Capítulo 11 – Pánico en el subterráneo
La oficial Warden Swinton se quedó sin habla ante la revelación de Bellwether, pues aquello no podía ser realmente cierto. ¿Acaso su antiguo compañero de la academia había liderado a aquellos depredadores para atacar el hospital? Simplemente no tenía sentido. ¿Por qué lo haría? Si había recuperado la conciencia y sabía bien lo que estaba haciendo, ¿por qué?
La cerda necesitaba con urgencia una respuesta a aquella pregunta, pero para Jack Savage y Diana Woolyland la situación era más que clara, tal y como lo había dicho la oveja a través de la radio: Fangmeyer había recuperado la inteligencia hasta cierto punto, y ahora perseguía y asesinaba a las presas supervivientes que restaban en la ciudad guiado por un odio cuyo origen de seguro se remontaba a la relación que antaño hubo entre los depredadores y las mismas.
Fuera cual fuese la razón no podían permitir que aquella matanza continuara, pues una vez aquel tigre se hubiera encargado de ellos iría a por las presas fuera de la ciudad, pero ellos no iban a dejar que eso sucediera. Aquella plaga no podía salir de Zootopia, y los dos oficiales y la abogada eran los únicos que podían detener al enemigo antes de que el daño provocado por el mismo fuese mayor.
—Entonces, ¿qué debemos hacer? ¿Cuál debería ser nuestro siguiente movimiento? Por como lo pintas, no parece que llegar hasta él vaya a ser como un paseo por el parque —preguntó Savage, y hubo un breve silencio antes de que la oveja respondiera.
—El problema es que ninguno de ustedes es capaz de enfrentar a los salvajes cara a cara. Nuestra única oportunidad es atacar a Fangmeyer con armas a distancia. Así que... ¿qué es lo que tienen?
—Un revolver, doce balas —dijo el conejo.
—Y un rifle automático, con medio cargador —añadió la cerda al tomar el arma de las pezuñas de la oveja con objeto de comprobarla.
—Entonces de verdad estamos jodidos —sentenció la oveja mayor con pleno optimismo.
—Aunque... quizá tengamos una oportunidad si llegamos a la comisaría —alentó la oficial—. La armería está muy bien equipada. Dudo que la hayan saqueado por completo.
—No creo que sea buena idea, Warden. Stevens y Krumpansky fueron allí a buscar el helicóptero, y nunca volvieron. Sea lo que sea que esté ahí... simplemente acabó con ellos.
—Pues no están contando con muchas opciones ahora —dijo Bellwether en la radio—. Estoy monitoreando todo por las cámaras, y parece que Fangmeyer envió a varios de los depredadores salvajes que tiene bajo su control a por ustedes, mandando a una mitad por las entradas de la estación Flock St., y a la otra mitad por la estación Herd St.
—Un movimiento de tenazas... como las salidas de aquí están cerradas, sabe que no podremos escapar.
—Si no me equivoco, estarán ahí en cuestión de tres minutos, y esa puerta no va a detenerlos. Van a encontrarlos.
—Maldición... esperaste bastante tiempo para decírnoslo, ¿no crees? —preguntó al incorporarse, dándole una pata a Warden con el mismo objeto.
—No había pensado que se le ocurriría hacer algo así, estaba esperando a que él mismo fuera a por ustedes con su grupo a través de la estación Herd, que era la más cercana, pero lo subestimé. Es más inteligente de lo que creía.
—Si ya entraron, entonces no tenemos otro lugar a donde escapar.
—Hay una manera, una formación detenida en las vías. Si consiguen llegar hasta la misma puede que logren sobrevivir —para cuando Bellwether terminó de informarles de esto, el conejo ya había quitado el bote de basura que bloqueaba la entrada para salir al anden, seguido de la cerda y la oveja.
—¿Qué tan lejos está?
—En el túnel por el lado de Peak St., a quinientos metros. Pero será mejor que corran, tienen menos de un minuto antes de que los depredadores que vienen por el lado de Flock St. a toda velocidad la alcancen. Tendrán que entrar al primer vagón y asegurar las entradas en ese tiempo; no me tomará mucho activar por completo al sistema, y una vez que lo haga pondré la formación en marcha desde aquí. Si logran llegar a la estación de Peak St. con bien, estarán a menos de una calle de la comisaría.
—¿Estás seguro de que podemos fiarnos de ella? —preguntó Warden, aún sabiendo que la oveja mayor la escuchaba.
