N/A: ¡Felices fiestas! Espero que hayan pasado una linda Navidad (si es que la celebran) y que tengan un gran año. ¡Gracias por todo el apoyo!

Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.


XI. Locura temporal

Quinn ahora comprendía que la tensión podías sentirla y oírla. Se sentía como un frío que recorre tu espalda y sonaba igual que el silencio.

¿Por qué nadie parecía comprender que el matrimonio era la opción correcta si querían sacar a Maia de ese lugar?

Rachel se fue todo el viaje de retorno en silencio. Quinn intentó que dijese algo, de diversas formas posibles, pero la morena sólo la miró y siguió en silencio. Intentando lograr sacarle alguna expresión, se desvió de su ruta y emprendió rumbo a casa de los Berry.

Una vez allí, tuvo que explicar el porqué del comportamiento de Rachel. La fotógrafa esperaba gritos, quejas y más gritos, pero sólo recibió silencio. Llevaban a lo menos cinco minutos allí y las últimas palabras dichas habían sido las de Quinn.

–Sé que les puede parecer una locura, pero es la mejor opción para Maia –insistió Quinn intentando buscar alguna reacción, y la logró.

–Creo que necesitamos hablar en privado –dijo Hiram, mientras que, sin esperar respuesta, Leroy se llevó a Rachel a otro lugar.

–Entiendo que es algo repentino… –comenzó a argumentar la rubia, pero el hombre la cortó.

–¿Notas lo que estás haciendo, Quinn? –preguntó Hiram–. Primero mientes a un equipo médico, luego inventas todo este mundo de mentiras a Rachel, donde tú y ella son dos novias felices, supuestamente para ayudarla; ¿y ahora nos dices que pretendes que se casen, para así lograr la adopción de Maia? –el hombre alto y fornido intentó controlarse antes de continuar–. No es algo repentino, es una locura…

–Sé que puede sonar así, pero de verdad… –se justificó la fotógrafa.

–No la conoces, Quinn. No has tenido contacto con ella en nueve años y dejaron de ser amigas hace mucho más tiempo. Nadie en su sano juicio hace lo que tú estás haciendo –expuso Hiram y la rubia comprendió que aquel hombre no sólo se preocupaba por su hija–. Estás dispuesta a formar un vínculo de por vida con una pequeña que significa el mundo para mi hija, pero que hasta unos meses tú desconocías. Estás dispuesta a sacrificar tu vida amorosa por Rachel. ¿No comprendes lo extraño de la situación? ¿No reparas en que hay algo que no está bien?

Quinn asintió, porque entendía lo que Hiram intentaba decirle. Aun así no encontraba las palabras para explicarse. Quizás no las tenía. Pese a ello, igual intentó expresarse.

–Desde que me reencontré con Rachel, algo cambió. No sé qué es. No sé cuándo pasó exactamente, pero algo cambió –manifestó Quinn con calma–. Mis recuerdos de Rachel no eran los mejores. Yo sólo la recordaba como la persona que había anunciado a los cuatro vientos mi embarazo. La persona que había provocado que yo lo perdiese todo. Sé que no es justo, porque la verdad es que fue mi embarazo el que causó todo, ella sólo lo publicitó –hizo una pausa para ordenarse–. Pero cuando Leroy me contó lo del accidente y vi (y escuché) a esta nueva Rachel esos resquemores que tenía hacia ella comenzaron a esfumarse. Poco a poco me ayudó a recordar a la otra Rachel, a la que había sido mi gran amiga, la que había olvidado… a la que le fallé.

–¿Estás haciendo todo esto, por una amistad fallida de la niñez? Porque eso tampoco tiene sentido, Quinn –esgrimió Hiram.

