"No importa el exterior... tampoco el interior."

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Tenía un cigarrillo entre mis dedos y podía sentir mi respiración como algo pesado, algo que me recordaba estar vivo y estar aquí. Con una mano acariciaba aquel cabello castaño ondulado que descansaba a mi lado. El olor dulce que emanaba de el me embriagaba y seguro que yo tendría ese olor impregnado en la ropa durante toda esa noche-mañana. Mire mi celular que descansaba en la mesa de noche, sin pensarlo dos veces estire mi mano hasta que lo tome. Fui hasta la sección de mensajes y revise los últimos. Lo recordaba perfectamente, ella llamándome, yo contestándole y sintiendo mi corazón latir a mil por hora, desbocado completamente. Pero con un leve estremecimiento recordé el momento en el que había colgado por la proximidad de mi hermano. El había estado con ella. Deslice mi mano hacia mi lado, dejándola caer con aquel celular. Deseaba enviarle un texto, pero no podía era esa sensación de estar faltando a mi propio orgullo. Me encanta que sean ellas quienes vengan a mí. Volví de nuevo mi mirada a la fiera que dormitada a mi lado. Cualquier hombre seria feliz en mi lugar, ¿verdad?, entonces que jodidos hago yo aquí. Si, ahora lo veía claro era el maldito karma dándome en toda mi reverenda cara de imbécil. Me sentí humillado y tonto, claro yo "el chiste del universo". Cerré mis ojos con frustración, quería gritar, quería romper algo, y quería poseer a Alice una y otra y otra ves hasta que estas ganas me abandonaran por completo. Era mi droga y yo la utilizaría cuantas veces quisiera. Apague mi celular y fui hasta aquella cabellera que pedía ser acariciada, notando como la fiera iba despertando.

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̶ Hola –me saludo mi alegre hermano desde la cocina ̶ , ¿quieres algo?

̶ No, gracias –esa fue mi escueta respuesta.

Me dirigí al sillón que descansaba frente al televisor, así pasaría mi día libre contaminando mi mente con algún programa de chismes o concursos. Podía sentir como la resaca se iba apoderando de mí, y basta decir que yo soy un excelente bebedor.

̶ Toma –me hablo mi hermano mientras me extendía un vaso de agua burbujeante-. Pensé que lo necesitarías–Si el sabia lo que yo necesitaba mucho antes que yo mismo.

̶ Gracias –Tome el vaso y bebí su interior.

Bill se sentó a mi lado, entre mirando el televisor y a mi. Comenzaba a irritarme.

̶ ¿Qué? –pregunte sin mas.

̶ Nada –Respondió este.

̶ ¿Qué? –repetí con un poco menos de mesura en la voz.

̶ Hoy saldré con Rach –me aviso este. Hundiéndose más en aquel cojín.

El silencio hablo por mí en un determinado momento. Pero algo de mi no me permitía continuar con aquella charla.

̶ No estaré en todo el día, necesitamos tiempo para nosotros –siguió explicándose al mismo tiempo que miraba mi cara para adivinar mi respuesta.

̶ Has lo que quieras Bill, no soy mama –le solté en la cara, sin ni siquiera mirarlo.

El se levanto del sillón y me dejo solo. Mi mente ahora se encargaba de mantener aquella caja de Pandora cerrada. De pronto recordé algo mas, Bill me había dicho que aquella noche era muy necesaria para el, hacia mucho tiempo que ninguno de ellos habían pasado una noche a solas y temía por su relación. Me sentí pésimo al recordar aquello, por dos razones completamente opuestas: me sentía un mal hermano y no quería que él tomara a Rachell. Mire entonces la televisión y tome aquel control para cambiar el canal, pero antes de que pudiera pensar ya iba rumbo a mi habitación para tomar mi celular, y enviar un mensaje para acordar una cita esa noche.

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Miraba hacia la derecha y la izquierda, no muy consiente de lo que quería descubrir y las opciones eran amplias; paparazis, fans, alguna interesada o Rachell. Esperaba encontrar la última por supuesto.

