NdA: ¡Hola! ¡Os traigo un nuevo capítulo! Espero que os guste.

En este capítulo vemos de nuevo una escena que vimos en un capítulo pasado, ahora desde un punto de vista distinto (parecido al capítulo anterior cuando Hermione y Draco se reencuentran). La escena está al final y quizás no os acordéis porque no recalqué su importancia, la escribí como si fuera una escena más entre situaciones más importantes como la pelea entre HyD y la muerte de Dumbledore.

Os aviso que en este capítulo hay pequeños flashback que a lo mejor os lían un poco: los he puesto en cursiva para que sea más fácil de leer.

Un saludo a todos y gracias por el apoyo que me habéis dado hasta ahora.

PARTE 7

Curso 1996-1997.

29 de Junio de 1997.

Crux estaba en el vestuario del equipo de Quidditch terminando de anudarse la corbata de Slytherin para volver al castillo cuando Draco Malfoy entró vestido con el uniforme del equipo y acompañado de otro chico más alto que él y de piel oscura. Sus dos compinches –Crabbe, Goyle- por primera vez en semanas no estaban a la vista.

-Buena jugada –dijo Draco, serio-.

-¿Gracias?

-Te hemos visto desde las gradas –explicó el chico alto-.

Los tres se quedaron mirando unos a otros sin decir nada más. No dijeron "¡eres realmente bueno!" ni "¡deberías unirte al equipo!", pero se leía entre líneas.

Y eso fue todo. Los dos chicos dejaron sus cosas en el banco y salieron a jugar. Crux terminó de anudarse la corbata y les siguió pero en vez de bajar al campo con ellos se reunió con Lyra en las gradas.

Ella estaba sentada al borde del asiento, mirando con nerviosismo y excitación la versión juvenil de Draco Malfoy. Cuando por fin miró a Crux sus ojos estaban abiertos de par en par.

-¿Te has cruzado con él?

-Piensa que soy bueno –medio sonrió, complacido-.

-¡Se han sentado casi a mi lado! –exclamó ella-. Mi padre ha pasado primero por delante de mí, y luego Zabini, y casi me dan un susto de muerte cuando se han sentado ahí mismo –señaló con una mano temblorosa-. Y luego Zabini me ha guiñado un ojo. ¡Me ha guiñado un ojo!

Estaba colorada, y nerviosa, y seguía agarrada al borde del asiento con mano de hierro.

-Sí, sí, el señor Casanova te ha guiñado un ojo. Qué emoción.

-El otro día me invitó a ir a Hogsmade juntos –añadió. Crux levantó una ceja, luciendo casi sorprendido-. Vale, me dio tanta vergüenza que me fui corriendo sin contestarle. Y luego me enteré de que había ido con Susan Reiss. Quien no le dijo que no. Ni se fue corriendo. Pero aun así me lo preguntó a mí primero.

Crux puso los ojos en blanco.

-Es viejo, Lyra.

-¡No todavía!

Él le envió una mirada dudosa a la que Lyra respondió sonrojándose.

Ningún chico le había hecho caso hasta ahora: en casa era Lyra Malfoy, ordinaria, aburrida. Aquí podía ser cualquiera. Podía decir cualquier cosa. Y los chicos guapos la encontraban interesante y misteriosa.

Todo había empezado cinco meses atrás. Lyra y él habían aparecido en Hogwarts repentinamente, trasportados desde la Mansión Malfoy en Wiltshire hasta Escocia en cuestión de segundos. Los dos habían notado los cambios de inmediato pero no habían sabido a qué se debían estos. Su primera intuición había sido que los profesores los habían hecho llamar con algún hechizo, por alguna razón desconocida, pero después de entrar al Gran Comedor se habían dado cuenta de que algo iba muy mal.

Crux lo recordaba como si hubiera sido ayer mismo.

-.-.-.-

Enero de 1997.

Aparecieron a las puertas del colegio, al otro lado de la verja. Estas no se abrieron cuando Lyra ejecutó un Alohomora ni cuando Crux ejecutó otros tantos más avanzados. Al final escalaron la verja, cosa que no tendría que haber funcionado en absoluto -¿había una manera más muggle de entrar que esa?- pero, curiosamente, no activaron ninguna protección.

Había unos veinte minutos de distancia desde la verja al castillo en sí y ambos usaron ese tiempo para discutir cómo habían llegado aquí (Crux ganando con su teoría de que los profesores los habían llamado) y cómo era posible que se hubiera hecho de día si en Wiltshire acababan de cenar ("¡Magia, Lyra!").

No se cruzaron con nadie fuera ni dentro del castillo, aunque luego descubrieron que fue así porque todos estaban desayunando en ese momento.

Al llegar al Gran Comedor notaron la ausencia de las Reubicadas que normalmente hacían guardia en la puerta y que se encargaban de abrirla para los alumnos. Ésta estaba abierta de par en par, en cambio, y ambos escucharon el revuelo del interior mucho antes de poner un pie dentro.

Cuando entraron se encontraron con cientos de estudiantes hablando, riendo y comiendo. Se pararon en el acto. Nunca habían visto el Gran Comedor tan lleno. Incluso contando a todo el alumnado de primer a séptimo año este no superaba los dos centenares de alumnos.

Quizás eso explicaba que hubiera cuatro mesas en vez de dos, para poder acoger a tantos alumnos. ¿Pero de donde había salido toda esta gente?

Crux la golpeó en el brazo para llamar su atención y le señaló la mesa de profesores.

-¿Quiénes son esos?

Había una mujer mayor de pelo gris y gafas con un sombrero puntiagudo que estaba inclinada hablando con un hombre enorme, más grande que cualquier otro que hubieran visto antes, de cabello negro, largo y desarreglado que tenía la camisa y la barba llena de migas. Al otro lado del semi-gigante, un hombre pálido y de facciones poco amables se sentaba con la espalda recta y sin dirigirle la palabra a nadie. Su mirada era dura y condenatoria y el cabello negro le caía a cada lado de su cara como una cortina. En el extremo de la mesa, un anciano vestido de púrpura sonreía de oreja a oreja, primero a sus compañeros profesores, luego a los alumnos y por último a su plato. Los saludó con la mano alegremente cuando los vio parados delante de las puertas de acceso al Gran Comedor con las mandíbulas hasta el suelo.

-¿Por qué no reconocemos a nadie?

Lyra le respondió con una mirada desesperada. Ella tampoco lo sabía.

Se unieron a una de las mesas más cercanas e intentaron espiar las conversaciones de sus vecinos. Ninguno estaba hablando de nada interesante, solo de la comida y de los planes que tenían para el día.

