Capítulo 11. La región inexplorada de Tabantha.
Cualquier descripción de la región pantanosa, desconocida para el grupo de los cinco viajeros, sería inútil. No hay palabras para materializar la masa pegajosa verde que se adhería a sus piernas y les impedía cualquier movimiento. Con la ayuda de sogas lanzadas gracias a las flechas de Reizar y de Link, lograban avanzar, aunque en algunos momentos estuvieron a punto de perder desde los caballos hasta las provisiones.
Peor eran las serpientes, sin embargo. Surgían de entre la maleza, camufladas con el verdoso entorno y atacaban a las corvas de los caballos o a los tobillos de los viajeros. Luego, retrocedían, sus cuerpos correosos agitándose como látigos.
- Esta cosa funciona. – dijo Leclas, cuando una serpiente del tamaño de su pierna huía espantada, de regreso a la maleza.
Antes de entrar en el pantano, Reizar había cocido unas tiras de lino que llevaba, y las impregnó de un líquido espeso de color amarillo. Esas tiras rodeaban los tobillos de todos los presentes, y también estaban atadas en las patas de los caballos.
- ¿Qué tipo de repelente es? - había preguntado el rey cuando vio la preparación concienzuda del mercenario.
- Es una hierba conocida como "Pis de gato". – Reizar esperó a que Link dejara de reír. – Hay que tener mucho cuidado: es altamente inflamable.
- Con ese olor, no me extraña. – Link dejó de reírse. – Sabes mucho de hierbas curativas, es estupendo.
Reizar cabalgaba detrás del rey y su caballero, y a su espalda rezongaba Leclas, acompañado de Kafei. Habían llegado a una zona menos pantanosa, y los caballos ya podían moverse con tranquilidad.
- Um... ¿qué es eso?
Leclas detuvo a Dújar, a petición de Kafei. El resto también se detuvo.
- ¿Qué has visto? – Zelda apoyó la mano en el mango de la espada.
- Hay una piedra muy rara... – Kafei bajó de Dújar y se acercó hacia un montón de hierbajos. Los apartó y quedó al descubierto una gran roca pulida. En el centro, grabado por manos ya fallecidas, había un dibujo de un ojo con una lágrima.
- Eso es el símbolo de la tribu de los sheikans. – Link, que había sido el primero en seguir a Kafei, tocó la superficie. – Tiene... más de 400 años, seguro.
- No es más que una mierda de piedra antigua. – Leclas le dio un golpe con la vara.
Kafei retrocedió y se llevó las manos a los oídos. Cayó de rodillas frente a la roca. El resto tuvo que esperar a que el granjero se recuperara para saber qué le había pasado. Por unos segundos, Reizar temió que le hubiera picado una serpiente, pero no había heridas en el cuerpo de Kafei. Leclas aseguró que solo había golpeado a la piedra y ni había rozado a Kafei.
- ¿Estás bien? – Zelda se inclinó. - ¿Qué te pasa?
Kafei se incorporó otra vez.
- Esa roca... habla. ¿No la habéis escuchado?
- Alguien está inhalando más vapores tóxicos de la cuenta. – comentó Leclas con sorna.
- ¿Hablar¿Estás seguro? No hemos escuchado nada. – Reizar tocó la superficie de la roca. – Esto puede ser una pista, el templo que buscamos tiene relación con los sheikans. O puede que solo estés cansado, Kafei.
- ¿Qué te ha dicho?
Había sido el rey quién hizo esa pregunta. Link había sacado su lente de la verdad y ahora la usaba para mirar a Kafei con detenimiento. Intimidado por la mirada escrutadora del rey, Kafei habló con la cara toda roja.
- No la he entendido... Más que escuchar, es como si susurrara algo a mi oído.
Link golpeó con el puño la piedra, y Kafei se tapó otra vez los oídos.
- Es como si... me hiciera cosquillas en mi cerebro. – declaró, cuando el sonido cesó y se quitó las manos de los oídos. – La piedra dice... que lo que buscamos habita en un templo en este lugar, y que algo le ha pasado a Gaia...
