Dije navidad, pero el trabajo me esclavizó sin remordimientos ;A;. Muy bien, ¿de qué va esto? ¿No se suponía que debía ser el capítulo 11? *recibe mil patadas*. Pues en parte es mi regalo por aguantarme más de un año con esta historia. Les presento el primer anexo de "Kimi Ga". Al escribir el capítulo anterior me di cuenta que resultaba imposible que lo sacara de mis planes. Éste está ligado fuertemente con una parte del arco de Teiko. No es indispensable por el momento, pero servirá para entender el por qué de algunas cosas de cierto par~.

¡Gracias totales por sus visitas, favoritos, follows y reviews! En verdad, han sido lo mejor para animarme cuando estoy asqueada de la vida real xD. Agradezco de todo corazón sus mensajes vía pm, face, likes y mensajes por tumblr. Incluso el más pequeñito detalle lo aprecio con fuerza.

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¡Infinitas gracias por sus palabras! (Debo responder aún unos reviews y lo haré~)

Para los valientes que se aventuren en leer el anexo. Ojalá tengan un dulce, porque lo necesitarán. Ojalá hayan leído y visto algo del arco de Teiko, porque sino se comerán unos spoilers terribles xD. El consuelo: hay leche tibia y galletas esperando~ ;).

El fragmento de la canción que viene como enunciado es de Ono Kenshou (seiyuu de Kuroko).

Qué disfruten la lectura.

Advertencias: Spoilers, relación chicoxchico, smut.

Disclaimer: Kuroko no Basuke no me pertenece, sino a Fujimaki Tadatoshi.


Almas contrariadas I: "Verano gélido".

"No pude expresar las palabras que sentía que faltaban en ese momento.

Estaba allí porque me gustaba, pero la poca fuerza que tenía impidió que mis sentimientos te alcanzaran".

(Boku no Omoi)

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Hubo un tiempo donde la luz tuvo un rol importante en sus vidas. Era parte de ellos embelleciendo su mundo; su tiempo y compañía. Quizás, no a la perfección total, pero lo hacía y nada más valía la pena, a excepción del baloncesto; aquello que los había unido de una forma sinigual.

Pero así como existía la luz, también debía de rondar su especial contraparte: la oscuridad, la cual no tardó en aparecer. Ésta entorpeció, cegó y desgarró hasta el más duro corazón, aprovechándose de él ante la menor vacilación de su portador.

Corrompiéndose, marchitándose cual pequeño brote en una tierra árida y aislada de todo medio.

Sin ningún aliento.

¿Cuán posible puede ser lo imposible? Resulta inevitable voltear hacia atrás y observar lo vivido; meditando y cuestionando con frustración cómo aquella luz se corrompió con tanta facilidad; cómo no optaron por otro tipo de resoluciones. Pero el "hubiera" no existía y, asimismo, no había manera de luchar contra la fuerza que los unía. Era sencillamente inútil. Sin importar el pasado, presente o futuro, bastaba solo una mirada hacia al otro; un ligero roce proporcionado para desatar de forma instantánea a sus propios demonios.

¿Cuán imposible puede ser lo posible? Resulta curioso, porque las personas cambian, al igual que sus uniones, para bien o para mal.

Lo que resulta verdaderamente terrible, es cuando el hilo del destino suele ser aún más caprichoso con sus favoritos; jalándolos en un incesante vaivén de momentos de dichas y de rechazos. Poniendo a prueba sus límites, valorando cuán precisos pueden ser sus pasos y así alinearlos en paralelo, en el minuto y segundo exacto, para el cruce de sus almas.

De almas contrariadas.

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—Creo que es todo… —musitó pensativamente Kuroko Tetsuya.

Tras llegar a casa al finalizar la práctica, se había enfrascado en la tarea de alistar sus pertenencias para la semana de campamento con el conjunto de Seirin. Partirían a la locación al día siguiente, por lo que tener preparado su bolso con los artículos de aseo y los cambios de ropa respectivos era una de sus máximas prioridades. No le agradaba la idea de hurgar su armario a último momento.

Chequeando por segunda vez que su bolso se hallaba con todo lo necesario, Kuroko finalmente procedió a doblar el uniforme deportivo de Seirin acomodándolo con cuidado sobre su escritorio. No obstante, el sonido de los gritos llenos de júbilo por los niños de primaria que corrían jugando por la calle a esas horas le distrajo. Fue inevitable que sonriera ante aquel grato ambiente, puesto que al igual que ellos, él también se hallaba entusiasmado con el inicio de las vacaciones de verano. Aunque lidiando con el entusiasmo, también se hallaba a la par la ansiedad. Y por lo mismo, no era de extrañar que deseara que las horas transcurrieran con rapidez.

Kuroko se acercó hacia la ventana cubriendo sus ojos con la palma de su mano derecha. Debía de hacerlo, ya que el atardecer aún se mantenía iluminando las calles de Tokio y sus destellos seguían siendo igual de intensos para despedir la jornada laboral del día. La brisa veraniega, tibia y acogedora, mantenía en un suave vaivén a los árboles del patio y de los vecinos, lo cual ayudaba también a refrescar un poco su cabeza en aquel instante.

—¡Tetsuya, la cena estará lista pronto! —escuchó exclamar a su madre desde el primer piso.

Ante el breve y repentino aviso, Kuroko retrocedió un poco, chocando con la pelota de básquet que tenía cercana a sus pies. Volteó para cogerla y llevarla al armario mediante ligeros botes, sin embargo, sus planes se vieron frustrados ya que debido al impacto, ésta terminó contra el estante de su librería personal, conllevando que una pila de textos varios se dispersaran sobre el suelo sin mayor resolución.

Rascó su mejilla con cierta incredulidad.

Lo cierto era que no recordaba con exactitud por qué aún no ordenaba esas novelas de la forma habitual que lo hacía. No era del tipo de persona que amontonaba las cosas descuidadamente y después olvidaba rectificar su posición. Pero ya estando resignado a tal desastre, se agachó para comenzar a levantarlos.

Lo que Kuroko en verdad no esperaba era que, al recoger el último libro del piso, dentro de éste se hallara una serie de viejas fotografías escondidas, completamente ajustadas al interior con precisión. Cuidadosamente, Kuroko las examinó para descifrar su contenido, pero tras la breve repasada realizada, la curiosidad, que en un principio lo embargó, terminó siendo desplazada. Sus manos sostenían siete imágenes que inmortalizaban el campamento de verano del segundo año en Teiko, aquel que se había realizado después del torneo Interescolar.

Aquel por el que todo comenzó a cambiar.

Absorto en las memorias que arremetían una tras otra por dicho evento, Kuroko apenas logró sentarse sobre el borde de su cama. Si no mal recordaba, la secuencia había sido tomada por Momoi durante el viaje, en la que al final seleccionó las mejores debido a sus problemas con el enfoque de la cámara. La primera consistía de una foto grupal del equipo de la primera categoría al inicio del campamento, destacando entre ellos a la Generación de los Milagros, mientras que él se hallaba situado al lado de Aomine y Kise para no perderse la captura. En las fotografías siguientes, aparecían Midorima regañando a Aomine con severidad por haber destruido su castillo de arena (probablemente, su amuleto de la suerte para ese día), a una sonriente Momoi por lograr sacarse una foto junto a él a solas (aunque en realidad solo aparecía la cuarta parte de su cuerpo); Kise utilizando a Murasakibara como pared humana contra el fuerte oleaje, a Akashi hablando con Nijimura mientras supervisaba el entrenamiento; Kise abrazándolo con efusividad mientras intentaba apartarlo de su perímetro durante la cena. Y, por último, de espaldas, Aomine y él en yukata, observando el cielo nocturno en el jardín de la posada principal.

Pero por muy juntos que aparecieran en dicha imagen, la realidad de esa instancia era que ya se había instaurado una grieta entre ellos. Mancillando poco a poco sus pasos, desatando la desconfianza.

Kuroko se levantó y se ubicó en el ventanal, intentando que el viento alejara la nostalgia de su raciocinio y alma. Aunque, lastimosamente, era más fácil decirlo que hacerlo. Los fantasmas del pasado seguían manifestándose con ímpetu acarreando sus cadenas consigo. Intentar negarlos parecía solo desatar aún más su violencia; desgarrando la carne, oprimiendo el corazón hasta un punto asfixiante, jugando cual titiritero hasta cegarlo bajo el inconcebible hechizo de sus propios lamentos.

Cerró sus ojos, mientras inconscientemente apretaba el trozo de papel del que había sido protagonista con el moreno.

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"Cien batallas, cien victorias".

"Ganar lo es todo".

Ambos lemas habían sido parte de la altísima distinción que Teiko imponía sobre otras escuelas en el ámbito deportivo, siendo principalmente evidente en el caso del club de Baloncesto. Con tres categorías niveladas por su rendimiento, la primera, y más destacada de éste, había sido gracias a la participación activa de la Generación de los Milagros por su invencibilidad en los últimos torneos del Interescolar. Prodigios del básquet con un talento único e inalcanzable para chicos promedios de su edad, que inscribían una nueva leyenda entre los manejados de este ámbito.

