Bleach no es de mi autoría, le pertenece a Kubo Tite. Historia original, escrita por mí.
UNIVERSO ALTERNO, ubicado en el periodo Edo.
Nota: palabras en cursiva, memorias del pasado de cada uno de los personajes.
Introspección: día a día, la ira y el odio lo alentaban a ser el más fuerte. Lo único que deseaba era limpiar el nombre de sus padres, y acabar con el perjurio de sus nombres. Para lo único que la necesitaba, era para estar un paso más cerca de su venganza. Jamás se imagino que llegaría a amarla...
Sumary: Venganza, era su ley. Amarla... era su destino.
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Lycoris Radiata
(Flor del infierno)
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Por Ireth I. Nainieum
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Capítulo XI
El viento del tiempo, en el leve susurro
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"Hacia los arrozales de Sakura, el canto de las grullas que cruzan.
Habrá bajado la marea en la laguna Ayuchi…
El canto de las grullas que cruzan…"
- Takechi no Kurohito -
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Una fuerte patada en sus partes nobles, le envió directamente al suelo. Con la respiración entrecortada y el rostro azul, él se encontró gimiendo tal cual gato chillón, sujetaba fuertemente sus testículos en un vano intentó por alejar el dolor. Mientras que la osada perpetradora le miraba desde lejos con los labios fruncidos, sin sentir el menor remordimiento. Se llenó el cuenco de sake, y se lo bebió sin rechistar en lo más mínimo. Después encendió su kiseru (1) y aguardó. Luego de varios minutos, el agraviado finalmente se pudo levantar, y lastimeramente arrastró los pies —con cautela— hacia ella antes de sentarse en un zabuton. (2) Estaba acostumbrado a la violencia física con ella, más aquello jamás se lo imaginó.
—¿Quieres? —ella señaló el sake.
—No gracias —murmuró molesto con gran dificultad, ya que no podía sentarse bien y colocó inconscientemente sus manos sobre su miembro— ¿Qué paso con esa basura de «ahora somos iguales y como tal debo tratarte»? —masculló en un tono de voz furioso.
Ella chascó su lengua con total indiferencia y se tomó su tiempo para contestarle.
—Llegué a la conclusión, de que con lo estúpido que eres, no tenía razón para hacerlo —acabó de fumar su kiseru y él se cruzó de brazos furioso.
—¡Eso me dolió! ¿Sabes? —refunfuño.
—Esa era la intención, Ichigo.
—¿Qué pasa, Kūkaku-san?
—Tú —lo señaló—, eres mi problema. Eso es lo que pasa —le aclaró— ¿Cuánto más permanecerás en el Castillo de los Chie no masutā? (3) —inquirió seria— Tienes tu propio hogar, aquí en la Ciudad Estado.
Ichigo aclaró incómodo su garganta.
Un rostro familiar se presentó ante él, con todo el descaro del mundo —o al menos eso creyó Ichigo—. La visita había exigido una audiencia con el señor de la Dai teitaku (4) durante la madrugada, apartándolo del lecho y de su esposa. Rangiku fue la encargada de llevarlo al despacho del shujin (5). Hirako le acompañaba, muy extraño que ese día el rubio se encontrase sobrio. Sora también hacia acto de presencia.
—No es bienvenido a mi casa, Capitán —dijo mezquinamente—. Así que no le ofreceré cordialidad. ¿Diga a qué ha venido? —espetó Ichigo
Renji tenía el rostro de un hombre cansado y hambriento. Había viajado con su caballo durante tres largos días, con sus noches en un desesperado intento por llevar con prisa la noticia. A penas y había probado bocado alguno, estaba famélico, oloroso y fatigoso.
—No se preocupe, señor Kurosaki —terció—, me marcharé de inmediato como usted desea —repuso Renji cansinamente—. Solo le pido agua y comida para mi caballo y… tal vez un poco de descanso para la bestia —solicitó e Ichigo le hizo un suave gesto a Rangiku para que lo hiciera y saliera de la habitación.
—Hable entonces —le ordenó el Kurosaki.
—El General Kuchiki ha muerto —dijo tajantemente el pelirrojo.
Shinji se levantó de golpe, asustando a los demás presentes. Su pálido rostro denotó alto más que miedo.
—El General no estaba enfermo, ¿qué le ha sucedido? —exigió el vizard.
El pelirrojo observó con desconfianza al rubio, entrecerró sus ojos e intentó descubrir quien era. Y de pronto, le recordó.
—¿No le conozco acaso de…? —preguntó Renji.
—¡Hable! —Exigió el Shinji cortándolo abruptamente, no necesitaba que dijese algo que no podía explicar por el momento—. Soy un vizard al servicio del Kōtei. (6)
El pelirrojo retornó su atención hacia el amo de la Dai teitaku, estaba seguro de no haberse equivocado, él rubio fue una vez el Capitán del General Kurosaki. Y tal vez como él dijo, aquello no le competía, su razón de estar ahí era otra. Sin embargo, Ichigo no prestó mayor atención al asunto ya que lo ignoró por completo. Simplemente, no recordaba a Shinji como el hombre con quien solía jugar cuando era un niño. Sora por otra parte, le comprendió, había obviado el hecho de saber certeramente quien era el rubio, pero decidió guardar silencio, ya que se sabía bien que más de un General ahora le servía al Kōtei. Y nadie debía de hacer hincapié en el pasado de los vizards.
—Hace tres días que el General fue asesinado —inclinó medio cuerpo hacia Ichigo en señal de respeto—. Se exige la presencia del Clan Kurosaki en el Seireitei para el funeral del General Kuchiki.
Hubo un silencio muy largo por parte de los presentes.
—¡Absurdo! —el rubio irrumpió preocupado, ya que la voz le tembló.
—¿Qué le llevó a su muerte Capitán? —Sora se vio forzado a intervenir.
—Un desconocido acabo con su vida —les respondió Renji.
Ichigo adoptó una postura llena de incomodidad y cautela. Como esposo de Rukia, era su deber el decirle que su padre había muerto y por consiguiente explicarle la terrible situación en la que esta se presentó. Un extraño estremecimiento recorrió velozmente su cuerpo, y supo que había algo más. Algo detrás de las frías palabras dichas por el Capitán.
—¿Ya han preparado su cuerpo para el funeral? —habló Ichigo.
—No hay cuerpo —le dijo el pelirrojo—. El General fue atacado en lo alto de una colina y su cuerpo fue arrojado al río, le buscamos durante la noche, pero…
Pero… se decía que cuando el gran río tomaba una vida y un cuerpo, este no lo devolvía.
—Entiendo —suspiro Ichigo levantándose.
—¡Ichigo —dijo Shinji con un tono de voz demandante—, deben partir ahora mismo al Seireitei!
El joven arrugó el ceño.
—Partiremos al alba, estaremos presentes para el funeral y luego volveremos —dijo—. No me quedaré más tiempo del necesario, después de todo no necesito estar en la Ciudad Estado para cuando me sean devueltos mis propiedades y mi título, Hirako.
—¡No, Ichigo! —De manera cansada el rubio rascó su sien, a veces era tan difícil el hacerlo entender—. Es peligroso que estén en Karakura.
—¿De qué estás hablando? —soltó molesto—. ¡Haré lo que me venga en gana! —dijo sin más Ichigo.
—¿Eres acaso un estúpido? —Él también se puso de pie—. ¡Piensa con la cabeza, idiota! —Profirió en un alarido ahogado—. El General Kuchiki fue asesinado por un desconocido, alguien que tú no sabes quién es… en cualquier momento podría venir por ti o por tu mujer… Tu Clan y parte de la familia de ella han muerto en circunstancias misteriosas —aseguró más calmado, como si intentase que sus palabras fueran más que una simple advertencia—. No olvides la masacre de tu Clan —la obligó a que recordara—, tampoco olvides que el General Ginrei murió y ahora su padre. Ichigo, piensa que ustedes podrían ser los siguientes…
—Rukia desea estar con su familia —fue lo único que Ichigo pudo contestarle.
—¡Tú eres su familia ahora! —Alzó la voz—. Cuando entenderás —acarició la comisura de sus labios—, desde el momento que se casó contigo dejo de ser una Kuchiki, ahora es una Kurosaki.
—¿Pero…?
—¡Pero nada! Es responsabilidad tuya el velar por tu Clan.
—¿Qué hay de su Clan? —preguntó él con un hilo de voz.
—¿No han hablado los ancianos contigo? —Ichigo le negó—. ¡Malditos viejos! —Exclamó con desprecio—. Da la orden de regresar a tu Castillo, y espera a que ellos pidan una audiencia contigo —le dijo mientras se levantaba del zabuton—. Tu mujer entenderá —giró un poco su cuello y le miro—. Las reglas del juego cambian en la Ciudad Estado, Ichigo. Se cauto y no confíes en nadie.
—¿Ni en ti?
Kūkaku le sonrió.
—Ni en tu sombra, Ichigo —dijo muy seria—. Dile a tu esposa que te prepare con el estricto protocolo de la Nobleza, desde la manera de dirigirte, hasta la vestimenta apropiada —iba a dar un paso, pero se detuvo—. Rangiku… me dijo que Ishida insistió en venir contigo —volteó hacia su jardín para admirar la luciérnaga que revoloteaba perdida sobre el estanque de sus peces.
—Si, me dijo —rascó su oreja incómodo—, «que necesitaba venir»
—Ya veo —murmuro.
—Señora Shiba —Koganehiko se acercó a ella—, su otra visita la espera.
—Ichigo, ¿puedes moverte? —inquirió seria.
—No —exclamó avergonzado.
—Cuando puedas moverte, ve por tu esposa —le ordenó yéndose de ahí.
A grandes pasos recorrió los largos pasillos del su Castillo, mismos que la llevaron al extremo contrario de su inmensa propiedad. Le había ordenado a sus más fieles sirvientes —Koganehiko y Shiroganehiko— que hicieran guardia, con el fin de mantener al Kurosaki lejos de ahí, no creía plausible, aún así decidió no correr riesgos. Se encontró a uno de los hombres admirando el hermoso biombo estacional que adornada la sala secundaria de visitas, el tema expuesto aquel invierno era el de unas grullas en vuelo, por sobre los arrozales. Respiró honda antes de ingresar de lleno, para iniciar su larga conversación con aquellos hombres. De manera inconsciente sujetó el muñón izquierdo de su brazo. La noche era por demás oscura, el cielo estaba cubierto por gruesas nubes que opacaban la claridad de la visión. Las lámparas de aceite a penas permitían unos metros de visibilidad, era el perfecto escondite para los fantasmas que la visitaban. La habitación a la que entró estaba casi a oscuras, solo una tenue luz resplandecía.
—Buenas noches, señora Shiba —dijo uno, el más importante.
—Bienvenidos sean, al Rasen-jō (7) —se sentó en el zabuton—, señores míos.
—Se ha vuelto toda una señora, Kūkaku-dono —dijo él—. Es bueno verla también, luego de tanto tiempo —suspiro—. Grandes acontecimientos han sucedido… escuché que el señor Kurosaki está aquí.
—No creo que hayan venido por él —masculló cauta.
—Por supuesto que no, Kūkaku-dono.
La Shiba entrecerró sus ojos, intentando descubrir al silencioso invitado. Aunque no lo viera, tenía una clara idea de quién era. Lo que no comprendía era porque la visitaban, precisamente en la Ciudad Estado.
—Mi hijo fue afortunado en salvar la vida del General Kuchiki —informó, y sonidos guturales escaparon de los finos labios de la dama—. Vive, pero… su supervivencia está en sus propias manos —soltó con acritud el anciano.
—Hice lo que debía para saldar mi deuda — Ryūken sentenció.
—Ryūken, eso no es del todo cierto — dijo Sōken.
—¿Padre…?
—Esta plática aunque es entretenida me es indiferente, señores —recuperó la compostura—. ¿Me están diciendo que Kuchiki Byakuya está vivo? —desdeñó fríamente—. ¡Su hija no merece ese sufrimiento! —Se dejo escuchar cuando alzó la voz—. ¡Le diré que está vivo! ¿Dónde está exijo saberlo?
—Necesito que me entregue la Zanpakutō del General Kuchiki, aquella que su hermano hizo antes de morir —dijo Sōken ignorando las preguntas de la Shiba, como si aquello no fuese importante.
Kūkaku se carcajeó a sus anchas por varios minutos. Debía de estar loco si pensaba que se la daría.
—¡Mil perdones, señores! Tal cosa no existe —terció apretando fuertemente sus finos labios—, ¿y cuál hermano he de preguntar?
—Usted la conoce, Kūkaku-dono, y la tiene aquí… y se llama Senbonzakura —Sōken terminó por decir.
Kūkaku se puso de pie, y mostró su enorme altura a los hombres reunidos. Les miraba desde lo alto, con una mezcla de ira y desconcierto, que ella no podía explicar. Apretó fuertemente su puño derecho, tanto que sus nudillos se volvieron blancos debido a la intensa presión a la que eran sometidos. Claro que ella conocía esa Zanpakutō a la perfección. Un trabajo artesanal hermoso hecho por las diestras manos de su hermano mayor, y la única arma que había podido conservar para sí. La atesoraba como era debido. Poco antes de su muerte, Kaien le explicó para quien había sido forjada esa katana, sin embargo, jamás le pidió que fuese entregada a su dueño. Casi pareció que le permitiría a ella el discernir. Cuando Kaien falleció, Kūkaku decidió guardarla como el último tesoro de los Shiba.
—¡Largo! —le gritó. Se quedaría con ella, así lo había decidido.