- Link¿qué es esa piedra, lo sabes? Por la cara que estás poniendo, yo diría que sí. – Zelda dividía su atención entre el cada vez más pálido Kafei y el rey.
- Claro que lo sé. Es una piedra "cotilla". – Link guardó la lente en sus bolsillos. - Un artefacto que usaban los antiguos sheikans para difundir información importante. Los últimos estudios arqueológicos que leí decían que las piedras cotillas habían desaparecido de Hyrule, ni siquiera queda alguna en Kakariko o en la antigua ciudadela de Hyrule. Las piedras telepatía están hechas con restos de estas piedras.
- ¿Por qué solo afecta a Kafei? – preguntó Reizar.
Link no respondió a esto enseguida. Leclas golpeó por segunda vez la roca, y Kafei cayó de rodillas. Zelda le gritó que parara, y el shariano respondió:
- Debemos extraer toda la información a esta cosa.
- Espera, no es buena idea, las piedras cotillas...
Leclas desoyó a Link y golpeó con más fuerza. La roca se volvió roja y se hinchó hasta parecer un globo. Estalló dejando una nube de humo. Los cinco chicos se miraron cuando el polvo desapareció. Tenían los rostros tiznados de negro y tosían.
- Maldito cabezón¿y ahora qué hacemos? – musitó entre dientes Zelda.
- Yo... creo que he entendido todo lo que decía.
Kafei estaba sentado en el suelo, y, a pesar de la capa de hollín que le cubría, parecía estar recobrando el color y la salud.
- Gaia no tiene forma, pero podemos hablar con "él" en el templo al sur de aquí. También decía que algo estaba ocurriendo en ese lugar, que hay peligro para Gaia, y que debemos tener cuidado. – Kafei se limpió el rostro con la manga de la túnica. – Uf... ha sido muy raro.
Link se agachó a su lado y volvió a examinar a Kafei.
- Kafei¿hay algo que nos debas contar? – el rostro de Link, también oscurecido, parecía serio y grave. - ¿Tú habías visto antes el símbolo de los sheikans, verdad?
Por unos instantes, el rostro de Kafei pasó del pálido más absoluto hasta el rojo grana. Cuando habló, la voz sonó despreocupada, pero los ojos azules del granjero reflejaban melancolía.
- Sí, es cierto. Yo no pretendía ocultarlo; lo cierto es que lo que os voy a contar me parecía tan... personal, que ni siquiera Maple lo sabe. – Kafei tragó saliva. – Mi madre no era de Holodrum, sino de Hyrule, y solía contarme que su familia descendía de una tribu mágica. Tenía un fragmento de un tapiz, con el símbolo del ojo, escondido entre sus cosas del tocador.
- ¿Aún lo tienes? – preguntó Link, y se arrepintió de preguntarlo. Kafei respondió sin mirarle, con la atención fija en sus botas. La voz sonó algo ahogada.
- No. Quemaron todo lo de mis padres, después de descubrir que tenían la peste.
Durante un minuto, quizá dos, todos los del claro fueron incapaces de decir nada. Lo cierto es que Kafei no hablaba jamás de sus padres. Parecía que su vida había empezado en Kakariko, ya como repartidor, y rara vez mencionaba Holodrum. El chico era hermético en esa única cosa. Link le dio un golpe en el hombro.
- Destinado a ser el sabio de la sombra, debí darme cuenta antes. Kafei, tienes sangre sheikan en las venas, como Impa la Grande.
- Pero yo no tengo los ojos de color corintio.
- No quedan muchos retratos de los sheikan, pero se dice que eran personas muy fuertes, ágiles y tenían facilidad para comprender la magia. Es más, entre ellos era usual emplear la telepatía. Por eso eres capaz de escuchar a las piedras. Es un poder que nos ayudará, sin duda, así que no estés triste. – Link le tendió la mano. – Vamos, debemos localizar el templo antes que Vaati.
Kafei sonrió y se puso en pie con su ayuda.
