Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa. Lo sé, los días de publicación se me están yendo al cuerno, lo siento, la escuela APESTA. Las quiero mucho, gracias por sus reviews, me hacen sonreír sin falta.

Los personajes pertenecen a S. Meyer, la trama es mía.


Y el porotito

—¿Eso es una flor de verdad?

—Jamás te traería flores de plástico, Bella —reproché sonriente, transformando su rostro incrédulo en una enorme sonrisa.

—No puedo creerlo, ya me estaba pareciendo que el invierno duraría para siempre —el puchero de sus labios rojizos hizo que se me agitara el corazón de amor, y quise besarla, pero eso era obvio. Dejé el maletín rebosante de partituras y aflojé el nudo de la corbata de mi cuello antes de acercarme, pasar mis brazos por su cinturita y estrecharla contra mí. Era mi parte favorita del día: ella allí, abrazada a mí, mostrándose feliz de verme de nuevo toda desarreglada, seguramente con el delantal y los guantes de cocina, las manos mojadas e intentando no tocarme con ellas, fracasando horriblemente cuando la obligaba a hacerlo con un beso. Y luego su risa y sus reproches de mentira y esa nariz finísima arrugada por las carcajadas y luego ya no, porque no arrugaba la nariz cuando mis labios tocaban los suyos. Todas las partes del día con mi familia eran mis favoritas.

—Feliz primavera —susurré al llegar del trabajo ese veintiuno de marzo. El sol había salido de nuevo en la ciudad, los pájaros cantaban más a menudo y mi Bella sonreía, porque el frío no le gustaba. Y, suene como suene esto (y Jasper y Emmett dirían que suena muy estúpido, aunque delante de Alice y Rosalie podían llegar a comportarse más estúpidamente que yo), lo que a ella la hacía infeliz, inmediatamente pasaba a mi lista de cosas odiadas. Y eso era todo, no era tan complicado como lo hacían parecer: si ella sonríe, yo sonrío. Así de sencillo.

Cuando uno encuentra algo más por lo que vivir además de sí mismo, se aferra a ello, ¿saben? Bella era mi algo más. Bella y Sophie.

—Será feliz si te quedas aquí con nosotras —murmuró cerca de mi boca, y eso, esas palabras, su cercanía, su amor incondicional y todo lo que ella significaba (mi vida, y seguramente un poco más) me hicieron el maldito día. En realidad, ella era la que hacía los días aquí. Yo podía protestar, molestarla, asustarla cuando salía del baño y pelear con ella porque decía que era un niño más –lo cual era prácticamente cierto–, mirar fútbol y dejar las toallas mojadas sobre la cama, o los zapatos desparramados por cualquier parte, y ella podía enojarse fácilmente por todo eso, perder la paciencia, olvidar su teléfono o cuando lo llevaba no escuchar que estaba sonando (lo que era una lucha constante para mí), tardar horas en arreglarse, ocupar el baño por más de treinta exhaustivos minutos, encerrarse en la habitación con Sophie cuando yo la sacaba verdaderamente de quicio, etcétera. Pero sí, ella hacía los días, porque salía de la habitación, me abrazaba y entonces yo le pedía perdón, porque era lo suficientemente idiota para hacerla enojar así, o porque era ella la que sonreía con culpabilidad al llegar a casa y encontrarme enfurruñado porque no me contestó las llamadas y yo tenía que perdonarla porque con esos ojos no me dejaba otra opción. Eso podía aplicarse a todos y cada uno de los enojos. Venía y me miraba y listo, era suyo.

Le susurré "te amo" suavemente, al oído como a ella le gustaba y pregunté:

—¿Dónde está Porotito? —ella frunció el ceño con una sonrisa y señaló la habitación de Sophie. Había comenzado a llamar a la niña "Porotito" cuando me di cuenta de que su nariz parecía un pequeño frijol*. Y eso la hacía reír, a Sophie. A Bella parecía no disgustarla tanto. La primera vez que me escuchó decirle así a la pequeña comenzó a refunfuñar algo como: "¡Yo no le puse un nombre tan lindo como Sophia a mi hija para que le digas como un vegetal!". Y etcétera. Fue divertido.

—Está durmiendo. Jamás le volverás a decir Sophie, ¿cierto? —protestó.