—La verdad no, pero no tenemos otra opción y ella lo sabe —dijo justo antes de que todos fueran capaces de escuchar los rugidos de las bestias a lo lejos en la oscuridad del túnel—. Vamos, ¡corran! ¡Corran! —gritó al bajar a las vías, y sus compañeras le siguieron.
—¡Jack, tu pata! —dijo la cerda al notar la herida aún sangrante al débil resplandor parpadeante de las luces del anden.
—Está bien. Duele como el demonio, pero tengo que resistir —respondió para luego dirigirse a la oveja que le miraba con preocupación—. Recuerde lo que te dije cuando estábamos en el hospital, Diana —dejó en claro, y ella asintió.
—Yo iré adelante —dijo Swinton—. Si tenemos un encontronazo con los salvajes, al menos podré hacerles frente con el rifle. Siempre y cuando sean uno o dos —aclaró mientras ingresaban en la oscuridad del túnel. La cerda encendió su linterna y se la lanzó a la oveja sin perder tiempo—. ¡Tú! Ocúpate de esto, ¿quieres?
—Sí, por supuesto —asintió Diana, alumbrando el camino mientras corrían.
—No dejes de apuntar hacia adelante. Por más que escuches a los depredadores detrás de nosotros, no dejes de apuntar hacia adelante. ¿De acuerdo? —ordenó Swinton, a medida que el volumen de los salvajes rugidos iba en aumento. Se estaban acercando, pero el equipo de tres ya estaba a pocos metros de la formación.
—A este paso van a encontrarlos en menos de treinta segundos. ¡Tienen que subir al primer vagón ahora! Ya habilité el sistema de transporte. Voy a abrir las puertas y las cerraré cuando suban los tres.
—Swinton, ¡sube ahora! —gritó el conejo cuando estuvieron junto al primer vagón, sin dejarse distraer por los rugidos de los salvajes ya a pocos metros de ellos. La oveja estaba paralizada por el miedo, pero la voz del agente la hizo reaccionar—. ¡Y tú, Diana! —gritó su compañero, y la oveja se ayudó con la pata de la cerda para subir. Fue a ayudar a Jack cuando un lobo arremetió contra él, derribándole, pero el conejo se libró de la bestia con dos tiros a quemarropa en la cabeza.
—¡Jack! —gritó Warden a la oscuridad, mientras Diana lo hallaba con la linterna a varios metros de distancia, con el cuerpo muerto de su enemigo encima.
—¡Que Bellwether cierre la puerta, ahora! —ordenó el conejo, y la ex-alcaldesa actuó en consecuencia, pero la cerda trabó las puertas para impedir que eso pasara.
—¡No! Diana, ¡sostenla, que no se cierre! —pidió a la oveja, antes de bajar y arremeter contra los otros dos lobos que se acercaban por el frente con la mitad del cargador de su rifle. Una vez estuvo segura de que sus enemigos no se levantarían, regresó con el conejo para ayudarle
—¡Manga de inútiles! ¡¿Qué están haciendo?! ¡Van a matarlos allí! —advirtió la voz en su radio.
—Warden, ¡sube al tren ahora! ¡Es una orden! —gritó el conejo mientras intentaba quitarse al lobo de encima, y la cerda lo ayudó rápidamente a conseguirlo, llevándolo en hombros tan rápido como podía.
—No iba a dejarte ahí, imbécil. ¡Diana! —le gritó al llegar a la puerta, con el rugido de las bestias prácticamente en la nuca. La oveja los ayudó a subir nuevamente, y la cerda tomó la radio en sus pezuñas—. Ahora, ¡estamos listos Bellwether!
—Maldición... —oyó su respuesta en la radio mientras las puertas se cerraban, y la formación iniciaba su movimiento. No pudieron respirar tranquilos más de un segundo cuando oyeron su voz nuevamente—. ¡Con un demonio! Fangmeyer posicionó a su grupo en la estación de Flock St., apuntando a las vías. Sabe lo que estamos haciendo, ¡va a acribillar la formación en el momento en que la vea!
—¿Qué oportunidades tenemos? —preguntó Savage al tiempo que la velocidad de la formación aumentaba, pero la oveja al otro lado de la linea no respondía—. ¡Bellwether! ¡¿Qué podemos hacer?!
—Busquen cobertura... y recen —dijo finalmente, y los tres se miraron entre sí, atónitos por lo que estaba sucediendo, y por lo que sabían sucedería a continuación—. ¡Está a punto de llegar! ¡Cuidado!
—¡Al suelo, maldición! —gritó Jack al tomar a Swinton y dejarse caer junto con ella, y la oveja les siguió al instante.