-Pretende que todo está igual que siempre. Luego iremos a mi dormitorio y veré si alguno de mis compañeros se ha quedado por Navidad. Que no conozcamos a esta gente tampoco es tan raro si no son de nuestro curso… ¿no?

Lyra asintió repetidamente aunque no le encontrara mucha lógica a lo que Crux estaba diciendo. ¿Cómo era posible que no reconocieran a ningún alumno? Habían pasado años con esta gente. Pese a que no hubieran hablado por ser de cursos distintos al menos tendrían que sonarles sus caras.

Pero su primo pareció llegar a la conclusión de que no iba a encontrar más respuestas por el momento y empezó a comer, así que Lyra hizo lo mismo.

-.-.-.-

No había sido fácil, al principio.

Descubrir que habían retrocedido casi diecinueve años en el tiempo le habría resultado chocante a cualquiera. Ninguno de los dos se lo había creído del todo y Lyra había pasado días diciendo que todo era una broma de sus compañeros de clase y que en cualquier momento aparecerían para burlarse de ellos por habérselo creído, lo que no parecía tan malo si lo comparabas con la verdad: que realmente habían retrocedido en el tiempo y que no tenían ni idea de cómo volver.

Todo aquí era distinto. La gente reía y gritaba por los pasillos. Los cuadros le hablaban a todo el mundo y hacían preguntas. Los profesores eran amables. Incluso tenían un director chiflado y paternal. Todo el mundo era feliz.

Eso había sido lo más difícil a lo que acostumbrarse, extrañamente. Seguían esperando a que todo se viniera abajo.

-.-.-.-

Ridículamente, lo que les hizo creer que sí, que decididamente lo que sucedía era muy extraño, fue terminar asistiendo por accidente a una clase (Crux solo había querido buscar un sitio tranquilo y solitario) de Estudios Muggles.

Durante una hora ambos escucharon escandalizados a la profesora alabar a los muggles y sus inventos de forma apasionada y temeraria.

Cuando la clase terminó Crux y Lyra salieron con los demás alumnos, quienes no repararon en ellos gracias al hechizo de ocultamiento de Crux, y se sentaron en el suelo con la espalda contra la pared durante lo que parecieron horas.

-En casa… En casa nuestros compañeros la habrían denunciado a la primera ocasión…

-Y los aurores habrían venido a por ella –terminó Crux-. Sí, lo sé.

-Esta gente se ha sentado durante una hora y la ha escuchado decir que los muggles son asombrosos. Ha dicho asombrosos, Crux. Y sigue viva.

-Ya.

-¿Dónde estamos?

Él suspiró y dejó caer la cabeza sobre su hombro. Tampoco lo sabía.

-.-.-.-

No todo había sido malo durante estos cinco meses. Crux pasaba el tiempo practicando Quidditch o con ella, y Lyra, cuando él no estaba, se sentaba con las otras alumnas de Ravenclaw. Su madre (¡su madre!) Cassiopeia solo iba un curso por encima de ella (un curso por encima del que Lyra solía ir) y aunque ambas hablaban con frecuencia… desde el principio fue evidente que Cassiopeia era demasiado popular para ella. Lyra desentonaba de forma estridente, y estaba casi segura de que su madre solo la invitaba porque sentía pena por ella. En su Hogwarts, el Hogwarts de su época, Lyra pasaba totalmente desapercibida. No tenía ni idea de lo que hablaban las chicas de su edad porque su único amigo era Crux. De alguna manera, dudaba que ellas quisieran escucharla hablar sobre la vez que casi fueron devorados por las criaturas del lago cuando Crux quiso probar un hechizo nuevo que supuestamente los haría pasar por uno de ellos, o la vez que terminaron dentro de una montaña de excrementos intentando espiar a los dragones que habían sido traídos desde Rumanía. Lyra ni siquiera quería acordarse de eso ella misma.

Cuando no estaba ni con Crux ni con Cassiopeia, Lyra pasaba el tiempo con Luna Lovegood. Ambas parecían cortadas por las mismas tijeras. Puede que Lyra no tuviera su gusto por la excentricidad pero sí que conocía la sensación de que te juzgaran por ella.

A través de Luna, Lyra conoció a Ginny y a Neville. Luna también quiso presentarle a sus otros amigos –Hermione, Harry, Ron- pero no se presentó la ocasión y a Lyra tampoco le importó; prefería el anonimato.

Ginny era como una supernova. Tenía una energía increíble y siempre estaba contenta. Neville era más reservado y tenía poca confianza en sí mismo, pero era increíblemente leal y siempre estaba dispuesto a hacer nuevos amigos.

De alguna manera, conocerlos a todos ellos hizo que esta experiencia fuera un poco más agradable.

-.-.-.-

Entraron a la Sala Común de Slytherin esa primera noche con la intención de dormir allí mismo en cuanto todos subieran a sus dormitorios y dejaran de prestarles atención.

La Sala Común era muy parecida a su Sala Común. La luz tenue, la decoración en tonos verdes, los dos sillones colocados en forma de L frente al fuego, los tapices con la serpiente de Slytherin colgando de la barandilla que llevaba a los dormitorios, en lo alto de la escalera.

Pero había pequeñas diferencias.

Los sofás, aunque del mismo color y estilo, eran distintos, más viejos. La puerta de la Sala Común podía cerrarse (los alumnos tenían permitido cerrarla) y se abría con una contraseña. Y la vitrina de los Vencedores no estaba.

Crux la había visto cada mañana al bajar a la Sala Común durante casi tres años, y cada tarde al volver. La vitrina estaba dedicada a personajes importantes de la Casa Slyherin: el vestido que Bellatrix Lestrange había llevado durante su triunfo en la Batalla de Hogwarts, la máscara de Antonin Dolohov, el puñal de Augustus Rookwood y unos guantes pertenecientes al Señor Oscuro. La vitrina siempre estaba asegurada por hechizos protectores que ni siquiera los alumnos de séptimo año podían burlar, por lo que su ausencia le resultó sospechosa.

Ciertamente, habría resultado imposible encontrar exhibidos objetos que ni siquiera habían sido utilizados todavía.

-.-.-.-

Crux la detuvo cuando salieron del campo de Quidditch agarrándola del brazo. Extrañada, Lyra se giró a mirarlo.

-¿Te acuerdas que me prometiste que me ayudarías a salir mañana del castillo? Dijiste que encontrarías la forma de que pudiéramos llegar a Hogsmade.

Lyra frunció el ceño.

-¿Por qué mañana? Vamos a llamar la atención si nos ven en el pueblo entre semana.

-Tiene que ser mañana. Tienes que estar en la verja a las siete para que nos de tiempo a irnos.

-¿Nos de tiempo?

-¿Vas a venir o no?

-Vale, vale –levantó las manos-. Pero después de que vea a Luna. He quedado con ella a las seis.

