¡Hola!
Discúlpenme por la demora, me he quedado sin computadora y he tenido que pedir prestada una para terminar el capítulo que tenía empezado dese hace tiempo, pero no se preocupen que aunque me tarde mucho en actualizar me he prometido a mí misma que será la primera historia que termine, ya que las que he comenzado nunca las he terminado, así que quise quebrar ese mal hábito con la historia de este personaje que me apasiona.
Quiero agradecer sus reviews que tanto me motivan para seguir aquí agarrando inspiración aunque la musa esté cansada. AVeSlyth me encantó ver un comentario tuyo, porque soy super fan de tu historia y me sorprendió que también hayas leído la mía. Por supuesto a Yanili y Lady Laurelin que en cada capítulo tengo sus comentarios, por favor sigan dejándome sus pensamientos que a mí me interesa lo que les parece mi historia, y si aún no me dejas comentario pero tienes algo que opinar, te invito a que lo hagas. ¡Saludos a todos!
Capítulo 11
Tormenta de mal augurio
Un caballero se le acercaba con el rostro desencajado, sus rojizos cabellos revoloteaban al aire y tras él, el cielo oscuro parecía explotar en una tormenta de lluvia negra que no tardó en caer sobre la tierra mancillada con espesa sangre, el paisaje era como salido de una pesadilla funesta. Pero su mirada era totalmente atraída por el rostro del caballero que ahora se encontraba frente a él. Él arrodillado como estaba, lo miraba alto y dominante, pero el pelirrojo Elda, no parecía percatarse de su presencia, en cambio observaba con dolor al suelo, en un punto cerca de donde él estaba.
-Esto ha sido tu culpa- decía amargamente, su rostro estaba empapado por la lluvia que no alcanzaba a desvanecer el dolor que lo desfiguraba y casi pudo jurar que las lágrimas se perdían entre los ríos de agua que recorrían su rostro y caían al suelo convirtiéndolo en tierra infértil.
Ereinion instantáneamente miró sus manos y el mismo dolor que invadía al caballero se apoderó de él al encontrarlas empapadas de sangre, sangre que no le pertenecía, sangre que manaba fluidamente del cuerpo que tenía recostado en sus piernas y corría como carmines ríos sobre la tierra negra.
-Levántate- le ordenó el caballero desenvainando la espada y colocando la afilada hoja en su cuello.
Ereinion no tuvo fuerzas para obedecer, el dolor de su pecho era el más intenso que había experimentado en su longeva vida, y lo hacía doblarse y acurrucarse como un animal herido en el cuerpo sin vida. El caballero ondeó en el aire la espada larga y dominante, como si fuera una extensión de su propio brazo, y asestó un golpe certero.
Ereinion se sentó de un golpe sobre su cama, por su frente corrían densas gotas de sudor frio, su pecho brillaba a la luz de la luna que entraba por las ventanas de sus aposentos y subía y bajaba violentamente a consecuencia de su respiración agitada. Se inclinó sobre sus rodillas y pasó sus manos por su rostro en un intento de deshacerse de las últimas imágenes del sueño que todavía lo acosaban. La sangre de las manos no parecía desvanecerse aunque tenía la conciencia de estar completamente despierto, solo cuando se puso de pie y caminó hacia las ventanas, la luz plateada de la luna borró cualquier vestigio de su pesadilla tocando sus manos las cuales miraba atormentado. Abrió los ventanales que daban al balcón y la brisa nocturna sabor a sal de mar logró calmar un poco sus nervios. El mar del norte se agitaba a lo lejos bajo una tempestiva tormenta.
Vertió un poco de agua en la copa de cristal y la tomó apresuradamente. Volvió a la mullida cama con un sentimiento de recelo, no quería conciliar de nuevo el sueño y continuar con la pesadilla, así que permaneció recostado mirando el cielo raso hasta que los primeros rayos de sol salieron a relucir a través de las amontonadas nubes negras y acariciaron las costas de Lindon.
