Eternidad
capítulo 11: Cristales de sombras.
En el pasado.
En el centro de un pueblo de un reino allá en Noruega, la multitud se había reunido. Todos habían sido obligados a reunirse, aunque algunos padres, sólo algunos, lograron ocultar y dejar a sus niños en sus casas, donde no podrían ver la escena tan cruel.
Un joven estaba siendo azotado con látigo en la plaza. La gente estaba obligada a verlo ya que, según la reina, debían contemplar el castigo que se merece un traidor, que debían ver a quién deben obedecer.
Resultaba que el desafortunado joven había intentado salvar a su padre que estaba siendo arrestado por no tener dinero para pagar los impuestos. Era un castigo injusto para un crimen injusto, todos lo sabían, también la reina pero le importaba poco. Ella observaba todo muy de cerca, riéndose de cuando en cuando, mientras uno de sus guardias aplicaba el castigo al joven que ella consideraba traidor.
La reina era fácil de distinguir, no sólo por su mirada maliciosa y su extraordinaria belleza. Ella siempre llevaba vestidos hermosos, con pronunciados escotes normalmente, y se adornaba de joyas preciosas y brillantes. Ella siempre quería llamar la atención. Incluso sus risillas musicales se distinguían entre los fuertes lamentos del torturado.
Nadie tenía el valor de oponerse, toda la población estaba asustada. Jamás habían tenido un gobernante tan cruel. Ella era considerada un demonio del infierno. La reina sabía que la llamaban demonio y ella, por su parte, lo aceptaba y decía que era la más perfecta demonio sobre la Tierra. Ella ansiaba invadir otros reinos y hacerse con más poder, poco le faltaba para llevar a cabo una guerra donde miles de vidas, desechables, se perderían.
—¿Qué está pasando ahí?— preguntó Chickie, la mujer bandida, a sus amigos, tratando de asomarse para ver algo entre la multitud.
—Habrá que ir a ver.— dijo el hombre castaño que la acompañaba.
El hombre tomó a su prometida, una joven rubia, de la mano y esta tomó a Chickie de la mano también. Los tres entraron a la multitud, empujando gente, mientras la rubia se disculpaba, tratando de llegar hasta enfrente.
Los tres eran extranjeros, acababan de bajar del barco hacia poco más de media hora. Habían estado paseando por las calles hasta que la multitud y los gritos llamaron su atención. Los tres iban encapuchados, como si trataran de ocultar su identidad. Al pensarlo bien, quizá alguien podría reconocerlos, ellos no calificarían para tener el seudónimo de "Anónimos"
Se inquietaron cuando escucharon los azotes del látigo y los gritos de dolor que cada vez se hacían más débiles. Cuando lograron llegar hasta enfrente, al joven torturado lo tenían tendido en el suelo, a punto de ejecutarlo, cortandole la cabeza con una espada.
—¡Alto!— intervino la joven rubia, para sorpresa de sus acompañantes.
Ella empujó al guardia y le apartó la espada. Todos quedaron conmocionados ¿quién era esa joven?
—¡Tú!— exclamó la reina, airada—. ¡¿Cómo te atreves a desafiarme?! ¡Maldita extranjera!
Los reclamos de la reina cesaron al sentir las manos de la desconocida recorrer su vientre. La reina bajó la mirada, desconcertada al ver a la joven examinarla de esa forma. La joven rubia puso una expresión de terror.
—Oh Dios mío, está embarazada.— habló la joven, lo suficientemente fuerte como para que varias personas la escucharan y estas personas corrieron el rumor al resto, ahora todos se habían enterado—. Y es una niña.
La reina enfureció aún más, ella no quería que sus súbditos se enteraran aún de su condición. ¿Cómo era que esa rubia se había enterado de su embarazo? El caso es que no la iba a perdonar.
—¡Eres una maldita!— la reina tomó el látigo y con fuerza golpeó el rostro de la rubia, dejándola una larga herida que recorría su mejilla izquierda, desde el costado del ojo izquierdo hasta el mentón.
La rubia contuvo un grito ante su herida sangrante, esto iba a dejar cicatriz de por vida, seguro que sí.
—¡Maldita vieja, voy a destrozarte la cara!— gritó Chickie, acercándose con una navaja en la mano, pero fue detenida por el joven castaño—. ¡Suéltame tonto! ¡No me importa que esté hechizada, yo voy a matarla!
—Matarla no resolverá nada, Chickie.— dijo el joven, tomando a la bandida por la espalda con fuerza. Él llevó su atención hacia su amada—. ¿Estás bien?— le preguntó a su prometida, la joven rubia asintió.
—¡¿Quién demonios se creen que son ustedes?!— exclamó la reina con enfado.
La joven rubia se quitó la capucha, descubriendo su rostro, que aún sangraba, ella se giró hacia la gente y habló con voz fuerte y firme.
—¡Nosotros somos Kai y Gerda!— exclamó la joven rubia—. ¡Hemos venido a curar a Su Majestad!
La multitud se llenó de murmullos ¿Ellos eran los famosos Kai y Gerda? ¿los que se dice que viajan por el mundo exorcizando personas? ¡¿Esos jovencitos eran ellos?!
—Y mi nombre es Chickie.— agregó la mujer bandida, pero nadie le prestó ni la más mínima atención—. Para qué me molesto.— musitó con fastidio.