-Tienes que estar a la hora. Promételo.

Lyra puso los ojos en blanco.

-Que sí, pesado. Estaré a las siete en la verja.

Crux se la quedó mirando fijamente, como si intentara averiguar si estaba mintiendo. Finalmente asintió.

-.-.-.-

-¿Crees que lo que dijo el tío Pólux es verdad?

Lyra se atrevió a hacer la pregunta cuando ya habían pasado varios días desde su llegada a este… tiempo. Días después del incidente durante la cena en su casa. Pero, aunque hizo la pregunta, no miró a su primo a la cara cuando la hizo, y su tono de voz fue apenas audible.

-Por supuesto que no.

Ella levantó la cabeza, sobresaltada.

-¿No?

-No.

-Pero dijo que mi madre… y que mi padre… Dijo que mi madre estaba presa…

Crux se echó hacia adelante y la miró a la cara.

-Pólux solo dijo lo que quiso. Quería molestarte, y a tu padre también. Él no sabe una mierda.

-P-pero entonces, ¿por qué mi padre puso esa cara? Parecía…

-¿Con lo que Pólux estaba diciendo? Claro que reaccionó mal. No significa nada.

Lyra suspiró, pero sus hombros siguieron tensos.

-¿Lo piensas de verdad o solo estás diciendo esto para que no esté disgustada?

-¿Cuándo te he mentido? –Lyra no lo notó pero una nota de culpabilidad cruzó el semblante de Crux por un momento-.

-Nunca. Pero tampoco me lo cuentas todo siempre.

-Te estoy diciendo la verdad.

Y realmente no mentía esta vez.

-.-.-.-

30 Junio 1997

-En 1989, contando con veintisiete años, mi amiga Emertia me propuso una apuesta: en caso de poder vivir como muggle durante 365 días, ella hablaría con su editor en jefe para que escuchara mi propuesta para un libro, y así fue como esta historia empezó. Un día de Abril guardé mi varita en el fondo del armario de mi casa en Diagon Alley, me enfundé en un grueso abrigo, cogí mi paraguas y salí por la puerta rumbo a mi nuevo apartamento en un barrio hípster (véase notas finales) de Londres, decidida a vivir sin magia durante un año. Nadie pensó al principio que lo lograría pero pasados los primeros y espantosos meses, me di cuenta de que había valor en vivir haciendo por nosotros mismos las pequeñas cosas que nos hemos acostumbrado a hacer con magia. Arropada por la comunidad muggle, aprendí a fregar el suelo con un trapo, a comer pizza (véase notas finales), a bailar al son de The Smiths (véase notas finales) y a conducir (véase notas finales) irresponsablemente por las calles de Londres. ¡Y qué gran año fue! –Lyra dejó de leer-. ¿Esto es en serio?

Miró de nuevo la portada del libro. "Mi vida como muggle" de Daisy Hookum, con una foto de la autora debajo.

-Me lo tuve que leer en tercero para Estudios Muggles. ¿Tú no? –preguntó la otra chica. Era delgada y de estatura media, rubia y de ojos claros. Llevaba el uniforme de Ravenclaw complementado con unas gafas de diferentes colores, rosa un lado y azul el otro, cuya montura terminaba en forma de unas alas. Su nombre era Luna Lovegood-.

Al verse cuestionada, Lyra tiró el libro sobre la cama y fingió no haberla escuchado. Luna no volvió a preguntar; nunca lo hacía. Que Lyra supiera, la otra chica no tenía ni idea de a qué curso iba, ni le interesaba saberlo tampoco. Era una de las pocas personas con las que podía relajarse porque parecía más interesada en su compañía que en conseguir detalles personales.

Cuando una venía del futuro y ni siquiera estaba inscrita en el colegio donde residía, las preguntas eran su peor enemigo.

-¿Qué estás haciendo?

-Estoy leyendo la última edición de The Quibbler. Mi padre escribe para ellos. El artículo habla sobre los nargles, que todo el mundo piensa que están extintos, pero que no lo están…

Su voz era animada y apasionada pero, más que a la revista, la atención de Lyra se dirigió a los dibujos que colgaban de la pared, dibujos hechos a mano, que mostraban todo tipo de criaturas, así como bocetos de las gafas que Luna portaba, de un collar de lo que parecía el corcho de una botella y pendientes de rábanos, y también dibujos de personas: un chico larguirucho con gafas y pelo revuelto que volaba encima de un cohete, una chica con pelo de león que tenía garras en vez de manos y otra chica con aspecto decidido y fiero cuyo pelo era la única nota de color entre todos ellos, pues Luna se lo había pintado de un tono rojo fuego. Lyra la reconoció: era Ginny.

-Son mis amigos –explicó Luna-. Ahora estoy dibujando a Ron. Y luego a Neville. Cuando tenga tiempo. También quiero hacer este collar. Los pendientes ya los tengo –se apartó el pelo de la cara y se los mostró-. ¿Ves?

-Ehhh… ¿Son bonitos?

La sonrisa de Luna se volvió resplandeciente.

-¿Quieres ir a estudiar a la biblioteca?

-En realidad he quedado con Crux –menos mal porque de otro modo habría tenido que buscar una excusa que justificara que no trajera libros a su sesión de estudio-. ¿Sabes qué hora es?

-Las siete y cuarto.

Lyra desvió la atención de la pared de golpe.

-¿Es en serio? ¡He quedado con él a las siete!

-Quizás aún estés a tiempo de llegar.

Lyra reunió sus cosas a toda prisa.

-.-.-.-

Lyra recordaba la primera vez que había visto a su padre. A esta versión de su padre. Había estado sentada en un rincón de la Sala Común de Slytherin, tratando de no llamar la atención, cuando Draco Malfoy había entrado por la puerta como si el mundo le perteneciera. Alto, guapo y condescendiente, había echado a toda la gente de la Sala Común menos a sus amigos. Lyra había visto a los otros estudiantes reunir sus cosas y salir en una especie de estupor. Por un momento había olvidado que ella también debía salir, que este Draco no la veía como familia o como amiga, y no se había dado cuenta de eso hasta que una muchacha de cabellera negra y ojos oscuros se había quedado mirándola fijamente. La tía Pansy, su mente suministró.

Su forma de moverse, cómo se levantó lentamente del sofá sin llegar a despegarse del todo… como un animal salvaje preparándose para atacar. Esta Pansy no había cambiado ni un ápice. Era extraño, toda esa confianza en una chica tan joven, pero realmente podía ver a la tía Pansy en cada movimiento.

Lyra reaccionó, se levantó a toda prisa y salió de la Sala Común.

