Nota. Bueno, les presento a Eleanor C. Geraldine, quien se ha dado el tiempo de dejarme reviews en todos los capítulos de todas las historias que tengo publicadas. A lot. Ya saben que soy muy fácil de alterar emocionalmente, I know. Así que, como este es el fanfic que más le gusta, te dedico este capítulo cariño ;)

He estado escuchando My funny valentine en la versión de Chet Baker. He estado escuchando a Chet Baker en general. Eso, vayan por el chocolate y por una ventana que dé a una noche con estrellas. Más noticias abajito. Ah, por si no quedó claro… ¡vayan a buscar la música!

Parte XI

Sinestesia

Era cierto, claro que sí, que le gustaba el Chez Paris. Era un lugar muy bonito, bien diseñado, hasta romántico para ponerlo de la manera más clara. Quizá era por el Chez afrancemericano que todos se empeñaban en pronunciar con énfasis y sacando provecho de la z. Era el francés, sin duda, con sus luces, sus empedrados, su fuente y Paris. El restaurante y sus camareros muy arreglados y pretenciosos, su menú en francés complicado y las parejas que se tomaban de la mano sobre la mesa y se miraban profundamente a la luz de las velas. No conocía a nadie a quien no le pareciese bien, excelente, para tener una cita y aunque Helga siempre había sido una chica muy singular, la vehemencia de su negativa le había parecido extraña

Y ahora tenía curiosidad. Mucha curiosidad.

—¿Otra vez con lo mismo? —Se cruzó de brazos—. ¿Por qué tanta fijación con ese restaurante?

Tenía que reconocer que Helga sabía mentir muy bien. Su expresión era la misma y su voz no había temblado en la duda como la primera vez que habían hablado del asunto. Así, tan segura de sí misma y con la ceja arqueada, uno casi podía olvidarse del movimiento incesante e innecesario de su pie derecho. De un lado a otro, lento pero constante y como si siguiese el ritmo de alguna melodía imaginaria.

—No creo que estés en posición de hacerme esa pregunta. —Contestó más tranquilo ahora que sabía que su sospecha no era infundada—. Eres tú la que se negó tres veces cuando yo sólo lo sugerí.

—Tus sugerencias apestan y, mira tú, estamos sentados en una de ellas.

—Es gracioso que trates de cambiar el tema porque lo único que estás logrando es confirmar todo lo que estabas negando en primer lugar.

—¿Ahora se supone que eres franco y suspicaz? —Bufó—. Tengo mis razones para no querer ir al Chez Paris, ¿está bien?

—¿Cuáles son? Me gustaría saberlas, así podría dejar de insistir.

Helga parecía muy molesta, con los labios entreabiertos y como si se arrepintiera de explicar algo muy complicado. Una, dos, tres veces titubeó con el ceño fruncido y finalmente dio un largo suspiro para darse ánimos. Eso parecía.

—No te las voy a decir, melenudo, ¿qué te crees? —Pero continuó sin esperar respuesta—. Te diré la más obvia, nada más, porque parece que tu cabezota no es capaz de procesar sutilezas. Por cierto que eso dice mucho de ti.

Ignoró los insultos solapados en beneficio del bien mayor.

—¿Cuál es?

—Me gusta el Chez Paris, ¿está bien? —Carraspeó—. Y he estado ahí más de un par de veces. Lo conozco y sí, te mentí, ya deja de poner esa cara. No quiero ir contigo porque…

—¿Por qué?

—Porque eres tú.

Tenía que ser el punto más alto en el recorrido. El momento suspendido en el que la tierra se separaba del cielo y las luces abajo parecían reflejo de las estrellas allá arriba. El cielo azul marino y la tierra cubierta de cielo azul marino. Así tan pacífico y alucinante mientras tenía esa incomodidad permanente de no chocar las rodillas con la persona que estaba al frente. Era una pregunta inocente, en la tierra, que se había alejado muy arriba, más allá de las nubes, donde la respuesta podía ser el brillo de una estrella que seguramente ya no estaba ahí. Como un grito sonoro, como pitidos de alarma y nubes de tormenta que indicaban muchas más cosas que el nerviosismo. Por qué, por qué no el Chez Paris.