- Bien¿cómo sabremos donde está el sur? – Zelda rompió el silencio incómodo con la voz algo enojada. – No hay suficiente sol para averiguar la dirección, y no tenemos una brújula.
- ¿Por qué no pruebas ese don de los watarara? – Reizar tendió una cantimplora a Kafei. – Seguro que desde el aire puedes divisar las ruinas, o si no, localizar el sur con facilidad, Sir Zanahoria.
Reizar tuvo que esquivar un puñetazo de la labrynessa. Tras gritar que no se le ocurriera volver a llamarla así, Zelda se colocó la máscara y salió volando, dejando un revoltillo de plumas rojizas. Link se balanceaba nervioso, mirando de izquierda a derecha. Después de la huida de la piedra cotilla, todo se había quedado en calma, pero el rey sentía una opresión en el pecho.
- "Peligro para Gaia"... ¿se habrá adelantado Vaati otra vez? – murmuró para sí. Zelda aterrizó justo a su lado. Recobró la forma humana al mismo tiempo que anunciaba que había visto unas piedras muy cerca de donde ellos estaban. Caminaron hacia allí, en formación. Tardaron unos 15 minutos en llegar al lugar señalado. Notaron enseguida el cambio: el suelo era duro, y apenas había serpientes. A la escasa luz del atardecer, el grupo miró la entrada a un templo, tan rodeado de maleza que les hubiese costado encontrarlo.
- Hyrule tiene muchos templos abandonados¿verdad? – comentó Reizar.
- Durante la guerra del Aprisionamiento, se destruyeron bastantes. Luego, los que eran de uso para los hylians y los sheikans fueron desapareciendo. – Link suspiró. –Es una lástima... Cuanto de su conocimiento nos habrían servido de ayuda.
- ¿Hacemos una apuesta, chicos¿A qué dentro de este sitio nos espera un monstruo horripilante? – Zelda desenvainó la gran espada que la acompañaba.
- Espero que no tengas razón, Zelda. Aún tengo pesadillas con los chu-chus. – Kafei tomó su boomerang. Leclas se había equipado de dos espadas gemelas, y tendió una a Kafei. El granjero no la aceptó, a pesar de que también Zelda opinaba que el boomerang no era una gran arma.
- Sh... – Reizar les hizo callar con un gesto. - ¿No escucháis eso?
- Otro que tiene alucinaciones. – musitó Leclas. Link, que estaba tensando el arco, le pidió silencio.
- Escucho... como si alguien estuviera rascando algo. – el rey se avergonzó de su vaga descripción.
- Yo diría que... parece un topo gigante, excavando una galería justo debajo... – Reizar vaciló al final de la frase.
Ahora todos lo escuchaban, un leve rumor de tierra que provenía de debajo del suelo. De repente, las baldosas de granito sobre las que estaban se desprendieron unas de otras, como si fuera un díficil puzzle destrozado por el puñetazo de un niño caprichoso. Centella, Dújar y el caballo de Reizar saltaron y esquivaron el agujero. Leclas intentó imitarles, pero fue el primero en caer, seguido de Kafei. Reizar resbaló y su cuerpo cayó de cabeza en el agujero oscuro. Link alargó las manos para sujetarle, pero el mismo rey estaba cayendo también. Un rayo naranja pasó a su lado, y se vio sujeto por unas poderosas patas. Descendió a toda velocidad por el oscuro túnel. Link se llevó la flauta a los labios y tocó una melodía (ahogada y extraña, por la posición), y al instante un airecillo caliente llenó la oquedad oscura. Zelda aterrizó al fondo de la cueva, depositando a Link en una especie de roca cuadrada. Leclas estaba sentado, aturdido todavía. Kafei estaba inclinado sobre Reizar, examinando al mercenario, que parecía inconsciente.
- Maldita sea, nos pillaron con la guardia baja. ¿Cuántos eran? – musitaba Leclas mientras se ponía en pie.
- El suelo era inestable, debimos asegurarnos antes. – Link bajó y se acercó a Reizar, para ayudarle a ponerse en pie. El mercenario tenía un golpe en la frente, pero no sangraba.
