Disclaimer esta historia no me pertenece es un adaptacion y los personajes son de Stephanie Meyer.
Capitulo 11
-¿A qué se refiere con eso de que Bella no está en casa? -preguntó Edward desde el asiento posterior de la limusina.
-Exactamente a lo que he dicho, señor. -Carlisle encontró un hueco entre el tránsito que venía del aeropuerto y deslizó el vehículo en él.- Dejó una nota sobre la mesa de la cocina.
-¿Otra nota sobre la mesa de la cocina? - Edward miró su reloj negro y dorado. Eran más de las ocho. Había estado ansioso por llegar a su casa para cenar y beber con ella.
-Sí, señor. -La mirada de Carlisle en ningún momento abandonó el panorama que tenía frente a la limusina.
-Esto se está convirtiendo en una costumbre. - Edward se negó a liberar su decepción, para concentrarse, más bien, en su irritación. ¿Qué decía la nota?
-Pensé que le gustaría leerla y entonces, decidí traerla conmigo. -Sin apartar la vista del frente, abrió
un pequeño compartimiento del tablero. Extendió la mano en el interior de éste y extrajo una pequeñísima hoja de papel. Sin comentario alguno, la entregó a Edward.
Edward frunció el entrecejo, tratando de descifrar la caligrafía casi ilegible de Bella.
«Bienvenido a casa, Edward. Regreso enseguida. Sucedió un imprevisto en el trabajo. Te contaré todo cuando vuelva. Espero que hayas tenido un buen viaje. Besos, Bella».
Edward releyó las dos últimas palabras: «Besos, Bella». Probablemente, era habitual en ella firmar todas sus notas y cartas de esa manera, «Besos, Bella», decidió. Luego volvió a concentrar su atención en el mensaje en sí.
-¿A qué se refiere con que surgió un imprevisto? -preguntó a Carlisle.
-No tengo idea, señor.
Edward tomó el teléfono del auto y marcó el número de la boutique de Bella. Después de dejar que sonara siete veces la señal, se dio cuenta de que no recibiría respuesta. Cortó y trató de recordar el nombre de la ayudante de su esposa. Zafrina algo. Zafrina Shenoki.
Cuando llamó al apartamento de Zafrina, encontró a la muchacha que vivía con ella.
Ella todavía está en Outer Limits -dijo la mujer, con tono alegre.
-¿Y qué es eso?
-Una cafetería situada en la zona de Beltown. Esta noche hay una promoción especial allí. Dos por el precio de uno.
-Oh. - Edward luchó por ser paciente.- ¿Puede darme el número?
-Claro. Aguarde un momento.
Pocos minutos después, se comunicó con Outer Limits. Un alma caritativa, al otro lado de la línea, se ofreció para ir a buscar a Zafrina. Edward bajó la vista y se dio cuenta de que estaba tamborileando con los dedos sobre el posabrazos mientras esperaba. Se obligó a detenerse.
Un momento después, se escuchó la voz de Zafrina. -¿Sí? ¿Quién habla?
- Edward Cullen.
-¿En serio? ¿ Edward Cullen?
-Estoy buscando a Bella. He recibido una nota de ella diciendo que había sucedido un imprevisto en el trabajo. Pero no aclara de qué se trata exactamente. Me preguntaba si usted no lo sabría, señorita Shenoki.
-Oh, sí. Creo que fue a buscar el elefante.
Edward se puso furioso, tenía ganas dé apretar los dientes. -¿Y de qué elefante se trata? -preguntó con mucha suavidad.
-Ese espantoso, con las uñas de las patas color escarlata. Usted lo conoce, porque Bella trató de endosárselo en su estudio. Se puso muy molesta cuando se enteró de que Jess había cambiado de parecer a última hora y se llevó el elefante en lugar de quedarse con el biombo o con el carrusel.
Todo aquello requería mucha más paciencia que cultivar helechos, pensó Edward. -¿Quién es Jess y adónde se llevó el elefante?
-Jess es una diseñadora. Se llevó el elefante para terminar con su proyecto en la residencia Withlock.
Edward se quedó helado. -¿Peter Withlock?
-Sí, ella se encargó de la decoración de la casa para la fiesta de beneficencia que se lleva a cabo esta noche. Era algo muy importante para su carrera. Y Extravagancias también recibirá una buena tajada de publicidad porque Jess ha usado una de nuestras piezas de la boutique. ¿Ahora comprende?