Tanto silencio, tanta incomodidad, tanta sonrisa burlona y tantas preguntas que requerían respuesta inmediata. Ya había escuchado la misma respuesta cuando el parque les había servido para contarse cosas que normalmente no se contaban. No se lo había explicado y Arnold entendió, por fin, que eso era lo que estaba buscando desde el comienzo. Una explicación, algo que llenara de sentido ese vacío extraño en el que se sostenía toda esa supuesta relación.

—¿A qué te refieres?

—Se arruinará, el plan se arruinará. —Dio un largo suspiro—. La última vez esperaste media hora y compraste una rosa, ¿verdad?

Era uno de esos momentos maravillosos en los que Helga era más honesta consigo misma y con el resto. Arnold estaba un poco emocionado, principalmente avergonzado, pero ciertamente emocionado.

—Sí, te compré una rosa.

—¿Qué más hiciste? —Se inclinó hacia adelante en su asiento y su sonrisa era bondadosa, como si estuviese animándolo a seguir hablando—. ¿Escogiste una mesa horrible?

—Era una mesa al lado de la ventana.

—Muy bien, Arnoldo. Si me lo hubieses dicho antes, hubiese aceptado de inmediato. —Se burló y Arnold se encontró sonriendo—. ¿Y qué iba a pasar en esa cita?

—No lo sé.

—Querías ganarme, ¿verdad?

—Sí.

—Pues ahí lo tienes. Yo no quiero ir al Chez Paris para que me ganes. —Se cruzó de brazos y volteó la mirada hacia la ventana—. Si vamos a ir al Chez Paris quiero que creas que es una cita, de verdad.

—Todas nuestras citas son de verdad. —Contestó por reflejo.

—¿De quién estás enamorado, Arnold?

Menos rápido, igual de firme, mucho más incómodo que la primera vez.

—De Lila.

Helga no le dio tiempo al silencio, se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y su perfil parecía calmado.

—Quizá deberías invitarla al Chez Paris, estoy segura que aceptará. —Su tono se volvió más firme—. Pero eso será luego de que termine contigo, no se te vaya ocurrir engañarme Arnold. Te mataré.

—Jamás pensaría en hacer algo semejante. —Le contestó con total solemnidad y todavía insatisfecho con la respuesta que le había dado. Helga no parecía triste, pero estaba tan calmada que daba miedo, era tan inusual que le estuviese respondiendo. Le gustaba sí, que ya no estuviese moviendo el pie nerviosamente.

Se quedaron en silencio el resto del trayecto, dieron algunas vueltas más hasta que la máquina empezó a reducir la velocidad gradualmente. El ruido volvió a filtrarse por las rendijas de la puerta y no pasó mucho rato antes de que el encargado los invitara a abandonar la atracción para que otros pudiesen subirse. Helga se bajó primero y no lo miró hasta que alcanzaron el lugar de los casilleros y le avisó que iría a los servicios antes de marcharse.

Te puedes ir, si quieres. Parecía que lo decía en serio.


—¿Estás seguro que no estás enamorado de Pataki, viejo? —Preguntó con sarcasmo—. Hablas de ella todo el tiempo, está volviéndose bastante aburrido.

—Gracias Gerald, sé que puedo contar contigo. —Dijo de mal humor—. Y no, no estoy enamorado de Helga.

—¿Entonces por qué te importa tanto todo lo que te dice?

—¡Porque estoy saliendo con ella!

—Esa es la parte que no entiendo. No te gusta, pero estás saliendo con ella y te importa lo que te dice. —Gerald arqueó una ceja—. ¿Qué rayos te ha hecho esa mujer?

—Olvídalo, Gerald.

—Hey, hey, no te molestes viejo. —Carraspeó—. Estoy bromeando… no, en realidad no. Pero lo dejaré porque creo que me dará migraña y me niego a sufrir por cualquier causa relacionada a los Pataki.

—Eres un poco dramático. —Lo acusó al propósito.

—¿Yo?, ja, ¿yo dramático? —Se indignó—. Discúlpame, pero el protagonista de todo el drama escolar de las últimas semanas eres tú.

—Creo que estás exagerando.

—Me has llamado única y exclusivamente para contarme que Helga no quiere salir contigo y que por eso, no puedo creer que esté diciendo esto, estás un poco ¿deprimido?

