CAPÍTULO 11
―¿Puedo preguntarte algo?―pide Remt.
Aunque estoy algo molesta, asiento. Reduce el paso hasta ajustarlo al mío y ponerse a mi lado. Yo me alejo una par de pasitos a la derecha por precaución.
―¿Qué hiciste durante las sesiones privadas para conseguir un once?
―Antes de contestarte..., ¿puedo preguntarte yo algo?
―Claro.
―¿Qué no hiciste en las sesiones privadas para que te pusieran un tres?
Se ríe a pesar de que sabe que conozco su táctica. Bueno, después de ver todas esas trampas puestas en círculo de las que hubiera sido imposible escapar si no conociera a Gale, ¿qué esperaba? Pienso andarme con cuidado. Quizás no sea ese su único punto fuerte.
―Contéstame tú primero.
Miro a los lados algo incómoda por la situación mientras siento moverse el arco en su hombro. No veo seguro desvelarle mi buena puntería con las flechas, así que me invento cualquier cosa.
―Que sepa identificar plantas venenosas debió de sorprenderles.
Se detiene y me mira con incredulidad.
―¿Te pusieron un once por decirles qué bayas te puedes comer?―pregunta receloso.
Me encojo de hombros.
―Yo también me sorprendí. Pero creo que ese once no es más que parte de los juegos. Lo hicieron para que los profesionales fueran a por mí...
―¡Ah, claro! Tiene sentido―me interrumpe continuando la marcha―. Como saben que tú y Gale ibais a estar juntos por todo ese rollo que él soltó en la entrevista, querían asegurarse de un enfrentamiento entre vosotros y los profesionales. Ahora lo entiendo. No te ofendas, pero no me creía que una chica como tú pudiera hacer algo tan impresionante como para merecerse ese once.
Ofende, y mucho. Pero no puedo demostrarlo: no cuadraría con la imagen que quiero dar ante él.
¿Qué pensarán los patrocinadores? ¿Que no merecen gastarse el dinero en una chica que no sabe hacer nada? Quizás hubiera sido mejor arrancarle el arco y demostrarle lo que sé hacer.
―Pues yo no hice trampas. Pero aunque las hubiera echo no hubiera recibido más de un seis.
Lo dudo. Gale lo hizo y, aunque lo combinó con otro tipo de habilidades, recibió una buena puntuación. Aun así, las intenciones de Remt son claras: quería que nadie le tuviera en cuenta en estos juegos. Ni siquiera los vigilantes.
―¿Cómo es que sabes hacerlas?―le pregunto.
Me mira de reojo.
―¿Cómo es que él sabe hacerlas?―responde él.
Es su forma sutil de decirme que este no es el lugar ni el momento adecuado para hablar de nuestro distrito. El distrito siete se dedica a los árboles. Puede que haya bosques como los del doce, así que no seremos los únicos que escaparemos a él para cazar. Aunque pueden ser razones distintas, como que para él, al igual que para los profesionales, era el sueño de su vida estar aquí y a estado entrenando para venir. Pero Remt no fue un voluntario como yo o como Cato. El nombre de Remt salió de la urna como lo hizo el de Prim.
¿Tendrá Remt también una familia de la que cuidar?
Durante el camino voy echando furtivas miradas al arco que cuelga del hombro. Me pregunto si también sabrá usarlo o si lo habrá cogido de la Cornucopia al igual que yo hubiera cogido una maza con pinchos si hubiera tenido la ocasión. Creo que ni siquiera podría levantar esa maza imaginaria...
―¿Sabes usarlo?―pregunto.
―¿El qué? ¿Esto?―se saca el arco del hombro y lo analiza desde distintos ángulos. ―Lo he intentado, pero no soy muy bueno apuntando.