Sōken fue el primero en levantarse, y su hijo le imitó rápidamente. Sorprendido en primer lugar, nunca pensó que su padre cedería tan fácilmente; esa no era la naturaleza de un Quincy.
—Esa zanpakutō no le devolverá a su hermano —masculló el anciano—. Esas espadas sirven para proteger a los vivos, los muertos no pueden hacer nada… Kūkaku-dono.
No hubo más palabras entre los presentes, los fieles sirvientes apostados en las puertas permanecieron mudos, estoicos. Habían escuchado la conversación entera, al ser los más leales súbditos de Kūkaku habían ganado aquel gran privilegio. Entre ambos se dieron miradas furtivas, lo dicho por el Quincy era una verdad absoluta. Sin más, la Shiba salió del gran salón, se detuvo solo un momento junto a Shiroganehiko y le murmuro un «dásela». Ella se fue dando grandes pasos hasta perderse en la oscuridad del pasillo.
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Un sencillo carruaje salió en la madrugada de la Ciudad Estado, iban cubiertos con gruesas capas rojas de viaje, que les ayudaban a mantenerse en el anonimato. Dos pesadas bestias de carga les llevaban, mientras hacían grandes esfuerzos para moverse entre la pesada nieve acumulada. Iban a paso lento… pero seguro. La noche era tan fría, que seguramente no habría ningún ladrón por los caminos. Sus calidas respiraciones se mezclaban con la helada noche. Ryūken era el que llevaba las riendas, Sōken por otra parte, custodiaba celosamente la caja de madera de cerezo; mientras su dedo dibujaba el fino contorno de las garzas, símbolo del Clan Kuchiki.
—¿Para que la necesitas? —gruñó mientras azotaba una vez más a las bestias.
—Es hermosa… —dijo cuando abrió la caja— la habilidad de Kaien-dono creo que será insuperable.
—¿Padre? —reiteró con voz dura.
— Ryūken… —suspiro hondo— Hemos pasado quince años recopilando información sobre la masacre del Clan Kurosaki, y en ese tiempo hemos movido a los nuestros por el Teikoku (8) y finalmente hemos obtenido algo. Es una desgracia que todo esto sea el resultado de la ambición de un hombre… Ryūken, hijo, he de pedirte un último favor —exhaló un suspiro tan hondo que estremeció las puntas de su bigote—. Luego de esto habrás saldado tu deuda con el Clan Kurosaki —se detuvieron en un oscuro camino, casi como el hocico de un lobo—. Debes de entregarle esta Zanpakutō al General Kuchiki y… —volteó hacia atrás, para ver el desvalijado baúl que los acompañaba.
—¡Me pide algo imposible padre! —le interrumpió.
—… y eso también —lo señalo con el dedo. Sōken terminó por decir e hizo caso omiso a la interrupción—. Tu sabes que tu negación es falsa, Ryūken… vives solo porque Kurosaki Isshin así lo deseo —le recordó—. Salda tu deuda y se un hombre libre…
La noticia tardó seis meses en llegar a esas lejanas tierras, fueron traídas por un mercader de telas. Había sido precisamente su esposa la que se lo había dicho. Salió de la villa sin el permiso, solo un arco y flechas —además del arma que tanto odiaba—, le acompañaban. Tras un largo viaje llegó a la Ciudad Estado, en medio de la noche y con solo su vieja capa de viaje. En la oscura penumbra fue que encontró el inmenso Castillo de los Chie no masutā. Varios cimientos se mostraban destruidos —producto del fuerte temblor que sacudió al Seireitei—, pero el gran Castillo permanecía intacto. Vislumbró a más de un guardia que custodiaba celosamente la entrada, seguramente previniendo a los saqueadores. Se cubrió aún más y pasó muy cerca de ellos, tanto que percibió la intensa mirada de ellos en su cuello. Iría en busca de la entrada de la servidumbre y comerciantes y de ahí…
—¡Alto ahí! —gritó alguien tan fuerte que le asustó.
Lentamente se giró para ver a un shinigami con su uniforme. No… no era un shinigami ordinario, era un General. El blanco haori lo delataba.
—¿Qué sucede? —le tembló su voz. Nunca antes estuvo en presencia de alguien con tanto poder en sus manos.
—¿Qué hace? —preguntó el General con voz ronca, mientras sostenía una lámpara.
—Nada.
—¿Nada…? —Arrugó su frente, examinando detenidamente al viajante—. Nada —volvió a decir—. ¿A quién ha venido a matar? —dijo con tanto desparpajo que el viajero enmudeció.
—¡No le interesa, shinigami! —Dijo mientras daba un gran salto hacia atrás, y con rápidos movimientos tomaba una flecha y le apuntaba con su arco—. ¡Márchese, si quiere vivir!
El General parpadeó, parecía que disfrutaba de la situación entera. O era un verdadero valiente desinhibido o un verdadero estúpido. Claramente, él optó por la segunda opción.
—Yo creo que usted no sabe lo que dice, viajero. Hoy estoy de muy buen humor —le dijo sereno—, así que solo por hoy, le dejaré ir.
Aún le apuntaba, comenzó a sudar pese al frío de la noche. Sus manos le temblaban, mientras analizaba la opción de dispararle, el atacarlo desde la distancia debía de proporcionarle cierta ventaja. Así que sin pensarlo mucho, lanzó la flecha. El General arrojó la lámpara al suelo, y esta al tocar el agua congelada se apagó. De pronto la oscuridad fue el único testigo de los siguientes hechos. El alto mando militar fue capaz de esquivarle fácilmente, el viajero se mostró demasiado sorprendido y la negrura de la noche le impidió el verlo para apuntarle una vez más. Giraba alrededor de sí, en todas direcciones intentando ver su sombra. Desesperado comenzó a disparar sus saetas, simplemente rogando que una de estas diese en su objetivo. Cuando ya no hubo más flechas, el General se le acercó. De pronto, estando a solo centímetros de él, el viajero saltó hacia atrás, solo para escapar del filo de un arma.
—¡Maldito! —dijo el viajero con la respiración entrecortada.
—¿Una kodachi(9)…?
—¡No me insultes, shinigami! —escupió llano.
Para ese momento, sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra. Aún así, solo veían sombras, el uno y el otro.
—Acepte mis disculpas, viajero…
El General le atacó de llenó con Engentsu, y fue en igual medida agredido por ese desconocido que estaba a su altura. Luchaba al tiempo contra un experimentado Maestro de la Zanpakutō, y solo por eso el General no se contuvo. Golpe tras golpe, herida tras herida continuaron enfrascados en su pugna. Sin embargo, el ruido alertó a la tropa del Castillo y tras unos minutos llegaron en el pronto auxilio del General. Les rodearon en un amplió circulo, y luego mostraron hacia el frente las filosas puntas de las lanzas.
—¡Malditos shinigamis! —gritó al saberse completamente rodeado.
—¡Apártense… es mió! —bramó furioso el General, nadie le mataría… solo él lo haría.
La tropa obedeció, pero solo retiraron las puntas de las lanzas, permanecieron unos juntos a los otros ampliando más el círculo. En un limpio movimiento de su Zanpakutō le quitó de las manos la kodachi al viajero. El hombre se quedó estoico, abrumado, aún con su brazo en lo alto. Mientras que el General, colocó el filo de su arma en el cuello del desconocido, el cual cerró sus ojos esperando su destino.
—Basta por favor —intervino la serena voz del amo del Castillo—, General Kurosaki.
Isshin bajo la espada obedeciendo a Ginrei. El viajero se sintió seguro por un momento, movió su mano izquierda detrás de su espalda —iba en busca de otra kodachi— y con ella se dispuso a matarlo. No obstante, el General le superó en demasía. Lo desarmó —usando judo— y colocó su gran mano sobre el rostro del viajero, luego terminó por arrojarlo al suelo, su cara daba contra la nieve. La capa de viaje se abrió, revelando la inconfundible vestimenta de un Quincy, la gran cruz azul se lo decía.
—¡Enfríate un poco, estúpido! —replicó Isshin con un gesto de sorpresa, y no dejaba respirar al Quincy.
—Por favor, General Kurosaki —volvió a decir Ginrei —. Estoy seguro que él ha venido a vernos —dijo. Isshin volteó hacia él, estupefacto—. ¡Retírense! —le ordenó a la tropa, pero antes tomó una de las linternas—. Libérelo —le pidió humildemente.
El Kurosaki retiró su mano, lo suficiente para dejarlo respirar.
—¿Dónde está él? —inquirió furioso el viajero aún sobre el suelo, mirando con odio a Ginrei.
Isshin terminó por ponerse de pie, y muy receloso guardó su Zanpakutō sin quitarle los ojos de encima al General Kuchiki. No comprendía que tratos podría tener con un Quincy. Antes siquiera de poder decir algo más, Byakuya llegó junto a ellos, con una pequeña niña dormida y cobijada entre sus brazos. El Kurosaki sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el ambiente pesado que los rodeaba, y de pronto recordó una frase que había escuchado meses atrás, durante el funeral de Hisana, una frase que tenía un atroz significado para él «escuché que esa mujer —Hisana—, le pertenecía a un Quincy. El Clan Kuchiki ha cometido un terrible pecado, y la desgracia caerá sobre ellos» repasó en su mente la frase dicha por el irascible Minamoto ese momento, el Quincy ya se había levantado y extendía sus brazos hacia Byakuya que estaba a punto de entregarle a la niña. Llenó de coraje e interviniendo sin tener que hacerlo, Isshin detuvo al Kuchiki.
—¿Qué haces, Byakuya-bo? —le dijo fuera de sí.
—Debo hacerlo —murmuraron sus secos labios—, es por su bien —le dijo Byakuya.
—¿Por su bien o… por su bien? —primero miro a la niña, y luego a los dos adultos del Clan Kuchiki—. Hay mucha diferencia —espetó enterrando sus uñas en el hombro del hombre.
—¡Tú la mataste! —dijo el Quincy mientras señalaba con un dedo a Byakuya.
—Lo lamento… —respondió este.
—Tus palabras no la regresarán.
—Ni tus acciones —simplemente dijo Byakuya, quien dio un paso más hacia el frente apartándose del General y una vez más, estuvo a punto de entregarle a su hija.
Y nuevamente, Isshin lo impidió.
—Por favor, General Kurosaki —medió la serena voz de Ginrei —. Permanezca lejos de esto.
—¡Es su nieta, es tu hija! —Isshin les dijo alzando la voz y por ello Rukia despertó.
La pequeña bostezó sumamente cansada, y al sentirse en los brazos de su padre le abrazó amorosamente. Poco después volvió a dormirse, al saber que estaba segura. Byakuya solo se aferró a ella desesperado, tenía tanto miedo por perderla a ella… a lo único que le quedaba de su amada esposa.
—Daría mi vida por traerla de vuelta —murmuró con un gran pesar que los hombres captaron—, jamás me imagine que Hisana moriría durante el parto —observó sereno al Quincy—. Tienes razón, Ryūken… ella murió por mi culpa. Por el niño que llevaba en su vientre. ¿La cuidarás? —le suplicó.
—La niña no vendrá —terció una quinta voz.
Los hombres voltearon rápidamente hacia el recién llegado, quien a diferencia de Ryūken no dudaba en mostrar la blanca vestimenta de los Quincy. No iba solo, una pequeña tropa le acompañaba.
—¿Padre…? ¿Por qué tú…? ¡Ella…! —le decía.
Sōken simplemente alzó una de sus manos, en pocas palabras le decía «cállate, ya has hecho más que suficiente»
—En sus venas corre nuestra sangre, Ryūken —espetó Sōken—, ¿ya lo has olvidado? La del gran…
—¡Es por eso que ella debe venir con nosotros! —irrumpió las palabras de su padre.
—…Susanoo(10) —acabó por decir Sōken — y también corre la sangre de la diosa Amatesaru. (11)
Isshin no daba crédito a lo que recién escuchó. La estirpe de dos dioses finalmente se había unido bajo una misma, la cual ahora reposaba tranquila en el cuerpo de la niña. Él sabía lo que vendría, el augurio de una antigua profecía. «Desgracias caerán sobre los descendientes de quienes se unan bajo la sangre de los Dioses, que acabará cuando estas sean solo una…» Cuando pidió la mano de Rukia para su hijo, lo hizo como un mero juego, él sabía que su vástago no debía casarse con ella. A menos que deseará que el infortunio entrase en su vida, él ya había fijado su vista en la pequeña hermana de su oficial Inoue. Pero ahora… el destino ya los había marcado. Durante siglos los Clanes Kuchiki y Kurosaki se habían mantenido apartados, respetando el viejo código, inclusive los recelosos Quincy pactaron. Sin embargo… un hombre había roto el sagrado tratado. Y se llamaba… Kuchiki Byakuya…
—¡Desgracias! —volvió a decir Ryūken.
—La desgracia ya ha caído sobre nuestros Clanes —cortó abruptamente la réplica del Quincy, e Isshin cubrió su boca con su mano. Observó por un instante a Byakuya y luego a Ryūken —. Estábamos destinados a encontrarnos esta noche… —dijo sin más el Kurosaki— así como nuestros hijos lo harán en el futuro. Sin importar las piedras que coloquemos en sus caminos —murmuró—. Así será… así se ha decidido…
—Siempre ha sido así, General Kurosaki —Ginrei habló—. Su padre, me dijo…
—Yo conocí a su padre, General Kurosaki —Sōken decidió interrumpir—. Fue un gran hombre —le dijo—. Qué extraño resulta el destino —fijo su vista en Rukia—. Durante siglos, nuestras mujeres solo han dado a luz niños, fue por eso que escapamos a la antigua profecía. Pero ahora… —dibujó una triste sonrisa en sus viejos labios— han nacido dos niñas… —detuvo sus orbes grises en su hijo e Isshin— uno de sus hijos cargará con todo el peso del pecado —les advirtió—. En sus venas corre la sangre del Señor Tsukuyomi (12), solo así se cerrará el ciclo. El niño que nazca de ella, acabará con nuestro cruento destino.