-¿Está diciéndome que ese maldito elefante está ahora en la residencia de los Withlock?
-Ajá. Y tengo la sensación de que Bella iba directamente para allá. Dijo que tenía que recuperar ese elefante. No sé qué creerá que puede hacer, aunque logre entrar a esa fiesta. No puede salir de allí con el elefante debajo del brazo como si nada. La gente creerá que lo está robando. Y Jess se pondrá histérica.
-Gracias, señorita Shenoki -dijo Edward, con tono indiferente-. Me ha sido de gran ayuda.
-Bueno, vivo para ayudar a la gente. ¿Sabe? Creo que ésa será mi profesión de jornada completa, hasta luego.
-Buenas noches. - Edward colocó el auricular sobre la horquilla con mucho cuidado. -¿Carlisle?
-¿Sí, señor?
-He cambiado de opinión. No iremos directamente a casa. Primero quiero pasar por una dirección en el lago Washington.
-¿Qué dirección, señor?
Edward le dio la dirección de Peter Withlock. La tenia grabada en la memoria con tinta indeleble, aunque hacía muchos años que no iba por allí.
Había ido a la casa de Peter Withlock en dos oportunidades después de la desaparición de su padre.
En la primera de esas dos visitas inolvidables, había solicitado a Peter Withlock que le concediera una ampliación del préstamo que le había hecho a su padre. Y Withlock se lo había negado. El fuego de la humillación que sintió en ese momento ardería para siempre dentro de Edward.
En la última oportunidad que Edward estuvo en la mansión, saldó completamente la deuda. Ese pago fue posible mediante la venta de la casa de los Cullen, ubicada en Mercer Island, cuyo producto, hasta el último centavo, se colocó en inversiones de alto riesgo en la bolsa. Los recuerdos de esa época de su vida aún le producían escalofríos.
Había arriesgado el futuro entero de su familia en sus conocimientos de botánica para aventurar instruidos vaticinios referentes a unas ganancias cruciales. Esos vaticinios dieron sus frutos. Los beneficios resultaron mucho más productivos de lo que los entendidos habían previsto. Prácticamente, Edward amasó su primera fortuna de un día para otro.
Pero era plenamente consciente de los riesgos que había corrido y no le había agradado en absoluto esa sensación. Nunca más Edward arriesgó sus bienes en la inestable bolsa de comercio. No le gustaba depender del factor suerte. Prefería las inversiones que le permitieran un mayor grado de control.
Miró por la ventanilla oscura de la limusina y recordó la noche en que había llevado el cheque a casa de Peter Withlock.
La sorpresa de Withlock lo había carcomido como si se hubiera tragado un litro de ácido. Cuando Withlock le dio unas palmadas sobre la espalda, diciéndole que sin duda sería un hombre de negocios el doble de eficiente de lo que había sido su padre, Edward sintió que la furia y el odio lo cegaban. Pero la apariencia inmune que tanto le serviría en el resto de su vida, estaba firme en su sitio. Edward había controlado su ira.
Simplemente, se volvió y, sin decir ni una palabra, se encaminó hacia la puerta. Desde aquella noche fatal, no había vuelto a hablar con Peter Withlock.
La ira y una profunda y dolorosa sensación de traición lo abrumaban mientras Carlisle lo conducía a la elegante zona residencial de lago Washington. Bella había ido a casa de los Withlock. Edward cerró sus manos. Su esposa estaba en casa del enemigo.
Entrar fue lo más difícil. Bella, que lucía lo primero que había encontrado en su guardarropas, un vestido negro y estrecho, casi no consiguió pasar por el joven rubio, vestido de etiqueta, que custodiaba la puerta principal.
-No, no tengo invitación -explicó por tercera vez-. Pero le aseguro que tengo una muy buena razón para entrar. Si usted tiene la amabilidad de ir á buscar a alguien con la autoridad suficiente, yo puede aclarar todo.
El joven, que parecía un modelo desempleado, frunció sus finas cejas. -Lo lamento, señorita, pero me temo que la señora Withlock está ocupada en estos momentos.
Bella decidió que ya no tenía más que perder. -Tenga la amabilidad de decirle que la esposa del señor Edward Cullen está en la puerta.