-.-.-.-

Se encontró con Blaise Zabini mientras bajaba las escaleras de la Torre de Ravenclaw después de despedirse de Luna. El chico estaba apoyado contra la pared, en apariencia sin hacer nada, pero sus ojos se movieron hacia ella cuando escuchó sus pisadas bajando. Tras un segundo, la observó de arriba abajo, sonriendo.

-Hola, preciosa.

Lyra se sonrojó hasta las orejas.

-Zabini –dijo, acelerando el paso para pasar por su lado lo más rápido posible-.

Él la agarró de la muñeca.

-¿Ni siquiera un "hola"? ¿O "cómo estás"? Estoy muy bien, por cierto.

-T-Tengo prisa.

Él se acercó a ella hasta que Lyra quedó atrapada entre el borde de las escaleras y su pecho. Parpadeó hacia él, sorprendida. Era la primera vez que se veía en esta clase de situación y no sabía qué pensar. ¿Debía quedarse donde estaba? ¿Apartarse? Algo le decía que Zabini estaba acostumbrado a hacer este tipo de cosas todos los días. Ella no era nada especial; simplemente se había dado el caso de que había sido ella quien había bajado estas escaleras en un momento en que él había estado aburrido y sin nada mejor que hacer que coquetear con chicas. Cada semana la veía con una chica distinta –sin importar su color de pelo, o su Casa, o si eran mayores o menores que él-.

Además, eeeerrrg, en esta época solo se llevaban dos años, ¡pero Zabini tenía la edad de su padre! No importaba que nunca se hubieran conocido en su época, simplemente… no.

Por muy guapo que fuera.

Lentamente despegó los dedos que la agarraban de la muñeca, ignorando la sonrisa de Zabini que fue ampliándose con cada dedo que apartó. La caza, pensó. Se alimenta de ella.

Zabini abrió la boca, todavía sonriendo, pero cualquier comentario que tuviera pensado hacer quedó olvidado cuando repentinamente ambos sintieron que el suelo se estremecía a sus pies. Lyra gritó sin pretenderlo y se agarró a lo primero que encontró, que en este caso fue el brazo de Zabini. El chico la agarró por los hombros y la estabilizó, por primera vez sin esa sonrisa coqueta que siempre tenía preparada para cualquier chica bonita que se cruzara con él. Su agarre era fuerte.

-¿Estás bien?

Ella asintió.

-Sí, sí, solo he perdido el pie durante un segundo –si él no hubiera estado aquí, si no la hubiera cogido a tiempo… Se habría caído sin duda-. Gracias, Zabini.

De nuevo, él no sonrió. En cambio, se colocó en el escalón inferior a ella, tapándole la vista de lo que sucedía al pie de la escalera. Escuchó pisadas, y maldiciones.

-¿Sabes lo que está pasando?

-No –pausa-. Pero quédate detrás de mí.

Lyra cerró el puño alrededor del jersey de lana que él llevaba y esperó… a ver si algo sucedía. En efecto, no tardaron en ver sombras moviéndose en las paredes. La escalera tenía forma de caracol, por lo que debían dar un último giro antes de llegar al final de ella; si veían sus sombras, sin embargo, era porque estaban allí mismo, nada más girar…

En el transcurso del minuto siguiente, escucharon a alguien gritar un hechizo que ninguno conocía, y luego un grito diferente, dolorido, y algo golpeando el suelo. Otra voz, desde la distancia, chilló:

-¡Mortífagos! ¡Son Mortífagos! ¡Están atacando el colegio!

La mano de Lyra, la que se agarraba a Zabini, cayó laxa a un lado de su cuerpo. Mortífagos. ¿Atacando? ¿Su padre? ¿Tía Pansy? ¿El tío Pólux? ¿El Señor Oscuro? ¿Por qué atacarían un colegio lleno de estudiantes, cuando dicho colegio ya era suyo?

No todavía, recordó.

Nadie hablaba sobre la guerra en el colegio. A veces Lyra escuchaba susurros al pasar. Gente hablando de ataques en otros lugares de Gran Bretaña. Unos pocos comentarios que estaban muy cerca de la disensión. Pero nunca hablaban en voz alta. Casi parecía que no hubiera una guerra fuera de estos muros en absoluto. La gente tenía miedo de hablar.

Las voces debajo de ellos se hicieron más fuertes. Zabini retrocedió y se detuvo en el mismo escalón que Lyra. La empujó con todo su cuerpo, fuerte.

-Sube. ¡Sube! Nos esconderemos en tu Sala Común. Rápido. Date prisa.

Lyra se dio la vuelta y corrió, arañando las paredes en su afán por llegar más rápido, dándose impulso. Sin embargo, no llegaron a dar más de dos giros a la escalera cuando escucharon las pisadas persiguiéndoles, cada vez más cerca. Lyra gritó cuando Zabini se cayó de lado y la golpeó por accidente. El chico sacó la varita a toda prisa pero el hombre que los perseguía fue más rápido y se la arrebató. Este era alto y bien construido, y llevaba una túnica negra y la cara oculta tras una máscara. Lyra no tenía ni idea de quien era.

Mortífago.

Era como los otros lo habían llamado. La élite entre los hombres del Señor Oscuro. Muy pocos tenían el honor de ser nombrados Mortífagos en la época de Lyra, solo aquellos que quedaban vivos y que habían luchado en la Primera y la Segunda Guerra Mágica. Ya no había razón para nombrar más. Los ciudadanos obedecían sin rechistar.

Quizás Lyra estaba acostumbrándose a este mundo más de lo que pensaba porque, cuando el hombre los atacó, estuvo tan poco preparada para ello como Zabini y el resto de los alumnos. Lyra gritó cuando un hechizo por poco la golpeó, siendo salvada solamente porque Zabini la apartó del camino. Cuando reaccionó, lanzó un hechizo de zancadilla, que tristemente fue repelido sin esfuerzo, pero al menos sirvió para distraerlo y que Zabini y ella pudieran echar a correr como alma que lleva el diablo.

Mientras corría pensó que había sido fácil tachar a toda esta gente de Rebeldes cuando no los conocía; cuando solo sabía de ellos que apoyaban a los muggles abiertamente en clase y que se atrevían a juzgar algo que ni siquiera entendían. Pero en aquellos primeros días no había jugado al Snap Explosivo con Cassiopeia y sus amigas, ni había pasado la noche acurrucada en la Sala Común mientras Luna le contaba historias, ni había tenido que correr por su vida mientras rehuía hechizos que no la desarmarían o incapacitarían sino que la matarían. Antes no había visto a las figuras con capas oscuras y rostros ocultos tras una máscara como alguien a quien temer.