Mire mi teléfono celular, aun con la pantalla obscura. Después de haber enviado aquel mensaje lo había apagado, no quería discusiones, era así, ella lo tomaba o lo dejaba, así de simple. Toque de nuevo aquella pajilla y me la lleve a los labios, no recordaba bien la ultima vez que había tomado limonada en un bar como aquel. Alce mi vista por la pesadez que me dirigía aquel lugar y me tope con una figura que caminaba por aquel bar, confundida y aparentemente muy enfadada. Me levante de mi asiento y fui hacia donde ella iba.

̶ Hola –le susurre al oído mientras la acercaba a mi cuerpo en un perfecto agarre de su cintura.

̶ ¿Qué haces? –me pregunto ella intentando sonar relajada y tranquila, con una sonrisa descompuesta en la cara.

̶ Nada –le respondí yo, mientras la dirigía a mi mesa, no quería que nadie se diera cuenta de lo que ahí ocurría- siéntate

̶ No es necesario que hagas esto –me aclaro Rachell, mientras se quitaba aquellos lentes obscuros y un gorro de lana.

̶ Pareces impaciente –yo me recline un poco en aquel sillón que tenia forma de media luna y estire mis piernas debajo de la mesa circular–. Mejor cuéntame como fue la cita con Bill –apuñalada. Fue lo único que se formo en mi mente.

̶ Bien, bien –ella se esforzaba por no decirme algo como "miserable engreído" no disfrutaba con aquello.

̶ Entonces mi trabajo esta noche será fácil – quise que aquella proposición sonara tentadora, como el dulce para un niño.

̶ ¿Qué dices? –me pregunto ella moviendo sus largas pestañas un par de veces.

Aquel gesto me pareció tan infantil, no podía creer que ella me pareciera de esa manera, tomando en cuenta lo que estaba haciendo.

̶ ¿Ordenamos? –la anime.

̶ Ya te dije que esto no es necesario –me recordó ella.

̶ Lo es, será una noche larga –la mire dudar un momento y como ella perdía la expresión en su rostro mientras me miraba.

̶ Tengo que ir al baño –ella se levanto de su asiento, entonces fui consiente de lo lejos que se encontraba de mi.

La mire alejarse antes de volver a mi posición anterior, imitando a una estatua o a una gárgola dependiendo de la perspectiva con la que lo mires. Me hundí de nuevo en aquellos pensamientos, recordando lo que había hecho apenas hacia unas horas. Me veía a mí, rechazando cortésmente a Alice y mirando a mi hermano como se arreglaba para una prometedora cita. No recordaba haber dejado alguna nota, excusándome claro de no estar por lo que el me había advertido horas antes. El mesero me saco de mis cavilaciones dejando sobre la mesa dos menús.

̶ Volveré cuando estén listos –dijo el, o eso es lo que creo.

Deje de prestarles atención al bar a las personas y hasta a las mujeres que me miraban, podía sentir como ese jodido coraje se apoderaba de mi otra vez.

«Esto no saldrá bien». Me repetía la voz en mi cabeza.

Por un momento me vi tentado a huir y a tirar todo por la borda. Pero mi orgullo mantenía a mis piernas ancladas al suelo, necesitaba tomar aire. Antes de salir de ahí, note como el sillón a mi lado se hundía. Mire hacia allí y me tope con Rachell.

̶ Cuánto tiempo llevas aquí –más que una pregunta eso parecía una exigencia.

̶ Acabo de regresar… ̶ ella dejo la frase incompleta, parpadeando nuevamente con la inocencia en la mirada.

̶ No hagas eso –le dije.

̶ ¿Hacer que? –me pregunto ella, de nuevo colmándome los nervios y la paciencia.

̶ Eso –le dije tanteando mi voz.

̶ No te entiendo –me dijo ella, con el nerviosismo latente.

̶ ¡Esa maldita actitud! –esta vez ni siquiera yo medite lo elevada que se tornaba mi voz.

̶ ¡Yo no estoy haciendo nada! –la que grito ahora fue ella.

̶ ¡Lo haces maldita sea!, ¡Te pareces tanto a Bill! –le grite y note que mis puños habían aterrizado en la mesa al escuchar el tintineo de los saleros y condimentos.

