Viviendo con un Kaiba

By Kazumi Shiunsai


Capítulo 11: El jardín de los recuerdos.

Él miró a través de la ventana de su habitación, y por la posición del sol, calculó que debían ser las 3 de la tarde más o menos. Con un gesto, Seto se volvió hacia la chica de cabellos claros que se hallaba bajo su cuerpo, sobre la cama. Estaba desnuda y lo abrazaba y acariciaba con una pasión desbordante. Él besó su cuello mientras ella le desabrochaba los pantalones frenéticamente. La chica parecía estar impaciente, y Seto no tenía ninguna intención de hacerla esperar más. Con un rápido movimiento, la penetró sin delicadeza alguna, haciendo que ésta soltara un gemido lleno de placer. Él apretó su cuerpo contra el de ella, profundizando la unión entre ambos, e inundándolos de goce a cada movimiento de sus caderas. Poco a poco las respiraciones se fueron haciendo cada vez más agitadas, los gemidos iban aumentando en intensidad. Seto incrementaba el ritmo de su cuerpo paulatinamente, ante las súplicas de la chica, quien le pedía que no parara, que iba a ser sólo suya…

Seto invadió la boca de su compañera con su lengua, besándola con desesperación y deseo, hasta que ella tuvo que separar su rostro ahogando un aullido apasionado, avisándole que estaba a punto de llegar a su punto máximo. Y de pronto, tal vez nublado por el placer y la excitación del momento, Seto vio el rostro de Anzu en vez del de su compañera, con una expresión acalorada en el rostro a la vez que gemía y suspiraba, reaccionando ante cada movimiento del cuerpo del castaño.

-Seto… no pares…estoy llegando…- Musitó la castaña con la voz entrecortada, clavando sus uñas en la espalda del CEO.

-Anzu…-

Aquello lo había dicho con tal intensidad, que la chica de repente se quedó rígida. Él se detuvo también, sorprendido por lo que acababa de decir. La visión de Anzu contorsionándose de goce bajo su cuerpo se desvaneció tan rápido como la niebla. Nunca, en todas las relaciones que Seto Kaiba había tenido en su vida, se había imaginado a otra chica durante el sexo, ni menos la había llamado por su nombre. Nunca.

-¡¿Me puedes explicar qué está sucediendo?! – Exigió Shizuka con furia en la voz, apartándose de Seto rápidamente. Se sentó en la orilla de la cama, lanzando chispas desde sus ojos.

Él no supo qué contestar. Se encontraba demasiado confundido. ¿Por qué creyó, por un segundo, que a quien estaba haciéndole el amor era a Anzu¿Por qué la imaginó allí, gimiendo de placer entre sus brazos?

Al esperar en vano una respuesta que nunca llegó, Shizuka se levantó de la cama y recogió su ropa, vistiéndose apresuradamente. Se sentía muy indignada, y al mismo tiempo, estaba a punto de echarse a llorar. Ella sabía que era la primera vez que al castaño le ocurría algo así. Y por eso mismo, intuía que aquello no significaba nada bueno.

-Me voy. Y ni pienses que te llamaré de nuevo.-

-Haz lo que quieras. – Le contestó él con brusquedad, lanzándole una fría mirada. Si lo que pretendía esa chica era hacer que el gran Seto Kaiba se pusiera de rodillas suplicando su perdón, estaba muy equivocada.

Shizuka hizo una mueca de asombro. Poco a poco, sus ojos se llenaron de lágrimas, y con voz trémula, sentenció:

-Algún día te arrepentirás de haberme dejado ir, Seto Kaiba. – Y luego salió de la habitación dando un portazo que, seguramente, toda la servidumbre de la mansión oyó.

-¿Arrepentirme?- Murmuró el castaño para sí mismo, clavando la vista en la ventana. Estaba seguro de que no la extrañaría. Además, ahora debía empezar a preocuparse de otros 'asuntos' muchos más importantes que una chica ofendida.

Y ese asunto se llamaba Anzu Mazaki.

