¡Hola a todos mis queridos amigos de Fanfiction! Nunca esperé una respuesta tan grata y positiva del capítulo anterior, que fue muy difícil de escribir, al igual que este que leerán a continuación, esto es porque sigo solo en esto, Nova sigue sin aparecer, atravieso momentos muy difíciles en mi vida personal, y la escritura es una de las pocas cosas en esta vida que puede mantenerme a flote para no hundirme hasta el fondo del abismo. Tal vez es por eso que presento a Po como algo que no estamos acostumbrados a ver desde el inicio de la historia, y pido disculpas de antemano, pero Po es alguien muy especial para un servidor, no quiero hacerlo un personaje "fácil" a como nos tienen acostumbrados muchos fics. Aquí Po no es un personaje así. Trato de hacerlo alguien que tiene todavía mucho que aprender de sí mismo, y de lo difícil que es el Mundo Real, con los demás personajes, apoyándose mutuamente a salir de todos los problemas. A mi incluso me dolió mucho escribir este Capítulo, ténganlo por seguro, sin embargo, estoy emocionado por lo que viene.

Muchas gracias por sus reviews, todos son apreciados, leídos y tomados en cuenta. Agárrense de sus asientos, y disfruten.

Feliks.


Capítulo 9 Reunión al mediodía

1

Murmullos que sonaban como una cascada.

Por alguna razón, demoraba en regresar a la realidad de allá abajo. Pero esos murmullos iban subiendo poco a poco, como si en realidad viajara directo hacia ellos.

—Po.

Por fin identificó su nombre entre ese torrente de voces que pertenecían al sueño, y eran de preocupación y desconcierto. Eso no le gustó nada. Empezó a sentir los estragos en su propio cuerpo. Le dolía todo. Su entrepierna la sentía latir de dolor mientras entreabría los ojos. Sus brazos eran como dos salchichas, flácidas y que se podrían desbaratar en cualquier momento.

¿Qué había hecho, por todos los cielos?

—Po, levántate de una vez. —le dijo aquella voz. Simplemente escucharla le hacía sentir miedo.

—ummm… ¿qué…?

—Vamos, no tenemos todo el día. Antes de que empiecen a preguntar donde estás.

Po vio a Mei Ling, que ya se había puesto su traje de entrenamiento. Abrió los ojos, con el pánico alojado en su corazón. El dolor se acentuó en todo su cuerpo, e instintivamente se alejó de la felina.

—No… no me hagas daño… por favor.

Mei Ling le dedicó una sonrisa que más bien parecía una mueca torcida.

—Por favor. Hacerle daño… ¿Al Guerrero Dragón? ¿Qué no lo disfrutaste, osito?

Po retrocedió, y se miró el cuerpo desnudo y arañado. Algunas heridas estaban abiertas y manaban gotas de sangre. Temblaba.

—¿Por qué… por qué me hiciste esto?

—Porque eso, es hacer el amor, Po. No quiero que se te olvide, ¿de acuerdo? —esta vez, se acercó a él, y le dio un beso en la frente. El panda gimió, y retrocedió. Seguía temblando.

—Oh, vamos… ¿ése es el valiente Guerrero de Blanco y Negro que venció al temible Tai Lung y al malvado Shen? Por cierto, esperaba mucho más de ti. No pudiste satisfacerme, galán. Ya entiendo porqué Tigresa te rechazó a la primera —Mei Ling abrió los ojos y se llevó las dos manos a la boca— ups, perdón, no debí decir eso…

Po sintió una descarga eléctrica. Y la vergüenza bajó de su cabeza, recorrió su maltrecha entrepierna y se almacenó en sus pies. Estaba pasmado. No podía creerlo. Como pudo, se vistió y salió corriendo, sin cerrar la puerta y sin mirar atrás. Mei Ling lo vio y sonrió satisfecha. La sonrisa se torcía y dejaba entreabierta su dentadura de forma macabra.