—No habrá felicidad en el futuro, solo dolor y traición —advirtió Ginrei.
—¿Por qué aceptaste mi matrimonio entonces, abuelo? —dijo afligido.
—Porqué el amor es lo único que puede romper las cadenas de la destrucción. Solo el verdadero amor los mantendrá unidos hasta el final, Byakuya.
—¿Padre…? —le exigió.
—Desde el instante en que me dijiste que era una mujer lo supe, Ryūken —le dijo con pesar—. Más cuando me hablaste de la presencia de la Sexta Escuadra, los Dioses decidieron. Nada ha sido una coincidencia.
Isshin empuño a Engentsu y decidido apuntó directo al cuerpo de Rukia.
—El camino ya fue iniciado. Y es cierto que detendrá la desgracia matando a la niña —explicó demasiado sereno Ginrei. Pese a ver en peligro de muerte a su bisnieta—. Tomará una inocente vida en sus manos… ¿qué le hace pensar que su hijo no tendrá una niña…? —El Kurosaki frunció el ceño— Y así, una vez más todo dará inicio.
—¡La carga es muy pesada para nuestros inocentes niños! —dijo Isshin llenó de cólera y fuera de sí.
—Serán hombres y una mujer decididos, más incluso que cualquiera de nosotros. Tendrán una mirada de hierro, y un corazón frágil como las mariposas —contesto Ginrei sin aminalarse—. La duda no los dominará.
De un limpió movimiento Isshin cortó la palma de su mano, la cual sangró abundantemente. Los ancianos cabecearon en mutuo acuerdo, no así los más jóvenes que no comprendieron su extraño actuar. Acercó su mano al rostro de Rukia y la cubrió con su rojo carmín. Ella despertó y comenzó a sollozar, llamando a su padre.
—Sella el pacto, Byakuya —dijo su abuelo.
—Tú también, Ryūken —repitió Sōken.
Ambos estiraron sus manos, solo para sentir el suave filo de Engetsu. Unieron sus manos entre sí, mezclando la sangre entre ellos. Un nuevo pacto había sido sellado.
—Ichigo se casará con tu hija —le advirtió, cerrando mas su puño entre sus manos—, tal como ya te lo había dicho, Byakuya-bo… —exhaló tan hondo que él tembló— ¡Nosotros los Tsuki no kanshu, (13) cargaremos con el peso del pecado! —Por ello fue que marcó a Rukia, como suya… no, como la futura mujer de su único hijo varón—. Aún si debamos perecer todos en mi Clan… esto deberá acabar.
—Él pagó con su vida, por ese terrible juramento que hizo… Sacrifico todo y le debemos, Ryūken —le exigió—, le debemos —reiteró duramente—. Perdonó tu vida —suspiro sintiéndose increíblemente cansado—. Estaré tranquilo cuando nazca ese niño… solo así todo habrá acabado. Solo así, seremos verdaderamente libres.
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Hacía el anochecer atravesó las enormes puertas de madera con las garzas grabadas, e innumerables sirvientes le presentaron sus respetos. Ichigo observó al anciano mayordomo que se llevaba un hakozen (14) de aquel solitario pasillo, sin probar. Lo miro doblar por la esquina del pasillo y le perdió de vista. Caminó hacía ese sitio y ahí se la encontró. Sentada fuera de la habitación de su padre, mientras hacía luto en su memoria. El funeral del General, fue la primera ocasión que tuvo Ichigo para codearse con la Nobleza, si bien no estuvieron todos, el estricto protocolo lo incomodó. Con tantos miramientos, y tantas reglas no había tenido la oportunidad de hablar seriamente con ella.
—Rukia —le habó en voz baja para no asustarla.
—Déjame un poco más, Ichigo… —le suplicó con la voz entrecortada, debido al llanto.
—No más —le dijo con firmeza—. ¡Hace casi un mes que no te separas de aquí! Tenemos que hablar.
Rukia se levantó con una elegancia sin igual, y le miró por algunos segundos. Las reglas indicaban que el esposo debía de caminar delante de su mujer —para indicarle el camino—. De grandes pasos atravesó el corredor, sin embargo, a ella le tomó un poco más. Las abundantes telas disminuían su velocidad, y además debía de moverse con la soltura de una dama. Alrededor de cinco minutos les tomó el llegar a la recámara de invitados.
Tardaron una semana de viaje —por la nieve caída—, el llegar a la Ciudad Estado. Entraron a plena luz del día y un vizard —Shinji—, con la máscara puesta les escoltó hasta el Castillo de los Chie no masutā y de ahí, él partió. Dentro les esperaban los grandes Generales y la alta esfera de la Nobleza. Rukia se desenvolvió maravillosamente bien, con la máscara neutra que portaba. Agradeciendo en silencio las condolencias, y personalmente llevó el oficio acabo. Una caja de la más fina madera de cerezo fue usada como féretro —antes de quemarla—, las cenizas fueron colocadas en el mausoleo del Clan Kuchiki. Su esposa le suplicó el permanecer en la que una vez fue su casa, y él acepto.
—Dime… —parecía distraída, era la primera vez que estaban a solas luego de tanto tiempo.
—Hablé con Kūkaku-san —aclaró su garganta.
—¿Cuándo nos iremos? —preguntó ella angustiada, era evidente que se debatía entre el deseo de terminar con la conversación y el de huir de él.
—Mañana —respondió al sujetarla suavemente de su mentón, fijó intensamente su vista en sus acuosos ojos y suspiro pesadamente.
—Será como usted diga, mi señor…
—¡No hagas eso nunca más! —Se abalanzó directo contra ella y la levantó en el aire al sujetarla de su muñeca—. ¡Nunca vuelvas a inclinarte ante mí! —le exigió. Y luego la besó con demasiado ímpetu.
—Por favor, Ichigo… —dijo apartándose de él, al mismo tiempo le rehuyó la mirada— no aquí… no ahora… —se soltó a llorar en sus brazos.
Hacía la media noche, Rukia finalmente se había quedado dormida. Su respiración era tan apacible y tranquila que no parecía reflejar el gran dolor de su alma. De pronto la sjoji(15) se abrió.
—Venía ver si necesitaban algo —le dijo mientras cubría con una de sus manos la luz de la lámpara que uso para llegar a la recámara de la pareja—, Ichigo.
Con gran delicadeza, Ichigo depositó la cabeza de Rukia sobre un bloque de madera lacada, sobre la cual había un diminuto cojín, todo ello para no despeinar el detallado trabajo de los peluqueros. Ante el movimiento, ella no despertó.
—Quédate con ella, por favor Orihime —le susurró al pasar junto a ella.
—¿Y tú?
—Dormiré en otra habitación —se llevó la lámpara.
Como le había dicho Kūkaku, «las reglas del juego cambian en la Ciudad Estado…» Rukia llevaba el característico peinado de las mujeres casadas, el llamado Tsubuichi (16), así como los adornos que él le obsequió. Los diminutos kanzashi (17). Diariamente las cambiaba, para mostrar ante los demás su estatus social. Con una rapidez bastante agria se daba cuenta como era vivir entre la Nobleza. Ahora entendía porque Kaien tanto la detestaba. Los quimonos de Rukia eran magnánimos, pero… los cambiaría todos por verla una vez más con los sencillos tsukesage (18) que portaba en Karakura. Por poder pasar sus dedos entre su terso cabello, por verla sonreír una vez más…
—Kurosaki-dono —el anciano mayordomo llegó—, alguien ha venido a verlo.
—Dile que venga mañana —insistió Ichigo.
—Es un vizard, Kurosaki-dono —dijo en voz baja.
Ichigo pasó a su lado, demasiado rápido esperando que fuese Shinji —al que no había visto desde su llegada al Seireitei—. Tenía tantas cosas que preguntarle. No obstante, cuando llegó no reconoció la máscara que vio. Solo resaltaba la abundante cabellera rubia.
—Kurosaki-dono —habló el vizard en cuanto él ocupó el zabuton—, traigo un mensaje del Shōgun.
—¿Del Shōgun…? —Murmuró en voz baja—. ¿Por qué me lo dice un soldado del Kōtei?
—El Shōgun es cauto, Kurosaki-dono —explicó con un respingo Rose—. Le espera antes del alba —le indicó.
—¿Hirako…? —preguntó.
—No puedo decirle, Kurosaki-dono.
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Llevaba más de media mañana esperando. No pudo dormir, temeroso de lo que el Shōgun le podría decir. Justo ahora, le esperaba en una enorme habitación decorada en opulencia, con grabados de fuego en su techo y oro empotrado en sus paredes. Ichigo aguardaba impaciente su llegada. Una y otra vez golpeteaba el piso de madera con su mano izquierda, con la paciencia al límite y el ceño por demás fruncido. Decidió que ya no esperaría más, se levantó y salió. Ya había aguardado lo suficiente, y su mujer le esperaba en su Castillo.
—Impaciente —bramó tras una pared por la cual le espiaba.
—Yo también me habría ido después de espera por horas —le aclaró con una media sonrisa—. De hecho, tuvo más paciencia que otros días, Yamamoto-Genryūsai-dono —le miró de soslayo.
—Dígame Kōtei… ¿le hace honor al nombre de su padre? —le tembló la voz.
—Le honra a su padre, a su Clan y al gran Señor Tsukuyomi.
—Me ha recordado a un niño malcriado que una vez conocí —dijo sin siquiera pensarlo.
—¿Habla de mí…? —se sintió ligeramente ofendido.
—Hablaba de su padre —se giró para caminar por el pasillo secreto.
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Cuando salió de la Primera Escuadra, alguien ya le esperaba.
—Rukia-san ya está en Mugetsu —le dijo Sado.
Mugetsu, fue el nombre que Ichigo le dio al Castillo del Seireitei.
Como una obediente esposa, Rukia siguió la instrucción de su marido. Le ordenó a la servidumbre el hacer los arreglos y partió luego del desayuno. Durante aquel largo mes, Sora envió a la Ciudad Estado la totalidad de las pertenencias de la joven —así como las de Ichigo—, a Mugetsu. Sin haberse alimentado y sintiéndose en extremo furioso llegó con toda la intención de comer. Pero nada más entró, cuando vislumbró un carruaje a las puertas de su Castillo. Tenía grabada la marca de la Décimo Tercera Escuadra.
—¿Chad? —inquirió Ichigo alterado.
—No estaba cuando fui a buscarte —dijo sin perder la calma, sujetando ya las riendas del caballo de Ichigo.
Momo le esperaba en el corredor principal, y solo le dijo donde estaba su esposa y la misteriosa visita. Recorrió su Castillo —guiado por la joven, ya que no lo conocía—, e ingresó. Rukia y el visitante le miraron, ella nerviosa y el estraño le esbozó una tenue sonrisa. Ishida estaba en un rincón, en cuanto Ichigo se sentó junto a su esposa él salió.
Uryū llegó a tiempo para partir con Ichigo y Rukia. Eso le resultó confuso y por demás precipitado al Kurosaki, ya que no había razón para que viajase con ellos. Sin embargo, al mismo tiempo no le debatió, por alguna razón sintió que le necesitaba. De hecho, su compañía le resultó por demás tranquilizante. Lo único diferente de su persona, era su vestimenta. Llevaba un conjunto tradicional chino de dos piezas en azul añil y de hecho, en el Seireitei le llamaban « Yīshēng» (19) creyendo que venía desde la lejana China.
El invitado era un hombre de rostro amable, que tenía una suave sonrisa en sus finos labios. Por lo visto Rukia se sentía serena a su lado, aquel dato lo serenó.
—Ichigo, te presentó al General Ukitake —Rukia hizo la rigurosa presentación—. General, le presento a mi esposo —le dijo con orgullo—. Me parece que está será la primera vez que crucen palabras.
Ambos hombres inclinaron levemente sus cabezas, ante el necesario saludo, menos informal que el necesario. De pronto ella se levantó, antes de que pudiese dar algún paso más Ichigo la sujeto confuso de su muñeca.
—¿A dónde vas? —él dijo.
—Trataran temas que no me conciernen, Ichigo —comentó liberando suavemente su mano y le dedicó una sonrisa—. General —volteó hacia el hombre—, ha sido un verdadero placer el verlo.
Ichigo mantuvo su vista clavada en la sjoji por la cual su esposa salió. De pronto, el hombre llamado Ukitake aclaró su garganta para llamar su atención. El Kurosaki volteó hacia él de muy mal humor, habría preferido mil veces la presencia de Rukia ahí para guiarlo. Cuando vivían en Karakura ella siempre estaba a su lado, pero… desde que llegaron al Seireitei ella actuaba diferente.
—Tu padre, fruncía el ceño de la misma manera —dijo para romper el hielo e Ichigo volteó hacía él con grandes ojos—. Pero, tú tienes los ojos de tu madre.
—¿Conoció… a… mis padres…? —balbuceó su pregunta.
Ukitake parpadeó confuso.
—Todo General activo lo conoció —suspiró recordando los viejos tiempos—, inclusive el Shōgun. Fue un hombre justo y fuerte… y tu madre amorosa y comprensiva.