Se vistió de fina seda azul marino, calzó sus botas de tersa piel y salió de sus aposentos con dirección al pequeño comedor destinado a su uso estrictamente personal, ubicado en la sección del majestuoso palacio donde limitado número de sirvientes era permitido y donde solamente él y Silmarien tenían acceso. Dos sirvientes, evidentemente elfos de raza Silvana por sus cabellos rubios, abrieron las puertas de par en par al Rey e hicieron una reverencia a su paso, el desayuno estaba servido y la figura de Silmarien envuelta en vaporosas telas asemejándose a la espuma del mar se recargaba en los ventanales, su mirada escudriñaba con el ceño fruncido la masa oscura en la que se había convertido el cielo, la tormenta había ido evolucionando con el paso de los días, y aunque el viento estaba quieto, los habitantes de Lindon ya estaban preparándose para el caos que se desataría cuando la tormenta tocara tierra.
-Buenos días- dijo Silmarien con una sonrisa al de repente descubrirlo en la habitación. Ereinion se acercó y la saludó con un beso en la frente, miró en la misma dirección en la que hace unos momentos atrajera la mirada de ella.
-Crece más cada mañana- Ereinion miró como Silmarien volvía de nuevo su mirada preocupada a la espesura del cielo y percibió sus pensamientos- No te preocupes por tu hermano, las nubes están muy al norte, Minastir estará ya en Lindon cuando llegue la tormenta.
-¿lo has visto?- preguntó Silmarien con clara ilusión en los ojos.
-Es una corazonada- dijo seriamente tomándola de la mano invitándola a tomar asiento en la mesa.
El tema de las visiones de Ereinion era para tocarse con cuidado, el Rey Noldo aún seguía resistiéndose a ellas aunque cada vez se le hacía más difícil pues llegaban de golpe, atravesando todos los filtros y barreras de su mente. Las palabras que Galadriel le había dicho en Imladris sobre no poder cambiar el destino que su don de clarividencia le desvelaba, llegaron a su cabeza como si ella misma se las estuviera susurrando al oído en ese momento, e hiso una mueca de disgusto.
-¿Pasa algo?- preguntó Silmarien. La perspicacia de su prometida le llegaba a sorprender muchas veces, pues no era la primera vez que sintiera como si hubiera estado escuchando sus pensamientos. La raza de Numenor era muy diferente a la de los hombres comunes, tenían habilidades que si eran desarrolladas podían llegar a compararse con algunos de los Eldar, y entre los descendientes de Elros en los que se contaban la familia real y los Señores de Andunie, había algunos que habían nacido con dones de curación e intuición.
-Nada importante, solo un recuerdo que se presentó en un sueño- dijo Ereinion tratando de quitarle importancia a la opresión que empezó a sentir en el pecho de nuevo.
-Un mal recuerdo al parecer- dijo Silmarien observando como Ereinion posaba su mano en su pecho instintivamente - ¿Estás seguro de que no fue una visión?
-Seguro, Maedhros estaba en el sueño, a menos que los Valar lo saquen de las Estancias de Mandos, esto pudiera ser una visión- dijo Ereinion con sarcasmo. Silmarien le dedicó una sonrisa que ayudó a Ereinion a que la sensación de opresión disminuyera casi por completo.
-Me gusta que cuentes historias de los Días Antiguos, me hace sentir que yo también viví en ese tiempo.
-Creo que no hay historias de los Días Antiguos que no te sepas- dijo Ereinion sonriendo al evocar el recuerdo de la doncella en la biblioteca de Lindon un día de verano antes de partir a Imladris- ¿Conoces la de Andreth y Aegnor? Muy pocos la conocen.
-Es una historia muy triste, hubiera deseado que Aegnor se quedara más tiempo con Andreth, como ella misma le dijo a Finrod, todavía le quedaban algunos años buenos antes de la vejez.
-Creo que Aegnor lo hubiera hecho si esos hubieran sido tiempos de paz, pero la Nirnaeth Arnoediad se interpuso entre los dos- Ereinion quedó pensativo unos momentos, las nubes de tormenta que apenas dejaban pasar rayos de sol le daban al ambiente del comedor un aire de añoranza -Te tocaron tiempos con paz más prolongada, lo cual agradezco, la única guerra que se ha librado aun estabas en Numenor y solo te tocó la última batalla.
- Espero que esta paz dure más de lo que esperamos, pero si hay alguna vez guerra y tengas que ir a luchar, yo quiero estar a tu lado, que pase cuando yo aún este en esta tierra- dijo Silmarien melancólicamente, era como si la misma tormenta de afuera atrajera este tipo de sentimientos a todos, y se le estremecía el corazón imaginar a la persona que más amaba luchar solo, en guerras de reinos que aún no existían, sin ella a su lado para ayudarlo.