-¿Quién?
-La esposa del señor Edward Cullen.
El joven consultó con una hoja de papel. -Me temo que su nombre no aparece en la lista de invitados.
-Ya lo sé. Estoy tratando de decirle...
-Bella. ¿Qué estás haciendo aquí?
Bella miró por encima del hombro del modelo frustrado y vio a Alice, bellísima, con un vestido de noche plateado con los hombros descubiertos. Un hombre apuesto, de cabellos rubios y mirada seria estaba de pie, junto a ella. Llevaba también un atuendo muy formal, en blanco y negro.
-Me alegro tanto de verte, Al. -Bella rodeó como una saeta al rubio .- ¿Puedo hablar contigo un instante? Necesito entrar. Por lo del elefante, ¿sabes?
-¿El elefante? -Alice no entendía nada-. No importa. Primero, quiero presentarte a Jasper. -Ella sonrió trémulamente al hombre solemne que estaba parado a su lado.- Jasper, Bella es la nueva esposa de mi hermano.
-Mucho gusto, Bella. –Jasper estrechó firmemente la mano de Bella.- Pase. Les diré a mis padres que usted está aquí. Estoy seguro de que estarán complacidos.
-Gracias. -Bella subió rápidamente las escaleras.- En realidad, no hay por qué avisar a tus padres. Yo sólo quiero recuperar mi elefante.
Alice se quedó mirándola fijamente. -¿Qué es todo esto del elefante? ¿Qué sucede? ¿ Edward sabe que estás aquí?
-Es un poco difícil de explicar -dijo Bella-. Pero en algún lugar de esta casa, hay un elefante que tiene las uñas de las patas pintadas de rojo fuerte. Es una pieza de mi boutique. La diseñadora que se encargó de la decoración de la casa para esta noche se lo llevó sin mi autorización. Yo tengo algo muy importante guardado en el cajón oculto que tiene ese elefante. Y no, Edward no sabe que estoy aquí.
-¿Con que uñas pintadas en rojo muy fuerte, eh? -Jasper sonrió.- Creo que lo vi en el solario.
-Qué alivio. -Bella le dirigió una mirada de agradecimiento, ¿Me puedes llevar donde está?
-Claro, por aquí. -Jasper se volvió y empezó a abrirse paso entre los multitudinarios y despampanantes invitados.- Pero no creas... ¿Puedo tutearte, verdad? Decía que no creas que podrás escaparte esta noche sin conocer a mis padres. Mi madre me ahorcaría si no te la presentara.
Alice posó sus ansiosos ojos en Bella. -¿Y qué hay dé Edward?
-¿Qué pasa con él? Por lo que sé, todavía ni siquiera ha vuelto de California. Se ha retrasado más de la cuenta allí. -Bella miró a su alrededor, repleto de invitados.- Bonito lugar.
Y sabía que se había quedado corta en la descripción. La residencia Withlock era una mansión en todo el sentido de la palabra. Las habitaciones estaban elegantemente proporcionadas, con techos altos e interminables pisos de madera brillante. Una larga hilera de puertaventanas muy formales revelaban un panorama impresionante del lago Washington.
Esta casa ha pertenecido a la familia de Jasper durante cuatro generaciones -explicó Alice en voz baja-. La construyó su bisabuelo.
-Él y el bisabuelo de Alice fueron socios en una operación de embarques -agregó Jasper, por encima de su hombro.
Bella miró a Alice sorprendida. No sabía que la conexión entre tu familia y la de Jasper datara de tanto tiempo atrás.
-Los Withlock y los Cullen hicieron negocios juntos durante muchos años -explicó Jasper-. La enemistad inveterada es algo nuevo. -Le sonrió cálidamente a Alice-. Al y yo tenemos la esperanza de ponerle punto final.
Alice apretó los labios. -No será tan fácil como Jasper cree. No conoce a mi hermano.
-Ya veremos -dijo Jasper.
Un minuto después, condujo al trío hacia una sala larga y blanca con cristales. Bella percibió de inmediato que Jess había llevado a cabo su plan de convertir el ambiente en una tierra de fantasía.
Toldos coloridos y enormes almohadas, más rellenas de lo habitual, creaban un fondo exótico y hasta lujurioso. Las palmeras de bronce asomaban sobre una burbujeante fuente de champaña que había sido colocada en el centro del salón.