—Gracias —dijo en voz baja—. ¿Qué puedo hacer por usted, General Ukitake?
—El Shōgun debió de…
—¡Ese viejo no se presentó —refunfuño cruzándose de brazos obviando el hecho de haber llamado al hombre tan despectivamente—, y me largué de ahí!
Ukitake se puso pálido y tenía la respiración entrecortada. Nunca nadie había cometido tal desaire contra el Shōgun, bueno… tal vez solo Kurosaki Isshin…
—Veo —murmuró—, entonces mi maestro no habló contigo. Entonces tendré que decírtelo yo —aclaró incómodo—. Debe de prepararse para tomar bajo su mando a la Sexta Escuadra.
—¡No voy hacerlo! —replicó exaltado—. ¿Qué se creen ustedes? ¡Rukia y yo volveremos una vez que todo se calme! —se puso de pie de un brinco y luego añadió—. ¡Yo…!
—No lo harás —Shinji finalmente se presentaba y no iba solo.
—¡Tú maldito Hirako, nada más llegamos al Seireitei y te desapareciste! —Exclamó Ichigo con fervor—. ¿Es que fuiste al Yoshiwara (20) a divertirte? —dijo luego de mirar a la mujer que le acompañaba. Tan furioso estaba que no la reconoció, llevaba el cabello más corto y otro par de gafas.
Un kunai (21) rozó su mejilla derecha, al poco tiempo se enterró violentamente contra una viga del techo. Ichigo reaccionó a tiempo, sin embargo resbaló y cayó de bruces al suelo. El arma, fue lanzada por la dama.
—Ella es Yodömaru Lisa —contestó Shinji sonriendo—, y no le gusta que hablen de ese lugar, Ichigo —le advirtió—. Ella no cometerá el mismo error dos veces —le explicó, quizás demasiado serio—, tu no lo esquivaste… ella erró —sentenció—. General —desvió su atención por un instante al hombre—, yo me haré cargo.
Ukitake se levantó, mientras fijaba su entera atención en Lisa. Quien al mismo tiempo le miraba sin emoción alguna. Paso a paso se fue acercando a ella, cuando estuvieron lado a lado se miraron por el rabillo de sus ojos.
—¿Dónde estabas? —masculló más tranquilo limpiando el chorro de sangre que brotaba de su mejilla.
Lisa se le acercó con un documento y se lo entregó. Tenía el sello real. Ichigo la miro y luego al vizard.
—¡Ábrelo! —le ordenó Shinji.
Ichigo obedeció, y leyó las letras escritas. Su mano le tembló.
—¡Hirako…! —dijo Ichigo con un hilo de voz.
La mujer le arrebató la carta, la hizo trizas y se la comió. Todo ante la atenta mirada del Kurosaki. Una vez que la degustó por completo, les dejó solos.
—¿Qué escribió? —preguntó el rubio, como si desconociera el contenido. Paseándose por la habitación.
—Que debo prepararme para dirigir la Sexta Escuadra… —se puso de pie con la clara intención de encarar al vizard— ¡No lo haré! —masculló en voz baja.
Shinji sonrió con desdén.
—Seguro… —replicó son sorna— Es una orden del Kōtei —le dijo.
—¡No me importa! —espetó Ichigo en un susurro.
—¡Estúpido! —murmuró de mala gana apartándose de él. Luego fue directo al zabuton que Ukitake ocupó antes.
—¡Voy a regresar a Karakura! —masculló impaciente.
—Su seguridad es precaria, Ichigo —comenzó a explicarle, le hizo un modesto gesto con la cabeza para que se sentase ante él.
—¡No pienso dirigir a la Sexta Escuadra! —dijo ocupando el zabuton.
—Es tu obligación, nadie más puede hacerlo.
—¿Por qué? —replicó en voz baja. Ante el confidente tono de voz empleado por Hirako momentos antes.
—Porque te casaste con su hija —las pupilas de Ichigo se dilataron con asombro—. El General Kuchiki no tuvo hijos varones, Ichigo. Alguien a quien heredar, es la única Escuadra que ha pasado de generación en generación por siglos —continuo Shinji subiendo un poco la voz—. Así, que el esposo de su única hija pasa a ser el nuevo General… Claro, que siempre esta la opción de que la dejes a ella tomar el cargo y… rodearse de hombres…
—¡Por supuesto que no! —chilló—. Es solo que… —comenzó a decir abatido— esto no es lo que quería.
Shinji sintió pena por él.
—Ya no eres un niño, Ichigo —suspiró al ponerse de pie—. Para el Hanami (22) recibirás oficialmente la devolución de tu título como Tsuki no kanshu.
—Yo solo… quiero… limpiar el nombre de mi padre…
—Tu padre fue un hombre admirable, y muchos aún le recuerdan con orgullo —Ichigo le miro llenó de asombro, ante lo cual Shinji le sonrió modesto—. La vida no será sencilla de ahora en adelante. Pero, este es el camino que elegiste indirectamente y como hombres, debemos de aprender a vivir con las decisiones que tomamos. Desde mañana comenzarás a prepararte bajo la guía de UkitakeJūshirō —le dijo—. Mira que te pudo ir peor —ante el desconcierto de Ichigo continuo—, pudiste ir a dar con Mayuri por ejemplo.
Y solo por un instante una vieja memoria pareció volver a su mente.
—¡Mira, mira! —Chillaba eufórico el niño—. ¡A que son bonitas! —señalaba con el dedo a unas cuantas ranas del estanque.
—¡Que va! —Dijo con cara de asco— son bastante feas.
El pequeño se carcajeó en su rostro.
—Voy a extrañarte —le dijo con la voz apagada—, ya no podremos seguir jugando…
—Te prometo —se inclinó—, que voy a visitarte, Ichigo… Y también voy a cuidarte… No olvides que tu querido amigo de juegos siempre cumple sus promesas…
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Cuando subió al carruaje que le llevaría de vuelta a su Castillo, observó al Quincy sentado sobre la rama de un árbol. Desde el cual los miraba con mucho interés. Shinji sintió un escozor en su piel, algo que Lisa percibió.
—¿Qué le sucede? —ella preguntó—. Se ha hecho lo que ha pedido —su quimono era tan corto que mostraba sus largas piernas.
—Tengo un cargo de conciencia —murmuro—, no creí que Yamamoto-Genryūsai-dono aceptase mi idea. Temo que esto se vuelva un arma de doble filo.
—¿Justo ahora se arrepiente? —inquirió con escepticismo.
—Me preocupan las intenciones de Yamamoto-Genryūsai-dono —le explicó—. Fue él quien detuvo las negociaciones de los ancianos del Clan Kuchiki con Ichigo y… eso no lo comprendo.
—Eso no es realmente lo que le preocupa —preguntó con un hilo de voz y de pronto pareció que su rostro se iluminó por los rayos del sol.
Shinji sonrió, como admiraba la perspicacia de la mujer que le acompañaba.
—Siempre me dejas sin palabras, Lisa —la halagó fervientemente—. Ukitake le dirá que estuviste en el Castillo de los Kurosaki.
—¿Y…? —Se cruzó defensiva de brazos—. No le pertenezco a él —Shunsui—, ni al Kōtei.
—Por supuesto… Tengo un favor más que pedirte, Lisa. Quiero que te vuelvas amiga de la señora Kurosaki —le pidió.
Yodömaru arqueó una de sus cejas llena de escepticismo.
—¿Seguro? —dijo ella con duda.
—En realidad, quiero que vigiles al Quincy. Ella solo será tu pretexto para acercarte.
—¿No sería mejor usar a Hiyori? Tienen casi la misma edad —terció ella.
—No —hizo un movimiento en el aire con su mano izquierda—, es demasiado ruidosa y no sabe guardar las apariencias. Y ese Quincy es demasiado sagaz, la descubriría a la primera.
—¿Y qué hay de mí?
—Tú le darás de que pensar —dijo divertido—, que el Kōtei envié a su keisei,(24) al hogar de los Kurosaki hará que todo el Seireitei hable —replicó concentrado en su reacción al tiempo que comenzó a mirar las calles—. Además, es un movimiento político por excelencia —murmuro—. Rukia-chan sabrá que tenerte cerca le dará ciertos privilegios que solo el Kōtei puede ofrecer… ¡Detén el carruaje! —ordenó de improvisto.
De inmediato el chofer obedeció en el acto, con tanto ímpetu que sus ocupantes se golpearon el uno con el otro. Hirako había visto a alguien con quien necesitaba hablar, sutilmente descendió, no sin antes darle una mirada concisa a la bella mujer que le acompañaba. Era un sencillo «lo dejo en tus manos, Lisa». Cerró la puertecilla y se alejo, ella sabía que no le verían por días. Desde que Shinji llegó a Karakura, durante la terrible inundación y luego de percibir como no lo perdía de vista, lleno de desconfianza hacia su persona; comprendió de inmediato que debía de ser en extremo cauto. Algo en el Quincy le causaba confusión, y le hacía sentir en extremo incómodo. Siempre parecía estar un paso delante de él. No obstante, Ichigo al parecer confiaba ciegamente en su persona. Pero, por sobre todas las cosas, no comprendía porque había viajado con el matrimonio Kurosaki a la Ciudad Estado. No se suponía que hubiese algún Quincy en el Seireitei. Tenía el extraño presentimiento de que todo tenía relación con Rukia… e iba a averiguarlo.
Hirako se acercó a la mujer más hermosa que caminaba por las calles, la cual tenía un llamativo lunar sobre sus labios y una delantera en extremo generosa. En cuanto ella lo miro le sonrió por demás alegre, al ver a un viejo rostro conocido.
—¡Hirako-sama! —Rangiku le sonrió alegremente.
—Lamento importunarla.
—Para nada, para nada —dijo aún risueña—. Pero sabe una cosa, Hirako-sama —comenzó a decir en un tono de voz por demás confidente—, Ichigo estaba muy preocupado —murmuró contra su oído.
—¿Por mí? —exclamó demasiado sorprendido.
—¡Por supuesto, creyó que algo le había sucedido! —comentó al alejarse.
—Lo siento, se disculpo con ella. He estado bastante ajetreado con la situación —se quejó amargamente con ella—. Pero ya puede estar tranquila, Matsumoto-san, hoy hemos coincidido.
—Menos mal —suspiro aliviada—, Ichigo le aprecia mucho aunque no lo diga —dijo con una amena risita— y además… la gente aquí habla mucho… —eso último lo comentó apenas despegando sus labios.
Hablaban en una de las calles más transitadas de la Ciudad Estado, donde se encontraban los principales comercios. Talleres de telas, ventas de quimonos, comida, posadas, tabernas y demás. Sin embargo, Hirako sabía que eran realmente observados por la exquisita belleza femenina. Obviando el hecho de que las calles estaban cubiertas de nieve, Rangiku parecía no tener la intención de cubrir más sus senos y aquello levantaba miradas lascivas que a él, bien o mal comenzaban a importunarlo.
—La gente de aquí siempre habla mucho, Matsumoto-san. ¿Le apetecería beber algo? —sugirió señalando una taberna cerca de ellos.
Shinji había comprendido que Rangiku sería una fuente de información invaluable, con respecto a la relación del Quincy con Ichigo. Sabía que bastarían unas copas de más para que ella dijese toda la verdad, sin que se levantasen sospechas por sus incómodas preguntas. Al estar ella ebria, sola hablaría.
—¿No está de servicio? —masculló confusa, y a un paso de aceptar encantada.
—¿Me ve acaso con la máscara puesta?
—Bien —sonrió ampliamente, ya comenzando a disfrutar del sake en su garganta—, Hirako-sama ya… —de pronto enmudeció y se puso en extremó pálida.
Shinji nunca la había visto tan empalidecida y al parecer asustada, en todo el tiempo que tenía de conocerla. Ella siempre se mostraba por demás risueña. Antes siquiera de poder preguntar, una amenazadora presencia se mostró detrás de él, o mejor dicho su gallarda sombra —ahora que las nubes se apartaban—. Precavidamente el vizard se giró. La lozana figura de un hombre se mostraba, amenazadora en extremo con su persona. El General Ichimaru estaba detrás de él, así como parte de su Escuadra. La yerra sonrisa que siempre tenía había desaparecido, reemplazada por una línea casi recta en sus apretados labios. Entreabrió sus ojos, el sereno y frío azul se perdió en la inmensidad de unos grises que lloraban.
—Rangiku… —murmuró y ella huyó despavorida, comenzó a correr calle abajo y la perdió de vista cuando dobló en una esquina— ¡Mantente lejos de ella! —escuchó la fría voz del General Ichimaru, que le advirtió en un leve murmullo.
Hirako permaneció ensimismado durante un largo tiempo. Lo que acababa de ocurrir le resultó incomprensible. Cuando reaccionó, solo observó el blanco haori con el número «tres» cosido.
—Vaya, vaya… —una extraña sonrisa de dibujo en sus labios— Parece que todos los que rodean a Ichigo tienen oscuros secretos —se dijo.
Tropezó en la fría nieve al torcerse un tobillo. Aún estaba lejos del Castillo de los Shiba —y más aún del de Ichigo—. Le ayudó a levantarse un joven rubio.
—¿Se encuentra bien, señora? —dijo el hombre.
—Si, gracias… —apartó su mirada cuando un gesto de inconfundible dolor la dominó.
—¿Dónde vive, señora? —preguntó dispuesto a ayudarla.
—No es necesario… oficial —comentó luego de haber visto sus ropas de shinigami, lentamente apartó su mano del desconocido. Cuando una voz gritó su nombre.
