Capítulo undécimo

La lengua se le destrabó de golpe.

–¿Qué? ¡Es que se ha vuelto loco! ¡Aléjese de mí en este momento! –exclamó ella nerviosa y asustada, más que de Daniel, de sí misma porque ella también pensaba mucho más en él de lo que era sano.

–Escucha, creo que esto también podría servir para que resuelvas las confusiones que puedas tener –la instó suavemente.

–¡Yo no estoy confundida! –bramó.

–Entonces no tienes nada que perder. Para ti será de tan inverosímil naturaleza que ni lo recordarás mañana por la mañana, para mí actuará como una ayuda para poder comprender mejor lo que me sucede.

–Escuche, que esté mal de la cabeza no es problema mío –le espetó.

–Claro que lo es –replicó él con una sonrisa–, porque todo esto ocurrió cuando apareciste. Cuando me relacionaba con las mujeres francesas no pasaba nada fuera de lo común.

–Sí, supongo que todas se rendían a sus pies y usted tenía un harem de damas. –A Luce le molestó en gran medida lo celoso que sonó el comentario.

–Jamás toqué a ninguna… jamás me interesé por ninguna –dijo seriamente, dejando a la chica sin palabras–. Sólo te pido este favor, Luce, nada más.

La parte racional de ella se negó rotundamente a alentar semejante comportamiento inadecuado y escandaloso, además de ridículo. Pero su otra parte, la gobernada por sus sentimientos más radicalistas, la instaban a seguir adelante… a probar esos labios que tanto había imaginado sin quererlo realmente. Daniel interpretó su mudez como aceptación y tan pronto se inclinó sobre ella… sus labios entraron en contacto.

Sin estar muy segura de lo que hacía, sencillamente dejándose llevar, Luce abrió la boca con cierto anhelo. Daniel al principio la besó como si él mismo sintiera cierta inseguridad, pero cuando cayó en plena cuenta de que era la mujer que lo mareaba constantemente a quien estaba besando, toda duda se disipó y dejó paso a la decisión en pleno. Le tomó el rostro con ambas manos, presionó su cuerpo contra el de ella y logró que sus lenguas se rozaran… Sólo eso hizo falta para que una desmedida e inesperada pasión se desatara entre ambos primos.

Ella ya no se resistió. Le rodeó el cuello con los brazos y lo acercaba más a sí, anhelante, sintiendo en cada ahora célula de su cuerpo el deseo que los besos de Daniel le provocaban. Él descubrió los botones sueltos del vestido de Luce que dejaban al descubierto dentro del abrigo una gran sección de su espalda; antes de darse cuenta de nada más, haló un poco de la tela con el fin de dejar tan bello cuerpo al desnudo y llevar el fuego al siguiente nivel.

Sí, en definitiva había logrado averiguar algo con respecto a Luce: lo mucho que le fascinaba, todo lo que quería amarla y cuánto la deseaba… Porque Daniel deseaba a su prima y ella también a él.

–Daniel, basta, esto no está bien –pidió Luce muy débilmente en un momento dado, cuando la temperatura curiosamente había aumentado unos grados, deseando en secreto que él rechazara su petición. Daniel le besaba el rostro, el cuello y tanta piel del torso como el vestido de ella dejaba al descubierto; Luce sentía un ardiente calor allí donde él la tocaba.

–Vamos, dímelo –jadeó él en un susurro, sus manos acariciándole la línea de la espalda y el cuello. Ambos estaban al límite–. Te reto a que me pidas que me detenga… Pídemelo y lo haré.

Luce no respondió. No lograba comprender por qué no quería acabar con esa situación, sino al contrario: deseaba prolongarla.

–Contigo –continuó él– he aprendido más sobre la complejidad de la mujer que en todos mis años de estudio en el extranjero. –Luce quería pedirle que se callara y no dejara de acariciarla y besarla, pero se contuvo–. Vamos a mi habitación –dijo Daniel repentinamente.