–No completamente, pero algo de eso hay. Rachel está recordando cosas del pasado –dijo Quinn y Hiram la miró sorprendido–. Y creo que esa Rachel de la adolescencia, esa Rachel que no se parece en nada a la Rachel de verdad, esa que era un personaje… Surgió porque yo no estuve allí cuando me necesitaba. Puedo estar equivocada, pero es algo casi gutural, algo que siento en lo más profundo de mí. Cada recuerdo de Rachel, cada palabra del pasado me recuerda (valga la redundancia) las cosas que debí hacer y no hice. Estaba tan centrada en mí, en dejar de ser Lucy que la olvidé; y creo que eso contribuyó a todo lo que pasó después. Si ella no me culpaba de nada, ¿por qué hizo lo que hizo? No tiene sentido y sólo recién ahora soy capaz de verlo.

–Pero eso no es todo… –se aventuró el hombre.

–No… Rachel… ella provoca algo en mí. Algo fuerte –confesó la fotógrafa–. Y yo lo he negado todo este tiempo, pero creo que debo comenzar a afrontarlo. No sé de qué se trata, ni quiero ponerle nombre, pero es lo que me lleva a querer protegerla, ayudarla y cuidarla –añadió sinceramente–. Y no es sólo eso. Maia se ganó un lugar en mi corazón y me destruye ver todo lo que está sufriendo. Ella estaba progresando junto a Rachel. Ahora está tan asustada… yo tengo una hija, sé lo que es el instinto maternal y lo veo en Rachel. Ellas se necesitan.

–Yo no sé qué decir –manifestó Hiram–. Lo que te sucede con nuestra pequeña es algo que sospechábamos con Leroy, pero aun así debemos pensar en ella. Sé que tus intenciones son buenas, pero Rachel no es una persona capaz de comprender lo que implica un matrimonio, aunque sea sólo para lograr tener a Maia. Veo cómo se relaciona contigo, la forma en que te mira, cómo te sonríe. No soy ciego. Debo proteger a mi hija, Quinn. Creo que como madre, puedes comprender eso.

–¿Estás insinuando…? –preguntó Quinn levemente sonrojada.

–Sí, estoy insinuándolo –afirmó Hiram–. Te agradezco lo que has hecho por ella, sé que no es la misma Rachel que despertó hace siete años. Veo cosas de una Rachel de veinticinco… pero no puedo permitirte casarte con ella, Quinn. No es justo.

Quinn se preguntó para quién no era justo, pero no quiso buscar una respuesta. Hiram tenía razón. Lo sabía, pero su corazón le decía que debía pelear por su propuesta.

–Yo no voy a hacerle daño…

–Lo sé –la interrumpió Hiram, sorprendiéndola con un abrazo. Aquel acto paternal la desestabilizó. Si bien había logrado retomar su relación con sus padres a través de Beth, nunca había sido lo mismo. Existía una distancia tácita establecida–. Pero ni tú ni ella se merecen un matrimonio de mentira. Me destruye el corazón ver las lágrimas caer por el rostro de Maia cada vez que la visitamos, pero hay otras formas menos extremas, Quinn –informó el hombre sin romper el abrazo–. Leroy va a hablar con Santana. Él se contactó con un amigo experto en adopciones para que nos pueda asesorar. La idea es que trabaje con Santana y puedan apresurar el tema. Él le aseguró que pueden conseguir una orden para revertir la decisión de servicios sociales sobre las visitas.

–Yo quiero ser parte de la vida de Maia –admitió Quinn.

–Y yo no te estoy negando aquello, sólo te estoy diciendo que quiero que mi hija se case por las razones correctas. Y quiero lo mismo para ti –señaló Hiram–. Tú y Beth ya son parte de nuestra vida. Sabemos cuánto han ayudado a Rachel, incluso con ese loco plan tuyo. A mí, especialmente, me costó aceptarlo. Aceptar que tu ayuda era sincera y que querías lo mejor para mi hija, pero ahora lo entiendo y lo veo. Sólo por eso ya te ganaste un lugar en mi corazón. El resto podemos atribuirlo al encanto personal de las Fabray.

Quinn se rio, separándose un poco de Hiram para mirarlo fijamente.

–Gracias…

–Leroy le está diciendo algo similar a Rachel. Al menos eso asumo. La telepatía es algo que logras con años de matrimonio, pero no siempre funciona bien –bromeó Hiram.