—Yo jamás dije deprimido. —Contestó de inmediato—. Es simple curiosidad. Además, ¿cómo es que siempre terminamos haciendo lo que a ella se le da la gana?, yo quiero salir a otros lugares.

—Pues anda. —Gerald ocultó una risita. Arnold estaba tan ensimismado en su propia negación que no se daba cuenta de lo patético que sonaba.

—Estás perdiendo el punto, —suspiró irritado—, la idea es que Helga quiera ir conmigo.

—¿Sabes qué, Arnold?

—¿Qué?

—Eso es algo que tendrás que averiguar por tu cuenta porque esta conversación está demasiado surrealista para mis estándares. Mi consejo es que dejes de pensar tanto en Helga… y si no puedes, por favor no lo cuentes después, sólo haz lo que hiciste el día de los inocentes.

Gerald se levantó del sofá de un salto, se estiró y le dio unas cuantas palmaditas en el hombro. Parecía cansado y avanzó rápido hasta la puerta de la habitación de Arnold. El susodicho tenía una ceja arqueada mientras trataba de recordar a qué demonios se refería su mejor amigo.

—Nos vemos.

El día de los inocentes.


Era una mañana espantosa. Una mañana llena de paranoia asociada a la culpa asociada a una cita desastrosa asociada a una especie de molestia constante que casi nunca lograba expresarse. Era una mañana espantosa y ¿desde cuándo San valentín se celebraba en setiembre? Eso, el problema eran las fechas equivocadas.

La escuela, al parecer, estaba inundada de color rosa. Rosa, rosáceo, rosado, como en el color favorito de Helga G. Pataki. Así de drástico, así de macabro, así de poco profesional y ético y un montón de barbaridades más que todavía no lograba comprender. Un día tenía una escuela y al día siguiente tenía un santuario de adoración a la coloración menos original que conocía. Ah, pero un buen trabajo, sí, seguro. Rosáceo en todas su gamas, afiches por aquí, telas por allá, LAZOS por acullá. Ni siquiera los estaba leyendo, estaba distraído en el color y en la forma y en los sonidos y en los sabores y los olores todos asociados a esa explosión de rosado tan familiar.

Le dieron ganas de ver a Helga.

—¿Qué demonios está pasando aquí?

Convocada por su propio nombre, la rubia apareció en el marco de las puertas dobles de la entrada. Parecía ultrajada, indignada, asombrada y ligeramente asqueada, todo al mismo tiempo. Había que sorprenderse con el don que tenía para expresar tantas emociones con el ceño fruncido y los labios ligeramente entreabiertos. No me estoy fijando en Helga.

Sus pies avanzaron lo que su mente todavía tardaba en decidir.

—Buenos días, Helga.

Era gracioso. No era gracioso que Helga lo mirara con desprecio, bueno, quizá un poco y sólo si era después de haber dado un respingo monumental. Tenía la mano en el pecho y todo. Sí, era muy histriónica con sus reacciones exageradas.

—¿Quieres dejar esa costumbre horripilante? —Arrugó el ceño—. Ponte una campana al cuello o algo. ¿Sabes qué tornillo se le zafó a Wartz esta vez?

—No tengo ni la menor idea, —tosió—, pensé que te gustaba el rosa.

—Mi color favorito es el amarillo.

—¿En serio?

—¿Qué te importa?

Aquí vamos de nuevo.

—Te noto un poco a la defensiva.

—Y yo te noto algo metiche. Ah, mira qué hora es, adiós Arnold. —Sonrió en una mueca y se dio la vuelta para marcharse. Arnold la siguió.

—Resulta que tenemos clase juntos ahora.

Helga se detuvo en seco.

—Claro que no, tú tienes clase de aritmética y luego álgebra hasta el almu… oh, mierda.

Oh.

Arnold estaba sonriendo, gran sonrisa con todos los dientes, sonrisa burlona sin dejar de ser amable, sonrisa de pura realización. Helga, mientras tanto, estaba mordiéndose el labio y desgarrándose el alma en lo que parecía realización, cómo no, pero terriblemente-sumamente-magníficamente avergonzada.

—¡Vete Arnold! —Cuasi gritó, frustrada.

—¿A mi clase de aritmética?

Helga le lanzó una mirada de muerte.