—Eres tan inocente… y tan inofensivo… "Guerrero Dragón". Hora de pasar a la fase dooos. —canturreó divertida.

Había empezado un nuevo día.

2

Tenía las alas y las patas atadas a unas cadenas. No estaba en esa situación desde la pelea con Lord Shen, y sentía que todo había sido una trampa. En efecto, esos eran los territorios del clan Chih Kuan Grulla. Pero todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Mientras veía los dibujos de la Historia de ese pueblo, cayeron sobre él incontables grullas, muy hábiles, y de nada le sirvió su habilidad en los aires. Lo maniataron y encadenaron a una saliente de roca, donde podía observar un inmenso valle que ahora se iluminaba gracias a los millones de cristales en el techo abovedado. Nadie había cruzado palabra con él. Grulla intentó decirles que venía en son de paz, pero todo sucedió con la velocidad del viento, y todo apuntaba a que ese Clan, que no dialogaba con ningún extraño, preparaba su ejecución.

Había algo muy raro. Las grullas se pusieron especialmente violentas cuando les mencionó que venía del Valle de la Paz…

Los dibujos. El "Oogway" que lucía como algo maligno. El símbolo del sol imperial de Lord Shen. Algo de esa Historia Antigua no cuadraba con su concepción de todo lo que sabía del mundo y las leyendas. Aquellos Primeros Héroes que, por lo que veía, apenas conocía.

Al cabo de unas horas, sabía que su suerte estaba echada, cuando dos enormes grullas escoltaban a quien debía ser el Patriarca del Clan, una grulla vieja, pero no decrépita ni mucho menos. Sus ojos azules escondían una sabiduría que solo era opacada por la dureza de sus facciones cuando lo miraba, evaluándolo de pies a cabeza.

—¿Cuál es tu nombre, grulla de Valle de la Paz?

—Maestro Grulla, señor.

—Um, una grulla muy educada. Y se ve que no eres tonto. No alcanzo a ver malicia en tus ojos, pero ya me han engañado antes. ¿Cuál es tu nombre, grulla? El nombre que te pusieron cuando naciste, no con el que te conocen ahí en ese maldito lugar.

A Grulla le dolía cada vez que sus compatriotas se referían despectivamente a ese palacio que quería tanto, donde conoció a sus amigos y perfeccionó sus técnicas…

—Crane. Así me bautizaron. Y no sé porqué llaman así al Valle de…

—Silencio, grulla Crane. Todo se decidirá en una batalla de vida o muerte, con el Monstruo de Chih Kuan. Has deshonrado esta tierra con tu solo aleteo, y no veo la hora en ponerle fin a esta invasión.

—¿Invasión? Pero si sólo soy yo, y no vengo a…

—¡Silencio! Llévenlo a los Picos. Ahí encarará su muerte.

De las alas, las grullas y el patriarca llevaron a nuestro amigo, sin oportunidad de defenderse con argumentos, al patíbulo donde encararía sabría Buda qué prueba mortal.

3

—Necesito que llame a todos al Salón de los Héroes, Maestro Shifu. Tengo que decirles algo muy importante. —Mei Ling hablaba con toda seriedad al panda rojo.

—Todos… ¿a quiénes te refieres hija? —Shifu la miró con curiosidad.

—Todos. El Guerrero Dragón, los Furiosos, y la tropa del Yunque del Cielo.

—Pero están vigilando…

—Créame Maestro, no pasará nada, menos a plena luz del día en Valle de la Paz. Convóquelos a todos para mediodía, por favor. —le dijo, saliendo de su habitación y sin decir nada más.

Shifu delegó a sus gansos para hacerles llegar el mensaje a todos, sobre la reunión en el Salón de los Héroes. El Maestro en verdad estaba intrigado: ¿acaso Mei Ling había descubierto algo, alguna pista de aquella Maldad que no se dejaba ver, pero que la sentía amenazante desde el día del robo de la Espada y la Urna? Confiaba en Mei Ling. Era una guerrera muy competente, de buen corazón, y al nivel de Tigresa. Era una verdadera fortuna contar con ella.