Como si hubiesen sido conjurados, Leroy y Rachel aparecieron en la sala. La morena tenía los ojos rojos, clara señal de que lágrimas habían sido derramadas. Quinn se cuestionó si aquello de la telepatía era sólo una broma. Sin pensarlo mucho, se acercó a Rachel y la abrazó.

–No podemos casarnos –susurró Rachel contra su pecho.

–Lo sé… tampoco fue una propuesta muy linda. Tú te merecer algo mejor –dijo Quinn, mirando a los padres de la mujer que estaba cobijada entre sus brazos. Las sonrisas en sus rostros la tranquilizaron un poco.

–Yo no… yo no quiero separarme de ti…

–No nos vamos a separar –aseguró la rubia, que desesperada buscó a Leroy con su mirada, el hombre sólo negó confundido–. Que no nos casemos, no significa que vayamos a separarnos.

–¿No? –Rachel rompió el abrazo y alejó, sin perder completamente el contacto con Quinn, para mirarla esperanzada.

–Claro que no. Sólo implica que no vamos a casarnos. Vamos a seguir luchando por Maia y vamos a demostrarles a todos los de servicios sociales, lo excelente madre que eres –señaló la fotógrafa.

–Papi dijo tiene un conocido que va a ayudar a Santana. Que incluso es posible que pueda volver a visitar a Maia –comentó Rachel.

–Tu papá me contó lo mismo, es una excelente noticia.

–¡Sí! Cuando Beth salga del colegio lo primero que quiero hacer es contárselo –expuso alegre la morena.

–Va a dar saltos de felicidad –aseguró Quinn.

–Creo que lo mejor es que me contacte con Santana cuánto antes, entonces. Así todos podemos saltar juntos –interrumpió la conversación Leroy–. ¿Me facilitarías su número, Quinn?

La aludida asintió, caminando hacia su bolso para sacar su teléfono celular. Su amiga le había comentado sobre el trabajo de Leroy y sus socios, que formaban -en palabras de la latina-, el mejor buffet de Nueva York. Sabía que su amiga estaría feliz de trabajar al lado de un respetado abogado, como Hiram lo había planteado.


Rachel estaba asustada.

Hoy era el día. Tras varias reuniones y lecturas de guión, hoy volvía oficialmente a un ensayo. Su regreso se había producido de manera paulatina.

Tina le aseguró que lo mejor era que se fuese incorporando poco a poco nuevamente. Debía volver a conocer a sus compañeros de trabajo sin que ellos lo notaran. Pasó una tarde entera junto a Kurt y Tina recorriendo los perfiles de Facebook de todos los trabajadores de la producción, para al menos identificarlos cuando volviese a verlos.

Pero ya todo eso había quedado en el pasado y hoy era el día donde debía probar su valía, donde debía recordarles a todos porqué había sido escogida para aquel papel.

Por sobre todo, aquel era el día en que ella daría comienzo a la meta que se habían planteado con Quinn, Santana y sus padres. Hoy nacía la Rachel que triunfaría en Broadway y contra servicios sociales.

–Todo va a salir bien. Ensayaste tus líneas y te salen bien –aseguró Beth a su lado.

La pequeña rubia se había convertido en su compañera de ensayos. Rachel agradecía la presencia de la niña hoy. Apenas se había enterado que la morena regresaba a la obra, se encargó de apoyarla en todo. Era reconfortante para Rachel que existiese una persona que amase tanto el teatro como ella en la casa.

–¿Y si me piden ensayar otra escena? –preguntó la morena.

–Tina te dijo que sería la tercera y cuarta escena, confía en ella –aseguró Beth–. Hoy lo harás excelente y los días que siguen también. Yo vendré siempre que pueda, pero sabes que Tina va a estar junto a ti todo el tiempo. Te vi antes y lo hacías genial. Todo saldrá bien.

–¡Hey, Rachel! ¿Lista para tu regreso triunfal? –dijo un hombre de rasgos bastante comunes, tras dejarle un incómodo beso en la mejilla a la morena.

–Obviamente está lista –aseguró Beth con molestia–. ¿Tú quién eres?