-Silmarien, no sé si es normal que los Dunedain toquen el tema de la muerte en cualquier conversación, no lo había notado hasta que en verdad me importó el tiempo que le quedaba a un mortal…
-Es tan normal como respirar, porque Eru nos dio este destino, que hemos aceptado desde el día en que nacimos, y necesito que con el tiempo tú lo llegues a comprender, si es que no lo llegas a aceptar, porque no quiero que sufras más de lo que deberías por mí- Ereinion sintió como la tormenta que se avecinaba había entrado en él.
-No me pidas que no sufra por ti, si alguna vez he de sufrir hasta mi último aliento sería por ti- Ereinion se levantó de su silla y se arrodilló ante Silmarien que aún permanecía sentada, el poderoso Rey de los Noldor recostó su cabeza en los muslos de la doncella, como un niño buscando cariño, y continuó hablando en un murmullo- ¿Tú crees que voy a desear vivir un día más que tú? Te digo en este momento que no será así, yo me iré contigo hasta donde pueda seguirte.
El corazón de Silmarien se enterneció, y no pudo evitar que sus ojos grises se nublaran con sus lágrimas caprichosas que se amontonaban para precipitarse por sus mejillas, pero en un rápido movimiento las enjugó con el dorso de su mano, y solo le quedo por maldecir a la tormenta que atraía tan aciagos pensamientos a sus corazones. Los tres espectadores ponían su entera atención en el caballero que luchaba contra las velas para amarrarlas ayudado de otros tantos, pero estas se batían salvajemente avivadas por el violento viento que golpeaba el puerto. Esa tarde aún llegaban barcos Teleri a Mithlond en busca de refugio contra la tormenta que se pronosticaba tocaría la ciudad esa misma noche, y Gildor en su empeño de saber el arte de navegación de los Teleri se había acomedido en ayudarlos a guardar las velas de los navíos para evitar que el viento los arrastrara y se perdieran en el mar, y este los devorara en sus profundidades.
-Ya la tiene… solo un estirón más… ¡ya se le fue la cuerda otra vez!- decía Kherion que no perdía detalle de su amigo que se encontraba trepado en el palo mayor tratando de hacerse de la cuerda que amarraría la vela de gavia de uno de los veleros- Gildor no puede hacer nada bien sin mi ayuda, voy a ir a echarle una mano.
-No, Kherion!- gritó Euriel en vano cuando su prometido se echaba a las carreras hacia el plateado navío apostado en el puerto.
-No le va a pasar nada Euriel, no deberías de preocuparte tanto por él, no es vida- decía Silmarien mirando como los cabellos dorados de su amiga salían de su capa y revoloteaban en el húmedo aire.
-Nunca has tenido a un ser amado al borde de la muerte, no has estado en mi lugar esperando que en cualquier momento te den una mala noticia- dijo Euriel secamente.
Silmarien solo calló y miró al suelo, el inesperado recuerdo de su padre en el lecho de muerte despidiéndose de ella y Minastir, se presentó ante sus ojos, y la angustia de no saber del estado de su hermano le tocó el corazón por unos momentos.
-Discúlpame, no quise decir eso- dijo Euriel tomándola de la mano- no reacciono de la mejor manera últimamente, pareciera que esta tormenta saca lo peor de todos.
-No te preocupes, entiendo a qué te refieres.
-¿Has tenido alguna noticia de tu hermano?
-No- dijo Silmarien negando con la cabeza- no ha llegado ninguna misiva y temo que la tormenta lo alcance en altamar.
-Consúltalo con Ereinion, tal vez él pueda echar un vistazo y decirte que ha sido de él.
-Prefiero no hacerlo, cada vez que toco el tema de su poder parece que le va a dar un infarto, su miedo a mirar algo en el futuro que no le guste lo ha limitado mucho.
-¿A qué te refieres con mirar algo que no le guste?- preguntó extrañada Euriel.
-Teme que una visión le muestre el día de mi muerte- Silmarien sonrió con dulzura al ver el rostro entristecido de su amiga, Euriel a veces olvidaba que ese día tarde o temprano llegaría.
