Capítulo 9
Albert se negaba a abandonar la habitación de la posada en la que Candy permanecía inconsciente desde hacía horas. Los remordimientos atormentaban su alma y la angustia de perderla estaba a punto de volverlo loco. Ahora sabía que la falsa alarma sobre el ataque obedecía a una estrategia de distracción para poder llevarse a su esposa. Lamentaba no haberla protegido mejor, al igual que Akir. El viejo no podía disimular la preocupación y el arrepentimiento. Él también había picado el anzuelo cuando habían entrado en la posada a buscarlo porque Desmon reclamaba su presencia. Necesitaban su ayuda, estaban atacando Carlisle de nuevo. Aquel soldado, vestido con los colores de los Balliol, le había prometido vigilar la posada hasta su regreso. Había sido un necio. Solo cuando encontró a Desmon hablando con Anthony y Albert, y este último lo amonestó por haber dejado sin vigilancia a Candy, entendió que algo que no iba bien. Apenas tardaron unos minutos en llegar, pero la hija del posadero les advirtió que la señora había salido acompañada de otro hombre. El resto había sido una carrera desesperada hasta que la habían encontrado y terminado con aquellos malnacidos.
La mujer del posadero y su hija hacían todo lo que podían para bajar la temperatura de la joven, pero no parecía suficiente. La herida de la parte posterior de su cabeza no tenía buen aspecto y la fiebre confirmaba la infección. Albert había ordenado buscar a la curandera del poblado, pero para su desesperación, la anciana no se encontraba en Cumbria.
—Volveré con ayuda —había prometido Akir, pero de eso ya hacía horas y todavía no había regresado.
—¿Cómo se encuentra? Bruce entró en la estancia y observó la palidez de la joven.
—No despierta… No sé qué más hacer ni a quién acudir. —Albert se pasó las manos por el cabello con desesperación y comenzó a caminar de un lado a otro.
—Debemos esperar. —Bruce guardó unos minutos de silencio—¿Quién quiere a vuestra esposa, Andrew? ¿Y con qué propósito? Si hubiesen querido matarla, lo habrían hecho aquí, mientras no había nadie vigilando.
Albert apretó los dientes. No, era evidente que no solamente buscaban su muerte. Según el asaltante, tenía que entregársela a un anciano.
—¿Qué está haciendo Balliol al respecto? ¿Ha encontrado al hombre que vino a buscar a mi mujer?
El nieto de Bruce aprovechó para llamar a la puerta en ese momento. Albert no quería a nadie más allí dentro, así que se acercaron a la puerta para recibir las noticias del joven Robert.
—Hay una deserción entre los hombres de Balliol. Nadie lo ha visto desde ayer y la descripción de la joven posadera corresponde con la de su soldado.
—¡Maldita sea! —protestó Albert
—Balliol da su palabra de que no ha ordenado atentar contra vuestra esposa.
—Las palabras se las lleva el viento. —Albert apretó las mandíbulas y golpeó con su puño la pared que tenía enfrente.
—También dice que pudo ser alguno de nuestros hombres vestido de sus colores para inculparlo —siguió el joven Bruce.
—¡Esto es el colmo! —se enfadó su abuelo.
—Y aquí tenemos el motivo del secuestro de tu esposa, Albert —les interrumpió Anthony, que se había mantenido en un segundo plano todo el tiempo, pero sin dejar a Albert a solas en la habitación ni un solo momento.
Su comentario llamó la atención de los tres hombres.
—Un nuevo enfrentamiento entre los Bruce y los Balliol rompería el equilibrio de paz otra vez. Vos, acusaríais a Balliol, las pruebas así lo señalan. Pero ¿qué motivos podría tener él para atentar contra Candy? A él le conviene tanto como a vos mantener la paz. El rey Eduardo evalúa la situación para tomar una decisión, no nos conviene mostrar roturas. Pero si Balliol se siente atacado por vos, os acusará de haberlo manipulado todo para hacerlo parecer culpable. Mientras, el verdadero responsable está escondido y observa cómo se desarrollan los acontecimientos.
—Es un razonamiento muy inteligente —lo alabó Bruce.
—Quiero al hombre que se llevó a mi mujer y que venga una curandera de una maldita vez. Es todo lo que me importa ahora.
Albert entró en la estancia y cerró la puerta tras él. Cada vez que miraba a Candy de nuevo, la veía más pálida y demacrada. Tenía las ojeras más marcadas y los labios blancos y resecos, lejos del rojo apetitoso y excitante que lucía siempre.
Durante horas veló su sueño inquieto y febril, acarició su rostro y susurró promesas como letanías en sus oídos para calmarla.
Hacía más de un día que la joven se encontraba en ese estado y no mejoraba. Bruce le había dicho que tenía que prepararse para lo peor, pero no estaba listo para dejarla marchar. No quería ni siquiera oír la posibilidad de que no pudiera reponerse.
—Vuelve, Candy. No se te ocurra desobedecerme en esto. Tu lugar está aquí, conmigo —susurró junto a su frente al tiempo que acariciaba su cabello.
Aquella fierecilla se le había colado bajo la piel desde el mismo momento en que la vio. Siempre había estado en sus pensamientos, incluso cuando iba a desposarse con su hermana. La había castigado con su comportamiento cuando en verdad el único culpable de todo había sido él. ¿Qué culpa tenía ella de haberlo obsesionado? ¿De qué podía acusarla, sino de haber sido la más sincera de los dos? Candy había sido lo suficientemente valiente para confesarle sus sentimientos, sin embargo, él solo había sido capaz de intentar demostrarle que para él, ella era una obligación. La había acusado de no asimilar su nueva situación cuando era él el que había estado viviendo en el pasado. Candy era ahora su esposa, y él se encargaría de que ocupara el lugar que le correspondía por pleno derecho.