–Marcus, ¿y tú? –respondió sin perder su sonrisa. Al parecer no se sentía intimidado por la pequeña, sino más bien divertido.

–Beth –señaló así a secas. Sin nombre completo, sin apellido–. Futura hija de Rachel.

–¿Futura hija? –preguntó en tono jocoso.

–Sí, Rach es novia de mi mamá y cuando se casen yo seré su hija.

Rachel sonrió ante la idea. La verdad es que no había pensado en ese detalle. Beth era su amiga, no la hija de su novia. La pequeña tenía muchas similitudes físicas con su Lucy, especialmente en el brillo de sus ojos, pero a la vez era muy similar a la diva. Se entendían perfectamente y Rachel no sentía la presión que la inundaba cada vez que estaba rodeada de adultos. Al lado de Beth todo era más sencillo.

–Espero recibir una invitación a tu boda, morena –bromeó Marcus, para luego guiñarle un ojo a Rachel y alejarse de allí.

–No me agrada –sentenció Beth.

–Es divertido, aunque a veces me incomoda –expuso Rachel.

–Debes hacerle saber a todos que eres novia de mamá. Que entiendan que no pueden acercarse a ti con intenciones de novios –manifestó la pequeña posesivamente y Rachel sintió que en aquel momento, Beth se asimilaba mucho a su Lucy, más bien a la actual Quinn.

–En Facebook dice que soy su novia. Ellos deben haberlo visto –comentó Rachel. La verdad es que aún no terminaba de entender muy bien la utilidad de aquella red social, pero los juegos eran entretenidos.

–Le diré a mamá que venga contigo algún día, porque tus compañeros no parecen saberlo bien –agregó Beth molesta cruzándose de brazos.

Rachel le sonrió a la rubia, pero su comentario quedó en su garganta ya que Tina habló primero.

–Rach, ya es tiempo –anunció la mujer de ascendencia oriental–. Debes subir al escenario.

Rachel asintió, sin verbalizar respuesta. Beth la abrazó, para luego dejarle un beso en la mejilla y asegurarle que todo iría bien.

Caminó hasta el lugar que era su destino y levantó la vista. Aquel teatro lleno de butacas vacías se mostraba frente a ella en todo su esplendor. Era enorme y majestuoso.

Un sentimiento que no había experimentado hasta ese momento –o al menos, no que recordara– la embargó: libertad.

Libertad pura.


–Y entonces Jon, el director, me felicitó… –terminó su relato Rachel, haciendo que una sonrisa apareciese en el rostro de Quinn.

Sonrisa que había surgido varias veces desde que Beth y Rachel habían regresado del ensayo de la morena. Primero fue Beth la que llenó de elogios a la actriz, para que luego fuese el turno de la diva de relatar todo lo sucedido.

–Vas a tener que acompañar a Rach a alguno de los ensayos, mamá –señaló Beth, llamando la atención de la rubia.

–¿Por qué? –preguntó Quinn confundida.

–Porque sus compañeros le coquetean. Hoy uno ni siquiera se preocupó porque yo estaba presente… Tienes que ponerlo en su sitio.

–A ver, amor… primero, tú tienes sólo nueve años, ¿qué sabes de coqueteos? ¿Hay algo que debas contarme? –cuestionó la fotógrafa bromeando, pero ansiando una respuesta. La posesividad de su hija era una clara herencia Fabray–. Segundo, ¿ponerlo en su sitio? ¿En serio? Creo que has pasado demasiado tiempo con tu papá y sus compañeros de equipo. No debes repetir todo lo que escuchas. Ya hemos hablado de esto.

–Mamá, tengo nueve, pero ya no soy una niña. Marcus le coqueteaba –sentenció Beth–. Además, él ya la invitó a salir antes, Rach me lo comentó –agregó y la aludida la miró confundida–. Fue antes de tu… crisis –explicó sin saber bien cómo referirse a ese episodio–. Y los chicos del equipo de papá son simpáticos, siempre me dan cosas deliciosas para comer.

