CAPITULO 12

Alice le sonrió a Jasper mientras él le quitaba la capa y se la alcanzaba al lacayo. El inmenso vestíbulo de la casa del embajador ruso estaba atestado de gente. Jasper llevaba puesta una chaqueta azul con abotonadura doble y un chaleco gris bordado. Las pobladas hileras de velas iluminaban su cabe llo oscuro, recogido hacia atrás con una estrecha cinta púrpura.

Él atrajo su mirada y levantó una ceja inquisitivamente. -¿Pasa algo?

-No, solo admiraba tu chaqueta nueva, es muy fina y combina con mi vestido.

Se inclinó para tomar su mano, con un destello lascivo en sus ojos violeta.

-Así es, no lo había notado. Estaba demasiado ocupa do admirando tus pechos y preguntándome cuándo podría succionarlos.

Alice respiraba hondo mientras sus pezones se tensa ban bajo la mirada fija de él.

Él sonrió.

-Mira, creo que en este momento desean mi boca. Tal vez no espere hasta llegar a casa.

-Jasper. -Alice levantó su falda y caminó hacia el salón de baile -Prometiste comportarte esta noche.

Él tiró de su brazo y la apartó de la afluencia de personas hasta que quedaron en la penumbra del enorme hueco de la es calera circular. La atrapó contra la pared revestida en roble. -¿Me estoy comportando mal?

-He esperado este baile, y ahora en todo lo que puedo pensar es en hacer el amor contigo.

Jasper corrió un mechón de su cabello rizado detrás de su oreja.

-¿Y por qué ese es un pensamiento tan terrible?

-Porque a veces parece que me consumirás, y ese día despertaré y descubriré que te has marchado.

Tenía la expresión seria.

-No tengo intención de dejarte, querida. -Deslizó la punta de su pulgar entre sus dientes -Consumirte, en cam bio, es una cuestión diferente. Podría cenar sin problemas en el sabor de tu boca y tu sexo durante el resto de mi vida. ¿Eso te alarma?

Alice lo miraba. No había negado que deseara poseerla por completo. ¿Debería sentir miedo por la fuerza del deseo que sentía por ella? A veces era abrumador saber que su cuer po lo obedecía sin cuestionamientos. Había luchado con mu cho tesón por evitar un matrimonio convencional y aburrido, y en cambio se encontraba en un torbellino de emociones que a veces temía no poder controlar.

Respiraba de manera temblorosa.

-¿Por qué yo, Jasper? Comparada con todas las de más mujeres con las que te has acostado, soy muy inocente.

La besó con suavidad en la boca y se apartó.

-Pero la inocencia en sí misma es una trampa, ¿no lo crees? El deseo de ser el primer hombre que te enseñara so bre sexo era imposible de resistir. -Ignorando a las demás parejas que pasaban por el pasillo atestado, Jasper conti nuaba observando su rostro -Entonces, ¿desearías no haberme conocido?

Ella le tocó la mejilla.

-Por supuesto que no. -Intentaba sonreír -Es solo que a veces siento que es todo muy rápido e irreal. Hace tres meses solo sabía tu nombre, y ahora...

-Y ahora estás casada y avergonzada porque disfrutas de lo que hacemos juntos en la cama.

Ella se aferró a su brazo, sintió la firmeza de la rigidez del músculo debajo de la tela.

-No, no estoy avergonzada.

-Demuéstralo, dime algo terriblemente delicioso y pecaminoso que desearías hacerme.

Se mordió el labio inferior. ¿Era lo suficientemente osada como para decirle lo que en verdad deseaba?

La sonrisa de él se ensanchó. -¿Tienes miedo, niña?

Su provocación le dio el valor que le faltaba.

-Eres incorregible. Un día me agradaría atarte a la cama y hacer exactamente lo que me plazca contigo.

El destello de excitación en sus ojos fue seguido por una sonrisa insulsa.

-No estoy seguro de que seas tan fuerte como para atarme. -Se alejó un paso de ella -No estoy seguro de que rer dejarte.