El comandante Vachir, Víbora, Mono, Mantis y Po, que no había salido de sus habitaciones en todo el día, recibieron los mensajes. Faltaba un poco de sombra para que el reloj de sol marcara en el cenit la mitad del día. Con desconfianza, Víbora resopló al recibir las indicaciones del ganso Zeng.

—Oye, ya deberías de "bajarle" con la amiga de Grulla, ¿eh? —dijo Mono en tono burlón.

—No empieces a molestar. Sabes que hay algo en ella que no me gusta.

—¿La forma como abraza a Gru…?

Víbora lo fulminó con una mirada que dejó sus pupilas rayadas y ardiendo en cólera. Mantis los miró preocupado, si empezaba otra pelea como la de aquella noche, no sabría cómo detenerlos.

—Eso no te importa. Falta poco para el mediodía, así que de una vez, lo que tenga que decir esa gata, mientras más pronto, mejor. —espetó mientras se deslizaba fuera de la sala de entrenamientos.

Mono se encogió de hombros, y le devolvió la mirada a Mantis, que no dijo nada. Sin Grulla ni Tigresa, las sesiones de entrenamiento eran aburridas, escuchando a Víbora quejarse de Mei Ling, y Po con su depresión al límite. Y no se sentían muy bien de que Shifu lo hubiera abofeteado anoche. Para colmo, el Guerrero Dragón estaba enclaustrado en su habitación. Se habían dado cuenta lo mucho que eran todos juntos, para hacer pasable aquella estancia en el Palacio durante todos esos años… Po había cambiado muchas cosas, relajado muchos protocolos. Antes de él, todo era marcialidad y seriedad con el Maestro Shifu, solo preocupándose de ser los mejores en sus disciplinas marciales. No había cabida para cosas mundanas del mundo de abajo. Prácticamente se sentían atrapados en un Olimpo que los dejaba salir sólo a pelear con los malos, y abría sus puertas a los mortales cada festival de importancia. Con Po, era cotidiano ver las cosas que antes no veían. Estaban más "humanizados" si bien cabía la palabra.

—Pues vamos. Esperemos que al fin sean buenas noticias. —dijo Mantis sin mucho ánimo. Mono no supo si sonreír. Lo intentó pero no salió más que una mueca.

4

Por primera vez se podía ver repleto el Salón de los Héroes. Los soldados del Yunque del Cielo ocupaban la mayor parte de él, y sus puertas estaban cerradas. A nuestros amigos Furiosos se les hizo muy rara la escena, pues generalmente ese salón era sagrado, y pocos tenían acceso a él. Pero, después de la "Crisis de Jade" como había llamado el mismo Shifu, y la amenaza de aquella "Maldad" que ya se antojaba aburrida a los oídos de Mono, Mantis y Víbora, hacían que las cosas cambiaran a cada momento. Hubiera sido impensable aquella escena, así como el acceso a un panda que una vez fue elegido Guerrero Dragón sin razón aparente.

Entre toda la multitud, esperaban encontrar a Po, pero no lo veían. Tampoco Mei Ling ni el Maestro Shifu. Estaban seguros que era el mediodía, y no era común que se retrasara mucho una reunión atípica como aquella.

—¿Y Po…? —Preguntó Víbora —¿No creen qué…?

Las puertas del Salón se abrieron, dejando entrar a los tres personajes que faltaban. Shifu entró primero, seguido de una erguida gata gris con la media luna enmarcando su frente. Había algo en su mirada que la hacía diferente, y por primera vez, Mono y Mantis sintieron algo, que provenía desde dentro de la amiga de Grulla. Algo que los incomodó al abrirle paso para que llegaran al centro, donde se hallaba el Estanque de la Luna. Víbora se encontró con su mirada, furibunda.