Y allí, plácidamente, cerca de la fuente, estaba el elefante.
-Ahí está -anunció Bella, profundamente aliviada. Corrió hacia él, pero se detuvo frente a la bestia esmaltada. Alice y Jasper la siguieron.
-¿Qué tiene ese elefante que es tan importante para ti, Bella? le preguntó Alice.
Bella se agachó y presionó una de las uñas de las patas. -No es el elefante, sino lo que guardé dentro de él.
El cajón oculto se abrió. Bella vio el diskette en su interior y se alivió. Lo tomó y lo guardó en su bolso.
-Parece un diskette de ordenador personal. observó Jasper.
-Eso es. -Bella se volvió para sonreírle.- Os ruego que os quedéis con el elefante el resto de la velada. Yo ya tengo lo que quería. -Se paró repentinamente porque se dio cuenta de que había hablado en voz demasiado alta, a pesar de que la sala estaba bastante bulliciosa.
Avergonzada, notó que el silencio reinaba ahora en el lugar.
Una horrenda premonición se hizo presa de ella. Al igual que todos los demás en el solario, Bella volvió la mirada hacia la entrada. Edward estaba allí, como un lúgubre dios de la noche, vestido de traje y corbata.
Sus ojos encontraron a Bella en el momento en que se produjo el silencio. Empezó a avanzar con pasos gigantescos, abriéndose paso entre la gente, con desdén por todo y todos los que lo rodeaban. El murmullo comenzó a elevarse a un tono más normal, pero entonces, el signo distintivo de todas las conversaciones fue la curiosidad colectiva y la anticipación por lo que vendría.
-Si hace una escena, me muero -dijo Alice, petrificada. Apretaba los labios y estaba llena de ansiedad.- Juro por Dios que me muero.
-Cálmate –dijo Bella para tranquilizarla-. Edward no hará ninguna escena. Probablemente debe de estar aquí porque se imaginó que yo estaba aquí. Le explicaré todo y así terminará la historia.
Estás loca -le dijo tendremos que pagar por esto. -Se irguió.- Pero no me importa. Esta es mi vida y voy a vivirla a mi manera.
-Esta es mi chica. Enfréntate a él. Ese es mi consejo. -Bella le dio unas palmadas en el hombro alentándola.
Jasper observó con una expresión pensativa a Edward, que se aproximaba. -¿Debo suponer que éste es mi feroz futuro cuñado? Recuerdenme no interponerme entre él y un trozo de carne cruda.
-No es tan malo. Perro ladrador, poco mordedor -dijo Bella de inmediato.
-Si tú lo dices. -Jasper no parecía en absoluto convencido.
-Bella todavía no lo conoce muy bien -murmuró Alice.
Bella decidió que había llegado el momento de hacerse cargo de la situación. Tenia plena conciencia de la expectativa que se había creado entre los presentes y recordó que Edward podía ponerse muy difícil cuando queda. Sonriente, fue a interceptarlo.
-Has venido, Edward. -Bella se plantó con paso firme en su camino.- Me alegro tanto de que hayas llegado. Pensé que no lo harías a tiempo.
Edward se detuvo. -¿Qué estás haciendo aquí, Bella?
Le apoyó una mano en el hombro y se paró de puntillas para besarle la mejilla, como suponía que debía recibir una esposa a su marido después de una corta ausencia. -Compórtate -le susurró al oído, para que sólo él pudiera escucharlo- después te explicaré todo. Lo juro.
Durante un instante de tensión, pareció que Edward ignorarla la súplica. La ira ardía en sus ojos a pesar de la fría expresión que tenla en ellos.
-Decididamente tendrás que explicármelo después -le contestó severamente.
Edward le tomó el brazo con una mano, en un gesto que, para todos los presentes, podía pasar como una muestra de afecto. Sin embargo, Bella sentía una abrazadera de hierro en él. No estaba lastimándola, pero sabía que no podía liberarse de él, así como tampoco podía huir. Mantuvo su sonrisa de plástico plasmada en el rostro mientras Edward la llevaba hasta donde estaban Jasper y Alice.
Al darse cuenta de que Edward iba decidido a hablar con Alice, Bella echó mano de otro intento para evitar una explosiva conversación.
