Disclaimer: Los personajes no me pertenecen son de la gran señora Stephenie Meyer. La historia si es mía.
Primero que nada gracias a todas esas HERMOSAS personas que comentan mi fic, los adoro muchísimo chicos ;') Pero adoro más a estas dos personitas: Vampire's Heart y LizzyCullen01. Vampire's Heart porque es mi mejor amiga en todo el mundo y me apoya en todo momento que se me presente. Y LizzyCullen01 porque siempre comenta mis locuras, aunque mis locuras sean malas, jejeje. Las quiero un montón, chicas! :D
La mañana siguiente había amanecido el cielo gris y oscuro, había mucho viento y las nubes venían de aquí para allá como un rayo de luz. Definitivamente, hoy es un mal día para que llueva en Phoenix.
Eran alrededor de las cuatro de la tarde cuando Edward, Alice –ella había insistido, hasta al cansancio, que tenía que ir– y yo llegamos a Port Angels. Estaba lloviendo, ¡qué sorpresa! –nótese el sarcasmo.
Edward conducía más allá de los límites permitidos en Phoenix y mucho más allá de los límites de Forks. En todas estas cinco horas tuve mis manos agarradas en el asiento del copiloto y con el cinturón de seguridad puesto. Me estaban sudando las manos y la frente por los malditos nervios de que no nos estrelláramos contra un árbol. Alice solamente se reía de mi estado en el que me encontraba y Edward sólo me decía que me calmara. No ayuda.
Alice, que iba sentada en el asiento trasero, iba rapeando como la verdadera borracha canciones de Nicki Minaj, pero para ser sincera, su rapeo era horroroso y no me relajaba para nada, más bien me ponía más nerviosa. Tenía la cabeza que ya se me reventaba; primero por los nervios del exceso de velocidad de Edward y segundo por los cantos –más bien diría gritos –constantes de Alice. Mi amiga no nació para ser rapera, definitivamente.
–Alice –se quejó Edward por enésima vez– deja de cantar esa canción, en la casa, todos los malditos días oyes esa maldita canción.
–No voy a dejar de cantar la canción sólo porque tú lo dices; y es rapear no cantar. Yes, I did, yes I did, somebody please tell him who the eff I is, I am Nicki Minaj, I make them dudes up, back coupes up and chuck the deuce up.
–Y lo peor, Alice, es que cantas horrendo.
Yo solté una risita. La pelea entre estos dos hermanos me relajaba bastante. ¿Raro, no?
–¡No es cierto! Bella, ¿verdad que canto hermoso? ¡Canta conmigo, Bells!
–No me metas en tus líos, Alice… Y sí me gusta la canción, pero no podría torturar a tu hermano de esa manera.
Solté otra risita.
–Bells, eres tan gentil –exclamó Alice con sorpresa.
Le sonreí de oreja a oreja.
Edward condujo por Port Angels siete minutos más. Cinco horas soportando a Alice con sus rapeos no era nada bueno, y menos soportable. Suspiré. Eso me gano por tener una amiga como ella.
Edward se estacionó enfrente de una zapatería y luego de ahí caminamos cuatro cuadras hasta encontrarnos con un lugar lúgubre y aterrador. En el vecindario sólo había diez casas, todas una al lado de la otra, y todas estaban pintadas de un color gris.
¡Reconozco este lugar! Este es el vecindario donde vivió Jacob cinco años atrás. Ya estaba quedándome sin aire en los pulmones. ¡Cómo odio este lugar!
–Bella, ¿estás bien? –me preguntó Alice. Ella iba caminando a mi lado derecho con los audífonos puestos de mi IPhone y su hermano a mi lado izquierdo. No, no estoy bien.
–Sí, estoy perfectamente bien –le hice una sonrisa a Alice, que, más bien, me salió una mueca horrenda.
Pero ¿cómo puedo estar perfectamente bien cuando mi alma sangraba a montones al sólo reconocer este maldito lugar? Yo me había jurado anteriormente no volver más nunca a este infierno de lugar, pero, como verán, no cumplí esa promesa.