Había una amenaza detrás de sus palabras despreocupadas. Había olvidado sus años como esclavo. -Lo siento, Jas...

Asió su barbilla entre sus dedos.

-Nunca te disculpes conmigo por compartir tus fan tasías. Hay cosas que podría querer compartir contigo y que tal vez tú tampoco desees satisfacer. -Esta vez su sonrisa era perfecta y guardaba distancia de ella -Esa es la razón por la que se llaman fantasías, querida. Nunca debemos confundirlas con la realidad.

Colocó la mano enguantada de ella sobre su manga y volvió a llevarla al torrente de gente. Ella deseaba gritar de frustración mientras él le sonreía, el invitado perfecto para un baile de sociedad.

-Ahora, vamos a divertimos.

-Lady Masen, ¿puedo quitarle un momento de su tiempo?

Alice se apartó del espejo y encontró a lady Ingham cerca de ella.

-Parece que estamos destinadas a encontramos en los cuartos de descanso. -El ligero comentario de Alice no recibió una sonrisa como respuesta del rostro de su compañera -¿En qué puedo ayudarla?

Dejó que Victoria la llevara hasta el rincón más retira do de la sala y se sentó junto a ella. Pasaron algunos instantes mientras su compañera miraba sus manos apretadas. Por fin, levantó la mirada hacia el rostro de Alice.

-No sé bien cómo decirle esto. Alice esbozó una sonrisa tensa.

-Solo dígalo, creo que a menudo es la mejor manera.

-Jasper vino a verme hoya la Casa de Placer de la señora Helene.

Alice intentaba mantener una expresión de interés mientras se le revolvía el estómago.

-Creí que Jasper deseaba romper nuestra relación.

-Victoria apartó su mirada de Alice -Debe haberle contado que he sido su amante durante años. Desde que la conocí, he intentado apartarme de su camino, en un intento de dismi nuir su deseo por mí. -Suspiró-. Parece no haber funciona do, me dijo que deseaba continuar con nuestra relación y que usted estaba cómoda de esa manera.

Alice luchó contra el deseo de gritar su desmentido. -¿Y si así fuera?

-Si así fuera, solo deseaba recordarle que la decisión de él le deja la alternativa de buscar un amante propio. No deseará ser una de esas mujeres de las que se ríen a sus espaldas. -Victoria se inclinó hacia adelante y le dio una palmadita a Alice en la mano -Fue bastante cruel cuando Jasper y sus amigotes hicieron un listado de todas las características que un hombre desearía encontrar en una esposa condescendien te. -Su mirada volvió a Alice -Y luego apareció con usted. Nunca creí que llevaría a cabo su plan y contraería matrimo nio con una mujer que podría no comprender cómo funcio nan los matrimonios de la sociedad.

La expresión de Victoria se suavizó.

-Deseaba asegurarme de que comprendiera que si no le agrada Jasper y su estilo de vida licencioso, siempre hay otros hombres que podrían ser más de su agrado.

Alice retiró su mano y luchó contra el impulso de cerrarla en un puño.

-Es muy amable de su parte compartir sus preocupa ciones. Me aseguraré de decírselo a Jasper.

Victoria sonrió.

-Es muy valiente por su parte, mi querida. A veces es mejor llegar a un acuerdo en estas cuestiones en lugar de esconderse, ¿no lo cree? -Tocó su cuello, donde un exquisito collar de diamantes brillaba bajo la luz de las velas -Jasper me lo obsequió hoy. Quizá podría exigirle algo parecido si está de acuerdo en ser una esposa complaciente.

Le lanzó una sonrisa conspiradora a Alice y se puso de pie. Alice hizo lo mismo, con la expresión serena, a pesar de la furia de sus emociones. Su regocijo acerca de la confesión anterior de Jasper desapareció. Quizá había elegido decirle que deseaba quedarse con ella para siempre por alguna razón. ¿Intentaba unirla a él de manera tan íntima para que no se quejara cuando se acostara con otra mujer? ¿De verdad pen saba que sería una esposa condescendiente, o lady Victoria solo sembraba cizaña?