- Gracias¿eso era un hechizo? – Reizar se tocó el chichón.
- Sí, aunque... no he podido levantaros hacia fuera. – Link miró a su alrededor. Estaban en alguna sala grande y muy oscura. Olía a humedad y cerrado. – Esto... parece una tumba.
- Huele a tumba, eso es cierto. – Zelda golpeó con una semilla de ámbar un palo de deku baba y levantó la antorcha. La luz de la antorcha se reflejó en las paredes pulidas de granito blanco, provocando un leve resplandor. La sala tenía unas doce columnas dispuestas en un gran círculo alrededor de ellos. Aparte de las columnas, el lugar estaba invadido por la vegetación: cientos de lianas, helechos y extrañas flores naranjas pululaban por el lugar. Donde Zelda había depositado a Link se trataba de un altar ceremonial, tallado con símbolos que resultaron desconocidos para la gran mayoría del grupo... excepto para el rey. Link extrajo la lente de la verdad, limpió el cristal con la manga de su túnica y quitó algunos de los hierbajos.
- Que maravilla... – acarició los símbolos con delicadeza. – Es hyrulano, pero muy antiguo. Yo diría que tiene unos 1000 años... – se giró de repente y corrió hacia las paredes. Por debajo de la capa de malas hierbas, había mármol blanco pulido y más relieves. – Es una sala de la entrada a las catacumbas... Aquí pone que esto es "el inicio". Los sheikans construían sus templos en forma anillar.
- ¿Anillar? – preguntó Leclas.
- Como un anillo concéntrico... Esta sala es el inicio del círculo de las catacumbas... Seguro que hay más bajo tierra, donde enterraban a sus guerreros más valientes y también donde ocultaban los tesoros más valiosos. – Link acariciaba los relieves de las paredes, apartando las plantas que ocupaban la sala.- Y pensar que tenía esto tan cerca.
- Otro día jugarás a los arqueólogos. – dijo Zelda. Aunque no podía evitar sonreír ante el entusiasmo de su amigo, tenía que recordar la seriedad de la misión. – Debemos encontrar a ese tal Gaia y...
Las hojas del suelo se agitaron, y Link sintió un fuerte tirón en el tobillo. Se vio arrastrado por el suelo y desapareció por un agujero, antes de que cualquiera de sus acompañantes reaccionara. La guerrera fue la primera en moverse, y por unos centímetros no pudo sujetar la mano del rey.
- ¡Maldita sea! – Zelda se acercó al oscuro pozo, seguida de Kafei y Leclas. - ¡Link¡Siempre te metes en estos líos, idiota!
- Bueno, pecosa, habrá que ir a por él. – Reizar se asomó al pozo. No les llegaba ningún sonido. Link no respondió a las llamadas. - Hay agua, al fondo. –
Kafei se acercó, arrastrando más lianas.
– Bajemos rápido.
Arrojó un extremo, mientras Leclas ataba al otro lado. Bajaron con rapidez. El agujero parecía un pozo, y allí abajo el olor a tumba era más penetrante. El cuarteto aterrizó sobre una serie de charcos de agua estancada. Bastó con iluminar un poco con la antorcha de Zelda, para descubrir que allí abajo las plantas se habían apoderado del lugar.
- ¡Link! – llamó en la oscuridad, sin recibir ninguna respuesta.
- Se lo han llevado al interior del templo. – musitó Kafei. Empezaba a sentir frío, algo raro en él, que era muy resistente a las bajas temperaturas y jamás se resfriaba. Zelda se giró para decirle algo y de repente, la caballero dio un sonoro grito y soltó la antorcha. En medio de la oscuridad, Leclas y Reizar escucharon como Zelda maldecía en su idioma, y luego, volvía a encender otra semilla de ámbar. El rostro pecoso de la chica estaba pálido y miraba a Kafei como si este fuera un monstruo de las tinieblas. Kafei pensaría más tarde que Zelda parecía realmente muy asustada, y no era para menos.
- Ka... Kafei... Deberías mirarte los ojos.
