntó Archie con naturalidad.

Albert estaba por ingresar con una gran sonrisa al comedor cuando escuchó la pregunta de su sobrino. Se quedó estático.

-Estuvo divertida, no me había dado cuenta, cuanto había extrañado conversar así.

-Me lo imagino – añadió Archie divertido.

-Es como si el tiempo no hubiera pasado – la voz de Candy revelaba emoción y felicidad entremezcladas.

La respiración del rubio se detuvo, él había bajado dispuesto a decirle todo lo que sentía a Candy….dispuesto a poner el corazón en sus manos…estaba a punto de darse la vuelta cuando el mayordomo lo saludó.

-Buenos días Señor Andrew.

-Eh…buenos días.

Entró casi por inercia al comedor. Queriendo más bien huir de aquel lugar.

-Buenos días – saludó haciendo un esfuerzo por esbozar una sonrisa – Perdón por el retraso – se disculpó mientras se sentaba en la cabecera de la mesa.

-No te preocupes, hijo – contestó inmediatamente la tía Elroy.

Candy buscó la mirada de Albert con una sonrisa, pero contrariamente a otras veces él ni siquiera la miró.

-Sólo quiero un café bien cargado, gracias – pidió a la muchacha de servicio que se acercaba con una cafetera.

-En seguida señor.

-Y dime Candy . – continuó Archie con sus preguntas – ¿Cuándo va a regresar?

-Hoy – respondió Candy con una sonrisa de ilusión, tratando de pasar por alto el hecho que Albert no la mirara, tal vez, él también se sentía incómodo por el beso.

-Debiste pedirle que se quedara en la casa Candice – espetó la tía abuela

-Lo hice, pero no quiso. – contestó la rubia

-¿Al menos le invitaste al almuerzo? – dijo con cierto reproche

-Si tía, lo hice

-Bien, no quiero que piense que los Andrew no somos hospitalarios.

Albert estaba que se atragantaba el café ante la conversación. Estaba confundido, por un lado le molestaba de sobremanera la manera que Candy hablaba de su visita y por otra, no entendía porque tanta amabilidad con Terry por parte de su tía.

Lo mejor era irse de inmediato a la oficina. Como pudo, terminó de tomarse el café y se levantó con una disculpa.

-Si me disculpan, ya me voy. Se me hizo tarde, tengo una reunión.

-¿Vendrás al almuerzo? – preguntó Candy, casi cuando Albert cruzaba el umbral.

Albert se detuvo un instante…

-Haré lo posible – contestó fríamente mientras se alejaba a paso raudo del comedor.

Todos intercambiaron una mirada de extrañeza. Candy se mordió los labios, estaba segura que algo le pasaba a Albert. Su corazón se encerró en una caja de metal.

Cuando George llegó a la oficina, encontró a Margarita toda atareada escribiendo unos oficios.

-¿Mucho trabajo? – preguntó con naturalidad el moreno

-Buenos días señor Johnson – saludó Margarita con una sonrisa rápida – Parece que el Señor Andrew no está de muy buen humor – confesó incómoda

-¿No lo puedo creer? – acotó George incrédulo

-Créalo….ya me hace repetir tres veces el mismo oficio – añadió apenada.

George se enderezó un poco…tal vez la visita del joven Grandchester había sido más mala de lo que pensaba.

Ingresó a la oficina y encontró a Albert mirando con detenimiento unos documentos.

-Buenos días William.

-Hola George – apenas levantó la mirada.

-¿Todo bien? – sondeó

-Muy bien - contestó seco, mientras se hundía nuevamente en los papeles.

Su rostro estaba tenso y se notaba que no tenía buen aspecto.

-Ya está listo el oficio, señor – dijo Margarita con el papel en la mano

-Déjalo ahí – habló con frialdad – Necesito las estadísticas de hace un mes.

-Si señor, enseguida.

-Pero esas ya las archivamos – añadió George

-Quiero verlas nuevamente

-Entiendo

Se notaba que su genio no era el mejor de todos. Y estaba más que seguro que cierta rubia tenía mucho que ver en esto…

Archie también se dio cuenta del genio de Albert en cuanto llegó, y lo peor era que empeoraba mientras la mañana avanzaba.

-Creo que deberíamos mandar a traer a Candy – meditó para sí mismo mientras salía de la oficina de su tío con unas cuantas cosas por hacer.

-Es una buena idea – completó George mientras intercambiaban una mirada cómplice entre los dos.

