Capitulo 10
Damon trajo los platos con un par de huevos fritos, bacón y jamón.
- Aquí está el desayuno – comida a las dos del medio día al total estilo americano.
Elena sonrió y posó su mano en su barriga.
- Tengo hambre.
- Y no me extraña, después de lo salvaje que estabas ahí dentro. – señaló la habitación de invitados.
- ¿Perdona? ¿Quién es el que no oye nada cuando está centrado en lo que hace?
- Claro, no oigo nada y por eso lo hago bien.
- Si, ya claro…
Damon se quedó sorprendido.
- Ahora me dirás que no te gustó, con lo que disfrutas conmigo…
- Serás creído. – dijo Elena tirándole un trozo de bacón.
- No me tires comida, que terminamos mal…
- Y nos acabamos de duchar. – terminó Elena.
- Eso mismo. – él sonrió, se acercó a ella y la besó. La observó con su camisa por encima. – Eres preciosa. Sobre todo cuando estas teniendo un orgasmo…
Elena se escondió en su cuello.
- Deseo ser el único que pueda verte así, en todo tu esplendor.
- Lo serás, ahora mismo solo quiero que tú seas el primero y el último.
Damon le besó la cabeza, besitos grandes, pequeños, seguidos, sonoros, sin ruido.
- He estado pensando…
- ¿Tu? ¿Pensar? – se burló Elena. Y él pareció molestarse. – Es broma, ya sé que tengo un novio muy listo. – acarició su abdomen, desnudo. - ¿Y qué has estado pensando?
- Que como llega Navidad te llevo de vacaciones. - Elena lo miró. – No es una pregunta. Ya tengo los tickets de vuelo comprados.
- ¿Y dónde me llevas, mi rey? – dijo ella apoyando su cabeza en el hombro de Damon, mirándolo casi del revés. Pero él se veía guapo des de cualquier perspectiva.
- A Galesnjak.
- Damon, ¿Estás bien?
- Claro, ¿Por qué?
- Por que pareció que te entraban arcadas. – ella se rió.
- Ese es el nombre de la isla, Galesnjak en Croacia.
- Vaya nombre.
- Lo sé, pero la isla es muy, muy bonita y en forma de corazón… - besó sus labios. – Perfecta para los enamorados, además, ya alquilé una casa en medio de la pequeña montaña, al centro de la isla.
- ¿Alquilaste una casa?
- Si, esas de campo, hoguera, con maderita… - dijo con un rintintín que Elena adoró, mientras pasaba la yema de sus dedos por la curva de su cintura – te va a encantar…
- Aun que nos fuéramos a la choza más pocilga de este mundo me lo pasaría estupendamente y solo porque tú vienes conmigo…
- Te amo… - susurró Damon. Acarició la mejilla de ella y enroscó uno de sus dedos en su pelo, mientras la besaba. No podían estar más pegados, el uno al otro, y se estaba bien… no, se estaba de maravilla, así, junto a Damon. Él se separó un poco, terminando con un dulce pico – nos vamos el veintidós, pasaremos las fiestas allí… - Ella asintió.
- Llévame donde tú quieras, cuando tú quieras…
Katherine o quizás Katerina, entró agetreadísima al centro de masajes. Elena en ese preciso momento pasaba, con la bata semi desabrochada con un taco de papeles en mano.
- ¡Elena! A ti quería verte…
Elena se giró. Su cola alta se movió al compás de los movimientos de cabeza. Una pestaña le entró en el ojo, intentó sacársela sin que se le corriera el lápiz de ojos.
- Dime Katherine… - murmuró.
Katherine, se la quedó mirando. Ella vio el error que había cometido. No se avergonzó, se aclaró la garganta.
- Creo que tanto tú como yo debemos aclarar algunas cosas – dijo Elena. – dentro de un cuarto de hora tengo libre para ir a desayunar, pero puedo adelantar un poco, ya sabes que soy mi propia jefa.
Katherine asintió.
- Por favor.
Elena fue hacia su despacho y dejó la bata en su butaca. Los papeles quedaron en el mismo sitio del que los había cogido. Cogió su chaqueta con la capucha embadurnada de plumas finas y el bolso negro de Gucci que iba a juego con sus Peep Toes altos y del mismo color.
Katherine, la esperaba en la entrada. Iba, como siempre, provocativa. Con unos Stilettos rojos, unas mallas bien arrapadas a sus piernas bien encorvadas y delgadas y una chaqueta también negra que se ajustaba a su cintura con un cinturón, el cual la hebilla era dorada. Extremada como solo ella sola sabía ser. Una vez más, estaba comprobado que a Damon le gustaba lo interesante y zorrón… Una vez más, ella misma pensaba que era poca cosa para él.
Un par de tazas con chocolate caliente y humeante adornaban una de las mesas de la terraza, junto con dos mujeres que se podían parecer mucho, o al contrario, ser distintas a muerte. Lo único que muchos les encontraban en común, es que las dos estaban buenas. Algún salido que había ido a tomar una cerveza con unos amigos apostaba por cual sería con la que se acostaría. La verdad, es que no se decidían. Katherine se quemó la lengua con la temperatura del chocolate.
- Vigila. – se rió Elena.
- Dios, está ardiendo.
- Con el frió que hace ya conviene… - sonrió Elena. - ¿Qué querías decirme?
- Primero empecemos por el nombre que has dicho en la clínica.
- Katherine. ¿A caso no te llamas así? – dijo Elena arqueando una ceja.
Ella desvió la vista hacia la ciudad. El pelo rubio estaba dejando de serlo. Ahora Elena se daba cuenta de que era teñida. Era morocha. Debía tener un color tan chocolate natural. Y esos ojos marrones eran el colmo. No le tenía envidia, pero ella, era realmente guapa.
- Si, si me llamo así… pero… - suspiró y entrelazó sus manos – es que es complicado…
Sus ojos se humedecieron. A Elena se le encogió el corazón.
- Yo provengo de Bulgaria. Supongo que lo sabrás todo, por Damon…
- Se algo… no sé si es todo…
- Yo estuve saliendo con él. - Elena asintió – yo era su misión, bueno, en realidad era una infiltrada… era fría y sin sentimientos, y… y Elijah era el cabecilla, el más poderoso de la mafia. Cuando nos trasladamos aquí, en Estados Unidos, él me ordeno que interpretara el papel de víctima. Damon fue al que le encargaron que me protegiera… desde entonces olvidé que era una secuaz de Mikealson, para terminar enamorándome del que creí el hombre de mi vida.
A Elena le entraron una ráfaga de celos. Aguanta, aguanta, no está diciendo nada malo.
- Aun que sus compañeros investigaron y descubrieron que yo era una de las agentes de la mafia enemiga… intentaron matarme. Yo desaparecí, por un largo tiempo, dejando una imagen de mí como si estuviera muerta…
- ¿Y por qué volviste? – preguntó Elena bebiendo un trago de chocolate.
- Porque alguien mató a mi hermana. Alguien mató lo último que me quedaba en esta vida, y sé que es de aquí. Y vengo a por aquella persona.
A Elena se le congeló la sangre.
- Juro que voy a vengarme, juro que la persona que mató a mi hermana va a sufrir más que un esclavo egipcio del siglo diecisiete.