Seto se dirigió hacia el baño para darse una ducha, repitiendo en su mente una y otra vez aquella imagen libidinosa de Anzu gimiendo por el placer que él le otorgaba. Al parecer, hiciera lo que hiciera él, no importaba si estaba en la escuela o haciéndole el amor a alguna chica, no iba a poder sacarse a Anzu de la cabeza. Y esto le traía complicaciones, puesto que el sexo ya no era lo mismo de antes. De hecho, una de las razones por las que había llamado a Shizuka, era para poder distraer su mente en otra cosa.

Mientras dejaba que el agua de la ducha cayera sobre su cuerpo, el castaño comenzó a maldecir por lo bajo, odiando la forma en la que se sentía. Odiaba tener que estar pensando en Anzu las 24 hrs del día, así como también odiaba cuando los celos lo invadían cada vez que la veía con Yugi o con Otogi. Sobretodo con Otogi. Ese mismo día, a la salida de la escuela, aquél idiota de los dados la había estado esperando para que salieran juntos. Y qué escenita fue la que montó, Seto estaba casi seguro que aquél imbécil lo hacía con el propósito de llamar la atención de todo el que pasara por allí. Y resulta que al final, Anzu accedió, dejándolo a él con un dolor en el pecho que no pudo mitigar ni con la compañía de Shizuka.

Al haber presenciado aquella melosa escena, Seto recordó que no era la primera vez que veía a Anzu con ese chico de los dados. Hace días atrás, la había visto entrar a un club de Jazz junto con Otogi y Mai. A su parecer, formaban un trío bastante extraño.

Seto soltó un gruñido. Se acababa de dar cuenta que había estado mucho rato bajo la ducha pensando en estupideces. Tratando de olvidarse de todo ese tema, cerró la llave y se secó con una toalla. Al rato después, se vistió y salió de su habitación con el cabello húmedo y un libro en la mano, para luego bajar las escaleras dirigiéndose hacia la sala de estar. Allí había una puerta que conducía hacia el jardín de su madre, pero casi siempre estaba cerrada. Usualmente se llegaba por la puerta de atrás de la cocina, pero el único que iba era el jardinero. Hacía mucho tiempo que nadie más visitaba aquél lugar.

Pero, por primera vez, Seto necesitaba estar en ese jardín. Pensó que tal vez, la mejor forma de centrar su mente en otras cosas era estar en un lugar tranquilo y poder leer un rato. Así que abrió la cerradura con una pequeña llave plateada y salió hacia el exterior, encontrándose parado en uno de los senderos de tierra de aquel enorme edén. Apenas reconoció la imagen del jardín extendiéndose frente a él, los recuerdos se agolparon en su mente a una velocidad vertiginosa. Cada momento, cada palabra, cada gesto que había hecho él o Mokuba o su madre cuando pasaban el tiempo ahí, resurgieron del baúl en el que los había guardado, y aparecieron en frente de él, como una visión fantasmagórica. Pudo vislumbrar el cabello oscuro y largo de su hermano, quien correteaba por el pasto recién cortado y se escondía entre unos exuberantes arbustos. Y también se pudo ver a sí mismo, de 9 años, jugando a encontrar a un risueño Mokuba. Él se fijó en su propio rostro infantil, tan alegre y despreocupado, tan diferente a como era el Seto actual.

De pronto, las risas pueriles callaron, aunque los niños seguían haciendo muecas de diversión. Era como si alguien hubiese apagado todo sonido audible de aquella escena, para luego permitir la emisión de una sola melodía que parecía flotar desde el fondo de aquel jardín y llegar a los oídos de Seto. Era un tarareo. Y provenían de una mujer. Con el corazón latiendo con fuerza en su pecho, el castaño avanzó por el sendero de tierra rodeado de árboles y arbustos, caminó en silencio y ensimismado hasta donde la vía doblaba hacia la derecha. Y extendiéndose como una alfombra de colores y texturas, frente a él se hallaba un pequeño jardín lleno de gardenias, rosas y azucenas. Él aspiró la suave fragancia de las flores, a la vez que intentaba buscar con la mirada el origen de aquél tarareo que le era tan familiar. En ese momento, apareció una figura resplandeciente bañada por la luz del sol, inclinada junto a unas gardenias en la orilla del sendero perpendicular al que Seto estaba parado. Con asombro, él vio a su madre ataviada en un sencillo vestido blanco de seda, con su cabello oscuro y largo cayendo con gracia sobre sus hombros. Poseía en el rostro una expresión de serenidad mientras regaba las flores.