—No permitiré que me dejes. Palabra de Andrew —Tomó la fría mano de su esposa y apoyó la cabeza sobre el jergón. Hacía más de un día que no pegaba ojo y, contra su voluntad, no pudo evitar que los ojos se le cerraran. En mitad de la noche, se despertó sobresaltado, no recordaba haberse dormido. Se incorporó y tomó el rostro de Candy entre sus manos para evaluar su estado.
—Mi señor. —Albert se giró asustado al escuchar la voz de una mujer en la estancia. Se sorprendió al reconocerla, se trataba de Dorothy la criada que había atendido a Candy en la abadía de Scone— La fiebre no aumenta. Es buena señal.
Aturdido, colocó una de sus grandes manos sobre la frente de Candy. Efectivamente, parecía descansar más tranquila.
—Os preguntaréis qué hago aquí.
—Akir… —murmuró Albert con voz ronca.
Dorothy asintió.
—El obispo Fraser ha dado su permiso para que cuide de la señora.
—¿Cómo se encuentra?
—Está muy débil. Según la posadera, desde su llegada, la señora no se ha alimentado como es debido. Si a eso sumamos la ansiedad por los cambios en su vida y la infección de la herida…
—¿Mi esposa no comía como es debido? —la interrumpió.
—Eso me han dicho.
—No sabía que Candy no se alimentara correctamente.
—Parece ser que hay muchas cosas de vuestra esposa que desconocéis, ¿no os parece?
En otras circunstancias, habría castigado la insolencia de la mujer echándola de la posada. Pero la necesitaba. Ahora no podía más que darle la razón y aguantar escuchar verdades como puños. Entre sus deberes como esposo estaban cuidar y proteger a Candy, cosa que no había hecho con demasiado éxito hasta el momento. Con su comportamiento bélico, distante y rígido, había terminado por asfixiar el carácter de su esposa.
—Saldré a por más agua y trapos limpios para curar la herida de nuevo, mi señor.
Albert asintió sin dejar de mirar a Candy. Cuando Dorothy estuvo a punto de irse, se paró y decidió preparar al laird por lo que pudiera suceder.
—Traeré otra infusión para bajarle la fiebre, pero… debéis saber que es posible que el golpe que sufrió le haya producido daños que no son visibles.
—Traed esa infusión —Albert la cortó. No quería escuchar la posibilidad de que Candy se rindiera. Era demasiado cabezota. En eso sí que la conocía, en su tenacidad y perseverancia.
Horas después, Candy comenzó a sudar y a removerse inquieta. Albert incansable, refrescó su frente y su cuello con un paño.
—Albert —Anthony asomó la cabeza por la puerta—, debo hablar contigo.
—No quiero dejarla sola.
—Dorothy la cuidará como hasta ahora, no temas.
—No temo. No le va a suceder nada malo.
—Por supuesto. Tú nunca lo permitirías. Ahora, sal.
Dorothy tomó el relevo de Albert y este salió a la puerta de la posada acompañado por su hermano. Aspiró el aire fresco de la mañana y dejó que el sol calentara su cuerpo, su alma necesitaba otro tipo de calor y ese solo lo podía encontrar arriba, junto a Candy.
—Bruce y Balliol se marchan —anunció Anthony.
—Lo esperaba.
El día anterior, Desmon había regresado tras estar buscando al desertor. Pero parecía que se lo había tragado la tierra. Ahora estaba tratando de recomponer Carlisle y ya había tomado las riendas como laird del clan White. El funeral por su familia se había realizado sin la presencia de Albert y Candy. Un acto político más para demostrar la unidad de clanes, que nada tenía que ver con el sentido adiós que su esposa habría ofrecido a su familia. Ya nada retenía a los nobles allí.
—Desmon trajo a algunos hombres de Irlanda, pero no son suficientes para garantizar su seguridad.
—Dejaremos algunos de los nuestros antes de partir.
—Sabía que dirías eso. Pero necesitaremos refuerzos para regresar a casa. He pensado en ir a buscar a más hombres a Lakewood.
Albert apoyó una mano sobre el hombro de Anthony. Por primera vez en mucho tiempo volvió a sentir la calidez de su afecto y se olvidó de la rivalidad entre ellos.
—Me alegra poder contar contigo, hermano.
Anthony palmeó su espalda. Conocía demasiado bien a Albert como para tomarse en serio su mal humor.
—¿Puedo entrar a ver a Candy antes de marcharme?
Albert asintió, cansado, y lo acompañó hasta sus aposentos. Ambos se colocaron al lado de la cama de Candy y la observaron con preocupación. Sudaba a mares y se removía inquieta. Dorothy sonrió a Albert ante su desasosiego.
—La fiebre está bajando, mi señor —le explicó.
Un suspiro de alivio salió de los labios de Albert, Anthony sonrió y se agachó para besar a Candy en la frente, bajo la atenta mirada de su hermano. Cuando se retiró, esta abrió los ojos y lo miró asustada. Intentó moverse, huir, pero el dolor de cabeza se lo prohibió y la obligó a permanecer inmóvil.