No obstante, durante el reciente Torneo del verano, ocurrió algo inesperado; una verdadera sorpresa visual cuando uno de ellos comenzó a batir sus propios récords, destrozando sin mayor problema la voluntad de sus oponentes con sus imparables ejecuciones. Ese era Aomine Daiki, quien brillaba por sí solo en el campo de juego por su talento innato que, sin mayores limitaciones, había brotado. Pero lo que nadie de manera externa sabía (no así sus compañeros de equipo), era que con ello también había apartado a quien tenía mayor afinidad dentro y fuera de la cancha.

El punto de quiebre exacto había sido con el segundo partido efectuado durante el primer día del Interescolar, gatillando el cese de la coexistencia en armonía de la luz y la sombra de Teiko.

Ninguno de sus más cercanos del equipo titular logró pronunciar palabras al respecto para descifrar el curioso y cuestionado porqué. No se atrevían debido a la advertencia del entrenador, Shirogane Kōzō, como del mismísimo capitán, Akashi Seijūrō.

Lo que menos necesitaban, Aomine o Kuroko, eran palabras de aliento sin sentido.

Así continuó la dinámica del equipo en los dos días restantes del campeonato. Con las jugadas del As de Teiko, quien continuaba imparable en sus anotaciones individuales, consiguieron un puesto para las finales. Mientras tanto, el sexto hombre fantasma, Kuroko Tetsuya, se hallaba sentado en la banca por no concretar de manera efectiva los pases a sus otros compañeros.

Kuroko había sido incapaz de concentrarse. Gran parte de ello era por el brusco alejamiento de Aomine, pero también era por estar preocupado por la llamada de su mejor amigo de la infancia, Ogiwara Shigehiro, en el penúltimo día. Llorando, éste le había informado que había sido eliminado del torneo, lo cual significaba que no podrían cumplir su promesa de volver a jugar juntos. Kuroko nunca le había escuchado tan desconsolado, ni siquiera al extraviar por un día a su mascota preferida. Ogiwara era de las personas que irradiaban positivismo, animaba incluso estando con el último aliento, pero, por sobre todo, amaba el básquet tanto como él. No poder ayudarlo, y mucho menos lograr decir las palabras adecuadas —por estar enfrascado en la desolación de perder a Aomine—, significaba un nuevo golpe.

Era verdaderamente inútil.

En el juego final por la disputa del primer lugar contra la secundaria Kamata Oeste (la misma que había eliminado al equipo de Ogiwara durante la primera ronda), la formación del plantel de Teiko se complicó por las múltiples faltas provocadas por sus adversarios. El más perjudicado había sido Aomine, puesto que con los sucios bloqueos efectuados, se hallaba con su cuarta falta.

El marcador ya estaba en contra para ellos. Y, desafortunadamente, lo que Teiko más necesitaba eran las habilidades de Aomine y Kuroko para revertir el panorama; con sus mentes enfrascadas en el duelo y no en sus temas personales.

Fue así como el entrenador Shirogane decidió entablar una conversación con Aomine durante el descanso del tercer cuarto, haciéndole ver que sabía de su evolución como jugador, asimismo, de la desesperación que sentía por no hallar a alguien de su nivel con el que compartiese la misma pasión por el básquet que él. Pero lo que más Shirogane le había enfatizado a Aomine, era que no desperdiciase su talento echándolo a la basura; aunque al final la decisión sería meramente suya de seguir su consejo o no.

Paralelamente, en ese instante Kuroko hablaba con Ogiwara por celular a las afueras del gimnasio, donde éste último se rectificaba por los hechos del día anterior, recalcando que el año siguiente cumplirían su promesa a como diera lugar y que ahora debía de ganar por él como una forma de revancha en su nombre.

De una forma u otra, las palabras del entrenador para Aomine y las de Ogiwara a Kuroko, sirvieron para aplazar momentáneamente el desaliento que estaban viviendo. Incluso, el propio Aomine salió a buscar a Kuroko para volver a la cancha juntos, escuchando solo una ínfima parte de la conversación que éste compartía por teléfono, pero no se refirió el respecto. Porque si bien Aomine visualizaba el evidente desconcierto del chico que apreciaba en más de un sentido, no buscaba más que una tregua silenciosa para ganar el partido.

Ése era el objetivo por el cual estaban plantados allí y no podían olvidarlo.

Bastó solo un breve intercambio de miradas para comprender en qué punto de la cuerda floja se encontraban:

Aomine Daiki sabía que ya no podría volver a ser el de antaño.

Kuroko Tetsuya sabía que no podría olvidar el frustrante segundo que había contemplado atónito su espalda.

—Vámonos. Debemos ganar primero, ¿sí? —instó Daiki, entrecerrando sus ojos.

—Sí —musitó Kuroko como única respuesta.

Reparar la grieta que se había instaurado entre ellos no sería sencillo.

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Obteniendo por segundo año consecutivo la victoria de la Interescolar del verano, el club de básquet de Teiko volvió a la rutina habitual con sus entrenamientos. Y si bien las relaciones entre los integrantes nunca habían sido de las mejores debido a los roces por sus diversas personalidades, seguía llamando la atención que Kuroko platicase de la forma habitual con todos, excepto con una persona: Aomine. Solo unos pocos habían logrado ser testigos de sus breves interacciones, pero éstas resultaban incómodas incluso de presenciar. Prácticamente se había vuelto un secreto a voces que estaban en malos términos… como compañeros de equipo. Y cada día que transcurría se iba haciendo más notorio.

Para aliviar el estrés entre los chicos de la primera categoría y así aprovechar las últimas semanas de vacaciones, Momoi Satsuki había propuesto en la reunión semanal a Akashi y al entrenador la posibilidad de realizar un campamento de verano. Así podrían mantener en alto el espíritu de sus jugadores, recompensar sus logros y, adicionalmente, realizar una pequeña despedida a los chicos de tercer año que habían velado por ellos durante el último período.

Aunque al principio se dudó del plan de Momoi, Akashi terminó por apoyar la idea, otorgando un respiro a la joven. El entrenador Shirogane optó a que fuese discutida con los otros miembros del club (aunque bien ya había aceptado por la mera resolución de Akashi).

Como esperaron, la mayoría aprobó la iniciativa, mientras que un pequeño porcentaje se abstuvo de emitir algún tipo de comentario. Por lo tanto, la resolución estaba hecha.

Pero incluso si la excusa fuera ésa, Momoi sabía que el principal foco de tal petición se centraba en su mejor amigo de la infancia y en el chico del que estaba enamorada. La amargura en el rostro de Daiki y la evasiva mirada de Tetsuya era algo doloroso de contemplar cómo una persona externa. No podía dejarlos a la deriva cuando tenía presente que seguían necesitándose mutuamente; no solo como compañeros de equipo, sino que su amistad también dependía de un hilo.

Aunque Momoi no tenía idea de cuán verdaderamente acoplados se hallaba aquel par a sus espaldas.

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Los permisos correspondientes por parte de la escuela habían sido efectivos, al igual que sus diplomáticos convenios. El lugar estipulado para la semana del campamento de verano era la ciudad de Atami, la cual se encontraba a solo cincuenta minutos de Tokio en tren bala.

A dos minutos de la playa, el Ryokan que les esperaba consistía de una sencilla casa tradicional japonesa de dos pisos. Los suelos de tatamis, los paneles corredizos y la decoración que poseía brillaban por sí mismas para destacar la calidad del lugar por su estilo acogedor. Adicionalmente, poseía un extenso terreno en el que se podían apreciar diferentes clases árboles y plantas, creciendo armoniosamente con un único punto de referencia adjunto, que era la bodega de utilería (para que no se perdieran los más desorientados).

Si los integrantes que conformaban la primera categoría del club de básquet pensaban que sería solo relajación dicho campamento, estaban muy equivocados. Akashi —con la confianza absoluta del entrenador en él— había sido el encargado de hacerles ver su grave error, ya que desde el primer día se enfrascaron en una exigente rutina, en las que solo existía dos horas libres por la tarde para ir a la playa, para luego realizar juegos de prácticas por equipo.

Durante el escaso tiempo libre que tenían, Kuroko prefería descansar bajo la sombra de un amigable quitasol y ver el alboroto del resto de sus compañeros. Nadar no era su especialidad, aunque difícilmente cualquier otra actividad física aparte del básquet lo fuese. A veces tenía la compañía de Akashi o Momoi, en otras ocasiones Kise se ofrecía para acompañarlo a comprar granizado en una tienda aledaña. Una muy rara vez pisó un castillo de arena de Midorima, cuando éste estaba de espaldas a él (pero justó pasó allí Aomine, recibiendo la reprimenda) y, si no mal olvidaba, en una muy descuidada tarde terminó rodeado de gaviotas y palomas por las migajas de la comida de Murasakibara, que dormitaba apaciblemente a su lado, ignorando el desastre causado. Sin embargo, muy escasamente compartió con Aomine en los días que duró el campamento. Al menos, no hasta después del cuarto día.