Aquello ya no era producto de un simple recuerdo. Su madre estaba ahí en carne y hueso, tarareando una canción que tantas veces oyó Seto cuando niño y cuidando sus flores como lo hacía cuando estaba viva. Seto no quería creerlo. ¿Acaso se estaba volviendo loco? La gente no volvía de la muerte, ni tampoco existían los fantasmas.

Entonces… ¿Por qué podía verla?

-¿Madre?...- Musitó él, no muy seguro de lo que estaba haciendo. Tenía un nudo en la garganta.

La mujer se volvió hacia él y esbozó una sonrisa cálida, amorosa, lo que le provocó a Seto que su pulso se acelerara. Sin decir nada, ella se puso de pie y caminó hacia unos arbustos, perdiéndose entre el follaje. Por más que Seto le había pedido que no se fuera, ella no le había escuchado. Es por eso que él avanzó hacia aquellos arbustos, y abriéndose paso entre la espesura, salió al otro lado y se encontró con el cuerpo de una mujer tendida sobre el pasto. Aturdido, analizó la figura de Anzu, quien dormía plácidamente bajo la sombra del espeso follaje de un roble. No entendía qué era lo que acababa de suceder, si en verdad había visto a su madre o si era producto de su imaginación. Fuera lo que fuera, aquella aparición lo había llevado hasta ahí, para que se encontrara con una Anzu durmiente, la chica que tanto se le aparecía en sueños…

"No… no voy a creer en ninguna de estas estupideces." Pensó él con recelo. Los fantasmas no existían, su madre había muerto y no podía volver a la vida de repente. Tal vez ese jardín contenía tantos recuerdos, que su propia mente lo llevó a imaginar a su progenitora sentada junto a las gardenias, para luego indicarle un lugar detrás de los arbustos… un lugar en donde, coincidentemente, estaba dormida Anzu Mazaki. Ella…

La verdad es que Anzu estaba hermosa durmiendo allí bajo la sombra del roble. Con lentitud, caminó hacia su lado y se agachó junto a ella. Él contempló la expresión pacífica que tenía la castaña en ese momento, y con un gesto levantó su brazo, con suavidad, para acariciar su mejilla. Si la despertaba y lo encontraba haciendo aquello, Seto no sabría qué excusa darle.

-Pensé que estabas con Otogi. No sé en qué momento llegaste hasta acá. –Susurró, conciente de que ella no le respondería.- Y yo… no sé porqué me quedo aquí contigo. ¿Qué gano con lo que estoy haciendo? Probablemente una bofetada si te despiertas…-

Anzu se removió un poco en su lugar, aún dormida, inconciente de la presencia de Seto.

-Mierda, detesto sentir esto. Detesto saber que mi corazón se acelera como desquiciado cuando tú andas cerca...- El castaño volvió su mirada hacia el alto roble que tenían en frente. La luz del sol se filtraba escasamente entre el follaje. Para ser invierno, no se sentía tanto frío en aquél lugar. –Hay tantas chicas que darían lo que fuera por estar conmigo… y sin embargo eres la única a la que he...- Seto se interrumpió, sin atreverse a terminar la frase.

"… ¿Y ahora qué?..."

Seto miró a su alrededor, y encontró un lugar cómodo para sentarse junto a aquél enorme roble.

