Queridísimas lectoras! he vuelto. Siento haberme demorado tanto con la actualización, pero ya saben, las fechas me tragaron viva. Acá les cuento que hace un frío que ni se imaginan, especialmente por las noches. Pasé muy bien fin de año en la hacienda de mi cuñado. En fin, espero que ustedes también hayan tenido un año nuevo espectacular.

Hoy no voy a poder responder sus mensajes por falta de tiempo, el trabajo y la facu me tienen ocupadísima y, de hecho, ahora mismo estoy en un cyber así que mejor me apresuro. Para compensarlo, les traigo este capítulo megalargo de casi 50 páginas en word :) Espero que lo disfruten. Estamos cada vez más cerca de ver romancer entre Scorpius y Rose.

Infinitas gracias por sus reviews :) contestaré los próximos, lo prometo.

Capítulo XI

El vínculo

1.-

- ¡Vamos!- exclamó Fred, arrancándole el periódico a Louis. - ¿Qué dice el profeta?

Hugo carraspeó mientras tomaba varios waffles y luego les huntaba miel.

-Dice que estamos en la mismísima…

¡Hugo!- lo interrumpió Lily, molesta por el lenguaje inapropiado que su primo había estado a punto de utilizar en la mesa. Ese tipo de inmadureces la irritaban: había sitios en donde estaba bien utilizar las palabras que uno quisiera, pero el gran comedor no era ese lugar. Tras entornar los ojos para hacer público su descontento, miró a su primo Fred. – Dice que la televisión muggle es una ventana abierta a nuestro mundo.

-Solo pasan extensos reportajes de nuestras entradas, de cómo funcionamos, nuestra moneda, nuestras leyes, en fin. Estamos denudos. Incluso hay magos que están vendiendo videos desde el interior del Ministerio o de Gringotts.- dijo Louis.

-¿Desde cuándo los magos saben utilizar videocámaras?- preguntó Albus.

-No somos tan diferentes a los muggles: todo aprendemos si hay dinero de por medio.- dijo Lily.

Rose, por su parte, escuchaba lo que sus primos discutían pero a medias. Le interesaba lo que estaba sucediendo en el mundo mágico tras la revelación de Exus y estaba preocupada por ello; pero no podía tampoco dejar de pensar en los anillos. Ya no le cabía duda de que era gracias a ellos que podía ver lo que veía durante las noches, y por lo tanto, no podían ser sueños. Estaba claro que aquellos anillos debían ser una especie de fuente almacenadora de memorias, algo que le permitía a Rose revivir el pasado. Sin embargo, lo que veía cada noche era siempre tan desconcertante. La amistad, la confianza que veía entre Merlín y Morgana no había sido una invención suya: significaba entonces, que en verdad esa relación existió, que antes de ser enemigos, fueron todo lo contrario. ¿Por qué ninguna biografía ni escrito sobre la vida de Merlín mencionaba aquello? ¿Era acaso algo desconocido por todos? Pero si era así, si en verdad era algo que nadie sabía, entonces, ¿por qué Ásban les había enviado esos anillos? Él tenía que saber la verdad, y si la sabía, ¿por qué no la hacía pública? ¿lo consideraba, acaso, un dato intrascendente? Quizás, era probable que lo fuera. Después de todo, el que Merlín y Morgana hubiesen sido amigos no cambiaba el curso de la historia que todos conocían ya. Pero sí desmentía el mito de la bruja siempre enemiga, ambiciosa y de sangre fría que se había construido alrededor de la figura de Morgana. Rose consideraba que era importante que todos supieran que la asesina de Merlín alguna vez fue una chica inocente y de buenas intenciones. Eso era algo que debía saberse, aunque no tuviera mayor trascendencia.

Desde la mesa de Gryffindor vio a Scorpius ingresar al gran comedor y el corazón le dio un vuelco. Iba acompañado de Alexander y Megara, cuyo brazo parecía ya en perfectas condiciones gracias a los hechizos reparadores de Madame Pomfrey. Rose tragó saliva. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Decirle a Scorpius? Rose dudó: si aquellos anillos eran alguna pista para la segunda prueba, era evidente que no debía decirle nada; después de todo, él ya se reservó información importante alguna vez y era hora de que tuviera una cucharada de su propia medicina. Sin embargo, a Rose le había asaltado una idea que cada segundo se hacía más grande en su cabeza y la mareaba. Esa idea era en realidad el planteamiento de una posibilidad que jamás había considerado antes: ¿y si los anillos no eran una pista para la segunda prueba? ¿y si…no eran una pista, en lo absoluto?

Era una idea descabellada, por supuesto; pero tenía sentido. Aquello explicaría por qué los dos anillos estaban en su sobre, y no uno en el de Scorpius. También explicaría por qué nada de lo que había visto gracias a ellos tenía algo que ver con las otras pistas dadas por Ásban. Los sueños que hasta entonces había experimentado no se relacionaban en lo absoluto ni con la biografía de Merlín, ni con el mensaje que Merlín les había dejado en el sobre.

Pero entonces, ¿por qué esos anillos habían venido dentro de su sobre? Y lo que era aún más importante, ¿para qué? Rose estaba confundida, pero entendió que debía, fuese como fuese, obtener el anillo que le había dado a Scorpius; tenía que comprobar que el anillo que ahora tenía en su poder el slytherin hiciese lo mismo que el que ella usaba. Eran gemelos, pero eso no significaba que mostraran o produjeran lo mismo. No tenía otra opción: debía pedírselo.

Y su ánimo cayó al suelo tras aquella nefasta conclusión.

No quería hablar con Scorpius, mucho menos después de haberlo escuchado hablándole tan amenazadoramente a su primo. Como siempre, el slytherin había sido respetuoso, pero también había dejado bastante claro que dejaría de serlo si lo empujaban a ello. A Rose no le había gustado la forma en la que se dirigió a Albus tras el accidente de Megara, y le quedó claro una vez más que los prejuicios que los slytherins tenían con los gryffindors eran igual de fuertes que los que los gryffindors tenían con los slytherins. Francamente, Rose estaba harta de ser juzgada de forma tan dura; y también que sus primos, es decir, su familia, tuviese que soportar lo mismo.

Además, por supuesto, quería pasar el mayor tiempo posible lejos de Scorpius. Quería sacárselo de la cabeza, de sus pensamientos, y sobre todo, dejar de sentir admiración y respeto por él. Quería, al menos, que su corazón dejase de correr dentro de su pecho cada vez que el slytherin estuviese cerca. Quería muchas cosas, y para ello, necesitaba alejarse de él.

Estar cerca de Scorpius Malfoy era problemático.

Rose tomó un sorbo de jugo de naranja, algo deprimida ante la verdad que se asomó nítida frente a sus ojos. Le dolía, sí; le dolía ver su reflejo en los ojos metálicos del slytherin porque era, después de todo, un reflejo distorcionado de ella. La realidad era que Scorpius no la veía. No la veía en lo absoluto.

Aún así tenía que pedirle el anillo.

¿Cómo demonios haría eso?

2.-

Yo, Negro

El día había empezado para Scorpius con un sabor extrañamente amargo en los labios. Durante el desayuno no supo muy bien a qué se debía. Estaba tranquilo porque Megara estaba mejorando rápidamente gracias a los hechizos de Madame Pomfrey, y sin embargo, algo lo estaba haciendo sentir inusualmente incómodo, como si tuviera una pequeña astilla clavada en la piel; una espina. Y entonces, vio a Rose.

La vio fugazmente y casi por accidente. Había levantado la mirada de su mesa mientras se servía algo de leche y sus ojos metálicos chocaron contra la figura esbelta y el cabello rojo de Rose Weasley. La gryffindoriana desayunaba en silencio, pero todos sus primos la rodeaban y hablaban entre ellos. Su mirada no se detuvo en la pelirroja y regresó a su propia mesa, pero aquel pequeño encuentro visual fue suficiente como para entender que la espina que tenía atrevesada en la garganta tenía apellido de héroes de guerra. Weasley Granger. Rose.

Sí, era ella. Desde el día anterior en la enfermería no había podido sentirse del todo tranquilo. Al principio pensó que se debía solo a Megara, pero luego comprendió que había algo más: era la forma en la que Rose lo había mirado, con cierta decepción, al alejarse con su primo tras la discusión que sostuvo con Albus. Eran sus palabras, suaves pero contundentes: "No tiene caso", que retumbaban en su cabeza y lo hacían sentir extraño. ¿Por qué le importaba tanto? Tras pensarlo, supo que en el fondo, sí le importaba lo que Rose pensara de él. Después de todo, ella era su competencia. Quería demostrarles a todos en el colegio quién era Scorpius Malfoy, pero también quería demostrárselo a Rose, sobre todo a ella. Rose era la representación de todo lo que le recordaba el pasado de sus padres. Por supuesto que le importaba cerrar la boca rosada de Rose Weasley Granger. Claro que le importaba. Y tras aquella mirada que la pelirroja le había dedicado había decepción; y a Scorpius se le hacía insoportable.

Durante todo aquel tiempo, desde que la competencia inició, Rose lo había mirado con timidez y algo de candidez. Él siempre lograba intimidarla, y al final, la pelirroja lo veía incluso, con cierta admiración cuando en las clases se las arreglaba para vencerla en unos cuantos temas. Estaba acostumbrado a la mirada suave e infantil de Rose, casi inocente, que contrastaba con su lengua bastante larga e ingeniosa cuando se trataba de responderle. Pero a lo que no estaba acostumbrado era a la mirada que le había dado la tarde pasada en la enfermería.

¿Por qué lo había mirado así? ¿Por la forma en la que le habló a Albus? Scorpius había repasado mentalmente sus exactas palabras para con el moreno, y no le parecía que hubiese excedido los límites. Lo trató como lo tenía que tratar dadas las circunstancias. ¿Qué esperaba ella? Además, el que tuviera roces son su primo no significaba que la cordialidad que habían establecido entre ellos tras las sesiones en la oficina de Malone tenía que desaparecer. Scorpius no tenía nada contra Rose, por el momento. Incluso, había aceptado tras las sesiones de lectura que la gryffindoriana era, si se lo proponía, una compañía amena; también había corroborado que trabajaban muy bien juntos cuando hacían a un lado sus diferencias. Scorpius incluso había empezado a dudar acerca de la imagen que se había construido de Rose Weasley. Pensó que tal vez Alexander tenía razón, tal vez se había dejado llevar por la competencia y los prejuicios. Era verdad que Rose era una chica rectilínea y reprimida, escondida en su caparazón, pero era inteligente y, tenía que admitir que era la única capaz de hacerle competencia en todo Hogwarts.