Pero olvidaron al instante eso, al ver entrar a Po, con heridas visibles en todo el cuerpo. Arañazos, moretones y un cardenal en un ojo que en otro momento lo hubieran mostrado gracioso, pero… no lo habían visto así jamás. Parecía que una pagoda se le había desplomado encima. Ni siquiera con las batallas anteriores, que habían sido mortales, lo habían visto así. Víbora no reprimió un sonido de sorpresa y preocupación. ¿Quién le había hecho eso? Ni siquiera lo habían curado, no traía vendas, ni parches para desinfectar las heridas.

Po evitó ver a los ojos a sus amigos. Pasó rápido entre la muchedumbre que empezaba a verlo con curiosidad y en parte con lástima.

Antes de que sacaran cualquier conclusión, Shifu tomó la palabra. La acústica era muy buena en el Salón, por lo que no había problema en escuchar desde cualquier lugar ahí.

—Nos hemos reunido aquí, debido a que Mei Ling, la Gran Maestra de Lee Da, nos quiere dar un mensaje. No me ha divulgado nada, así que dejo a ella que nos diga qué es…

—Gracias, Shifu —dijo Mei Ling, arrebatándole la frase sin el menor reparo de educación a Shifu, quien apenas podía creer…— y el mensaje que les voy a dar hoy es… ¡BUENAS NOCHES, IMBÉCILES!

Un estruendo se escuchó, al mismo tiempo en un lugar abajo en el Valle, y otro que abrió de par en par las enormes puertas del Salón de los Héroes, dejando entrar la luz del mediodía. La risa de Mei Ling enseguida cambió por otra carcajada maniática que jamás habían escuchado nuestros amigos. Shifu estaba pasmado, no acertaba a moverse y así pasó por largos instantes a todos los que estaban reunidos ahí.

Como salidos de un extraño Purgatorio, ahí estaba Luang, el lobo jefe de los ejércitos de Lord Shen, con su misma sonrisa estúpida, blandiendo un martillo esperando asesinar con impaciencia, que seguro era lo que mejor sabía hacer. Estaba escoltado por la madre de las Pesadillas de todo el Valle de la Paz, alguien que creían muerto. Po lo reconoció al instante, pero parecía incapaz siquiera de articular palabra. Shifu estaba pálido, y dijo su nombre por todos los del Yunque, que estaban muertos de miedo, olvidando todo su entrenamiento y estremeciendo sus filas con el nombre que estaba pronunciándose de labios del panda rojo.

—Tai… Tai Lung…

—Hola, "Maestro". ¿Me extrañó? —le dijo con toda seriedad. A Shifu le heló la sangre al recordar que su hijo era la marioneta de la Maldad… entonces… ¿La Maldad estaba ahí, justo… ahí?

—Será mejor que no muevan un solo músculo de sus cuerpos, borreguitos —dijo Mei Ling. Al instante, dos felinos más se unieron al séquito del lobo Luang. Ni Mantis Mono o Víbora los habían visto antes. Estos dos felinos siseaban, y al cabo de instantes comprendieron que se reían de todos los que estaban atrapados en esa trampa infernal. —Si alguien intenta hacer algo, su famoso pueblito de la Paz será arrasado en un instante, queridos míos. Es como apretar un botón, como montar un triciclo…es tan delicioso cuando lo piensas, ¿Verdad Po?

Po respingó y pareció cobrar vida, poniendo sus enormes mejillas del color de la cereza.

—¿Quién eres, Mei Ling? ¿Vienes de parte de…?

—¡SILENCIO! —Esta vez la voz, sobrecogedora, se elevó y pareció arrancar de cuajo el techo de la pagoda. Todos se encogieron de miedo, algunos por instinto se protegieron. —Le estaba preguntando al Guerrero Dragón. ¿No es verdad, Po?

