25.- Labios
No sabía en qué momento preciso había empezado, o en qué sitio, pero lo cierto era que, cada vez que miraba a Alice, los ojos se le iban hacia sus labios. Esos labios rosados y generosos que le invitaban a querer devorarlos cada vez que los miraba.
A sus 16 años, Frank había tonteado y salido con algunas chicas, y como cualquier adolescente, se fijaba en sus cuerpos, en cómo se movían al caminar, en sus caras, en sus traseros, en sus pechos, pero nada le había atraído tanto como los labios de Alice Morgan.
Y era curioso, porque eran amigos, y para él, la amistad era algo sagrado que no tenía que ser ensuciado de ninguna forma, ni por ninguna clase de pensamiento pecaminoso. Pero mira, no podía evitarlo. Y no porque no lo hubiera intentado. Había probado no mirarla cuando hablaba, o si lo hacía, evitar en todo momento su boca, o mantener alejada la tentación, y evitar acercarse a ella.
Nada había dado resultado.
Ese sexto curso, sobre todo desde el momento en que se dio cuenta de su fetichismo hacia los labios de su compañera, fue un infierno. Pero un INFIERNO en mayúsculas. La lucha contra sus hormonas, era una batalla perdida, y su cuerpo reaccionaba cada vez que veía a Alice. Era sumamente doloroso y humillante tener una erección durante una clase de 2 horas de pociones, teniendo a la chica como compañera.
Y menos mal que no se había dado cuenta, porque entonces la humillación habría sido… mucho más humillante.
El problema era que por mucho que lo intentara, no podía luchar contra ello.
Fijándose en ella más que de costumbre – porque tenía que reconocer que, aunque tenía unos labios besables, deseables y demás, todo ella en conjunto (tanto la cara como el cuerpo) era de admirar – intentó averiguar si tenía algún interés por algún chico en cuestión, pero si lo tenía o no, Frank no lo encontró.
Alice era una chica abierta y divertida, pero un tanto reservada y nunca mostraba sus sentimientos o alguna preferencia sobre alguien, así que si lo que quería era averiguar si le gustaba alguien y sospesar así, las posibilidades que tenía con ella, lo tenía jodido.
Y cada vez le resultaba más complicado comportarse con normalidad frente a ella, cuando lo que más quería, era abarcarle el rostro con las manos, y besarla hasta perder el sentido. No podía seguir hablando con ella e intentar mantener una conversación coherente porque su mente enseguida se disparaba y empezaba a formar imágenes de ellos dos haciendo de todo menos hablar.
Él siempre había creído que nunca perdería la cabeza por ninguna chica, que siempre mantendría el tipo y que esos sentimientos nunca amenazarían con convertirle en un desperdicio de chico que no piensa en otra cosa más que en la otra persona. Pero los sugerentes labios de Alice estaban haciendo precisamente eso.
Todo se desató el día que Gryffindor ganó la copa de Quidditch. No supo si fue la euforia o el cúmulo de sentimientos que llevaba tiempo tragándose, pero cuando entró a la Sala común y vio a Alice cerca de las escaleras, riéndose con sus amigas, con las mejillas sonrojadas, el pelo descuidadamente recogido en una coleta y con esa camisa roja que intensificaba sus ojos marrones, soltó la copa que llevaba en las manos, y antes la mirada sorprendida de todos, se acercó a ella en dos largas zancadas y abarcándole el rostro con las manos, la besó.
Durante ese corto instante, no fue consciente de silencio que se había instalado en la Sala, de las miradas sorprendidas de todo el mundo, antes de que un coro estruendoso de risas, carcajadas, exclamaciones y palmas, amenazaran con destrozarle los tímpanos.
