11. Pintura

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– Pampa, despierta– le sacude el hombro pero no reacciona– ¡Pampa!– sacude con más fuerza– ¡PAMPA!– finalmente abre los ojos, pero enseguida los vuelve a cerrar con un bostezo– Pampa todos están levantando sus toldos y yéndose...– insiste Tchili.

– Déjalos, está bien... ya estuve mucho tiempo con ellos, me busco otra tribu...

Se da vuelta y sigue durmiendo de espaldas al andino. Este bufa molesto, pero antes de seguir insistiendo toma de un extremo del toldo el paquete envuelto en un poncho que allí está. Todo el día de ayer Pampa no dejó de preguntarle que había ahí dentro, pero Tchili se negó a responder las trescientas cuarenta y dos veces. Es un regalo de parte de Araucano, como agradecimiento por lo mucho que Pampa se ha preocupado por su nieto.

– Pampa... ya puedes verlo– el tehuelche hace un esfuerzo sobrehumano para sentarse en el piso entre bostezos. Tchili le entrega el paquete de manera un poco brusca y aparta la mirada. Se queda un momento observando el paquete sobre sus piernas, y luego quita el poncho dejando al descubierto un manto cuadrado y un cinturón– Es un chamal– se apura a explicarle– Para que ya no tengas que usar esa ropa de mujer– agrega con un asomo de burla en el rostro.

Pampa se ríe feliz y enseguida se desnuda. Le da treinta millones de vueltas a la manta, tratando de atársela alrededor del pecho, como él hace normalmente, pero descubriendo que es demasiado corta. Tchili lo ayuda a colocársela alrededor de la cintura, pasa un extremo por entre sus piernas y se lo sujeta firmemente con el cinturón. Pampa parece muy satisfecho con el resultado mientras gira tratando de mirarse a sí mismo desde todos los ángulos.

– Te falta el poncho– comenta Tchili señalándole que aún tiene el pecho al descubierto. Pero en lugar de vestirse con el poncho, se agacha frente al andino y le quita el suyo– ¿Qué estás...

– Yo me visto como un mapuche– explica Pampa– Y tú te pintas como un tehuelche.

Dicho eso, rebusca entre sus cosas los dos pequeños recipientes y vuelve a sentarse frente a Tchili. Hunde un dedo en la pintura roja y observa el cuerpo frente a él con atención decidiendo como lo hará. En la mejilla izquierda aún se ve apenas la cicatriz que se hizo en la guerra, y por allí desliza la yema del dedo dejando un trazo rojizo. Luego hace una marca igual en la mejilla opuesta.

– Cuando vi que te habías lastimado, también me preocupe mucho por mis hermanos. Así que fui a verlos– le comenta con la voz serena y aún algo somnolienta– Ellos están bien, ¿pero sabes?,– le hace algunas líneas más en el rostro en color negro– mi abuela me dijo que ya aparento doce años. Tú también debes haber crecido sin darte cuenta Tchili, porque aunque todavía eres bajito, la diferencia de estatura entre nosotros sigue igual.

Cuando ya no le queda más pasta en los dedos, vuelve a dirigir la mano hacia las vasijas, pero el araucano se le adelanta y hunde su índice en el de color rojo. Dibuja una raya recta sobre el puente de la nariz de Pampa, y mancha también sus labios y mentón. Sabiendo que su rostro ha quedado dividido en dos, se ríe de esa línea roja. Roja como el sol cuando toca el mar en el horizonte, y roja como la sangre de dos amantes tiñendo una flor. Afuera ya no queda nadie que pueda espiar como los dedos de Tchili trazan un camino tembloroso que comienza en el hombro derecho de Pampa, bordea las clavículas, y acaba sobre el hombro izquierdo. Siente el pecho subir y bajar con cada respiración debajo de su mano, y sus alientos mezclándose en el frío matinal.

– Mi turno– reclama el pampeano. Se mancha todos los dedos y le dibuja cuatro arcos paralelos en cada lado del pecho, rodeando los pezones. Con la pintura que le queda, deja marcas como cicatrices por todos los brazos– Bueno... yo ya más abajo que esto no me pinto, pero como el chamal no nos cubre tanto podemos hacerlo.