- ¿Cómo? – El granjero no había sentido nada extraño en sus ojos. Usando un charco de agua como espejo, se agachó y se examinó el rostro. Por encima de él, Leclas y Reizar hicieron lo mismo. Kafei se puso en pie, asombrado. – Yo... No sé lo que significa esto.
Sus irises, hasta ese día de un color azul sereno, ahora eran rojos como la sangre. Kafei se incorporó, conmocionado ante esta apariencia. Zelda tragó saliva y dio un paso atrás.
- ¿Estás bien? – le preguntó Kafei.
- Debería ser yo quién te hiciera esa pregunta. Nada, no es nada... Es que... – Zelda maldijo en voz baja y se dio la vuelta. – Vamos a buscar a Link. Ya nos ocuparemos de tus ojos en otro momento.
Leclas también le miraba raro, pero al contrario que Zelda, tenía en la expresión un aire triste. Reizar tomó la antorcha de Zelda y aprovechó para preguntarle a la guerrera por el farol con luz de hada que le prestó. La chica respondió que, al entrar en el dominio Zora, lo empleó para golpear a un guarda y lo partió.
- Con lo que bien que nos habría venido aquí... Cuanta más oscuridad hay, más ilumina. – comentó Reizar. La catacumba se iba estrechando a medida que avanzaban, y apenas había ya agua. Zelda se encontró con varias enredaderas, y las cortó para poder avanzar. Al hacerlo, Kafei sintió un dolor lacerante en la cabeza.
- Zelda, no hagas eso, por favor... – suplicó.
- ¿Qué? Es obvio que estas plantas son malignas.
- No estoy tan seguro de eso... Y a menos que nos ataquen, no hacedles nada. – Kafeis se adelantó al grupo y caminó hasta el centro de la sala. Los ojos bermellón brillaban en la oscuridad como dos ascuas.
Al otro lado de la gran sala, Kafei vio moverse algo antes que el resto. Lanzó el boomerang, hacia una especie de serpiente de tres metros que avanzaba girando sobre si misma. Tras golpear en la cabeza, el boomerang describió una elipse y regresó a la mano de Kafei.
- ¡Basiliscos! – Zelda corrió a atacar a la cola, donde había una especie de hélice blanca. Tres fuertes espadazos en ese punto bastaron para que la serpiente cayera muerta.
- ¡Vienen más! – Reizar cubrió la espalda de Zelda, mientras que Leclas esquivaba con agilidad la boca de otro enorme basilisco. Kafei apuntaba a los más lejanos con el boomerang, manteniendo a raya a los que venían por distintos agujeros de las paredes.
La cueva se estaba llenando de esas criaturas, tantas que el suelo entero se cubría de las babas que soltaban. Zelda basculaba el filo de la biggoron, con los brazos cansados. Encima, la oscuridad del lugar se había acrecentado: la antorcha que había sostenido Reizar se estaba apagando en el suelo. Zelda giró para apartar a un basilisco, y se encontró con otro que la apresó de la pierna y la levantó en el aire. Leclas y Reizar fueron en su auxilio... pero una flecha surcó el aire y se clavó con tino en el centro de la cabeza de la serpiente. Otras dos flechas, disparadas con igual puntería, se clavaron en otras dos crías. El resto, empezó a huir a los agujeros.
- ¡Por fin os encuentro!
Zelda se puso en pie, mareada. Link avanzó hacia ellos, con la ropa empapada y cojeando de la pierna derecha.
- ¡Encima¡Por fin te encontramos nosotros! – Zelda le miró con ojo crítico. - ¿Estás bien, no te han herido?
- No. – Link mostró el pie derecho. Estaba descalzo. – Me quité la bota antes de me arrastrara aún más. – el rey miró hacia Kafei, y observó su nuevo aspecto. – Esos ojos... Kafei¿ahora ves en la oscuridad, cierto?
- Un poco, y no a mucha distancia.