—¡Quieta! —Albert apartó a un lado a Anthony sin demasiados miramientos, se sentó a su lado y la sujetó por los hombros, aliviado y agradecido de poder disfrutar de nuevo de esos ojos que contenían todas las tonalidades de verde.
Cuando Candy reconoció a Albert a Anthony, y la habitación de la posada, se derrumbó por completo.
—Lo siento, Albert… —comenzó a sollozar—. Me dijo que… Y no quería…
—Lo sé todo. No, no tienes nada que lamentar. No fue tu culpa, Candy. Yo sí que siento no haberte protegido como debía. Perdóname, por favor.
Ante esa estampa, Dorothy y Anthony se retiraron en silencio para dejarles intimidad.
Candy se fijó en el aspecto de su esposo. Albert llevaba barba de varios días y profundas ojeras que resaltaban más aún el azul de sus ojos. Alargó la mano y acarició con sus dedos las sombras violáceas, pero de inmediato dejó caer la mano, avergonzada, como si no tuviera derecho a tocarlo y hubiese cometido un acto inapropiado. Pero necesitaba tocarlo y que él la tocase, la abrazase y borrara los recuerdos de su mente. Cerró los ojos con fuerza y de nuevo las lágrimas se derramaron hasta la almohada.
Atento a todas sus reacciones e intuyendo sus pensamientos, Albert se sentó a su lado en la cama, tomó la mano que Candy había dejado caer y la enterró entre las suyas. Una especie de euforia mezclada con la angustia de los últimos días lo recorría. Durante el periodo que su esposa había estado inconsciente, había tenido tiempo más que suficiente para recapacitar sobre su relación. Aunque lo hubiese acusado de estar ciego, no era tan necio como para no darse cuenta de que albergaba algún tipo de sentimiento por ella. Estar a punto de perderla, verla indefensa debajo de aquellos malnacidos… Cada vez que lo recordaba se ponía enfermo.
Levantó la mano de Candy y la puso sobre su mejilla de nuevo. Necesitaba su contacto, ahora no soportaría que ella se alejara de nuevo. Besó la palma con adoración y la dejó apretada entre las suyas sobre su regazo. En los ojos de su esposa podía ver el desconcierto por sus atenciones, casi no osaba ni a respirar.
—¿Cómo te encuentras?
—Me duele la cabeza… —murmuró la joven. De pronto se acordó de algo y se incorporó de golpe. Solo que el mareo hizo que casi se derrumbara sobre la cama de nuevo y acabó desplomada sobre los brazos de Albert—. ¡El funeral!
—No te preocupes por eso, Candy.
—No estuve para ellos cuando más me necesitaban y ahora tampoco he estado en su adiós —comenzó a llorar de manera inconsolable. Albert la abrazó y acarició con cuidado su cabello.
—Solo fue un acto político. Les daremos el adiós que quieras cuando estés recuperada.
Candy asintió, poco más podía hacer. Se sentía cansada, dolorida y… asqueada.
—Pediré a Dorothy que te prepare otra infusión de corteza de sauce blanco. —Albert intentó levantarse, pero Candy lo retuvo.
—Gracias por defenderme de esos… —Un escalofrío recorrió su espalda al recordar las sucias manos de aquel indeseable recorrer su cuerpo, y empezó a temblar.
Albert la abrazó con fuerza.
—Candy, dime que ese desgraciado no llegó a… —no sabía cómo formular la pregunta—. ¿Te tocó entre las piernas?
Apretó los dientes con fuerza al tiempo que sujetaba a Candy por los
hombros para observar su reacción. Estaba casi seguro de haber llegado a tiempo de evitar la violación, aun así, no podía librarse del sentimiento de rabia. Aquel hijo de Satán la había tocado, había profanado el cuerpo que él ansiaba y adoraba a partes iguales. Temía que a partir de ahora, Candy sintiera rechazo a cualquier tipo de contacto.
—Puso sus manos sobre mi cuerpo. No podía defenderme. —Se removió inquieta y Albert la soltó, preocupado por su nerviosismo—Necesito un baño. Quiero lavarme.
Comenzó a tirar del cordel de la camisola y a empujar la tela que cubría sus hombros hacia abajo. Albert sujetó sus manos y controló el tono de voz todo lo que pudo.
—Candy, has tenido mucha fiebre. No es conveniente un baño ahora. Podrías enfriarte y empeorar tu salud.
La joven levantó el mentón. Su actitud era desafiante aunque le temblaba la barbilla de manera adorable, y lo miró con ojos vidriosos.
—Tomaré un baño.
Albert suspiró e hizo lo único que podía hacer para no alterarla más: acceder.
—Me encargaré de que mantengan caldeada la habitación y de que el agua no esté fría. No te muevas hasta que regrese, no te levantes. Primero tomarás esa infusión.
Esta cesión a sus exigencias, sin reproches, la sorprendió. Algo había cambiado en su marido. Quizá se mostraba más condescendiente por su enfermedad, pero había una sutil diferencia en él, en su mirada. Una calidez nunca vista antes. Lo miró con recelo, ¿sería lástima lo que sentía por ella? Se sentía patética. En pocos días se había declarado a un hombre que no la amaba, había reclamado tener más libertad para después, de manera más que inocente, haber acabado presa de unos indeseables… Se negó a seguir pensando en lo sucedido porque la vergüenza la embargaba. Cuando vio que Albert ya estaba en la puerta dispuesto a salir, volvió a centrar su atención en deshacerse del camisón.