Pero nada de eso tenía importancia. Todo desapareció a su alrededor en el momento en que puso sus labios sobre los de Alice. Los saboreó con suavidad, sintiéndose desfallecer al descubrir que era más suaves y mucho más dulces de lo que su imaginación había creído. Dándole un último y suave beso, se separó poco a poco de ella, sin dejar de mirarla y esperando su reacción. Alice tenía el carácter suficiente para cruzarle la cara del revés con una bofetada.
Conteniendo la respiración, vio como Alice entreabría poco a poco los ojos, un tanto confusa. Primero miró alrededor y al darse cuenta de que todos les miraban, se sonrojó violentamente. Pero Frank no quería que les mirara ellos, quería que le mirara a él. Y cuando lo hizo, se sonrojó aún más.
Pero hubo algo en sus ojos, algo que a Frank no le gustó nada: miedo.
La soltó cuando era evidente que ella quería separarse de él, y antes de que Frank pudiera decir algo para justificar su comportamiento, Alice desapareció de forma rápida hacia las escaleras que conducían a las habitaciones. Hubo un momento de incómodo silencio en el que Frank se sintió el ser más estúpido plantado sobre la tierra, y tenía la angustiosa sensación de que la había cagado a base de bien.
De repente, la fiesta perdió todo el interés para él, y pasó las siguientes horas sentado en el sillón frente a la chimenea, con la mirada perdida en ella, y sosteniendo un vaso entre las manos, el cual estrujaba inconscientemente. El ambiente era festivo y todos celebraban la victoria más felices que unas pascuas, pero nadie había olvidado lo que había pasado, y de vez en cuando, le dirigían a sus espaldas, miradas cargadas de lástima.
Finalmente, cansado y molesto por esas miradas, se fue a dar un paseo por los terrenos, necesitando despejarse.
Y si los días en los que tanto fantaseaba con ella habían sido duros, más duro todavía era ver a Alice en clases o por los pasillos, y que ella le rehuyera la mirada. Que pasara de él, le sentó como una patada en sus partes. Certera y dolorosa.
Quiso hacer como si no le importara la forma en la que ella actuaba después del beso, pero le era imposible, porque cada vez que la veía, recordaba la suavidad de sus besos, la sensación de plenitud que le había recorrido entero cuando sus labios se rozaron.
Aquello ya no era una simple obsesión por sus labios. Era una obsesión por ella en sí. Y no era un simple me gusta esa chica, sino que esa chica en cuestión, despertaba cosas en él que nadie había conseguido. ¿Qué si podía ser que se estuviera enamorando? Nunca le había pasado, pero no lo descartaba.
Los primeros días le sobrevino la depresión y el pensamiento de no le gusto a la chica que me gusta, pero un par de días después, descubrió algo más en el comportamiento de Alice. Le rehuía la mirada y evitaba encontrarse con él, si, pero eso no quitaba que no le mirara cuando creía que él no le miraba. Le había pillado mirándole varias veces, y aunque ella había apartado la mirada enseguida, no lo hizo con suficiente rapidez para que Frank no se percatara del sonrojo de sus mejillas y de un extraño brillo en sus ojos.
¿Y si no le resultaba tan indiferente como había creído en un principio? Y durante los siguientes días, su mente era un torbellino de pensamientos y teorías, llegando a la conclusión de que, si el beso no hubiera tenido importancia para Alice, habría actuado con normalidad y si bien no se lo habría tomado a risa, habría tenido la deferencia de hablar con él. Pero no lo había hecho, lo que llenaba a Frank de esperanza.
Cuando una persona no era capaz de afrontar una situación, era porque esta le producía cierto miedo o porque despertaba sentimientos a los que no sabía ni qué nombre poner, ni cómo reaccionar a ellos. Y aunque en un principio había miedo en los ojos de Alice, no había rastro de él ahora.
¿Qué se suponía que tenía que hacer ahora? Él ya había dado el paso, y aunque los resultados no habían sido los que esperaba, eso podía cambiar. Ahora le tocaba ella mover pieza. Le dejaría un par de días para que se aclarara, para darle la oportunidad de hablar con él, pero los días pasaron, y no había forma de que Alice sacara esa valentía Gryffindor que Frank estaba seguro que tenía, y se dignara a hablar con él.