—¡¿Creen que voy a creerme que ustedes son realmente Kai y Gerda?!— gritó la reina, en el fondo se sentía alterada—. ¡Deben ser unos impostores!
—¡¿Esto lo haría un impostor?!— Gerda se quitó su collar de cristales oscuros, estos brillaban levemente, ella acercó los cristales al pecho de la reina—. ¡Exijo que nos lleves ante el rey!
—¡Ahh!— gritó esta al sentir un dolor espantoso dentro de su pecho a causa de estos cristales—. ¡¿Qué es esto?!
—Gerda, no creo que deberías hacer eso.— le dijo Kai a su prometida, alarmado—. Nunca hemos sanado a alguien de la realeza, mucho menos a una embarazada. No sabemos qué podría hacer.
—Uy...— se dio cuenta de su error.
—¡Arrestenlos!— gritó la reina. Los guardias llegaron y tomaron a los tres extranjeros por la fuerza—. ¡¿Quieren ver al rey?! ¡Pues verán al rey!
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..
...
En la actualidad.
Anna no había dormido nada en lo absoluto. Había pasado toda la mañana practicando esgrima, un pasatiempo que tenía desde pequeña que, al estar encerrada en un gran castillo, completamente sola, se tenía que entretener. Ella estaba luchando con la espada, practicando con un guardia del palacio, ellos le habían enseñado a ella todo lo que sabía de combate.
La princesa tenía que distraer su mente, tenía que sacar su frustración. Incluso su instructor se dio cuenta de que los ataques de la princesa eran ataques llenos de ira, casi iban en serio. La noche anterior Anna había perdido a su hermana de la misma forma en la que perdió a su bebé. La maldita Reina de las Nieves se la había llevado. ¿Qué le pasaba a esa bruja? ¿por qué siempre se llevaba lo que más quería en el mundo?
Toda su vida se había caído en pedazos otra vez.
En un repentino golpe de tristeza, Anna arrojó su espada con brusquedad, desconcertando a su instructor, que entendió que debía retirarse. Anna no podía aguantar aquello, incluso un entrenamiento como ese no le saciaba la sed de venganza. Ella quería atravesar el cuello de la bruja de hielo.
—Es hora de irnos.— dijo Kristoff, con voz fría, viendo a su esposa desde quién sabe cuánto rato desde la puerta. Anna asintió.
Ya casi era medio día, tenían que ir a un sitio importante. Iban a visitar a los Trolls.
Todo había cambiado en cuestión de horas. Una vez Elsa se fue con la Reina de las Nieves, el matrimonio no pudo quedarse tranquilo.
Kristoff le había exigido a Anna una respuesta, le preguntó de dónde había sacado aquel collar de cristales oscuros que había lastimado a la sombra que acompañaba a la bruja.
—¡Estos cristales son del mismo tipo de cristales que llevan los trolls!— le había explicado Kristoff a Anna después de que la bruja, la sombra y Elsa se fueran. Kristoff sostenía el collar en sus manos—. ¡¿De dónde sacaste esto?!
Anna tuvo que contarle todo sobre Chickie, la mujer ladrona que intentó llevarse a Olaf. Le contó que esa mujer la había golpeado, también le contó que ella parecía conocer tanto a Kristoff como a Sven, le contó que ella sabía sobre la Reina de las Nieves y la sombra, que le entregó la bolsa con el libro y el collar, que le había dicho que estos objetos la protegerían, como si supiera de antemano que esto iba a suceder. Le contó todo a su esposo, excepto que Chickie le había dicho que esperaba otro bebé, por algún motivo Anna sintió que no era el momento de mencionarlo.
—¿Por qué no me dijiste nada de esto antes?— le preguntó Kristoff, molesto.
—¡No lo sé!— había exclamado ella, que aún tenía lágrimas en los ojos—. Yo pensé que quizá esa mujer sólo estaba loca. ¡Me había dicho que nunca íbamos a recuperar a Christian! ¡¿Cómo puedo tomarme en serio alguien que me dice tal cosa?!
—¡Ella podría tener una pista del paradero de Christian!— se giró, para que su esposa no lo viera ya que, sí, estaba enojado—. Esa mujer ¿me conoce?... ¿Te das cuenta de lo que puede significar?— Anna no respondió, esperó a que él le dijera. Kristoff resopló, calmándose—. Podría ser mi madre.
Su verdadera madre.
Esa madrugada ambos fueron a la prisión, donde Chickie permanecía despierta, alerta y no sorprendida ante la presencia de la realeza. La mujer, que cargaba consigo poco más de 50 años de edad, tenía el cabello corto y oscuro, un poco canoso, algunas arrugas en su piel. Aún con todo esto, sus ojos ojerosos y oscuros irradiaban de malicia traviesa. Esta mujer no era una vieja, era una joven veterana con experiencia.
—Estar en esta celda me trae recuerdos.— habló la bandida primero, en tono socarrón, antes de que el matrimonio que se le había acercado dijera alguna palabra—. Díganme ¿el Maligno se la llevó?
—¿El "Maligno"?— inquirió Anna, con escalofríos ante semejante nombre.
—La sombra, ese que no debe ser nombrado. ¿Se llevó a la Reina de Arendelle?— ella, que permanecía sentada en la esquina, junto a las rejas, levantó la mirada, con sus ojos viendo directamente a Kristoff—. Tenía que ocurrir.