Coge una flecha dorada del carcaj y la coloca para después tensar el arco. Lanza la flecha, que sale disparada en forma de arco a diez metros de nosotros y ser clava en el suelo. Resisto el impulso de comentar su postura, que debe ser más relajada, con los hombros estirados, los pies paralelos y el arco junto a la mejilla, lo mismo que le dije a Gale un par de veces hasta que decidió escucharme y seguir mis consejos. Recuerdo a mi padre enseñándome a colocarme durante una de las tardes en las que me acerqué al bosque después del colegio. No tendría más de ocho años.
Vi a mi padre sentado en una roca tallando un arco. Yo me senté junto a él y agarré el suyo, uno de madera oscura tan alto o más que yo.
―Este es para ti, Katniss―me dijo enseñándome el que construía―. Mañana estará listo y podrás aprender como yo una vez aprendí.
Tal y como mi padre pronosticó, al día siguiente comencé a practicar con el arco en miniatura. Si ahora soy buena es porque, gracias a mi padre (y a muchísimas horas de práctica) aprendí que el arco debía ser una parte de mí, como la extensión de mi brazo.
―Ya, ya veo que no es lo tuyo―bromeo cuando llegamos donde ha caído la flecha. Remt la recoge y la guarde en el carcaj llena de tierra y musgo.
―No quiero ni imaginarme lo que serías tú capaz de hacer con este arco.
Frunzo los labios y esquivo una rama. Si supiera...
―Bueno, podría molerte a palos con él, si es eso a lo que te refieres. No me costaría nada, en serio.
―Ya, pero yo me defendería y los papeles darían un giro algo brusco.
La mención indirecta de mi delgadez frente a su fuerza me molesta como la mayor parte de las cosas que suelta. Tan solo la imagen de Gale herido amansa a la fiera que hay dentro de mí y que le encantaría arrancarle el arco de cuajo y clavarle contra un árbol como hice con la manzana del cerdo.
El resto del camino guardamos silencio a pesar de que prefiero seguir riéndome internamente de él. No sé cuantas horas caminamos, pero cuando nos detenemos está anocheciendo. Remt decide que descansar será lo mejor.
―Mañana le encontraremos―dice, tan bajo que creo que habla consigo mismo. Yo también espero encontrar a Gale.
Más tarde, mientras miramos al cielo durante la cena, digo:
―No ha habido muertos. Eso no es nada bueno.
―Lo sé. Tan solo espero que no seamos el blanco de los juegos. No quiero morir entre las manos de un muto asqueroso.
Sus palabras van cargadas de tanta rabia que no puedo evitar imaginar a Gale en el lugar de Remt. Son tan parecidos... Ambos están alimentados del mismo fuego, el mismo odio y la misma sed de venganza dirigidos hacia el Capitolio. Estoy segura de que, en otra situación, si ambos se hubieran conocido habrían liderado una rebelión contra el poder que nos somete.
Estos pensamientos me asustan casi tanto como a mi madre las canciones que papá y yo cantábamos. Papá también deseaba un levantamiento, pero jamás lo decía, ni siquiera en los bosques. Lo más probable es que tuviera miedo de que soltará yo algo parecido en clase, ya que me pasaba la mayor parte del tiempo intentando imitarle. Y sigo haciéndolo. Muchas veces me sorprendo a mi misma pensando: «¿Qué haría él en esta situación?» A pesar de esa explosión que nos lo arrebató, él no ha dejado de ser mi guía.
Mientras que yo como lo que me queda de la cecina, Remt decide que un trozo de pan es un buen banquete. Es pan del Capitolio, el tipo de pan que se conserva caliente y jugoso y no se seca...
―¿Quieres un poco?―me pregunta tendiéndome la barra.
Le miro fijamente. ¿De dónde saca toda esa amabilidad? Niego con la cabeza a pesar de que mi estómago gruñe descontento. No es que esté muriéndome de hambre (ni siquiera tengo mucho apetito), sino que la sola idea de probar el pan es tentadora por los recuerdos que me trae.
Peeta. ¿Estará frente al televisor en estos momentos? Él sabrá que le sucede a Gale, qué está haciendo en estos precisos instantes...