¿Alguna de estas personas, ocultas tras el anonimato, le había dado la mano alguna vez? ¿Alguna se había sentado a su lado y le había mostrado el movimiento correcto para hacer un hechizo? ¿Alguna le había sonreído? ¿El tío Pólux? ¿El señor Parkinson, el padre de la tía Pansy? ¿Su propio abuelo, a quien nunca había conocido?

En este mundo era una desconocida más. Una Rebelde más. Una adversaria más, para todos a quienes conocía.

El agarre de Zabini alrededor de su brazo se hizo más fuerte. Pareció notar su indecisión. Sus ojos gritaban "¡Corre, maldita sea!".

Lyra pensó en Crux, quien debía seguir fuera del castillo esperándola. ¿Estaba también en peligro? ¿O el ataque se concentraba en el interior únicamente? ¿Habría podido escapar?

Si se hubiera encontrado con él a tiempo…

Se dijo que, incluso si Crux estaba ahí afuera peleando, de haber estado juntos Lyra solo habría sido una distracción. Él no la necesitaba. Puede que fuera un año mayor que él, pero Crux no necesitaba ayuda de nadie. Eso lo sabía cualquiera que hubiera cometido el error de molestarlo en alguna ocasión. Si la tía Pansy parecía una pantera, ágil y letal incluso a primera vista, Crux era como una de esas arañas diminutas que parecían inofensivas hasta que te mordían y descubrías que eran venenosas.

Sí, sin duda no la necesitaba, pero comenzaba a pensar que ella sí que necesitaba ayuda.

Zabini y ella llegaron a lo alto de la escalera, la puerta de acceso a la Sala Común estaba allí mismo, pero antes de que pudieran abrirla el hombre encapuchado los alcanzó y los apuntó con su varita.

Zabini, caballeroso incluso en estas circunstancias, se colocó delante de ella para cubrirla con su cuerpo y levantó las manos en señal de rendición.

-Nos rendimos. Nos… rendimos. Baja la varita.

El hombre se rio. Parecía estar disfrutando la situación a lo grande. Tanto que no escuchó las pisadas por detrás de él ni la voz que gritó:

-¡Desmaius!

Y que hizo que cayera al suelo inconsciente.

Lyra levantó la cabeza.

Era Draco Malfoy.

-.-.-.-

A Lyra no se le ocurrió hasta semanas después de su llegada a esta época. Crux y ella estaban sentados frente al lago, debatiendo cómo volver, cuando ella dijo:

-Tengo que juntar a mis padres –dijo Lyra-.

-¿Qué? –Crux la observó con los ojos desorbitados-.

-¡Ey, estoy casi segura de que estoy obligada a hacerlo! ¿Por qué si no estamos aquí? Es una señal cósmica o algo.

-Me niego a creer que yo estoy aquí para juntar a tus padres.

-No sé por qué te quejas. ¿Tienes algo mejor que hacer? –silencio-. Si quieres puedo ayudarte a ti también. Cuando logremos que mis padres se enamoren buscaremos a tus padres, así estarán juntos cuando volvamos, también.

-Yo no sé quién es mi padre.

-Mmm… Entonces no tienes de otra que ayudarme a mí, porque yo me he ofrecido a ayudarte a ti, así que es lo justo.

No fue tan fácil como decir "es lo justo" pero al final Crux se dio por vencido y aceptó. Lyra sonrió.

Al menos hasta que los intentos empezaron.

Primero se reunió con Cassiopeia y cuando sus amigas empezaron a hablar de chicos Lyra aprovechó para hablar bien de su padre. Sin embargo, Cassiopeia no mostró ningún interés en Draco pese a que sí que era popular entre sus amigas. Decidiendo que no le quedaba de otra que mentir, Lyra declaró que había visto a Draco mirarla en la biblioteca en más de una ocasión, lo que claramente quería decir que le gustaba Cassiopeia.

Su madre no pareció nada complacida con su afirmación, más bien lo contrario.

Cuando se quedaron solos, Lyra le dijo a Crux, poco convencida:

-No ha ido tan mal.

-Tu madre piensa que tu padre es lo peor que ha creado el universo.

-No, no, solo un matón, hay una gran diferencia. Solo necesita un poco de persuasión…

Seguramente, cuando conociera al verdadero Draco Malfoy, se daría cuenta de que no era nada como se lo imaginaba. Solo tenía que crear una oportunidad para que hablaran.

-.-.-.-

Cuando quiso hacerse la encontradiza con su padre para hablarle bien de su madre él la miró desde arriba con la nariz arrugada como si estuviera oliendo algo malo y pasó por su lado sin dirigirle la palabra.

-.-.-.-

Con todo, Lyra no se olvidó de sus planes para acercarse a su padre y conseguir que se interesara por su madre. Pero todos sus planes fracasaban estrepitosamente. Llegó al punto de pelearse con Crux en el pasillo para que la castigaran, aun a riesgo de que la profesora Trelawney (¡al menos su asignatura era optativa!) se diera cuenta de que no era una estudiante de Hogwarts.

Fue castigada, sí, y recibió el mismo castigo que su padre (fregar los calderos a mano), a quien habían castigado por saltarse el toque de queda, pero terminó con las manos enrojecidas y con ampollas para nada porque Draco la ignoró completamente; es más, terminó holgazaneando más de la cuenta y dejó que ella trabajara el doble.

Cuando por fin volvió a la Sala común, proclamó:

-Mi padre es un idiota.

Crux simplemente le levantó una ceja en señal de burla. A él no lo habían castigado porque ni siquiera había tratado de defenderse.

-¿Qué voy a hacer?

-¿Olvidarte del asunto?

Lyra bufó.

-No tenemos nada mejor que hacer en esta época. Al menos quiero que el tiempo que estemos aquí sirva para algo. Pero si ni siquiera consigo acercarme a él…

-Entonces no lo hagas. Puedes utilizar un método más indirecto… hacer que coincidan de alguna manera.

Ella pensó en ello. Quizás, si los encerraba juntos… Pero Cassiopeia nunca estaba sola; siempre había una amiga acompañándola a todos lados. No, espera, podía enviarle una nota que dijera…

Una nota.

¡Podía citarlos a ambos!

Emocionada, fue en busca de uno de sus nuevos amigos para pedir pergamino y tinta. ¡Realmente era el plan perfecto!

-.-.-.-

No fue el plan perfecto. Cassiopeia creyó que la nota de amor era de otro chico y ahora estaba saliendo con él, y su padre quemó la nota nada más recibirla.

Lyra se puso a gritar de rabia cuando se enteró, y Crux pareció encontrar todo el asunto de lo más divertido.

-.-.-.-

Jason Samuels, el chico con el que estaba saliendo su madre, resultó no ser el problema más acuciante. Aunque estuvieran saliendo, no creía que Cassiopeia se lo tomara muy en serio.