Eran muy extrañas las ocasiones que se encontraban solos Aomine y él. Pero cuando lo hacían, el ambiente se volvía difícil de conciliar.

Por más que se miraran a los ojos para tratar de averiguar lo que el otro pensaba, las palabras simplemente morían en sus bocas. Ni siquiera las inoportunas intervenciones de Kise servían para aminorar la tensión entre ambos. Y aunque Kuroko sabía que Kise intentaba alivianar lo complejo de la situación, eso solo conseguía aumentar la irritación de Aomine frenando todo tipo comunicación. Al final, éste terminaba mascullando por lo bajo: "Nada"; o lo más doloroso: "Tsk. Olvídalo, Tetsu", retirándose del lugar e ignorando las protestas del rubio por su repentino escape.

Sin embargo, eran en esos concisos momentos que Kuroko se preguntaba a sí mismo cuál era el afán de decirle aquello, cuando bien sabía Aomine que solo instauraría mayor incertidumbre en él.

¿No le había dicho con anterioridad que conocía todos sus gestos, en especial cuando mentía? No lo obligaría a que le dijera lo que rondaba por su cabeza y, de hecho, tampoco tenía las fuerzas para hacerlo. Porque lo doloroso era que Kuroko sabía el punto de quiebre exacto y simples palabras no conseguirían remediar lo acontecido. No, no solo eso: sino que ninguna de sus propias palabras podrían alcanzar a Aomine a esas alturas. Él ya había decidido caer en el abismo por sí mismo al ver que no existía alguien que pudiese igualarlo en su disfrute por el básquet; un oponente digno que lo diese todo por el todo hasta los últimos segundos.

Él ya había decidido dejar todo atrás.

Pero aunque fuera poco útil a esas alturas, Kuroko mantendría intacta su promesa: seguiría esperando por él. Estaría allí para Aomine cuando lo necesitara. Aunque eso no contrarrestaría en absoluto la desazón de no poder dirigirle la palabra como antaño o de la complicidad perdida.

—Kurokocchi. Kurokocchi, ¿podrías ayudarme con esto? —le llamó un agobiado Kise Ryota, sacándolo de sus pensamientos.

Kuroko parpadeó un par de veces, enfocando la vista hacia al rubio que lo necesitaba con insistencia. El chico parecía verse atareado en colocar de forma correcta su yukata y el obi, un listón de tela, para adherir con mayor precisión la prenda principal a su cuerpo por la cintura.

El ojiceleste se miró así mismo, comprobando que él también estaba vestido así. En ese instante, recordó que como cortesía por la estadía, los dueños de la posada les habían otorgado yukatas de sobrios colores para dormir de forma opcional, acomodándolas en el armario principal junto a los futones en caso de requerirlos. Como el entrenamiento de ese día ya pesaba sobre sus hombros, descansar cómodamente tras la ducha, mientras sus ropas estaban siendo lavadas, era una oportunidad que no se podía desaprovechar. Aunque, por su parte, ya había comenzado a utilizarla luego de ver a Akashi vestido con ella tras el segundo día. Los demás las estaban utilizando por primera vez desde el alojamiento.

—Pensé que eras bueno en esto, Kise-kun —señaló Kuroko, posicionándose delante de él para atar el obi. Suponiendo que tenía una vida paralela como modelo, Kise debía de manejar bien los vestuarios tradicionales—. De todos modos, no es necesario ocuparlo si te incomoda tanto. Solo fue una sugerencia por los dueños —puntualizó el ojiceleste terminando su labor.

Kise rio jocosamente.

—¡Pero quiero que quede igual que el tuyo, Kurokocchi! ¡Desde que te vi con yukata, he sentido unos fuertes deseos de tenerlo puesto también! —Confesó dando pequeñas palmadas en los hombros del más bajo con absoluta confianza—. Además, así combinaríamos. Aominecchi tendrá tanta envidia~ —dijo sugerente, ladeando su rostro con una sonrisa.

Kuroko se mantuvo impasible ante lo último. Definitivamente, Kise tenía extrañas formas de llamar la atención de las personas.

—No sé a qué te refieres, Kise-kun —pronunció parco, desanimando de inmediato al rubio por su apatía.

—¿Dónde está tu espíritu, Kurokocchi? —insistió Kise, en medio de un mohín.

Por el momento, Kise y él eran los únicos que se hallaban en la habitación para dormir. Ésta de por sí era espaciosa, por lo que el resto de la Generación Milagrosa también debía de compartir el metro cuadrado en una hilera de tres. Asimismo por tal distribución, técnica e irónicamente, a Kuroko le había tocado el más desfavorable de los lugares: Dormir al lado del futón de Aomine.

Semanas atrás no habría implicado problema alguno, incluso hubiese sido de lo más natural, pero estando en los confusos términos en los que se hallaban, era la peor condición posible para ambos. Ni siquiera valía el hecho de dormir dándose la espalda, intentando infructuosamente de ignorarse. Se conocían lo suficiente para saber que el otro aún permanecía despierto, incapaz de pernoctar por la tensión latente de la cercanía respectiva.

Pero lo peor ocurría al despertar, pues era allí cuando se encontraban sorprendidos por contemplar el rostro somnoliento del otro. Y aunque los segundos parecieran una eternidad, Aomine era el primero en levantarse para destruir aquella fragilidad momentánea. Sin embargo, éste nunca se pronunció al respecto para intercambiar de lugar con alguien. Kuroko tampoco lo hizo, pues en su caso particular, su orgullo era el que no se lo permitía. Tal acto solo demostraría que se hallaba aún más afectado de lo que el resto o el propio Aomine ya podían intuir. Y quizás, solo quizás, Aomine también lo había hecho por ese motivo, por supuesto, bajo su perspectiva.

Los paneles corredizos de movieron, por lo que Kuroko y Kise se vieron obligados a cesar su conversación.

Murasakibara Atsushi entró a la habitación comiendo lo que parecía ser una interminable bolsa de papas fritas, seguido por Midorima Shintarō, que con absoluta tranquilidad sostenía un ventilador portátil (su amuleto del día recomendado por Oha Asa) y, por último, dando paso a Aomine Daiki, que arremangaba la parte superior de la yukata sobre sus hombres bajo un nulo humor.

—Maldita sea, ¡hace tanto calor! —Se quejó el moreno siseando entre dientes—. Midorima, préstame esa cosa —solicitó al chico de gafas sin mayor consideración, alzando su mano para arrebatarle el ventilador.

—Me niego. Si tanto te molesta, quítate eso y duerme con tu ropa usual —respondió ariscamente Midorima, sosteniendo aún más cerca de él su objeto de la suerte.

A él no le molestaba utilizar la prenda ofrecida por los dueños, pues el fin de ésta era ser más refrescante para las calurosas noches de verano. La única queja que Midorima tenía era que le quedaba muy ceñida y corta debido a su estatura. Aunque no era el único con ese problema.

—Tsk, ya quisiera. Pero la idiota de Satsuki se llevó toda nuestra ropa a la lavandería… —rebatió Aomine, chasqueando su lengua—. Qué diablos. Mejor dormiré en bóxer o en bolas... —musitó cansino, procediendo a exponer su hombro izquierdo y desatar el obi, recibiendo de inmediato un almohadazo en la cabeza.

—¡Haz eso en tu casa, jodido imbécil!

Ajeno a la discusión que tenían, Murasakibara se posicionó al lado de Kuroko para ofrecerle una porción de su bocadillo nocturno.

—Kuro-chin, ¿has probado este sabor? —le preguntó el más alto con su habitual tono lento y vago.

Kuroko negó con su cabeza, procediendo a sacar unos pequeños trozos de la bolsa y comerlos en el proceso.

—Gracias, Murasakibara-kun. Resulta un poco agridulce, pero sabe bastante bien —comentó un tanto intrigado por el sabor que impregnaba parte de su paladar. Generalmente, Murasakibara y él solían llevarse bien fuera de la cancha de juego. Este punto se acentuaba cuando compartían experiencias sobre golosinas con sabores extravagantes, llamando la atención del chico de casi dos metros de altura quien lo convertía automáticamente en su acompañante de "rarezas culinarias".

—No sueltes migajas en el piso, Murasakibara —criticó Midorima desde el extremo de la habitación, acomodando el futón en su lugar respectivo y así lograr dormir.

—¿Ah, por qué? ¿Quieres también, Mido-chin~?

—No cambies el tema.

Aprovechando la conversación sin rumbo, Kuroko retrocedió unos pasos logrando dar un vistazo rápido a Aomine. Mientras Midorima y Murasakibara discutían, el moreno se había dedicado a abrir el ventanal principal para refrescar su cuerpo. Estando apoyado sobre el alfeizar, su espalda parecía aún más rígida que de costumbre, al igual que su rostro. Pero el hermetismo no conjugaba con Aomine Daiki.

Kuroko apretó sus nudillos y se obligó a sí mismo a desviar la mirada. No debía inmiscuirse más en sus asuntos. Esa había sido la regla interpuesta, ¿cierto?