Cuando vez los juegos no te das cuenta, pero en esos instantes sueles ser como un dios. Conoces a todos, sabes todo lo que sucede en los juegos. Pero, a diferencia, no tienes ni el poder ni las ganas de intervenir. Aquí, dentro de los juegos, deseas poder volverte a sentir de ese modo tan impotente.
Cuando llega la hora de dormir y Remt extiende su saco en el suelo, no puedo evitar reírme.
―¿Vas a dormir ahí?
―Oh, la princesita no soporta pasar unas cuantas noches durmiendo en el suelo.
―No me refiero a eso―replico sonrojada. ¡He dormido muchas veces en el suelo! ―Los profesionales cazan de noche. Eres una víctima muy fácil de pillar.
―¿Y qué quieres que hagamos?―pregunta.
―Trepar―respondo con suficiencia. Con la barbilla señalo los árboles.
Me mira con los ojos muy abiertos.
―¡Tú estás loca! Quieres que nos caigamos y nos rompamos el cuello, ¿verdad?
―Claro, es lo que estaba pensando. Qué forma más absurda de morir en la arena, ¿no crees?―me burlo mientras agarro mi mochila y empiezo a trepar el árbol más cercano.
―¿Katniss? ¡Katniss, baja de ahí ahora mismo! Vas a caerte.
No respondo. Si lo hago, es muy probable que sus palabras se hagan realidad.
Llego a ascender veinte metros. Me coloco en una rama y me agarro a ella con el cinturón. Me meto en el cómodo saco y apoyo la cabeza en el tronco.
―Buenas noches―me despido.
Y, a los pocos minutos, escucho a Remt resoplando e intentando subir por las ramas de mi árbol. Me enderezo para verle. Entrecerrando los ojos consigo vislumbrar su figura intentado trepar. No a llegado ni a la rama más baja del árbol.
Entre suspiros, no dejo de darle órdenes.
―Agárrate a la rama de la izquierda... ¡La izquierda, la izquierda! ¿Es que no sabes qué mano es la derecha y cuál la izquierda?
―Mi izquierda no es tu izquierda en esta posición.
―Lo sé, y por eso tu lado izquierdo es mi lado derecho. ¿Te crees que soy idiota?
―¡Deja de gritar! Vas a despertar a todo Panem.
Cuando consigue llegar a otra rama que está a mi altura estoy considerando la opción de darle una patada en el pecho y dejarle caer. ¿Por qué me saca tanto de quicio? Además, ya sé dónde puede estar Gale. Otro error de Remt: no debería habérmelo dicho. Eso lo mantendría totalmente vivo. Ha tenido suerte de toparse conmigo.
Minutos después estamos intentando dormir en ramas cercanas. Yo solo espero que la de Remt no se rompa durante la noche.
Imagino a Gale durmiendo. No sé dónde le habrá herido ni si será grave o no. Remt no ha querido decirme nada, seguramente para que me apure en llegar hasta él.
Si Gale estaba luchando por hacerse con el arco... Si es Remt quién lo tiene... Eso quiere decir que Remt salió victorioso en es enfrentamiento, con tan solo un corte limpio en el brazo. Y Gale...
Me arrebujo mejor en mi saco y duermo durante varias horas hasta que un extraño picor me despierta. En cuanto abro los ojos, estos empiezan a escocerme a causa del humillo que nos rodea. Me incorporo en mi rama hasta sentarme y veo que Remt se remueve en sueños. Esta amaneciendo, pero toda esta luz que me deslumbra no proviene precisamente del sol. Miro hacia abajo y veo la columna de fuego que atraviesa medio bosque. Es una columna demasiado perfecta para ser un accidente.
«Los vigilantes», entiendo pronto.
―¡Remt!―exclamo mientras lucho con el cinturón. De los nervios no atino a desabrocharlo, y las manos me resbalan del sudor. ―¡Remt, despierta!
Se remueve en su rama antes de abrir los ojos con torpeza. Se gira para quedar frente a mí y, de no ser por el cinturón que recomendé que rodeara la rama, se habría caído.