-Bueno… vine a leer de todas formas. – Comentó para sí mismo. Se puso de pie y se aproximó al tronco del árbol, para luego sentarse sobre una de las desmesuradas raíces que se asomaban por sobre la tierra y el pasto, no muy lejos de Anzu. Seto abrió su libro en la página 34 del volumen 2 de la historia de Japón, y se puso a leer.

OoOoOoOoOoOoO

Jounouchi estiró los brazos hacia el cielo, ahogando un profundo bostezo. Honda, Yugi y Anzu caminaban junto a él a la salida de la escuela, cada uno llevando una expresión diferente en el rostro. Era viernes, y había sido día del examen de economía y del ensayo de Historia. Por esa razón, Honda se veía particularmente derrotado, pues no había contestado casi nada en el examen, y en el ensayo consiguió con Yugi tan sólo un mediocre cuarenta porciento. Definitivamente tenía que esforzarse más el siguiente semestre si es que no quería repetir el curso. Por parte del tricolor, él ya sabía que le iba a ir mal, pues historia y economía eran dos de sus peores ramos, aunque no estaba en peligro de repetir. Así que su cara era de resignación.

Jounouchi y Miho no habían logrado el cien por ciento que tanto anhelaba esta última, pero habían obtenido un setenta, cosa que era una nota bastante buena para el largo registro de malas calificaciones del rubio. Pero a diferencia de Miho, Jou sólo pudo contestar menos de la mitad del examen de economía. Y es que la noche anterior, se habían quedado hasta la madrugada terminando el susodicho trabajo de historia. Por esa razón, el rubio apenas había estudiado y presentaba unas profundas ojeras en el rostro.

Sin embargo, entre los cuatro amigos sólo Anzu había conseguido un cien por ciento en el ensayo de Historia. Y según Honda y Jou, todo se debía gracias a Seto Kaiba, ya que era el cerebrito de la clase. Aunque eso era en parte verdad, puesto que Anzu detestaba historia, ella también había puesto mucho de su parte por sacar adelante el ensayo. Ambos entregaron el trabajo con más páginas que el resto de los estudiantes, y fueron además, los únicos que obtuvieron la calificación perfecta. Y con respecto al examen de economía, Seto la había ayudado a estudiar el día anterior, en un acto inusitado e inexplicable de solidaridad, y gracias a eso que la castaña había salido satisfecha y segura del examen.

Así que, según el sentido común de Anzu, ella debía encontrar alguna forma de agradecérselo. Porque un 'gracias', simplemente no iba a ser suficiente.

-Qué suerte tuviste de que te tocara con Kaiba…- Comentó Honda con voz melodramática, a la vez que pasó un brazo por sobre los hombros de la castaña. - … ahora te has convertido en toda una experta en historia y economía. ¿Acaso te dio clases privadas?-

-Él sólo me explicó algunas cosas que no entendía, nada más. – Contestó ella lanzándole rayitos desde los ojos.

-Y tú también, Jou. Miho no será la mejor de la clase, pero le va bien en historia… tienes que asumir que te salvó esta vez, idiota.-

-Hm… la verdad es que no me alegraba mucho tener que trabajar con ella. –Jou metió las manos a los bolsillos y pateó una piedra que estaba en el suelo. - Ustedes saben, desde lo que ocurrió aquél día en el cine que no nos dirige la palabra. De hecho, hablamos sólo por el bien del ensayo.-

Anzu lo sabía mejor que nadie. Cada vez que Miho salía en algún tema de conversación, un dejo de tristeza la invadía por completo.

-Pero hay algo que me preocupa…- Continuó Jou. -… llámenme loco o lo que quieran, pero creo que Miho está tramando algo.-

Yugi, Honda y Anzu lo miraron con extrañeza.

-¿A qué te refieres con eso?-

-Esto se lo había contado a Anzu antes. Miho fue la que esparció el rumor de que Anzu estaba viviendo con el bastardo ricachón.-

Yugi se sintió incómodo por el tema, pues recordó cuando él les contó la verdad a las fans de Seto. Hasta ese día que el tricolor aún no entendía porqué lo había hecho.