Ya no la subestimaba, definitivamente se había dado cuenta de que Rose era a veces, impredecible. Nunca esperó, por ejemplo, que fuese capaz de tomar la decisión que tomó en la primera prueba. Eso, además de haberlo enojado, lo había desconcertado. Se dio cuenta ese mismo día que en realidad no sabía nada de Rose. Tampoco creía que ella misma supiera bien la clase de bruja que guardaba dentro. En el bosque, durante la clase de Control Mágico, Scorpius había quedado anonadado tras descubrir la habilidad de la gryffindoriana con el fuego. Era cierto que no lo sabía dominar y que a penas conseguía crear llamas débiles, pero con un correcto entrenamiento podría ser capaz de incendiar el bosque entero. Rose no era para nada predecible, como lo había imaginado. Era su competencia, y no podía seguir subestimándola si quería vencerla.

En todo caso, Scorpius reconocía ahora ciertas virtudes en Rose sin que esto cambiara el hecho de que no le agradaba como persona. Después de todo, había tomado una decisión que aún no aprobaba, y además, la había visto saliendo de la sala común de Hufflepuff, rompiendo las reglas que hipócritamente defendía con tanto ahínco.

Y sin embargo, al inicio de las clases el sinsabor en sus labios solo se intensificó.

En el aula de adivinación, el profesor Firenze lo unió con Rose para un trabajo en clase. Scorpius hizo algunas cosas que jamás hubiese hecho antes: por ejemplo, le dejó a la gryffindoriana una taza herbal sobre el escritorio, y además, colocó el termómetro muy cerca de ella para que pudiera cogerlo cuando quisiera sin tener que pedirlo. Incluso le permitió usar más de la mitad de la esencia de menta que ambos debían compartir. Claro que todas estos gestos fueron para Rose imperceptibles, pero Scorpius no pudo creer que no viese lo generoso que estaba siendo con ella. Para él, se trataba de lo más evidente, y al notar la frialdad con la que Rose lo trataba, sin siquiera mirarlo o dirigirle la más pequeña de las palabras, se puso de mal humor. Su mal genio se intensificó cuando la pelirroja logró ver formas en su taza herbal, formas que Firenze halagó profundamente, y él no logró ver nada. Odiaba adivinación. Era la clase más imprecisa y estúpida de todas.

Debido a su mal genio, las siguientes clases optó por ignorar a Rose de la misma forma en la que ella lo hacía con él. Se dijo a sí mismo que no debía importarle lo que la pelirroja pensara o creyera. Después de todo, era solo ella, Rose Weasley. Una chica que no le agradaba, con la que ni siquiera podía establecer una conversación interesante. De repente, al decirse eso, recordó que sí había podido establecer una conversación no solo interesante, sino inteligente, durante las sesiones de lectura, cuando por primera vez los dos dejaron a un lado los prejuicios y su rivalidad. Su argumento mental cayó al suelo.

Entonces lo admitió: sí, le importaba lo que pensara Rose Weasley. Increíblemente. Absurdamente.

Y eso, lo tuvo de pésimo humor durante casi toda la mañana.

3.-

Yo, Rojo

Después del almuerzo, Rose fue directo a la biblioteca para redactar una lista con puntos que encontrara convergentes entre el mensaje de Merlín y el libro de Ásban, todo con el fin de desentrañar alguna pista que le permitiera prepararse para la segunda prueba. Por supuesto, al ingresar a la biblioteca sus ojos azules encontraron los metálicos de Scorpius, quien estaba instalado ya en una de las mesas, seguramente haciendo lo mismo que ella pensaba hacer. Recordó que debía pedirle el anillo, pero su orgullo pudo más y siguió de largo, sin mirarlo, hacia la misma mesa que siempre ocupaba.

No, no quería hablarle.

Además, no había pensado cómo pedirle el anillo sin que sospechara o se negara. Lo cierto era que no había forma de hacerlo; la única manera era diciéndole la verdad y contándole todo sobre los sueños.

Y aquello era algo que ella no quería hacer.

De modo que se sentó y puso sobre la mesa algunos libros y un cuaderno de apuntes sobre el cual podría escribir y olvidarse de Scorpius Malfoy. Lamentablemente, hacerlo no le resultó tan fácil. Especialmente cuando, de reojo, vio al slytherin ponerse de pie y caminar hacia ella a paso decidido. Su corazón empezó a desbocarse nuevamente y su piel se erizó.

Maldición.

Scorpius empujó la silla que estaba frente a Rose y la volteó, sentándose informalmente y fijando sus ojos metálicos en la pelirroja. Ella lo miró con severidad, pero a él pareció importarle poco.

-¿Ya estableciste la relación entre el libro y el mensaje?- preguntó Scorpius en un tono algo ácido. Evidentemente, continuaba resentido por el trato que Rose le había dado. Y además, estaba molesto consigo mismo por no haber podido soportar sus ansias de acercarse. La había visto entrar a la biblioteca y la forma en la que lo ignoró solo intensificó su molestia.

-Creí que habíamos acordado trabajar por separado una vez que hubiésemos acabado la lectura.- dijo Rose con sequedad.

Para Scorpius, aquellas palabras fueron como una bofetada. Su orgullo se vio herido y tuvo que admitir que estaba haciendo el papel de tonto. Sí, ambos habían acordado aquello. Bajo otras circunstancias Scorpius no estaría allí, sentado, preguntándole algo que en realidad no le interesaba. En verdad, lo que le interesaba era saber por qué Rose lo había mirado como lo hizo en la enfermería y, sobre todo, saber por qué lo estaba ignorando. Eso le interesaba, pero no se lo preguntaría. Mucho menos ahora que la pelirroja lo había rechazado tan tajantemente. De inmediato buscó la forma de reivindicarse.

-Sí, eso acordamos.- le dijo con marcada irritación. – Pero pensé que ya que hemos ahorrado tanto tiempo, podríamos ahorrar más intercambiando percepciones.

Rose lo miró con incredulidad.

-Claro, porque eso es lo que me muero de ganas de hacer desde que descubrí que me engañaste en la primera prueba, cuando hicimos lo de intercambiar percepciones.- le dijo, ácidamente. – Fui ingenua una vez, Malfoy, pero no lo seré dos veces.

Scorpius soltó algo parecido a un gruñido y la miró con algo de enojo y frustración.

-Estoy haciendo un esfuerzo por mantener una conversación cordial contigo Weasley, como en la oficina de Malone, pero tú lo haces imposible.

-¿Y se puede saber por qué querrías mantener una conversación cordial con alguien como yo?- le preguntó Rose, escupiendo todo el veneno que tenía guardado. – Es decir, ya que soy un ser humano tan deplorable como lo has dejado en claro varias ocasiones…recuerda, gané la primera prueba por mandar a la hoguera a una niña; y que no se te olvide que soy la prima de Albus Potter, un psicópata potencial que disfruta de golpear mujeres.

-Scorpius se puso de pie bruscamente y la miró, esta vez, sin ninguna intención de esconder su enojo. Ella misma había sacado a relucir el tema de Albus; era ahora o nunca.

-Así que de eso se trata.- soltó, clavándole los ojos encima. – De tu primo.

-No.- dijo Rose, también poniéndose de pie. – Se trata de todo.

Scorpius agudizó su mirada.

-¿Cómo esperabas que reaccionara ante tu primo después de lo que le hizo a Megara?

-No lo sé.- dijo Rose, furiosa.- Tal vez esperé que lo escuchaces, que tus amigos lo escucharan; esperé, que ya que ustedes siempre se llenan la boca diciendo que son víctimas de los prejuicios gryffindorianos, no hicieran lo mismo que tanto critican. Evidentemente, esperé demasiado.

Rose recogió sus libros y sus cuadernos de forma torpe y caminó hacia la salida de la biblioteca. Scorpius la siguió, casi corriendo tras ella y confundido porque no sabía por qué estaba siguiéndola. Pronto la alcanzó y la tomó del brazo, forzánndola a voltear. Los libros y el cuaderno de Rose cayeron al piso, haciendo eco en la biblioteca vacía.

-Rob Finnigan felicitó a tu primo como si hubiese sido algo planeado, ¿qué otra cosa podíamos creer?- dijo Scorpius, poseído por un impulso de justificarse.

Rose trató de liberar su brazo de la mano de Scorpius, pero no pudo.

-¡¿Rob Finnigan? ¿Hablas en serio?- exclamó ella, ofendida. - ¿En verdad crees todo lo que ese tipejo tenga por decir? ¿En realidad tiene su palabra tanta credibilidad?

Scorpius, por primera vez en su vida, se quedó sin palabras. Rose logró soltarse de él y lo miró con profundo disgusto.

-Eres exactamente igual a los que criticas. Estás lleno de prejuicios y ni siquiera fuiste capaz de darle una oportunidad a Albus.- dijo Rose, alterada. - ¡Por Merlín! ¡Él solo quería disculparse y ninguno de ustedes lo dejó! ¿Qué clase de persona agrede a otra apropósito y luego se acerca a pedir perdón? Incluso por lógica debieron haber entendido que no se trató de otra cosa que un accidente.

Scorpius se pasó una mano por la cabeza y guardó silencio. Las ideas dentro de su mente se atropellaban las unas a las otras. Todo era demasiado confuso. Era la primera vez que se daba cuenta de que actuaba igual que aquellos que detestaba, y eso le produjo escalofríos; no quería ser como Rob Finnigan, no quería ser esa clase de persona. Y Rose Weasley se lo estaba haciendo ver. ¿Había algo más patético que eso?

Rose suspiró, agotada, y meneando la cabeza se agachó al suelo para recoger sus libros. Scorpius, aún aturdido y disgustado, se inclinó también para ayudarla.

-Déjalo así Malfoy.- dijo Rose.- No importa.

-Sí importa.- dijo Scorpius, su voz tenía la aspereza de un ladrillo. – Me importa.

Rose fijó sus ojos azules en los de él con incomprensión. Scorpius le entregó el último libro que yacía en el suelo y se puso de pie al mismo tiempo que ella lo hizo. Hubo un silencio de algunos segundos. Scorpius la miró directamente a los ojos, enfrentándola.

-Voy a ser honesto contigo, Rose.- dijo el slytherin con incomodidad pero sin abandonar la firmeza que lo caracterizaba. – No me he sentido bien desde esa tarde en la enfermería. Al principio, pensé que tenía que ver con la forma en la que me miraste, pero ahora sé que es porque actué justo como odio que otros actúen; porque vi mi reflejo en la forma en la que me miraste, y no me gustó.

Rose frunció el ceño. Sí, ella sabía bien lo que era eso. Scorpius continuaba mirándola, por primera vez, abriéndose con ella.

-No soy así.- dijo el slytherin. – Es irónico, pero de alguna forma, tus sermones siempre terminan afectándome.

Rose tragó saliva y se sonrojó sutilmente.

-No quise sermonearte.- le dijo.

-Claro que quisiste. Te encanta sermonear.- dijo Scorpius, deshaciéndose de su mal humor, pero sin demostrarlo demasiado. Luego carraspeó. – Solo quiero que sepas con quién estás compitiendo. Y puedo ser muchas cosas pero no soy como Rob Finnigan. Nunca lo seré. Mi comportamiento con Albus fue inapropiado. Hablaré con él.

Rose lo miró sorprendida y pestañeó varias veces. Entre abrió los labios, como si estuviese a punto de decir algo, pero prefirió callar. No había nada qué decir. Se llevó un rizo suelto tras la oreja y asintió.