—Usted... ¿me conoce?— preguntó Kristoff con cautela, dando un paso hasta tocar los barrotes con ambas manos. En el fondo estaba nervioso, jamás pensó tan profundamente sobre la idea de encontrarse con su madre biológica. Esta mujer lo podría ser.
—Kristoff.— ella sonrió con dulzura, se puso de pie y observó al hombre a pocos centímetros de distancia. Chickie quería llorar, pero sólo soltó un par de lágrimas que se secaron al instante—. Eres muy lindo.— sonrió de manera traviesa. Estiró su brazo y tocó el hombro del joven frente a ella—. De hecho, eres muy atractivo y musculoso. Me gustas.— ¿acaso se le insinuaba?
—Esta bien, no eres mi madre.— se apartó de ella inmediatamente.
—¡Ja, ja, ja! ¡¿Tú pensaste...?! ¡Ja, ja, ja!— la ladrona comenzó a reírse sin parar, a carcajadas, apretándose el estomago por tanto reír—. ¿Creíste que yo era tu madre? ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Pero si serás imbécil, maldito mocoso! ¡Ja, ja, ja!— comenzó a golpear la pared con el puño, entre sus burlas—. ¡Ni siquiera me parezco a ti! ¡Yo nunca tendría hijos! ¡los niños son un estorbo! ¡Ja, ja, ja, ja!
—¡Bien, bien! ¡Ya basta!— trató de silenciarla el hombre, pero ella aún tenía más risas que dar. Kristoff se sonrojó por la vergüenza.
—¿Qué sabes sobre Christian? Mi bebé.— preguntó Anna, preocupada, casi depresiva—. ¿Sabías que se iban a llevar a Elsa? ¿dónde están ellos?
—Oh, tu hijo...— la prisionera se sonó la nariz, tomó un par de segundos para recobrarse de la risa anterior y después habló con una cruda y maliciosa seriedad—. Está perdido.
—¡¿Cómo puedes decir eso?!— exclamó Kristoff con ira—. ¡Dinos todo lo que sepas al respecto! ¡¿Qué sabes tú de la Reina de las Nieves?! ¡¿De dónde sacaste este collar?!— mostró los cristales oscuros, Chickie se sorprendió un poco.
—De esos cristales no sé nada realmente, sólo sé que te protegen del Maligno, me los dio una vieja amiga. Creo que es cosa de trolls o algo así.
—¡Es cosa de trolls!— exclamó Kristoff, agitando los cristales en su mano—. Los cristales de sombras, son parte de una antigua leyenda sólo conocida entre los trolls.
—Oh, sí, es cierto.— creyó recordar—. ¿Entonces por qué me preguntas?... Espera un momento.— se dio cuenta de algo que la inquietó—. ¡¿Cómo sabes tú cosas de trolls?!
—Su familia son trolls.— explicó Anna, cruzando sus brazos—. Fue adoptado de pequeño por ellos.
—... ¿Qué?— hizo una expresión de incredulidad—. ¡Ja! ¡Te dejo dos décadas y te vuelves un chico troll! ¡Ahora entiendo por qué Sven es un perro!— exclamó con irritación.
—Señora, aún no me dice de dónde me conoce a Sven y a mí. ¿Cómo sabe tanto sobre la Reina de las Nieves y el Maligno? ¿cómo sabía que ellos iban a llevarse a Elsa? ¿Quién es usted realmente?— dijo Kristoff con firmeza.
—¿Han tan siquiera leído el libro?— preguntó con gracia, ellos la miraron con confusión. Chickie se dio una palmada en la cara—. ¡¿Lo han tan siquiera abierto?!
—Oh, ¿te refieres a este?— Anna sacó de la bolsita azul el libro que llevaba por titulo "La Reina de las Nieves"
Anna apenas había leído el capítulo dos el día anterior, pero, en cambio, Kristoff ya lo había leído completo, varias veces, al igual Elsa. Sabían que ese libro estaba relacionado con la desaparición de Christian, pero no importa cuánto lo leyesen, las pistas no los llevaban a ninguna parte.
—Sí.— respondió la exasperada ladrona—. Ese libro te da todas las respuestas.— dijo haciéndose la sabionda—. La reina de Arendelle y tu bebé se encuentran en el castillo de la Reina de las Nieves justo ahora.
—¡El libro no lleva a ninguna parte!— gritó Kristoff, harto de respuestas a medias.
—¡No los lleva a ninguna parte porque sólo un alma inocente puede encontrar el palacio de la Reina de la Nieves!— declaró—. Yo aún así lo intenté ¡por años! Pero yo soy todo menos inocente. Ustedes nunca van a encontrar ese castillo, nunca recuperarán al bebé ni a la otra mujer.
—Pero ¿por qué ellos? ¿por qué mi familia?— preguntó Anna entre sollozos. Chickie suspiró.
La ladrona le tenía lastima a la princesa, después de todo, en este lío ella es la que menos culpa tiene. Nadie había escogido este trágico destino y esta vida llena de perdidas, y pensar que todo es culpa de unos cuantos polvos de cristal de espejo.