- Edward, no creo que conozcas al amigo de Alice, Jasper Withlock, ¿no? -comentó ella-. Jasper, te presento a Edward, el hermano de Alice.
Jasper sonrió gentilmente, pero tenía la mirada atenta. -Es un placer. -Tendió su mano. A su lado, Alice
parecía valiente, pero angustiada como si hubiera tenido que enfrentarse a un escuadrón de sujetos rudos.
Al ver que Edward no respondía de inmediato al gesto de Jasper, Bella arrojó la diplomacia por la borda. Plantó el tacón de su sandalia negra sobre la puntera de los zapatos italianos de cuero de Edward.
Edward hizo una mueca, apenas perceptible, pero la hizo. Echó una mirada de reojo, indescifrable, a Bella, pero para el alivio de ella finalmente estrechó la mano de Jasper.
-Conozco a tu padre -dijo Edward enigmáticamente mientras apretaba la mano de Jasper en lo que debió de haber sido el saludo más corto registrado en el libro de los récords.
-Eso me han dicho -contestó Jasper, que retiraba la mano para rodear los hombros de Alice con gesto posesivo-. Espero que no crea que mi padre y yo somos clones. Sería un error.
Alice se balanceó levemente junto a Jasper, con la vista en blanco.
Bella aplicó todo el voltaje a su sonrisa. - Edward siempre tiene una mentalidad muy abierta. Nunca emite juicios descabellados, ¿verdad, Edward?
Los ojos de Edward se detuvieron en la radiante sonrisa de Bella -No. Reúno toda la información que puedo antes de emitir un juicio. Pero de vez en cuando, me doy cuenta de que cometo errores. Entonces, los corrijo de inmediato.
Bella decidió leer el mensaje bajo la luz más optimista. -Sí lo sé, querido. Es por eso por lo que tienes tanto éxito. A propósito he estado hablando con Alice sobre la nueva exposición de arte precolombino que ella está organizando en el Museo Eckert. Queremos ver la presentación preliminar, ¿verdad?
-¿Sí?
-Naturalmente. No tiene ningún sentido ser pariente de la organizadora si no puedes asistir a exhibiciones privadas. Bien, ahora despídete de Jasper y de tu hermana. Sé que has estado muy activo en este viaje y que debes de estar agotado. Iremos directamente a casa y comeremos una agradable y exquisita cena. Tengo tanto que contarte.
-Yo también tengo algunas cosas que decirte -dijo Edward. Miró a Alice-. Buenas noches, Al.
-Buenas noches, Edward -respondió ella, muy tensa. Hubo un destello de alivio en su mirada, como si de pronto hubiera caído en la cuenta de que el escuadrón de sujetos duros no abriría fuego después de todo. Por lo menos, no esa noche. Dirigió una veloz y ansiosa mirada a Bella-. Hasta pronto.
-Hasta pronto. -Bella miró a Jasper.- Gracias otra vez por haberme ayudado a encontrar el elefante.
-Estoy a tus órdenes. -Jasper aún seguía observando a Edward.
-Vamos a casa. - Edward apretó con más fuerza el brazo de Bella y la giró para encaminarla hacia la puerta del solario.
En ese preciso instante, una pareja distinguida, muy bien vestida, entró al salón. El hombre parecía estar cerca de los setenta. Asumía una postura tan solemne, casi militar, que aparentaba ser más alto de lo que en realidad era. Estaba casi calvo, apenas le quedaba una hilera rala de canas. Tenía nariz aguileña y unos profundos hoyos debajo de los pómulos.
La mujer, unos diez años más joven que él, era delgada y de aspecto muy saludable. Extrañamente, la piel que rodeaba sus ojos y boca estaba libre de las arrugas que cualquiera hubiera esperado encontrar en una mujer de su edad. Su cabellera plateada era corta, ondulada hacia dentro.
Por el modo en que la distinguida pareja se movía por el salón, asintiendo con la cabeza en dirección a los invitados y entre suaves murmullos, Bella se dio cuenta de que estaba mirando nada menos que al señor y la señora Withlock.
-Antes que se te ocurra volver a pisarme con el tacón de tu sandalia -le dijo Edward suavemente- será mejor que te advierta que no voy a estrechar la mano de ese bastardo.
-Bueno, Edward, no hay necesidad de precipitarse.