-Me parece bien, si quieres hacerlo.

-Quiero.- afirmó Scorpius, convencido. No sería jamás como los gryffindors que tanto detestaba, esos que lo juzgaban por el pasado de su padre sin siquiera darle una oportunidad. No tenía la menor idea de cómo lograría dirigirle la palabra a Albus Potter, pero al menos lo intentaría.

Rose no creyó ser capaz de continuar sosteniéndole la mirada y por eso dio media vuelta y caminó hacia la salida de la biblioteca. Su corazón le latía en el centro de la garganta y una sensación tibia la estremecía por dentro. Todavía podía sentir una especie de ardor en el lugar exacto en donde Scorpius la había agarrado. Justo cuando estuvo a punto de salir, la voz del slytherin la detuvo por unos segundos.

-Rose.- le dijo, y su voz hizo eco en la biblioteca. – Ya no me interesa pelear contigo, nunca más.

La gryffindoriana le dedicó una mirada transparente y esbozó una ligera sonrisa. No hizo ninguna otra cosa ni dijo nada antes de desaparecer por la puerta, porque quería, ante todo, alejarse del rubio cuanto antes y dejar de sentir esa tibieza, esa insoportable atracción.

Quería, en definitiva, desaparecer.

4.-

Roxanne se encontraba sentada bajo en árbol en las afueras de Hogwarts leyendo un libro. Quería relajarse un poco de los estudios obligatorios y la situación en la que se había metido al aceptar ayudar a Lysander a meterse a la habitación de Ben. Por más que trataba de no pensar en ello, no podía dejar de sentir que en el momento en el que ella y Dominique distrajeran a Ben para que Lysander pudiera revisar sus cosas, ella habría dado un paso sobre la línea de respeto que existe entre cualquier amistad, rompiendo inminentemente la suya con Ben. Y no es que ella y el castaño de cabello rizado fuesen amigos inseparables ni mucho menos, pero sí eran amigos, no tan cercanos, pero amigos al fin y al cabo.

Roxanne suspiró. Aunque se sintiera mal por ello, no daría un solo pasa atrás. Lucy era más importante que cualquier cosa y siempre lo sería. La familia iba por encima de todo, era así como había crecido; junto a sus primos, apoyándose en las buenas y en las malas. Y si bien era cierto que quizás este asunto no era su problema y que estaba siendo lo que muchos llamaban "entrometida", ¡Qué diablos! Así eran los Weasley's: totales y completos entrometidos. Pero lo hacían porque se querían los unos a los otros. Y Roxanne estaba dispuesta a hacer lo que fuera por uno de los suyos. Lo que fuera.

- ¿Leyendo ciencia ficción?- dijo Lysander, quitándole el libro de entre las manos sentándose junto a ella en el césped. – Creí que solo te gustaban esas aburridas novelas rosa.

Roxanne le dedicó una mirada de profunda molestia.

- Ve a molestar a otra, Lysander.- dijo Roxanne, arrebatándole el libro de vuelta.

- Tranquila, chocolate.- le dijo el rubio, acariciándole rápidamente la mejilla.- Vine para decirte que esta noche lo es todo. Tú y Dominique tienen que arreglárselas para distraer a Ben y a sus dos compañeros de cuarto abajo en la sala común, mientras tanto, yo entraré a su habitación y revisaré esas cartas.

Roxanne asintió en silencio. Lysander la miró durante algunos segundos, como intentando leerla.

- ¿No te estarás echando para atrás?- le preguntó.

Roxanne fijó sus ojos achocolatados en los celestes de Lysander con decisión.

- Nunca.- le afirmó. – Es solo que, bueno, digamos que no es algo de lo que me siento orgullosa.

Lysander se pasó una mano por el cabello rubio, echándolo hacia atrás.

- A veces hay que hacer lo que hay que hacer.- dijo sin pensarlo demasiado.

Roxanne levantó una ceja.

- No entiendo.- le dijo, mirándolo con curiosidad. – Es decir, yo lo hago porque Lucy es mi prima. Pero, ¿y tú? ¿Por qué estás ayudádonos a todos en esta tarea de espionaje Weasley?

Lysander clavó sus ojos celestes en los de la morena y sonrió. Sus dientes eran perfectamente blancos y en las comisuras de sus labios se formaban pequeños hoyuelos.

- Creí que era bastante obvio, Roxanne.- dijo el rubio, mientras se ponía de pie, sacudiéndose el uniforme.- Porque pretendo convertirme en un Weasley cuando me case contigo.

Tras decir aquello, Lysander le guiñó un ojo a Roxanne de forma juguetona y caminó de regreso hacia el castillo. La mulata lo miró alejarse con la boca semiabierta y desconcertada. Jamás entendería a Lysander. ¿Por qué nunca se limitaba a responderle directamente y sin subterfugios?

Además, era obvio que bromeaba. ¿O no?

5.-

- No, realmente no hay nada peor que estar enamorada de un chico y saber que él en realidad muere por otra.- le dijo Nadja a Nina. No muy lejos de ella, Rose se había sentado a escribir en su cuaderno, organizando ideas para la segunda prueba. La sala común no estaba tan llena, pero la voz de Nadja valía por mil.

- Eso debe ser muy feo.- dijo Nina, inocentemente. Las dos ojeaban una revista.

- O que ese chico, además de estar enamorado de otra, ni siquiera te preste la menor atención. En otras palabras, que seas invisible para él.- dijo Nadja, y luego fijó sus ojos amarillos en Rose. – Rosie, ¿te ha pasado eso alguna vez?

Rose sintió un retorcijón en su estómago, pero se las arregló para ocultarlo y sin mirar a Nadja, respondió:

-No, nunca me he enamorado.- dijo la pelirroja, concentrada en su cuaderno.

-¿Cómo?- preguntó Nadja.- ¿Y Vladimir?

Rose pareció fastidiada.

-Valdimir y yo ni siquiera fuimos novios. Salimos una vez y ya.

-¿Pero te enamoraste de él?- preguntó Nadja, entrometida.

Rose suspiró, cansinamente.

-Nadja, uno no se enamora de alguien tan fácilmente. Tienes que conocer a esa persona y compartir cosas. El amor es algo mucho más complicado que una simple atracción.

-Entonces, te atraía él, ¿no?- insistió la rubia.

-Por Merlín, Nadja, déjala en paz.- dijo Nina, avergonzada por la actitud de su amiga.

Rose levantó la mirada de su cuaderno y la fijó en la rubia gryffindoriana.

-No. Vladimir era solo un amigo. Es, solo un amigo.- le dijo, evidentemente irritada. – Hay otras cosas que me preocupan más que tener novios.

Nadja levantó una ceja.

-Vamos Rose, no te enojes.- le dijo.- Pero el amor es algo involuntario, no se manda en él. Y en todo caso, tampoco sentir atracción por alguien. Ya sabes como es.- Nadja se puso de pie y empezó a caminar como si estuviera en el aire.- Empiezas por fijarte en pequeños detalles, como en las facciones del rostro de esa persona…

Desde su asiento, Rose se sonrojó imperceptiblemente; recordó cómo en varias ocasiones se había sorprendido a sí misma observando los rasgos faciales monstruosamente perfectos de Scorpius.

-Luego,- continuó Nadja. – Tu corazón empieza a acelerarse cada vez que esa persona está cerca. Es como si todos tus sentidos se despertaran a la vez y corrieran a mil, uff una locura.- dijo la rubia, sonriendo y mirando a un punto vacío. – Después, reconoces su voz de entre todas las otras voces, aunque esté el mundo entero hablando lograrías identificar la de esa persona especial.

-Olvidas la admiración.- dijo Nina, tímidamente. – Cuando respetas a esa persona por lo que es, y lo que hace, y lo que piensa.

Rose se sentía más incómoda con cada palabra pronunciada, pero intentaba ocultarlo y mantenerse indiferente.

-Oh no,- dijo Nadja. – No, no; eso ya no es atracción, eso es el primer síntoma de un enamoramiento. Y un enamoramiento es mucho más profundo que una simple atracción.

Para la pelirroja, aquello fue la gota que derramó el vaso.

Rose cerró su cuaderno y tomó sus libros. En cuestión de segundos estuvo subiendo escaleras arriba hacia su habitación, dejando a Nadja y a Nina boquiabiertas.

-¡La espantaste!- dijo Nina reprobatoriamente a su amiga.

Nadja estuvo a punto de contestar, pero la repentina aparición de Albus desconcentró a las dos amigas. Los ojos verdes del moreno se fijaron en ellas y sonrió. Las dos le devolvieron la sonrisa a la vez, torpemente.

-¿Han visto a Lily?- les preguntó el moreno.

-¡Sí!- soltaron las dos, al unísono. Luego, avergonzadas, guardaron silencio durante algunos segundos. Nadja se apresuró a contestar: - Salió hace unos quince minutos.

-Gracias, nos vemos.- dijo Albus, dirigiéndose nuevamente hacia la salida de la sala común.

Albus había estado buscando a Lily durante más de media hora para discutir con ella sobre nuevas tácticas de quidditch. Su próximo partido sería contra Ravenclaw, y si querían tener una oportunidad para ganar el campeonato debían derrotara los azules costase lo que les costase.

Sumergido en estos pensamientos avanzó por un pasillo largo a paso rápido, y solo se detuvo cuando una voz pronunciando su apellido con sequedad lo hizo detenerse abruptamente.

-Potter.

Albus se volteó y, con sorpresa, vio a Scorpius Malfoy a unos metros de él. Sus ojos verdes se fijaron en los metálicos del slytherin y hubo un silencio sepulcral que se extendió a lo largo del pasillo. Ninguno de los dos dijo nada durante varios segundos. Albus parecía a la expectativa y sin intención alguna de hablar, de modo que Scorpius se forzó a sí mismo a hacerlo:

-Bien, te escucho.- le dijo el rubio, cruzándose de brazos.

Albus lo miró con incomprensión y algo de hastío.

-¿Qué?- le preguntó.

Scorpius dio un respingo.

-Estoy aquí porque quiero escuchar tu versión de lo sucedido con Megara.- le dijo, de mal humor. – Y no tengo mucho tiempo, así que mejor empieza de una vez.

Albus soltó una risa corta y sarcástica.

-Sin ofender, Malfoy, pero no te debo ningún tipo de explicación.- dijo el moreno. – A quien se la debo es a Zabini, y ella no quiere escucharme. Además, ya dije todo lo que tenía que decir ese día en la enfermería. Fue un accidente.

Scorpius agudizó su mirada.

-Disculpa si me resulta imposible de creer.- le dijo en un tono de excepticismo.

-Que los de tu casa me crean o no, no me quita el sueño.- dijo el moreno. – Así que, si no te importa, voy a seguir con mi camino.

-Bien.- dijo Scorpius, evidentemente molesto. Dio media vuelta y se alejó unos cuantos pasos, pero entonces, volteó una vez más. – Y dile a tu prima que lo intenté.