-¿Miho fue? … Bueno, no me extrañaría. Después de todo, siempre fue chismosa.- Murmuró Honda con desprecio. Él jamás le perdonaría el hecho de haber tratado mal a Anzu sólo porque vivía con su amor platónico. Se suponía que los amigos están primero que todo.

-Y la cosa es que cuando fui a su casa para hacer el ensayo, dijo dos cosas al respecto de ti y Kaiba.-

-¿De mí y…?- Anzu sintió un vacío en el estómago.

-Primero, dijo que jamás te perdonaría el haberla traicionado de esa manera. – Jou entornó los ojos. –Y segundo, esto me pidió que te lo hiciera saber, que ella encontrará la forma de quitarte a Kaiba y hacerte sufrir como te lo mereces.- El rubio soltó un largo suspiro.

-Si me lo preguntan, creo que Miho se está volviendo un poco loca.- Comentó Honda.

-Y no sé porqué cree a pies juntillas que Anzu tiene alguna relación con el bastardo ricachón…-

-Por eso mismo. Está loca.-

-¿Y porqué te pidió que me lo dijeras?- Le preguntó la castaña a Jou. Él se encogió de hombros.

-Ni idea. Aunque creo que fue porque se enfureció mucho cuando supo que te había tocado trabajar con Kaiba.-

Los cuatro amigos se quedaron en silencio y pensativos. Parados bajo el cerezo de siempre, frente a la escuela, intercambiaron miradas intrigadas. Anzu sólo pensaba en alguna forma de arreglar la situación con Miho, pero ella no estaba segura de si la chica estaría dispuesta a escuchar lo que ella le tendría que decir.

Súbitamente, Anzu sintió una mano posarse sobre su hombro, interrumpiendo el flujo de sus pensamientos. Apenas volteó, sobresaltada, se encontró con un par de ojos verdes e hipnotizantes que la estremecieron hasta la médula.

-¿Qué tal, Anzu?- Saludó Ryuji Otogi con una sonrisa seductora en los labios. Él llevaba puesta una chaqueta roja sin mangas, junto con una polera negra y unos pantalones de cuero negros. Una bandana roja adornaba su frente enmarcada por algunos mechones negros de cabello, y como siempre, un par de dados colgaban de cada oreja.

-Ah… eres tú Otogi. – Anzu suspiró con alivio, admirando lo guapo que se veía. –Me diste un susto…-

-¿Quién es, Anzu?- Preguntó Honda con desconfianza. Era raro que un desconocido se le acercara de esa forma a su amiga.

-Él es Ryuji Otogi, me lo presentó una vieja amiga.- Respondió ella. –Otogi, ellos son Honda, Yugi y Jounouchi, mis mejores amigos.-

-Ya veo…Mucho gusto.- Dijo el chico de los dados con indiferencia, lanzándoles una mirada de superioridad. A su parecer, ninguno de los chicos allí presentes eran tan guapos como él. Aunque la verdad, aún no conocía a alguien que lo fuera.

-Ya lo conocía. – Interrumpió Jou de repente, con el mismo tono utilizado por Otogi.

-¿En serio¡Qué pequeño es el mundo! – Rió Anzu, sin notar que el chico de los dados y el rubio intercambiaban miradas llenas de rencor.

-Bueno, a lo que vine…- Otogi se volvió hacia la castaña y tomó su mano derecha con suavidad. - ¿Recuerdas que tenemos una cita pendiente?-

Honda y Jou se quedaron boquiabiertos .Yugi intentó desviar su vista hacia otro lado, con un brillo de tristeza en los ojos.

-Err… ¿Cita? No recuerdo eso…- Balbuceó Anzu con nerviosismo en la voz. La verdad es que, no quería hablar de aquello en frente de Yugi pues podía herir sus sentimientos. No era el momento ni el lugar para aceptar una invitación de Otogi.