—Interesante. Así que Kurokocchi tiene gustos similares con Murasakicchi —murmuró Kise con falsa sorpresa; obviamente, también debía de ser participe en la discusión. Pero lo que el rubio no esperaba, era que Aomine se había erguido con cautela de su posición para dirigirle una mirada gélida por su comentario muy poco pensado.

La tensión del ambiente en general se cortó ante una breve pero cercana vibración, silenciando a los presentes para saber de dónde provenía. Era un celular, uno de los seis que se encontraban al interior del armario, lugar en el que sus bolsos se mantenían apilados en la parte inferior. Y siendo Aomine el que estaba más contiguo a éste, y porque los otros cuatro no daban indicios de querer averiguar, a regañadientes, como también bajo un par de puteadas al mundo, abrió el mueble para inspeccionar cuál de todos era.

Solo al tantear el tercer bolso con sus palmas la vibración se hizo mayor. Aomine frunció el ceño al extraer finalmente un celular celeste —bastante reconocible para sus ojos— pero con un ajeno nombre de contacto en la pantalla de aviso.

—Tetsu —masculló indiferente, lanzando el objeto a las manos del aludido bajo una exquisita precisión.

El ojiceleste parpadeó sorprendido, pero sus ojos se expandieron en su totalidad cuando vio que era una llamada pérdida por parte de su amigo Ogiwara. No había hablado con él desde el Interescolar. Y aunque no era el momento más idóneo para charlar, escuchar su voz nuevamente sería un bálsamo para su alicaído espíritu; el mismo del que Kise se había quejado anteriormente por su inexistencia.

Titubeante, observó el reloj digital de su móvil. Prácticamente, ya era medianoche, pero si Ogiwara lo había llamado a esas horas debía de ser por algo importante. ¿Se arriesgaría a ser sancionado por salir de la habitación a esas alturas de la noche?

Apretó sus puños.

No, había realizado un cuestionamiento innecesario: Él sí podía arriesgarse a ello, ya que no sería difícil esconder su presencia de la ronda de los empleados o del entrenador mismo. Solo debía de ser cauteloso.

—Lo siento. Iré afuera por un momento —anunció Kuroko, evadiendo las curiosas miradas del resto por atravesar el umbral del cuarto con una inusual precipitación. Sin embargo, percibiendo claramente una de mayor ahínco sobre él.

Y si bien Kuroko logró marcharse de la habitación con éxito, eso no impidió que los otros realizaran sus conjeturas al respecto.

—Kuro-chin puede ser realmente veloz… —señaló Murasakibara, bostezando ampliamente por lo aburrido que encontraba la situación.

—Probablemente, era una llamada urgente por parte de su familia. —Continuó Midorima, hastiado que la conversación se alargara más de lo necesario. Deseaba dormir, pero no lo haría con el ruido provocado de los otros. En especial de su vecino de futón, que no hacía nada por mantener limpio su metro cuadrado colindante—. ¡Deja de botar papeles en el suelo, maldita sea, Murasakibara! ¡¿Por qué no le tiras tu mierda a Akashi?! —Se quejó, apuntando su espacio personal y el que debía de ocupar Akashi metros siguientes.

Murasakibara miró al techo y luego volteó hacia a él, encogiéndose de hombros.

—Porque Aka-chin me regañaría —respondió, ignorando por completo la agria mirada del chico de gafas hacia a él.

Paralelo a la evidente discordancia de ambos, Kise se posicionó cerca del moreno para continuar con el tema inicial que había llamado la atención de todos.

—¿No fue demasiado sospechoso, Aominecchi? —murmuró finalmente Kise, cruzándose de brazos.

Pero lo que no tenía en cuenta, era que aquella frase también había sido la gota que rebalsaba el vaso de la escueta paciencia de Aomine Daiki. El moreno siseó entre dientes, a la vez que le dirigía una mirada mordaz.

—¡Cállate, Kise! —le interrumpió Aomine, empujando fuertemente la espalda del rubio con su pie.

—¡¿Eh?! ¡¿Pero por qué solo yo?! —rezongó Kise Ryota, frotando la zona afectada. No entendía por qué siempre terminaba siendo blanco de sus desquites, aunque claramente era porque no medía la magnitud de sus propias declaraciones.

Aomine chasqueó su lengua, irritado.

—¡Porque tú eres el más molesto de los tres! —masculló el moreno, reincorporándose en menos de un segundo para salir de la habitación bajo un sonoro portazo.

Los chicos restantes se miraron sin entender qué diablos sucedía.

—Vaya, hiciste enfadar a Mine-chin, Kise-chin —señaló Murasakibara, ahora tendido sobre el tatami, haciendo crujir un nuevo puñado de snacks con pereza.

—¡Ya me di cuenta…! —Musitó Kise, exasperado; el camino entre Kuroko y Aomine estaba más minado de lo que pensaba. Volteó para mirar a Murasakibara, inquieto por cómo éste tragaba sin mayor complicación en la posición que estaba—. Si continuas haciendo eso, terminarás por ahogarte, Murasakicchi —le advirtió un tanto nervioso al ver que casi ya ni masticaba.

—Déjalo morir, Kise. Nos hará un favor —resopló Midorima mientras se cubría con la primera manta de su futón, girando hacia su derecha para darles la espalda. A ellos y a las tonterías que cometían.

—¡Midorimacchi!

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Completamente despreocupado por si otros ya se encontraban durmiendo, Aomine descendió hacia la primera planta realizando sus pisadas aún más sonoras que de costumbre. Si el objetivo de Kise era echarle leña al fuego, perfecto, lo había conseguido: estaba hecho furia.

Sabía que no se encontraba en los mejores términos con Tetsuya, porque gran parte de ello (por no decir exclusivamente) era su falta. Sin embargo, ¿qué demonios hacía éste recibiendo llamadas casi a medianoche? No se trataba de alguien cercano a su familia, de eso estaba totalmente seguro, porque no había nadie en ella apellidada como "Ogiwara". Aomine podía recordar con claridad aquel día durante la final del torneo, por el que había salido a buscar a Tetsuya a las afueras del gimnasio, encontrándolo casi escondido en uno de los pilares, mientras hablaba a través del móvil con un tal "Ogiwara"; el mismo nombre del contacto que había visto recientemente.

¿De quién mierda se trataba? ¿Alguien del comité de biblioteca de Teiko? No, no podía ser, ya que éstos solo se dedicaban a mandarle correos electrónicos para sus reuniones. Además, y lo más molesto de todo: ¿Por qué rayos le llamaría tan tarde? Ese chico tenía demasiada confianza en sí mismo para saber que Tetsuya le respondería o, como mínimo, le devolvería el llamado a la brevedad.

El moreno frenó sus pasos, abruptamente.

Confianza.

Confianza era exactamente lo que había perdido, como también a lo que había doblegado a Tetsuya en caer por el mismo sucio juego. Pero no podía revertir la situación cuando ya las piezas se encontraban trizadas por su parte. No cuando estaba detenido en un punto insufrible y que nadie más podía cargar con él.

Sonrió de mala gana, mientras cargaba su peso a una de las paredes contiguas y reclinaba su cuello hacia atrás.

Estaba actuando incorrectamente. A él no le debía de importar lo que hiciese o deshiciese Tetsuya a esas alturas. No debía de incumbirle, dado que por su propia cuenta había decidido dejarlo atrás. Ya no lo necesitaba.

Cerró sus ojos, exhalando pesadamente el aire contenido.

Entonces, si ya lo sabía… ¿Por qué le era tan jodidamente difícil renunciar a todo lo que el ojiceleste implicaba?

—¿A dónde crees que vas, Aomine?

El aludido volteó a regañadientes a su izquierda, por donde Akashi Seijūrō hacía su aparición a mitad de pasillo, secando sosegadamente su cabello aún húmedo por la ducha.

Aomine apretó su quijada.

¿Por qué todos le cuestionaban lo que hacía y lo que no? Estaba harto de todos los comentarios, incluso de quienes consideraba como sus más cercanos.

—Tsk. ¿Es que ya no se puede ir al puto baño sin que sea alarma nacional? —se atrevió a mentir, a sabiendas que engañar a Akashi era un acto difícil de realizar.

Akashi entrecerró sus ojos, sereno.

No le sorprendía, y mucho menos le importaba, el tono arisco del moreno.

—Es una pérdida de tiempo que sueltes tu frustración conmigo. Solo asegúrate de regresar a la habitación antes de la ronda nocturna de los empleados —advirtió a medida que retomaba su camino a la segunda planta. No obstante, se detuvo a su lado para sonreírle con discreción, desconcertando a Aomine—. Ciertamente, la debilidad de algunos puede ser la fortaleza de otros. Aunque es una verdadera lástima intentar recuperar algo que de por sí has apartado. ¿No te parece, Aomine?

Daiki apretó su quijada, empuñando sus manos con frustración. Señal suficiente para que el astuto pelirrojo avanzara, sin desgastar más su voz, hacia la escalera principal. Era en esas circunstancias cuando odiaba la perspicacia de Akashi.