Albus miró a Scorpius con confusión. El rubio entornó los ojos.

-Claro, olvidé que ustedes los Weasley son la mitad de la población de Hogwarts.- dijo el slytherin. – Me refiero a la única de tus primas que tiene la facultad de darme dolor de cabeza: Rose.

Y con esto, el rubio se alejó a paso decidido, dejando a Albus completamente desconcertado.

6.-

En la noche, después de la cena, Roxanne interceptó a Dominique justo antes de ingresar a la sala común. Tenían instrucciones específicas de Lysander de entretener a Ben y a sus dos compañeros de cuarto hasta que el rubio bajara las escaleras que correspondían a los dormitorios de los hombres con el pretexto de recoger un libro olvidado en la mesa. Esa sería la señal. Roxanne le explicó todo a Dominique y la rubia escuchó, tensa y nerviosa.

-¿Me recuerdas por qué estamos haciendo esto?- preguntó Dominique.

-Por Lucy.- le recordó Roxanne. – Y porque Hugo nos matará si no obtenemos información esta misma noche.

-¿Quién hizo a Hugo el líder?

-Siempre lo es.- dijo Roxanne. – Hugo siempre es el líder cuando se trata de espionaje Weasley.

Las dos primas respiraron profundamente y caminaron hacia la entrada de su sala común. Roxanne iba a la cabeza. Tan pronto dijeron la contraseña, el cuadro se abrió y les dejó el paso libre. Las dos caminaron y cruzaron un pasillo corto que las llevó a la cálida sala común de Ravenclaw. En ella, varios ravenclaws conversaban antes de ir a dormir; algunos estaban en los sillones, otros en los muebles, y había unos cuantos rodeando la mesa, todos de distintas edades. Roxanne identificó a Ben y a sus dos compañeros de cuarto junto a la fogata. Hablaban animadamente frente al tablero de ajedrez. Siempre solían jugar una partida antes de ir a acostarse, era una costumbre, por eso supo que allí los encontraría aquella noche.

Roxanne respiró profundamente: era hora de actuar.

-Sígueme la corriente.- le dijo a Dominique, y se encaminó hacia Ben y los demás.

Los amigos de Ben le hicieron señas, haciéndole caer en cuenta que las Weasleys se estaban acercando. En el rostro del castaño se dibujó una sonrisa sincera.

-Roxanne, Dominique.- les dijo, saludándolas. – Llegan tarde, acabo de derrotar a Axel en ajedrez.

Axel, un joven de ojos pardos, se pasó una mano por la nuca, avergonzado.

-Ahora nos vamos a dormir.- dijo Ben, desperezándose.- Pueden jugar si quieren.- les dijo a las Weasleys.

Dominique estuvo a punto de entrar en pánico, pero Roxanne se cruzó de brazos, asombrosamente tranquila y levantó una ceja.

-¿A dormir? Eres un bebé, Ben.- le dijo la mulata. – Es temprano, además, vine justamente a retarte.

Ben rió y sus amigos también lo hicieron.

-¿Retarme? – le preguntó el castaño. – Hoy no, Roxy. Mañana tenemos lección con Malone.- dijo, mirando a sus amigos. – Queremos descansar.

-Tranquilo, entiendo.- dijo Roxanne, sentándose frente al tablero. – Es decir, si yo fuera tú, también me negaría a jugar conmigo. Después de todo, te he ganado tantas veces que la posibilidad de perder otra vez, y frente a tus amigos, debe ser muy humillante.

Los amigos de Ben rieron sonoramente y le dieron varios golpes en la espalda al castaño. Roxanne sabía muy bien lo que hacía: si había algo a lo que ningún hombre podía negarse era a un reto, mucho menos cuando al proponérselo estaban presentes sus amigos; mucho menos cuando quien lo retaba era una chica.

Dominique pareció tranquilizarse y se sentó junto a su prima, sonriendo. Muy bajo le susurró al oído:

-Roxanne, eres un genio.

Ben guardó silencio durante algunos segundos mientras miraba a Roxanne son una sonrisa competitiva en sus labios. Poco después, asintió.

-Bien, Roxanne: juguemos.- le dijo el castaño. – Y veremos quién queda humillado esta vez.

7.-

Tras quedarse en la sala común de Slytherin con Megara, Lorcan y Alexander hasta las 12 de la noche, Scorpius decidió ir a su habitación y descansar para así estar listo para las clases del día siguiente, en las cuales pensaba redimirse por su fracaso en adivinación. Tenía que ser el mejor frente a los profesores; no podía permitirse ninguna falla, después de todo, ellos estaban informándoles a los de la Orden su desempeño diario. Cada paso contaba.

Alexander decidió ir a dormir también, pues al día siguiente planeaba crear una nueva estrategia para el equipo de quidditch. De modo que los dos subieron las escaleras juntos hacia el área de los dormitorios.

-El brazo de Megara estará bien en dos días más.- dijo Alexander, sonriendo. – Por un momento creí que debería seleccionar a otra buscadora.

Scorpius soltó aire de forma cansada mientras se pasaba una mano por el cabello rubio, despeinándolo. Su corbata estaba desarreglada y parte de su camisa blanca brotaba de su pantalón.

-Necesito que Megara acepte ser mi novia lo más pronto posible.- dijo el slytherin. – He sido bastante paciente, pero la abstinencia no es lo mío.

Alexander rió.

-Sí, la verdad me siento orgulloso de ti.- le dijo, dándole dos palmadas en la espalda.- No puedo creer que hayas durado tanto.

Scorpius lo miró ácidamente.

-Me está matando.- dijo el rubio, mal humorado.

-Te entiendo. Es decir, no te entiendo tanto, pero lo imagino.- dijo Alexander mientras se detenía en la puerta de su dormitorio. – Si ayer no hubiese estado con Doris Summers…

-¿Doris Summers?- preguntó Scorpius. – ¿No fue ella novia de Rob Finnigan?

Alexander sonrió ampliamente.

-Todavía lo es.- le aclaró. – Y por eso, tuvo un sabor deliciosamente especial.

Scorpius sonrió y meneó la cabeza mientras continuaba caminando hacia su habitación. No pretendía sermonear a su amigo; estaba de muy buen humor como para hacerlo. Las cosas con Rose se habían arreglado y Megara había aceptado pasar navidad en la mansión Malfoy. Antes de entrar a su habitación, Alexander le gritó:

-No me juzgues, que si mal no recuerdo hace unos pocos meses eras igual o peor que yo.

-Pero me aburrí. Y tú también te aburrirás, Nott.- le dijo Scorpius, mientras abría la puerta de su habitación personal de prefecto.

-No creo que me pueda aburrir nunca de eso.- dijo Alexander, como para sí mismo, cerrando la puerta del cuarto tras él.

Cuando Scorpius estuvo en su habitación hizo varias cosas: tomó un baño rápido, ordenó unos cuantos libros sobre su escritorio, tiró al tacho unas revistas que Megara le había recomendado y que él consideraba infinitamente aburridas, pero que igual había leído solo para complacerla, y finalmente, se dispuso a acostarse. Justo cuando estaba a punto de hacerlo, vio el anillo plateado sobre su velador y lo tomó mientras se dejaba caer sobre la cama. Lo observó durante algunos minutos, pensando en cómo podría relacionar aquellas inscripciones de lengua antigua con las pistas ya recibidas, y pensando en ello se quedó profundamente dormido.

No se percató en lo absoluto que el anillo de plata se había deslizado hasta la mitad de su dedo y, ligeramente, empezaba a centellear.

Sueño # 3

Rose se vio en un pasillo del castillo de Camelot, de inmediato reconoció las paredes de bloques grises y los grandes ventanales por donde penetraba ligera la luz del sol. Sí, estaba otra vez en el mundo de Merlín, y por alguna extraña razón no parecía tan nerviosa como las veces anteriores. Se había quedado hasta tarde tras analizar las pistas de la segunda prueba en su habitación, y luego, se había colocado el anillo y acostado casi con impaciencia, como si deseara dormir y aparecer allí, en Camelot. Rose no podía negar que estaba intrigada por la vida de Merlín, y también por Morgana. No veía en ella la amenaza ni la terrible mujer de la cual los libros de historia hablaban. ¿Cómo podía un ser que parecía ser amable, inocente y de buen corazón, transformarse en todo lo opuesto? Rose no podía comprenderlo, y por eso sabía que tenía que seguir siendo espectadora de la vida de Merlín. Tenía que hacerlo para saber la verdad.

Pero por el pasillo no pasaba nadie. Rose se volteó y dio dos pasos, buscando con interés la aparición de alguna persona.

Y sí, alguien apareció; pero no era quien esperaba.

La pelirroja dio un salto y chocó contra una armadura que, sin embargo, a penas se movió. Sus ojos azules recorrieron el cuerpo, el cabello y el rostro que poco a poco iban haciéndose visibles. Parpadeó varias veces y se llevó una mano a los labios. También contuvo la respiración.

Scorpius elevó su mano derecha frente a él, mirándola materializarse y pasar de ser un borrón extraño a obtener una forma natural y nítida. Luego, una vez que se percató de que todo su cuerpo estaba fijo en aquel espacio concreto, elevó sus ojos grises hacia el techo, las paredes, las ventanas. Recorrió con la mirada el lugar, extrañado, pero sin nerviosismo ni sobresalto alguno; parecía, en realidad, saber exactamente lo que hacía. Scorpius tenía esa facultad: parecía saberlo todo.

Sin embargo, un pequeño destello en sus ojos metálicos le develaron a Rose la realidad: no tenía la menor idea de lo que estaba sucediendo y, probablemente, creía que era un sueño. La gryffindoriana no salía aún de su estupor; miles de ideas cruzaron por su cabeza a una velocidad indescriptible. Tal vez fue por eso -por la sorpresa y la confusión-, que no pudo esconder su sobresalto:

-¿Dormiste con el anillo?- le preguntó la pelirroja con la voz agitada y como reclamándole.

Fue entonces cuando Scorpius clavó sus ojos en ella percatándose de su presencia por primera vez desde que apareció en el castillo. Rose sintió una corriente recorrerle la espalda, pero la ignoró. Scorpius la miró en silencio durante algunos segundos. Analizaba el rostro de Rose, blanco, casi pálido, acompañado por unos ojos azules grandes que lo miraban con algo de enojo y unos rizos que caían a los lados, descontrolados. La veía como si en realidad no la viera. Rose estaba acostumbrada a ello, pero aún así lo odiaba.

-¿Dijiste algo?- le preguntó Scorpius, desatento.

Rose respiró profundo y se llevó una mano a la frente.

-¡Dormiste con el anillo! ¡Sé que lo hiciste!- exclamó, frustrada.- Es la única explicación. Es la única forma en la que puedes estar aquí.

Scorpius pareció no escucharla y caminó hacia ella, acercándose demasiado. Rose retrocedió instintivamente y se sonrojó con violencia. Sus ojos azules lo miraron con nerviosismo e incomprensión, pero a él no le importó. Scorpius se detuvo lo suficientemente cerca como para ver las pocas pecas en el rostro de Rose y la dedicó una mirada distante, como de quien observa a un pez nadando en círculos dentro de una pecera.