Albert antes de marcharse de la estancia, se volvió una última vez para asegurarse de que no pretendía levantarse. No obstante, la visión de Candy desnudándose lo dejó anclado al suelo. Tragó saliva y se deleitó con la redondez de sus pechos, libres bajo la tela, y que oscilaban con naturalidad con cada movimiento. Contuvo el aliento cuando ella, con ademanes lentos, se quitó la prenda y el frío erizó sus pezones.
Haciendo acopio de valor, Albert tomó con fuerza el pomo de la puerta, sintiéndose un miserable por observarla a su antojo sin que ella hubiese advertido su presencia. Después de la experiencia que acababa de sufrir su esposa y de las fiebres, no podía desear que le entregara su cuerpo. Sin embargo lo hacía.
—Cúbrete hasta que esté todo dispuesto —le dijo con voz ronca, ahora de espaldas a ella, dispuesto a marcharse y resistir la tentación—. Llamaré a Dorothy y ella se encargará de atenderte.
Candy se sobresaltó. Pensaba que Albert había salido, estaba demasiado ocupada evitando que sus movimientos acentuaran el dolor de cabeza como para darse cuenta de que su marido todavía estaba allí. Se cubrió con la sábana hasta que la puerta se cerró y, ahora sí, se quedó sola.
Mientras Dorothy atendía a su esposa, Albert aprovechó para sentarse junto a sus hombres, y los de Desmon, que compartían mesa, para ponerse al día de los últimos acontecimientos. Desmon lo observó atento, el suficiente tiempo como para que Albert empezara a molestarse. Levantó el mentón y lo desafío, dispuesto a desfogarse a golpes si era preciso con el tío de Candy. Pero para su sorpresa, este le dedicó una media sonrisa y le tendió una jarra de cerveza.
—Tenemos una conversación pendiente, Andrew —Desmon agarró su vaso y salió de la posada, seguro de que Albert lo seguiría.
Bebió un largo trago, suspiró y palmeó la espalda de Gregor antes de ir al encuentro de Desmon. Una vez fuera, lo encontró casi al borde del bosque, observando cómo los árboles se mecían con el viento.
—He oído que Candy ya se encuentra mejor.
—Así es.
Desmon apuró su vaso.
—Quiero venganza, Andrew. Quiero que los asesinos de mi hermano y mi sobrina paguen por su muerte, y quiero que los que han intentado llevarse a Candy sufran lo indecible. Estaréis de acuerdo conmigo en que se trata de los mismos asaltantes, ¿cierto?
—Sin lugar a dudas.
—No confío en los nobles. Ahora prometen justicia, pero si más adelante les conviene pasar por alto y olvidar la muerte de mi familia, lo harán. Son interesados y taimados. Todos. Sin excepción.
Albert lo entendía a la perfección. Por sus maquinaciones y conveniencias se había visto obligado a retrasar su matrimonio con Camille Si no les hubiese hecho caso, posiblemente ahora seguiría viva y a salvo en Lakewood. De pronto, otro pensamiento cruzó por su mente. ¿Pero quién le decía que ahora no estarían lamentando la muerte de Candy? Sintió una opresión en el pecho que lo obligó a hacer una inspiración profunda.
—Quiero una alianza con vos. —Desmon se giró y se puso frente a Albert.
—Yo también quiero vengar la muerte de vuestra familia y la agresión a mi esposa. Amaba a Camille y me la arrebataron apenas dos días antes de la boda. Y ahora han estado a punto de llevarse a mi mujer y de Dios sabe qué más pensaban hacer con ella. Creedme. Estoy con vos en esto.
—Caminaremos solos. No podemos confiar en nadie, esta alianza es solo nuestra. Si los encontramos, no habrá más ley que nuestra espada. No obedeceré intereses de los nobles, ¿me entendéis?
Albert tendió el brazo y apretó el de Desmon.
—Estamos juntos. Palabra de Andrew.
—Promesa de White —apretaron sus antebrazos—. No obstante, mi advertencia sigue en pie. No le hagáis daño a Candy, y si lo hacéis, que Dios os libere de vuestros pecados porque yo no lo haré. Ya no solo porque me encargaré de haceros sufrir de la manera más retorcida que se os ocurra, sino porque cuando la perdáis, os sentiréis tan desgraciado, que os daréis cuenta de cuánta falta os hacía y cuán hondo había calado en vos. Quedáis avisado.
—Guardaos vuestras amenazas e invertid vuestros esfuerzos en reconstruir Carlisle. Candy ahora es mi mujer, es cosa mía. Preocupaos por vuestro clan y a ella dejádmela a mí.
Desmon torció el gesto. No pensaba olvidarse de su sobrina, pero entendía la postura de Albert. Si estuviera casado, tampoco aguantaría que se inmiscuyeran en sus asuntos. No obstante, no lo estaba.
Se encaminaron de nuevo a la posada. Albert bebió otra jarra e intentó concentrarse en la conversación de sus hombres, pero lo único en lo que era capaz de pensar y que ocupaba su mente de manera obsesiva era la sensual imagen de Candy despojándose de la ropa. Lo hacía de manera totalmente inocente, pero eso no evitó que se excitara todavía más.