Po retrocedió, y su cara se perló de sudor, escociéndole las heridas que tenía. Estaba aterrorizado, y Shifu no podía entender porqué, mucho menos sus amigos. Toda la atención se centró en el borde del estanque de la Luna.

—Po… ¿qué tienes, hijo? ¿Qué te pasa? —preguntó el panda rojo, temiendo lo peor.

De nuevo, una risa aguda, cacareada, taladró los cerebros de todos. Otro estremecimiento recorrió a todos los guerreros del Yunque del Cielo.

—Sí, Po, vamos, dilo. Diles a todos porqué tienes esas heridas, tesoro. Diles porqué estás triste, porqué eres un bueno para nada en el amor.

Po alzó la vista a Mei Ling, y Shifu comprendió al instante, al ver la mirada impregnada de terror puro. El Guerrero Dragón, el de Blanco y Negro, había dejado de existir en esos ojos verdes como el jade. Shifu se sintió muy viejo de repente, y se recriminó lo estúpido que había sido al no comprender las palabras de Oogway. No podían siquiera intentar luchar.

—D…d… de… de… —Po tartamudeaba, simplemente no salía frase alguna de su boca. Se dejó caer de rodillas, y empezó a gimotear como un bebé. Todos miraban impactados, con la sangre congelada en las venas.

—¿Ésto es su esperanza? ¿Esto fue lo que te derrotó, Tai Lung? —Mei Ling miró con desprecio a Po y luego a aquel guerrero imponente, flanqueado por las otras dos felinas y Luang. Tai Lung no se inmutó.

—Po quiso saber qué era "hacer el amor", y se lo enseñé —dijo Mei Ling entre risitas. —Es todo. Fue una noche que se salió de control, y con eso bastó para hacer de él un niño con lo que yo llamo, el Miedo Total, en el corazón. No existe algo más divertido, ¡y cómo lo disfruté!. Así como estoy disfrutando esto, Shifu, con toda esta escoria, reunidos. Lo primero que quería era que vieran bien a su máximo guerrero así como está, mírenlo bien. Lo segundo, es comunicarles que su Valle ya está ocupado por nosotros, y el Palacio por supuesto. Grulla y Tigresa deben estar, temo decirlo, muertos para estos momentos. ¿Quieren resistirse aquí y ahora, Mono, Mantis, Víbora? Víbora, tú siempre estuviste al pendiente de mí, fuiste como una mosca zumbándome en la cabeza, pero te faltó mucho. Si deseas, podemos terminar esto ahora mismo, tú y yo, preciosa.

Víbora sintió un latigazo de furia en todo su cuerpo, y era el odio intenso que amenazaba con disparar como veneno a esa gata odiosa, que le hacía señas con la mano, invitándola a atacar cuando quisiera.

Fue todo en un relampagueo: Víbora se lanzó con los colmillos por delante al cuello de Mei Ling, lo tenía a centímetros para hacérselo pedazos… pero, la felina, con un pulgar y el índice la sujetó del cuello con una facilidad asombrosa. Le sonreía.

—¡NO! —gritó Shifu.

Y Mei Ling oprimió ambos dedos contra su piel de escamas verdes. Víbora cayó al instante, desmadejada y con los ojos abiertos de sorpresa.

—Las culebras son tan frágiles —murmuró Mei Ling, condescendiente.

Po no salía de sus gimoteos, parecía que todo lo había enloquecido. Mono y Mantis sabían que si se movían, eso podría significar su fin apenas le dieran la espalda a Tai Lung y al Lobo en la puerta. Víbora había sido tentada, y pagó el precio. Solo esperaban que estuviera con vida.