—Nope —le planté un beso rápido en la boca y corrí riendo a la habitación antes de que pudiera atinarme con el trapo de cocina que tenía en la mano.


A la mañana siguiente, Bella comenzó, como cada día, hablando un poco de su idioma preferido.

Mphhppmaamfh…

—Vamos —susurré— ¿No dormiste bien?

—Mmh… no —pasó sus brazos finos y pálidos por mi cuello y me atrajo hacia su pecho. Yo reí y la abracé más fuerte, acunándola un poco en mis brazos. Lo tenía un tanto complicado, a eso de moverme me refiero. Podía ser flaca pero la fuerza con la que me agarraba denotaba varios meses de transportar cinco kilos de niña en sus brazos. Cinco kilos pesaba Sophie, que tenía tres meses ya. La pequeña Porotito estaba creciendo más rápido de lo que ambos podíamos soportar, y teníamos un poco de miedo por todo el asunto.

De pronto tuve la necesidad imperiosa de susurrar las siguientes palabras. Vinieron de la nada, o quizás de ese todo que conformaba mi vida ese último tiempo. De su rostro, de su voz, de sus ojos adormilados y su pelo revuelto y de las cosas que amaba y las que odiaba de ella, que a fin de cuentas terminaba por amar de la misma forma sólo porque venían de su pequeña e hiperactiva persona.

—Sabías que quiero envejecer contigo, ¿cierto?

Ella no se quedó calladita y estupefacta como hubiera hecho alguna otra mujer un tanto más cuerda. Ella se removió bruscamente de mi abrazo, me miró a los ojos fijamente por todo un minuto y luego dijo:

—De lo contrario estarías muerto a estas alturas, Cullen.

Si yo hubiera sido cualquier otro hombre un tanto más cuerdo, no hubiera quedado embobado por su sonrisa (bueno, quizás sí), y sus palabras me hubieran asustado. Pero no era ni otro hombre, ni tenía una pizca de cordura en mi cuerpo, así que sonreí y la atraje hacia mí con la misma brusquedad con la que Bella había saltado de mis brazos antes.

—Debí suponer que ya lo sabías. ¿Tomamos café? —sentí su sonrisa cálida contra la piel de mi pecho y la imité, obligándola a levantarse de la cama cuando yo lo hice.

—No es divertido que seas tan enorme que puedas manejarme como una muñeca de trapo —se tambaleó en mis brazos, intentando pararse derecha.

—¿Qué yo te manejo? —pregunté escéptico mientras le colocaba una camiseta mía por la cabeza como si fuera una niña, para luego ponerme unos pantalones— A ti no podría manejarte ni King Kong con una escopeta, Bella.

Eso la hizo reír, mayormente porque era cierto, aunque para guardar las apariencias que, ambos sabíamos, eran puras mentiras, dijo:

—Eso no es cierto, físicamente podrías ganarme cualquier día y a cualquier hora.

Parpadeé fingiendo curiosidad, y ella achicó los ojos con una sonrisa. Arruiné las falsas apariencias cuando le respondí:

—Tú puedes causar más daño mental fijando la vista y arrugando las cejas que yo con una escopeta. Aceptémoslo, das miedo, mi amor. Nunca me metería contigo.

—¡Bah! —bufó, aún riendo. Se metió en el baño para lavarse la cara y salió rápidamente. Reí cuando saltó y pegó un chillido corto y agudo al sentir mi mano en su trasero cuando pasó por mi lado, y me dirigió esa mirada fulminante y yo sonreí.

—¿Lo ves? Yo ya me acostumbre a tus maltratos —dramaticé—, pero si alguien que no te conoce ve esa cara, créeme que sale pitando.

—Ah, con que te acostumbraste a mis maltratos ¿eh? —murmuró acercándose lentamente, sin despegar los ojos de los míos.

—Oh, oh.

—Sí, ten miedo, Cullen —gruñó, abalanzándose sobre mi cuerpo y haciendo que me tambaleara. Era tan baja que ni siquiera me tiró, pero la sostuve en brazos mientras reía y le di uno, dos, tres besos en los labios antes de que pudiera decir una palabra más.

—Te amo —beso—. Te amo —beso, beso—. Te amo.