Alice cerró el abanico de golpe y dejó que Emmett la acom pañara a la sala de la cena. Jasper casi no se había apartado de su lado en toda la noche, y la mayoría de los invitados habí an sido extremadamente atentos con ella. Le habían prometido invitada a los festejos más exclusivos de la alta sociedad. Daba la impresión de que los intentos de Jasper por mostrarse con ella daban frutos.

Parecía no percatarse de su humor. Su comportamien to era tan encantador y relajado como siempre. Ella no se ha bía dado cuenta de que hablaba ruso y francés con fluidez. Otra faceta refinada de su personaje que aún tenía que explo rar o comprender. Si no fuera por sus preocupaciones sobre los negocios de él y los comentarios mal intencionados de lady Victoria, se divertiría.

Emmett la condujo hasta una mesa vacía en la que se en contraba Jasper con Maria Pettifer.

-¡Vaya, aquí estás, Alice! -Gritó Maria-. Jus to le preguntaba a Jasper si quería unirse a nuestro peque ño festejo, pero dijo que estaba esperándote. -Maria ig noró la arruga del entrecejo de Jasper, tomó del brazo a Alice y la llevó hacia el otro lado de la sala. Sin poder hacer nada, Alice volvió la mirada hacia Jasper, quien continuaba con el entrecejo arrugado.

-¿Has traído a tu invitado al baile, Maria? -pre guntó Alice mientras Emmett y Jasper seguían sus pasos.

-Sí, lo hemos traído. -Maria estiró el cuello para ver alrededor de Alice -Aunque no estoy segura de adónde se ha ido. Por fortuna, parece que se siente bastante cómodo entre todos estos extraños. Vaya, allí está.

Alice le soltó el brazo. De repente, se dio cuenta de que Jasper se había detenido en seco detrás de ella. Se volvió. En cierto sentido, esperaba verlo haciéndole frente a su padre, pero sin embargo el hombre que estaba frente a él era un completo extraño. Vestía una chaqueta beige y un chaleco co lor crema bordado con rosas, un contraste perfecto para su piel oscura, ojos marrones y grandes pómulos. Las manos en guantadas de Jasper se cerraban en puños mientras el hom bre le hacía una reverencia.

-Jasper, ¡qué sorpresa encantadora!

Alice se acercó, con la mirada puesta en Jasper. Su rostro estaba desprovisto de expresión. -¿Lo conozco, señor?

La sonora risa del hombre llenó el espacio entre ellos. -¿Cómo podrías olvidarme? Alguna vez hemos estado tan... unidos.

Emmett se movió para obstaculizar a Jasper e inclinó la cabeza.

-Te recuerdo, Alistar. Lo que no comprendo es cómo un hombre de tu estampa ha conseguido entrar a este baile.

-Venga, Emmett, aún puedes llamarme Yusef. -Su mirada de párpados pesados permanecía fija en Jasper-. Nunca ha habido mucha formalidad entre nosotros. Y, con respecto a qué hago aquí, integro el comité de la embajada turca en Londres. -Llevó un pañuelo de encaje hasta sus la bios y les dio varios toques -Me he enmendado y he prospe rado en los últimos diez años.

Alice estaba lo suficientemente cerca de Jasper como para sentir que se estremecía al mirar a Yusef. Le tocó la mano, y él se apartó.

-¿Ya no es de tu agrado comprar y maltratar escla vos, entonces? -El comentario desdeñoso de Emmett pareció no perturbar la calma de Alistar.

-Como dije, me he mudado. -Miró fijamente a Jasper otra vez -¿Estás seguro de que no me recuerdas? -Se acercó más -Quizá si pasáramos un tiempo juntos, tus re cuerdos vuelvan.

Jasper inclinó la cabeza, se comportaba como todo un aristócrata.