—Tu familia está maldita, seguramente.— respondió, y de cierta forma era verdad—. Si conocen a los trolls, vayan con ellos, seguramente pueden ayudarlos más que yo. Yo ya me he rendido en este mundo condenado.— volvió a sentarse en el suelo, recargada en los barrotes—. Ni siquiera pude cuidar de dos bebés hace 22 años.
—¡Debe haber algo más que nos puedas decir! — insistió Kristoff.
—Ya no sé nada.— nada que te vaya a gustar. Aún había tanto que decir, pero a veces la verdad era dolorosa, Chickie no quería esto para ellos, no quería que cargaran con lo doloroso que era la realidad en la que vivía todos los días.
La pareja se estaba por retirar, pero al último segundo Chickie tomó la mano de Anna, jalándola hacia atrás, mas Kristoff no se dio cuenta. Chickie le susurró algo a la princesa, algo privado.
—Sólo un alma inocente puede encontrar el castillo.— le habló en voz baja. Los ojos de Chickie bajaron por un leve momento hacia el vientre de la princesa. Anna comprendió.
El bebé en su interior era inocente. Anna podría encontrar el castillo si lo buscaba. Pero ¿por qué no decirle a Kristoff?
Sólo un alma inocente... ¿acaso Anna tenía que hacer esto sola?
Por esto no habían dormido en toda la noche, por esto se dirigían hacia los trolls ahora que era medio día. Kristoff se montó sobre Sven y Anna tomó un caballo, listos para adentrarse en el bosque.
—¿Dónde está Olaf?— preguntó Anna de repente, mientras salían del pueblo. Ella no había visto al muñeco de nieve en toda la mañana.
—Lo vi en los jardines hace rato ¿por qué?— le preguntó su esposo con suavidad.
—Sólo pensé que quizá querría venir.— respondió ella—. Tal vez no.
Siguieron su camino, en un silencio tenso. No habían conversado mucho desde que salieron de ver a Chickie. Kristoff seguía molesto porque Anna no le había contado sobre la ladrona y los cristales, tal vez si se hubiese sabido se hubiera evitado todo esto... o quizá no. No había forma de saber lo que hubiera sido.
Elsa se había ido al igual que Christian. Tan destrozado estaba el corazón de Anna que lloraba entre momentos, lloraba sin provocación alguna y después volvía a ser silenciosa, repitiendo el ciclo hasta que llegaron a su destino. Kristoff no podía hacer nada para consolar a su mujer, tenía que cargar con el dolor de sentirla triste a su lado.
Los trolls estaban preocupados, tanto que ni cantaron una canción cuando vieron a la pareja llegar. Pronto, la madre adoptiva de Kristoff fue hacia ellos y comenzó a revisarlos para cerciorarse de que no habían sufrido algún daño. Los trolls se habían percatado de la nevada que había caído en Arendelle durante la noche y, aunque desapareció tan pronto como había llegado, era sumamente inusual.
—Abuelo Pabbie.— lo llamó Kristoff. El troll se acercó, rodando hasta él.
—Es la Reina de las Nieves ¿cierto?— preguntó con preocupación, algo asustado también.
—Sí, y esta vez se llevó a Elsa.— contestó, apurado—. Y no estaba sola, el Maligno estaba con ella.
Los trolls exclamaron gritos de susto, algunos se desmallaron y los más pequeños se escondieron.
—Eso... no es posible.— Pabbie estaba desconcertado, jamás imaginó que pudiera ocurrir tal cosa.
—¿Quién es el Maligno?— preguntó Anna, aterrada por las reacciones de todos—. ¿Por qué siempre lo mencionan?
—El Maligno es parte de una antigua leyenda troll.— dijo Kristoff.
—La contamos para asustar a los niños mal portados.— dijo Bulda, la madre de Kristoff—. Pero la historia es real.
—El Maligno acompañaba a la Reina de las Nieves.— contó el rubio—. Quiso atacarnos pero Anna lo detuvo con esto.— mostró el collar, los murmullos de los trolls se escandalizaron—. Los cristales de sombras.
—¿Dónde conseguiste esto?— preguntó Pabbie con seriedad, tomando los cristales en sus manos.
—Una mujer me los entregó, abuelo Pabbie. Una ladrona que dice conocer a Kristoff y a Sven.— explicó la princesa—. Ella sabía que corría peligro, me advirtió sobre la sombra, me dijo que esto me protegería.— recordó que aún llevaba el libro guardado, así que lo sacó y lo mostró—. Esto también.
—La historia de La Reina de las Nieves.— Pabbie tomó el libro y comenzó a ojear las paginas—. No creí que esto pudiera pasar, jamás pensé algo así. ¿Por qué el Maligno quiere a Christian y a Elsa?
—Por favor, alguien explíqueme quién es el Maligno y qué son estos cristales.— se desesperó Anna.
—Para poder avanzar en tu búsqueda, debes saber la verdad del Maligno, la verdad de los trolls.— Pabbie rodó hasta el centro, los demás trolls lo rodearon a su debida distancia.
Anna y Kristoff se acercaron, se sentaron en el suelo como si fueran a escuchar solo una historia. Pero la historia que estaban por contarles era real, Kristoff ya la conocía, pero nunca se la habían contado a su esposa. Quién sabe qué reacción tendría al enterarse de la oscura verdad del origen de cada uno de los trolls.