Le eché un vistazo rápido al cielo; no estaba ese diamante amarillo y brillante, que iluminaba a la tierra, tatuado en el cielo. Más bien corría un viento helado y el cielo estaba oscuro, más oscuro desde la última vez que estuve aquí. Hice una mueca. Supongo que ya me acostumbré a ese diamante amarillo iluminando mi piel a todas horas, en todos lados.
–Edward, ¿recuerdas dónde estaba situada la casa? –le pregunté sin mirarlo a los ojos, ya que sí lo hacía, estaría hipnotizada por esas hermosas esmeraldas. Me miré las uñas y me retorcí los dedos para evitar su mirada.
Los tres automáticamente paramos de caminar para quedarnos enfrente de una de las diez casas que había en este cementerio, bañadas en color, completamente, gris.
–Ésta es –afirmó Edward con voz áspera, dura y fría. Se notaba (no solamente en su voz, sino también en sus facciones) que este lugar lúgubre le afectaba bastante.
Alice se adelantó antes que su hermano para abrir aquella puerta de roble sólido; mi amiga tomó unas cuantas respiraciones profundas antes de abrir aquella puerta que conducía a las maldiciones de Edward. Para mí sorpresa, esa puerta estaba medio abierta.
Miré de reojo a Edward, desde sus grandes ojos verdes brotaban pequeñas gotas saladas de lágrimas. Tomé su mano derecha y la apreté suavemente contra la mía. Noté cómo las comisuras de sus labios subían levemente y limpiaba sus lágrimas con la mano izquierda. . Me volteé para verlo mejor.
–Oye, no tienes que hacer esto –murmuré sin dejar soltar su mano–. No quiero que sufras. No entres. Esto no te hace ningún bien.
Volteé por un momento la mirada y luego volví a ver a Edward. Alice me esperaba con suma paciencia, para que entrara junto a ella, parada al lado de la puerta.
–Pero quiero entrar contigo –repuso él sin una gota de alegría en su voz.
–No seas necio como yo, y te lo digo por segunda vez: no quiero verte sufrir.
Yo lo miraba directamente a sus ojos verdes, sin dejar de escapar su mirada, parecía que podía ver dentro de su interior, dentro de su fuero interno, el cual sufría y gritaba desde adentro por sufrimiento.
–Estás comenzando un nuevo capítulo de tu vida –proseguí– y no mereces vivir este sufrimiento de nuevo.
Edward comenzó a negar con la cabeza, pero lo interrumpí haciendo un gesto con la mano que me quedaba libre. Yo continué:
–Alice va a entrar conmigo; estaré bien.
Él asintió cerrando sus párpados de un solo golpe. Yo solté su mano –cosa que no quise hacer– y me aproximé hacia Alice dando pasos torpes. Ella me dedico una sonrisita –sonrisita que no llegó a sus ojos–, pasó su brazo izquierdo por mis hombros y, luego, pasamos a la casa dando pasos lentos. Y apenas pasamos por el marco de la puerta, reviví mi peor pesadilla.
Alice estaba bañada en sudor –y cuando digo bañada de sudor, me refiero a todo su cuerpo–, pestañaba más de lo normal, se oía un leve silbido en su respiración y su cara estaba más blanca de lo normal.
Por lo que sentía en mi interior, estaba en las mismas condiciones que Alice, sólo que mucho peor. Estaba reviviendo mi peor pesadilla en carne y hueso, esa pesadilla que transcurrió hace cinco años atrás. Alice me había susurrado algo en el oído, pero no la había oído por estar recordando todos esos momentos –tanto lindos como difíciles– que viví con Jacob.
Caminé hasta aquella cocina –la que me había traído una maligna maldición a mi vida: arrancarme a la fuerza de mi vida al hombre que he amado toda mi vida– y miré sus alrededores.
Caigo en una terrible depresión de sólo pensar en esa tragedia, y ahora que mi propia alma la está reviviendo, es mucho peor, ya que siento que moría poco a poco dolorosamente. Me hubiera gustado gritarle a mi amiga que me matara, para no sufrir más por esto. Lo que estoy viviendo, no es vida.