- Es un poder que se acaba de despertar, es normal. – Link le guiñó un ojo a Zelda. - ¿A que te costó acostumbrarte al cuerpo de watarara? Esto es lo mismo. De momento, nos da ventaja. – Link señaló hacia un lugar a su espalda. – Antes, cuando seguía el sonido de la pelea, me pareció percibir una luz muy leve en esa dirección. Creo que Gaia o lo que sea se encuentra por ahí.
Reordenaron el grupo: Zelda iba tras Kafei, que les guiaba con su nueva visión nocturna, Leclas se ocupaba de vigilar la derecha con otra antorcha, Link la izquierda, con el arco a punto de disparar, y detrás Reizar.Tal y como había dicho Link, había una luz muy tenue, insuficiente para iluminar el lugar. Kafei advirtió de que había agujeros en el suelo de mucha profundidad, y tuvo que guiar los pasos de sus acompañantes. Mientras, el granjero se atrevió a preguntar a Link si sabía porqué esa habilidad de sheikan se había despertado ahora.
- Por la proximidad del leviatán. Lord Valú se lo dijo a Zelda: los sabios tienen poderes ocultos, relacionados con algún avatar...
- Pero Zelda no es una sabia. - Esta observación la hizo Leclas. - ¿Cómo es posible entonces que ella se transforme en pájarraco? Ahora me dirás que Zelda tiene ascendente watarara.
- Interesante, no me había dado cuenta de eso... – Link reflexionó un momento. Hablaban en susurros, como si temieran despertar algo en el fondo de la cueva. – Para responder necesitaría una biblioteca. Seguro que en algún libro está la respuesta.
- Sh... En vez de tanta charla, vigilad las plantas, no me fío de ellas. – les dijo Zelda.
- Vale, pero no las cortes. – pidió Kafei. – Estas plantas no son malignas, al menos no todas.
- Dile eso a la que se llevó a Link. – Zelda bufó.
- Yo creo en lo que dice Kafei. – Link asintió. – Hay algo maligno en el templo, pero las lianas no son la fuente de esa maldad. ¿Qué opinas tú, Reizar? Sabes de plantas.
- Vaya, todo el mundo pasa de mí. – murmuró Leclas fastidiado.
- Solo conozco plantas para curar. – Reizar alzó la antorcha, para mirar la cara de Zelda. – Aquí la experta en botánica eres tú¿no es así? Esparaván es apellido de una conocida familia de botánicos.
- Mi padre es el experto. Yo... solo sé algunas cosas. Mirad, ya veo la luz que decías, Link.
En efecto, de uno de los agujeros en la pared surgía un resplandor muy tenue. Kafei se asomó, seguido de Zelda. Reizar y Leclas se colocaron instintivamente detrás de Link, de tal forma que el rey estaba protegido. Link ya había observado que todo el grupo solía formarse a su alrededor de esa forma, y no le gustaba. Iba a protestar, pero un extraño sonido le obligó a cerrar la boca. No era el momento. Las lianas de la oquedad se apartaron a modo de cortina, y el grupo penetró en la nueva estancia. La luz que les llegaba provenía de un agujero en el techo, donde el sol colaba algunos rayos mortecinos. La sala era una estructura de mármol, pero tomada por las plantas. Había por todas partes, desde el suelo hasta las paredes, gruesas ramas y lianas con algunas flores doradas de pétalos gigantescos. Una de estas flores taponaban lo que parecía la puerta de salida. Kafei dio un paso al frente, y la flor emitió como un sonido leve y se cerró de repente. Zelda le cogió del hombro y advirtió grupo que se quedara quieto.
- De las pocas cosas que sé de plantas... – murmuró. – sé lo que es eso: una flor de Vilipendia.
- ¿Vili... qué? – Leclas se acercó a una de esas flores, que también se cerró.
- Vilipendia. Se trata de una planta gigantesca y carnívora, muy rara... Ahora me lo explico. – Zelda miró a las lianas. – La Vilipendia es un parásito. Se apodera de las plantas que haya en un entorno y las domina... para conseguirle víctimas. También hace pactos con otras criaturas... Has tenido suerte, alteza. Un poco más, y eres el aperitivo.
- Si eso es cierto, entonces... ¿por qué no nos ha vuelto a atacar? – preguntó Kafei.