—¡Rangiku-san! —Chilló la voz de una mujer que diligente llegó a su lado, desparramando en la nieve sus compras—. ¿Qué te sucedió? —cuestionó compungida.
—Tropecé —dijo seca.
Momo se apartó un poco, el timbre de voz usado por Matsumoto fue demasiado inusual. Ella jamás se expresaba tan seria, y ahí lo percibió el rastro de lágrimas por su rostro. Furiosa se volteó hacia el hombre que la acompañaba, creyendo que este era el responsable de su desgracia.
—¡Usted…! —Calló de inmediato, al reaccionar al verlo—. Usted… —repitió mucho más calmada— es el oficial Kira —murmuro.
—Ojousan(24), Kurosaki —le dijo mientras hacía una exagerada reverencia—. Me siento halagado de que recuerde quien soy, pese a no ser nadie en realidad.
Momo adoptó una postura intangible al escucharlo hablar.
—Claro que lo recuerdo, oficial Kira —murmuró mientra este se erguía—. ¿Podría ayudarme a llevar a Rangiku-san a casa?
—Será todo un honor, ojousan.
Un palanquín que pasaba fue detenido y usado por las damas. Muy amablemente y sin esperar ahora ser rechazado, el Capitán Kira se ofreció personalmente a escoltarlas a Mugetsu. A una distancia prudente el General Ichimaru les observaba, cabeceó ligeramente cuando su oficial le miro. Él le había ordenado el ayudarla.
—No deberías de estar aquí, Rangiku… —dijo el General en voz baja.
—¡Gin, Gin! —ella gritaba al llamarlo.
De pronto, el finalmente pareció escucharla, ya que se detuvo.
—Me iré —fue lo único que le dijo.
La cabizbaja mujer se soltó a sollozar en voz baja, mientras se abrazaba a si misma llena de angustia y dolor.
—¡Yo no tuve la culpa!
Él no le respondió, simplemente se marchó dejándola sola en el medio de la nieve.
—Yo no tuve la culpa… —murmuró.
Uryū no pudo apartar la vista de ella, luego de haberle vendado el pie lastimado.
—¿De qué no es culpable, Rangiku-san? —Ishida preguntó.
En ese momento, Matsumoto regresó a la realidad. Parpadeó confusa y luego se rió tontamente, como si así pudiese obviar la pregunta. Justo cuando ingresó Ichigo a la habitación comenzó a hablar como si estuviese ebria.
—Uryū-kun, yo… —hipaba.
Ishida arrugó el ceño. Simplemente se levantó y sujetó delicadamente el hombro de Ichigo.
—Dejémosla descasar —le dijo.
Ichigo salió molesto de la habitación, el pensar que debido a su ebriedad se había lastimado.
—Gracias…
—Yo no tuve la culpa de que nuestro hijo muriera… —la voz de su pasado dijo.
—Siempre tuve la culpa… ¿verdad Gin? —musitó sujetando el collar entre sus manos.
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Hacia finales de Febrero, el matrimonio Kurosaki parecía que se ponía al día con las estrictas exigencias de la Nobleza. Además de tener que ir a la Décimo Tercera Escuadra todos los días, también debía de aceptar las invitaciones que le llegaban. Y una de esas vino de mano de un hombre que le resultó en extremó asqueroso, se trataba de Minamoto Goro. Al inicio de la cena, todo transcurrió con normalidad e inclusive por un instante le pareció un sujeto agradable, hasta… que comenzaron a beber sake —mejor dicho Minamoto, Ichigo era abstemio con el alcohol—. Llegó a un estado tal de ebriedad que soltó descaradamente su intención real. En pocas palabras, solicitaba su aprobación para casarse con una de sus hermanas, él había fijado su vista en Orihime. Rukia le miró llena de pánico, quiso negarle con la cabeza pero la decisión no sería suya. Como fue de esperar, Ichigo refutó sin el menor indicio de una nueva conversación el ofrecimiento.
—¿Qué le pasa a ese maldito? —gruñó Ichigo en su aposento sobre el futon esperándola.
—Siempre lo hace, Ichigo —le dijo cuando se retiraba un kanzashi del cabello, lo observó a través del reflejo del espejo—. Incluso le hizo una propuesta a mi padre —tembló al recordarlo—. De solo pensar me da asco —hizo un mohín en su boca.
—¿Por qué?
No era usual que Rukia hablase mal de ninguna persona en particular, por más sentimiento que tuviese en su contra. Inclusive con Urahara, cuando le llegaba a mencionar lo hacía respetuosamente.
—Es verdad, tú no lo sabes —dijo cuando reaccionó ante ese hecho—. Ha tenido infinidad de esposas, Ichigo. De hecho, la esposa actual del General Ukitake estuvo casada una vez con él —le dijo ante la atenta mirada de su marido—. Siempre las había repudiado, porque ninguna le había dado un hijo, pero con la señora Soin Fong todos nos llevamos una desagradable sorpresa.
—¿Qué quieres decir? —se aproximó a ella, ya picado de la curiosidad.
—En menos de un año de casada con el General Ukitake, ella le dio un hijo. ¿No lo entiendes…? —dijo desanimada al no verlo impresionado—. No solo la señora Soi Fong ha dado a luz, otras tres antiguas esposas lo han hecho —comentó fríamente—. Ahora ningún Clan está dispuesto a darle una hija. No después de que su primera esposa desapareció y se corrieron rumores que él la mató.
—No es un grave problema, él puede adoptar —dijo quitado de la pena.
—Puede hacerlo, solo para tener a quien heredar —indicó cruzándose de brazos—. Pero, no hay una esposa para el Kōtei —sentenció—. Esto debes saberlo tan bien como yo —espetó duramente—. Solo las mujeres de la familia Minamoto son aceptadas como esposas para nuestro Señor.
Durante siglos, una larga costumbre unía al Clan Minamoto con la familia Imperial. Y desde hacía incontables generaciones una mujer era elegida para convertirse en la nueva acompañante del Kōtei. Si bien cualquier Noble podía realizar la importante función de engendrar al siguiente heredero, la tradición superaba a la razón. Y el pueblo no aceptaría a nadie más que no perteneciese al Clan Minamoto.
—Tienes razón… —comentó ocultando la boca con su mano dispuesta sobre esta—. ¿Entonces…?
—Nadie lo sabe, Ichigo. El Kōtei sigue sin tener un hijo y el trono peligra.
—¿Qué hay de Yodömaru? —preguntó Ichigo.
Rukia arqueó una de sus cejas llena de impaciencia.
—¿Una mujer del Yoshiwara como emperatriz?
«Ella es Yodömaru Lisa, y no le gusta que hablen de ese lugar». Las palabras de Hirako se repitieron fuertemente en su cabeza.
Se dejó caer sobre el futon rendido y por demás cansado, entrecerró sus ojos y estuvo a punto de quedarse dormido, sin más el cálido cuerpo de su esposa le acompañó.
—¡Estoy hecho trizas! —se quejó al sentir como Rukia metió su mano en su yukata.
—¿Para todo?
—Si —dijo completamente abatido.
—¿Puedo darte un masaje? —ella sugirió con un tono de voz bastante indecoroso, tanto que él la miro.
—No me tiente, señora Kurosaki —advirtió juguetonamente.
—¿No? —preguntó con una melodiosa voz.
—Me voy a quedar dormido —chilló.
Rukia ya se había sentado sobre el futon y le miraba compungida.
—Lo siento.
—¿Qué es lo que sientes? —la miro atento.
—Tú desdicha…
—¿Cuándo me has escuchado quejarme? —Espetó furioso mientras la tomaba del mentón—. ¡Dije que estoy cansado, no que odio ir a la Escuadra! —la zarandeó—. ¡Tonta! —Dijo mucho más tranquilo al verla con una sonrisa—, no te preocupes por mí —la abrazó contra sí—, sino por ti —besó su frente—. Quiero que salgas —sugirió, más su mandato tuvo un tono imperativo.
—No tengo muchos deseos —murmuro.
Ichigo se alejó de ella, entrecerró sus ojos y le dio un fuerte coscorrón, al usar su propia cabeza para golpear la de ella.
—¡Me dolió! —sollozó.
—A mí me duele tu actitud —espetó con acritud—. No paran de hablar por ahí que no te dejo salir del Castillo —refunfuño.
—Ichigo…
—¿No tienes a quién visitar? —resolló Ichigo.
—Bueno… si…
—Ya tienes planes mañana —se dejó caer sobre el futon, mientra abrazaba a su esposa—. Tu padre no volverá Rukia, se que duele… yo estaré aquí siempre para ti.
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Kiyone se había indispuesto para el día que Rukia la visitaría. «Está en cama» le había dicho la servidumbre. De vuelta a su hogar, recordó a una mujer que debería de visitar. Ordenó que su palanquín (25) fuese hacia el oeste, vería a Yoruichi. Fue recibida con magnanimidad, por parte de los criados del Clan Shihōin.
—¿Quieres venir, Uryū-kun? —dijo Rukia mientras descendía del palanquín.
—Esperaré aquí.
—¿Seguro? —preguntó ella.
—Aquí no debería de haber peligro —murmuró—. Rukia-chan… guarda el secreto por favor.
Desde que Ichigo pasaba horas en la Décimo Tércera División, Ishida se había convertido en el principal protector del Clan Kurosaki. Ya que el joven le cedió el completo control de la tropa que se le asignó y contrato. Sado debería de estar al pendiente de la seguridad de Momo y Orihime. Keigo y Mizuiro podrían cuidarse por sí mismos —así lo habían decidido—; pero Rukia necesitaba de la mayor protección. Las pocas veces que había salido, fue acompañada por el Quincy.
La habitación donde la joven debió de esperar estaba en el corazón mismo del Castillo. Hermosos biombos con el motivo de grullas estaban expuestos, así como un esplendido quimono rojo. El más hermoso que había visto, tejido con la más fina tela de seda, bordado con hilo de oro y con el estampado de un gran tigre. Rukia esperó pacientemente a Yoruichi —ya que no había informado con antelación su visita—, mientras degustaba un festín de comida. En muy poco tiempo, la morena se tranquilizó al verla; corrió hacia ella y la abrazó.
—¡Rukia-chan! —musito—. ¡Lo siento tanto!
El protocolo para el funeral de su padre fue muy estricto. Un temeroso Shōgun ordenó sola la presencia de mandos militares, la Nobleza del Seireitei no fue requerida.
—Gracias —intentó sonreír.
Hubo un largo silencio en el cual, ninguna de las dos supo que decir.
—¿Cómo has estado? ¡Y quiero la verdad! —advirtió con la mejillas encendidas.
—Si mi padre estuviera, estaría mucho mejor.
La morena no parecía muy convencida.
—¿Cómo es tu vida con él? —preguntó agria.
Rukia abrió sus ojos con mesura.
—¿Con él…? ¿Habla de mi marido?
Yoruichi le afirmó con un suave movimiento de su cabeza.
—Casi nunca sales de Mugetsu… la gente habla, Rukia —le dijo con recelo.
—La gente siempre hablará —soltó malhumorada.
Yoruichi quedó pasmada con la respuesta. La joven Rukia que ella conoció era una niña obediente, cauta y tranquila. La persona que tenía ante ella tenía carácter, era enérgica y temperamental. Sus facciones y no eran las de una chiquilla… ahora era una mujer hecha y derecha.
—Has cambiado, tu marido te ha cambiado —comentó sorprendida.
—He cambiado, cierto es. Pero no porque Ichigo me lo haya exigido, sino porque he querido —Rukia sintió cierta incomodidad al sentir como las palabras de Yoruichi atacaban a su marido—. Soy una mujer libre que puede tomar sus propias decisiones, esa es la persona que es mi esposo quiere y acepta que sea.
La morena esbozó una sonrisa.
—¿Ichigo…? —Soltó coqueta—. ¿No hay un «sama» para él? —arqueó una de sus cejas.
Rukia se sonrojó, pero mantuvo su vista al frente.
—Ichigo —repitió—. Yoruichi-san —su tono de voz se volvió en extremo confidente—, ¿cuánto se debe esperar para saber si viene un niño en camino? —el color carmín dominó sus mejillas.
La Noble soltó una risita ingenua. Pudo haberle bromeado con la situación, sabiendo que la tomaría por demás con la guardia baja. Más no lo hizo al verla tan decidida.
—Deberías de consultarlo mejor con Kotetsu Isane —aclaró seria—. Si lo estás, ella será la indicada para decírtelo.
—No creo estarlo, solo quiero saber.
—¿Por qué no crees estarlo? —Dejó de investigar cuando la percibió compungida, luego suspiro—. Tu sangrado deberá de parar, tendrás mareos por la mañana, algunos ascos como los primeros síntomas.
—Ya veo…
—¿Rukia-chan, en tu noche de bodas…?
—No paso nada —dijo rápidamente.
—¿Nada…?
—Bueno… —comentó serena— discutimos esa noche y luego salí de la habitación cuando le abofetee, y no volví a ver hasta la mañana siguiente —decía con prisa—. Al día que deje la Ciudad Estado. Luego llegamos a Karakura y él salió de viaje, yo me quede sola, él volvió discutimos, me besó y… —guardó silencio cuando vio abierta la quijada de la morena.
—¿No uso su derecho del día de boda? —masculló anonadada. Rukia le negó con la cabeza—. ¿Entonces, ustedes nunca…?
No necesito hablar o hacer un gesto para responderle, enrojeció hasta las orejas y en ese instante ya no fue capaz de verle.