-Déjame que te lo recuerde…- El chico de los dados se acercó a la castaña y le susurró al oído. –¿Qué sucede¿Acaso no te das cuenta de quien está caminando hacia aquí?-

Confundida, Anzu miró por sobre su hombro y con sorpresa, vio a Seto Kaiba atravesando el portón de la escuela y tomando el lado de la vereda en la que ellos estaban. A la castaña se le aceleró el pulso como si acabara de salir de una clase de gimnasia con la profesora Mishida.

-No puedo hacerlo, Otogi. Este no es el momento más adecuado para…-

-¡Hermosa y bella Anzu!- Exclamó él repentinamente hincándose sobre una rodilla, haciendo que Honda, Jou y Yugi dieran un respingo. La castaña se ruborizó ante semejante acto, pues estaba llamando la atención de todos los estudiantes que pasaban por allí.

-Otogi, te dije que…-

-Mi capullo de rosa… concédeme la oportunidad de salir contigo.-

Un gritito general de parte de un montón de alumnas que habían estado observando al chico de los dados desde el portón de la escuela, no se hizo esperar. Casi todas miraban babosas al extremadamente guapo Ryuji Otogi, y odiaban al mismo tiempo a la chica frente a la cual estaba él hincado tan galantemente. Anzu no podía estar más roja de vergüenza.

Justo en el momento en que ella desvió la mirada del chico de los dados hacia la multitud, Seto Kaiba se acercó por la vereda, caminando con una maleta metálica en una mano, con una expresión imperturbable en el rostro. Anzu soltó un bufido. Él ni siquiera los estaba mirando.

Empujada por las ganas de provocar alguna reacción en su querido CEO, ella dijo en voz alta y melosa:

-Nada me haría más feliz que una cita contigo, Ryuji.-

La multitud de chicas lanzaron reclamos, decepcionadas. Seto pasó por al lado del grupito, como si nada le afectara, y se alejó por la vereda hasta la limosina que lo esperaba al final de la calle.

Anzu lo miró por el rabillo del ojo.

-Entonces… ¿Te parece a las 8 frente al parque Central?-

-De acuerdo.-

Ryuji se puso de pie nuevamente y besó la mano de Anzu con elegancia. Luego de hacer un gesto de despedida a Jou, Honda y Yugi, se marchó. Los tres se quedaron un momento observándolo alejarse, y sólo hasta que el chico de los dados estuvo lo suficientemente lejos, empezaron con sus comentarios.

-¿De veras saldrás con ese tipo? No me cayó para nada bien…- Soltó Honda con irritación.

-Bueno… si es amigo de Anzu, no creo que sea una mala persona. – Replicó Yugi, mirando con aflicción a la castaña.

Aunque su comentario no era del todo cierto. Estaba bien que su amada siguiera con su vida, así como él con la suya, pero en realidad el chico de los dados le había dado mala espina. Había algo en él que no le gustaba para nada.

-Es cierto, Yugi. Él es una buena persona.- Respondió ella con suavidad.

-Eso hay que verlo... – Soltó Jounouchi enigmáticamente. –Muy bien, me voy. Un sabroso plato de filete me espera en casa…-

Todos estuvieron de acuerdo con que ya era hora de marcharse. Después de despedirse y acordar salir a comer pizzas el fin de semana, los cuatro emprendieron rumbo hacia sus hogares tomando caminos diferentes.

Anzu cruzó la calle hasta la vereda de enfrente, y giró hacia la derecha, en dirección hacia la mansión. No podía dejar de pensar y dudar del plan que tenía Otogi para llamar la atención de Seto. No importó cuán sobreactuada fuera aquella escena que el chico de los dados montó para pedirle una cita, parecía que el castaño ni se había dado por enterado. Ella aún podía verlo pasar por su lado, con su andar arrogante como si fuera superior a todo el mundo, y sin siquiera dirigirle una sola mirada.

¿Estaba bien lo que ella hacía? Pues, había aceptado la invitación de Otogi en frente de Yugi… y sólo porque quería captar tan sólo una mirada celosa de parte de Seto, o una mueca de enfado, o algo que pudiera decirle que en realidad, a él le afectaba.