Tchili asiente en silencio y deja caer sus dedos a lo largo de los brazos del otro, formando líneas verticales. Se desparrama pintura por todas las manos y parece dudar un poco, pero el tehuelche lo toma por las muñecas y le apoya las manos sobre su pecho para que formen dos huellas rojizas. Permanecen así un par de segundos que a Tchili se le hacen eternos.

– Ya suéltame idiota.

Aparta las manos y coge más tintura. Comienza a dibujar en el diafragma, algo brusco y tosco al principio, pero a medida que desciende suaviza sus toques. Imita las figuras geométricas del arte mapuche sobre la piel de Pampa, y siente los músculos del estómago contraerse bajo su tacto.

– No te muevas tanto estúpido, o quedará mal.

– No es mi culpa, me haces cosquillas– se defiende mientras sigue removiéndose.

Lo recorre de izquierda a derecha, rodea su ombligo, desciende en un trazo continuo por el vientre que se detiene justo encima del chamal, manchándolo un poco. Aparta los dedos con rapidez, repentinamente avergonzado al darse cuenta que estaba tocando tan al sur. El tehuelche no parece notar nada extraño, y lo empuja por los hombros para que se siente derecho.

– ¡Me encanta!– asegura examinando el resultado– Te voy a hacer algo lindo, échate un poco hacia atrás.

Vuelve a empujarlo, y el araucano queda reclinado usando sus manos como apoyo. Pampa se inclina sobre él, acerca un poco más las vasijas de pintura y se dispone a trabajar. El roce suave y continuo de sus manos sobre el cuerpo le pone la piel de gallina, y la carne le cosquillea hasta la punta de los pies. Quiere moverse, pero sus extremidades no le responden.

– Mis hermanos también crecieron mucho– comenta de pronto– Paraguay no deja de jactarse porque consiguió que le dieran un beso– ríe.

Siente las manos del otro en todas partes, provocando escalofríos, anulando todos sus sentidos para que sólo el tacto permanezca y reine sobre su ser. Apenas lo escucha cuando habla, pero se esfuerza por responder algo.

– Realmente no veo razón para sentirse orgulloso de eso. Es algo que todos hacen.

– Supongo... Pero las primeras veces son especiales.

Tchili no dice nada, y recuerda. La pelea, escaparse, la primera noche que pasaron juntos. La playa, la lucha, y Pampa que le robó un beso –su primer beso– para poder ganar. Recuerda otras primeras veces. El kaá, perderse en la llanura pampeana, caminatas interminables, la cueva. El toque desciende y bordea peligrosamente la única prenda que lo cubre. Siente un fuego dentro suyo que le hace arder las mejillas y está a punto de decirlo, ¿jugamos?, pero las manos desaparecen de pronto.

– ¡Terminé!– canturrea alegremente. Tchili se mira a sí mismo y ve como cada toque ha quedado grabado sobre su piel, de la misma manera en que él dibujó caricias sobre el pampeano– ¿Te gusta o no?

– Sí, me gusta– ¿Jugamos otra vez?

Pampa mira hacia afuera. El sol los ilumina de frente y hace brillar el rocío que cubre los pastos.

– ¿Qué quieres hacer hoy Tchili?

Quedémonos aquí y juguemos a que estamos enamorados.

– Vayamos a ver esa montaña agujereada de la que hablabas la otra vez...

– Seguro, cualquier cosa que quieras Tchili.

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Un capítulo de puro relleno mientras recupero la imaginacion. Elegí escribirlo de esta manera porque, bueno... porque sí. Y porque me sigue sorprendiendo que el cap de la Pincoya siga siendo el de mayor número de visitas y hits, después del primero obviamente. (les gustó picaronas...)

La montaña agujereada... alguna vez escucharon hablar de ella? Es el Cerro Ventana, en el sistema de Ventania (Casuhati por aquella época). Yo como vivo en una ciudad cercana fui muchas veces, y subir ya perdió la emoción, pero es un lugar hermoso. (Y no queda muy lejos del Cerro del Amor...)

El próximo cap puede tardar un poco en llegar, ya que me está costando... pero estoy encaprichada con hacer aparecer de nuevo a los hermanitos guaraníes, así que no lo quiero obviar. Ustedes por favor esperen. Besos y hasta pronto!