Luces se formaron en el aire, destellos brillantes, figuras que contaban una historia. Sombras de un pasado lejano.
—Esta historia se remota a miles de años atras. Tanto tiempo que ningún humano o troll lo recuerda, más que en escrituras y relatos. Era una era distinta, un mundo distinto, la gente era distinta.
Las luces mostraron dos mundos, uno en la Tierra y otro en el Cielo. Anna fijó su vista en lo que era el Cielo y las figuras que habitaban en él.
—Nuestros antepasados hicieron algo malo, algo que enfureció a nuestro Creador. Ellos trajeron la desgracia al mundo, ellos sentenciaron el mundo de los hombres a su final. Ellos eran liderados por el Maligno.
Las imágenes mostraron a criaturas siendo lanzadas hacia la Tierra, y muchos de estos bajaron a un tercer mundo, uno que no era ni la Tierra ni el Cielo, un mundo escarlata, lleno de lamentos y fuego. En el Infierno había agitación, en la Tierra una tormenta y en el Cielo una profunda tristeza.
—Oh.— Anna se cubrió la boca, ahogando un grito mientras temblaba y comenzaba a llorar. ¿Qué es lo que se había llevado a su hijo? Kristoff la tomó en sus brazos y la abrazó con dulzura, para continuar de escuchar el resto de la historia.
—Nuestros antepasados estaban arrepentidos, no querían bajar y obedecer las ordenes de... ustedes saben quién. Pero no podían volver a subir al Cielo, ya no pertenecían ahí. Se unieron a la Tierra, dejando atrás su pasado, su inmortalidad, evolucionando en criaturas distintas.
Se mostraron imágenes de trolls, todos llevando sus cristales de color verde, azul, rosa, rojo y amarillo.
—Pero el Maligno, el que los había liderado para traicionar al Cielo, no quería regresar, pero tampoco buscaba servir a alguien más. Él quería ser independiente del Cielo y el Infierno, llevar la crueldad al mundo por su cuenta. El Maligno se quedó en la Tierra, como una criatura distinta a nosotros, distinta a los trolls.
—Un demonio.— dedujo Anna.
—En parte sí, pero un ser como él jamás aceptaría bajar al Infierno.— Pabbie movió las manos y las luces mostraron la imagen de los cristales de sombras—. Los trolls utilizamos los cristales como símbolo de nuestro crecimiento, mas nuestros antepasados los usaban para retener su oscuridad, para no volverse como aquellos que descendieron al Infierno.
Se ve que los cristales de sombras son lanzados por todo el mundo, repartiéndose y alejándose de su dueño.
—El Maligno encerró en sus cristales toda bondad que alguna vez tuvo en su vida pasada y, a la vez, retuvo su posibilidad de convertirse en un demonio al servicio de ustedes saben. Repartió los cristales por el mundo para que nadie los hallase jamás.
—Pero... abuelo Pabbie ¿qué tiene que ver el Maligno con esto? ¿qué tiene que ver él con la Reina de las Nieves?— preguntó Anna, algo aterrada.
Pabbie deshizo las luces, tomó el libro y lo abrió en el primer capítulo, mostrándoselo a Anna.
—Aquí se muestra un troll malvado, ese troll es el Maligno.
—¿Qué?— se sorprendió, incrédula. Kristoff tampoco esperaba esa respuesta.
—El Maligno... el que acompañaba a la Reina de las Nieves, es el creador del Espejo de la Razón, el espejo que muestra sólo las cosas malas del mundo.— Pabbie mostró imágenes de piezas de espejo repartiéndose por la Tierra—. Esto ocurrió poco después de que los ángeles se revelaran y poco antes de ser arrojados a la Tierra para servir en el Infierno. En ese tiempo el Maligno y sus seguidores dudaban de nuestro Señor... Por ese motivo... el espejo...
—Oh por... Dios.— ahora Anna lo entendía, el que se había llevado a su hijo era un demonio—. ¡¿Pero por qué mi hijo?! ¡¿Por qué Elsa?!
—Dile.— dijo Bulda, entristecida, a Pabbie.
—¿Decir qué?— intervino Kristoff, serio.
—Kristoff, cuando Bulda decidió adoptarte, yo me negué, pensando en que podrías tener una familia buscándote, pero no la recordabas.— bajó la mirada, apenado por no haber contado la verdad antes—. Yo traté de buscar en tus recuerdos, pero había una magia extraña impidiéndomelo. Al principio me aterré, reconocí que la magia provenía del Maligno, pero al revisar los recuerdos de Sven pude cerciorarme de que tu falta de memoria fue causada por la Reina de las Nieves.
—Espera ¿qué quieres decir con eso?— Kristoff se alarmó. Siempre le pareció extraño no recordar nada de su pasado ni su familia; le habían dicho que fue hechizado, pero jamás le mencionaron que era por la Reina de las Nieves.
Los trolls acercaron a Sven, Pabbie lo hizo recostarse y comenzó a husmear en la memoria del animal para después mostrar imágenes de su pasado, de cuando el reno era un recién nacido. La imagen más impactante mostraba a la Reina de las Nieves llevándose a un pequeño niño rubio, a Kristoff.
—¿Qué?— Kristoff se aterró al saber que alguna vez estuvo en los mismos brazos gélidos de la que se había llevado a su pequeño. Esa mujer... le parecía un monstruo.