―Está todo ardiendo―dice aun dormido.
―Vamos, espabila. Tenemos que salir de aquí antes de que las llamas nos rodeen.
Enrollamos los sacos con facilidad a la vez que las lenguas de fuego van ascendiendo por una de las caras del árbol. bajamos evitándolas hasta vernos obligados a saltar los últimos tres metros. Echamos a correr, viendo que las llamas tan solo han creado una barrera en mitad de la arena. Seguramente estemos corriendo directos hacia los profesionales.
―¡Por aquí!―me llama Remt. En vez de continuar recto vamos hacia el este, siguiendo la figura de la barrera ardiente. Parece ser infinita como la arena. Sin embargo, esta no es la dirección que quieren que tomemos, porque, de la nada, un rayo caído del cielo provoca otro incendio frente a nosotros. Las chispas saltan y se pegan en nuestros brazos, desintegrando la tela que nos protege y quemándonos la piel.
Las quemaduras son el peor dolor que puedes sufrir por una razón: es muy difícil detener ese dolor ardiente.
retrocedemos sobre nuestros pasos y nos dirigimos hacia el oeste, provocando otro rayo y una barrera de fueg más. Lo que quieren es que vayamos al sur.
―¿Por qué?―pregunta Remt en voz alta.
―Vengo de allí. Me he topado dos veces con los profe...
No tengo tiempo para terminar la frase. Un par de rayos más nos atacan, haciendo que huyamos al sur.
Escucho silbidos procedentes de la barrera y, segundos después, el árbol que hay junto a mí estalla en llamas. El ruido de la explosión me hace soltar un grito y alejarme del camino, chocándome contra Remt. Los dos caemos al suelo y rodamos cuesta abajo por el terreno irregular mientras todo nuestro alrededor arde en llamas. Un apr de rayos más hacen explotar más árboles antes de que un tercer rayo nos ataque directamente.
Tenemos el tiempo justo para quitarnos de su trayectoria, pero los resto de la bola de fuego que nos han lanzado saltan hacia los lados y nos dan de lleno. El fuego me quema la pantorrilla, el pelo me huele a chamuscado, los ojos me lloran por el humo. La situación no puede empeorar.
Me levanto torpemente ignorando el dolor de mi pierna para seguir corriendo, Remt, a mi lado también corre. Yo he debido de recibir la peor parte, porque él tan solo tiene quemaduras en los brazos y una en la mejilla. Miro al frente y es entonces cuando la veo.
Una gran bola de fuego muy similar a las que nos han lanzado atrás viene directa hacia nosotros, concretamente hacia mí. No puedo apartarme de la impresión ante una idea que corre en mi cabeza: voy a morir. Los vigilantes normalmente tan solo intervienen para herir a los tributos antes de que se enfrenten entre ellos. Pero, con esa bola, voy a morir ardiendo. Seguramente todo el Capitolio se esté riendo de la chica en llamas, y Cinna, probablemente, sintiéndose fatal por crear ese mote que, por otra parte, me ha dado fama en el Capitolio.
Cierro los ojos fuertemente y espero salir ardiendo en cualquier momentos. Pero Remt se lanza sobre mí, me empuja y es él quien recibe las llamas en la espalda.
Bueno, aquí estoy con otro capítulo cuyo final se me ha borrado hace diez minutos y he tenido que reescribir. No estoy muy segura de que pueda publicar antes del sábado otro capítulo. Este capítulo y el anterior se lo dedico a una de mis mejores amigas, Cindy Onella Lopez, que hace poco me descubrió infiltrada en Fanfiction y se ha vuelto una fan más de mis juegos.
Hoy espero tres cosas:
1) Que os haya gustado (en especial a Cindy). 2) Que la peluquera no me haga esta tarde un estropicio en el pelo. 3) Algún que otro comentario ; )
Un beso muy grande a todos vosotros.
Amanda Stryder Hawthorne