¿Estaría siendo muy egoísta? Anzu no dejaba de preguntarse eso cuando entró al vestíbulo de la mansión y le entregó su mochila a una sirvienta que estiró sus brazos para recibirla. Con aire cansado, ella caminó hacia las escaleras, dispuesta a dormir una siesta, pues al igual que varios compañeros de su clase se había quedado estudiando Economía hasta tarde el día anterior. Pero súbitamente, se detuvo antes de subir el primer escalón. Giró sobre sus talones y fue hacia la cocina, la cual estaba llena de sirvientas que trabajaban de forma ajetreada. Después de recibir saludos respetuosos, se aproximó hasta la puerta de la pared de al fondo y la abrió, saliendo al jardín que observaba tanto desde su propio balcón. Dejando atrás el ruido de ollas y sartenes que inundaban la cocina, Anzu avanzó por uno de los senderos de tierra y buscó con la mirada algún lugar cómodo detrás de los arbustos. Caminó sobre el pasto hasta aproximarse al tronco de un viejo y exuberante roble que le otorgaba sombra a todo ese espacio rodeado de arbustos, plantas y árboles. Satisfecha, se acostó de espaldas sobre el pasto, sintiendo una suave y fresca brisa que le acariciaba el rostro y mecía las hojas del follaje que se hallaba sobre ella, en un murmullo tranquilo y pacífico.

Y mientras esperaba que el sueño la venciera, se preguntó qué estaría haciendo Seto en ese momento. Seguramente trabajando en su laptop encerrado en su habitación o en su oficina, inconciente y despreocupado de cosas tan insulsas como lo es el amor. A diferencia de ella.

Lentamente, el cansancio la fue invadiendo, haciendo que cerrara sus ojos lentamente. Para su extrañeza e intriga, frente a ella apareció una mujer de cabellos largos y oscuros, ataviada con un vestido blanco de seda que parecía resplandecer aunque estuviese bajo la sombra. Fue tan sólo una fracción de segundo, pues Anzu ya había cerrado sus ojos, creyendo que era tan sólo una ilusión, y se abandonó a los brazos de Morfeo.

OoOoOoOoOoOoO

Un suave murmullo arrastró a Anzu poco a poco a la realidad. Con lentitud, abrió sus ojos, y lo primero que vio fue un puñado de helechos plantados junto a unos verdes arbustos, los cuales estaban frente a ella a una cierta distancia. No sabía cuánto rato había dormido, pero le pareció que había pasado tan sólo un minuto. Y sin embargo, había soñado muchas cosas. Entre ellas, soñó que estaba sentada junto a Seto bajo un sauce, contemplando un extenso cielo anaranjado teñido por la puesta de sol. Ella sintió su mano acariciando su mejilla, y aquél cálido contacto le había parecido tan real, que por un momento pensó que nada de eso era imaginario.

Anzu estiró los brazos, desperezándose. Se acomodó de espaldas sobre el pasto cuando, de pronto, aquél extraño murmullo que había escuchado cuando despertó, había cesado. Ella miró hacia su izquierda, y vio a Seto Kaiba sentado bajo el roble, apoyado de espaldas contra el tronco y leyendo un libro. No, él no estaba leyendo. Porque su vista estaba dirigida hacia ella, aún sosteniendo el texto abierto en una mano. Anzu vio frialdad en sus ojos azules, era esa clase de miradas que querían decir algo como 'No me importas', cosa que a ella no le agradaba.

Confundida, se sentó sobre el pasto aún clavando sus ojos en los de él, con un dejo de curiosidad e intriga.

-¿Cuándo llegaste aquí?- Preguntó con calma.

-Hace un rato. Estabas durmiendo entonces.- Le respondió volviendo su atención hacia el libro y cambiando de página. Ese era el sonido que Anzu había escuchado al despertar.

-¿Y porqué te quedaste aquí?-

-Puedo sentarme a leer donde yo quiera, Mazaki.-

-Es Anzu. Detesto que me llames así. – Suspiró ella.