- Quizá algunas de las lianas se lo han impedido. Por eso tanto tú como Link creíais que las plantas no eran malignas.
- Danos una buena noticia, pecosa. – Reizar se giró hacia la oscuridad que habían abandonado. Le parecía escuchar otra vez el rumor.
- Para acabar con ella, debemos encontrar la flor principal y su punto débil es el fuego. – Zelda le dio un golpecito a Kafei. – Da un paso atrás, así... ¿Veis? La flor se ha vuelto a abrir. Kafei, supongo que serás capaz de atinarle con el boomerang¿verdad? Adelante.
Kafei acertó enseguida, y la flor, tras estallar en una voluta de esporas, dejó caer los pétalos al suelo y las lianas desaparecieron de la puerta. El rumor que llevaba un rato sonando a sus espaldas se hizo más fuerte.
Surgieron del suelo unas gruesas raíces con unos pinchos tan grandes como un cuerpo humano. Reizar tiró de Link hacia atrás y el rey y el gadiano acabaron sentados en el suelo. Leclas desvió dos de los pinchos usando las espadas gemelas, pero tuvo que saltar a un lado para evitar acabar empalado. Zelda y Kafei no tuvieron problemas para esquivarlos. Cuando las raíces dejaron de salir del suelo, la labrynnesa y el granjero se encontraron con una pared sólida que los separaba de los otros tres.
- ¡Link! - llamó Zelda. Contempló el final del muro de raíces, y se encontró con que habían llegado hasta el techo.
- Estamos bien. – anunció la voz del rey desde el otro lado. - ¿La puerta está abierta?
- De par en par. – anunció Kafei. Zelda y él estaban en el lado del muro donde estaba la puerta, antes tapada con la flor de Vilipendia.
- Marchaos, rápido. – la voz de Link sonó muy segura. - ¿Recordáis lo que os explique, de la forma en anillo de los templos de los sheikans? Lo bueno que tiene esa forma, es que todas las salas están conectadas. Avanzad, y nos acabaremos encontrando. Así, además, uno de nosotros encontrará a Gaia.
"Si está aquí, claro... Por que hasta ahora no hay nada que lo indique". Zelda asintió y se giró hacia la puerta. "Maldita sea, no me fío... ¿y si le pasa algo"
- Zelda, deja de decir tonterías y obedezcamos a Link. Menos mal que lee mucho, si no...
Zelda se giró, sorprendida. Kafei tenía los ojos de un rojo aún más claro, y su cuerpo le pareció que había sufrido cambios drásticos: ahora parecía más bajo y también más ágil. Zelda no pudo evitar el fuerte sentimiento de rabia y alegría que la embargó: Kafei, con el cabello oscuro y los ojos de ese color, le recordaron demasiado a Urbión.
- Zelda... te escucho pensar... como si fueras una de esas piedras.
La voz de Kafei la sacó del recuerdo. No, aquel chico tranquilo pero con un deje de miedo en la voz no se parecía al Urbión que conoció.
- Te lo dijo Link: los sheikan eran buenos con la telepatía. Recuerda que fuiste capaz de contactar conmigo la noche del baile, y yo no tenía en ese momento una piedra cotilla. – Zelda golpeó la puerta y la hizo girar hacia el interior de la siguiente sala.
- ¿Urbión es ese tipo, amigo de Leclas, que murió en el Mundo Oscuro? – Kafei se rascó la cabeza. – Ah, claro, una vez me contó que este chico le llamaban "el sheik"... Pero... yo pensaba que tú también eras amiga suya... ¿Por qué?
Zelda le hizo callar con un gesto de la mano.
- Kafei, por favor, no me apetece hablar de eso ahora. Además, quiero encontrar esa cosa de las narices y salir de este sitio. Huele a muertos.