-Qué extraño.- dijo el slytherin en voz alta.- Mis sueños no suelen ser así.- guardó silencio un segundo y con su mano derecha tomó un rizo de Rose para colocarlo con rapidez detrás de la oreja de la gryffindoriana, tal y como ella lo hacía siempre.- Además, yo nunca sueño contigo.

Rose, quien de por sí ya se sentía bastante incómoda con la cercanía y con que el slytherin la hubiese tocado, se apartó de él rápidamente y lo miró con severidad.

-Escucha.- le dijo en un tono firme.- Va a sonar una locura lo que te voy a decir, y probablemente no lo entiendas del todo ahora pero, es mejor que lo sepas de una vez ya que dormiste con el anillo y ahora sé que los dos hacen lo mismo. – Rose tomó aire y proseguió: - Esto no es un sueño.

Scorpius esbozó una media sonrisa y luego volvió a recorrer el lugar con la mirada.

-Weasley, hablas demasiado.- dijo con cierto fastidio. – Debí soñarte muda.

Rose entornó los ojos y soltó un pequeño gruñido de frustración.

-No, Malfoy, esto no es un sueño.

Scorpius miró por una de las ventanas y frunció el ceño.

-¿Qué es este lugar? - soltó casi para sí mismo.

-Camelot.- le dijo Rose, cruzándose de brazos. – Estamos en Camelot.

Scorpius pareció comprender de repente, y Rose tuvo una leve esperanza de que hubiese entendido que no se trataba de un sueño.

-La competencia me está afectando.- dijo el rubio finalmente. – Camelot y tú en un mismo sueño es demasiado.

Rose empezó a exasperarse. Justo cuando estuvo a punto de explicarle a Scorpius más detalladamente lo que estaba sucediendo, por el inicio del pasillo apareció Morgana. Rose la vio caminar junto a Guinevere; parecían charlar tranquilamente. La pelirroja entró en desesperación: no podía perderse de nada de lo que sucediera, simplemente no podía. Scorpius en ese momento era una carga; debía, al menos, hacer que no fuese un estorbo.

Rose clavó sus ojos azules en Scorpius quien miraba a Morgana y a Guinevere desde la distancia con cierto interés. Él no sabía quienes eran ellas: solo Rose había visto el cuadro de Morgana. No había forma en que el rubio la reconociera.

Scorpius se sorprendió cuando sintió un empujón que lo hizo desestabilizarse un poco y pegarse de espalda contra la pared. Tardó unos segundos en ver que Rose tenía la mano derecha sobre su pecho y lo miraba con cierto grado de amenaza; una expresión que jamás había visto antes en ella.

-Mira, Malfoy.- le dijo en un tono autoritario. – En este momento vas a hacer lo que yo te diga. No tengo tiempo para explicarte, así que solo sígueme; en el camino, te pondré al día de lo que está sucediendo. ¿Estamos?

Scorpius la miró algo impresionado por la reacción, pero no tuvo tiempo de salir de esa impresión: Rose se alejó de él y caminó hacia las dos jóvenes que mantenían una charla a poca distancia de donde ellos habían estado. Scorpius siguió a la pelirroja algo malhumorado. Aquel sueño estaba empezando a molestarlo.

Rose se detuvo a una distancia prudencial de Morgana y Guinevere, y escuchó.

-Te dije todo lo que sé de los druidas.- dijo Guinevere. Tenía el cabello rizado y achocolatado recogido en una trenza y adornado con unas cuantas flores. – Ellos son nómadas porque muchos los buscan. No sé de sus intenciones, solo sé que…tienen magia, y bueno, he sabido que han destruido ciertas aldeas, pero también dicen que han curado a algunos hombres. No sé. Ya sabes lo que dicen…

-Sí, sé lo que dicen.- dijo Morgana con una expresión de temor y la mirada perdida en un vacío. – Que la magia es mala…que pervierte y endurece el corazón de los hombres.

Guinevere miró a Morgana con curiosidad y preocupación. Scorpius observaba todo en un silencio absoluto y atento, igual que Rose.

-¿Sucede algo, Morgana?- preguntó la morena. – Te noto cansada y…

-Estoy bien.- se apresuró a responder ella, con nerviosismo. – No es nada..

-¿Ya no has tenido más pesadillas?

-No.- mintió Morgana. Su rostro había empalidecido repentinamente. Parecía duro y de marfil; muerto.

Rose miró a Scorpius y notó que sus ojos metálicos estaban clavados en la figura de Morgana con sospecha. Era evidente que el rubio había escuchado a Guinevere llamar a la bruja por su nombre, y quizás estaba empezando a identificar la situación.

Un caballero dobló la esquina he hizo una reverencia frente a Guinevere y Morgana.

-El rey requiere se su presencia en el salón.- dijo en voz alta, mirando a Morgana.

Las dos jóvenes intercambiaron miradas inquietas y luego se encaminaron hacia unas escaleras laterales. Rose se apresuró a seguirlas y Scorpius la siguió sin pronunciar palabra alguna. Si la pelirroja se hubiese dado tiempo para observar detenidamente al slytherin, se habría dado cuenta de que sus ojos metálicos se contaminaban con el negro de sus pupilas lentamente mientras iba comprendiéndolo todo. Su humor también se ennegrecía, poco a poco.

Morgana, seguida por Guinevere, llegó frente a dos grandes puertas custodiadas por dos guardias de Camelot. Ellos se inclinaron en señal de respeto hacia las jóvenes y luego abrieron las puertas, dándoles paso. Rose y Scorpius se apresuraron tras ellas, y entraron.

Adentro, un hombre maduro, alto y algo fornido, de cabello canoso, ojos celestes y cuya cabeza llevaba una corona real, estaba sentado en un trono. A su lado, de pie y apoyado en una columna estaba Arturo. No parecía contento.

Los ojos metálicos de Scorpius se detuvieron petrificados en el joven que había visto en el cuadro de la Orden, Merlín, quien permanecía sereno en una esquina cerca de Arturo y a la vez, casi invisible, oculto en las sombras, como otro sirviente más. El slytherin sintió que el mundo temblaba bajo sus pies y no logró apartar su mirada de él, ni tampoco tomar el control de sus pies, quienes empezaron a avanzar solos hacia la figura juvenil del mago más importante de todos los tiempos. Rose lo notó, pero no supo qué hacer, de modo que permaneció quieta en su lugar, lanzando miradas por todas partes, tratando de no perderle la pista a los sucesos y a la vez, a Scorpius.

De repente, Uther se puso de pie. Su porte era firme, poderoso, intimidante y su mirada como una enredadera que se posó en Morgana de forma agresiva.

-Imagino que sabes por qué te he llamado.- dijo el rey. Su voz era dura y ronca. – Morgana.

Morgana se mantuvo en su sitio y su rostro permaneció sereno, mas sus ojos parecían estar al borde de las lágrimas.

-No, no lo sé.

Y entonces Uther dio un golpe fuerte a puño cerrado sobre la mesa larga que ocupaba el centro del salón. Morgana tembló, cerró los ojos y tragó saliva. Rose sentía el corazón en la garganta.

-¡No estoy para tus juegos, niña insolente!- gritó Uther, fuera de sí. Morgana abrió los ojos, aterrada, y tensó todo su cuerpo.

Merlín, quien hasta entonces había permanecido en la esquina, inamovible, dio dos pasos hacia delante. Sus ojos azules estaban fijos en Morgana y ella, entre el miedo los gritos, los encontró al fondo del salón, reconfortándola, dándole fuerzas. Rose jamás había visto a dos personas comunicarse con la mirada de forma tan clara, tan efectiva, como lo hacían ellos.

Scorpius, a unos pocos metros de Merlín, dirigió su mirada hacia Morgana y percibió una conexión profunda, insondable, que lo descolocó al instante.

Uther se llevó los dedos el ceño y se lo apretó, tratando de tranquilizarse.

-No me gusta que me mientan.- dijo en un tono suave, esta vez, como arrepentido de su explosión anterior. – Tú eras quien cuidaba de ese niño. Y luego, justo cuando se descubre que tiene magia, él desaparece sin dejar rastros.

Morgana, quien aún tenía sus ojos verdes fijos en los de Merlín, tardó en articular una respuesta.

-No…no sé cómo escapó.- dijo ella en un tono claro y quebrado, mientras soltaba la mirada de Merlín. – Yo estaba durmiendo y…

-¿Y no sentiste nada ni escuchaste nada?- preguntó Uther, incrédulo. – El niño dormía en tu habitación y no escuchaste nada. Ocultar el paradero de un fugitivo es un crimen en este reino, y lo sabes.

-¿Y qué vas a hacerme?- preguntó Morgana mirando a Uther a los ojos, en un tono neutro y dolido.- ¿Mandarme a la hoguera como a todos los demás?

El rostro de Uther empalideció y se tensó por la furia. Caminó hacia la morena y la tomó por el cuello, sin apretar ni lastimarla, pero ejerciendo suficiente poder como para atemorizarla.

-No me desafíes.- le dijo en un tono grave. – No lo hagas.

Guinevere se había llevado ambas manos a la boca y parecía asustada. Arturo, quien hasta entonces se había mantenido al margen de la situación, caminó a paso decidido hacia el rey.

-Padre, ya basta.- le dijo con severidad.

Uther soltó a Morgana con delicadeza, y ella, con los ojos llenos de lágrimas, permaneció quieta y frágil en su lugar.

-Lo he dado todo por ti, te he tratado como una hija; has sido el centro de mis atenciones y aún así insistes en contrariarme, en ocultarme cosas.- dijo Uther, furioso. – Te lo voy a preguntar una vez más: dónde está el niño.

Morgana tragó saliva y levantó el mentón en un gesto que a Scorpius le pareció familiar.

-No lo sé.- dijo esta vez con firmeza.

Uther se mantuvo en silencio durante algunos segundos, luego, con una mano llamó a los guardias que custodiaban la puerta del salón. Fijó sus ojos en Morgana.

-Bien, te he consentido demasiado.- dijo en un tono duro. – Es hora de que aprendas a respetar las leyes que he construido para este reino.- sus ojos se clavaron en los guardias. – Llévensela.

Rose vio, con espanto, cómo los guardias tomaban a Morgana por ambos brazos y la arrastraban fuera del salón. Guinevere soltó un pequeño grito y Arturo miró furiosos a su padre.

-¡¿Qué estás haciendo?- le gritó, fuera de sí.

-Arturo, sé lo que hago.- dijo Uther, molesto por la intromisión de su hijo. – Morgana solo conoce lujos y comodidades; unos días en los calabozos la harán recapacitar y tendrá que decirme en dónde se oculta ese niño.

-¿Qué importa en dónde está? ¡Es solo un niño!- exclamó Arturo, mirando con reproche a su padre.

Uther le dedicó una mirada agresiva.