Resoplando por lo bajo, Daiki continuó caminando por el estrecho pasillo que conducía hacia al patio trasero de la posada. Necesitaba aire fresco con urgencia para despejar de su cabeza la maldita incertidumbre.

Recorrer el pasillo con las luces apagadas no implicó un serio riesgo para él. Bastaba con solo seguir la corriente de aire para saber que llegaba a su destino correctamente. Fue así que Aomine divisó el verdoso jardín pese a la escasa luminosidad proporcionada por los tenues faroles del exterior. Sin embargo, eso no llamó realmente su atención. Lo que verdaderamente lo hizo, fue la persona que se hallaba sentada sobre el tatami, con sus pies colgando fuera de éste debido al límite de la casa y el jardín.

Paulatinamente, sus pies dejaron de avanzar al tener dicha imagen de Kuroko Tetsuya a solos unos metros de distancia, que por lo demás no reparaba en lo absoluto de su presencia por observar con dedicación el firmamento nocturno. El cabello celeste de éste se mecía suavemente con la aún tibia brisa veraniega, otorgándole un aire conciliador a su alrededor que lo volvía atrayente.

Daiki entrecerró sus ojos.

¿Hace cuánto tiempo no disfrutaba de un momento a solas con él, escuchando su voz apacible en una simple charla? Parecía una eternidad, cuando en realidad solo habían pasado semanas.

¿Hace cuánto tiempo no se divertía jugando básquet con él, cuando todo el mundo se marchaba? Parecía una eternidad, cuando en realidad habían transcurrido unos escasos meses.

¿Hace cuánto tiempo no tocaba su rostro, apropiándose de su cuerpo y olvidando todo a su alrededor?

Tenía dos alternativas que se presentaban: Avanzar o retroceder.

Si avanzaba, quizás cometería una locura. Pero si retrocedía, tal vez se arrepentiría aún más de lo que ya hacía.

Las dos poseían un fundamento. Un fundamento que no podía ignorar de forma sublime, ni siquiera con los ojos vendados.

.

.

.

.

Para esa noche sin estrellas visibles en el firmamento, las grisáceas nubes se dedicaban con afán a obstaculizar a la luna menguante; la única que alcanzaba a aportar una luz al ambiente y otorgar paz a los que aún la contemplaban, siendo Kuroko beneficiario de su labor.

Se hallaba un poco más tranquilo, y no solo por el hecho de tomar aire puro tras la tensión vivida cinco minutos atrás. Sino que había logrado conversar con Ogiwara por un escaso minuto y medio, distrayéndolo un poco de sus preocupaciones. Al escuchar cómo éste le platicaba emocionado sobre el entrenamiento doble que estaba realizando con sus compañeros de equipos, al igual del programa que estaba viendo sobre la NBA por internet a esas horas, le transportaba a aquellos años cuando ambos compartían sin parar sobre el básquet y jugaban hasta el ocaso, perdiendo la noción y el peso del tiempo. Solo disfrutando del deporte que amaban.

Kuroko se encogió de hombros, frunciendo sus labios para evitar que de éstos saliera una sonrisa nostálgica.

No obstante, unos pasos graves se hicieron presentes tras de sí.

—Tetsu.

Ante el repentino llamado, un ligero espasmo le recorrió a través de su columna. ¿Y cómo no hacerlo, si ya no escuchaba con la frecuencia de antaño su nombre por aquella voz? Aun así, Kuroko se atrevió a alzar la mirada, encontrando a Aomine Daiki parado a su lado a tan solo un escaso metro de sí. Éste inspeccionaba con sigilo sus movimientos, atento a la reacción que tuviese para continuar o no la conversación.

—Aomine-kun —respondió Kuroko como saludo, aunque bien sabía que no tenía caso hacerlo si se habían encontrado en la habitación común minutos atrás.

Con cierta renuencia, el moreno se sentó a su lado apoyándose en el marco de la puerta corrediza contraria a él. Aunque su postura se alineaba a la perfección hacia su dirección, la mirada de Daiki continuaba en el espacioso jardín que ofrecía un silencioso espectáculo por su rica botánica.

—¿Otra vez te han llamado? —le preguntó éste con indiferencia, observando el vaivén de las ramas de los árboles.

—…Algo así —respondió Kuroko, con una muy tenue y mal manejada expresión de añoranza que no pasó desapercibida por Aomine.

Junto a la promesa que aún mantenía en pie con Ogiwara y al ánimo que éste le proporcionaba entre sus desvaríos, en cierta forma, le servía para disminuir la desazón por la tensa atmósfera que había adquirido, de un momento a otro, con el chico que estaba ahora su lado.

Kuroko lo miró de reojo.

Y así no hundirse aún más en la desesperación.

—¿Es la misma persona que lo hizo ese día a mediados de la final? —cuestionó Daiki, manteniendo fija su mirada en algún punto inespecífico del jardín. Lejos de él.

—¿Qué implicaría que lo fuese? —preguntó el ojiceleste, extrañado por el tipo de cuestionamiento que realizaba el moreno.

—Nada —masculló Aomine con el mismo tono impasible. Sin embargo, Kuroko conocía cada uno de sus detalles y podía apreciar claramente su ceño fruncido—. No hay nada que podría cambiar algo —añadió en un murmullo.

El silencio se volvió sepulcral. Sin nada más que añadir, Kuroko volvió a contemplar el cielo nocturno, pero no le ayudó. Ni siquiera el suave tintineo de las campanas de viento servía para aplacar la pesadez que se había instaurado nuevamente entre ellos.

Por mucho que sus manos estuviesen casi rozándose sobre el tatami, se hallaban aún más lejos de lo que en realidad aparentaban.

Y eso dolía.

Dolía enormemente.

Kuroko tragó saliva, secamente.

—Lo sé. Pero aun así… —logró murmurar, cabizbajo, cerrando sus ojos—. Aun así, de alguna u otra forma, seguimos estando conectados. Mientras continuemos bajo la misma cancha de juego, mientras sigamos escuchando el sonido del balón… ¿No fue así, en primer lugar, cómo nos conocimos, Aomine-kun? —Se atrevió a preguntar, alzando su mirada hacia la pequeña luz que alcanzaba a otorgar la luna entre las espesas nubes.

El moreno apretó sus puños.

No estaría allí si pudiese ignorar la existencia total de Kuroko Tetsuya en su vida. Éste, en menos de un año, ya conformaba parte importante de sí no solo como compañero de equipo y mucho menos que solo por ser su mejor amigo. Era más que eso, incluso más de lo que él mismo se hallaba consciente al traspasar la línea de la amistad a principios del segundo año escolar.

No existía un nombre que pudiese definir el grado con el que se hallaba compenetrado a él. Y fue quizás por la misma razón que no pudo retroceder totalmente cuando tuvo la oportunidad.

Engañarse a sí mismo era solo un delito imperceptible más en su historial.

Un 'clic' resonó a lo lejos. Bastante similar al disparo de una cámara fotográfica. Ambos voltearon hacia atrás sorprendidos por el sonido. Se suponía que se encontraban en la parte más apartada de los baños comunes o de las habitaciones, por lo que si alguien merodeaba por allí debía de ser por el área de la cocina. Aunque los dos estuvieron atentos por si alguien se asomaba, no vieron a nadie por los alrededores. Ni siquiera escucharon el retumbar de pasos apresurados que pudiesen delatar la posición del que se había atrevido a fotografiarles. Un verdadero fastidio.

Aomine resopló por lo bajo, volviendo a retomar la conversación.

—A veces dices cosas tan absurdas, Tetsu. —Se burló Daiki, concentrándose en el rostro del ojiceleste—. ¿De verdad crees en esa mierda? —cuestionó mordaz, alzando una ceja.

Kuroko tensó su postura.

—La verdadera pregunta es si de verdad puedes ignorar con tanta facilidad ese hecho, Aomine-kun. —Rebatió Tetsuya, mirándole directamente a los ojos.

Pero Aomine desvió su mirada, cerrando sus ojos con pesar.

¿Por qué Tetsuya insistía en tratar de alcanzarlo? Lo había abandonado en pleno juego; había desechado por completo la perfecta sincronización que los caracterizaba en el equipo. Solo un insufrible segundo bastó para destruir los cimientos de su confianza.

Pero no era culpa de Tetsuya, sino de sí mismo por no saber qué diablos hacer para controlar su propio talento. ¿De qué servía mejorar si nadie podía alcanzarlo? ¿De qué servía amar con tanta pasión el deporte que lo había cobijado desde niño, si nadie podía sentirlo y retarlo con la misma intensidad que él lo hacía? Aquella resignación enfermiza que le rodeaba, y que quiso ignorar por todos los medios, solo se convirtió en un golpe mortal para él.

—Creer en algo o en alguien es inútil. —Refutó hostil, sin mirarle—. Lo único que puedo hacer es creer en mí mismo.

El ojiceleste agachó su cabeza, apretando fuertemente sus manos sobre la yukata.

—Ya veo… —Murmuró lábil, sintiendo como su respiración se dificultaba por la opresión causada ante la última frase del moreno. Con aquel cercano contexto con que le había dejado—. Pero, si de algo sirviera, yo sí lo sigo creyendo. —Musitó finalmente Kuroko, levantándose mientras intentaba aplacar la punzante herida en su interior.