–¿Qué? –jadeó ella.

–Está en el ala sur, la más alejada del resto de las habitaciones más transitadas de la casa, allí nadie nos molestará.

–No, no es correcto. No deberíamos deshonrar la casa de la señora Regina–replicó ella intentando oxigenar su cerebro para apartarse.

–¿Acaso me dirás… que tú no deseas esto tanto como yo? –Daniel comenzó a deslizarle el frente del vestido por los hombros.

Luce sabía que debía actuar rápido si quería impedir que aquello sucediera. Porque eso era lo que quería… ¿cierto? No, la verdad es que no era así.

–Sólo dime que sí –pidió él, su voz distorsionada a causa del éxtasis que le producía la situación–. Dime que sí y te prometo que mis brazos serán tu refugio eternamente –le tomó el rostro para mirarla fijamente. Ambos respiraban agitados y era visible el vaho de su respiración. Daniel pegó sus labios a la oreja de ella–, comenzando esta misma noche.

–Sí… –dijo Luce al límite de sí misma.

Daniel esbozó una gran sonrisa seductora y feliz; ya casi había logrado quitarle el vestido pero se contentó pensando que podría hacerlo con calma en su habitación, con una iluminación adecuada como para admirar tan bello cuerpo… además de sentirlo.

–¡LUCE! –bramó potentemente una voz desde el extremo abierto del seto, aunque no lo suficiente como para despertar a alguien en la casa.

A Daniel y a Luce el corazón les dio un gran vuelco. Gerret se acercaba a ellos furibundo, tan enojado que su expresión era aterradora, pero el joven Grigori no se alejó de la chica.

–¡Qué demonios estás haciendo! –Se fijó en ella agitada, en cómo se aferraba a Daniel… en su vestido–. ¡Eres una zorra! –la tomó con fiereza del brazo y haló de ella para colocarla a su lado. Luego se enfrentó con Daniel–. Escúchame bien, maldito libertino, mi hermana está comprometida desde hace años –masculló–, por lo que te advierto que mantengas todos y cada uno de tus miembros lejos de ella.

Lo fulminó con la mirada antes de coger rudamente a Luce por el cogote y arrastrarla a la casa escaleras arriba, hasta su habitación. Al llegar al cuarto cerró la puerta con ira y arrojó a Luce tan lejos de él como su fuerza se lo permitió. La muchacha estaba conmocionada, sí, pero no porque su hermano la hubiese atrapado en semejantes actos, aunque ella estuvo muy convencida de que Gerret sólo creía que Daniel se le estaba insinuando, sino porque todo lo que sintió, los besos, las caricias, su aliento, el deseo que él despertaba en ella, en fin, todo le parecía extrañamente familiar. Y no conseguía comprender por qué pues por más que le diera vueltas a sus recuerdos, no lograba encontrar algo que le diera una pista.

Más raro aún fue que Luce había experimentado una extraña sensación que en nada se parecía a las emociones que emergían cuando, finalmente luego de tanto esperar, se reencontraba con Cam. Fue más que una sensación de vacío, algo que la dividió y le hizo sentir que no había nada malo en lo que hacía, absolutamente nada.

Es más, podía asegurar que algo como una voz la instaba a amar a Daniel por completo… Pero ella no lo amaba a él, sino a Cam, y eso era algo que jamás cambiaría nadie.

–¿Y bien? ¿No vas a decir nada en tu defensa?

Luce enfocó lentamente a Gerret. Podía ver que estaba al borde de una ira destructiva y peligrosa. Supo que tarde o temprano tendría que enfrentarse a su hermano y aclarar las cosas cuando ni ella misma las entendía, pero prefería que fuera bien tarde que temprano. Pero ahí estaba él: con los nudillos apretados y el rostro crispado de rabia esperando a que ella le contestara. Pese a que Luce quería justificarse, tal vez mostrarse avergonzada para aplacarlo, no podía: le era completamente imposible no sentirse increíblemente dichosa al rememorar lo ocurrido hacía unos momentos.