—Lo siento, no te lo contamos porque pensamos que te entristecería saber que...
—¡Que se llevaron a mi hijo por causa mía!— exclamó Kristoff, poniéndose de pie, estando furioso y triste a la vez—. ¡¿Qué hay de malo en mí?!— exigió una respuesta, sintiendo sus lágrimas correr por sus mejillas.
—No sabemos por qué motivos la Reina de las Nieves intentó llevarte ni por qué buscó a tu hijo. Sven era muy pequeño como para recordar eso. Pero, hay alguien que quizá sí pueda.— de la memoria de Sven, Pabbie mostró una imagen, el de una joven de cabello negro y corto.
—Esa mujer...— Anna tardó unos segundos en reconocerla—. ¡Es Chickie! ¡la mujer que me dio los cristales!
—Las cosas siempre pasan por una razón.— dijo el abuelo Pabbie con sabiduría—. Si alguien puede darles una respuesta, es ella.
—Ella dijo que les preguntáramos a ustedes.— dijo Anna, cruzando los brazos.
—Ella dijo que ya se había rendido.— murmuró Kristoff, más para sí mismo.
—A veces el miedo puede dominar a una persona, a veces sólo se quiere huir del pasado. Nosotros podemos contarte del Maligno, pero me temo que no sé mucho de la Reina de las Nieves, ni de tu propio pasado.
—Y entonces... ¿Elsa?— inquirió Anna.
—Cuando tus padres te trajeron ante mí para curarte, princesa Anna, me dijeron que los poderes de Elsa son de nacimiento. En el primer instante me percaté de que sus poderes provenían del Maligno, al igual que la Reina de las Nieves.
—¿Estas diciendo que la magia de Elsa y la Reina de las Nieves es la misma? ¿ambas provienen del Maligno?
—Ambas provienen del espejo y el espejo proviene de él.
—¿Cómo es posible?— preguntó Anna con pesar—. Sé que sus poderes son de nacimiento, pero, entre todos los bebés ¿por qué ella? ¿por qué mi hermana?
—Tus padres nunca me lo dijeron.— respondió, sintiéndose mal por no saber qué responder otra vez—. Mas la magia de Elsa y la Reina de las Nieves no es la misma, aunque ambas provengan del espejo. La magia de tu hermana es amor y el de la Reina de las Nieves es crueldad. Esa es la mayor diferencia entre ambas.
—¿Qué se supone que hagamos ahora?— dijo Kristoff con frustración.
—El libro puede guiarlos.— Pabbie le regresó el libro a Anna.
—Pero sólo un alma inocente puede llegar al castillo de la Reina de las Nieves.— dijo el rubio.
—Es verdad.— aseguró Pabbie, fijando su vista en Anna.
¡¿Lo sabía?! Anna se puso nerviosa, de alguna forma Pabbie se había enterado de su embarazo, a los trolls no se les escapa nada. Ahora no sólo Chickie se lo confirmaba, también Pabbie, Anna podría llegar al castillo si lo buscara, todo gracias al alma inocente que crecía dentro de ella.
Pero algo le preocupaba. Tenía que salir a la búsqueda de su familia, pero no debía llevar a Kristoff. La Reina de las Nieves ya lo había querido una vez y algo le decía que si él se la encontraba iban a pasar cosas malas. A su mente llegó el recuerdo del Maligno yendo a atacar directamente a Kristoff. Algo tenía esa sombra contra él.
Pero tampoco podía ir. Kristoff jamás la dejaría si se enteraba que espera un bebé. Debía mentirle, para protegerlo y salvar a Christian y a Elsa. Anna tenía que ir sola, sin él. Aprovechando que Kristoff se había distraído, Anna habló en murmullos con Pabbie y Bulda.
—No puede enterarse.— les dijo a ambos.
—¿Qué?— preguntó Bulda.
—Está esperando otro bebé.— le respondió el abuelo Pabbie.
—¡¿Otro?!— exclamó la troll con suma felicidad.
—Shh. No quiero que Kristoff se entere.— les dijo—. Yo... debo ser la que rescate a mi familia de la Reina de las Nieves, pero no quiero que Kristoff me acompañe, no debe.
—Podría estar en peligro.— dedujo Pabbie.
—Nunca me dejará ir si le digo que estoy embarazada.
—¿Estás segura de que quieres iniciar ese viaje?
—Por mi familia, sí. Y ya se me ha ocurrido qué inventarle a Kristoff.
—Ten mucho cuidado, Anna.— le dijo Bulda, abrazando a la princesa.
—Ten cuidado.— le advirtió Pabbie, con mayor seriedad que Bulda.
—No me pasará nada, Pabbie, sé cuidarme sola.
—No, me refiero a mentirle a Kristoff.— explicó—. Aunque sea por protegerlo, una mentira puede llegar a causar mucho daño. No olvides que por muchos años te ocultaron sobre los poderes de tu hermana para protegerte.
—Esto es diferente.— dijo ella con cierta melancolía, empezando a sentirse culpable incluso antes de iniciar a mentir.
Fue entonces que Pabbie ayudó a Anna a convencer a Kristoff de dejarla ir a la búsqueda del palacio de la Reina de las Nieves, sola, advirtiéndole a Kristoff que si él iba sería peligroso. Kristoff se mostró reacio al principio, pero después de ponerse de acuerdo de que no había más opción, sólo tuvo una duda.