—Está con vida. Muerta, no me sirve, amiguitos. Pero no podrá pelear por un buen rato. —Mei Ling los miró, como si les leyera la mente. Arrojó la víbora a un costado de Po, como sí nada la hubiera perturbado. —Seré claro. Muchos de ustedes ya estaban muertos antes de que llegara aquí. Me importunaron bastante. A pesar de tener listas muchas cosas desde hace años, retrasaron mucho esto. El Valle de la Paz revelará su verdadera razón de ser ahora que estoy al mando.

—¿Qué… qué vas a hacer? —Shifu apenas atinó a preguntar. —¿Quién eres?

Mei Ling lo miró como si mirara algo desagradable. Sus pupilas se convertían en horribles arrugas, como si sus ojos estuvieran hechos por pasas enormes. El panda rojo retrocedió.

—Yo soy Todo y Nada a la vez, Shifu. Y tienen solo una opción. Este caballero —dijo señalando a Tai Lung— y mis compañeros, los guiarán a las mazmorras del Palacio, mientras decido que hacer con ustedes. Al Panda, lo vestirán de bufón y me hará reír mientras aún le quede algo de cerebro. El Templo de Jade nos pertenece, Shifu. Me pregunto que pensará Oogway en el más allá. Fue demasiado fácil tomar el último baluarte del Kung Fu, el más respetado de toda China. Incluso Lee Da fue un poco más difícil, muchos se resistieron, hasta que tomé a esta gatita prestada. Pero ya todos pasaron a la historia.

Mono y Mantis estaban helados de pánico. Su palacio, su hogar, estaba siendo tomado por todos los demonios del averno, y no podían hacer nada para evitarlo. Cuando Mono quiso moverse, se dio cuenta con horror, que Tai Lung ya los había cercado. A una velocidad impresionante, el leopardo agarró del cuello como si nada, y lo alzó sobre las miradas impactadas de todos, atenazándolo.

—¿Me recuerdas, verdad? Sabes lo que pasará si intentas algo, chango. —La voz de Tai Lung, fría, monocorde, pero sobre todo, tranquila fue lo que más atemorizó a nuestros amigos. Parecía que esta vez, por increíble que pareciera, el leopardo pensaba. —Te conviene obedecer a mi amo. Eso les dará más tiempo para seguir respirando.

—¡JA JA JA! ¡Los niños mimados de Jade no saben ni lo que pasa! —cacareó Luang. Las dos felinas de manchas y miradas malévolas, rieron como hienas.

Shifu miró a su alrededor. Vio a Po en el suelo, era una desgracia, junto con Víbora inconsciente, vio a Mei Ling, que lo evaluaba y parecía leerle la mente. Vio a Tai Lung arrinconando a sus dos hijos, junto con esas dos felinas que ya iba reconociendo y convenciéndose del terrible problema que le había agarrado con la guardia más que baja. Habían caído hasta el fondo de la ratonera, y de la manera más torpe, descuidada y ruin. Todo había sido parte del Plan de la Maldad. Destruir desde adentro la unión que habían forjado, separar a Tigresa y a Grulla del grupo, robar los tesoros. Destruir la cordura del Guerrero Dragón hasta la médula. Por todos los Dioses… solo quedaba una salida.

—¡No se muevan, Mono, Mantis! ¡No les hagas nada a mis estudiantes, Mei Ling! ¡Yo me rindo! —Shifu gritó, alzando las manos.

Mei Ling sonrió con malignidad. Ya sabía de antemano lo que iba a pasar, y lo paladeó con placer. Tenía preparadas las palabras justas para ese momento.

—¿A Esto respetaste por tantos años, Tai Lung? ¿Esta escoria que se rinde cuando ya no hay más que hacer?

Tai Lung no dijo nada. Solo apretó los puños, soltando a Mono y cercándolo con Mantis.

—Bueno, ya no importa. Guíenlos a las mazmorras. El panda, lo quiero cerca. Será una excelente mascota para mi entretenimiento, aunque no creo que dure mucho. — lo miró con asco. Esta vez Po estaba en posición fetal, chupándose el dedo pulgar y dando vueltas en el suelo, como si se tratase de un bebé.