Distanciarse era lo más sensato que podía hacer para evitar la incomodidad que los rodeaban. Aunque su corazón latiera pesadamente, aunque su respiración se acortase por el doloroso hecho, las cosas estaban ya claras: Aomine estaba dejando todo atrás, con un muro a su alrededor difícil de atravesar.

Kuroko creyó que todo acabaría allí.

De hecho, debió de haberlo hecho...

Sin embargo, en ningún momento sopesó que su mano sería retenida con fuerza por el moreno a milímetros previos de cruzar el umbral. La electricidad ante su abrupto contacto fue de inmediato e ignorarla tomaba su tiempo. Un tiempo que no tenía caso desperdiciar, porque con su mero roce ya se encontraba atado. Y no solo por la situación actual, sino desde que lo descubrió a principios del segundo año, asumiendo lentamente por qué consideraba tan importante a Aomine Daiki, dejándolo solo fluir… Naturalmente. Como siempre lo había sido todo entre ellos.

Frunció sus labios, debatiéndose en su interior si debía de enfrentar a Aomine o no. Aunque esos valiosos segundos de duda fueron su perdición, pues haciendo gala de su agilidad propia, Aomine aprovechó para reincorporarse y así acorralarlo con su cuerpo entre el marco del panel de papel de arroz y él, para bloquearle su vía de escape.

—¿Sinceramente pensabas que te dejaría ir así sin más, Tetsu? —Murmuró gutural en su oído, provocando que le recorriese un escalofrío por su espalda.

Kuroko cerró sus ojos, totalmente frustrado.

Por supuesto que Aomine podría dejarlo ir. Era eso lo que él quería en primer lugar, ¿no?

—¿Por qué? —pronunció con amargura, enviando de manera indirecta el álgido punto en cuestión que no paraba de ahondar su alma.

Aomine siseó entre dientes, y en menos de un sonoro latido, rodeó sus muñecas con agilidad para alzarlas a los costados de su cabeza, presionándolas fuertemente contra el panel.

…Porque la locura se cometería.

—¡Porque lo haría si no te tuviera a menos de un puto metro de distancia! ¡Lo sabes tanto como yo, así que no me jodas, Tetsu! —Siseó Aomine entre dientes, arrugando el ceño.

Kuroko abrió sus ojos atónito, encontrándose con el rostro del chico a una reducida distancia de sí, como también percatándose de un detalle del que no había profundizado en totalidad por su propio ensimismamiento.

La mirada que Aomine antes le dirigía era cálida; emanaba una chispa que lo regocijaba y le llenaba, pero ahora era gélida, sin esperanza. Gran parte de la viveza que lo había enamorado ya no se encontraba. Se había percatado de ello durante el Torneo, pero ahora, que lo tenía a solo unos reducidos centímetros, podía notar la diferencia con mayor claridad.

Apretó su quijada.

¿Cómo podía detener aquella frialdad impregnada en quien lo había salvado incontables ocasiones?

¿Cómo podía volver a ver a ese chico que sonreía tonta pero genuinamente por el básquet?

¿Cómo liberarlo de las ataduras que, lentamente, consumían su interior?

Aomine se acercó a Kuroko con una lentitud desgarradora, sin embargo, fue éste último que lo sorprendió por posar sus manos sobre su rostro. El peliceleste le miraba con los ojos entrecerrados, intentando hallar algo en él que creía perdido.

El moreno se preguntó a sí mismo cuán ingenuo podía ser Tetsuya para pensar que se quedaría quieto.

—Si pudiese alejarme de ti e ignorar todo con tanta facilidad, Aomine-kun —logró decir Tetsuya, mezclando sus respiraciones sin mayor pretensión junto al atónito chico frente a él—… ¿No crees que ya lo habría hecho en primer lugar?

Daiki entrecerró sus ojos, frenando su acercamiento.

—No seas idiota, Tetsu. —Reprendió éste, hundiéndose en el cuello del más bajo, respirando el fresco aroma que lo envolvía tras la ducha. Cada ligero movimiento efectuado, cada parpadeo en ese juego de miradas, resultaba de por sí enloquecedor. Ya no podría controlarse más si seguían así. Incluso si el que inició tal turbulento camino fuese él—. Apártame y vete. Eso es lo que deberías hacer, Tetsu. Sé inteligente —musitó, ásperamente.

Unos tibios dedos tocaron su mejilla.

Aomine alzó su cabeza, encontrándose de lleno con la serena expresión de Tetsuya.

—Pero prometí estar a tu lado sin importar de qué ámbito se tratara. ¿Acaso no lo estoy cumpliendo en este momento, en vez de darte un merecido puñetazo? —Dijo solemne, sonriendo leve y melancólicamente—. Si lo prefieres, también lo puedo hacer. Sería un acto bastante inteligente de mi parte, Aomine-kun —agregó Kuroko ya más serio, luego de una tensa pausa.

Aomine parpadeó incrédulo por unos segundos, incluso un poco boquiabierto para su propio gusto.

Ya no podían volver a esos días llenos de calidez. Él ya no podía regresar a ser el mismo de antes por más que lo intentara. Aunque el camino que había elegido resultaba ser el más árido y desolador de todos, aún seguía teniendo a Tetsuya a su lado, esperando el momento que devolviese su mirada hacia él.

La luz puede cegar a la sombra, pero ésta, ínfima, también puede mantenerse integra.

A la espera del estatus quo.

Al ver que Aomine dejaba de invadir su espacio, apartándose ligeramente de él, Kuroko pensó que se marcharía y no pronunciaría palabra alguna al respecto. Sin embargo, dentro de toda la baraja de posibilidades, jamás esperó ver, por escasamente un segundo, una sonrisa aflorar en sus labios. Una de las que tanto le dirigía a diario. Kuroko solo quedó mirándole estupefacto, sintiendo el palpitar histérico de su corazón por encontrar aún latente aquella parte que creía totalmente perdida por Aomine.

El moreno presionó su frente contra la del más bajo.

Las condiciones entre ellos habían cambiado, pero Aomine haría un último intento por retener aquella insufrible parte de él que perdía la esperanza en todos.

Detendría aquel engranaje dañado solo por un tiempo más.

—No necesito a nadie, Tetsu, y no retiraré eso. Pero… Sé que cumples tus promesas, por muy necias que sean. —Dijo, sin despegar sus ojos azules de los expectantes celestes a centímetros de sí.

—No te preocupes. La cumpliré —aseguró el más bajo, desafiante.

—Ya lo veremos…—susurró Aomine, ladino.

Kuroko entrecerró sus ojos al ver que el moreno comenzaba a ladear su rostro para cazar sus labios con precisión e ímpetu. Absorbiéndolos como si hubiesen pasado décadas sin reconocerlo, mordisqueándolo y jalando con altivez mientras sonsacaba gemidos de su parte por la acción que bien sabía que lo afectaba. Sus ojos entrecerrados se encontraban con cada segundo de pausa para retomar aire, gatillando aquellos sentimientos reprimidos durante las últimas dos semanas transcurridas.

Aomine procedió a apartar la tela de la yukata en la zona de la clavícula de Kuroko, exponiendo su pálida piel en contraste con la suya. Escalofríos recorrieron la columna del chico de cabellos celestes al sentir su tacto, incomodándolo porque sabía que ya no podría detenerse si aquella intensidad aumentaba bajo otro tipo de ejecuciones.

Los fríos dedos de Aomine se posaron sobre su cuello, realizando un movimiento suave en el contorno de éste, conllevando que abriera su boca para emitir un sonido al que no estaba acostumbrado desde que lo había descubierto solo dos meses atrás. La lengua de Aomine aprovechó la instancia, arremetiendo contra su boca con una fogosidad que parecía ser única. Los gemidos tampoco tardaron en salir.

El moreno se apartó ligeramente de él, lamiendo sus labios con absoluto deleite.

—Agridulce —murmuró Aomine haciendo alusión a los snacks que previamente había consumido Tetsuya por Murasakibara, pero incapaz de despegar su mirada de los grandes orbes del otro que luchaban por no mostrar su debilidad ante él.

Kuroko jadeó, desviando su rostro.

—No era… necesario decirlo —logró decir apenas. Su cordura se estaba deshaciendo, a la vez que los primitivos instintos comenzaban a adueñarse del control.

Aomine atrajo su mentón, apegando a la par su cuerpo contra él.

—Entonces continuemos —pronunció Daiki con evidente diversión, prácticamente rozando sus labios con los suyos.

Tetsuya esperó un nuevo contacto de su parte, no obstante, el moreno se desvió descendiendo tortuosamente hacia su cuello entre generosas lamidas y succiones. Tampoco ayudaba el hecho de que Aomine empezara a tantear también por debajo de su yukata otras partes de su cuerpo bajo una inspección delirante. Ya lo tenía bajo su dominio, y eso era decir poco.

