Disclaimer: ¿Hay alguien que no sepa que Frozen es de Disney? Bueno, lo es. Yo sólo juego con sus personajes.

Gracias a Frozen Fan y a Anónimo por sus reviews en el capítulo pasado.


11.

Sólo cuando estuvo segura que Hans se había marchado, Elsa se relajó.

Hasta entonces su cuerpo estaba tenso, a la espera de las represalias por parte de Hans, ante su obvia rebeldía, pero el pelirrojo se había ido. ¿O huido? A Elsa realmente no le importaba.

El hielo palpitaba locamente en sus venas, reflejando su miedo y su profunda turbación. Elsa conjuró una bola de nieve y la hizo caer, fragmentándose en numerosos copos de nieve.

La rubia cerró los ojos y respiró profundamente.

Al contrario de lo que Hans pensaba, ella no las tenía todas consigo cuando conjuró el hielo sobre sus botas.

¡Elsa no había querido hacerlo!

Pero había perdido el control…

Ella sólo quería que se callara, que dejara de molestarla, que la soltara, y el hielo había actuado por su cuenta, revelándose con fuerza, rebelándose con toda la rebeldía de la que era capaz.

Pero no me siento culpable, pensó.

Y eso era lo peor. Ella no se sentía culpable por intentar congelar al pelirrojo. Antes bien, una parte de Elsa había acariciado la idea de congelarlo por completo.

Así tendría una oportunidad para escapar, pensó, dejando que una leve esperanza anidara en su corazón.

Por un segundo se lo imaginó. Hans congelado, paralizado, impelido para moverse. Ella huyendo de la celda, recorriendo los pasillos yendo a su libertad…

Era una buena fantasía.

Pero había un inconveniente: ¿a dónde rayos iría?

No sabía en dónde se encontraba. Desde la ventana de su celda no podía enterarse de mucho, excepto que estaba lejos, muy lejos de Arendelle, y eso no era una pista suficiente.

Ahora se lamentaba por no viajar más seguido.

Había dejado en manos de Anna la responsabilidad de desplazarse de Arendelle hacia los reinos vecinos, en representación suya, y se había centrado en dirigir a su pueblo desde casa. A Anna le pegaba eso de viajar siempre: era más aventurera y más simpática con las personas con las que se encontraba. A Elsa le gustaban sus pies en el suelo, muchas gracias.

Pero si hubiera viajado, pudiera tener una idea de dónde exactamente se encontraba, se dijo con molestia. Sus conocimientos de geografía se centraban únicamente en los mapas que había en el palacio.

Entonces sólo me queda esperar que Hans inicie sus planes, pensó con desgana.


Al otro lado de la fortaleza, Hans paseaba por la habitación como fiera enjaulada.

Los poderes de Elsa habían aumentado. Los controlaba mucho mejor. Estaba más segura del hielo en sus venas…

¡Maldición! ¿Por qué nadie le había explicado eso? ¿Por qué nadie había mencionado que Elsa era la maldita Reina de las Nieves? ¿Y por qué nadie le había explicado que él era tan masoquista que se sentía excitado porque una mujer usará sus poderes contra él?

Tengo mal la cabeza, pensó con enojo.

¿Qué tengo qué hacer para dejar de sentirme atraído por Elsa? ¿Dejar que me mate? ¿Qué me congele como hizo con Anna?

¡Maldición! Esto era ridículo.

Tienes que empezar los planes, le dijo una voz en su cabeza que le recordaba a su padre.

(Su padre que nunca se había amilanado ante nada. Cuando quería algo, lo tomaba y ya, y no le importaba matar para obtener su beneficio. No era extraño que sus hijos hubieran sido tan desalmados, uno peor que el otro. ¿Qué diría el viejo si pudiera verlo ahora?).

Sí, eso era. Tenía que comenzar.

Se sentó en la mesa y empezó a escribir. En la habitación sólo se oía el rasgueo de la pluma contra el pergamino. La letra era estilizada y pulcra; de seguro sus profesores se sentirían satisfechos por ello, aunque seguramente no por el contenido de su carta.

Cuando terminó de escribir, llamó a uno de sus hombres.

—Lleva esta carta a nuestro contacto en Arendelle.

El hombre - poco más que un sirviente pero mucho menos que un socio - asintió, y dio media vuelta para irse.

Hans se quedó mirando al techo. Había movido otra ficha en el tablero de ajedrez. ¿Cuáles serían las reacciones ahora? Oh, pagaría por ver la cara de Anna cuando se entere de…

La hermana de Elsa seguía atravesada en algún punto de su organismo. El puñetazo que le había dado, sus palabras: aquí el único que tiene el corazón congelado eres tú… No había podido evitarlo: le dolía, le dolía el orgullo cuando pensaba en esa chiquilla insolente. Hacerla sufrir sería todo un placer.

Quizás hallaría más placer en ello, que en vengarse de Elsa.

Por otra parte, pensó Hans mientras se acercaba a la ventana; desde allí podía ver las paredes de la celda de la reina de Arendelle, todo había comenzado gracias a Elsa.

No por primera vez se preguntó qué hubiera pasado si hubiera logrado la atención de Elsa desde el principio. ¿La hubiera enamorado? ¿Seguirían casados? ¿Él se sentiría tan atraído por ella…?

Quizás no.