-Lo dudo. Casi nunca me molesto en volver a visitar mi pasado. Creo que el futuro es mucho más gratificante. -Apoyó la mano de Alice sobre su brazo-. Le deseo buenas noches.

El viaje de vuelta a la casa no tenía nada del buen hu mor y la promesa de sexo habitual que Alice había llegado a esperar. Jasper no le decía ni una palabra. Su mirada estaba fija en el cielo nocturno al otro lado de la ventana del carruaje. Las palabras de lady Ingham sobre la elección de esposa de Jasper y su decisión de tener una amante resonaban en su mente y la mantenían tan callada como él. ¿Cómo era posible que le preguntara cuál era el problema cuando era posible que hubiera decidido contraer matrimonio con ella por las razones más cínicas?

Le echó una mirada a su perfil austero mientras el ca rruaje se detenía. Quizá estaría más dispuesto en la cama. Él le dio la mano para bajar del carruaje y la llevó hasta el vestí bulo. Antes de que ella pudiera hablar, le besó la mano.

-Tengo trabajo que hacer. No me esperes despierta. La frialdad caía sobre ella mientras él se alejaba y ce rraba con firmeza la puerta del estudio.

Después de un descanso intranquilo, Alice no lo sopor tó más. Cogió la bata y, con el cepillo, se quitó el cabello des peinado de los ojos. Eran pasadas las tres de la mañana. Jasper podría dejar las cosas como estaban, pero ella se daba cuenta de que no podía. Cada vez que cerraba los ojos imagi naba a Jasper con lady Ingham, o, peor, la expresión de re pugnancia en su rostro cuando vio por primera vez al inter mediario turco.

Encontró a Jasper en su estudio. Estaba recostado a lo largo del sofá tapizado en cuero, con una pierna flexionada. La chaqueta y el chaleco que se había quitado, tirado de ma nera descuidada sobre el respaldo del banco, proporcionaban una mancha de color sobre el pálido cuero marrón. Había una botella medio vacía de brandy en el piso junto a él, y de sus la bios colgaba un cigarro. En una mano sostenía un libro; en la otra, su pene erecto.

Alice asió el lento deslizamiento de la mano de él sobre su carne dura las perlas de fluido se acumulaban en la punta. -¿Qué lees? -Se agachó en el suelo junto al sofá.

Jasper no dejaba de acariciarse ni quitaba los ojos del libro. -Un tratado fascinante sobre leyendas sexuales de los dioses de la India. -Apoyó el libro abierto sobre su pecho y machacó los restos del cigarro en el cenicero.

Alice se arrodilló y enderezó el libro. El grabado mos traba a cuatro hombres enredados con dos mujeres. Las muje res tenían múltiples aros que perforaban sus pezones narices orejas y ombligos. Inclinó la cabeza en un esfuerzo por com prender con exactitud lo que veía y luego se sonrojó.

-Veo. Ambas mujeres atienden a los cuatro hombres. Valentín apretó la base de su falo y bombeó de manera enérgica hasta que sus dedos quedaron pegajosos por el fluido. -Una vez lo intenté; no me pareció muy divertido. Alice cerró los dedos sobre los de Jasper y él dejó de moverlos.

-¿Por qué no vas a la cama y dejas que te toque? ¿No puedo satisfacerte?

Sonrió sin humor mientras volvía a abotonarse los pantalones.

-Hago esto casi todas las noches. ¿No te habías dado cuenta? Siempre acabo algunas veces antes de ir a la cama contigo para poder actuar como un caballero.

Alice luchó por controlar una oleada de mal humor. -¿Alguna vez te he pedido que lo hicieras? ¿Me crees demasiado débil como para soportar tus verdaderas pasiones?

Jasper se sentó y quitó el libro de su pecho.

-Me agrada el sexo, Alice. Me agrada mucho. No es pero que soportes mis exigencias excesivas.

El reloj del pasillo daba el cuarto de hora. El sonido ha cía eco en la casa silenciosa.