Los dedos de Kuroko se aferraron con fuerza hacia la pared, en un vano por mantenerse en pie dentro de la realidad. Sus piernas oscilaban tanto por las sensaciones abrumadoras que causaba Aomine, como también por su propio peso sobre él. Se sentía desfallecer; ni siquiera gemir tenuemente —para no despertar sospechas a los empleados que seguían en pie— le servía para desahogarse. Sin embargo, y sin aviso alguno, Aomine se encargó de encadenar sus manos con las suyas, guiándolas hacia su cuerpo, dedicándole una mirada estremecedora producto de la fogosidad misma y derrumbando los últimos resquicios de sensatez que le quedaba.

Las manos de Kuroko, finalmente, se ciñeron a la espalda de Aomine empuñando la tela de su prenda con ahínco para así no caer. Aomine no se hacía problemas, puesto que estaba demasiado focalizado en apartar más la yukata de su cuerpo y así marcar la delicada piel que tenía a su disposición frente a él.

El problema radicó cuando se percataron que las luces del pasillo se encendían, señal que comenzaba la ronda nocturna por parte de los empleados al interior de la posada. Aunque se suponía que estaban de vacaciones, existía un ligero toque de queda para el grupo de Teiko como medida de disciplina que consistía en no estar desvelados pasada la medianoche.

Aomine y Kuroko permanecieron inmóviles a medida que las pisadas se acercaban a su posición actual; escuchaban con claridad también las voces de los dos vigilantes de aquella noche. Se miraron a los ojos, conteniendo prácticamente la respiración. Encontrarlos en tal ánimo solo arruinaría las cosas, aún más de lo que ya estaba de por sí. Las opciones eran escasas, pero si separaban y volvían a la habitación con el resto, sería solo volver al insufrible punto de inicio.

—…La bodega —murmuró Daiki, llamando la atención de Kuroko.

Daiki había pasado por allí días previos mientras escapaba del entrenamiento. El único percance que existía era que quedaba al otro extremo, y si se dirigían hacia allí, debían hacerlo cuanto antes para que no vieran sus siluetas al salir.

Sin titubear más, Aomine cogió la muñeca de Kuroko, jalándolo para que lo siguiera y saltara hacia al patio.

Aturdido por su frenética decisión, Kuroko solo asintió.

Corrieron descalzos por el húmedo césped con sigilo, evitando las habitaciones que se hallaban aún iluminadas. Dejando el peligro a sus espaldas, se adentraron a una zona rodeada por arbustos y malezas, incluso reprimiendo las quejas cuando pisaron alguna que otra piedra, pero luego de un extenso minuto y medio de orientación lograron encontrar el lugar.

Hallándose más descuidada en cuanto a fachada, el interior de la bodega estaba cuidadosamente organizado por los materiales que contenía. Desde viejos muebles, vasijas trizadas y dañadas, hasta futones desgastados por los años. Cada sección formaba parte de la historia del Ryokan, una que claramente aún no podía ser desechada, bajo el punto de vista de Kuroko.

Aomine cerró la puerta con pestillo de seguridad. Y solo para cerciorarse que nadie lograría abrir por fuera, aseguró la puerta colocando un pesado estante de metal al frente de ésta. Así ya no habría más estúpidas interrupciones.

Kuroko observó el techo al ver que aún la estancia continuaba ligeramente visible. No existían ventanas aledañas a las paredes, pero sí una pequeña ventanilla por encima. Ésta se hallaba semi abierta, pero aun así lograba filtrar los escasos rayos luminosos de la luna a esas horas.

Unas manos rodearon su cintura, desatando el último impedimento para sacar su yukata por completo.

—No te distraigas, Tetsu —masculló Daiki en su oreja.

Tetsuya tiritó cuando las manos de su acompañante desprendían la tela de su cuerpo, dejando que simplemente cayera al empolvado suelo de madera. Su cuello era rozado por uno de sus gélidos dedos, mientras su vientre era rodeado por la mano contraria. Cerró sus ojos, a la vez que sentía la boca de Daiki concentrándose en su nuca, otorgándole serios escalofríos por su espalda.

Su cabeza fue girada hacia la izquierda, con el fin de que labios resultaran consumidos por los del moreno. Tetsuya entrecerró sus ojos con lentitud, observando un ligero destellar en la mirada que Aomine le dedicaba, sin la frialdad que había adquirido semanas atrás.

Era la misma que lo había encandilado al inicio.

Contra todo pronóstico, Tetsuya volteó hacia Daiki en su totalidad profundizando con ello aún más el beso. Aunque dicha acción desconcertó en un comienzo al moreno, sus lenguas continuaron enlazándose en un vaivén demandante y absorbente. Los gemidos por aquel ritmo enloquecedor tampoco se hicieron en esperar. Fue entre medio de aquellas respiraciones agitadas, que Aomine aprovechó de desprender su propia yukata para arrojarla al suelo. Impaciente, retrocedió un par de pasos al calcular que detrás de sí estaba el pequeño montón de sucios y viejos futones, y así sin mayores miramientos, Aomine se tiró de espaldas jalando de improviso a Kuroko en el proceso para que cayera sobre él.

—Aomine-kun, ¿estás bien? —musitó Kuroko, prácticamente echado encima del otro.

—Ah. —Asintió Aomine observándole con cierta desesperación. Tetsuya debía de ser más consciente de sí mismo—. Con esto ya no habrá vuelta atrás. Lo sabes, Tetsu —advirtió tajante, mientras cogía su nuca con firmeza.

La mirada de Kuroko vaciló un instante, pero aun así siguió sosteniéndola en Aomine.

Estaba consciente que los problemas no se arreglarían espontáneamente en una noche de sexo; éstos seguirían allí, latentes, esperando el momento adecuado por detonar. Solo sería una ilusión pasajera, solo el encanto del momento que duraría hasta el amanecer. Incluso sabiéndolo...

—…Cuando estoy contigo ya no hay punto de retorno, Aomine-kun —señaló en un leve murmullo, dejándose guiar por la mano del moreno sobre su cadera para que se sentara sobre él.

Incluso sabiéndolo, Kuroko era incapaz de retroceder.

Aomine entrecerró sus ojos, corroborando en su mente lo que el ojiceleste había dicho.

Nunca supieron cómo una cosa llevó a la otra, ni siquiera cuando se besaron por primera vez. Para ambos, el estar juntos era algo natural y el resto pasaba a segundo plano. Pero Tetsuya nunca supo de su parte que, incluso cuando se encontraban con otras personas, sus ojos no podían dejar de seguirlo con facilidad. Él quizás podía intuirlo, de la misma forma que lo podía hacer cuando de éste se trataba, pero existía un nombre que definía aquello, uno que jamás lograron a pronunciar cuando aún estaban a tiempo.

Éste ya no lo era.

Besó a Tetsuya con fervor.

Las palabras simplemente morirían en el olvido, no así los actos que se recordarían por siempre grabándose a fuego en sus memorias; consumiendo sus pensamientos, consumiendo sus entrañas. Calándose en sus almas, conectándolos incluso cuando se hallaran separados; forjando un lazo indestructible e imposible de conciliar para su término.

Kuroko gimió cuando Aomine comenzó a juguetear con sus pezones succionándolos, a la vez que empezaba a masajear su miembro por encima de su bóxer. Sus manos se aferraron a los hombros de Aomine, prácticamente enterrando sus uñas en el proceso. Su corazón latía vehemente; su mente bloqueaba cualquier pensamiento válido. Sus palabras se transformaban en suspiros y jadeos interminables; al igual que el éxtasis que se estaba apoderando de cada poro de su cuerpo.

¿Cómo podía lidiar con ello?

Aomine alzó su mirada hacia Kuroko. Sus infinitos ojos celestes llenos de pulcritud se encontraban ahora vidriosos; sus mejillas, que solían ser pálidas, se hallaban sonrojadas al igual que el cartílago de sus orejas y, por supuesto, no podía desmerecer dejando de lado a sus labios levemente hinchados por los besos consumados. No perder el control ante tal visión era prácticamente imposible. Una locura.

—Tetsu, levántate. —Instruyó Aomine por lo bajo, casi impaciente.

Apenas el chico acató su solicitud, Aomine procedió a descender de inmediato la última prenda de vestir que estorbaba: el bóxer, incluido el propio. A pesar de lo abrupta que fue la maniobra, no disminuyó en absoluto la intensidad con la que se observaban, ni tampoco para aplacar el vibrar de sus almas.

Kuroko se sentó nuevamente sobre las caderas de Aomine, rozando su miembro con el otro. El moreno alzo su mano izquierda, a la altura de sus rostros para proceder a lamer sus dedos índice, medio y anular bajo una envolvente sensualidad, que quizás ni siquiera él mismo se daba cuenta cuando lo realizaba. Pero Kuroko sí, y a la perfección, lo cual aceleraba su pulso al igual que la molestosa sensación en su vientre y parte baja.

No tenían preservativos ni lubricante a mano. ¿Quién iba a pensar que de todas las cosas que harían sería tener sexo en una vieja bodega? Enfatizando que la idea absurda allí era tener sexo, por supuesto.