Tiempo después, Dorothy bajó al salón en su búsqueda. Candy ya había tomado su baño, la infusión y dormía plácidamente. Se levantó, ansioso de volver junto ella, y entró en la estancia. Al acercarse a la cama acarició su frente para comprobar que no tenía fiebre y se recostó en la cama con cuidado de no despertarla. Observó su rostro relajado, las largas pestañas descansar sobre sus pómulos, sus labios ahora de color rosáceo, la línea de su cuello y la depresión entre sus pechos adornada por el colgante de su madre. Acercó la nariz debajo de su oreja y aspiró su particular aroma, solo ella olía así. Podría reconocerlo en cualquier lugar. Observándola a sus anchas, y agotado como estaba del sueño acumulado en los últimos días, se dejó vencer por el cansancio.
Despertó a la mañana siguiente, sobresaltado. No se había despertado ni siquiera para la hora de la cena. Sin embargo, observó que en la mesilla de noche, junto a Candy, había un plato de sopa vacía. Se alegró de que ella sí que se hubiese alimentado. Ahora descansaba visiblemente recuperada. Se aseó y bajó para desayunar y hablar con sus hombres. Había una cuestión que le preocupaba y debía tomar medidas cuanto antes. Anthony había marchado el día antes hacia Lakewood y aún demoraría cuatro días, como pronto, en regresar. Ahora era primordial organizar la seguridad de Carlisle. En el salón encontró a Dorothy acompañada de Akir. Ambos comían en agradable silencio. En cuanto se acercó, la mujer entendió lo que le iba a pedir y subió presta a hacer compañía a su mujer.
Ahora que Anthony se había marchado en busca de refuerzos, los había dejado más desprotegidos. Tendrían que reunir a los muchachos más jóvenes y valerosos del clan White y adiestrarlos. En cuanto se dirigió a Carlisle comprobó que Desmon ya se había puesto manos a la obra. Organizó la defensa del poblado y ayudó a Desmon a entrenar a los jóvenes. No volvió a la posada hasta el mediodía.
Habló con Dorothy varias veces cuando la mujer salía de atender a Candy; parecía que estaba mucho más recuperada, comía, y con el descanso, los dolores de cabeza habían remitido.
Ya al anochecer, se bañó en las aguas frías del río y regresó a la habitación. Había estado todo el día forzando su cuerpo para que al llegar la noche cayera rendido y no le costara conciliar el sueño. Estaba visto que era la única manera de poder dormir en la misma cama que su esposa.
Para su sorpresa, la encontró de pie junto a la chimenea, apenas cubierta por una camisola, sacudiendo con sus manos su rizado cabello para secarlo frente al fuego. Acababa de tomar otro baño y el aroma a flores dominaba la estancia. Se acercó unos pasos hasta que el dulce olor del jazmín lo envolvió.
—¿Te encuentras mejor?
Candy dio un paso atrás asustada, tropezó con la silla y a punto estuvo de caer si Albert no hubiera tirado de ella y ahora la sujetara por la cintura.
—Me habéis asustado —murmuró a poca distancia de su rostro.
—Lo siento. No pretendía hacerlo. Más bien todo lo contrario, quería mostrarte mi presencia.
La respiración agitada de Candy propiciaba el roce de su pecho contra el de Albert. La palidez de su rostro contrastaba con el sonrosado color de sus mejillas calentadas frente al fuego. Bajo la atenta mirada de su esposo, la punta caprichosa de su lengua eligió ese mismo momento para humedecer los labios resecos por su respiración agitada.
El cuerpo de Albert reaccionó de inmediato, apretó con más fuerza el de Candy contra el suyo y encajó la cadera contra la de ella. Así, con sus cuerpos pegados, Candy notó al momento la fuerza del deseo de su esposo. Abrió los ojos sorprendida y vio cómo las pupilas de su marido se dilataban hasta oscurecer sus ojos azules y convertirlos casi en negros. Un escalofrío de anticipación recorrió su espalda y sensibilizó más aún sus pezones.
Confundiendo el temblor de Candy con miedo o repulsión después del ataque, la soltó muy despacio y se alejó de ella. Por el bien de Candy, y por el suyo propio, debía zanjar de una vez por todas el asunto de sus asaltantes.
—Candy, tenemos que hablar de lo sucedido. Necesito que me des todos los datos que puedas. Si no te sientes con fuerzas, podemos posponerlo, pero cuanto antes lo afrontemos mejor.
Ella asintió y se dejó caer en la silla que había frente al fuego.
—Háblame del hombre que vino a buscarte. —Se acuclilló junto a ella y la observó con atención.
—No lo había visto nunca. Me dijo que lo habíais enviado para que me llevara junto a vos y que debía custodiarme. Yo en un principio me negué y le pregunté por qué no habíais enviado a Akir. Me dijo que lo ignoraba, pero que si yo así lo prefería, él os diría que me negaba a obedecer vuestras órdenes. Yo tuve miedo de haceros enfadar de nuevo…, no quería discutir con vos. Así que acepté acompañarlo.
Albert apretó la mandíbula. Había recriminado tantas veces su desobediencia, que la había privado de poder de decisión y, ya puestos, de sentido común.
—No fue tu culpa.
Ella lo miró con recelo.
—¿No estáis enfadado conmigo? —murmuró.