Alice, la cual estaba todavía en terribles condiciones, me miraba desde la puerta con expresión totalmente horrorizada. Estaba un ochenta y cinco por ciento segura que por el cerebro de mi amiga corría un terrible torrente de interrogantes que ni yo podía responder.
Aquel maldito suelo de granito captó mi atención por completo reviviendo la terrible imagen ensangrentada de Jacob. Me obligué a retirar la mirada. Miré hacia el techo intentando distraerme con algo, intentando pensar en algo más que no sea Jacob, pero imposible para mí, obviamente no funcionó.
Fruncí el ceño y abrí los ojos como platos. Tuve que mirar mejor el techo. Al principio pensé que era una alucinación, una imagen creada por mi tortuoso cerebro. Pero no era así tan fácil como pensaba.
En el techo de la cocina había aparecido, o tallado, no lo sé, con letra corrida, mi nombre, Bella, cada letra aparecía poco a poco mientras yo abría más y más mis párpados –mis párpados casi se desprenden de mi piel–. Y luego de haber aparecido mi nombre en letras gigantes apareció la palabra AYUDA debajo de mi nombre. Esto no es nada normal.
Mi respiración se hacía cada vez más irregular, mi pulso cardíaco estaba muy acelerado, mi piel botaba gotas de sudor, mi alma gritaba desde adentro pidiendo auxilio y algo en mi interior me decía que saliera huyendo de ahí y regresar nunca más. Estaba al tanto que este sitio no es seguro.
Pero mi cerebro no reaccionaba, no transmitía ondas cerebrales, no conectaba con mis cuerdas vocales para hacer sonido alguno, y no conectaba con mis piernas o mis pies para salir corriendo. Y eso no era lo peor. Lo peor es que mi instinto de supervivencia sentía como si lo estuvieran vigilando, y no por Alice o Edward, por alguien que no pertenece a este mundo. Luego sentí como si estuvieran caminando hacia a mí, un paso más cerca cada segundo. Cada segundo que pasaba, el terror se apoderaba de mí.
Reaccioné cuando mi cerebro mandó ondas cerebrales a todo mi cuerpo. Pestañé un par de veces verificando que esto no era un sueño y caminé rápidamente hacia la puerta tomando a Alice –que todavía me miraba con su expresión horrorizada, y seguía sin reaccionar– por las muñecas en el camino. Cerré la puerta con todas mis fuerzas que mis músculos mis huesos me pudieron permitir y fruncí aún más el ceño.
–Alguien –o más bien alguien que no es de este mundo– me había pedido ayuda apareciendo letras, hasta formar oraciones, en el techo de madera de la casa. ¿Quién es ese alguien que me pide ayuda?, esa era mi gran interrogante.
Agarré mis dos manos y me las apreté con fuerza, miré hacia el suelo y empecé a dar vueltas en círculos. Estaba nerviosa, eso era muy obvio, pero estaba más asustada que nerviosa, en shock se podía decir.
Ya tenía una teoría en mente de tanto achicharrarme el cerebro con mis pensamientos, pero la teoría me parecía un tanto estúpida.
–¡Bella!
Edward interrumpió mis profundos pensamientos, me sacó de mi burbuja como suelen decir, haciéndome volver a la realidad. Parpadeé un par de veces y dejé de apretarme las manos. Miré las esmeraldas de mi acompañante que transmitían odio y rencor; me asusté por lo que contemplé, Edward nunca tenía esa mirada de crueldad. Jadeé de dolor, su mirada me astillaba el corazón, era horrible. Su mirada no era dulce y tierna, era todo lo contrario de dulce y tierno.
–Edward, no me mires de esa forma, es horrible –le reclamé con mi voz "amenazadora", pero más bien sonó como un mascullo. Me avergoncé de mi misma.
Pero él no me respondió, sólo se quedó parado contemplándome de pies a cabeza con su mirada asesina. Actué por instinto y jalé del brazo a Alice y me dirigí al Volvo de Edward.