—Amo, ¿qué pasará con estos inútiles del Yunque? —preguntó una de las felinas que acompañaba a Luang.

—Ah… el Yunque del Cielo. Ejecútenlos. Supongo que te agradará cumplir esa tarea, ¿eh, Tai? Ni uno con vida. Y la cabeza de Vachir la quiero en una pica, al pie de las escaleras de este palacio.

—Entendido, amo —dijo Tai Lung automáticamente.

—Espera… —Mei Ling le puso la mano en el hombro, mirándolo divertida —Cambio de planes. Diles a las dos Wu que se lleven a este estúpido panda, a Feng Ren Yuan, inmediatamente.

Las gatas grises de manchas negras, las famosas Hermanas Wu, escucharon eso, se miraron incrédulas, y al instante se desternillaron de risa. Mantis y Mono se miraron y no podían creerlo. Shifu murmuró y vio a Po con infinita tristeza.

—Feng Ren Yuan… Ese lugar… no…

5

Rumor de agua.

¿Qué había pasado?

Biao, el tigre joven de Luó, abrió sus ojos, rojos como el fuego. Estaba lleno de lodo, todo su cuerpo estaba negro como el barro, y su pelaje endurecido.

¿Tigresa? ¿Acaso…?

Y la miró. Tirada a un costado, igual de negra como el barro, inconsciente al parecer. Estaban al borde de un estanque de aguas cristalinas y tranquilas. El ruido de la naturaleza lo era todo ahí. Ya no estaban en Luó.

Trató de recordar. Ella lo había curado… la había abrazado. Sintió que algo en su estómago saltaba al verla así, era algo muy bonito. Y entonces…

"Mi padre…"

Ella lo retó, peleó con él. Una parte de su ser sabía que no debía, pero su padre lo obligó… y entonces, fue cuando todo se apagó.

¿Dónde estaban? ¿Cómo había llegado ahí?

Tigresa había usado lo que podía llamársele "espíritu" para poder escapar a tiempo de aquellas presencias sombrías que cabalgaban como jinetes oscuros hacia Luó.

Por pocos instantes, no hubiera sido suficiente. Tuvo que enterrarse como pudo en una porqueriza fuera de la casa, junto con Biao. Cubiertos de lodo, apenas pudieron burlar aquellas presencias, que parecían hechas de humo, pero que eran tan reales que pusieron de cabeza la casa de Jiatu, y quemaron hasta reducir a cenizas su residencia. Aquellas sombras tenían dientes enormes y pelo hirsuto. Eran tan horribles que hasta ella se atemorizó. Afortunadamente el joven tigre seguía inconsciente y pudieron permanecer boca abajo en el lodo hasta que los primeros rayos de sol hicieron que aquellas cosas se fueran tan rápido como habían llegado. Todavía pasó un rato mientras el sol seguía avanzando por la mañana, para salir de su escondite. Aún tenía el veneno adentro, pero lo controlaba, su cuerpo y mente lo mantenían a raya, mientras cargaba a Biao, alejándose de Luó. Ahora ya no tenía otro camino más que seguir, su búsqueda parecía llegar a su fin mucho antes de lo planeado.

Pero no podía regresar al Palacio de Jade así. No había encontrado nada. Po al menos ya sabía donde vivía, quienes habían sido sus padres… pero ella seguía con la incógnita. Jamás la dejaría en paz. Continuó al oeste, hasta que al mediodía sintió algo raro en su garganta, y se desplomó, por el calor y el agotamiento, aunado al veneno que aunque controlado, seguía corriendo en su organismo….

Biao la miró, pero algo raro pasaba. Sí, su garganta estaba hinchada, tanto, que Tigresa parecía un sapo negro.

—Tigresa… ¡Tigresa!