Albert negó con la cabeza, se arrodilló en el suelo, frente a sus piernas, y apoyó las manos en sus muslos. El calor de su contacto traspasó la tela de la camisola y le calentó la piel más que las llamas que avivaban el fuego. No fue consciente de que lloraba hasta que con delicadeza él le secó las lágrimas. Ese gesto, acompañado de los sentimientos de los últimos días, la hicieron precipitarse en sus brazos. Se abalanzó sobre él, rodeó su cuello y enterró la cara en el hueco de su garganta. La reacción lo sorprendió tanto que tardó unos instantes en corresponder a su afecto. Ver la vulnerabilidad de Candy lo afectaba demasiado, prefería mil veces verla enfadada que hundida. La rodeó por la cintura, subió sus fuertes manos hacia su cabello y acarició sus rizos. Notó la suave humedad de un beso en su cuello. La sorpresa lo paralizó al tiempo que cada centímetro de su piel se erizó por su contacto. Candy apenas levantó su rostro, acarició con su nariz el hueco debajo de la oreja de Albert y aspiró su aroma. Olía a hierba fresca y madera recién cortada. A masculinidad y a excitación. Comenzó a besar su mandíbula ensombrecida por la creciente barba hasta llegar a la comisura de sus labios, donde se detuvo y lo miró implorante.
—Besadme. Acariciadme para que pueda olvidar. Solo quiero recordar las caricias de vuestras manos y vuestros besos sobre mi piel. Os necesito —pidió desesperada.
Nada pudo ni quiso hacer él ante tal invitación. La tomó en brazos y caminó con ella hasta la cama, la recostó con cuidado, cubrió con su cuerpo el de Candy y colocó ambas manos al lado de su cabeza. Comenzó besando su frente y fue descendiendo por su mejilla con besos lentos y cortos hasta llegar a la comisura de sus labios. Se detuvo un momento, haciendo un esfuerzo de contención, para tomarse su tiempo en besarla. En aprenderse la textura de sus labios, el roce húmedo y dulce de su lengua y beber de sus suspiros. Siguió con sus atenciones por su mandíbula y bajó por el cuello hasta el hueco de la clavícula. Con delicadeza, arrastró la tela de la camisola y dejó al descubierto un pecho. Perfecto en su plenitud. Con la misma paciencia deslizó el otro hombro, despacio, dándole tiempo para que fuera asimilando sus atenciones. La dejó desnuda de cintura para arriba, tan solo el medallón adornaba su escote. Se apoyó en un codo y fue trazando espirales con sus dedos sobre la piel del busto de Candy hasta llegar a su pezón. Se entretuvo jugueteando con él hasta que los jadeos de ella le indicaron que podía continuar. Sustituyó con delicadeza el dedo por la lengua, los humedeció y presionó ligeramente con los dientes mientras movía su cadera contra la de ella. Ante las caricias turbadoras de su marido, levantó la pelvis. Sus acciones eran conducidas por la intuición y sus gestos se ceñían simplemente a la búsqueda del placer que Albert le ofrecía. Se frotó de manera inconsciente contra el endurecido miembro de Albert y abrió los ojos sorprendida por la agradable y excitante sensación que se expandió por su cuerpo. Con la intención de poner fin al tortuoso roce de Candy, fue descendiendo por su cuerpo al tiempo que arrastraba la prenda que la cubría. Succionó su abdomen, besó su ombligo y evitó conscientemente acercarse a los rizos dorados que coronaban su pubis. Cuando por fin se deshizo de la tela, la observó a su antojo. ¡Dios! Esa mujer era puro pecado y era suya. Solo suya. Era un maldito bastardo por no haberla valorado como se merecía. Cualquier necio habría matado por una mujer como ella.
Desconcertada por la falta de acción de su marido, se movió inquieta. No había sentido vergüenza entre sus brazos, pero ahora, bajo su mirada se encontraba expuesta. Intentó recuperar la sábana para cubrirse con ella, pero Albert se lo impidió.
—Desnúdame, Candy.
Le gustó escuchar cómo sonaba su nombre en sus labios y la tranquilizó saber que solo pensaba en ella.
Despacio, se arrodilló en la cama frente a él y con movimientos vacilantes tiró de su camisa hacia arriba. Primero observó la depresión que señalaba su abultada entrepierna. Luego los músculos marcados de su abdomen, los potentes pectorales y por último los poderosos hombros antes de que la prenda cayera al suelo, a los pies de la cama. Acarició con los dedos todas y cada una de las formas de su torso, hasta que con timidez se acercó y besó una a una las cicatrices que afeaban su cuerpo, pero que al mismo tiempo lo hacían más interesante.
Albert inspiró con fuerza. Sentir la humedad de sus besos y el cálido aliento recorrer su cuerpo lo estaban volviendo loco. Pero la dejó explorar, aprender cada parte de su anatomía y con cada roce de sus dedos adueñarse de su piel.
Candy rozó el cordón de sus calzones, dubitativa. Ella también quería verlo desnudo, pero no sabía si a su marido le parecería bien que tomara la iniciativa. Levantó la mirada para ver su expresión y se humedeció los labios ante la necesidad hambrienta que vio en sus ojos. Palpó el cordón sin apartar la vista de su rostro y tiró de él para aflojarlo.
Aquella lenta tortura lo estaba matando. Cada movimiento de las manos de Candy rozaba su entrepierna y la hacía palpitar dentro de los calzones. Cuando por fin estuvieron lo suficientemente flojos, él mismo se encargó de bajarlos por sus piernas y retirarlos. En otras circunstancias, habría reído al ver la expresión de sorpresa de Candy al contemplar su miembro inhiesto. Pero estaba demasiado excitado.
—¿Puedo tocarlo? —murmuró aproximándose. Albert retuvo sus dedos y los apoyó contra su pecho. Candy pudo sentir los golpes acelerados del corazón de su marido bajo la palma de su mano.
—Aún no…
—Pero yo quiero tocaros y acariciaros —protestó.
