Personajes: Los alumnos de Jothan de Tauro: Khalil, Danel, Lazare y Glenn. Esta parte tiene cameo de Saga y Kanon.
Resumen: Tres eventos importantes en la vida de Khalil. Tres momentos en los que llegamos a conocer más de sus compañeros.
الرفاق
Alerfaq (Compañeros)
Fueron tres los que me acompañaron en mi camino para convertirme en un Santo de Atena.
El primero se llamaba Daniel. Era arrebatado y estúpido, pero tenía más pasión que todos nosotros juntos.
El segundo era Lazare. Era ingenuo y sumiso, pero en su corazón yacía la piedad que yo nunca pude poseer.
El tercero era Glenn. Era centrado e inteligente, pero su sentido de justicia fue tan diferente al mío que provocó el fin de los cuatro.
Parte I: Daniel
Fornax.
El horno.
A menudo se reía de cómo pronunciaba su nombre.
―No es Danial ―insistía―. Es Daniel. No es tan complicado, ¿o sí?
Venía de un país cuyo nombre era desconocido para mí. Me lo dijo varias veces, pero no las suficientes para que se grabara en mi memoria. Sólo sé que para llegar a él era necesario atravesar el océano del oeste.
Su voz era ronca y fuerte, pero terminaba sus palabras con una alegre entonación. Era como si siempre estuviera cantando; su vivaz tono contrastaba con su impresionante físico. No era mucho más alto que yo, pero su espalda era ancha y gruesa. A veces me sorprendía que fuera capaz de mover un cuerpo tan pesado como el suyo.
Era más toro que nuestro maestro: rápido, poderoso y con una pasión que amenazaba con desbordarse en todo momento. Cual toro de lidia, Daniel no dudaba en correr directo hacia su muerte. No importaba qué tan fuerte o débil fuese su contrincante, él daba todo de sí en la arena y la mayoría de las veces no era suficiente.
Salía herido en casi todos los entrenamientos, no porque no fuese capaz sino porque, al enfocarse en dañar al otro, se le olvidaba que él era igual de vulnerable. Cuando peleaba era casi como si dejara de sentir dolor; pero, una vez que terminaba, descubría que tenía un brazo roto o una enorme contusión en la frente. Jothan no cesaba de repetirle que fuese más cuidadoso, pero era claro que las ansias por pelear de Daniel iban más allá de cualquier orden y por eso mismo me agradaba. Era raro conocer a alguien que supiera tan bien lo que deseaba. Él amaba luchar y se limitaba a ello.
Muchas veces lamenté que su misma pasión me impidiera conocerlo mejor. Me irritaba el no poder hablar con él de algo que no fuese entrenamiento; pero lo que más lamentaba era ver su cuerpo constantemente cubierto de heridas.
Una ocasión fue especialmente terrible.
Ese día estábamos solos en el coliseo. Me había despertado antes de lo usual y, al no poder volverme a dormir, decidí ir a entrenar. Él tuvo la desgracia de despertarse mientras salía de la cabaña y optó por seguirme. Yo no tuve problemas y decidimos practicar juntos.
Después de sólo unos minutos de calentamiento apareció uno de los aprendices de Géminis. No supe cuál de los dos; en aquel entonces la mera idea de diferenciarlos me parecía absurda.
El niño se ofreció a entrenar con nosotros.
Yo sabía que no era prudente aceptar el reto de un aspirante dorado. Mucho menos sin tener a un maestro que supervisara el entrenamiento. Sin embargo, Daniel se entusiasmó tanto con la idea que aceptó inmediatamente.
No intenté detenerlos porque sabía que era inútil. Una vez que mi compañero se decidía a algo era imposible que cambiara de opinión. Sólo confié en que la ventaja de tres años que le llevaba al niño sirviera para algo.
El aprendiz apenas tenía siete años. No creí que fuese tan peligroso.
Pocas veces estuve tan equivocado. Aquella no fue una pelea, fue una masacre. El niño ni siquiera le dio oportunidad de darse cuenta de lo que ocurría. Sus movimientos fueron tan rápidos que no pude verlos y, en menos de un minuto, mi compañero yacía inconsciente sobre la arena.
Para cuando pude alzar mi voz exigiéndole al niño que se detuviera, ya todo había acabado.
El aprendiz no dijo nada. Sólo lanzó una burlona mirada a Daniel, se alzó de hombros y salió del coliseo con tanto sigilo como con el que entró.
Intenté ayudar a mi compañero, pero estaba demasiado herido. Con el paso de los minutos su cuerpo comenzó a hincharse y supe que mi única opción sería pedirle ayuda a nuestro maestro. Cuando éste llegó y comenzó a atenderlo, me di cuenta de que sus heridas eran aún más graves de lo que pensaba. Los golpes fueron tan certeros como poderosos y a Daniel le tomaría, al menos, tres semanas recuperarse.
Toda la situación crispó los nervios de Jothan. Apenas recobró la razón, Daniel recibió un enérgico discurso sobre la importancia de cuidarse a uno mismo.
―¿Cómo crees que podrás defender a Atena si no puedes proteger tu propio cuerpo? ¿Crees que en el Santuario hay espacio para niños que buscan su propia muerte?
También tuvo palabras para mí.