El comedor, si podía, estaba más rosado que el pasillo. Al final se había enterado, entre los chismes que siempre lograban circular a primera hora de la mañana, que tendrían un baile temático muy pronto y todo organizado por su excelencia Rhonda Wellington Lloyd. Un baile con subasta para reunir fondos para el baile de fin de año. Lo que nadie lograba descifrar era el bendito tema, Rhonda quería una gran sorpresa con globos rojos, ja. Irónico, claro.

A Arnold no le importaba demasiado. No demasiado, claro, pero cuando entró al comedor estuvo buscando por mucho rato un tono del rosa que era originalmente marca Pataki. El descubrimiento, epifanía, que había tenido en la mañana no había hecho más que ponerlo de un excelente buen humor. Redundaba la felicidad y todo.

Ignoró los llamados de sus amigos, siempre con amabilidad por supuesto, y avanzó con su bandeja hasta la mesa que Helga había ocupado. Estaba vacía y con rastros de que Phoebe la había ocupado. Lo podía decir por los libros de la clase de biología que Helga no llevaba y que yacían olvidados en uno de los extremos. Iba a asustarla de nuevo, no al propósito, pero recordó que Helga no siempre aceptaba tan de buen humor sus apariciones. Se aclaró la garganta para anunciarse y esperó a que la rubia alzara la vista del libro que estaba leyendo.

Parecía profundamente decepcionada. Se ofendió un poco.

—¿Te importa si me siento?

Esperaba una de sus típicas respuestas cortantes.

—No, haz lo que quieras. —Soltó aburrida y regresó la atención al libro.

No estaba saliendo como lo había planeado, pero Arnold (optimista Arnold) no se dio por vencido. Estaba bastante animado, en realidad.

—¿Ya has pensado a dónde vamos a ir? —Soltó casualmente y Helga, que había estado mordiendo su emparedado, casi se atora. Empezó a toser con fuerza, dándose aire y tragando con dificultad. Cuando terminó, sus mejillas estaban encendidas.

—¿Qué te pasa?, pensé que no querías… —Suspiró—. No, olvídalo, cuanto antes mejor. ¿Sabes qué?, creo que será mejor cortarlo de una vez. Falta una cita y se acabó.

—¿Qué?

—Sí, mira, ya hemos tenido cuatro. Una cuando casi me matas comprando el helado de fresa, la otra en el Bigal con la mesa espantosa, luego en el parque con la intervención de Gerald y finalmente la de la rueda. Por cierto, me debes mi globo rojo.

—¿Perdón?

—¡Son buenas noticias, Arnoldo! —Exclamó sarcástica—. Una cita más y sanseacabó. Lo del globo iba en serio.

—Se acabaron los globos para cuando bajamos. —Aclaró vagamente y absolutamente desconcertado. Sí, toda la confianza se le estaba yendo por el desagüe—. ¿Estás bromeando verdad?

—No. —Contestó con simpleza y le dio un nuevo mordisco a su emparedado—. Quiero mi globo.

—¡Eso no! —Dijo irritado. No notó que, como siempre, estaban llamando la atención de toda la comunidad—. Faltan dos citas.

—Una cita, aprende a contar.

—Dijiste que la primera no contaba, Pataki.

—Me estoy retractando, Shortman.

—¿Por qué?

—¿Por qué, qué?

Arnold la miró indignado. Había mucho rosa en ese lugar. Rosa, rosa, rosa y más rosa que olía como las flores y la salsa de tomate. Rosa como la risa histérica en la montaña rusa. Rosa como la chaqueta rosa que Helga siempre usaba. Rosa como el pastrami, incluso. Rosa en muchos matices del rosa y con un montón de sensaciones que nada tenían que ver con el color. Rosa, incluso, como las mejillas de la rubia que lo miraba desafiante.

—Tienes miedo.

Sólo haz lo que hiciste el día de los inocentes.

—Cállate, Arnold. —El tono era apático, pero sus puños estaban crispados—. Y vete, antes de que te arrepientas.

No se movió.

—Te estás muriendo de miedo, ¿verdad?

—¿Quién necesita una cuarta o quinta cita? —Arqueó la ceja—. Vete a pasear, melenudo. Ya terminamos.