-Ahora entiendo a Ereinion, no quisiera tener su don- dijo mirando hacia el navío donde podía ver a Kherion trabajando con los Teleri y Gildor.
El lejano ruido de los marineros dando órdenes y el viento deshaciendo sus esfuerzos era lo único que reinaba en ese momento, la gente ya se encontraba cálidamente dentro de sus casas y la plaza detrás de ellas se encontraba vacía. Silmarien miró hacia el cielo amontonado de nubes negras y unas cuantas gotas de lluvia mojaron su frente- ya está comenzando a llover.
-¡Kherion date prisa!- gritó Euriel pero su voz se perdió entre el constante tintineo de las gotas de lluvia golpear el adoquín del puerto.
El caballero corría por el pasillo sosteniendo una linterna con luz elfica que manaba intensamente en la oscuridad del palacio. La estrepitosa tormenta había traído sus violentos vientos desde la tarde, parecía que se había abierto paso dentro del palacio de Mithlond, entrando por las ventanas y puertas y apoderándose como una sustancia espesa de cada recinto, solo las antorchas y lámparas mágicas de los Eldar eran capaz de abrir una brecha luminosa en esa oscuridad.
-Mensaje para el Rey desde Forlond - anunció cuando por fin había llegado al despacho del monarca.
Los dos guardias que custodiaban la entrada abrieron camino al mensajero, al primer paso puesto dentro del despacho del Rey una mirada aguamarina lo atravesó y de pronto sintió que ya no tenía nada que decir que el Rey no supiera ya, pero estaba ahí para entregarle una carta y así lo iba a hacer. El mensajero hiso una respetuosa reverencia ante Gil Galad que se encontraba sentado tras su enorme escritorio, y los caballeros Elrond y Glorfindel cada quien en un sillón frente al Rey.
-Menetyalda, el Señor Cirdan me ha encomendado que le haga llegar esta información- se apresuró a decir.
- ¿Ha sucedido algo en Forlond?- preguntó Elrond preocupado al ver el rostro consternado del mensajero, el cual pasó su mirada nerviosa al Rey como pidiendo permiso para contestar la pregunta, Ereinion asintió con su cabeza y se levantó de su escritorio en silencio para tomar el pergamino que sostenía el mensajero en un puño.
-Varios barcos han encallado en las costas de Forlond, Señor Elrond, y por lo menos uno de los barcos que venían de regreso de Numenor ha naufragado, según la información que dio uno de los sobrevivientes del naufragio que fue encontrado hoy en la mañana vagando por la playa. Al parecer a pesar de todos los intentos que se hicieron para evitar la tormenta, el viento los atrajo hacia ella.
-La tormenta se movió inusualmente rápido hacia el sur- comentó Glorfindel pensativo, parecía que esa tormenta tuviera un propósito de ser más que una coincidencia de la naturaleza, pues se había levantado de la nada y parecía moverse a su conveniencia- ¿Ereinion, ha llegado alguna carta de Tar- Minastir en estos días?
-No desde hace tres semanas que llegamos a Lindon.
-Menetyalda- volvió a decir el mensajero- ese es precisamente el motivo del Señor Cirdan, como lo puede leer en su carta, quiere que usted se cerciore de la situación del Rey de Numenor, por consideración a la princesa Silmarien.
Ereinion sostenía la carta todavía con el sello intacto, pero ya sabía de su contenido antes de que el mensajero se lo hiciera saber, y ya sabía a qué se refería Cirdan con cerciorarse de la situación del Rey de Numenor, tenía que echar un vistazo al futuro, confirmar que el barco de Minastir no fuera otro devorado por el mar. Cirdan sabía del sentimiento que había desarrollado hacia sus visiones, de la fobia que le tenía al futuro, pero también sabia cuán importante era cualquier cosa que tuviera que ver con Silmarien, dada las extremas circunstancias no podía ignorar la petición de Cirdan, petición que ya había visto en los ojos grises de la dama y que sus delicados labios no se habían atrevido a pronunciar.
-Te agradezco el haber venido a entregarme el mensaje, puedes retirarte, un miembro del personal de palacio te indicara donde puedes pasar la noche- dijo Ereinion volviéndose al mensajero.