―Aunque sea sólo por un año, eres el mayor. Debiste de haber cuidado a tu compañero; en cambio, dejaste que lo golpearan de esa forma. ¿En qué estabas pensando? ¿No comprendes que algún día pelearán juntos? ¡Es esencial que se cuiden los unos a los otros!
El regaño no me molestó. Con el paso de los años había aprendido que mi maestro esperaba que todas las personas fuesen tan empáticas como él. La misión de Jothan era velar por el bienestar de todos y le costaba el aceptar que no siempre era posible. Me limité a explicarle que no hubo nada que yo pudiera hacer; el niño no me dio oportunidad de hacerlo.
Todo había pasado muy rápido.
Y entonces, cuando el rostro de Daniel se desinflamó lo suficiente para permitirle hablar, Jothan alzó la pregunta.
―¿Cuál de los dos fue?
Medio en broma, Daniel respondió lo único que tenía como verdad.
―El más fuerte.
Esa misma tarde, Jothan cruzó algunas palabras con el Santo de Géminis. Yo observé la escena a lo lejos, acompañado a los otros dos mientras fingíamos entrenar. Ya no reconocía enojo en las palabras de mi maestro y supe que esa plática tenía el único fin de que algo como lo de la mañana no se volviera a repetir.
La respuesta fue inesperada.
El Santo de Géminis enfureció y frente a todos le lanzó una larga reprimenda a su aprendiz: al mayor, al que todos creían que era el más fuerte. El otro era demasiado impuntual y revoltoso como para llamar la atención. De hecho, en esos momentos ni siquiera se encontraba ahí; seguramente había decidido descansar bajo la sombra de alguna ruina en los límites del Santuario.
El aprendiz, Saga, lució tan confundido que Géminis tuvo que interrumpirse a sí mismo.
―¿Acaso no fuiste tú? ―preguntó, inseguro y un poco abochornado.
El niño cerró los ojos y bajó la cabeza en señal de arrepentimiento. Eso fue suficiente para que su maestro continuara con la larga lista de los castigos que recibiría.
Y también fue suficiente para que yo supiera que Saga era inocente.
El niño decidió cargar con la culpa de su hermano menor y me emocioné al ver semejante acto de bondad en alguien tan pequeño; tal vez porque yo no hubiera hecho lo mismo en su lugar. Nunca culpé a mi hermano menor por mis travesuras, pero tampoco tomé castigos en su nombre. Me enterneció el saber que había alguien dispuesto a sufrir con tal de salvar a su hermano.
Más tarde, cuando acompañé a Daniel para cenar, le conté lo que había ocurrido. Sin rodeos le expliqué que había sido Kanon, el menor, el culpable de sus heridas.
Entonces sonrió y me guiñó un ojo entre sus inflamados párpados.
―Bien. Ya sé a cuál es al que le debo de pedir la revancha.
―Eres un cabeza dura, ¿sabías?
―Pues claro. Si ya van muchas veces que me la intentan romper, pero ahí sigue.
Intentó reír, pero el dolor en su cuerpo fue demasiado intenso como para permitírselo.
―Un día te vas a matar.
Daniel exhaló entrecortadamente, sonriendo de oreja a oreja y mirando hacia el techo de la habitación.
―¿Sabes? En mi país nos reímos de la muerte.
Yo negué con la cabeza, tildándolo de a loco, pero sonriendo.
De los tres, Daniel fue siempre el más honesto.
Comentario de la Autora: ¡Tada! Seguimos con la historia de Khalil. No se preocupen... ya falta menos de él jaja!
A ver, empecemos con Daniel. Originalmente su nombre era David, pero ¿saben? Tengo un SEVERO problema con los David y los Daniel, siempre les ando cambiando el nombre. No estoy segura de por qué porque ciertamente no confundo a los Raúl con los Ramón o los José con los Josué. Simplemente es algo raro. Tanto así que mientras escribía este capie, a cada rato escribía Daniel. Me harté y dije "meh, si mi subconsciente quiere que se llame Daniel, es porque es mejor que se llame así." Desde que lo planteé, lo hice pensando que era mexicano, por eso el comentario sobre la muerte al final. Cuando estaba retomando al personaje, no quise hacerlo tan esteoritpado: bobo pero físicamente muy fuerte. No obstante, decidí dejarlo de esta forma. No suelo tener OC's tan... simpáticos y pensé que sería bueno tener algo diferente.
La constelación la elegí por la idea de calor, candidez. Daniel es un chico alegre que disfruta la vida y que procura no molestar a nadie en el proceso.
Khalil le llamaba Danial porque así se pronuncia este nombre en árabe (el cual está en el viejo testamento, por supuesto).
Los que tengan buena memoria habrán notado que esta parte del fic retoma un evento muy, muy al principio de 'Milo' en el que Saga le reclama a Kanon por haberle pegado a este muchacho. No creo que Kanon haya tenido malas intenciones per se. Sólo quería divertirse un rato a expensas de alguien más. Desafortunadamente, él era ya mucho más poderoso que cualquier otro aprendiz en el Santuario y por eso le partió su mandarina en gajos.
Esta y las siguientes tres partes del fic quedaron beteadas por la bella Gochy (aka Afrodita de escorpio). ^o^ ¡Muchas gracias por todo!
¡Espero no lo hayan odiado!