Todo esto era un horror, estaba viviendo mi pesadilla personal en carne y hueso. Nada de esto hubiera pasado sí le hubiera hecho caso a Charlie y me hubiera quedado a vivir con él en Forks. Ahorita estuviera comiendo pizza o cualquier otra porquería en mi verdadera casa con Charlie. Estuviera ahorita mismo con Ángela y Jessica estudiando para los exámenes de la universidad o saliendo hacer compras.
–¡Alice! –la llamé lo más alto que pude, pero sin gritarle, cuando estuvimos junto al auto, pero ella no reaccionaba, era como si estuviera poseída o hipnotizada por algo o por alguien; miraba al vacío con sus ojos color marrón oscuro como si alguien la estuviera llamando, pero ella sólo se quedaba con su vista fija al vacío–. ¡Alice!
Ella dio un saltito regresando a nuestro mundo.
–Alice, ¡por fin! –exclamé con alivio.
–Bella –apenas pudo susurrar ella.
–Amiga, estabas muy ida, era como si alguien te estuviera hipnotizando, sólo mirabas al vacío.
–A veces, en raras ocasiones…, me pasa.
No le creía nada. Solamente asentí.
–Ya… ¿Estás bien?
–Sí, estoy… ¡Por Dios, Bella! Yo no importo. ¡¿Tú te encuentras bien? Dentro de esa casa te veías sumamente pálida.
–Oh, no me di cuenta… Sí, Al, estoy muy bien –otra mentira más.
–Estás mintiendo. ¿Qué pasó allá?
Alice se veía decidida en averiguar todo lo que había pasado en ese lugar, pero tengo miedo en contárselo, tengo miedo de cómo va a reaccionar. ¿Qué pasaría si le cuento lo que ví en ese techo a Edward y Alice? ¿Y si ya no me querían ayudar?
–No te lo diré –decidí firmemente.
Las dos volteamos la cabeza hacia adelante y vimos a Edward caminar con suma tranquilidad hacia nosotras. Apenas llegó abrió el Volvo y Alice me susurró en el oído:
–Tú me contaras lo que pasó en ese maldito lugar, aunque sea lo último que haga –amenazó. Mi alma sólo soltó la última gota de lágrima de sangre que le quedaba y yo boté mi última lágrima desde mi lagrimal derecho.
Andábamos en el auto de Edward, él manejaba con demasiada tranquilidad –algo que me preocupó demasiado y me pareció extremadamente raro–, por lo que vi esta tarde Edward manejaba como un rayo, ahora, todo es al revés. Pero él fue aumentando la velocidad poco a poco hasta alcanzar los ciento sesenta kilómetros por hora. Sentí cómo mi corazón golpeaba mi pecho alocadamente, como las patas de un colibrí en descontrol o un tambor tocando por horas continuas.
Se sentía la tensión entre Edward y yo, entre Alice y yo, ¿por qué todo es contra a mí?, ¿por qué todos se enojan conmigo?, ¿por qué todos me echan la culpa?, ¿acaso soy una mala persona? Esto no es para nada justo.
Un fuerte frenazo me devolvió a la realidad haciendo que mi cuerpo diera un salto en el asiento. Aún tenía puesto el cinturón de seguridad, Edward también. Gracias al cielo, pensé Volteé la mirada hacia el asiento trasero comprobando que Alice estuviera perfectamente bien. No estaba del todo bien. La palma de su mano izquierda sangraba por montones, igual que la parte izquierda de su cabeza.
–Mierda –masculló ella–. Esto me arruinará el día.
Y mí día también. Mis fosas nasales captaron el olor de óxido y sal, y lo juro por Dios que sentía que perdía la conciencia con cada segundo que pasaba; si seguía de esta manera iba a vomitar.
Devolví la mirada al frente y vi mi salvación al lado de la ventanilla de Edward. Los ojos se me iluminaron de la alegría y se me formó una gran sonrisa.
Una patrulla con luces rojas y azules en el techo iluminaba el lugar acercándose al auto de Edward poco a poco. Se me iluminó una sonrisa más grande mostrando mis dientes. Sabía perfectamente quién era. Charlie. Me bajé del auto con pasos torpes gritando el nombre de mi padre. Sentí cómo los ojos de Alice y Edward –y los ojos de las demás personas que estaban en la calle– se clavaban en mí, no me importó en lo absoluto.