—Lo sé —dijo cuando pude separar mi boca de la suya—. Lo sé, y sabes que yo te amo más.

—No creo que eso sea posible, Bells.

—Sí que lo es, porque yo te amo por mí y por Sophie, hasta que ella tenga edad suficiente para amarte solita.

Solté una carcajada y negué con la cabeza. Era completamente absurda, loca, extraña, la amaba. La amaba.

—Café —supliqué.

—Café —concedió.


—¡Sophie! —canturreó Bella mientras iba de la sala de estar hacia el cuarto de Porotito— ¿Dónde está la pequeña Sophie? ¡Hola, mi amor! Sí, ya sabía que estabas aquí, estaba jugando contigo porque el médico dice que hay que hablarte, ¿no es cierto? Hay que hablarte para que me hables después. ¿Qué es eso? Cuna. Cuna, tú cuna. Mamá —supuse que Bella se estaba señalando a sí misma.

Escuché su voz venir por el pasillo mientras decía:

—Vamos con Eddie. Sí, le tienes que decir Eddie porque nos divierte mucho hacerlo enojar.

—¡Ata! —gritó mi niña. Había empezado a balbucear cosas como ata, tutu, ajo, bubu. No tenían mucho sentido, pero Bella casi saltaba de la emoción al oírla.

—¡No me hagas esto, mujer! —exclamé.

—Oh, sí. Tú le dices como un vegetal a mi nena, yo le digo que te llame Eddie. Es así el asunto.

—Técnicamente no es un vegetal, es una legumbre.

Me fulminó con la mirada mientras abrazaba a Porotito y ella pateaba y agarraba su cabello.

—Está bien, mi amor, puede ser lo que tú quieras. ¿Qué tal si es una fruta? O tal vez una silla. Sí, el poroto puede ser una silla si tú lo deseas.

Reí de su cara de consternación mezclada con gracia.

—Si Sophie no estuviera justo aquí en mis brazos, te tiraría con algo sólido, ya sea una fruta, una verdura o una silla.

—Sé que no serías capaz.

—Pruébame.

—¡Bu! —chilló Sophia, pateando a Bella y tironeándole del pelo mientras sonreía— Bu, bu, bu. ¡BU!

—¡Oh! ¡Qué susto, Señorita! ¿A usted le parece bien asustar a su mamá de esa manera? ¿Eh? —le hizo cosquillas en la pancita y la niña se retorció y se rió por primera vez en su vida. Una risa aguda, suave, tierna, con nariz arrugada.

Bella y yo nos quedamos mirándola estáticos.

—¡Oh Dios mío! ¿La escuchaste? ¡Por favor dime que la escuchaste! —chilló.

—¡Pero claro que la escuché! —me paré del sofá rápidamente, saliendo de mi estupefacción y me acerqué a Sophie— Ríete de nuevo, princesita. Rie para Eddie.

Me observó fijamente con esos ojos cada día más verdosos y sonrió de a poco, pero no se rió.

Bella probó hacerle cosquillas de nuevo. Nada.

—No queda otra opción, Ed. Tendrás que hacer la cara.

Abrí los ojos como platos y negué con la cabeza.

—¡No! La va a asustar.

—¡Pero claro que no! Vamos, por favor —rogó, abriendo esos ojazos chocolate con leche que tenía y sacando el maldito labio inferior. Más que poner cara de idiota, quería llevármela al cuarto en ese mismo instante para hacerle otro niño, no sé si me explico.

Pero primero Sophie, me recordé. Así que puse los ojos de esa manera tan rara que ni yo sabía cómo le hacía, y deje de respirar para que el rojo inundara mis facciones.

Bella y mi niña casi se quedan sin respiración de la risa. Porotito rió por diez minutos sin parar, y nosotros no podíamos creer lo afortunados que éramos.

—Sophie, respira, Soph… —pero la pequeña seguía soltando carcajadas de bebé, de esas que derretían corazones, y cada vez que reía, imposiblemente la quería más. Porque era imposible querer tanto a alguien. Salía de este mundo, no había tanto amor ni yo era lo suficientemente bueno para poder amarla a ella así. Era mía, aunque su sangre fuera de otro, y era mi hija porque yo la había elegido, no porque se había producido una unión entre el óvulo de Bella y el espermatozoide del otro tipejo. Ese asno no tenía derecho a llamarse padre, y si alguna vez quería volver a la vida de estas mujeres, tendría que pasar sobre mi cadáver, decididamente. Y luego tendría que enfrentarse a Bella, lo cual era más escalofriante que el cadáver de cualquiera.