–No existe palabra que salga de mis labios que logre tranquilizarte, hermano, sobre todo si no lo deseas –replicó ella en voz baja. Craso error. Gerret volvió a cogerla del brazo por encima del codo haciéndole daño, y acercó sus rostros tanto como pudo.

–¡Eres una zorra! –Escupió con desprecio–. ¡Una ramera! ¡Una maldita prostituta!

–Perdona, Gerret, pero no le estaba cobrando a Daniel ni un solo centavo por nada de eso –se defendió–. Sencillamente… las cosas se dieron. Sólo sucedió.

–Sólo sucedió –repitió el muchacho para sí, apartándose de ella–. Y dime una cosa: si yo no hubiese llegado para detenerlos, ¿qué habría sucedido?

Luce calló. Ella sabía a la perfección dónde hubieran acabado porque el mismo Daniel se lo había dado a entender perfectamente.

–Yo te lo diré –continuó con acritud–. Estarían en este preciso instante revolviendo las sábanas de la cama, deshonrando a Regina en su propia casa… y tú habrías traicionado el amor y la confianza de Cam. –A Luce ese solo comentario le bastó para hacerle pesar en la consciencia lo que había permitido que ocurriera.

Cam. ¿Qué iba a pensar o a sentir si llegaba a enterarse de eso? ¿Acaso Luce quería castigarlo por abandonarla y herirla cada vez que lograba finalmente abrirle su corazón por completo luego de cada reencuentro? ¿Sintió algo verdadero por el primo Daniel o fue sólo el instrumento de una venganza no meditada? ¿Podría arreglar las cosas?

Gerret la observó con atención, sabía perfectamente que sus ponzoñosas y bien utilizadas palabras habían tenido el efecto deseado. Ahora Luce iba a pensarse muy bien las cosas antes de volver a actuar así.

–No sé qué pensaría de ti al saber esto –prosiguió el muchacho sin piedad alguna–. Él, que da su vida por ti y se la vende a quien sea con tal de amarte para toda la eternidad; él, que cayó en una de las peores desgracias sólo por ti, para que pudieran amarse tranquilamente. Y de este modo le respondes.

Luce se desplomó de rodillas en el suelo. Su rostro estaba petrificado en una mueca de intenso sufrimiento y gruesas lágrimas le resbalaban por las mejillas. Los sollozos, sin embargo, se le atoraban en la garganta indispuestos a salir. Gerret la miró desde arriba sin compadecerse de ella ni un poco.

–Cuando vuelvas a ver la cara de Daniel recuerda la clase de sucia traidora que eres –susurró con malicia–. Una cosa es haber dejado de amar a Cam, otra muy distinta es engañarlo cuando él aún espera el reencuentro como si su existencia dependiera de ello.

Abrió la puerta y se deslizó fuera, dejándola a ella destruida en el suelo.

Gerret tenía toda la razón. Ella había sido exiliada de su hogar para estar con Cam (aunque tenía la promesa de que se le indultaría), pero él había caído en una desgracia diez veces peor por amarla y desear el poder estar juntos. No era nada justo lo que ella hacía mientras él no la observaba. Era cierto que algo había sentido por Daniel en el jardín, y tal vez desde antes, pero no era ni de cerca tan fuerte e intenso como lo que había entre ella y Cam, y Luce no estaba dispuesta a tirar por la borda todos sus sacrificios, lamentos y momentos juntos por estar con un muchacho que no acababa de conocer.

Cam y Gerret eran los mejores amigos de todos por más diferentes que fueran, y tal vez algo de eso tenía que ver con las palabras de su hermano, pero Luce supo que contaba con la razón. De ahora en más haría lo imposible por alejarse física y emocionalmente de Daniel.