Charlie salió de la patrulla –con pasos torpes también. Lo había heredado de él– con una enorme sonrisa pintada en su rostro y mostrando sus perlas brillantes. Caminaba despacio hacia mí, sólo que ahora se le había poblado la frente de arrugas, pero aún seguía esa sonrisa que me hacía sentir como una niña de cinco años.
Sus brazos me atraparon con suma delicadeza y mis brazos enrollaron su cuerpo con alegría y dulzura. En verdad me sentía como una niña de cinco años, sentía que el amor de mi padre inundaba, o, más bien, bañaba con ternura mi corazón. Era hermoso sentir esto, me sentía segura con él… Y por un minuto olvidé todo este rollo de fantasmas persiguiéndome.
–¡Bellis, qué alegría verte! –exclamó mi padre con entusiasmo como si hubiera ganado el primer premio en un concurso de cocina, cosa que nunca pasaría. De paso, ¡¿por qué rayos me tienen que decir Bellis? Yo me reí a carcajadas por el comentario de mi papá y él frunció más el ceño–. En serio, Bellis, te he extrañado demasiado, la comida apesta si tú no estás ahí.
¡NO ME DIGAN BELLIS!
–Yo también te he extrañado mucho, papá –nos abrazamos de nuevo–. ¿Qué haces aquí? –continué.
–Estaba parado en una esquina de por aquí, y estaba totalmente aburrido, no tenía nada que hacer, hasta que me topé con ése muchacho –señaló con su dedo índice al auto de Edward–. Tendré que ponerle una multa.
Ahora yo fui la que frunció el ceño.
–¿A Edward? ¿Por qué?
Una pregunta absurda.
–La máxima velocidad permitida en Port Angels es de noventa kilómetros por hora… (N/A: No sé cuál es la velocidad permitida, así que puse esa) –Charlie pareció dudar–. ¿Un nuevo amigo, Bella?
Me miró con ojos curiosos.
–Ajá.
No le pareció suficiente respuesta ya que empezó a sermonearme. Yo le detuve el hilo de la conversación diciéndole que yo estaba muy bien –no del todo en realidad, aún sentía los mareos constantes en mi cabeza– y que venía con una amiga. Él no se convenció del todo.
–¡Charlie! –recordé la urgencia de ir a un hospital–. En el auto está la hermana de Edward desangrándose por la cabeza y la mano. ¿Hay algún hospital cerca de aquí?
–No lo creo, Bells. El único hospital cerca es en Forks, y si tu amiga está muy mal te aconsejo irte ya.
Maldita sea. Desde ahora voy a tratar de no odiar a los doctores. ¡Carlisle, no te odio!
–Papá, ¿tú me harías el favor de llevar a Alice al hospital? –pregunté. Todavía sentía las náuseas, quizá también tenga que ir yo.
A veces me considero que yo soy de mala suerte, que transmito malas vibraciones a las personas y que esas malas vibraciones traen consecuencias. Por ejemplo: hace quince minutos nadie estaba sangrando y yo no tenía estas náuseas, hace quince minutos Edward no se había ganado una multa por violar la máxima velocidad permitida en Port Angels. Alice no estuviera sufriendo. Todo es mi culpa.
–Lo haría con mucho gusto, Bells.
–Gracias, papá –le di otro abrazo–. Yo en verdad no quiero correr de emergencia hasta Forks. Vete con Alice en la patrulla, yo me quedaré aquí mismo con Edward hasta que vengas con ella. Yo no me puedo ir a Phoenix sin ella.
Me devolví con impaciencia hacia Alice sacándola del Volvo con rapidez. Estaba algo histérica con Alice, pero mucho más con Edward por haberse enojado conmigo sin ningún motivo que me pueda dar. Alice susurró un au cuando la jalé del brazo. Edward estaba en brazos cruzados y tenía el ceño fruncido. Él no hacía nada por su hermana, ni siquiera le había preguntado si ella estaba bien o no. Esa mierda me puso más histérica. ¿Es que Edward no está al tanto que su hermana de sangre, Alice, se está desangrando? No, parece que no.