Kafei pasó al interior de la siguiente sala. Anunció que veía un altar en el centro, y algo parecido a una antorcha en la pared, por encima de sus cabezas. Zelda lanzó una semilla de ámbar y al instante, el lugar se iluminó. En efecto, en el centro de esta estancia había un altar muy parecido al que encontraron en la primera habitación. Sobre él, descansaba un pequeño cofre de madera. Aferrados a él, cientos de lianas de color azul con flores púrpuras se movían al compás de una brisa que no soplaba de ninguna parte.
- En el interior de ese cofre... hay algo. – Zelda dio un paso y la puerta tras ella se cerró de golpe, asustando a los dos. Gruesas lianas rodearon la hoja de madera. – Esto... no pinta bien. Nada bien.
- Abramos el cofre. – anunció Kafei, con la mano puesta en el boomerang.
- ¡No te muevas!
Las lianas que rodeaban el cofre se movieron por propia voluntad. Kafei obedeció a Zelda hasta tal punto que no se atrevía a respirar. Las lianas de color azul y púrpura se movían alrededor de las piernas de Kafei como serpientes hambrientas. El granjero levantó el boomerang, aunque no hizo ningún gesto de lanzarlo. No serviría de nada: golpearía contra el suelo y lo perdería. En su lugar, alzó la mirada techo.
- Zelda, voy a intentar algo... Si sale mal, huye con el cofre. – Kafei levantó el boomerang.
Debía poner a prueba su puntería al máximo. Sobre su cabeza, veía que las lianas azules colgaban de unas raíces gruesas que provenían del techo. Debía darle al boomerang una trayectoria casi elíptica, y eso solo podía conseguirlo con la ayuda de las tres diosas y de todos sus antepasados. Cerró los ojos y solo pudo pensar en Maple. Apretó el puño, y se concentró en el tacto de la madera de su ajado boomerang. Ignoró la viscosidad de las lianas azules que se estaban enredando entre sus piernas. Estiró el brazo hacia atrás y, sin más pensamientos ni rezos, lanzó el arco de madera. El boomerang cruzó el aire como una saeta de fuego púrpura. Golpeó las raíces, cortándolas en dos. Al instante, las lianas azules perdieron la capacidad de moverse y cayeron muertas. Kafei perdió el equilibrio y cayó de rodillas. Zelda corrió a su lado.
- Sí, estoy bien... – Kafei se volvió a poner en pie. Alzó la mano y recogió en el aire su boomerang, que ya regresaba. Sonreía, satisfecho. – Deja de preocuparte tanto por los demás, chica.
- Y tú no me leas más la mente, maldición.
Kafei y Zelda se acercaron al cofre. No había ya lianas azules ni flores que lo tapaban. El sabio de la sombra abrió el cofre, y una corriente de aire cálido y perfumado les azotó el rostro. Kafei abrió de nuevo los ojos y se encontró con un orbe de color rosáceo flotando delante de sus ojos. Miró a Zelda, y esta le hizo un gesto para que lo cogiera. Al tocar la superficie, el orbe emitió un destello púrpura y descansó en la palma de Kafei.
- ¡El orbe de Nayru! – Zelda le palmeó el hombro. – Buen trabajo, sí señor.
- Reunámonos con los demás y salgamos de aquí. – propuso Kafei. Se colocó el orbe al cuello.
Una risotada cruel y dura detuvo el paso de los dos amigos. El suelo volvía a temblar, y una ráfaga de aire frío y putrefacto les derribó. Más lianas azules se abrieron paso por el techo y cayeron ante sus ojos. El techo se resquebrajó en millares de casquetes. Zelda saltó esquivando las grandes piedras de mármol. Kafei hizo lo mismo, con mayor agilidad incluso que la labrynessa. De la apertura en el techo descendió algo que a simple vista pareció un saco de madera... Cuando el polvo que levantó se asentó, Zelda se encontró mirando una gran flor, cuyas raíces atravesaron el suelo de mármol. Sacudió los pétalos y giró la corola de color naranja. La labrynessa creyó ver un ojo en el interior de aquella extraña flor. Zelda la miraba como si no pudiera creer lo que veía: una Vilipendia, y una más grande incluso de lo normal.
Además, entre los pétalos cerrados, vio como desaparecía el brazo de Kafei.