—Ya hemos estado juntos —terció extremadamente incómoda por dar un detalle tan privado de su vida personal—. No me obligó —aclaró al verla con la intención de preguntar—. Yo decidí entregarme a él y no me arrepiento —dijo sin alterarse.
—¿Entonces por qué tu pregunta?
—Tengo miedo, Yoruichi -san.
—¿De qué?
—De no poder darle un hijo —exclamó con verdadero pánico en sus palabras.
La Noble soltó tal carcajada que Rukia se sintió ofendida, ya que creyó que se reía de su desgracia. La morena confirmó en muchas maneras, que ella seguía siendo inocente en muchos sentidos. Sin embargo, la verdadera sorpresa fue descubrir la clase de hombre que era el marido que Rukia tenía por esposo. La forma en la que habló de él, le dijo mucho más que los rumores que escuchó. Al parecer él —Ichigo— se había comportado como un verdadero caballero, muchos otros habrían obligado a la esposa a entregarse el día de la boda, usando su derecho al lecho. Convirtiendo el acto en una obligación para la joven desposada. El hijo de Isshin resultó ser un hombre que le hacía honor al nombre de su padre.
—Un día, un niño descansará en tu vientre —sujetó precisamente su vientre con gran amabilidad, mientras le guiñaba uno de sus ojos de forma pícara—. Ese hombre no te dejará nunca, Rukia-chan… Ese hombre está enamorado de ti, niña tonta —le lanzó una mirada dura antes de hablar—. Hablaste igual que tu madre —recordó con franco cariño—, ella solía decir las mismas cosas de tu padre, Rukia-chan.
—¿Está… enamorado de mí? —la voz le tembló cuando lo dijo.
—Te ama, mejor dicho. Cuando sea el momento le darás un hijo —añadió con vivacidad.
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A mediados de marzo, la nieve ya casi había desaparecido de las calles de la Ciudad Estado. Poco a poco, la calidez del clima iba en aumento y la poca cantidad de nieve que quedaba iba derritiéndose día a día. Y ya en abril, en el anhelado Hanami el Seireitei estaba cubierto de hermosos pétalos rosados. Rebosaba un espíritu en general de armonía y paz. El mismo día que comenzó el festival, Ichigo recibió la devolución de su título sin ceremonia alguna —principalmente porque el Kurosaki no lo deseo—. Shinji, llegó a Mugetsu en compañía del Rōjū (26) —Hachigen— quien le entregó un gran bloque de madera de pino, de unos quince centímetros por lado, en cuyas cinco caras estaba el sello real, solo en la última reposaba dignamente la calavera llameante. Y así de sencillo volvió a nacer la cuarta Casa Noble, los Tsuki no kanshu.
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Ukitake se paseaba de un lado a otro en su oficina, gimiendo constantemente arrugando la frente. Alguien ahí le miraba intranquilo, aunque se mostraba más calmado que su amigo. Se sirvió un poco más de sake, para pasar el amargo momento que ambos compartían.
—Tranquilízate —le dijo.
—¡No puedo! —Soltó de prisa caminando hacia la ventana, mientras miraba a Ichigo marcharse pasando por fuera y doblando en la esquina—. No creo que nuestro maestro esté actuando prudentemente —tajó.
Shunsui sonrió de forma abyecta. Él también lo consideraba un tremendo error, pero poco podía hacer para cambiar el punto de vista su antiguo maestro.
—Yama-Yi ha decidido —le recordó—, no puedes hacer nada por el chico, Ukitake.
—¡Kyōraku —habló llenó de pánico—, enviarle con él es…!
—Una sentencia casi de muerte —el «casi» fue pronunciado tan lánguidamente que estremeció al hombre de blanca cabellera. Así como la dura mirada que le dio a su mejor amigo, acallaron las quejas provenientes de sus labios. Extenuado y rendido, Ukitake se desplomó llano en su asiento—. Yama-Yi, debe tener sus razones para esto, Ukitake… Confiemos en que ha aprendido lo suficiente a tu lado y… —Jūshirō emitió un quejido— en su dominio con la Zanpakutō.
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Abril llegó con tanta rapidez que Ichigo se asustó con la facilidad que comenzaba a desenvolverse en el Seireitei, su vida comenzaba a ser una perfecta rutina sin contratiempos. Visitaba regularmente a Kūkaku, quien seguía sin darles señas del paradero de Ganju, solo le espetaba un terco «no te importa» o «asuntos del Clan Shiba.»
El cumpleaños de Rukia transcurrió también sin gran algarabía, ella no deseó ningún tipo de celebración ya que continuaba en luto. Y él aceptó sin hacer ningún tipo de discusión. No fue así, su primer aniversario hacia finales de abril. Organizó un descomunal banquete en el que fueron invitados los más cercanos amigos, entre ellos la Shiba, Yoruichi —a quien Rukia insistió en llamar—, al General Ukitake y por supuesto, al vizard Shinji. Una invitada inesperada fue la keisei del Kōtei, a quien nuevamente Jūshirō no pudo dejar de mirar. En la intimidad Ichigo se plació en obsequiarle un abanico traído desde China que ella adoró, así como una noche de entera pasión entre ambos. Ambos agradecieron el calido momento, ya que Ichigo últimamente estaba extasiado con las responsabilidades que el General Ukitake depositaba en él. Los ancianos del Clan Kuchiki todavía no hablaban con él, hacía poco se había enterado que el Shōgun había tomado la responsabilidad temporal de la familia. «Temporal…» eso le daba mala espina. Noches enteras las pasaba en vela, repasando lo aprendido en el día, Rukia ahora administraba de lleno el Castillo y la gente comenzaba a murmurar…
Que luego de un año de vida conyugal la pareja aún no tenía un hijo. Algunas mujeres promiscuas, comenzaron a intentar obtener el favor del Señor Kurosaki —que abiertamente las rechazaba—. Una amante, le dijo una con la vista ensoñada, «todo gran amo tiene una…» «Un heredero necesita en sus brazos» otra más soltó. No obstante, en la soledad y con Rukia durmiendo en sus brazos, no paraba de preguntarse « ¿cuándo sería su momento de ser padre?»
Esa mañana cuando llegó a la Décimo Tercera Escuadra, Ukitake le esperaba. Solo le indicó que el Shōgun solicitaba su presencia, asegurando que aquella ocasión si estaría. Meditabundo y no muy creyente de las palabras Ichigo fue a ese encuentro. El General estaba acompañado por otro alto mando militar, un sujeto con un haori rosado y las mejillas encendidas —producto del sake que bebía— y que no paraba de mirarlo por lo bajo.
Ichigo llegó a la Primera Escuadra, de donde fue escoltado por el Capitán Sasakibe hacia la habitación en donde se entrevistaría con el Shōgun. La misma donde antes le espero. Tenía varios días que una sensación incómoda le inquietaba, comenzó a preguntarse si la reunión del día tendría que ver con el Clan Kuchiki. Movió su cuello en pequeños círculos, intentando alejar la tensión; la espalda le dolía, así como la cintura. De pronto, en el medio de su queja Yamamoto llegó. Un fuego tal irradiaba de los viejos ojos que el joven se sintió más que diminuto, el anciano irradiaba tal presencia que comprendía bien porque ahora estaba a la cabeza del Teikoku. Era imposible no mirarlo sin sentirse avergonzado.
—No se permiten las armas de guerra en este salón —intervino con su potente voz.
—Kurosaki-dono — Sasakibe colocó sus manos frente a Ichigo para que le entregase su Zanpakutō, la que el retiró de su espalda y le entregó. El Capitán salió.
—Shōgun… —se atrevió a decir el joven.
La mano en alto de Yamamoto lo silencio.
—¡Seré directo con usted, Kurosaki! —lo cortó con demasiada aspereza—. Ninguno de los dos necesita perder más tiempo. Viajará al Norte y permanecerá hasta fin de año con el General Zaraki.
Un intenso brillo furioso se mostró en los ojos marrones que le miraban. No había desdén o preocupación, sino más bien ira. Una fuerte ira que dejó mudo al anciano.
—¿Quiere matarme? —dijo Ichigo con un gesto sombrío.
Yamamoto golpeó el piso de madera con su bastón con tal fuerza, que se quebró.
—¡Te estoy preparando para dirigir una Escuadra! —le gritó—. ¡Si quisiera matarte no me tomaría tantas molestias! —repuso furioso—. ¡Hago esto por ella!
—¿Por ella…? —repitió confuso.
—Por Rukia —contestó el anciano.
—No le comprendo —masculló a penas separando sus labios, con el temor inundándolo.
—Urahara Kisuke fue tu maestro… ¿acaso él no te lo dijo?
—¿Decirme qué…? —inquirió Ichigo.
El rostro del Shōgun se endureció con rapidez, paseó su larga y huesuda mano sobre su barba. Tal parecía que buscaba las palabras perfectas para explicarse, ya que se formó un largo silencio que solo fue roto cuando el anciano ocupó el zabuton. En última instancia invitó al Kurosaki a sentarse también.
—El futuro del Teikoku pende de un hilo —susurró en voz tan baja que Ichigo tuvo que agudizar sus oídos para terminar de escucharle—. Y en tus hombros —lo señaló con su lánguida mano—, descansa el destino de nuestro pueblo —el temor en el rostro del joven lo hizo reaccionar ante su error—. Mejor dicho, en el vientre de su esposa.
—¡Explíquese! —le urgió.
Yamamoto exhaló tan profundamente que su larga barba tembló.
—Urahara debió de haberte dicho —terció molesto, y luego le miró sin emoción alguna—. Aunque, no me extraña de ese hombre… nunca a sido de fiar —gruñó mientras arrugaba el ceño—. Ginrei y yo fuimos parientes de sangre, mientras él estuvo vivo. Fui tío-abuelo de Byakuya… y por lo tanto Rukia-chan es mi bisnieta —sentenció a un Ichigo que abrió la boca con mesura—. Y tú… —dejó de hablar un momento— eres descendiente de la familia del Kōtei —Ichigo sintió lo arenosa y seca que estaba su garganta—. Tú padre y nuestro señor, fueron primos hermanos.
Las princesas nacidas de un Kōtei, debían de contraer nupcias con algún miembro de las Cuatro Casas Nobles. Y en caso de no haber un pretendiente, eran cedidas antes los dioses. Se convertían en mikos (27) vírgenes, que les servirían por el resto de sus vidas. En ese momento, el destino jugó con la vida de los mortales.
La mano de una princesa fue cedida en matrimonio al Clan Kurosaki, la hija mayor del entonces gobernante se matrimonió con el padre de Isshin. Enlacé que fue recibido con bendición, siendo considerado un augurio de la buena fortuna. Esa mujer dio a luz a su único hijo, al que llamó Isshin. El hermano de ella, años después vio nacer a su primogénito y heredero, por desgracia murió debido a una enfermedad. Shinji quedó huérfano a muy corta edad, por lo que el poder pasó a manos de la Chōtei e Isshin fue obligado a dirigir la Primera Escuadra.
—¡Imposible! —repuso Ichigo poniéndose de pie de un brinco. Le atormentaban las palabras del anciano y supo que este estaba más que asombrado, los ojos le brillaron con recelo.
—¡Siéntate! —le espetó. Esperó a que ocupase nuevamente el zabuton—. No seré eterno, Kurosaki y el poder para que el Kōteigobierne peligra —dijo sin alterarse—. Yo no tengo descendencia al cual darle el poder, si ocurre lo inimaginable —en otras palabras, si no nace una hija en el Clan Minamoto—, salvo Rukia-chan… —le aclaró— Pero una mujer no puede gobernar. Y tú… aunque tus títulos y tierra han sido devueltos, sigues siendo el hijo de un traidor…
—¡Cállese! —le gritó furibundo ante el insulto del nombre de su padre.
—… la corona para gobernar no será tuya, Kurosaki—continuó como si no hubiese habido una ininterrupción tan estrepitosa por parte del joven—. Será de tu niño —dijo firmemente—. Por ello su padre debe prepararse, por ello debes protegerles… ¡Si sobrevives a Zaraki, vencerás a la muerte! —Yamamoto habló en voz baja mientras se levantaba del zabuton—. ¡Mi decisión no está en discusión —bramó a viva voz—, partirás al atardecer del día de hoy! ¡Ve y despídete de tu esposa!
Su ancha espalda fue lo único que Ichigo mantuvo en su mente por varios minutos. Sin la presencia del hombre, se dejó caer con soltura, sudaba frío y tenía demasiados escalofríos. « ¿Pariente del Kōtei?» se repetía una y otra vez, incapaz de poder creerlo. Urahara lo sabía y no le había dicho… seguramente Kūkaku y Sora también estaban al corriente, pero, y ¿Rukia…? ¡No! Negó fervientemente con su cabeza, de entre todos ella no le mentiría, no lo haría. ¡Era la única en la que confiaba, a la única a la que le mostraba sus temores, a la única que le había abierto su corazón! A la única… a la única… Salió con tanta prisa que chocó fuertemente contra el Capitán Sasakibe, le arrebató su Zanpakutō con la mirada enfurecida.
—«El poder para que el Kōteigobierne peligra» —Shinji repitió hosco, mientras le miraba por el rabillo de su ojo. Yamamoto también lo hizo.
—Siempre será el Dios terrenal, Kōtei… sin una esposa…
Hirako chascó su lengua con demasiada algarabía. Aquello no le importaba realmente a él.
—Sea precavido, Yamamoto-Genryūsai-dono —insinuó pedante.
—¡Niño…! ¿Te atreves a amenazarme? —escupió al hablar—. ¡Ni siquiera eres capaz de probar su inocencia!