-Imagino que tu estado de ebriedad no tiene tanto que ver con lo que piensas de mí como amante sino más bien con tu reacción hacia el hombre que hemos conocido esta noche.

Jasper se encogió de hombros de forma inoportuna. -¿Qué hombre? Hemos conocido muchos.

-El caballero relacionado con la delegación turca. El señor Yusef Alistar. ¿Lo conociste cuando fuiste esclavo?

Jasper quitó las piernas del sofá.

-No es de tu incumbencia. -Asió un rizo de su cabe llo en sus dedos -Y estábamos hablando sobre mi deseo por el sexo, no de fantasmas imaginarios del pasado. -Tiró de su cabello –Si te molesta encontrarme masturbándome, puedo ir a buscar una amante.

Alice se apartó de él de un tirón, con una mueca de dolor porque su cabello estaba atrapado en sus dedos. -Creí que ya tenías una.

Jasper levantó una ceja.

-Otra vez, no es de tu maldita incumbencia.

-Es de mi incumbencia, si tu amante me ofrece consejos. -Alice se puso de pie con dificultad; por su garganta su bían lágrimas acaloradas, pero se negaba a dejadas caer.

Él tenía el descaro de reírse.

-¿Qué te dijo exactamente lady Ingham? Entonces, sabía a quién se refería.

-Me contó sobre el listado que tú y tus compañeros hicisteis sobre la esposa de sociedad perfecta. ¿Es verdad?

-Hubo un listado, sí, pero...

Lo interrumpió -También me recomendó que supere mis arrebatos de mal humor porque continuabas teniendo una amante, y que disfrute de la libertad que me ofrecías.

Valentín se sentó erguido, levantó el libro y lo cerró de golpe.

-¿Imaginaste que hablaba en mi nombre?

-No soy estúpida, Jasper. Sé que la mayoría de los matrimonios de sociedad se llevan a cabo por razones sociales o una posición en la sociedad. Lady Ingham solo señaló que tú no tenías intención de cambiar tu estilo de vida para complacerme.

-Pero yo no me casé contigo para obtener una ventaja social o un beneficio, ¿no es verdad? -le recordó en voz baja.

Ella lo observaba a través de una neblina de lágrimas acumuladas.

-No, te casaste conmigo porque me crucé en tu cami no y tenías una deuda con mi padre.

-¿Y no eres feliz con tu elección? Te he ofrecido un título, el derecho a entrar en la alta sociedad y una educación sexual que no tiene igual. ¿No es suficiente para ti?

Sus uñas se hincaban en la palma de sus manos. -Tampoco me casé contigo por esas cosas, Jasper. Él se pasó la mano por el cabello despeinado. -Entonces sin duda te das cuenta de que creer cualquier cosa que diga lady Ingham es una pérdida de tiempo. -Quizá sea cierto, pero señaló que si te permitía de buen grado tus pequeñas aventuras, tú me retribuirías el favor. -¿Qué diablos se supone que significa eso?

Sara disfrutó de la breve satisfacción de ver que su sonrisa desaparecía y su rostro se entristecía. Él cambió la postura y ella retrocedió, haciéndole su mejor reverencia.

-Me voy a la cama como debe hacerla una buena es posa. Si deseas acompañarme, por favor hazlo. De otro modo, que tengas buenas noches con tus placeres literarios, y mándale mis recuerdos a lady Ingham. Dile que he decidido seguir su consejo.

Se precipitó hacia adelante, cogió el libro de su mano laxa, y se lo arrojó directamente a su cabeza desprotegida.

El orgullo la llevó de regreso a su habitación. Solo en tonces dio paso a las lágrimas que había escondido desde el ca tastrófico baile. Saltó dentro de la cama y subió las mantas de un tirón hasta su barbilla. Sobre ella, brillaban los hilos de la cresta bordada del cisne de la familia Masen bajo la luz de la vela. Suponía que debía estar agradecida de que lady In gham se hubiera tomado el trabajo de desengañarla de la idea de que Jasper la amaba antes de que confesara su amor por él.