En el instante en que un atisbo de la luz del siguiente andén alcanzó el tren, una multitud de armas dispararon contra la formación, reventando los cristales en cientos de fragmentos y haciendo huecos en el metal. No sólo estaba jugando el hecho de que podrían hacerlos pedazos en el mismo lugar; si dañaban alguna pieza fundamental de la formación, la misma se detendría, y por más que lo hubieran conseguido sobrevivir al tiroteo, no serviría de nada.
La arremetida por parte del enemigo duró los veinte segundos que le tomó a la formación entera cruzar la estación a una velocidad media, pero cuando la oveja dejó de ver el resplandor de las luces del andén y los disparos se detuvieron, supo que lo habían conseguido.
Habían sobrevivido al ataque de Fangmeyer, y ahora sólo quedaba llegar hasta la comisaría y obtener las armas necesarias para vencerle en su propio juego. No se rendirían hasta conseguirlo.
—Maldición... lo conseguimos —dijo la oveja al sonreír—. ¡Jack, lo...! —al voltearse hacia sus compañeros en ese instante se quedó helada, al ver a la cerda arrodillada junto al conejo que ahora permanecía boca arriba, mientras un charco de sangre comenzaba a formarse debajo de él—. Ay no. No...
—¿Cómo pudiste? —preguntó Warden con voz quebradiza, siendo incapaz de comprender lo que su compañero había hecho, poniéndose entre ella y las balas que deberían haber encontrado blanco en su cuerpo, no en el del conejo.
—Francamente, no lo pensé muy bien —sonrió débilmente—. Sabía que era lo que tenía que hacer y... simplemente lo hice. No había otra manera —se excusó sin dejar de sonreír.
—¡Por supuesto que la había! ¡Tenías que cuidar de ti mismo, imbécil! —gritó con dolor.
—Está bien, no... no me arrepiento de haberlo hecho —le respondió al tomar su pata con la suya—. Porque significó poder salvarte, Warden —continuó el agente, y las lágrimas comenzaron a correr libremente por las mejillas de la oficial—. No llores, por favor... oye, siempre tendremos Snarlbucks, ¿verdad? —alentó al evocar aquel recuerdo, y la cerda sonrió entre aquellas lágrimas.
—Eres un estúpido —le respondió, y el conejo fue capaz de mantenerle la mirada tan sólo unos pocos segundos más antes de que sus párpados pesaran. El agente dejó de respirar unos instantes después, pero su sonrisa no desapareció—. ¿Jack? Jack, por favor... por favor, no... —le suplicó, pero el conejo no le respondió, ni volvió a abrir los ojos. Warden recostó su cabeza en el pecho del agente, no dispuesta a alejarse de él, mientras que el tren seguía su camino. En unos cuantos minutos llegarían a la estación Peak St.
La oscuridad era opresiva, agobiante, asfixiante. La había estado sufriendo desde hacía mucho tiempo, pero no recordaba exactamente cuanto. Lo único que era capaz de recordar en ese momento era haber estado corriendo a través de las calles en el Distrito Forestal, en un momento sola, y al otro acompañada por una oveja que había logrado sobrevivir hasta ese entonces. ¿Cuál era su nombre? Lo sabía, estaba segura, pero era incapaz de pronunciarlo.
El nombre que sí era capaz de pronunciar... era el de Nick. Nick Wilde, ex-estafador profesional, actual oficial de policía, y su mejor amigo. Aquel zorro por el que había caminado sin dudar en dirección hacia el infierno mismo, y por quien seguiría caminando en la misma dirección. Sabía que tenía que encontrarle, no podría estar tranquila hasta asegurarse de que estaba con bien, hasta ver su sonrisa una vez más. Sabía que debía hacerlo, e iría hasta el fin del mundo con tal de conseguirlo.
Y entonces lo sintió. Aquel dolor... aquella sensación de colmillos desgarrando su carne, el sonido del depredador al masticarla, su aliento, todo. Aquel dolor se propagó a lo largo de su cuerpo junto a un terror inimaginable. El corazón de la coneja comenzó a golpear contra su pecho con fuerza, su pata derecha tembló incontrolablemente, y un sudor frío descendió por su frente al tiempo que se tomaba de la herida en su costado, para abrir los ojos a la oscuridad y gritar con el más absoluto terror. Había salido de una pesadilla, y ahora estaba a punto de encarar una realidad mucho peor: la que le esperaba fuera de la sala de terapia intensiva.