Ella solo me miro, con sus ojos perdidos y con las manos nerviosas.

̶ ¿Señorita la están molestando? –un tipo se acerco a nuestra mesa y se refirió a Rachell.

̶ Ella esta bien, déjanos –le ordene, sentía esa presión en el ambiente.

̶ La señorita es la que tiene que contestar.

̶ Yo… -hablo ella, pero me adelante.

̶ Ella - esta – bien –le hable categórico al sujeto, separando cada palabra con cuidado.

̶ Caballero deje hablar a la dama – el también comenzaba a irritarse.

̶ Sabes que, tienes razón esto no es necesario –me levante de la mesa y la rodee apartando a aquel sujeto, que ahora que lo veía bien, solo era unos centímetros mas bajo. Si me proponía podría derribarlo ̶ . Nos vamos –le hable a Rach, tomándola del brazo y sacándola de su pequeño refugio.

̶ Le exijo que suelte a esa dama –me hablo el tipo. La felicidad se hizo en mí.

«Solo eso necesitaba, una excusa». Pensé.

Sin darle tiempo le solté un golpe directo a la mandíbula que lo mando sobre la mesa que antes compartiéramos Rachell y yo.

̶ A mi nadie me exige –le aclare mientras el se limpiaba la herida que acababa de provocarle.

Mire a Rachell detrás de mí, con sus manos alrededor de mi cintura. Y lo próximo que sentí fue un dolor en mi cara, no sabría decir exactamente en que parte.

̶ ¡Tom! –un grito escapo de los labios de Rachell, mientras yo sentía como me caía hacia atrás.

̶ Bastardo –escuche a alguien mas decir.

Me agarre de lo más próximo que encontré, notando como mi cuerpo había sido sacudido. Sin dudar me iba a ir sobre aquel sujeto, pero Rachell se interpuso.

̶ Nos vamos –me hablo y algo parecido a la preocupación se escapo de sus labios, sin dejar lugar a mi reproche.

̶ Señorita usted no puede ir con el –le hablo de nuevo aquel sujeto.

̶ Oh claro que ella se va conmigo – tome a Rachell por los hombros y la bese.

Rachell se removió de mi agarre un tanto incomoda, note el color de sus mejillas encenderse a través del maquillaje.

̶ Vámonos –Ella me tomo de la mano y salimos de ahí.

Yo le dirigí mi más reluciente sonrisa a aquel sujeto, que viéndolo bien, parecía ser uno de esos príncipes encantadores de cuento, con sus ojos azules, el cabello rubio y rizado, con un buen cuerpo. Bueno era una lastima que este no fuese un cuento de hadas.

La plática en el auto fue más que nada, era como si el tiempo engullera todo lo que yo quería decirle. Pero la mirada de preocupación que ella me dirigía de vez en vez, y el agarre de su mano, me dejaban sin palabras, y solo alcanzaba a fijar la mirada en el camino. Me pregunto en que punto es normal que alguien se considere un psicópata.

Llegamos hasta el hotel y la recepcionista nos recibió educadamente pero era normal que nos mirara con cierto recelo, una pareja con lentes obscuros cuando afuera ya es de noche, una con una gorra y el otro con la capucha de la sudadera. Notablemente sospechosos.

̶ Aquí esta su llave, que disfruten su estancia –nos dirigió una última sonrisa cuidadosamente estudiada.

̶ Gracias –le dije llevándome aquella llave al bolsillo de mi sudadera.

Ambos nos dirigimos hasta el asesor en profundo silencio.

̶ También tú prefieres las llaves, ¿verdad?

̶ Si, igual que Bill –le aclare, quedaba claro que el tema "Bill" nunca quedaría lo suficientemente lejos de nosotros.

̶ Si –hablo quedamente, mientras enrollaba sus dedos alrededor de los míos.

Sobra decir que aquel gesto dejaba emerger una esperanza de lo más profundo de mí ser. Correspondí el agarre con un apretón ligero.

El ascensor se detuvo dejándonos al frente de un largo pasillo.