Me salté toda esa bobería de la presentación entre Alice y Charlie y llevé a mi amiga hasta la patrulla acompañada por mi padre. Yo ayudé a montar a Alice en el asiento del copiloto y los dos se fueron a la carrera hasta Forks.
En ese momento oré con toda la fuerza de mi corazón, que Alice no se muriera desangrada en pleno viaje al hospital hacia Forks. Cada segundo que pasaba yo oraba a Dios y a sus ángeles que se encontraban en ese maravilloso mundo del más allá, que protegiera a mi amiga, que mandaran desde los cielos a un ángel de la guarda y que la protegiera cada minuto de su vida.
Ángeles de Dios, rezaba, del cielo tan brillante, cuiden a mis hijos u guíenlos bien, abrácenlos con sus alas y protéjanlos con amor, canteles suavemente desde el cielo de Dios. 1
Cada segundo que pasaba, que veía cómo la patrulla se alejaba, cada minuto que pasaba me ponía sumamente nerviosa y preocupada, pero sobre todo, esas emociones aumentaban aún más mis ganas de orarle al señor todo poderoso. Trataba de no llorar, pero soy demasiado cobarde y débil –como quieras llamarlo– para no ponerme a llorar a mares. Sí, era imposible para mí.
Me acordé de Edward y de su maldito enojo sin ninguna razón conmigo. Eso me hirvió muchísimo la sangre. Automáticamente mis emociones se revolvieron (como si alguien las hubiera puesto en una licuadora y le hubieran puesto encendido al aparato) y mi corazón se decidió por la única emoción que podía sentir en este momento: la rabia, el enojo. Crucé mis brazos en mi pecho y me devolví hacia Edward a regañadientes. Bufé.
Abrí la puerta del copiloto del Volvo y me senté en el asiento abrazando mis piernas con fuerza. No sé por qué, pero mi cerebro reprodujo unas imágenes muy vívidas de Jacob y yo juntos. Hasta mi propia mente me ponía de las peores.
Mordí mi labio inferior con fuerza, hasta dejarlo roto y sangrándose; apreté mi labio con tres de mis cinco dedos hasta cortar la hemorragia. Dejé ahí mis tres dedos.
Evité llorar, no estaba de buenas para contestar las malditas preguntas de Edward. Sólo dejé de abrazarme las piernas sin motivo alguno y crucé, nuevamente, mis brazos sobre mi pecho.
Estaba cien por ciento segura que mí ahuecado corazón no quería sufrir más por un chico que hace más de cinco años murió… Pero él murió con su amor tatuado en mi piel y en mi corazón, y eso es lo que me afecta más.
Saqué mi IPhone –el cual Alice me lo había dado antes de que le pasara esa tragedia– y mis audífonos de mi bolsillo derecho del pantalón, conecté los audífonos al celular –me puse ambos audífonos en mis oídos, por supuesto– y seleccioné la primera canción de mi lista de reproducción: Hit The Lights de Selena Gómez (N/A: Jejeje, esa es la primera canción de mi lista de reproducción de mi Samsung :D) Me estaba empezando a gustar esa cantante. Tarareé bajito la canción.
–It's the boy you never told "I like you", it's the girl you let get away, it's the one you saw that day on the train, but you freaked out and walked away, it's the plain you wanna catch to Vegas, things you swear do before you'll die, it's the city of love that waits for you but you're damn scared to fly.
Escuché cómo alguien se reía. Edward. Le subí más el volumen a la música e ignoré esa risita. Seguí tarareando el último coro de la canción.
–Hit the Lights, let the music move you lose yourself tonight, come alive, let the moment take you lose control tonight, it's a mad, mad world gotta make an scape, It's a perfect world when you go all the way, hit the light, let the music move you lose yourself tonight.
–¿Qué te divierte tanto? –le pregunté cuando oí de nuevo su encantadora risita. Me saqué un audífono del oído y lo miré con rabia–. Hace unos… quince, veinte minutos me mirabas con odio y rencor, y ¿ahora te estás riendo? Y yo pensaba que Alice era la bipolar.