Y aunque la paciencia no era algo por lo que destacara él precisamente, la acorraló una tarde, sin darle tiempo ni posibilidad a huir. Estaba cansado de esperar, y si Alice no quería saber nada de él, que se dejara de tonterías y se lo dijera a la cara, que dejara de pasar de él. Porque dolía, joder si dolía.
-¿Sabes cuál es tu problema Alice? – preguntó de forma casual, y recibió como respuesta una negativa por parte de ella, que parecía incapaz de mirarle a los ojos, o bien de dejar de mirarle sus labios. Se sintió bien saber que no era el único que había pensado en esa parte del cuerpo del otro – Tu problema es que piensas demasiado.
No quería o mejor dicho, no debía besarla, pero estaba ahí y la tenía tan cerca, que la tentación era más fuerte. Avanzó para acercarse a ella, al tiempo que la chica retrocedía, y llegó un momento en que por más que quisiera, Alice no podría escapar porque se encontraba entre la pared y él.
-No voy a besarte, si es lo que estás pensando – dijo, y no pudo evitar sonreír divertido, porque la chica en verdad pensaba que iba a hacerlo. – Si quieres un beso, vas a tener que dármelo tú.
-Serás… - sus ojos brillaban de enfado, pero esas profundidades castañas, Frank vio algo más: deseo, y lo demostró cuando, durante apenas un segundo, miró sus labios. - Yo no quiero besarte. Y que sepas que no me gustó nada tu beso.
Soltó una carcajada, no pudo evitarlo, porque no sonaban para nada sinceras, sino que más bien parecía que las hubiera ensayado y memorizado hasta la saciedad.
-Mientes, y lo sabes – Alice tuvo la decencia de sonrojarse, revelando que efectivamente, mentía. Se acercó más a ella, dispuesto a susurrarle al oído. Durante un momento, se quedó noqueado y solo pudo aspirar su olor. ¡Por Merlín, olía muy bien! - Si no te hubiera gustado, no me habrías estado evitando durante dos semanas. Cada vez que me mirabas, parecías tan concentrada que dabas la sensación de estar intentando resolver un complicado enigma.
La sintió ponerse tensa en sus brazos, conteniendo la respiración y apartándose un poco de ella, la vio con los ojos cerrados y las mejillas sonrojadas. Si en un principio había creído que el comportamiento de Alice hacia él después del beso era el resultado de una indiferencia y miedo, ahora casi podría asegurar que se trataba de confusión, de sentimientos sentidos por primera vez a los que no se sabe reaccionar o explicar.
-Al parecer, todo el mundo menos tú, se ha dado cuenta de que te gusto, igual que tú me gustas a mí, y si pensaras menos y te dejaras llevar por lo que sientes, todo sería más fácil.
No supo porque dijo esas palabras, y sobre todo, con la seriedad y la firmeza con la que las dijo, pero para él eran ciertas. Le gustaba a Alice, aunque ella quisiera negarlo o no se hubiera dado cuenta aún. Después del beso en la sala común, era más que evidente que a él le gustaba ella.
Y si lo que había esperado había sido que ella moviera ficha, lo hizo.
Sirviéndose de sus hombros como apoyo, la chica se puso de puntillas y juntó sus labios. No fue para nada fogoso, tan solo un roce de labios, pero fue la cosa más dulce que Frank había probado nunca. Quiso más, mucho más, pero ya que con esa acción Alice había dejado claro que no le resultaba tan indiferente como había querido hacerle ver, las cosas iban a cambiar entre ellos.
Y ya tendría tiempo de seguir saboreando esos labios, porque por su parte, no pensaba dejarla nunca.
¿Qué si estaba enamorado?
Hasta las trancas.
Fin