No, el principal problema resultó ser su padre porque aunque este Draco nunca, nunca sonreía (excepto esa mueca que hacía con la boca que no era una sonrisa en absoluto), y aunque actuaba como si el resto del mundo no existiera, había una gran excepción, y esa excepción tenía nombre y apellido.

Hermione Granger.

-.-.-.-

Ambos cobraban vida cuando estaban juntos. Sus peleas en medio del pasillo eran casi como un espectáculo propio del día a día en Hogwarts, algo que los alumnos esperaban ver de forma frecuente. No les prestaban atención, no como en los primeros años que se detenían a mirar a los dos chicos gritarse y destrozarse mutuamente, pero sí que era como un ruido sordo de fondo con el que llegabas a familiarizarte tanto que cuando se detenía te hacía mirar por segunda vez, con el ceño fruncido, en busca de lo que solía estar allí.

Quizás, porque Lyra no estuvo allí todas esas otras veces, podía mirar más allá de las palabras. Ver la forma en que sus ojos se retaban y sus mejillas se enrojecían con lo que a veces era ira y otras veces desesperación, o irritación, o 'acabemos de esto de una vez para que pueda besarte'.

Lyra no era muy perceptiva que digamos, pero era difícil pasar por alto al chico y a la chica que estaban dándose el lote en una esquina, completamente ignorantes de que no eran los únicos adolescentes que habían faltado a clase.

-.-.-.-

Cuando el Mortífago cayó al suelo y reveló al hombre que se ocultaba detrás, Lyra lanzó un grito:

-¡Papá!

Bajó las escaleras sin mirar. Se resbaló en el tercer escalón y cayó hacia adelante, pero su padre recibió el impacto sin nada más que un pequeño estremecimiento. Él la levantó en alto y la abrazó con más fuerza de la necesaria. Aunque le estaba cortando la respiración, a Lyra no le importó; apenas lo notó, de hecho. ¡Era su padre! No este Draco Malfoy, no el adolescente que la ignoraba, si no su padre.

Su sonrisa se ensanchó tanto que le dolió la cara, y Draco le respondió con otra un poco menos maníaca, con menos dientes a la vista.

-Lyra –le besó la frente-. Te he encontrado. Ya estoy aquí.

-Papá, ¿cómo has sabido que estoy aquí? ¿Cómo has…? ¿Qué ha pasado?

Por detrás de ella, Blaise Zabini los observaba con los ojos abiertos de par en par.

Draco levantó la cabeza y parpadeó hacia su amigo de la infancia, a quien no había visto desde el inicio de la guerra. Los Zabini se habían mantenido toda ella como neutrales y, cuando las cosas se habían puesto feas, habían abandonado el país y se habían instalado en Francia.

Draco clavó los dedos en los hombros de Lyra, como para darse fuerza, y dijo:

-Señor Zabini –lo saludó de forma impersonal, como si realmente no tuviera delante al que había sido uno de sus mejores amigos. Lucius Malfoy le habría hablado así, con frialdad; le convenía que Blaise pensara que era su padre (era lo que todos pensaban cuando lo veían)-.

Pero Blaise estaba observándolo de forma extraña, con los ojos más abiertos de lo habitual y con algo en ellos que parecía reconocimiento.

No dijo nada. No lo llamó "señor Malfoy", como llamaría a su padre, ni "Draco", como lo llamaría a él. Como si no decirlo en voz alta mantuviera el misterio en vilo. Así era como había sido Blaise toda su vida. Si no escogía bando entonces la guerra no existía para él. Si no se comprometía con ninguna chica entonces no tenía que fingir que sentía las cosas de la misma manera que los demás.

Si no lo decía en voz alta entonces podía fingir que no lo pensaba.

Este Blaise inclinó la cabeza hacia él, y esa fue toda la reacción que se permitió.

Meissa aligeró la tensión con su llegada.

-¡Lyra! –exclamó, sonriendo ampliamente-. ¡Oh, por Merlín! ¡Estás bien! –y luego-: ¿Dónde está Crux?

-Crux está… Creo que está fuera. En los terrenos.

Draco siguió sin soltarla pero Meissa se las arregló para abrazarla de lado.

-¿Cómo habéis dado conmigo?

Draco y Meissa intercambiaron una mirada.

-Hablaremos de esto cuando te pongamos a salvo. Ven con nosotros.

Blaise los acompañó hasta que llegaron al final de la escalera y luego desapareció por el pasillo. Ninguno lo detuvo, aunque Lyra se quedó observando su retirada.

-¿Vamos a buscar a Crux? –preguntó a su padre y a su tía. Cuando ambos la observaron con reticencia añadió-: Voy con vosotros.

-No –contestó Draco rápidamente-. Yo lo buscaré. Tú ponla a salvo, Meissa. Los niveles inferiores son los más seguros.

Meissa se sobresaltó.

-Si piensas que voy a quedarme aquí en vez de buscar a mi hijo…

-¿Quién de los dos estuvo aquí cuando los Mortífagos atacaron la otra vez? Sé por donde van a escapar una vez los profesores los rehúyan. Crux estará más a salvo conmigo.

Su tía asintió, frustrada.

Lyra, en cambio, se aferró a él con fuerza cuando quiso marcharse. Meissa tuvo que apartarla, e incluso entonces, Lyra continuó llamándolo.

-.-.-.-

Sus esfuerzos por juntar a sus padres no se detuvieron con el descubrimiento de… lo que fuera que hubiera entre su padre y Granger. Lyra era la prueba viviente de que su padre terminaría olvidándose de ella así que, ¿qué importaba que les diera un empujoncito para que pasara un poco antes?

Su deseo se cumplió alrededor de un mes después, sin que Lyra tuviera que hacer nada. Su padre y Granger tuvieron una pelea monumental en la Sala Común de Slytherin, durante la medianoche cuando todos estaban durmiendo. La pelea giró en torno a otra chica, Katie Bell, y a un collar. Lyra no se molestó en averiguar los detalles (¿quizás él había estado coqueteando con esa otra chica?). En todo caso, significó la ruptura definitiva entre ambos y Granger no volvió a dirigirle la palabra.

Lyra estuvo exultante… durante los primeros días. Luego se dio cuenta de que su padre nunca estaba, como, en ningún lado. Desaparecía de repente y no lo veía durante horas e incluso cuando estaba presente era como si no estuviera ahí de verdad, como si su mente estuviera en otra parte.

No hablaba con sus amigos. No hablaba con sus compañeros de Casa. Ni siquiera se peleaba con nadie.

Lyra sintió un nudo de remordimiento en el estómago por haber deseado esto. Pero, aun así, en una parte retorcida de su interior, se alegró de que todo hubiera terminado.