Margarita se limitó a mirarlos con ansiedad. Nunca había visto tan molesto a su jefe, dudaba que la tal Candy pudiera hacer algo para tranquilizarlo.

George entró con unas cuantas carpetas mientras gestaba una idea que tal vez mejoraría el genio de su jefe.

-Aquí tienes los informes de los últimos meses del banco.

-Gracias

-Este…William – lo llamó algo vacilante

Albert enfocó sus ojos azules con impaciencia sobre el moreno.

-¿Puedo preguntarte algo personal?

-No quiero hablar sobre Terry – dijo cansinamente.

-En realidad mi pregunta era sobre la señorita Candy y Margarita – soltó el moreno con segunda intención

Albert frunció el ceño sin entender mientras lo miraba con aprensión.

-Me preguntaba que tendría la señorita Candy contra Margarita – dijo como si el mismo se preguntara.

-¿A qué te refieres?

George simuló una sonrisa, sabía que por ahí podía cambiarle el genio.

-Ayer cuando regresé a la mansión, la señorita Candy me preguntó por ti. Cuando le dije que te habías quedado en la oficina se puso muy triste, demasiado diría yo. Entonces cuando estaba por salir me dio alcance y me hizo una pregunta poco convencional…- George guardó silencio a propósito

-¿Qué te preguntó? – preguntó con impaciencia

-Que si te habías quedado sólo con Margarita en la oficina – levantó su ceja mientras esperaba que William procesara esa información.

Albert sonrió apenas. Era una buena señal.

-Cuando le contesté que "no", sonrió aliviada – continuó mientras comprobaba con agrado como William cambiaba sus gestos adustos a unos más relajados.

Esperó un poco, sabía que William no necesitaba muchos datos para llegar a sus propias conclusiones.

-Tengo la ligera impresión que está celosa de Margarita. Porque antes de retirarme me pidió que no te mencionara el asunto.

-¿Y por qué lo mencionaste? – preguntó con cierto reproche

-Porque quería que cambiaras esa cara de muerto viviente que has tenido toda la mañana. – sonrió – Estoy seguro que la señorita Candy me perdonará la indiscreción, sabiendo que era por una buena causa.

Los dos intercambiaron una sonrisa.

-Lo siento – se disculpó Albert

-No tienes que disculparte. ¿Pero puedo saber qué es lo que te tiene tan molesto? – la confianza que tenían hace tanto tiempo le daba a George la libertad de preguntarle cosas tan directas.

Albert desvió su mirada mientras entrelazaba los dedos de sus manos y se los llevaba al mentón.

-Candy está muy contenta con la visita de Terry. – confesó

-¿Qué? – preguntó George confundido.

-Ayer Candy recibió la visita de Terry y está muy feliz con esto, sé que no debería incomodarme, pero no lo puedo evitar, pese a que yo mismo le di la dirección a Terry para que la visitara.

-¿Estás seguro de eso? – preguntó George

-Claro, hoy en la mañana todos conversaban amenamente de la vista de Candy.

George levantó una ceja con resignación mientras ocultaba una sonrisa.

-Es más, hasta le invitaron a comer y nadie me hizo partícipe de eso. – confesó molesto.

-Pero es tu casa, deberías ir- añadió George con segunda intención

-¿Crees que deba presentarme?

-Estoy seguro – afirmó George con algo parecido a una sonrisa pícara- Además así aclararás ciertos malos entendidos.

-¿Malos entendidos? – preguntó Albert

-Así es. – confirmó – Es mas creo que ya deberías irte, si quieres llegar antes que "el invitado"

-¿Tú sabes algo George? – preguntó al notar claramente la inflexión en las palabras de George

-Nada que pueda preocuparte.

Albert lo miró de reojo. Sabía que George le ocultaba algo, no era ningún idiota.

Pero fuera lo que fuera lo descubriría. Tomó su chaqueta y salió directo a la mansión. Tampoco dejaría el terreno libre tan fácilmente…y menos si era en su propia casa…

Continuará…


NOTAS DE LA AUTORA:

Gracias por leer el capítulo 10 de IN FRAGANTI, espero que lo estén disfrutando como yo al escribirlo.

Quiero agradecer de todo corazón a todas las chicas lindas que me leen y me hacen el enorme favor de enviarme sus comentarios y su apoyo.


Capítulo Re-editado, re-masterizado y re-cargado. Gracias a todas y cada una de ustedes mis queridas lectoras y amigas pues gracias a cada uno de sus reviews In Fraganti hoy llegó a los MIL reviews! gracias, para mi significa muchísimo, no se imaginan cuanto su apoyo por medio de un review!