—¿Crees ser lo suficientemente "inocente"?— le preguntó con ironía.
—Para eso llevaré a Sven.— dijo ella, abrazando la cabeza del animal. La idea de Anna era decirle a su esposo que si llevaba a Sven, que al ser un animal inocente, podrían encontrar el castillo— ¿Verdad que quieres ir, Sven? "Claro que sí, Anna"— se respondió a sí misma, haciéndole voz a Sven.
—Él no habla así.— Kristoff alzó una ceja y se cruzó de brazos. Realmente... no había otra opción.
Regresaron a Arendelle, Anna partiría cuanto antes, dejando a cargo a Kristoff, cosa que iba a ser algo problemática. Se decidió a iniciar su largo viaje a la mañana siguiente, aprovechando el resto de la tarde del día actual para descansar, aunque le costó mucho por recordar a su amado hijo perdido y a su confundida hermana. Tanto deseaba tenerlos de vuelta.
Kristoff intentó sacarle más información a Chickie, pero esta no soltaba ni una palabra importante, sólo se dedicaba a reír mientras se burlaba y a darle elogios sin motivo aparente.
Al alba, Anna se levantó, tomó lo esencial para un viaje largo, dinero también. Kristoff y Olaf la acompañaron hasta la tienda de Oaken, entraron y se acercaron al mostrador, donde había una chica dormida.
—Oona.— la llamó Anna, dándole un empujón, pero la chica seguía dormida. Esta chica era la hija mayor de Oaken—. Oona, despierta.— pero ella no se despertaba.
—Bien, como está dormida vamos a robar lo que venimos a buscar.— sugirió Kristoff en broma.
—¡¿Qué dices?!— se levantó la chica, completamente alarmada y a la defensiva—. Oh, son ustedes, altezas.— dijo ella, rascándose la cabeza—. Lo siento, mis padre no se encuentra, ¿van a comprar algo, ya?
—Mapas.— Anna puso en el mostrador una gran cantidad de mapas, Oona los revisó; uno en particular le llamó la atención.
—¿Finlandia? ¿piensan ir muy lejos?— preguntó la chica, curiosa.
—No... Sólo yo.—Anna bajó la mirada, pensando en que tendría que dejar su hogar y a Kristoff.
—Oh...— Oona notó el libro que sujetaba Anna en las manos—. ¿La Reina de las Nieves?
—¿Eh?— notó que llevaba el libro en mano—. Ah, sí, yo... iré a buscarla.
—¿Hablas en serio?— ella se extrañó, pero Anna se veía algo depresiva, así que no cuestionó más—. ¿No quieres pasar al spa antes del viaje?— sólo cuestionó eso. Anna la miró, medio molesta—. Je, lo siento, mi padre me obliga a promocionarlo.
—No te preocupes.— la princesa le sonrió.
Salieron de la tienda. Era hora de despedirse. Le dio un rápido beso a Kristoff, un beso muy amargo. Sabían que algo estaba mal entre ellos, pero ¿había tiempo de hablarlo?
Anna le había mentido, no le había dicho de su embarazo y, siendo honestos, si las cosas resultaban mal en su búsqueda quizá nunca tenga la oportunidad de decirle. Y, en cambio, Kristoff, él aún se sentía molesto porque Anna no le haya dicho sobre Chickie antes, pero, más que nada, se sentía muy mal; la razón por la que se llevaron a su hijo era por él, y él no había deseado esto para Anna, él no había deseado que sufriera.
Sin quererlo, se había formado una brecha entre ellos, casi invisible, pero ellos estaban conscientes de que ahí estaba.
—No te preocupes, los traeré de regreso.— le dijo Anna a Olaf.
El muñeco de nieve soltó un suspiro, le dio un gran abrazo a la princesa y otro al reno antes de que se marcharan.
—Ella va a estar bien.— consoló Olaf a Kristoff, notando que el rubio había soltado unas lágrimas al ver a su esposa irse lejos junto a Sven—. Así que... por favor, no llores.
—No estoy llorando.— le respondió, secándose las lágrimas con las mangas. Kristoff le sonrió a Olaf, este hizo lo mismo.
Aunque el sufrimiento era grande, había que sonreír. Ellos iban a regresar a casa, tenían que creer en eso, debían confiar en Anna.
La brecha que dividía a su familia era tan grande ahora, pero debían confiar, estar seguros de que al final todo iba a estar bien, que la luz destruiría la oscuridad. Que las flores de primavera volverían a florecer, aún en la tempestad del invierno. Creer que las rosas podían ser bonitas incluso en invierno, si se cree esto, entonces la esperanza no se iba a perder.
Anna viajó por horas, sabiendo que aún le quedarían días y días de camino. Ya al atardecer, ella, montada sobre Sven, decidió, para pasar el tiempo, repasar el libro. Desde que Elsa se había ido, Anna lo había leído ya varias veces. Una vez más no le haría daño.
—Tercer episodio: El Jardín de la Hechicera.— dijo en voz alta, para que Sven también escuchara.
¿Qué fue de la pequeña Gerda cuando Kai desapareció? ¿Y dónde estaba éste? Nadie sabía nada, nadie supo dar noticias suyas. Lo único que sus amigos pudieron decir era que lo habían visto enganchar su pequeño trineo a otro, grande y magnífico, y que internándose por las calles habían salido de la ciudad.