–Definitivamente voy a tener una conversación seria con Puck –expuso Quinn, antes de dirigirse a Rachel–. ¿Quién ese es tal Marcus?

–Es el sonidista y el encargado de la iluminación de la obra. Es simpático –dijo Rachel, pero la ceja derecha que Quinn elevó le indicó que debía agregar algo más–. No me ha invitado a salir, que yo recuerde al menos. Tampoco se ha propasado.

–De todas formas creo que será mejor que me dé una vuelta por la obra, así te veo ensayar y compruebo si es verdad eso de que es la mejor obra del mundo –declaró Quinn en alusión a la forma en que se había referido Beth a la producción que protagonizaría la morena.

No es que Rachel se fuese a oponer a aquella visita, pero no pudo manifestar tampoco su conformidad, ya que sonó el timbre. Quinn fue en busca de su bolso antes de dirigirse a la puerta, pues habían encargado comida china unos minutos antes.

–Tienen que llevarla de regreso a las seis de la tarde –ese fue el saludo con el que Santana, que tenía a Maia tomada de su mano derecha, recibió a Quinn, cuando ésta abrió la puerta–. El proceso va bien, con el señor Andrews de verdad creemos que podemos lograr algo más pronto de lo que esperábamos. Así que no lo arruinen –pidió.

–Gracias, San –dijo Quinn, sabiendo que su amiga no necesitaba más palabras. Luego se agachó hasta quedar a la altura de Maia y le abrió los brazos. La pequeña no dudó un segundo y se lanzó hacia la fotógrafa agarrándose con fuerza de su cuello–. Hola Maia, pedimos comida china… –anunció a ambas–. ¿Te quedas?

–No, Britt me espera en nuestro restaurant favorito para almorzar, así que es mejor que me vaya. Saluda a Beth y Rachel de mi parte. Sé que es difícil todo esto, pero hagan lo que le pedimos, Quinn. Tiene que estar a la seis.

–Lo sé, lo sé. Gracias, de verdad. Vamos a poner todo de nuestra parte –aseguró Quinn–. Dale un beso a Britt.

Santana asintió y se dirigió rumbo al ascensor, no sin antes despedirse de Maia.

–Mamá, ¿llegó la comida? –gritó Beth desde la sala. La voz de la rubia provocó que la pequeña se separase un poco de Quinn para buscarla con la mirada.

–Vamos a darles una sorpresa –anunció Quinn con una sonrisa, comenzando a caminar hacia la sala con Maia en sus brazos.

Mientras se acercaban a la sala, Beth volvió a gritar "mamá" y la fotógrafa tuvo que reprimir una risa. El malestar era evidente en la voz de su hija.

–No era el delivery –dijo Quinn a las espaldas de Rachel y Beth cuando entró en la sala.

–Entonces por qué te demoraste… –se quejó Beth girándose hacia su madre y reprimiendo un grito al ver a la pequeña en los brazos de Quinn–. ¡Maia!

Quinn bajó a la pequeña de cabello rubio ceniza, para que Beth pudiese abrazarla. Sin decir nada, Rachel se acercó y la fotógrafa vio cómo brillaban sus ojos.

Tras el abrazo con Beth, Maia corrió hacia Rachel y la abrazó con fuerza, como si tuviese miedo de soltarla.

–Santana y el señor Andrews consiguieron que le permitieran a Maia visitarnos. Así que se va a quedar con nosotros a almorzar y durante la tarde. Debe volver al hogar a las seis –explicó Quinn.

–No quero volver –sollozó Maia y Rachel, pese a que siempre la corregía cuando pronunciaba mal una palabra, sólo se limitó a abrazarla.

–Tienes que volver, cariño –murmuró Quinn acariciando la espalda de la pequeña–. Estamos haciendo todo lo posible para apresurar las cosas, pero debemos hacer lo que nos dicen.

–Vamos a estar juntas pronto –aseguró Rachel esperanzada–. Pero Lucy tiene razón, debemos hacer caso a lo que nos dicen, sino, volverán a prohibirnos las visitas. Y yo no quiero eso. ¿Lo quieres tú?