-.-.-.-

Lyra y Meissa se resguardaron en el Gran Comedor con los otros alumnos.

El resto de la batalla transcurrió en pocos minutos y terminó con los desconocidos siendo repelidos. Sin embargo, hubo una muerte: Albus Dumbledore, el actual director de Hogwarts.

-.-.-.-

Tres horas después, los cuatro estaban reunidos en el antiguo dormitorio de Draco Malfoy. Los profesores ya habían pasado por allí para registrar la habitación y no habían encontrado nada. No creían que lo intentaran de nuevo hasta después del funeral del director, cuando las cosas se calmaran.

-¿Cómo vamos a volver a casa? –preguntó Crux-.

Meissa les mostró el giratiempo. El hecho que no acompañara la muestra con una explicación daba cuenta de cuán agotada estaba. Tenía toda la pinta de estarlo, al menos.

-Wow –dijo Lyra-. ¿Eso funciona de verdad?

-Deberíamos volver cuánto antes.

-Meissa –la interrumpió Draco-. Tú y yo acordamos una cosa, ¿o es que ya no te acuerdas?

Ella le envió una mirada exasperada.

-¿De verdad vamos a discutir sobre eso de nuevo? Ya hemos recuperado a Crux y a Lyra, y por lo visto hemos llegado más tarde de lo que pensamos. ¡Los hemos dejado aquí cinco meses, solos! ¿Ahora quieres tenerlos aquí más tiempo mientras tú te haces el héroe?

-¡Solo intento salvar a mi familia!

-¿De qué estáis hablando? –preguntó Lyra-.

Draco adoptó una expresión de angustia, como si tener que revelarle a su hija de catorce años lo que estaban planeando hacer fuera lo peor que podía pasarle. Su hija, quien había crecido en un mundo muy distinto a este, un mundo en que el Señor Oscuro era el gobernante indiscutible y a los niños se les enseñaba desde pequeños que era el héroe de la historia, el que había salvado al Mundo Mágico de destruirse a sí mismo con propaganda muggle y con la pérdida de su cultura.

-Lyra… Sabes que hoy ha habido un ataque, y que el Señor Oscuro ha tenido que ver con eso, ¿verdad?

-Um, ¿sí? –miró de uno a otro-. Ha… Ha sido… -horrible-. Q-Quiero decir… sí, sé que… sé que hay muchos Rebeldes escondidos aquí y… y debo pensar que todo será mejor al final…

Por favor, no estés decepcionado. No… no soy una Rebelde. No te he traicionado, ni a ti ni a nuestro apellido, ni… ni al Señor Oscuro.

Aunque cada vez que cerraba los ojos sentía la dureza de la escalera contra sus costillas, de cuando había caído intentando huir del hombre que los había atacado, y oía a Zabini gritando y las voces de las víctimas de los Mortífagos pidiendo clemencia a escasos metros de distancia…

Draco hizo una mueca de dolor y sus hombros se desplomaron. Escucharla hablar así…

-Tu padre quiere matar al Señor Oscuro antes de volver a casa –dijo Crux de improvisto. Su tono estaba completamente desprovisto de emoción-.

-¿Qué? –Lyra lo observó con la boca abierta de par en par-.

-¡Crux! –gritó Meissa-.

El niño asintió.

-Seguramente lo lleva planeando desde que mi madre y él encontraron ese giratiempo. Pero no va a conseguirlo.

Todos se quedaron en silencio durante lo que pareció una eternidad. Crux estaba sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados sobre las rodillas y los puños debajo de la mandíbula. Vestía solo los pantalones negros y la camisa blanca del uniforme. La corbata, el jersey y la túnica estaban abandonados sobre el respaldo de una silla. No se inmutó cuando todos se quedaron mirándolo.

-¿Qué? –repitió Lyra por segunda vez-.

-Enfrentarse al Señor Oscuro ahora no va a servir de nada. No morirá. No antes de que Harry Potter destruya los Horrocrux durante este próximo año.

-Perdona, ¿qué? –por tercera vez-.

-Los Horrocrux. Cada Horrocrux esconde un fragmento del alma del Señor Oscuro. A menos que se destruyan todos, él resucitará cada vez.

-¿Quién te ha contado todas estas cosas? –preguntó Meissa con voz temblorosa-.

Crux se levantó de improvisto, con los puños apretados a cada lado de su cuerpo.

-No importa. ¿Qué importa eso? El caso es que va a ser inútil.

-¿Por qué estamos hablando de esto? –Lyra miró uno a uno a las tres personas más cercanas a ella, unas personas a las que por lo visto no conocía tan bien como creía-. ¿Ahora estamos en contra del Señor Oscuro?

Draco se sobresaltó.

-Lyra…

-¿Desde cuándo? ¿Por qué todos estáis conformes? ¿Por qué parece que soy la única que no sabía nada? ¿Me habéis estado mintiendo? ¿Y a la tía Pansy también? Y… y… ¿no hemos apoyado siempre al Señor Oscuro?

-Te gusta este mundo. Te gusta. Te he visto reír y hacer amistad con Lovegood y Weasley –Crux ignoró la mueca medio de sorpresa medio de horror de Draco- y sé que te preocupas por ellas. Ellas son el tipo de personas que van a morir por culpa del Señor Oscuro.

-P-Pero todo lo que dices va en contra de lo que nos enseñan en el colegio. Ellos nos dice que él nos protege…

-¿Nos protege de quién?

Lyra apretó los dientes.

-No estoy diciendo… Estoy diciendo que de repente estáis en contra de él. Y-y que nunca me dijisteis nada. ¡Que no confiasteis en mí!

-Lyra… -empezó a decir Draco-.

-¡No, papá! ¡Trabajas para él! ¡Siempre has dicho que debíamos obedecerlo!

-¡Y debíamos hacerlo! Nos habría matado si…

-Nunca hiciste ver que lo hacías contra tu voluntad. Excepto cuando se trataba de los Reubicados, nunca has criticado nada de lo que ha hecho, ni de lo que nos enseñan, ni… ni nada.

-He hecho todo lo que he podido para protegerte incluso de las verdades más dolorosas.

-Quizás no debiste hacerlo.

Se escucharon unas campanas en la distancia.

-Están llamando a los alumnos –dijo Crux-.

Lyra no se movió.

-Tus amigas notarán tu ausencia. ¿Quieres que vengan a buscarte? –preguntó su primo con menos gentileza de la que debería-.

Ella apretó los dientes y salió por la puerta con paso desafiante.

-.-.-.-

Ginny Weasley la reconoció cuando entraron al Gran Comedor.

-¡Es ella! ¡Mi amiga está aquí!

La enfermera, quien estaba escribiendo una especie de lista con la gente que seguía desaparecida, tachó su nombre del pergamino y se encaminó hacia la siguiente persona que la llamaba.