Él permaneció en silencio, aparentemente concentrado en la lectura de aquél libro.

-¿Qué lees?- Pregunto Anzu con curiosidad. Se acercó a Seto caminando sobre sus rodillas y manos, pues se encontraba a una corta distancia de ella.

-Historia japonesa.-

-Ah…- Ella tomó asiento a su lado, e intentó echar un vistazo a la página que él estaba leyendo. Sin embargo, Seto encontró el gesto bastante hostigoso, sin mencionar que su corazón se aceleró de inmediato apenas la sintió cerca. Así que cerró el libro y se puso de pie, dispuesto a regresar adentro de la mansión, dispuesto a alejarse lo más rápido de ella antes que sus emociones lo engañaran y lo hicieran cometer alguna estupidez. Últimamente no se sentía como él mismo.

-¿Te vas?-

-No, me voy a quedar aquí parado como un imbécil. – Le respondió con burla.

Ya acostumbrada a la 'peculiar' forma de ser del castaño, Anzu no hizo ningún comentario al respecto.

-No te vayas.- Soltó ella de forma casi suplicante, actuando por puro impulso. Acababa de despertar de su siesta, por lo que aún estaba somnolienta y no meditaba bien las cosas.

-¿Qué te hace pensar que me voy a quedar si me lo pides?-

-Por favor, quédate.-

Seto sólo la observó por unos segundos. Los ojos azules de Anzu parecían brillar más que nunca, atrapándolo y cautivándolo. En contra de lo que usualmente haría, volvió a tomar a asiento junto a ella, con un nudo en el estómago.

-Sólo por unos momentos. Tengo trabajo que hacer.- Murmuró con una fingida expresión de enfado. Anzu le sonrió.

Ambos permanecieron en silencio por largo rato. La castaña sintió la suave brisa que mecía sus cabellos, el tenue olor a flores que flotaba en el aire y el murmullo de los trinos de los pájaros. Todo aquello se percibía tan sereno y apacible, que parecía estar viviendo un sueño allí sentada al lado de Seto, disfrutando de un momento tan sublime como ese.

En medio de sus divagaciones, Anzu recordó que aún no le daba las gracias a su compañero por haberla ayudado en economía. Y no había mejor oportunidad que esa para hacerlo.

-¿Sabes? Me fue muy bien en el examen…- Comenzó ella, fijando la mirada en el puñado de helechos que había visto antes. –Y eso fue gracias a ti. Te agradezco mucho el que me hayas ayudado a estudiar.-

Él no le contestó ni la miró. Pero, en un gesto inesperado, pasó un brazo por sobre los hombros de Anzu y la atrajo hacia él, de modo que ella quedó pegada a su costado. La castaña se quedó sin habla. De inmediato sus mejillas se encendieron.

"¿De verdad saldrás con Otogi?" Seto quiso preguntar, pero no se atrevió a hacerlo. No iba a dejar que su debilidad por ella saliera a flote de esa forma.

Anzu se volvió hacia él, intentando descifrar en su rostro lo que estaba pensando o sintiendo en ese momento. Su semblante era tan inexpresivo como siempre, pero en sus ojos había algo que ella nunca había visto. No sabía qué era lo que pretendía Seto Kaiba con abrazarla de esa forma, pero Anzu terminó por dejar de pensar mucho en eso, y se dedicó a disfrutar de su compañía así, sin hacer preguntas ni comentarios.

Con lentitud, la castaña rodeó con sus brazos el abdomen de Seto y apoyó su cabeza en el pecho de éste. Ambos permanecieron así, en silencio, por largo rato.


Continuará…

Uf! Disculpen la demora de este Chapi! He tenido algunas cosas que hacer! Pero… espero les haya gustado, me salio algo más largo que el resto de los que he escrito para compensar la demora!…en fin..n.nU

Como siempre, quiero saber sus comentarios, criticas, etc apretando el botoncito de abajo, ok?

Nos vemos en el prox Chapi ;)

Besos!

PD: revieeeeews:D