—No necesito probarla —le dijo furibundo—. ¡Y usted lo sabe al igual que yo! —el anciano fue incapaz de mirarlo, sabiendo que las palabras del rubio eran ciertas—. ¡Usted nunca ha creído que su mejor pupilo fuese un traidor al Teikoku! —El Shōgun sujeto con mucha fuerza su bastón—. ¡Pero a diferencia mía usted es ciego y no quiere ver…! —le espetó irritado—. ¿Quiere pruebas…? ¡Pruebas le daré! ¡Y cuando todo esto termine…!
Se silenció en el acto, cuando una de las criadas se les acercó temblorosa. Era Mashiro. Hirako la miro perplejo, incapaz de comprender el motivo de su interrupción. Estuvo a un paso de gritarle que se marchará, pero…
—Su medicina, mi señor —pronunció en un leve murmullo.
Kuna sostenía una fina bandeja de plata, sobre la cual había una pequeña taza de porcelana aparentemente sencilla, de un sólido color terracota. Ya estaba llena, así que Yamamoto se la bebió de un solo trago. Hizo un desagradable mohín con la boca, y luego le hizo un gesto a Mashiro con la mano para que se retirara. La mujer se negó a mirar a Hirako a los ojos. Sabía lo que vendría y temía.
—Estoy muriendo, Kōtei… —anunció imparcial como si eso no fuese importante— A menos que Minamoto tenga una hija con la cual pueda casarse… el trono milenario que nos ha regido desaparecerá muy pronto —enterró sus uñas en el hombro derecho del rubio—, no tengo más opción que forzarlos —soltó completamente abatido.
El hombre que parecía un inmortal, estaba muriendo… Yamamoto-Genryūsai sucumbiría a finales del siguiente año.
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La okunsa (28) ordenó que los futones del Castillo fuesen airados, el buen clima animaba a tan pesada labor. Las criadas no se daban abasto con la encomienda. Algunos más limpiaban los corredores de madera una y otra vez, hasta que los dejaron tan relucientes que era posible ver su propio reflejo. Rukia suspiro a lo lejos, bajo la sombra de un gran árbol mientras leía unos cuantos poemas. Cuando se le acercó Mizuiro.
—¿Rukia-san? —Dijo el hombre con prisa—. Ichigo te busca —la ayudó a levantarse—, te espera en su recámara.
Compungida, la joven marchó al encuentro de su marido. No sin antes indicar la siguiente tarea de limpieza a la servidumbre —desempolvar el almacén donde se guardaban los quimonos—. Avanzó entre los largos corredores interiores, con diminutos pasos subió las extenuantes escaleras hasta el tercer piso. Uryū estaba de pie meditabundo en el último escalón por el cual ella debía avanzar, la miro solo un momento y se marchó. Le contempló preocupado y eso la asustó. Cuando ingresó, miro a su esposo que observaba los amplios jardines de Mugetsu. En cuanto la escuchó, cerró la ventana oscureciendo la habitación y unos recelosos ojos la miraron.
—¿Ichigo…? —habló cauta, no comprendiendo su enfado con ella.
Ninguna palabra salió de la boca de su marido, fue acallada por unos demandantes labios que la besaban con tal frenesí que la tomó por demás desprevenida. Confusa en un primer momento tardó en responder como él lo deseaba. Se apartó de ella —solo un poco—, para sujetar su pequeña cabeza entre sus manos. Rukia tembló al ver el fuego que estallaba en los orbes marrones, solo atinó a cabecear y él volvió a besarla. Esa ocasión fue correspondido como él quería. Ella también se volvió posesiva, y sus lenguas se enfrascaron en un fiero combate donde no hubo un solo ganador. Tan solo un doloroso empate. Cada beso, cada suave caricia fue encendiendo una llama salvaje de pasión que hasta entonces les era desconocida. Les resultó inverosímil como el deseo los consumía.
Llegó enardecido dispuesto a enfrentarla, pero no pudo… No luego de escucharla pronunciar su nombre de aquella manera tan delicada. Su mote saliendo de sus labios derritió todas sus duras defensas. Y lo supo… sin la necesidad de preguntar que ella no sabía nada.
Ichigo gruño, más no dejó de besarla, le dolía la espalda dada la incómoda postura de su enorme altura que duramente competía contra el diminuto tamaño de su esposa. De pronto, las diestras manos del Kurosaki hallaron el obijime (29) y con la maestría de un experimentado amante le retiró el complicado obi. La tela produjo un ruido seco en la habitación, la acercó contra sí y la abrazó. Sin hablar, sin decirle nada la besó con mayor galantería. Sus manos poco a poco comenzaron a quitar tela tras tela del pesado quimono rosa pálido que usaba, hasta que todas estuvieron dispersas a su alrededor. Un contraste de colores tal que parecía una flor. Se sintió extraña al estar desnuda, de pie, de día y con la intensa mirada de su marido.
Sus labios contrastaban violentamente contra la blancura de su piel. Sus mejillas estaban tan sonrojadas, y tenían el mismo tono que sus belfos hinchados; que le recibieron gustosos otra vez. Y ambos se entregaron al placer del amor.
Los tonos naranjas del cielo, apagaban más el brillo de la habitación. Había tal sonrisa en los labios de Rukia, que supo que ese era el momento indicado para decirle de su partida. Estaba recostada sobre su pecho, y él apretó sus puños con fuerza «por ello su padre debe prepararse, por ello debes protegerles… ». Su padre fue un gran hombre, que murió al defenderlo. Era cierto, el deber de un verdadero hombre era morir por velar la seguridad de sus seres amados. La miro a los ojos, entregándole completamente su alma. En ese momento, imploró a los Dioses que no le diesen un hijo, no sabiendo cual sería su futuro. Y el sufrimiento que sabría que vendría.
—Eso fue hermoso —murmuro cansada.
Él sonrió candongo.
—Rukia… el Shōgun me ordenó partir al Norte esta tarde.
Los labios se le volvieron azules a la esposa.
—¡No debes…! —Musitó asustada— ¡Hablaré con él! —chilló acalorada.
—Me iré —resopló decidido apartándola de él.
—¡Tu deber es estar conmigo! —dijo cubriendo su desnudez con una tela, le miraba furiosa y le arrojó el libro que había llevado consigo—. ¡Si sales por esa puerta no esperes volver y compartir mi cama! —le espetó.
Ichigo abrió los ojos con recelo, nunca la había visto tan rabiosa y de pronto él también enfureció.
—¡Es una orden! —le gritó poniéndose el hakama.
—¡Si tuvieras un ápice de inteligencia te habrías negado, estúpido idiota! —gruñó y las aletas de su nariz le temblaron.
—¿Qué quieres decir…?
—¡No lo sabes! —Soltó arisca e incrédula—. Zaraki Kempachi… es el único asesino que dirige una Escuadra, es al General de la Décimo Primera Escuadra, Ichigo —se sujetó con fuerza de sus cabellos—. ¡Va a matarte!
Ichigo parpadeó, y esbozó una sonrisa torpe. Creía que ella exageraba. Si ese hombre era como Ikaku a quien se había enfrentado antes, su estancia en el Norte sería pan comido. Claro está, que Rukia mal interpretó su gesto y terminó golpeándolo en la nariz con tanta fuerza que esta sangró. Él limpió la fina línea roja con su palma, al pasarla sobre su nariz.
—¡Vas hacerme viuda antes de tiempo! —terminó diciendo con la voz quebrada, mientras las lágrimas se escapaban.
—Lo siento —dijo sincero, agachándose y usando sus pulgares para detener el llanto. Terminó besando cada uno de sus ojos—. Pero, estoy seguro que con ese hombre aprenderé rápido a dirigir eficientemente a la Sexta Escuadra —se levantó y terminó por vestirse—. ¡Volveré Rukia… esa es una promesa! —dijo con tanta confianza que sus palabras le transmitieron una extraña fuerza a ella. Él le dio una vaga sonrisa como despedida.
—Te estaré esperando, Ichigo…
Sus duras palabras le generaron una admiración completa a Rukia, y supo que se había casado con el hombre indicado. Fuese o no el deseado por su padre. Ichigo parecía tener una extraña aura que lo rodeaba, tal presencia mostró en ese instante que la cohibió. Se miraron a los ojos y no fueron necesarias las palabras, él volvería, él se lo había dicho y le cumpliría. No fue hasta que estuvo sola, que rompió en un amargo llanto.
En el primer piso, al término de las escaleras Shinji estaba junto a Uryū, juntos caminaron hacia la sala de visitas. Ahora el rubio no tenía la alegre sonrisa de siempre, de hecho estaba tan molesto que se le veía. Habían lámparas dispuestas en las esquinas y en el medio un sencillo contenedor de madera, sin ningún tipo de adorno.
—Esta es la última ropa que usarás, Ichigo —señaló la caja—. La ropa de un shinigami… en cuanto salgas de Mugetsu serás ya un General —le aclaró Shinji— y deberás de mostrarte ante tu tropa como tal.
No le importó a Ichigo el desnudarse ante los hombres, con total calma y casi con reverencia sacó las ropas negras… el color de la muerte. La misma que empuñaban los oficiales corrientes, sin ningún adorno de su parte; se sintió raro por dejar su ropa de siempre, hasta esa mañana llegaba elegantemente vestido a la Décimo Tercera Escuadra. La tela era fina, y extrañamente parecía hecha solamente para él.
—El Shōgun me dijo… que… el Kōtei… es pariente mío Hirako —comentó Ichigo temblando—. ¿Es cierto, Hirako?
Ishida perdió la compostura, pero al estar en la casi oscuridad nadie lo percibió.
—Es cierto, Ichigo —respondió Shinji.
—¿Por qué nadie me lo dijo? —preguntó temiendo la respuesta.
—Porque hasta hace un año nadie sabía que vivías —le aclaró—. Y aunque Urahara o Kaien te lo hubiesen dicho, ¿qué podrías hacer al respecto, Ichigo? ¿Presentarte y saludar a todos como si nada? —dijo con la voz impregnada de impaciencia.
—También dijo que Rukia… —comenzó a decir Ichigo.
—El Shōgun tiene sus razones para actuar Ichigo —recalcó amargamente paseándose por la habitación. Era la primera vez que el Kurosaki lo percibía tan furioso, pero extrañamente supo que él no era el problema—. Él actúa en base a lo que cree correcto. Sabe que el designio para gobernar es un regalo de los Dioses, pero el Kōtei no tiene una esposa. Y ahora, él único a quien el pueblo aceptaría es a ti… no —corrigió imperioso— al niño que nacerá del vientre de tu esposa. La sangre del Shōgun, la sangre del Kōtei unidas en una sola…
—¿Qué quiere decir, Hirako-sama? —Uryū interrumpió.
—El pueblo aceptó a Yamamoto-Genryūsai-dono por las graves consecuencias de hace quince años, y esperan a que él muera para que el Kōtei vuelva a gobernar, pero… —suspiró amargamente— Minamoto Goro no ha tenido hijos y eso preocupa a la gente.
Hubo algo extraño que solo Ishida captó. Nadie jamás osaba llamar al Shōgun por su nombre, ni siquiera los Generales o los Nobles. Sin embargo, el único que podría hacerlo con tanta naturalidad sería el Kōtei… y en ese instante comprendió quien era en verdad el rubio y el porqué de su exagerada preocupación.
—¿Por qué no tomar a otra doncella? —cuestionó el Quincy.
Shinji sonrió con angustia.
—La tradición supera a la razón —sentenció el blondo—. Sin un heredero habría una guerra —les explicó—. Hay que admitir que el viejo es muy listo, tu hijo y el de Rukia-chan podrá gobernar con todo el derecho al trono, inclusive tú —dijo indiferente—, pero Yamamoto-Genryūsai-dono no lo quiere. Tiene que asegurarse de que pronto tengas un hijo.
—¡Claro y por eso me envía al Norte! —Comentó Ichigo con desparpajo.
Hirako emitió una sonrisita.
—Pero, creo que hoy hiciste un buen trabajo —le felicitó e Ichigo se puso rojo hasta la coronilla—. Tanto el Kōtei, como Yamamoto-Genryūsai-dono deben hacer lo que es mejor para el pueblo. Anteponiendo sus deseos. Después de todo un gran individuo les enseñó que los verdaderos hombres nacieron para sacrificarse —le dijo mientras fruncía el entrecejo—. Él ha trazado el plan que desea, más no te olvides nunca de esto, Ichigo… tu destino, y el de los que amas reposa en tus propias manos…
Ya estaba completamente oscuro cuando Ichigo llegó a las enormes puertas de madera con la recién grabada calavera llameante. Los portones estaban abiertos, un caballo negro e imponente le esperaba. Un magnifico corcel que en el acto lo reconoció como su dueño, relinchó en una clara muestra de subordinación. Había decidido no usar el haori blanco… aún no sentía plenamente preparado para usarlo.
—Un obsequio del Kōtei —dijo el rubio.
—¿Vendrás? —suplicó montando el corcel.
—Me temo que no Ichigo. Debo permanecer aquí, espero que comprendas —dijo en un tono confidente, mirando de reojo al Quincy—. Aunque me temo que tú ya has dispuesto algunas cosas que no debatiré en lo absoluto —suspiro—. Pero ten presente, que el Kōtei tiene ojos y oídos en todas partes, Ichigo. Cuando menos lo esperes tendrás noticias de él.
El Kurosaki alzó la vista, hacia el sitio en donde se encontraba la habitación conyugal. Había una lámpara encendida en la ventana abierta. Sabía que Rukia la había puesto ahí, para iluminar el camino que iniciaba.