—Mi nena —la agarré con ambas manos por debajo de sus bracitos regordetes y la achuché contra mi pecho, meciéndola, escuchando cómo se calmaban su vocecita y su respiración. Se dormía. Estaba loca como la madre, primero pasaba quince minutos enteros riéndose de mi rostro y luego se dormía en mis brazos. Era el calco de Bella.

—Ésta te salió loca como tú —bromeé. Bella se mordió el labio inferior con una sonrisa.

—Pobrecita, no pudo elegir la madre que le tocó —susurró divertida—. Pero su padre me preocupa más, debo decirte.

—Es un bastardo, Bells. No pensemos en él.

—¿No pensar en él? —dijo— ¿Cómo puedo no pensar en él? Se pasa el día entero rondando mi cabeza.

Fruncí el ceño, asustado. ¿Qué? ¿Bella había quedado tan marcada por ese tipo que no se lo podía sacar de la mente? Eso tendríamos que solucionarlo pronto.

—¿Por qué?

—Pues porque lo amo, obviamente.

Por un segundo de parálisis mental, se me cayó el alma a los pies.

—Lo amas —susurré.

—Claro que lo amo. Es un idiota, un estúpido morboso, antisocial, músico —comencé a sospechar sus intenciones—, no tiene idea de cómo cocinar un pollo, sabe tocar perfectamente hasta la última sinfonía de Beethoven, me aclara las ideas, finge que hace lo que yo le digo, aunque luego hace lo que le viene en gana y a mí me enfurece, y luego lo perdono porque casi siempre tiene razón y él termina perdonándome a mí dejando que piense que soy yo la que lo perdona; tiene el cabello más lindo del mundo, por alguna razón que escapa de mi entendimiento él quiere envejecer escuchando mis gritos, tampoco sé cómo puede soportarme en la mañana, ni cuando tengo el periodo, o cuando no dormí bien, y sobre todo no sé cómo pudo llegar tan campante a la habitación de un hospital, ver nacer a mi hija y quedarse conmigo hasta ahora. Desde luego que lo amo, y claro que es el papá de Sophie. —dijo todo tan rápido que me costó entenderla, pero lo hice, y luego memoricé sus palabras para recordarlas hasta el día en que me enterraran, cremaran, lanzaran a la luna o lo que sea; y como era Bella, agregó: —Tonto.

La observé fijamente por un minuto completo, luego el cuerpito de Sophie dormida en mis brazos, con un pijamita amarillo que la hacía ver como un patito. Bella sonreía pacíficamente, conociéndome tanto que debía saber justo lo que me pasaba por el cerebro.

Cuando dejé de mirarlas embobado, conseguí susurrar:

—Jamás las voy a dejar.

—Lo sabemos.


(*) Porotito/Poroto: acá en argentina le decimos así al frijol/judías, Frijolito sonaba feo, y me gusta Porotito porque así me decían de pequeña :B jajaja lo sé, cállense. Tengo nariz de frijol.

Hola, tengo una aclaración importante: soy de argentina y éste capítulo está algo argentinizado, lo lamento si las ofende, algunas cosas me son muy familiares y me costó dejar de incluirlas. Otra cosa más importante (pero mucho): en el país hubo una inundación que mató a seis personas y dejó en la calle a muchísimas más, en Buenos Aires (Capital, la plata), Córdoba, etc. Si hay alguna persona que sea de aquí y haya padecido ésto desde cerca: fuerza. En el país estamos intentando mandar cosas que puedan ayudar. Si hay alguna persona del resto del país que este medio lejos (o cerca, quizás) y pueda: ayude. Formen grupos, manden alimentos, ropa, calzado, colchones. Esta gente, que tranquilamente podríamos ser vos o yo, está sufriendo mucho.

Era eso, gracias :)

En fin, gracias por leer y dejen comentarios así sé si les gustó o no chicas/os. Gracias por los favoritos y todo eso, en serio.

Besos enormes,

Caroline