-Acepta este consejo, no esperes de tu buena suerte más de lo que ya te ha brindado esta noche. Estás en la cuerda floja. - Edward la llevó rápidamente hacia la puerta del solario.
La multitud se dividió, dejando un camino para Bella y Edward por el cual se chocarían indefectiblemente con los Withlock. Edward no vaciló. Tampoco disminuyó la marcha. Simplemente, siguió avanzando, como un tiburón en el agua. Bella estaba acobardada. Sabía que se enfrentarían en cualquier momento, a menos que alguien cambiara el curso de ese camino que habían abierto.
Peter Withlock levantó la vista y vio a Edward y a Bella que trataban de llegar a la puerta. Una expresión de asombro se dibujó en su rostro.
La señora Withlock se volvió con una grácil sonrisa. Fue evidente que no reconoció a Edward de inmediato. Entonces, abrió mucho más sus ojos y su sonrisa se volvió incómoda. Dirigió a Bella una rápida mirada de preocupación, como preguntándose si por ese lado recibiría una ayuda.
-Hola, Cullen -dijo Withlock, muy tenso, cuando Edward avanzó hacia él-. No sabía que vendrías esta noche.
Edward no articuló palabra. Sólo siguió caminando hacia la entrada, como si el otro hombre no existiera. Bella advirtió las miradas fascinadas de todos los espectadores de aquella pequeña escena.
La señora Withlock hizo un noble intento. -Ha sido muy agradable conocer a su hermana esta noche. Es una jovencita tan encantadora. ¿Creo que hace poco que se ha casado?
Edward seguía sin responder. Seguía caminando hacia la puerta con la determinación de un depredador detrás de su víctima.
Bella ya había soportado lo suficiente. Su tía Sue siempre le había dicho que los buenos modales eran lo único que distinguía a la civilización del salvajismo.
Bella clavó los talones en el piso, casi obligando a Edward a detenerse. Una nueva ola de expectación envolvió a los que estaban parados cerca de ellos.
-Buenas noches, señora Withlock. Soy Bella Cullen. Un placer conocerla. Su fiesta es encantadora. Lamento no poder quedamos. Ha sucedido un imprevisto.
-Sí, por supuesto, lo comprendo. -La señora Withlock pareció patéticamente agradecida por el pequeño estallido de intercambio social que había intentado Bella. Rápidamente miró a Edward.- Fue muy amable de su parte haber venido.
-Ha pasado mucho tiempo, Cullen -comentó Peter Withlock.
-No el suficiente -contestó Edward, en voz tan baja, que sólo ellos cuatro pudieron escucharlo.
El rostro de Withlock se ruborizó por completo. Aparentemente, tu hermana y mi hijo han intimado bastante últimamente. Tal vez debiéramos hablar. Por el bien de ellos.
Edward lo miró, sin denotar evidencia de emoción alguna. -Tal vez tengas razón. Comunícate con mi secretaria. Ella te dará una cita.
Withlock entrecerró los ojos por el modo cortante en que Edward le sugirió que hablara con su secretaria. Pero no hizo comentario alguno ante ese insulto tan poco sutil. -Muy bien. Lo haré.
Edward inclinó la cabeza con gélida gracia. Luego apretó con más fuerza el brazo de Bella y la llevó a la puerta.
Carlisle estaba esperando junto a la limusina. Edward se detuvo brevemente para decirle algo.
-Lleve el auto de vuelta al garaje -dijo Edward -. Yo llevaré a casa a Bella. Ya no lo necesitaremos por hoy.
-Sí, señor. -Carlisle dirigió una mirada indescifrable a Bella y se colocó detrás del volante de la limusina.
Edward condujo a Bella hasta el pequeño auto rojo que estaba estacionado en la calle. -Dame las llaves.
Bella metió la mano en su bolso, tratando de pescar el llavero. -¿Quieres que conduzca yo?
-No.
-No sabía que conducías -dijo ella, casi corriendo para alcanzarlo. Cuando Edward la miró de reojo, con expresión extraña, ella agregó de inmediato-: Quiero decir... Creí que Carlisle conducía por ti.
-Yo sé conducir. Si no, ¿para qué tendría dos autos en el garaje?
Bella recordó el Mercedes que siempre estaba parado en la cochera, junto a la limusina. -Pero nunca lo conduces.
-No has vivido conmigo lo suficiente para saber si conduzco y cuándo lo hago, ¿no?