-Le agradezco su hospitalidad Menetyalda, pero me es preciso volver a Forlond- dijo el mensajero colocando la palma de su mano en su pecho en señal de respeto.
En ese momento la habitación se vio iluminada fugazmente por una luz de extrema blancura, precedida por un enorme rugido del cielo que pareció durar varios minutos, retumbando en los hermosos cristales de las ventanas y puertas del palacio, después espesas gotas de agua comenzaron a golpear los vitrales lentamente para solo unos segundos después arreciar violentamente. Los presentes se miraron los rostros asustados como si hubieran visto un fantasma.
-Insisto- replico Ereinion al mensajero, el cual no tuvo otra opción que hacer lo que le Rey le proponía, sino quería morir en el intento de volver a Forlond. El mensajero salió de la habitación siguiendo a uno de los sirvientes de palacio.
-¿Qué es lo que vas a hacer?- preguntó Glorfindel, y la respuesta de Ereinion fue solamente soltar un suspiro cansado, apoyó una de sus manos en el respaldo de uno de los enormes sillones del despacho y con la otra masajeo su sien derecha, comenzó a sentir como palpitaba el dolor de cabeza.
-Aunque uno huya de los miedos siempre terminan alcanzándote tarde que temprano- dijo Ereinion seriamente mirando aun al suelo.
Glorfindel lo miró preocupado, jamás había visto esa mirada en Ereinion, de pronto su mirada fue atraída por la de Elrond que solo negaba con la cabeza en señal de no abordar el tema que era tan delicado para su amigo.
-Si necesitas que te dejemos a solas nos retiramos- dijo Elrond empezando a recoger la pila de papeles que estaba sobre el escritorio.
-No, quédense, hay mucho por hacer todavía- dijo Ereinion mirando el pilar de comprobantes de impuestos que aguardaban silenciosamente para ser revisados- en un momento vuelvo, vayan avanzando.
Glorfindel y Elrond lo miraron salir por la puerta de dos hojas del despacho, y en cuanto se hubieron cerrado tras de él, la ruidosa precipitación de la lluvia inundó el recinto, y la pesadez del ambiente desapareció como si hubiera corrido tras Ereinion.
Uno de los sirvientes le ofreció una lámpara elfica y dirigió sus pasos a la biblioteca de palacio, el lugar menos concurrido desde siempre y más ahora que toda la residencia Real parecía sumergida en una extraña oscuridad, ni las lámparas elficas que colgaban de los muros y los altos techos lograban dispersar esa oscura substancia.
Entró al espacioso recinto de doble altura, donde se desplegaban elevados estantes repletos de volúmenes, el olor a pergamino era predominante, pergamino y cedro. Las paredes estaban forradas de libros también, solo dando lugar a tres enormes ventanales que empezaban en el suelo y terminaban en el cielo raso. Afuera la tormenta se revolvía entre truenos, viento y agua. Un relámpago violento iluminó por unos segundos la habitación y de pronto su mente lo llevó a un día soleado de verano, miró a su alrededor y la oscuridad había desaparecido dando paso a la dorada luz que entraba por los ventanales, y ante él, sentada frente a una mesa se encontraba Silmarien, dándole la espalda y recargada sobre un enorme libro. Sonrió y dio un paso para acercarse y la visión desapareció, sacudió la cabeza tratando de recobrarse. Su mente comenzaba a jugarle mal, había soltado las cadenas imaginarias que contenían las visiones fuera de su alcance y estas se desplegaban cayendo como cascada delante sus ojos.
Tomó asiento en la silla que estaba más a su alcance y suspiró profundamente, cerró sus ojos, y su mente viajó a tras ves de mares y montañas y vio la sureña costa de Numenor con su blanco puerto de Rómena en la bahía de los Reyes, y después su mirada espiritual lo llevó de regreso a la Tierra Media, siguió por la embocadura del rio Gwathlo y llegó a la ciudadela de Tharbad. En los muelles de la ciudad portuaria estaban apostados los barcos con la bandera del Rey en sus mástiles, su mirada espiritual lo llevó a la residencial Real de Tharbard, entró por una de las ventanas antes de que una sirvienta la cerrara y encontró a Minastir sentado en un mullido sillón junto a una chimenea, Ereinion lo contempló por unos momentos y le pareció ver tantos rasgos de Elros que el corazón se le enterneció con la memoria de un amigo que ya no estaba. La mirada gris del Rey de Numenor se posó en él, y por unos segundos estuvo seguro de que lo podía ver. Minastir estiró su mano tratando de alcanzarlo mientras sus ojos escudriñaban la oscuridad de la habitación, no podía verlo, pues su espíritu era el que viajaba dejando su cuerpo en la biblioteca del palacio de Lindon, esperándolo pacientemente. Después de unos momentos Minastir desistió de buscar sombras en la oscuridad y volvió su mirada al fuego intenso de la chimenea, y Ereinion pudo ver el mismo fuego ardiendo en los ojos del Rey de los Hombres.