–No… –susurró Maia.

Quinn se acercó a Maia y dejó un beso en su mejilla.

–¿Por qué no vas con Beth a su habitación, mientras nosotras ponemos las cosas para almorzar? –sugirió la rubia y Maia asintió.

Las dos pequeñas rubias, una más que la otra, desaparecieron segundos después rumbo a la habitación de Beth.

–Necesitamos que todo se apresure, Lucy… No puedo soportar la tristeza con la que me mira –confesó Rachel.

–Ya consiguieron que nos volviese a visitar. Yo confío en Santana y Leroy en el señor Andrews –recordó Quinn–. Sé que es difícil, Rach… pero no podemos apresurar más las cosas.

–Lo sé, pero odio las cosas de adultos. No entiendo por qué hay que esperar… Maia quiere estar con nosotras. Lo pasa mal allá… ¿cómo no pueden verlo? –preguntó molesta la morena.

El timbre salvó a Quinn de aquel cuestionamiento. La verdad era que ella tampoco entendía bien el asunto. Más allá de las leyes y los procesos, era evidente que la separación afectaba a Maia, por lo que seguir con aquella distancia era un completo error en opinión de la rubia.

–Mamá, debemos encontrar un colegio para Maia –señaló Beth apenas se sentaron a almorzar.

–¿De qué hablas, cariño? –preguntó confundida Quinn. Según entendía, los niños recibían su educación a través de tutores en el hogar.

–No le enseñan nada en el hogar. Su profesora no se preocupa de ella, porque no habla –indicó Beth con enojo manifiesto–. Maia me lo dijo, bueno… no totalmente, pero yo le entendí.

–¿La profesora te ignora, porque no le hablas? –Rachel dirigió su voz y su mirada a Maia, la pequeña se limitó a asentir.

La morena miró a Quinn en busca de ayuda y consuelo.

–No podemos llegar y ponerla en un colegio, Beth. Aunque eso sea lo que queramos –señaló la fotógrafa–. Hablaré con Santana, para que ellos tomen alguna medida o para que nos digan qué hacer.

–Ma' –murmuró Maia y todas las miradas se centraron en ella–. ¿Yo soy tonta?

–¡No, claro que no! –exclamó Quinn aunque la pregunta no iba dirigida a ella–. No le creas a nadie que te diga algo así, ¿okay?

Maia asintió y volvió a comer.

–Deberíamos organizar una salida familiar –sugirió Beth tras unos segundos de silencio–. De seguro la tía San puede conseguir un permiso para Maia.

–Es una gran idea, podríamos ir a playa –dijo con emoción Rachel–. Podríamos ir con mis papás también y con San, Britt y Puck. Una salida familiar extendida.

–Me encantaría –acordó Quinn–, pero contengamos nuestras ganas y esperanzas. Recuerden que debemos ir con calma.

–¿Yo también familia? –preguntó Maia insegura.

–Claro que sí, cariño. Aunque en el hogar no quieran, tú eres parte de nuestra familia –aseguró Quinn sin ninguna duda.

Desde que Rachel había aparecido nuevamente en su vida, todo era un enredo y marchaba a la velocidad de la luz en la vida de Quinn, pero la pequeña que comía al lado de su hija se había ganado y robado su corazón. Era parte de su familia, aunque el mundo se opusiera.

–Familia gusta también, mamá –dijo Maia con una sonrisa mirando a Quinn.

La fotógrafa abrió los ojos, no porque hubiese entendido bien lo que Maia quería decir, sino porque la había llamado mamá. Cruzó su mirada con Rachel, quien tenía una sonrisa similar a la de Maia. Beth parecía igual de emocionada.

Las cosas cada vez se complicaban y profundizaban más. Santana iba a matarla. Puck iba a matarla. Leroy iba a matarla. Hiram iba a matarla… Britt probablemente sólo le sonreiría, pero Quinn estaba segura que aquella extraña familia que habían formado en base a una mentira, era lo mejor que le había podido pasar. Y aquello la asustaba y alegraba en igual medida.