Le dije con cierta frialdad en mi tono de voz, mientras buscaba alguna canción –de las millones que tenía– de Adele.
Edward echó una risotada y lo único que pude pensar fue: "está loco". Volteé los ojos. Al final puse Someone Like You y volví a tararear bajito la canción. Volví escuchar otra risa. Una, dos, tres veces más escuché esa risa.
–¡Ya! Me harté –mascullé quitándome los audífonos, con más fuerza de la necesaria, del oído, tanto que lastimé mis pobres oídos–. Te doy mucha gracia, ¿no? –arqueé una ceja.
–No, no eres tú. Es tu forma de cantar. Me gusta.
Vi por el rabillo del ojo cómo se le formaba una pequeña sonrisa torcida, la que tanto me gustaba. Yo dejé mi rabia y mi mala cara a un lado y no pude evitar reírme junto a él. Qué vergüenza que alguien desconocido (Edward no es un tanto desconocido, pero igual) oyera mi horrorosa vos de canto.
–Canto horrible. No creo que yo te guste…
Me tapé la boca con mis dos manos cuando mis cuerdas vocales formaron una respuesta que no debieron formular, una traición. Mis mejillas se coloraron rojas como un tomate cuando Edward volvió a reírse. Éste hombre me quiere matar con sus adorables risas y sus bellas sonrisas.
–Quiero decir… es que yo no –volví a sonrojarme al escuchar su gloriosa risa–, ¡agh!
¿Por qué siempre me pasa esto? Me enredo con la lengua y me salen palabras que no debería decir. Las explicaciones no se me hacen tan bien, como por ejemplo en esta situación. Mis cuerdas vocales emitían esas palabras para hacerme quedar mal con éste hombre de ojos verdes.
Quité mis manos de la cara y miré de reojo al hombre de hermosas esmeraldas verdes que estaba a mi lado; riéndose, se estaba riendo. Sus ojos encontraron los míos y él sólo sonrió, eso provocó que me ruborizara AÚN más
–Tus sonrojos con adorables –masculló él sin dejar de sonreír.
–No digas eso –dije sonriéndole también, pero alejando mi vista de sus hermosos ojos.
No dijo nada más, sólo se quedó sonriendo mientras yo me ponía los audífonos y poniéndole play a la canción.
Las siguientes dos horas Edward y yo no las pasamos la mayoría de la tarde en su auto, escuchando música y hablando sobre las cosas de la vida (una que otra vez evitaba mirar directamente a sus ojos para no ruborizarme tanto, no me funcionó como lo esperaba).
Más o menos a un cuarto para las siete tuvimos que dejar el Volvo en un estacionamiento de Port Angels e ir a un café ya que nos estábamos muriendo del hambre. Y Charlie nada que aparecía con Alice.
Alice.
Volví a rezar por ella con el poco de amor que me quedaba en mi corazón, el noventa y ocho por ciento de mi corazón estaba inundado de tristeza por Jacob y el otro dos por ciento le quedaba el poco de amor que podía dar.
Alrededor de las siete y treinta volvimos al estacionamiento a buscar el Volvo de Edward.
Alrededor de las ocho mi padre llegó con Alice en el mismo lugar donde estábamos, donde pasó el trágico accidente de Alice. Mi amiga tenía una gran venda de algodón en la parte izquierda de su cabeza y tenía cosida la palma de su mano izquierda. Estaba triste por ella, a Alice no le tenía que pasar esto, es horrible, pero estaba más triste y preocupada cuando pasó el accidente.
A las nueve en punto –ni un minuto más ni un minuto menos– ya estaba en Forks, en la casa de los Cullen. Yo le había insistido a Edward que me llevara a mi casa ya que Renée estaría comiéndose las uñas de la preocupación de que yo no aparecía, pero Alice insistió en que me quedara otra noche más acompañándola, y ¿cómo negárselo? Mi amiga estuvo pasando por una situación difícil.
Apenas Alice llegó a su habitación se quedó dormida en su cama y aproveché el momento en que Edward me llevara a mi casa. Renée debe estar odiándome.