La idea de que sus amigos y él hubieran hecho un lista do de las cualidades que se requerían para ser una esposa con descendiente le provocaba rechazo, que fuera evidente que él creyera que reunía los requisitos la hacía sentir físicamente enferma. ¿En verdad creía que había contraído matrimonio con él para obtener un beneficio social? ¿No comprendía que atraía cada uno de sus anhelos en lo profundo de su ser? Su ponía que se daría cuenta de eso por su comportamiento liber tino en la cama, ¿O todas las mujeres le respondían de esa ma nera? Una brizna de celos floreció en su pecho, y ella envolvió los brazos alrededor de su cuerpo.

Sus sueños románticos sobre ser única y especial para él pronto se esfumarían si se negaba a alimentar falsas espe ranzas. Continuaría cumpliendo con su deber hacia él, y fi nalmente, cuando el dolor de su corazón cesara, también sería práctica y quizá buscaría otro amante que la valorara.

Su valor se quebraba sólo con la idea, pero siguió ade lante. Era su propia culpa, le había rogado que contrajera ma trimonio con ella. Debió haber creído que estaba lo suficiente mente desesperada como para aceptar cualquier cosa para obtener un título. Una lágrima se deslizó por su mejilla y cayó en la almohada. Su madre siempre le decía que fuera cui dadosa con lo que deseaba.

Nunca debía permitir que Jasper se diera cuenta de cuánto la había lastimado. Sus expectativas sobre el matrimo nio sin duda no eran las mismas, ¿Y cómo podrían serlo? Él era un aristócrata, y ella era la hija de un comerciante. En su mundo, se esperaban el matrimonio y la fidelidad y se miraban con malos ojos los devaneos públicos. Solo porque Jasper la alentaba a ser ella misma no significaba que la amara. Retiró otra lágrima. Era probable que él hubiera intentado mostrarle que podía tener una vida profundamente gratifi cante más allá de él.

En el mundo de Jasper, siempre había otro baile al cual asistir y otra oportunidad para esconder los sentimientos heridos en una multitud. Sin duda, también siempre existía la oportunidad de encontrar un nuevo amante. Alice apagó la vela y se puso de costado. De hecho, le habían prometido asis tir a un baile junto a Maria y Emmett al cabo de dos días. Sería una ocasión apropiada para ocultar sus verdaderos sen timientos y tal vez comenzar su propia búsqueda.

«Te agrada, en verdad, Jasper. Toma mi polla en tu boca. Pronto me rogarás por ella. Ponte de rodillas y ruega, ruega como debe hacerlo un esclavo».

Jasper se despertó con una blasfemia y se encontró en el suelo. Intentó no tener náuseas. El sabor asqueroso de su vieja pesadilla perduraba en su boca. Sangre, sexo y dolor. Nunca olvidaría esa combinación única de olores y sensacio nes. El débil placer y la anticipación en la voz de Yusef Alistar cerca del oído de Jasper (demasiado cerca, demasiado cerca, maldición).

Días interminables de permanecer excitado y estar en vilo, de sentirse desesperado por encontrar alivio, odiando su falta de control. También temor y humillación por no haber podido evitar que su cuerpo reaccionara y deseara, incluso cuando su mente gritaba de horror. Tocó la cicatriz en relieve escondida debajo de su largo cabello, en su nuca. Una serie de iniciales, grabadas a fuego para siempre en su carne.

No le había importado brindarles servicios a las muje res. Por lo general, eran fáciles de complacer y le habían ense ñado mucho sobre el placer. Pero después del primer hombre, había intentado huir. Fue entonces cuando la señora Tezoli le presentó a Yusef. Le había dicho a Jasper que debía apren der una dolorosa lección y que Yusef estaría más que feliz de enseñársela.