—Rukia… —dijo con la voz apagada— ¡Ishida —le gritó airoso y el hombre cabeceo—, confió en ti! —golpeó al caballo y se alejó de ahí, con el Capitán de la Sexta Escuadra.
—¿La cuidarás…? —dijo Hirako fríamente.
—Es mi responsabilidad… Kōtei… —el leve susurro de sus palabras enmudeció al blondo que se quedó estático con la vista perdida en la nada.
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Llevaba ya tres días dormitando. No había podido conciliar el sueño apropiadamente, solo pasaba las noches mirando el techo de la habitación. Inclusive la comida le resultaba insípida, y se la pasaba de un lado a otro caminando por el Castillo. Orihime y Momo volvieron a tomar la administración del hogar, al percibirla tan distraída. Rukia no tenía cabeza para velar por Mugetsu, sus preocupaciones viajaban hacia el Norte. El día que Ichigo partió, fue tal la desesperación que tomó su yukata y se la colocó, en un desesperado intento por sentirlo cerca de ella. Y desde entonces la usaba mientras se recostaba en el futon. Rezaba a sus ancestros —los suyos y los de su marido—, a fin de augurarle un buen camino; además iban todos al templo a pedir por la seguridad de Ichigo y su pronto regreso.
—¿Kurosaki-dono? —Sasakibe estaba estupefacto.
Rukia había llegado a la Primera Escuadra a la mañana siguiente de la partida de su marido, sin anunciarse y presentándose en el recinto militar —supuestamente negado a las mujeres—. No iba sola, Ishida la acompañaba; y se le percibía incómodo. Desde un inicio él no estaba de acuerdo con su idea, y al final no le quedó otro remedió que acompañarla. Sin embargo, él debió esperar en otra sala a que la reunión privada terminase.
—¡Necesito verlo! —demandó ella con urgencia.
Minutos después Yamamoto la recibió, de antemano sabía que vendría, por ello le permitieron ingresar. El estricto protocolo inició con la ceremonia del té, que fue ofrecida por el anciano. Rukia esperaba impaciente para poder hablar con mayor soltura con él.
—Se a lo que has venido, querida… —dijo con una mueca sin emoción— y mi respuesta es ¡no! —aclaró firmemente.
—¿Pero…? —musitó Rukia mirando suplicantemente al Shōgun.
—¡Debe volverse más fuerte! —la interrumpió y luego suspiró profundamente—. Comprendo tu temor, Rukia… ahora tú comprende el mío —le dijo—. Eres lo último que tengo —la tomó delicadamente de su barbilla y le alzó unos cuantos centímetros su rostro—, no puedo perderte… no luego de lo de tu padre.
El dolor volvió al rostro de la joven, quien solo guardó silencio por el nudo de su garganta.
—Le amo… —dijo ella luego de un tiempo.
—Lo se, querida —la soltó muy tranquilo, como si esas dos frágiles palabras le quitasen un gran peso de encima—. Te prometo que él volverá a tu lado, renacerá como un nuevo hombre. Será como… —fue incapaz de decir su nombre.
—… como Kurosaki Isshin —terminó por decir ella—. Mi abuelo me dijo una vez que «el General Kurosaki decidió el destino de su Clan para pagar el precio de nuestros pecados… de nuestra sangre maldita…» ¿Qué quiso decir con ello?
Una fina línea se formó en sus gruesos labios, y ninguna palabra de estos salió. Hasta que pasaron varios minutos.
—La voluntad de los Dioses es algo que no controlamos. El pecado no está en la sangre… sino en los errores de los hombres.
Parte del Clan Kurosaki se hallaba en el Fushimi Inari taisha (30), cuando un hombre le habló.
—Señora Kurosaki.
Una afable voz la llamó. Se trataba de un hombre que en el pasado había sido muy amble con ella cuando era una niña, quien solía regalarle muñecas; como la última que su bisabuelo le obsequió. No estaba solo, otro importante General le acompañaba, un individuo cuya sola presencia le erizaba la piel. Siempre lo comparaba con una lánguida serpiente que se enroscaba alrededor de su cuerpo.
—General Aizen, General Ichimaru —habló cordialmente Rukia.
El resto de la comitiva que la acompañaba, ofreció sus respetos silenciosamente.
—Hace tiempo que no la veía, Señora Kurosaki. De hecho, la última ve que nos vimos aún era una Kuchiki —dijo Aizen.
—Hace más de un año, General —comentó con una leve sonrisa—. Han pasado muchas cosas desde entonces, General. Es bueno ver que su salud mejoró, General Ichimaru —dijo solo por cortesía.
—Gracias por sus buenos deseos, Señora Kurosaki — Gin respondió seco.
—¿Quiénes son las damas que la acompañan? —preguntó Aizen fijando su vista en Momo y Orihime.
—Son las hermanas de mi esposo, General —dijo Rukia.
Sōsuke les sonrió con galantería al par de damas, y la de cabellera oscura se sonrojó.
—Escuché que su esposo partió al Note. Es lamentable que las haya dejado solas —comentó con aflicción.
—No están solas, General —interrumpió el Quincy.
—Ya veo que no —respondió pedante, pero medio bien su tono de voz.
—Debemos retirarnos —ordenó Ishida hacia Sado, el cual le indicó a Orihime y Momo que lo siguiesen, no sin antes despedirse de los Generales—. Nosotros también, Rukia-san —murmuró.
—Ya que permaneceré un tiempo en el Seireitei, sería un gran honor el invitarlas a tomar el té. Señora Kurosaki, usted y sus cuñadas son bien recibidas.
Rukia estuvo a punto de aceptar la oferta, no obstante el Quincy se le adelantó.
—No es apropiado que una mujer casada se reúna en privado con un hombre, sin la presencia de su esposo —masculló fríamente Ishida, sintiendo una extraño temor hacia el General Aizen.
—¿Usted es? —inquirió con acritud Sōsuke.
—Ishida Uryū, quien tiene la responsabilidad de proteger al Clan Kurosaki en ausencia del Señor… General Aizen —ajustó sus anteojos—. Su invitación tendrá que esperar —soltó con decisión.
Su mirada brilló con pura maldad al fijar su vista en el Quincy.
—Tiene razón, Ishida-sama… —admitió en un leve murmullo—. Por favor, cuando el señor Kurosaki vuelva… —observó a Rukia casi con devoción— siéntanse libres de aceptar mi invitación.
La despedida fue práctica y sencilla. Aizen contemplaba el elegante andar de Rukia al bajar por la larga escalinata y relamió sus labios con gusto.
—¿Y ahora, General Aizen?
—Ahora nada —dijo inusualmente tranquilo, casi parecía desinteresado—. Moverse ahora sería peligroso —murmuró en voz muy baja. Con un sutil gesto de su rostro señaló los arbustos a la distancia—. Si algo sucediese justo ahora, el pánico se apoderaría del Shōgun y no quiero que intervenga —sonrió—, al menos no por el momento —aclaró con tal frialdad que le puso la piel de gallina a Ichimaru—. Habrá que esperar y confiar en la bestialidad de Zaraki.
Juntos descendieron por las escaleras, algunos minutos después todavía eran observados por un Taisa (31) del Kōtei. Hasta que este les perdió de vista.
—¿Fue usted quien le sugirió al Shōgun el entrenamiento con el General Zaraki? —preguntó mirándolo por el rabillo de su ojo, no hubo respuesta alguna, solo una lacónica sonrisa.
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• Lycoris Radiata •
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Ryūken y el Quincy asignado a Inuzuri le habían llevado un par de cajas. Solo le murmuró unas cuantas palabras que el creyó olvidar «Ichigo se casará con tu hija, tal como ya te lo había dicho, Byakuya-bo… ¡Nosotros los Tsuki no kanshu, cargaremos con el peso del pecado! Aún si debamos perecer todos en mi Clan… esto deberá acabar.»Y le mostró su palma, donde aún estaba grabada la inconfundible marca de Engetsu. En la primera —la caja grande—, había una armadura completa de combate. Incluso tenía su propia máscara que le cubría el rostro. La reconoció en el acto, era de su abuelo. Atisbado observó al Quincy, el cual ni siquiera se digno en responder a la duda que asaltaba su corazón. Le hizo una burda seña para que abriese la segunda. Y enmudeció… una Zanpakutō le era entregada.
—Senbonzakura —le espetó el nombre de la Zanpakutō cuando lo dejo solo con la mujer llamada Unohana.
—Es extraño… —dijo el Quincy de nombre desconocido.
—¿Qué es extraño? —se alejaban de la casa de Unohana caminado.
—Su herida —detuvo su pasó mientras arrugaba su frente—, ¡usted lo sabe tan bien como yo! — Ryūken desvió la mirada y trató de que no se notará lo resentido que estaba—. ¡No querían asesinarlo, sino alejarlo! —Su ronca voz le recriminó, sin embargo farfulló en un suave murmullo—. Ese hombre —el atacante— fue precavido, no hirió los órganos vitales, solo le rozó. ¡No lo quería muerto! ¿Qué esta sucediendo?
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• Lycoris Radiata •
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Guardó el mechón de cabello en el interior de la fina tela que lo había resguardado por más de quince años, lo colocó delicadamente sobre su pecho, y sobre este ubicó su mano. Tenía miedo, mucho miedo, pero no por él, sino por ella y por su hijo… Él le había mentido a Rangiku, esa criatura no había muerto estaba viva y mucho más cerca de lo que ella creía. El joven de blanca cabellera que la acompañaba, balbucía hastiado por las compras.
—Tan cerca… y tan lejos… —estiró su mano derecha en un vano intento por alcanzarlos— Tan cerca y tan lejos… —repitió.
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Capitulo XII
El arquero sin arco y el demonio andando
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Notas de la autora:
+ Las dos niñas que nacieron fueron Hisana y Rukia.
+ Yamamoto desconoce el pacto fijado entre Byakuya, Ryūken e Isshin. Al igual que Uryū.
+ Bien, este es quizás el capitulo más largo que será escrito en esta historia.
+ La ropa de shinigami que usa Ichigo es la de su bankai antes de recuperar sus poderes. Ya luego vendrá la otra. También se explicará como es que Byakuya tiene una Zanpakutō.
Glosario:
+ (1) Kiseru, es el término japonés para la pipa japonesa antigua.
+ (2) Zabuton, almohadones para sentarse.
+ (3) Chie no masutā, amos de la sabiduría (literalmente en japonés)
+ (4) Dai teitaku, mansión en japonés.
+ (5) Shujin, amo en japonés.
+ (6) Kōtei, emperador en japonés.
+ (7) Rasen-jō, castillo de la espiral (literalmente en japonés)
+ (8) Teikoku, imperio en japonés.
+ (9) Kodachi,(literalmente, tachi pequeño) es un tipo de espada japonesa demasiado corta como para considerarla una espada larga y demasiado larga para considerarla una daga.
+ (10) Susanoo, en el sintoísmo, es el dios del maro de las tormentas, y las batallas.
+ (11) Amatesaru, es la diosa del Sol en el Sintoísmo y antepasada de la Familia Imperial de Japón según dicha religión.
+ (12) Tsukuyomi, también conocido como Tsukuyomi-no-kami o Tsukiyomi, es el dios de la luna en la religión shintoísta y la mitología japonesa.
+ (13) Tsuki no kanshu, guardianes de la luna (literalmente en japonés).
+ (14) Hakozen, pequeña mesa-caja o bandeja plana en el suelo.
+ (15) Sjoji, paredes de la casa están hechas de papel pegado sobre marcos de madera.
+ (16) Tsubuichi, estilo tsubuichi peinado usado por las hijas de la corte imperial.
+ (17) Kanzashi, son ornamentos para el pelo utilizados en peinados tradicionales japoneses.
+ (18) Tsukesage, se usa tanto en ocasiones semi formales y se distingue por la posición de los motivos (normalmente teñidos). Estos motivos se sitúan en la parte inferior, en las mangas y en la parte superior delantera izquierda.
+ (19) Yīshēng, médico en chino literalmente.
+ (20) Yoshiwara, barrio del placer de Tokio.
+ (21) Kunai, fue una popular arma ninja, esto es ya que podía ser fácilmente escondida, y debido a su pequeño tamaño y efectividad sigilosamente podía sacarse rápidamente para atacar.
+ (22) Hanami, es la tradición japonesa de observar la belleza de las flores, pero por lo general se asocia esta palabra al período en que florecen los cerezos.
+ (23) Keisei, las oirán de alto rango eran conocidos como "destructoras de castillos" debido a su atractivo sexual, concebidas con una belleza mítica, podrían destruir a un hombre tan fácilmente como cualquier ejército.
+ (24) Ojousan, señorita en japonés.
+ (25) Palanquín, especie de silla o litera usada en Oriente para llevar en ellas a las personas importantes.
+ (26) Rōjū, generalmente traducido como «Anciano», era uno de los más altos cargos del gobierno durante el shogunato Tokugawa de Japón. El término se refiere tanto a los ancianos individuales así como a todo el consejo.
+ (27) Miko, son sirvientes de los templos Shinto japoneses. Siempre eran vírgenes durante toda su vida.
+ (28) Okunsa, la esposa (significa "aquella que permanece en el hogar").
+ (29) Obijime, cuerda para sujetar el obi.
+ (30) Fushimi Inari taisha, templo de la religión Shinto, es la casa del espíritu de Inari.
+ (31) Taisa, "General" (rango militar) literalmente en japonés.
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Nos vemos
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