El tigre la metió al estanque, para enjuagar el barro de sus cuerpos, y comprobar con horror que Tigresa estaba envenenada, y era presa de una intensa fiebre. No solo su garganta estaba hinchada, y su lengua amoratada. Apenas respiraba con dificultad. Puntos rojos comenzaban a salir por su cuello abultado como un globo.

Reconoció al instante esos síntomas. Eran la "mezcla especial" de papá Jiatu. Una vez lo vio utilizarlos contra un rinoceronte gigantesco, que lo amenazó de muerte. Hizo el ademán de contarle un secreto, y sopló un polvo negro sobre su cara. El rino cayó fulminado casi al instante, y el cuello le reventó como un globo sanguinolento al cabo de unos minutos, dándole una muerte agónica y terrible.

Tenía que encontrar el antídoto rápido, o Tigresa no resistiría más.

Biao la dejó bajo la sombra de un gran árbol, y corrió lo más fuerte que pudo. Sabía cuáles flores y qué polen se necesitaba para mezclar y hacer el antídoto, pero no disponía más que de unos minutos.

—Tigresa… no te mueras, no dejaré que te mueras.

Juntó las hierbas, a pesar de que le dolía mucho el cuello por el tremendo golpe de Tigresa, hacía lo imposible por regresar y preparar la mezcla mientras corría.

Llegó hasta Maestra Tigresa, que estaba en la misma posición en la que la había dejado. Pero… no respiraba.

—Tigresa… ¡Tigresa! ¡Dioses!

La garganta de Tigresa parecía un volcán a punto de hacer erupción, y su cuerpo estaba tan caliente que parecía un horno de pan. Unos segundos más y reventaría con su yugular hecha trizas. El antídoto ya no servía de nada en ese momento. Buscó de prisa en la mochila que traía Tigresa, esperando que trajera algo puntiagudo consigo. No encontraba nada…

—No, No, ¡NO! ¡No puedes morir, Tigresa!

La miró a ella. Solo había una alternativa. Si fallaba…

—Esto es mi culpa. Tengo que poder.

Sacó sus garras, escondidas siempre, y que solo salían a la orden de su padre. Tan poco las usaba que hasta las había olvidado. Eran su último objeto puntiagudo, y la última esperanza de la felina. Se acercó a su garganta, y se preguntaba cómo es que no había reventado ya. El rino aquel, que era un poderoso enemigo de la aldea, ni siquiera duró unos minutos, y eso lo tenía muy presente.

—Ahora —se dijo, infundiéndose ánimos. —A la una, a las dos…

Sin decir a las "tres", Biao clavó su uña filosa en un costado de donde debía estar la nuez de Adán de Tigresa. Poco a poco la hundió, esperó unos instantes… y la sacó. Un chorro de pus negro y sangre contaminada salió como un chorro, emitiendo un sonido asqueroso. Tigresa aún seguía sin respirar.

—¡Vamos, por favor! —La tensión de Biao estaba al límite. El pus negro salía como un torrente de porquería, y resultaba impresionante que todo eso estuviera almacenado ahí. Era un veneno sumamente fuerte. La garganta iba recuperando su aspecto normal poco a poco, pero la felina no reaccionaba.

—¡No! ¡Vamos, Maestra!

De golpe, Tigresa tosió una bola de pelo y mucosidad también negra, y abrió los ojos. Su garganta siseaba, señal de que estaba inspirando. Se agarró fuerte del brazo de Biao, y a horcajadas terminó de sacar aquella porquería de su sistema.

—¡Maestra Tigresa! Por favor, ¡Respire poco a poco, ya casi sacas todo!

Tigresa estaba pálida, y se sentía muy débil. Se había desconectado de este mundo por unos momentos, y aún parecía muy lejos de la realidad. Se abrazó a Biao. En su delirio, quiso articular "Gracias Po" pero lo único que emitió fue un silbido muy parecido a los de su amiga Víbora cuando estaba molesta.

Y se desmayó.