Anna ahogó un grito al leer la carta. Su cuerpo temblaba en espasmos incontrolables. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Y Anna sólo podía pensar: ¡NO! ¡ELLA NO!

Kristtof entró en la habitación, asustado por los gritos de Anna. Inmediatamente abrazó a su esposa, pero esta se revolvía contra él, mientras no dejaba de llorar y gritar.

—¡Anna! ¡Anna, por favor! ¡Dime qué pasa! ¿Qué sucede, Anna?

Por toda respuesta, Anna le pasó la carta. Le era imposible calmarse, ya no digamos hablar. ¡Todo era tan injusto! El mundo era tan injusto. El destino era un maldito enfermo que jugaba a dejarla sola, una y otra vez.

¿Por qué? ¿Qué había ella para merecer tanto dolor, tanto sufrimiento, tanta pérdida? ¿No había sido una buena hija, no había alborotado el palacio con sus risas y sus juegos? Y sus padres habían perecido en altamar.

¿No había sido una buena hermana, no había intentado que Elsa y ella volvieran a estar unidas, se contarán todo, estuvieran juntas? Y ahora su hermana estaba en un destino incierto, en compañía del hombre más desalmado que habían conocido jamás.

Kristtof terminó de leer la carta, y miró a su esposa con estupor.

—Anna, yo…

Pero la pelirroja no quería escucharlo. Posó uno de sus dedos sobre los labios de su esposo. Luego, hundió la cara en el pecho del rubio, que aterrorizado la abrazó, queriendo resguardarla del dolor, de la angustia, y sabiendo que era completamente imposible.

—Despediremos a los del Consejo Real.

Anna asintió. Aquello era un tibio consuelo cuando no sabían en qué estado se encontraría Elsa, cuáles penurias pasaría, si estaría encerrada y sola en una oscura celda de Hans. Pero la pelirroja entendía que el Consejo Real debía ser castigado con todo el peso de la ley, por conspirar contra la soberana.

Un odio sin precedentes nació en su corazón, y quiso tener a esos hombres frente a frente para enviarlos al cadalso. Sus temblores cesaron y ella pudo recuperar parte del dominio de sí misma.

Entonces cayó en cuenta de un detalle que la carta no mostraba, pero que se podía leer entre líneas:

—Aunque sospecho que Hans planeó todo.

Y al decirlo, Anna sentía que eran verdad sus palabras. No podía ser de otra forma. ¿No había planeado Hans apropiarse de la corona de Arendelle por la fuerza? ¿No había planeado asesinarla a ella y a Elsa? Pero como sus planes habían fracasado, Hans había vuelto, dispuesto a vengarse.

¿Y por qué no se venga de las dos?, pensó Anna. ¿Por qué no se venga de mí?, se preguntó con enojo. Que lo intentara, se dijo, con más valor del que sentía, que intentara llegar hasta ella. La paliza que le daría sería cruenta. Anna se vengaría por lo que había hecho; por arrancarle a Elsa de su lado.

—Cuenta conmigo, Kriss.

El rubio se asustó por el tono que su esposa había utilizado, un tono que prometía sangre y lágrimas a quien estuvieran dirigidas. Pero también en el fondo sintió admiración por la pelirroja, porque se sobreponía a su pena, aunque no de la forma correcta… No importaba, se dijo, poco a poco… seguro que poco a poco encontrarían la manera de salir adelante.


Hans esbozó una sonrisa torcida cuando se enteró que la carta ya había llegado. Ahora había que esperar el curso de los acontecimientos. ¿Qué haría Anna? Probablemente vengarse del Consejo Real, y luego buscarle la pista.

Que venga, pensó Hans con más arrogancia de la que pretendía. Que venga para vengarse por el estado de Elsa. Haré que lamente haberme dado ese puñetazo.

Llamó a otro de sus hombres y le dio una orden.

¿Por qué no?, se dijo al quedarse solo, su tablero de ajedrez era particular, no pasaba nada por mover otra ficha, incluso antes que su contrario hubiera hecho algún movimiento.


Elsa sintió pasos acercándose a su celda. Con un ademán hizo que los copos de nieve desaparecieran. Después se volteó hacia la puerta de su cárcel, a la espera.

No era Hans, sus pasos siempre sonaban más seguros y fuertes. Como si se creyera el rey del mundo, o casi.

Pero antes de que pudiera analizar cómo es que sabía cuál era el paso del pelirrojo; la puerta se abrió con estrépito y dos hombres, uno jugando con un manojo de llaves y el otro iluminando todo con un candelabro, entraron en la celda.

—Levántese, su alteza. Tenemos órdenes de llevarla arriba.

El corazón de Elsa empezó a latir rápidamente.

¿Sería su oportunidad?


Notas de la Autora:

¡Tachán!

Ya Hans movió ficha. Anna tiene deseos de sangre. Y Elsa va a salir de la celda.

¿Sugerencias, comentarios, predicciones sobre lo que va a pasar? Todo, allí en ese recuadro de abajo.


Reviews:

Anónimo: Hola. Me encanta que te encante este tipo de historias. Y sí eso es un cliché, pero creo que te puedes llevar una sorpresa en este fic, no es la resolución clásica de ese conflicto (o al menos intento que no lo sea). A mí también me gusta el romance y adoro la pareja Elsa y Hans. ¡Muchas gracias, tanto por decirme que te gusta como narro, como por comentar!