Ya había confirmado que Minastir estaba sano y salvo en su ciudad numenoreana de Eriador, ya podía retirarse y darle las buenas noticias a Silmarien con un peso menos sobre él. Sintió como su espíritu era llamado por su cuerpo, esa atracción magnética que lo invitaba a volver cada vez que experimenta una visión.
-Dile a Silmarien que me espere a principios de Lairë.
Escuchó decir a Minastir antes de que fuera arrastrado a su cuerpo de nuevo. Abrió los ojos súpitamente, lo primero que sintió fue un frio tacto en su rostro que lo acariciaba con ternura.
-Ereinion, ¿estás bien?- decía la dulce voz de Silmarien.
-Estás empapada- dijo Ereinion percatándose de que el cabello y vestidos de la doncella estaban completamente mojados.
-La lluvia nos sorprendió a medio camino aquí- dijo Silmarien ayudando a ponerse de pie a Ereinion que aún parecía aturdido. Ereinion era la persona más alta que conocía, pero los Numenoreanos eran también altos y fuertes, y la doncella era superada en su altura por muy poco en comparación al Rey Elfo.
-¿Quiénes han venido contigo? ¿Están esperándome para cenar?- Ereinion miró el rostro sorprendido de Silmarien, el cual comprobó su desubicación.
-Has estado aquí toda la noche, ya casi amanece- dijo Silmarien- Eruiel y Kherion me acompañaron pero ya se han retirado a los aposentos que les asigné. Estaba esperando que regresaras para ir a cambiarme, no quería dejarte solo.
Ereinion miró hacia los ventanales y la lluvia seguía cayendo estrepitosa afuera, no había ápices de rayos dorados que indicaran que la mañana se acercaba.
-¿Hice mal en tomarme la libertad de asignarles la habitación?- dijo Silmarien un poco avergonzada, pero Ereinion negó con la cabeza.
-No dejaría que nadie saliera con este mal clima, y menos amigos que son como familia- dijo sonriendo a Silmarien- Te tengo buenas noticias, Minastir está en Tharbad, llegará a Lindon a principios del mes siguiente, puedes dejar de preocuparte por él.
Silmarien desplegó una luminosa y amplia sonrisa y abrazó con entusiasmo a Ereinion, empapándolo con sus largos cabellos chorreantes y sus vestidos en la misma condición de su melena. El Rey Noldo la abrazó con fuerza y se maldijo a si mismo por dejarse llevar por sus miedos y no haberlo hecho antes.
Los días pasaron y la fuerza de la lluvia no parecía emanciparse, llovía día y noche sin descanso, Mithlond se había convertido en una ciudad fantasma, pues ni un alma se atrevía a posar la mirada en el umbral de la puerta, y toda la concurrencia en los mercados y calles se había esfumado. No fue hasta el término de la segunda semana que la luz del sol atravesó la barrera de nubes al amanecer como un milagro dorado, y las puertas y ventanas comenzaron a abrirse para dejar pasar a la fresca brisa dentro de las casas.
Al segundo día del término de la tormenta, un explorador volvía con la noticia de que los elfos silvanos de la aldeas de Harlindon, habían divisado una flota pequeña de barcos Numenoreanos acercándose a Lindon desde el Sur, los barcos izaban en sus mástiles una bandera con la insignia del Rey Tar- Minastir, y lo más probable es que llegaran en los siguientes dos días.
Hasta esa noche todo parecía ir por el camino correcto…
- Lairë: periodo de días entre 16 mayo - 26 julio según el calendario élfico.