-Es por eso que no estás listo para dirigir este reino. Ese niño crecerá y será un hombre, un mago más que usará su magia contra Camelot.- sentenció él. – Voy a acabar con la magia y su perversión, cueste lo que me cueste.

Merlín, en la esquina, se mantuvo en silencio y aparentemente sereno, pero Scorpius notó que sus manos estaban apretadas y tensas en forma de puños, y temblaban.

En un pestañeo Scorpius se vio dentro de un calabozo penumbroso y maloliente. Buscó a Rose y la encontró a su lado. Sus ojos, grises y oscuros a la vez, se clavaron en ella con violencia.

-Fue el anillo.- soltó en un tono seco y frío. – Esto no es un sueño; los anillos nos hacen estar aquí.

Rose lo miró transparentemente. Sus ojos azules le afirmaron sus sospechas.

-No es tu primera vez aquí.- dijo el slytherin, mirándola fríamente. - ¿Desde hace cuánto tiempo sabes lo que los anillos hacen?

Rose sintió un escalofrío al ver cómo los ojos metálicos de Scorpius se ennegrecían frente a ella, pero trató de tranquilizarse. No tenía caso alguno mentirle, además, a ella no le gustaba mentir.

-Lo sé desde la noche en la que nos quedamos dormidos en la biblioteca.- dijo la pelirroja, tímidamente. – Dormí con el anillo puesto y…bueno, me trajo aquí.

Scorpius dio un paso hacia ella de forma amenazadora, o al menos así lo sintió ella, pues instintivamente se hizo hacia atrás y lo miró con temor.

-¿Y cuándo pensabas decírmelo?- le preguntó en un tono lúgubre que solo logró ponerla más nerviosa.

Rose se mordió el labio inferior.

-No es que no quisiera compartir esta información contigo…

Pero aquella fue una pésima forma de comenzar. Scorpius caminó furioso hacia ella cercándola contra la pared. Rose sintió el frío de las piedras del muro contra su espalda y los vellos del cuerpo se le erizaron. El rostro de Scorpius adquirió una expresión dura y allí, con tan poca luz, sus ojos parecieron dos huecos peligrosos y dañinos.

-Por supuesto que no.- le dijo en un tono bajo pero que la congeló de pies a cabeza; era un tono de voz lleno de cosas terribles pero que se disfrazaba a sí mismo con un tono inofensivo y sereno. – Tú nunca harías algo así.

Rose tragó saliva; su cuerpo temblaba de forma evidente y Scorpius lo sabía, y no le importaba en lo absoluto.

-Scorpius, por favor.- dijo ella con voz ahogada pero tratando de mantener la tranquilidad, por primera vez llamándolo por su nombre. – Por favor.

-¿Por favor qué?- le preguntó el rubio. Su mirada sobre Rose era fría e indiferente a lo mal que la gryffindoriana se estaba sintiendo. Rose volteó el rostro a un lado, tratando de escapar a la presión que los ojos de Scorpius ejercían sobre ella, pero el rubio colocó su mano alrededor de su barbilla y la forzó a voltear hacia él. Sus narices se rozaron. – Vamos, sigue contándome cómo no quisiste ocultarme nada.

Rose trató de soltar su mentón de la mano de Scorpius, pero al intentarlo el rubio ejerció más presión y ella sintió dolor.

-Yo no estaba segura de que esto fuese real.- soltó Rose, con voz quebrada y débil. – Pensé que había sido solo un sueño.

-¿Cuándo descubriste que no lo era?- le preguntó Scorpius casi en un susurro; el susurro más frío e indolente que jamás haya escuchado.

-Ayer.- respondió Rose. – Ayer por la noche.

El sonido de unas cadenas hizo eco dentro de la celda, pero Scorpius no se alejó de Rose ni por un instante.

-Se acabó, Rose.- dijo el slytherin, mirándola fijamente. – Nuestra tregua ha terminado. Para siempre.

Los ojos de la pelirroja se humedecieron, pero él no puedo notarlo por la penumbra que se ceñía en el calabozo.

-Creí que ya no pelearíamos más.- dijo ella con suavidad y tratando de contener las lágrimas.

-Eso fue antes de que me recordaras que no somos amigos.- dijo Scorpius, con frialdad. – Y que nunca lo seremos.

Rose recibió aquellas palabras como un golpe profundo en la boca de su estómago. Jamás, en toda su vida, se había sentido tan vulnerable como en aquel instante. Scorpius había hecho las paces con ella, y ahora, por su culpa, todo estaba arruinado. Pudo haberle dicho al slytherin lo que sabía la tarde pasada cuando arreglaron sus diferencias y sin embargo prefirió callar. ¿Por qué lo hizo? ¿Por venganza? ¿Desde cuándo ella tomaba venganza? Era cierto que Scorpius le había jugado mal una vez en el pasado, pero ella no era la clase de chicas que devolvía los golpes bajos. No, no lo había hecho por venganza; lo hizo porque no quería seguir compartiendo cosas con él. Quería alejarse, pero aquello era imposible: Scorpius Malfoy era parte de su vida y lo sería forzosamente durante todo el año de colegio. Era inútil mantener distancia. Y ahora no solo lo tendría más cerca que nunca, sino que además, lo había convertido en su enemigo otra vez. Rose cerró los ojos y tragó saliva; podía imaginarse lo que estaba pasando por la mente de Scorpius sin ningún problema: el rubio debía pensar que ella le había ocultado información crucial con el fin de vencerlo en la segunda prueba. Scorpius, en ese momento, debía sentirse traicionado. Pero, ¿no era eso exactamente lo mismo que hizo el slytherin en la primera prueba? "No debería sentirme mal", pensó Rose. Sin embargo, se sentía terrible. No soportaba que Scorpius estuviese molesto con ella. No lo soportaba.

La puerta del calabozo se abrió y Scorpius liberó a Rose para fijar sus ojos metálicos en la figura juvenil pero imponente de Arturo. Un guardia cerró la puerta tras de él y encendió una antorcha que iluminó el lugar. En el piso, con las muñecas encerradas con grilletes, estaba Morgana. Al sentir la presencia de alguien elevó ligeramente la mirada. Sus ojos verdes estaban vacíos y miraron a Arturo con recelo y resentimiento.

El príncipe decidió romper el silencio.

-Morgana yo…

-¿Vienes a pedirme que te dé información sobre el paradero de Mordred?- preguntó la morena con frialdad, y luego esbozó una media sonrisa sardónica que desfiguró su rostro. – Porque si es así, puedes decirle al asesino de tu padre que prefiero morir en esta celda antes que entregarle a un niño inocente para que sacie su sed de sangre.

Arturo pareció dolido por las palabras de Morgana, pero respiró profundo y mantuvo una postura neutral, casi solemne.

-No vine a eso.- le dijo el rubio. – Mi padre…él…- Arturo parecía tener las palabras dentro de su boca pero no atreverse a decirlas. – Él está equivocado.

La mirada de Morgana se transformó y pareció volver a la vida. Bajó la guardia y la máscara dura con la que había recibido a Arturo cayó al suelo y se hizo añicos. Sus ojos verdes se inundaron. Arturo aparentaba firmeza, pero los dedos de sus manos temblaban.

-Si fuiste tú quien sacó a Mordred de Camelot.- comenzó Arturo. – No podría estar más de acuerdo contigo. Fue lo correcto.

Morgana no dijo nada, pero sus ojos parecían gritar debilidad y miedo. Allí, en el suelo, con los grilletes en sus muñecas, Morgana parecía un pequeño animal asustado y enfermo. Los ojos de Arturo la miraban con cariño, ternura y dolor por las condiciones en las que estaba. Sin embargo, no parecía saber cómo expresar sus sentimientos. Bajó la cabeza, la movió de un lado al otro, la volvió a subir para mirar al techo, se mordió los labios, jugó con los dedos de sus manos; y seguía sin poder comunicarse con quien era para él como una hermana. Finalmente, sin mirarla, le dijo:

-Voy a sacarte de aquí. Convenceré a mi padre, cueste lo que me cueste.

Morgana lo miró en silencio durante algunos segundos y luego bajó la mirada al suelo. Arturo dio media vuelta y caminó hacia la salida. Un guardia le abrió la puerta y justo cuando estuvo a punto de salir, la voz de la morena lo detuvo:

-Gracias, Arturo.- le dijo. – Eres un mejor hombre que tu padre.

Rose se tambaleó cuando la puerta del calabozo se cerró tras Arturo y todo a su alrededor se puso borroso para aclararse en un sitio diferente. Estaba, otra vez, en el salón del trono. Uther se encontraba sentado en éste y parecía afligido. Gaius estaba frente a él y guardaba silencio.

Scorpius quiso acercarse a las dos figuras que tenía a unos metros, pero la mano delicada pero a la vez firme de Rose lo tomó por el brazo, haciendo que él se detuviera por la sorpresa. El slytherin se volteó y fijó sus ojos metálicos con irritación en los azules de la pelirroja. Con un movimiento brusco se deshizo del contacto de la gryffindoriana. Ella no intentó volver a tocarlo.

-Escúchame, por favor.- dijo Rose en un tono suave pero decidido. – Sé que estás molesto…

-No, Rose, no estoy molesto.- le dijo en un tono amenazador. – Y créeme, no quieres conocerme en ese estado. – Scorpius la miró con frialdad e indiferencia. – No puedo creer que por un momento pensara que era posible que tú y yo tuviésemos unas cuantas cosas en común. Olvidé lo diferentes que somos. Es imposible llevarnos bien así que limitémonos a soportarnos. ¿Te parece?

Los ojos de Rose se humedecieron pero se esforzó por mantener la postura firme que la caracterizaba.

-¿Tan insoportable te resulto?- le preguntó en un tono dolido que fingía ser neutral. – Ni siquiera te has dado la oportunidad de conocerme.

-¿Conocerte?- preguntó el slytherin en un tono de incredulidad. – Todo lo que he conocido de ti hasta ahora me causa dolores de cabeza y malhumor innecesario. Al principio creí que eras bastante simple y descifrable, pero después me di cuenta de que ese es un disfraz que utilizas para hacerles creer a todos que eres mansa, tierna e inocente. La realidad es otra; la realidad está tras la Rose que entra a escondidas a la sala de Hufflepuff, la que pasa sobre niños con tan de ganar una prueba, la que oculta información, la que finge rendirse y luego ataca por la espalda con fuego. No, no eres descifrable. No sé nada de ti y no quiero saberlo. Eres mi estrés del año, Rose Weasley. Como un tumor del que no puedo desprenderme.

-¡Tú tampoco eres fácil!- exclamó la pelirroja. – Eres odioso, engreído, petulante y grosero. Eres un cáncer del que tampoco puedo desprenderme.

-¡Bien!- soltó Scorpius, furioso. - Al menos eso tenemos en común: no nos podemos ni ver.

Scorpius dio media vuelta e intentó caminar nuevamente hacia Gaius y Uther, pero la voz de Rose lo frenó nuevamente.

-¡Quiero la tregua de nuevo!- exclamó la pelirroja. Algunos rizos se habían escapado de su listón y caían alrededor de su rostro. – La exijo.