Él sonrió ante su enfurruñamiento repentino. Si lo tocaba, acabaría mucho antes de empezar. Se cernió sobre ella haciéndola retroceder hasta quedar tendida sobre la cama de nuevo y deshizo el camino de besos anteriormente trazado hasta que llegó a sus labios de nuevo. Delineó el dibujo de su boca con la lengua y cuando ella salió a su encuentro se apartó, impidiéndole que lo besara. Candy suspiró de frustración y dejó caer la cabeza girando su rostro hacia la ventana. Albert sonrió. Ya la tenía donde quería, lo deseaba tanto como él a ella. Cogió con ambas manos su rostro y perdiéndose en el verde de sus ojos, ahora sí, la besó con pasión. Mordisqueó su voluptuosidad y penetró con la lengua su boca, permitió que ella lo saboreara y jugara con ella. Con sus manos recorrió los costados de su cuerpo hasta alzar un poco sus muslos. Se rozó contra ella, sin llegar a adentrarse en su cuerpo, y extendió su humedad entre ambos. Deslizó una mano entre sus piernas, se adentró en la aterciopelada piel, húmeda por sus atenciones, y acarició su botón excitado. Lo presionó al tiempo que jugueteó con un dedo en su entrada. Los jadeos de Candy, la manera de arquearse sobre el colchón, su respiración acelerada y cómo clavaba las uñas en sus brazos lo incitaron a adentrar un dedo. Un grito de sorpresa escapó de los labios de la joven para después abandonarse por completo a las atenciones de Albert,
La estimuló, excitó y enloqueció hasta que supo que estaba a punto de alcanzar el orgasmo. Se posicionó entre sus piernas y se preparó para penetrarla.
—Te dolerá. —Tragó saliva con dificultad por su propia excitación—Pero te prometo que será solo un momento. Luego haré que disfrutes de todos y cada uno de mis movimientos. ¿Confías en mí?
Lo miró sin comprender. ¿Por qué le decía que le iba a doler? Hasta el momento todo había sido maravilloso… —Respóndeme, Candy, ¿confías en mí? —le dijo con dulzura.
Ella asintió. Aunque sus ojos expresaban recelo, no lo dudó. Confiaba en él.
Antes de adentrarse en ella, la distrajo de nuevo con sus atenciones. Volvió a besarla, a estimular sus pezones y a rozar el centro de su placer, hasta que sintió que se relajaba entre sus brazos. Entonces se incorporó y comenzó a invadir su cuerpo.
Candy abrió los ojos de manera desmesurada. Sentía estirarse cada músculo de su interior, un ligero escozor y una plenitud que no sabía muy bien qué despertaba en ella. Hasta que Albert se detuvo al encontrar la barrera de su virginidad. Perlado de sudor y respirando con dificultad, se permitió detenerse para asegurarse de que Candy estaba disfrutando.
—¿Estás bien?
—Sí… —suspiró.
—Lo haré rápido para que no te duela demasiado. ¡Dios! Esto es demasiado bueno...
La miró un instante a los ojos antes de besarla con furia e impulsarse en su interior para desgarrar su virtud. Bebió su grito ahogado, su protesta y su desconcierto. Permaneció inmóvil, atento a las reacciones de Candy distrayendo su dolor con sus besos y caricias hasta que la sintió relajarse de nuevo. Solo entonces, la miró a sus preciosos ojos verdes, brillantes por la pasión.
—No habrá más dolor, cariño. Te lo prometo.
Candy no podía hablar, estaba demasiado embargada por las emociones. Albert se retiró despacio para volver a adentrarse en ella. El ligero escozor seguía ahí, pero había algo en ese roce, en esa conexión entre sus cuerpos que la hacían desear más. Apenas se movió debajo de él, un ligero movimiento los hizo jadear a ambos. Albert empezó a deslizarse, despacio pero sin pausa. A mecer sus caderas contra las suyas y a rozar cierta parte de su cuerpo que la hizo suspirar, arquearse y buscar la boca de Albert con desesperación. A medida que las acciones de Candy se hacían más atrevidas, sus acometidas se volvieron más exigentes. No podía terminar antes que ella, pero la entrega total de Candy lo estaba llevando al punto de no retorno. Se había prometido enseñarle lo que era el placer y no descansaría hasta que estuviera saciada. La instó a rodearle las caderas con sus piernas y se adentró todo lo que pudo en ella. Lamió sus pezones cuando Candy tiró de su pelo y lo condujo hacia sus pechos. Su joven esposa aprendía rápido, era receptiva, exigente, y no temía demostrarle aquello que la excitaba. Eso lo satisfizo y enorgulleció.
Solo cuando sintió que sus músculos lo oprimían y un pequeño grito escapó de sus labios, se dejó llevar con ella. Ambos sintieron en su propia piel las contracciones del otro. Mientras los estertores del placer los seguían sacudiendo, como réplicas de terremoto, ambos permanecieron fuertemente abrazados, sudorosos y jadeantes.
Albert jamás había yacido con una mujer de manera tan intensa. No es solo que ambos hubiesen entregado sus cuerpos, Candy le había entregado algo más: confianza, devoción y sus sentimientos. Ahora, él… Él tenía una sensación extraña, la de haber encontrado algo que no sabía que estaba buscando.