Los dedos de Jasper se cerraron alrededor de la bote lla que estaba tirada, y tomó un trago de brandy. No había visto a Yusef en persona desde hacía doce largos años, aunque el bastardo a menudo visitaba sus pesadillas. Durante los dos años que le habían obligado a soportar que Yusef le tocara, había estado cerca de quebrarse. Solo la vigilancia constante de Emmett había salvado su cordura y su vida.

Se estremecía. En el nombre de Dios. ¿Cómo lo había encontrado Yusef? Y algo más importante, ¿para qué? Des pués del primer segundo de incredulidad, Jasper había lu chado contra un instinto imperioso de estrangular al hombre con sus propias manos.

Con otra maldición, se sentó. Estaba en el estudio. Al guien había entrado, había vuelto a encender el fuego y había ordenado algunos de sus excesos. Un dolor de cabeza de di mensiones monstruosas latía detrás de sus sienes. Con caute la alargó la mano y encontró un pequeño bulto en su sien. Colocó la botella vacía de brandy con cuidado sobre la chime nea alicatada. Era probable que el personal imaginara que Alice y él habían tenido su primera batalla marital y que él ha bía perdido.

Maldición. Alice había estado allí. Le había arrojado un libro, y él había estado demasiado ebrio como para esquivado.

Se quitó el cabello de los ojos. Cuando ella se enfrentó a él, había comenzado a herirla de manera deliberada. Sabía que había conseguido lo que se había propuesto. La mirada en sus ojos al contar los cotilleos de su vieja amante le habían he cho sentir mal.

Había intentado hacer que confiara en ella y, como de costumbre, él respondió con otro golpe. Gruñó. El sonido re sonaba en su cabeza. No dejaba que nadie insinuara que el gran Jasper Masen había abierto su corazón a una mujer y había expuesto sus más profundos temores. Sin embargo, ella se había recuperado y se había alejado de él, con la barbilla en alto. Su serenidad continuaba asombrándolo.

Su débil sonrisa desapareció. Debería contarle que el ridículo listado que había confeccionado con sus compañeros había desaparecido de su cabeza al conocerla. Aún más impor tante, debía saber que Victoria ya no era su amante.

El reloj del vestíbulo tronó nueve veces. Jasper se puso de pie tambaleando y buscó en vano la chaqueta. Volvió a atar su pañuelo de cuello y se alisó hacia atrás el cabello. Era hora de hacer algo que hubiera sido impensado algunos meses atrás. Debía subir, ponerse presentable y disculparse con Alice.

No estaba en su habitación. No lo esperaba en la sala de desayuno. Negándose a sucumbir ante la ansiedad, Valentín llamó a su criada.

-Milady salió esta mañana temprano a desayunar en un evento al aire libre en Strawberry Hill, milord.

-Gracias, Sally.

Jasper asintió con la cabeza para que la mujer se re tirara. Parecía que Alice no lo evitaba después de todo. ¿Quién podía culparla por asistir a sus obligaciones sociales sin él? Terminó el desayuno y arrugó el entrecejo hacia la silla vacía. De repente, se sintió incómodo en el silencio. ¡Maldición! Aún estaba intranquilo. No era propio de Alice retroceder ante un desafío. Había esperado encontrarla en el desayuno, agi tando banderas y con el mosquete preparado para continuar con la batalla.

Se puso de pie con la intención de ponerse su vesti menta de montar y seguirla. Antes de llegar a su habitación, dudó en las escaleras. Había arreglado una reunión con Emmett y su banquero sobre la pérdida constante de ingresos de su negocio, una reunión que no podía esperar. El hurto y la falta de honradez tenían la facilidad de salirse de control a menos que se los erradicara con eficiencia implacable.

Después de cambiarse de ropas, regresó al vestíbulo y tomó el sombrero y el abrigo de montar de manos de su ma yordomo. Subió al coche de viaje, asió las riendas, y de mane ra intencionada le dio la espalda al camino hacia Alice. ¡Maldi ción! Estaría en casa para la cena. Se disculparía entonces.