Y aunque Aomine separó sus piernas para obtener un mejor acceso ante la sola introducción del primer dedo, Kuroko no logró evitar morder su labio con fuerza y tensar aún más su postura. Había pasado alrededor de un mes desde la última vez que había estado con Aomine, pero ni siquiera con eso podía acostumbrarse a tener un intruso en dicha zona.

Al ver cómo el peliceleste no se relajaba, Aomine se acercó a su oreja para solo susurrar: "Muérdeme". Kuroko no lo hizo de inmediato, porque ni siquiera podía concebir el hecho de que el moreno le dijera tal cosa, pero ya cuando Aomine introdujo el segundo dedo y le insistió por medio de un ligero siseo que lo hiciera para así no perder sus dedos en el proceso, Kuroko se acercó a su cuello tal cual dijo. Primero fuerte, quejumbroso aún por los movimientos que Aomine realizaba en su interior y así expandir lo poco y nada que se podía dilatar, y luego ya más apaciguado pero no por ello menos exaltado en cuanto a los espasmos que le generaba la impetuosa fricción de sus miembros.

Cuando los quejidos de Kuroko se transformaron nuevamente en pequeños gemidos, Aomine volteó a inspeccionar su rostro. Aquel que se encontraba invadido por el dolor, ahora se hallaba ya más calmo; el de la misma forma que había visto previo a la preparación. Odiaba cuando veía su rostro lleno de sufrimiento; y aún más odiaba cuando él era el causante de ello.

Aomine volvió a cazar sus labios con ímpetu mientras introducía el tercer dedo. Tetsuya nunca se imaginaría cuán presente estaba en sus pensamientos; nunca podría imaginarse a qué grado estaba acoplado y arraigado en él. La distancia interpuesta las dos semanas solo había avivado tal necesidad. Aunque la negara, la desplazara y tratara de eliminarla… No podía.

Ya lo había intentado.

—Aomine-kun…—musitó Kuroko entre un liberador jadeo.

Sus bocas se movían anhelantes por el otro, al igual que el incesante roce de sus cuerpos entregados en un vaivén apasionante. El tiempo se hacía eterno, aunque en realidad era limitado. Pero incluso así podían escuchar de lleno los latidos acelerados del otro y la respiración agitada contra sus rostros.

Se separaron levemente, entrecerrando sus ojos.

¿Por qué la felicidad solía ser tan efímera en su caso?

Aomine lamió sus propios labios, bajo su atenta contemplación.

—Es solo el comienzo, Tetsu —masculló, grave.

En una rápida ejecución, Daiki retiró sus dedos. Apresó a Tetsuya por las caderas, indicándole con la mirada el siguiente paso.

Kuroko se levantó despacio, no mucho, solo lo suficiente para que el miembro de Aomine entrara en él, aunque con cierta dificultad. Apretó su quijada, pues había costado mucho más de lo que esperaba sin preservativo. Sin embargo, a esas alturas, Aomine era el que siempre empezaba el ritmo, por lo cual se extrañó que esta vez no lo hiciera.

Volteó a mirarlo, acostumbrándose lentamente al palpitar que estaba en su interior.

—¿Qué sucede? —Se atrevió a preguntar ya casi sin aliento.

—Es la primera vez que no usamos ese maldito forro… —dijo Aomine, resoplando por lo bajo en busca de paciencia.

Kuroko abrió sus ojos atónito. ¿No se movía por él?

—…Pero tampoco puedo aguantarme más. —Agregó por medio de un murmullo en su oído.

Sin dejar de sostener sus manos en las caderas de Kuroko, Aomine alzó su pelvis para comenzar a realizar vertiginosas estocadas. El chico frente a él se movía por efecto propio de la posición en que estaban, pero de todas formas seguía demasiado tenso para lograr moverse a cabalidad.

Kuroko ya ni siquiera sabía que sentía en esos segundos. El dolor inicial se transformaba a una mayor molestia, pero la urgencia por querer escapar de aquello se atenuaba ante la inusitada palpitación que desbordaba en su interior. Una sensación retorcida que se apoderaba de sí y que fue aún peor cuando Aomine comenzó a delinear el contorno de su cuello con su lengua.

—¡Ah…! —gimió completamente exaltado, sin poder reprimirlo más de sí.

Aomine sonrió ladino.

—Al fin te soltaste, ¿eh? —Señaló Aomine cogiendo su rostro y deteniendo sus penetraciones—. Entonces… Es hora que yo también me suelte, Tetsu. —Sentenció, mordisqueando sus labios y empujándolo hacia al piso para que quedara de espaldas.

Aún unidos, y provechando la completa estupefacción de Kuroko por su acción, Aomine aprovechó de encamarse encima de él, apartando las piernas del peliceleste a sus costados y mejorar el encajamiento entre sus cuerpos.

Kuroko mordió su labio inferior, conteniendo el aliento ante los gemidos aglomerados en la base de su garganta. Su cuerpo vibraba a un ritmo insoportable; cada latido parecía querer quemarlo. Cada respiración se hacía menos generosa. Lo más extraño era su visión, pues todo lo que tenía frente a él era a Daiki, que lo observaba desde las alturas con una desconcertante expresión en su rostro.

Como si quisiese retenerlo.

Como si de verdad tuviese un miedo irracional a perderlo.

Probablemente, solo eran conjeturas del momento.

Quizás solo estaba alucinando al sentirse necesitado por Aomine. Sin embargo…

—…Cumpliré mi promesa, Aomine-kun —musitó, alzando sus manos hacia al rostro del chico.

Daiki exhaló aire, arrogante, pero sin tener la más mínima intención de frenar el contacto de Tetsuya.

—No seas idiota, Tetsu —resopló en un tono que, si bien pretendía ser irónico, para Kuroko solo le pareció ser resignado.

Sus manos de igual forma se entrelazaron en algún punto irreconocible, para luego consumar en sus bocas lo pactado. Sus labios se buscaban con ahínco, al mismo tiempo que sus lenguas trabajaban en la unión de éstas. A la par, las embestidas por Aomine se hicieron aún más violentas con el transcurso de los minutos.

El aire se volvía soporífero, a su vez que el aliento ya no les bastaba para proseguir. Pero sin importar que pasara aquella noche, solo se trataría de una tregua silenciosa. Aunque sus cuerpos reconociesen a la perfección el tacto del otro; aunque el solo llamado de sus voces provocara que sus almas se sintiesen colmadas por su calidez, el suelo entre ellos se había vuelto frágil y quebradizo.

No podían alcanzarse, ni siquiera para intentar salvar al otro de hundirse.

Y el único consciente de ello por el momento era Aomine Daiki, porque ya Kuroko se hallaba dormitando a su lado tras haber culminado el momento del clímax. Apacible e ignorante del caos que en su interior habitaba.

Aomine suspiró, sonriendo desganado; observando la ventanilla del techo que aún dejaba entrever el cielo nocturno.

—…Lo siento, Tetsu. No podrás cumplir tu promesa —murmuró lábil, acariciando sus cabellos celestes con una mesura incluso impropia.

Ni siquiera podían definir lo que tenían como un amor no correspondido.

….Porque incluso éstos podían conseguir un final feliz.

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Aomine Daiki observaba aburrido las calles iluminadas de Tokio en la oscuridad de su habitación, mientras que en su mano derecha poseía aferrada una sencilla, pero completamente arrugada y maltratada fotografía. Ésta ya no poseía sus colores vivos; estaba arruinada por la humedad. Aomine la había encontrado por casualidad detrás de su escritorio al buscar su billetera, pero nunca pensó que se quedaría absorto por su significado.

Sabiendo que resultaba imposible de restaurar, cerró sus ojos mientras rompía la fotografía en pedazos. Abrió la ventana de par en par, alzando su mano en el vacío, liberando los pequeños trozos que habían inmortalizado su encuentro con Tetsuya en el campamento de verano del segundo año de secundaria.

El viento parecía estar aún más crudo de lo habitual, pero no le importó.

Lo último que vio fue una mancha celeste antes de desaparecer por completo al dejarse llevar por la brisa veraniega.

—"Cuando estoy contigo ya no hay punto de retorno, Aomine-kun".

Entrecerró sus ojos, apoyando su cabeza sobre el alfeizar perezosamente.

—No fuiste para nada inteligente. —Murmuró, con sequedad.

Pero, a decir verdad, tampoco él lo había sido en su puta vida.

Quizás, cuando tuviese tiempo y el ánimo para hacerlo, confiscaría la habitación de Satsuki para hallar los negativos.

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Notas:

*Se asoma con cuidado*

¿Advertí que debían de tener un balde al lado...? Creo que no. Como dije anteriormente, este anexo va enlazado con el anterior capítulo. Cada anexo servirá para entender ciertas partes del pasado, presente y futuro de Aomine y Kuroko~.

Ojalá tengan helado o golosinas para lidiar con el siguiente capítulo. Kise dirá muchas cosas; incluso puede que se retuerzan aún más (de lo que está aquí) xD.

Como siempre atenta a todos sus comentarios~. (Me faltan unos reviews por contestar, ¡pero lo haré a la brevedad! ;A;)

¡Cariños!