Ginny corrió hacia ellos.

-¡Menos mal que estás bien! Me he preocupado cuando no te he visto. ¿Has visto a Luna y a Hermione? Las he visto antes así que sé que están bien pero… hace media hora que no las veo.

-No. No las he visto –Lyra se asustó. ¿Y si estaban en peligro? ¿Y si quedaba algún Mortífago en el castillo?-.

Oh, por Merlín, aquí estaba de nuevo, pensando en los Mortífagos como el enemigo. ¿Cuándo había sucedido eso? ¿Cuándo el mundo se había dado la vuelta de esta manera?

-Las buscaré. Crux, ¿por qué no te quedas con Ginny? Iré a por Luna y Hermione y nos veremos aquí en un rato.

-¿Estás segura? –preguntó Ginny, frunciendo el ceño-.

-Sí, sí, vuelvo enseguida…

-.-.-.-

Las escuchó antes de verlas.

-Tienes que hablar con él –le estaba diciendo Luna a Hermione-. Tienes que dejar que se explique.

Lyra se acercó hasta que pudo verlas mejor, pero manteniéndose fuera de la línea de visión de las otras dos chicas. La chica Granger tenía los ojos rojos y el pelo revuelto. Estaba llorando.

-Todo esto ha sucedido por su culpa. El director está muerto por su culpa.

-Él no pronunció el hechizo, Hermione.

-Está muerto por su culpa –repitió-. Él los dejó entrar.

-Bajó la varita por ti. Tienes que hablar con Draco antes de que desaparezca y ya no puedas encontrarlo.

Draco. ¿Por qué estaban hablando de su padre?

-No tengo nada que decirle.

-Eso no es verdad. Si solo quieres gritarle, haz eso. Pero no permanezcas en silencio.

'No', pensó Lyra. ¿Por qué tendrían que hablar? Hacía meses que no se dirigían la palabra, ¿y ahora Granger quería volver a interponerse entre sus padres?

Lo más triste de todo era que no había nada entre lo que interponerse, pero Lyra evitó pensar en eso para no tener que admitirlo.

En cambio, esperó a que Granger se marchara para salir de su escondite.

-¿Por qué has hecho eso? –le preguntó a Luna, molesta-.

Luna no se sorprendió por su aparición, simplemente se la quedó mirando.

-¿Por qué le has dicho que hable con él?

-Porque es lo correcto.

-¿Lo correcto? –cerró las manos en puños a cada lado de su cuerpo-. ¿Eso? No es lo correcto –señaló hacia donde Granger había desaparecido-. Ellos no pueden estar juntos.

-¿Por qué?

-¿Por qué? ¿Lo preguntas en serio?

-¿Porque todo el mundo piensa que Draco es un Mortífago? Quizás es lo que crees, pero él no ha escogido…

-¡Tú no tienes ni idea!

-Sé que su padre es un Mortífago y que Draco no ha tenido otra opción que seguir sus pasos. Sé que escogería otra cosa si pudiera.

Lyra dejó de respirar.

-Él puede hacer lo que quiera.

-No creo que pueda. Hay que tener mucho valor para mirar a Quien-Tú-Sabes a la cara y decirle que no quieres unirte a su bando. Lo mataría.

Lo mataría. Lo mataría…

Él no tiene opción…

"He hecho todo lo que he podido para protegerte", había dicho su padre hace un momento-.

-¿Cómo puedes saber lo que él quiere?

-No lo sé. Solo puedo esperar lo mejor de él.

-.-.-.-

Hermione Granger llegó a la Sala Común de Slytherin después de ella pese a haber salido con antelación. Llevaba un pergamino en la mano que no dejaba de mirar, así que no fue difícil fingir que chocaba contra ella.

-¡Vaya, lo siento! –exclamó Lyra-.

"Tienes que haber con él".

"Bajó la varita por ti".

Lyra se quedó mirando a la chica delante de ella, intentando descifrar que la hacía tan especial. Cuando era pequeña, a menudo descubría a su padre con esa expresión… la expresión de tristeza, de soledad, que no lograba ocultar incluso cuando sonreía. Había visto esa misma expresión en su cara desde el momento en que esta chica le había dado la espalda. Antes de eso… Antes de eso su padre había sido más feliz de lo que lo había visto nunca, excepto cuando solo estaban Lyra y él a solas y el mundo parecía un poquito mejor, menos… abrumador y complicado.

Su padre quería a Hermione Granger de verdad. Y Granger… ¿cómo podía saberlo? ¿quizás? Había venido hasta aquí buscando a un chico al que creía su enemigo, un chico al que decía odiar pero al que no podía alejar. Quizás sí que lo quería. Quizás ellos eran los verdaderos protagonistas de esta historia.

Quizás Lyra solo había sido un error, como el tío Pólux había dicho. No como él había implicado pero… pero en el sentido de que sus padres nunca habían estado destinados a estar juntos, que Lyra solo había sido fruto del momento. ¿Por qué sino, por mucho que lo había intentado, sus padres parecían no tener ningún interés el uno en el otro, tanto en esta época como en la suya?

¿Debería dejarlos ser felices? ¿Debería apartarse? ¿Su padre tomaría otras decisiones si se le daba la oportunidad, como decía Luna? A lo mejor era por esto por lo que había vuelto, para evitar que su padre se uniera al Señor Oscuro, para evitar que se pasara los siguientes años –por lo visto- fingiendo que tenía las mismas creencias que el Señor Oscuro. Porque así a lo mejor era más feliz, incluso si Lyra no llegaba a nacer.

Aun así… aun así, aun mientras pensaba todo esto, Lyra levantó poco a poco la varita y la posó contra el pecho de Granger.

-Confundus –susurró, y Hermione Granger se quedó quieta, sus ojos vacíos, su mente vacía-. Date media vuelta –continuó, sin creer lo que estaba haciendo. "Detente..." susurró una voz en su cabeza. Pensó en Cassiopeia, y en su elegancia, y en su padre y en la sonrisa que le regalaba cada mañana cuando la despertaba, y no se detuvo. El encantamiento Confundus no obligaría a Granger a hacer nada específico pero sí que la confundiría el tiempo suficiente para evitar que su padre y ella se encontraran-. Date la vuelta –repitió-.

Confundida y desorientada, la chica se dio la vuelta y regresó por donde había venido, sin tener ningún plan en mente excepto seguir caminando.

Lyra parpadeó, y las lágrimas que ni siquiera sabía que estaban acumulándose en sus ojos cayeron por sus mejillas.

Bajó la cabeza, tragó saliva y volvió al dormitorio donde había dejado a su padre y a su tía. Ya no había marcha atrás. Estaba hecho.