Haz lo que hiciste el día de los inocentes.

—No.

—¿Qué?

Helga estaba furiosa, se notaba, estaba sentada muy derecha y con los puños pálidos de tanto apretar. Tenía el cabello suelto y despeinado, crispado por la humedad y por la violencia, haciendo juego a los ojos de azul tormentoso que parecían resentir un secreto que todavía nadie terminaba de descubrir. Tensa, en verdad, que parecía a punto de levantarse como un resorte y golpear al blanco más a la mano que tuviera. Arnold, así lo consideraban todos, era un chico muy loco y muy denso, extremadamente intrépido e increíblemente entretenido de ver. A lo mejor era que Helga también era muy entretenida de observar.

—¿Sabes qué decía Isaac Newton, Helga?

—No y no quiero saber, ¿ya te vas?

No se iba a ir nunca. NUNCA.

—Si he hecho descubrimientos invaluables ha sido más por tener paciencia que cualquier otro talento. —Sonrió de medio lado—. Deberías aprender a ser más paciente.

—¿De qué demonios estás hablando?

—Ya sé por qué estás molesta.

—No estoy molesta.

—Tenías razón.

—Siempre tengo razón. —Contestó por reflejo.

—No es necesaria una cápsula para besuquearse.

OhpordiosOhpordiosOHPORDIOS. Gerald se atragantó con su jugo, allá lejos en una de las mesas de la esquina.

—¿Te has golpeado la cabeza?

—Esta vez me toca a mí.

Le tocaba todo. Escoger la mesa, comprar los globos, separar el Chez Paris y comprarle una rosa. Le tocaba, también, empezar a entender el repentino desinterés de la rubia. Le tocaba, sobre todo, entender qué estaba pasando con una seudo cita, tres citas y dos que estaban pendientes. Helga había dicho ese día incómodo, esta vez tienes que ser tú. Esa vez no, era demasiado pronto, demasiado extraño. En ese momento era demasiado todo, pronto, extraño, público, impensable. Sabía que era pura anticipación y el impulso y las ganas de no perder. Estaba haciendo eso que Helga no quería. Tratar de ganar. Ganarle todo y cómo, si Helga decía que se había acabado y que no tenían que verse más las caras ni discutir por las mesas.

El problema era el rosa.

El rosa le recordaba todo. Le recordaba que Helga estaba ahí, cerca, furiosa y muy tensa. Podría tocarla y correría el riesgo de perder sus extremidades, pero la advertencia no tenía la sombra de la realidad. La realidad era el silencio, los ojos azules afilados, la mueca sarcástica y ese cabello todo desordenado que siempre estaba cubriéndole el rostro. La realidad eran los matices, el recuerdo, el consejo que todavía latía en sus sienes. La realidad se parecía mucho menos al pánico de esa noche, otra noche, y a la posibilidad de iniciar algo que todavía no entendía. No entendía nada, pero la realidad se parecía a Helga como pocas veces, cuando podía acercársele.

Se acercó.

Se inclinó, sonrió nervioso y deslizó la mano derecha hasta acariciar la base del cuello. Besarla con los ojos cerrados, lento y cálido, con una seguridad no confirmada. Quizá tenía que acostumbrarse a esa sensación devastadora que se le instaló en el pecho cuando entendió lo que le estaba pasando. No puede moverse, pero tiene que moverse. Tiene que enredar los dedos en el cabello rubio, tiene tocarle el antebrazo con la mano libre. Tiene que inclinarse un poco más, acostumbrarse a esa mano que se apoya en su pecho y parece que lo empuja pero que en realidad está arrugándole la chompa con el agarre. Besarla nuevamente, separándose un momento, mirando de reojo y hundiéndose en ese abismo desesperado que se parece mucho a otros primeros besos. Labios sobre otros estavezmetocaamí que prometen tienesquesertú cuando ni siquiera se han terminado de conocer. No se acaba, dura toda una vida y dura lo tiene que durar un primer beso torpe no tan torpe que termina quitándoles el aire.

—Ven conmigo al Chez Paris.


Continuará...