-Supongo que no. Mira, Edward, quiero agradecerte el haberte comportado decentemente allí dentro. Sé lo difícil que debe haber sido para ti.
-¿Sí?
-Sí. Y espero que te hayas dado cuenta de que Alice ha agradecido que no le hayas dado un puñetazo a Peter Withlock o que no se te haya ocurrido destrozar la casa a puntapiés. Yo le dije que no harías ninguna escena.
-Me importa un cuerno si ella estaba o no agradecida. Me las veré con Alice en otro momento. Lo que quiero saber ahora es por qué tú estabas ahí, Bella.
-Es una larga historia.
-Abréviala.
Bella pestañeó cuando Edward se detuvo frente al auto y abrió la puerta delantera. -¿Estás realmente enojado?
Edward levantó las cejas mientras sostenía la puerta abierta para que ella subiera. -¿Tienes que preguntarlo?
-A veces, es difícil saber qué estás pensando o sintiendo. -Bella ocupó el asiento delantero.
La mirada de Edward recorrió las piernas que el corto vestido negro dejaba bastante descubiertas. -Veo que te has vestido especialmente para la ocasión -dijo, dando un fuerte portazo.
Bella se ajustó el cinturón de seguridad y buscó su bolso mientras Edward rodeaba el auto por la parte delantera. Cuando se sentó junto a ella, Bella le pasó el diskette por delante de la nariz. -¿Quieres una explicación breve de por qué he venido aquí esta noche? Aquí la tienes.
Edward frunció el entrecejo al ver el diskette. -¿Qué es eso?
-No lo sé. Lo encontré en la casa de la playa, después de que tú me llamaras por teléfono anoche. ¿Ves la nota que tiene?
Edward miró la etiqueta. -¿Emmett me dejó esto?
-Sí. Es muy extraño, ¿no te parece?
-Mucho. - Edward metió la llave y arrancó. Sacó el auto del estacionamiento.- ¿Qué tiene que ver eso con tu presencia en casa de los Withlock?
Bella suspiró impacientemente. -Yo escondí este diskette en el elefante. ¿Recuerdas ese cajoncito que tenía en la base?
-Lo recuerdo.
-Esta tarde tuve que salir de la boutique. Una diseñadora amiga mía, durante mi ausencia, pasó por Extravagancias y se llevó el elefante para usarlo como ornamento en casa de los Withlock, en la fiesta de beneficencia. Descubrí que el elefante me faltaba hace como una hora. Estaba como loca. Gracias a Dios, Alice y Jasper estaban allí.
-¿Por qué?
-No creo que hubiera podido entrar en este jolgorio sin ellos. El tipo que estaba en la puerta no paraba de decirme que yo no estaba en la lista.
Edward la miró de reojo.
-¿No intentaste decirle que eras la esposa de Edward Cullen?
- Tengo noticias para ti, Edward. No todos los habitantes de esta ciudad se quedan helados al escuchar tu nombre. Creo que el tipo que estaba en la puerta de la mansión Withlock jamás había oído hablar de ti en su vida.
-Ahora sí -dijo Edward.
Bella parpadeó. -¿Cómo entraste tú?
-Caminando.
Me refiero a si lo convenciste para que te dejara entrar.
-Ni siquiera lo interné. Simplemente, subí las escaleras y él se apartó del paso.
-Oh. -Bella frunció la nariz.- Ahora veo por qué esa técnica te da resultado a ti y a mí no. Yo carezco de esa presencia intimidatoria, de ese algo... Supongo que no parezco la esposa de Edward Cullen.
-Pareces exactamente la esposa de Edward Cullen-gruñó Edward.
-Si tú lo dices. Bueno. Ya te he dado mi versión. ¿Vas a creerme o tendré que caminar sobre brasas incandescentes para demostrarte que no miento?
-Te creo. - Edward parecía resignado a lo inevitable.- Tu historia es demasiado rara para ser inventada.
Bella sonrió complacida. -Esa es una de las cosas que me gustan de ti, Edward. En el fondo, eres un hombre muy agradable. Hasta razonable. Es difícil entender por qué todos, incluso tu familia, tienen tan mala impresión de ti, después de tantos años de conocerte.
-Tal vez, yo sea la víctima de una larga serie de infortunados malos entendidos -sugirió Edward.