Scorpius soltó una risa sarcástica y se volteó para mirarla de frente.

-No estás en condiciones de exigir nada, Weasley.

-Sí lo estoy.- dijo ella, dando dos pasos hacia delante. – Me cansé de esto. Me cansé de pelear, ya no lo soporto.

-Yo también estaba cansado, Rose, pero tú nunca dejas de sorprenderme; siempre encuentras la forma correcta para sacarme de mis casillas.

-No te quise ocultar información.- dijo la gryffindoriana. – Pero en el caso de que hubiese sido así: ¿cómo puedes reclamármelo cuando me hiciste exactamente lo mismo en la primera prueba?

-Y si mal no recuerdo, cuando lo descubriste, también me declaraste la guerra.

-¡Pero lo olvidé!- exclamó Rose, estresada. - ¡Lo hice a un lado y acepté la tregua! ¿con qué derecho me juzgas?

Scorpius guardó silencio y luego soltó un sonido gutural de rabia mientras se pasaba una mano por el cabello rubio, echándolo hacia atrás. Rose dio un paso más hacia él.

-Mírame a los ojos, Malfoy.- le dijo, manteniendo el mentón ligeramente elevado. – Mírame y dime si en verdad crees que te estoy mintiendo. No me conoces demasiado, pero sí lo suficiente como para saber esto.

Scorpius clavó sus ojos metálicos y fríos en los azules y grandes de la gryffindoriana. Por un momento se sintió mareado, como si estuviese inmerso en el oleaje de un vasto océano. Los ojos de Rose eran de un azul profundo y vivo, como si su iris fuese el mar con todo lo insondable de éste. En ellos, no pudo encontrar nada impuro, nada sucio ni malintencionado; parecían, a pesar de su espesura, transparentes.

Scorpius guardó silencio hipnotizado por la mirada de Rose y maldijo en su interior la debilidad que sentía por todo lo femenino. No podía –ya era evidente- enojarse con Rose por mucho tiempo. Era extraño; ni siquiera se llevaban bien. Entonces, ¿qué tipo de poder ejercía ella sobre él que siempre acababa ablandándolo de un modo u otro?

Rose se mordió el labio inferior.

-No puedo cambiar las ideas preconcebidas que tienes de mí, tampoco quiero aclararlas porque sé que no te interesa nada de lo que tenga que ver conmigo.- dijo la pelirroja, haciendo un esfuerzo sobrehumano por ocultar lo mucho que le dolían estos hechos. – Pero estoy dispuesta a esforzarme porque las peleas terminen, y podamos llevanos como en las sesiones de lectura, civilizadamente.- Rose escuchó la puerta del salón abrirse y vio a Merlín entrar al lugar. Decidió apresurarse: - Y puedo probar que al no decirte nada de esto, no estaba intentando pasar sobre ti en cuanto a las pruebas del concurso. Todo esto, los anillos, lo que estamos viendo…sospecho en un más de 60% que no se trata de una pista para la segunda prueba. Estoy casi segura de que los anillos estaban en mi sobre por otra razón ajena al concurso, ajena a las pruebas.

Scorpius pareció descolocado ante las palabras de Rose pero casi de inmediato éstas empezaron a cobrar sentido dentro de su mente; sí, era obvio, por algo los anillos no habían venido en cualquier sobre, sino en el de Rose. Por algo aquello no parecía guardar relación alguna con las otras pistas entregadas por Ásban. Aquello no era una pista, y el que hubiesen puesto ambos anillos en el sobre de Rose tampoco era un accidente. Tenía lógica, mucha más lógica de la que le gustaría que tuviese. Miró a la pelirroja con profundidad, como si quisiera introducirse en sus pensamientos y entenderla. Rose era veloz, muy veloz captando y uniendo las piezas de un misterio. La gryffindoriana, quisiera o no admitirlo, era brillante. Y él ya no estaba enojado en lo absoluto. "Maldita sea", soltó a sus adentros.

-Weasley, vas a acabar conmigo.- soltó con irritación. Ella tenía razón; él le había jugado sucio una vez y no tenía más que guardarse el resentimiento que sentía ahora y tragárselo, tal y como ella lo había hecho cuando aceptó la tregua en la biblioteca. – Está bien. Hagamos esto juntos.- le dijo, finalmente. – Lleguemos al fondo de este asunto.

Rose asintió y se llevó un rizo tras la oreja. La voz de Merlín hizo que los dos cortaran el contacto visual y se concentraran en la escena.

-Disculpen.- dijo el moreno. Sus ojos azules pasaban de Gaius a Uther. – Encontré esto en el cuarto de Morgana.

Merlín sacó de su bolsillo una pequeña bolsa atada con lo que parecía una rama verde y mohosa. Gaius le dedicó una mirada de complicidad y se acercó a él para tomar la bolsa entre sus manos.

-¿Qué es eso, Gaius?- preguntó Uther.

Gaius fingió examinar la bolsa durante algunos segundos y luego expresó su veredicto:

-Es una bolsa de rápido y pesado sueño. Es, sin duda, brujería.- dijo el anciano. – Seguramente el niño la colocó bajo la almohada de Lady Morgana y esto hizo que ella durmiera ininterrumpidamente. Fue así como logró escapar.

-Oh no.- soltó Uther, mientras se levantaba de su trono, desesperado. – Entonces ella decía la verdad; nunca me engañó. Fue víctima de ese niño.

Uther llamó a los guardias que resguardaban la puerta con la mano y éstos avanzaron.

-Liberen de inmediato a Lady Morgana. Quiero que su habitación esté lista para recibirla y que reciba todos los cuidados y comodidades que requiera.- dijo Uther, con rapidez.- En cuanto haya descansado, díganle que quiero verla. Necesito disculparme.

-Ella entendrá su error, mi Lord.- dijo Gaius.

-Tiene que hacerlo, tiene que entenderme.- dijo Uther, sintiéndose culpable. – La mandé a las celdas como un castigo, nada más. Incluso allí ordené que siguieran alimentándola y proporcionándole todas las comodidades posibles. Creí que sabía sobre el paradero de Mordred; creí que ocultaba un asunto crucial para el porvenir de Camelot.

-Lo sabemos, mi Lord.- dijo Gaius. Merlín guardaba silencio, pero parecía ansioso; como si quisiera salir del salón lo más pronto posible.

Rose clavó sus ojos en el moreno, y luego lo vio retroceder lentamente hacia la puerta con la intención de pasar desapercibido. Se escabulló de repente.

-Vamos.- dijo Scorpius, corriendo hacia la puerta que empezaba a cerrarse.

-Pero…- empezó Rose, quien no sabía si era mejor quedarse para escuchar más a Gaius y a Uther o salir tras Merlín, pero no tuvo tiempo de reclamar; Scorpius la tomó por la muñeca y la haló consigo hacia fuera del salón, justo unos segunos antes de que la puerta se cerrara.

Los dos fueron tras Merlín, corriendo, atravesando pasillos, bajando escaleras, hasta llegar a la zona de los calabozos. Ni bien hubo llegado, Merlín se dirigió a uno de los guardias.

-¿Dónde está Lady Morgana?- le preguntó.

-La acaban de liberar.- le respondió el guardia.

Merlín volvió a correr escaleras arriba con Rose y Scorpius a sus espaldas. Avanzaron por el castillo durante algunos minutos hasta detenerse frente a una puerta que Rose conocía muy bien. Merlín tocó y la puerta, entre abierta, se abrió.

Adentro, Morgana permanecía frente a un velador, con las manos hundidas en una vasija con agua. Cargaba un vestido blanco y parecía ida, con la mente en otro lado. Merlín carraspeó para llamar su atención, y entonces ella lo vio e el reflejo del espejo. Sus ojos volvieron a la vida y sus mejillas se sonrojaron levemente. Se puso de pie sacando las manos de la vasija y sin importarle que éstas gotearan agua al suelo. Los ojos azules de Merlín se deslizaron hacia las muñecas de Morgana, las cuales estaban marcadas dolorosamente por los grilletes que había estado usando en el calabozo. Merlín no midió sus acciones y caminó hacia ella cortando toda la distancia. Tomó las muñecas de la bruja entre sus manos con delicadeza y las acarició. Scorpius, por alguna extraña razón, supo lo que estaba pensando Merlín en ese mismo momento: "bastaría un pequeño hechizo que he estado practicando durante estas semanas para borrar estas marcas, y sin embargo…." Merlín no podía usar magia en Camelot, mucho menos frente a personas. No podía.

Morgana estaba más sonrojada que nunca y su pecho disminuía y se elevaba en lapsos cortos y rápidos, como si su corazón estuviese latiendo a una velocidad increíble dentro de su pecho. Sus ojos verdes estaban fijos en Merlín, y lo miraban con una intensidad inaudita. Rose casi podía sentir su propio corazón acelerarse al ritmo del de Morgana. Podía sentirla.

En ese momento, tanto a Rose como a Scorpius les resultó evidente la intensidad de la conexión que existía entre Merlín y Morgana.

Merlín pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo y con delicadeza soltó las muñecas de Morgana. Se aclaró la garganta nuevamente.

-Gaius tiene un ungüento que servirá de maravilla.- le dijo, rompiendo el hielo. – Las marcas se curarán dentro de unos pocos días.

Los ojos de Morgana se humedecieron.

-¿Fuiste tú no es así?- le preguntó la bruja. – Tú pusiste ese saco bajo mi almohada, he hiciste que Uther me liberara.

Merlín tragó saliva.

-Era la única forma de sacarte.

Morgana meneó la cabeza con tristeza.

-Gracias, pero, ahora perseguirán a Mordred más que nunca…

-No lo van a encontrar.- le aseguró Merlín. – Está con los Druidas.

Morgana miró a Merlín con profundidad.

-Yo…soy diferente, ¿verdad?- le preguntó en un tono desolador.

Merlín la miró con ternura y algo más que Scorpius no pudo identificar.

-Ser diferente no es nada de lo que haya que temer.

Morgana asintió sin cortar el contacto visual.

-¿Fue muy difícil para ti encontrar a los Druidas?- le preguntó, y Rose supo que la bruja quería sacarle información al moreno.

-No. Les dejé a Mordred y partí de inmediato.

-No hiciste ninguna parada extra.

-No.- le afirmó Merlín.

-Entiendo.- comentó ella. Luego bajó la mirada y caminó hacia el velador otra vez. Merlín sintió un hueco en el estómago; quería decirle tantas cosas, pero no podía.

Se humedeció los labios.

-Entiendo…yo noto lo difícil que debe ser todo esto para ti.- dijo el moreno.- Especialmente para ti.

Morgana se volteó y lo miró con incomprensión.

-¿Por qué especialmente para mí?

Merlín guardó silencio y pareció no querer responder, o mejor dicho, no saber cómo continuar.

-Mis pesadillas, todos los sueños que no me dejan dormir y el fuego que encendí hace meses en mi habitación…!Tú crees que es magia!- soltó Morgana, con desesperación.

-No estoy diciendo eso.- agregó rápidamente Merlín.