Nadie sabía dónde podía encontrarse y todos los que le conocían quedaron profundamente afectados por su desaparición, en especial la pequeña Gerda, que lloró y lloró durante mucho tiempo; poco después, se empezó a decir que Kai había muerto, que se había ahogado en el río que pasaba junto a los muros de la ciudad. ¡Oh, qué largos y sombríos fueron aquellos días de invierno!
Por fin llegó la primavera y con ella los cálidos rayos del sol.
—Kai ha muerto y ya nunca volverá.— decía la pequeña Gerda.
—No lo creo.— dijo el sol.
—Ha muerto y ya nunca volverá.— les dijo a las golondrinas.
—No lo creemos.— respondieron ellas; al final, también Gerda terminó por creer que Kai no había muerto.
—Me pondré mis zapatos nuevos.— dijo una mañana—, los rojos, que Kai nunca llegó a conocer, me acercaré al río y le preguntaré por él.
Salió muy temprano de su casa, dio un beso a la abuela, que dormía todavía y, calzada con sus zapatitos rojos, salió sola de la ciudad dirigiéndose hacia el río.
—¿Es cierto que te has llevado a mi amigo? Te regalaré mis zapatos rojos si me lo devuelves.
Le pareció que las aguas le hacían una señal extraña; cogió entonces sus zapatos, lo que para ella era más querido, y los arrojó al río; cayeron muy cerca de la orilla y las aguas los llevaron de nuevo hacia tierra, el lugar en que Gerda se encontraba; parecía que el río, no teniendo al pequeño Kai, no quería aceptar la ofrenda que la niña le ofrecía; como pensó que no los había tirado suficientemente lejos, se subió a una barca que había entre las cañas y desde allí los arrojó de nuevo. Pero la barca no estaba bien amarrada y los movimientos de Gerda la hicieron apartarse de la orilla. Cuando se dio cuenta de lo que ocurría, quiso volver atrás, pero ya era demasiado tarde: la barca se encontraba a varios metros de la orilla y se deslizaba río abajo impulsada por la corriente.
La niña se asustó y echó a llorar; sólo los gorriones podían escucharla, mas no les era posible llevarla de nuevo a tierra; los pajarillos volaron a su alrededor y trataban de consolarla cantando: "¡Aquí estamos! ¡Aquí estamos!"
La barca seguía avanzando, empujada por la corriente; la pequeña Gerda se quedó inmóvil con sus pies descalzos; sus zapatitos rojos flotaban tras ella, fuera de su alcance, pues la barca navegaba más deprisa. A ambos lados del río el paisaje era bellísimo: llamativas flores y viejísimos árboles se destacaban sobre un fondo de colines donde pastaban ovejas y vacas; pero ni un solo ser humano se veía en parte alguna.
"Quizás el río me conduzca hasta el pequeño Kai", se dijo a sí misma, y ese pensamiento la puso de mejor humor.
Anna cerró el libro después de leer eso, haciendo una pequeña mueca.
—¿Sabes, Sven?— le habló al reno, mientras viajaban por un gran bosque en un camino cerca de un río—. Aunque la Reina de las Nieves exista, me pregunto qué tan real es lo que está escrito en este libro. Digo, no creo que una niña le haya preguntado cosas al sol, a los pájaros y al río, a menos de que sufriera algo de esquizofrenia.— rió un poco—. Me pregunto si los niños del libro... son reales.
Había tenido esa duda desde hacia algún tiempo. ¿Existió Gerda? ¿existió Kai? No podría saberlo.
Más que nada ¿quién hablaba con un río?
Como si el destino se burlara de ella, algo llamó la atención de Anna, algo en el río. Detuvo a Sven y observó con atención. De las aguas aparecía una figura humanoide, como una mujer, como una mitológica náyade.
"Por aquí" le dijo el ser en el agua a la princesa.
—Sven, por favor dime que también la estás viendo.— le dijo Anna al reno.
No cabía duda de que su viaje acababa de iniciar.
Y así, amigos míos, la profecía del summay se cumple, Anna inicia un viaje para salvar a Elsa y a su hijo. Pero ehh, en el summary también menciona "el secreto de los dos niños que iniciaron todo esto" Creo que es obvio a qué par de niños se refiere.
Por supuesto, Kai y Gerda son los amigos de Chickie del flash back, Pepita89 le atinaste xD
Les recuerdo que los flash backs que siguen una historia continua están a principio de los capítulos 8 y 9, el de este capítulo es la tercera parte y la cuarta y última parte estará en el siguiente capítulo, cuando lo lean sabrán por qué es importante en la historia. Entenderán todo... o casi todo.
Como ven, les conté el origen del Maligno, la sombra que sigue a la Reina de las Nieves, pero no les he contado todo, luego se sabrá más de él, así como su verdadero nombre
Apenas inicia el viaje y Anna ya se está metiendo en problemas jaja
Extrañé a Elsa en este capítulo, amo escribir sobre ella, cada que aparece en escena escribo cosas en doble sentido que son muy difíciles de captar jaja por eso me divierte ella en mi fanfic.
Déjenme review jeje, he estado recibiendo muy pocos estos últimos capítulos jeje