¡Lo siento mucho!, :( sé que anuncié el capítulo hace mucho pero ese día se fue la luz y luego el internet... por unas cosas que tenían que hacer en la calle (sabrá-dios-qué). Luego ya no pude porque estuve realizando trámites engorrosos porque me voy de intercambio por seis meses :/ ¡En fin! :D les cuento que este fanfic tendrá tres capítulos más y se acabará. Lo iba a terminar en un capítulo más, pero quise contar más cosas. Les agradezco muchísimo, de aquí hasta Marte, los reviews.No lo creí posible, pero la cantidad de reviews que han llegado en el último capítulo me tiene loca. Joder, ha sido casi como si hubiese subido cuatro episodios seguidos. ¡Los compensaré!, ahora sí tendré tiempo para subir más cosas. Mañana subiré un one-shot más y actualizaré los fanfics que tengo pendientes (los nuevos).

No se preocupen, las actualizaciones serán semanales (yey :D) y si siguen llegando reviews como hasta ahora, incluso antes (ya saben que soy muy fácil :P). No se me olvida tampoco, a todos aquellos que me han pedido que lea sus fanfics, lo haré. No se me desesperen, ahora tendré tiempo y les dejaré su respectivo review ;) ¡Muchos éxitos con sus escritos, recuerden que siempre tienen que revisarlos!

Ya no me explayo más porque no llego. Lo único sí, estoy revisando los inbox entre hoy y mañana y podré contestarles. Espero que el nuevo capítulo les haya gustado. Estoy muy emocionada porque es la primera vez que alcanzo los 200 review y casi las 10,000 visitas. Bueno, les dejo todo mi amor amoroso universal y paso a contestar los anónimos.

Review anónimos no tan anónimos.

Alejandra. Gracias por escribir, cariño. No te asustes, algunas citas saldrán muy convencionales. Ya veremos, igual faltan dos :P, me alegra que te haya gustado. Verás que sí, tengo un montón de errores, por eso ando en busca de una beta. Parece que ya la encontré. Así que esperemos que las futuras actualizaciones salgan bien :) ¡Un beso!

silkie19. Todavía quedan tres capítulos, cariño. Ya verás que será entretenido. Gracias por estar pendiente de mis historias y escribir ;) ¡Un abrazote!

DOLCE VON BIELEFELD. Hola cariño, qué bueno que hayas encontrado tus figurines. Gracias por perdonarme la tardanza, ya no será tan seguida. A ver qué pasa luego, qué bueno que me digas lo de tus nicks, así se cuándo me estás escribiendo ;) ¡Un besote!

Mar. Aw, qué linda cariño, no sabes lo feliz que me haces al contarme eso. Me alegra que te gusten mis historias. Las terminaré, pero tenme paciencia. ¡Un beso y un abrazo! ;) Nos vemos prontito.

luly. ¡Ya lo subí!, gracias por esperar cariño, espero que te guste el nuevo capítulo. Gracias el review también ;)

LINAAKANE. Lo siento mucho, cariño, pero la vida me obliga a demorarme. Ya no será tanta espera, lo prometo. Así que tranquila ;) ¡Nos vemos pronto!, muchas gracias por los review tan lindos :D

Ale. Me acuerdo de todos mis lectores, hasta de los que me abandonan ;) Jajajaja, te entiendo cariño. Espero que te esté yendo bien en los estudios y te agradezco muchísimo que vengas a leerme. Oh, me ha salido el Arnold más maduro, qué felicidad :DDD Jejeje, espero que eso se mantenga así, si no estaría escribiéndome muchas veces. Qué bueno que te gusten todas mis historias. Ahora, espero que el nuevo capítulo te haya gustado. Sí, tengo ganas de hacer mi fanfic total, el que más fiel a la serie será (porque en los otros me he tomado algunas licencias). Así que ojalá me salga todo. Lo estaré subiendo en setiembre, si te da tiempo a leerlo, me dices qué tal. ¡Un súper abrazo, cariño! ;)

antonio. Lo leí muy bien, cariño. Si deseas ayuda con algo de la página, me avisas y yo haré todo lo que esté en mis manos ;) ¡Gracias por leer todas mis historias!, me alegra que esta te haya gustado tanto. A ver qué te parece el nuevo capítulo. ¡Un súper abrazo!

Eso es todo mis retoñitos. Ya vengo muy pronto ;) ahora si me quieren hacer feliz, ya saben cómo.

Nos vemos :D