Saciado, Albert se permitió un momento de debilidad. Apoyó la cabeza en el hueco del cuello de Candy y dejó que ella le acariciara el cabello. Ambos respiraban con dificultad, pero ninguno osaba a moverse. No obstante, debía hacerlo, ahora tenía que atenderla. Con cuidado se retiró y se sentó en la cama, de espaldas a ella. Estaba atribulado por las emociones. Desde que había conocido a Candy, había tenido el erróneo pensamiento de que si yacía con ella, parte de su obsesión desaparecía. Sin embargo, ahora sabía que había sido un necio. Después de hacer el amor con ella, no sería capaz de mantenerse alejado, la desearía cada noche.
Candy observó la espalda la Albert sentado en la cama. Cabizbajo y perdido en sus pensamientos. Jamás habría imaginado que un hombre y una mujer pudieran compartir algo tan maravilloso. Su nana siempre le había dicho que llegado el momento le hablaría sobre lo que ocurría cuando una mujer se desposaba, pero por desgracia ese momento nunca había llegado.
Albert seguía sin moverse. Lo miró preocupada. Quizá su desconocimiento la había hecho actuar de manera errónea. ¿Habría hecho algo mal? ¿Esperaría Albert algo más de ella? Indecisa, se movió despacio para tirar de la sábana y cubrirse. Aunque discreto, el movimiento sacó a Albert de sus pensamientos. Se volvió hacia ella y sujetó la sábana para que no se tapara.
—No. No tienes que cubrirte ante mí. Déjame que ahora te atienda.
Se levantó, espléndido en su desnudez, bajo la atenta mirada de Candy. Cogió un paño de lino, lo mojó en el agua de la jofaina, regresó junto a ella y se acostó a su lado. Acarició su muslo y la besó hasta que ella se relajó y abrió las piernas. Se repetía una y otra vez que debía controlarse, que por ser la primera vez de Candy, no debía volver a hacerla suya, pero su cuerpo no estaba de acuerdo con esa afirmación. La excitación corría por sus venas de nuevo, y más al ver la entrega con la que su esposa se rendía a él. Inspiró hondo y deslizó el paño en su entrepierna, intentó limpiarla con delicadeza y ternura, pero ante al contacto del paño frío contra su piel, Candy dio un respingo y lo sujetó por la muñeca para detenerlo. Abochornada, se negaba a que él la limpiara. No obstante, cuando vio el paño manchado de sangre, se sentó y lo miró asustada.
—¿Me habéis herido?
Albert no pudo evitar reír ante su inocencia.
—Es algo normal que les sucede a las mujeres cuando yacen con un hombre.
—¿Solo a las mujeres? ¿Vos no sangráis? —Miró su entrepierna, más que dispuesta, con interés.
Entonces Albert sí irrumpió en carcajadas que hicieron que ella enrojeciera. Avergonzada, tiró de las sábanas y se cubrió el cuerpo por completo.
—Os burláis de mí.
Albert tiró con fuerza de la tela y la dejó desnuda de nuevo.
—Las mujeres solo sangran la primera vez que yacen con un hombre. Esa única vez entregan su inocencia. —Que en el caso de Candy era mucha, pensó, a raíz de sus preguntas—. Me siento profundamente afortunado y honrado de haber sido yo.
La besó con mimo, pero al momento el beso se tornó más carnal. Solo que Candy tenía demasiadas dudas. Lo empujó con suavidad y lo miró con interés.
—¿Los hombres también sangran la primera vez?
—No —sonrió con ternura—. Si sangran, no es buena señal.
—Es injusto. ¿Tampoco sentís dolor?
—No…
—¿Si vuelve a pasar…? ¿Si volvemos a…?
—Volverá a pasar —sentenció.
—¿Me volverá a doler?
Albert negó con la cabeza.
—Te lo prometo.
Casi podía ver cómo la cabecita inquieta de su mujer pensaba en todo lo sucedido. Era increíble que una mujer tan sensual, pasional y hecha para el pecado fuera tan inocente. Albert se giró hacia la mesilla de noche y bebió un largo trago de vino para darle tiempo a Candy de asimilar lo sucedido.
—¿Con cuántas mujeres habéis yacido vos?
La pregunta de Candy a punto estuvo de hacerlo atragantar.
—No es una conversación correcta entre nosotros.
—Me siento ridícula. Yo me he entregado a vos, solo a vos. Mientras que por vuestros brazos han pasado infinidad de mujeres. —Más que molesta, se volvió a cubrir con la sábana. Estaba celosa, no lo podía negar.
—No han sido tantas… —respondió divertido por su ataque de celos.
—Más veces que yo.
Ese comentario borró la sonrisa de su rostro.
—Puedes apostar por ello. Para ti no existirá otro hombre.
—Para vos no habrá otra mujer.
El hecho de que Albert tardara en contestar la enfureció. Ella no se imaginaba compartiendo la intimidad que había tenido con otro hombre, pero tampoco podía concebir que él la tuviera con otra mujer. Un escalofrío recorrió su espalda al recordar el ataque de nuevo, ahora ya entendía lo que se proponía ese indeseable.
—No necesito a otra mujer. Te tengo a ti —pronunció por fin.
—Abrazadme, por favor.
No hizo falta repetirlo, Albert se recostó y la rodeó con sus brazos. Acarició sus cabellos hasta que se quedó dormida. Con Candy recostada sobre su cuerpo, entendió que había tenido que pasar por varias fases para asumir lo sucedido. Desesperación, ira, frustración, negación, hasta que había llegado el momento de aceptar que Camille había muerto y ya no volvería. La recordaría siempre como a la primera mujer que amó y la guardaría en su corazón. Pero ahora se debía a la mujer que descansaba a su lado. Candy era suya.
Continuara...