-Pero puede ser magia, ¿verdad? Yo puedo ser una…

Morgana no terminó y sus ojos se inundaron de lágrimas.

-Morgana..- empezó Merlín, pero ella lo interrumpió.

-No puedo tener magia.- dijo ella, desolada. – En Camelot, quienes tienen magia mueren. Yo….no quiero morir….

Rose sintió una profunda tristeza y una compasión insondable por Morgana. Por alguna extraña razón podía sentirla, sentir lo que ella sentía y tener empatía con lo que experimentaba.

De repente, Rose abrió los ojos solo para ver el techo de su habitación.

El dedo en el que llevaba puesto el anillo le ardía como si estuviese prendido con fuego.

8.-

Cuando Roxanne despertó, en lo primero que pensó fue en lo sucedido la noche anterior. Todavía recordaba haber extendido largamente el partido de ajedrez, desesperada porque Lysander no bajaba a dar la señal. Finalmente no pudo extenderlo ni un segundo más y permitió que Ben ganara –había sido inevitable tras haber dejado pasar todas las oportunidades de triunfo solo para extender el partido-. Junto a Dominique subieron a sus habitaciones sumergidas en la preocupación. ¿Habrían Ben y sus amigos encontrado a Lysander husmeando en su cuarto? Si aquello había sucedido las cosas resultarían fatales.

Se vistió y arregló rápidamente y salió volando de su habitación con la esperanza de encontrar a Lysander en la sala común. Sin embargo, tras buscarlo por doquier no halló rastros del rubio. No quiso preguntar para no levantar sospechas de ningún tipo. Tampoco encontró a Dominique. ¿Estaría ya en el gran comedor?

Roxanne salió de su sala común como alma que lleva el diablo y tras cruzar dos largos pasillos una mano la forzó a ingresar a un aula vacía. Al principio no pudo identidicar quién la había agarrado, pero una vez adentro vio a Lysander con alivio y su corazón se relentizó. Dominique estaba sentada en una silla, no muy lejos de ellos.

-Por Merlín y todos los caballeros de la mesa redonda.- dijo la mulata llevándose una mano a la frente. Miró a Lysander con sorpresa, confusión e incredulidad, y luego soltó un golpe a puño cerrado sobre su pecho.

-¡Auch!- soltó el rubio, pero en realidad el golpe a penas le había causado molestia alguna.

-¿A dónde diablos te metiste anoche?- le preguntó Roxanne, al borde de los nervios.

-Esperaba que ese tipo de pregunta me la hicieras después de nuestro matrimonio, pero si quieres adelantarte…- comentó Lysander juguetonamente, pero Roxanne le dedicó una mirada severa.

-No estoy para bromas, Scamander.- le dijo, cruzándose de brazos. - ¿En dónde te metiste?

Lysander sonrió amplia y victoriosamente.

-En la habitación de Ben, por supuesto.- le contestó.

Roxanne abrió los ojos como platos y pestañeó varias veces.

-¿Leíste las cartas entonces? ¿Las tienes contigo? ¿Por qué nunca apareciste tal y como lo acordamos!

Dominique intervino:

-Sí leyó las cartas, por eso se demoró tanto. No, no las tiene consigo porque si se las llevaba Ben sabría que alguien estuvo en su habitación. Y no apareció porque se quedó leyéndolas toda la noche.- dijo la rubia rápidamente. – Me lo contó todo esta mañana.

Roxanne clavó sus ojos chocolates en los celestes de Lysander.

-¿Toda la noche?- le preguntó. – Es imposible…¿cómo hiciste para que no se dieran cuenta?

-Hugo me prestó una reliquia de los Potter que resultó ser muy útil.- dijo el rubio con una sonrisa en el rostro. – La capa de invisibilidad. Ni Ben ni los demás supieron nunca que estuve con ellos toda la noche. Merezco un premio Roxanne. ¿Qué vas a darme?

Roxanne pareció no escuchar la última parte.

-Entonces, habla.- le dijo con insistencia. - ¿Qué decían esas cartas?

En ese momento la sonrisa en el rostro de Lysander se evaporó y sus ojos celestes se fijaron en Dominique, como pidiéndole ayuda. La rubia tragó saliva y miró directamente a su prima.

-Rox, creo que tendremos que hablar con Lucy.- dijo Dominique, con tristeza. – Y cuando lo hagamos, me temo que vamos a tener que recoger los pedazos de Lu.

9.-

- ¿Puedes creer que Hufflepuff está a la cabeza en la copa de las casas?- dijo Hugo, sirviéndose waffles. - ¿Qué está pasando con el mundo?

- Yo te digo qué pasa.- dijo Fred. – Vladimir Embers pasa. Como Rose y Malfoy están casi a tiempo completo con la competencia de Merlín, Gryffindor y Slytherin se han quedado sin sus dos más grandes benefactores de puntos. Embers está sacando la cara por su casa.

- Justo cuando crees que hay cosas que son imposibles…- comentó Hugo, y entonces recibió un golpe en la cabeza por Lily, quien recién llegaba a la mesa.

- No seas idiota Hugo.- dijo la pelirroja. – Te recuerdo que Lucy está en Hufflepuff, así que no hables mal de su casa. Ten más respeto.

- Está bien, está bien.- dijo Hugo. Jamás podía contradecir a Lily, le temía. – Me retracto. ¿Contenta?

En ese momento entró Rose al comedor. Sus ojos azules se dirigieron a la mesa de Slytherin, pero como siempre, Scorpius aún no llegaba. El rubio tenía la manía de llegar tarde al desayuno, de eso ya debía haberse acostumbrado. Mientras caminaba hacia la mesa de Gryffindor se reprendió a sí misma por haberlo buscado con la mirada. "Scorpius Malfoy es tu contrincante, además, está enamorado de Megara Zabini y por encima de todo, no te soporta; ni siquiera te encuentra agradable…le pareces mimada y soberbia. Deja de pensar en él.", se dijo a sí misma mientras se sentaba junto a sus primos.

Ni bien se hubo acomodado en su asiento y Roxanne y Dominique llegaron corriendo a invadir la mesa de Gryffindor. Algunos leones se quejaron pero en el fondo estaban acostumbrados a las intromisiones de los Weasleys de distintas casas. Después de todo, eran una gran familia; una enorme familia, a decir verdad.

-Hugo…- dijo Dominique. – Lysander lo consiguió.

Albus, quien recién se integraba a la mesa, miró a su prima con confusión.

-¿Consiguió qué?- preguntó.

Rose tampoco entendía, así que prestó atención.

-No es nada bueno.- continuó Dominique. – Necesitamos una convención Weasley-Potter, de inmediato.

Lily miró a Roxanne con preocupación.

-Rox, habla.- le pidió. – Qué pasa con Ben respecto a Lucy.

Roxanne pareció entristecida y no pudo ocultarlo.

-Lysander leyó las cartas.- dijo la mulata. – Todas son para una chica llamada Rebeca Norton.

-¿Rebeca Norton?- preguntó Fred. - ¿No es esa la vecina muggle de Ben?

Louis asintió.

-Una vez fuimos con Lucy a recoger a Ben durante las vacaciones y estaba hablando con esa chica. Nos la presentó, lo recuerdo bien.

Rose sintió una presión en el pecho y estaba segura de que sus primos también la sentían.

-Lysander dice que las cartas tienen evidente corte romántico.- dijo Dominique. – Y eso no es lo peor: lo peor es que datan desde hace cuatro meses atrás.

-No, eso no es lo peor.- dijo Roxanne. En su rostro había decepción, tristeza, y algo de rabia. – Lo peor es que Lysander leyó, claramente, que llevan haciendo planes desde hace tres meses para irse a viajar juntos por Asia tan pronto Ben se gradúe.

-Por Merlín…- soltó Rose, afligida.

-Maldito infeliz.- dijo Hugo. Su mirada se había ensombrecido y tenía los puños cerrados con fuerza sobre los cubiertos. – Lo voy a matar.

-¿Qué se supone que hagamos ahora?- preguntó Lily.

-No creo que debamos decirle a Lucy.- dijo Albus. – Este no es nuestro asunto.

-Muy tarde Al, se convirtió en nuestro asunto cuando decidimos meternos en la habitación de Ben.- dijo Louis. – Yo opino que hay que decirle a Lucy, ella tiene derecho a saber que la engañaron. Además, si se entera por otros será mucho peor.

Rose, quien se mantenía en silencio, dirigió su mirada hacia la mesa de Hufflepuff en donde estaba su prima. Lucy desayunaba tranquilamente leyendo el diario El profeta. Un agujero enorme creció en la boca de su estómago: Lucy quedaría devastada y no había nada que ella pudiera hacer para impedirlo. Nada.

-Ben le mintió a Lucy.- dijo Roxanne, con resentimiento en su voz. – Y me mintió a mí.

-Nos mintió a todos.- dijo Albus.

-Bien, odio ser quien diga esto pero…¿quién va a decirle esto a Lucy?- preguntó Louis.

Entre los primos hubo un silencio sepulcral que se mantuvo, perfecto, durante varios segundos. En ese lapso Rose sintió, de repente, un extraño calor y levantó la mirada de forma instintiva. Sus ojos azules se chocaron con los de Scorpius Malfoy, quien acababa de entrar al gran comedor y la miraba fijamente. Los vellos del cuerpo se le erizaron y sintió como una pequeña carga eléctrica cuando el slytherin no desvió la mirada, sino que la sostuvo todo el camino hacia su mesa, e incluso cuando se sentó en ella y sus amigos empezaron a hablarle. Rose, prendida también de la mirada del rubio como en un trance, además de sentir lo que usualmente sentía cuando sus ojos encontraban los metálicos de Scorpius, también experimentó una extraña sensación que no supo explicarse. No era una sensación desagradable, ni agradable; era neutra y extraña, muy extraña.

Para Scorpius, el asunto no era muy diferente.

Ni bien había entrado al comedor y sintió, abruptamente, una inusitada aflicción; no tenía idea de por qué o de dónde provenía, pero la sintió. Luego, sus ojos se dirigieron instintivamente a la mesa de Gryffindor y cuando encontraron los ojos azules de Rose Weasley, la sensación que había tenido al ingresar al comedor se estableció y empezó a latir dentro de él como un monstruo con vida propia. No supo por qué, pero no pudo despegar la mirada de los ojos de Rose. Era extraño, muy extraño.

La pelirroja, aún sentada en su mesa junto a sus primos, trató de identificar lo que era esa sensación extraña. Rápidamente cortó el contacto visual con Scorpius y sus mejillas se encendieron. No sabía por qué, pero se sentía invadida; como si estuviese desnuda allí, en el comedor…como si alguien estuviese viéndola por dentro.

-Creo que el o la más cercana a Lu, debe decírselo.- comentó Louis. – Eso me descarta.

-Eres el primero en sacarte la responsabilidad de encima, hermanito.- dijo Dominique, y Louis se sorprendió; Dominique no solía reprenderlo. En realidad, ella nunca reprendía a nadie.

-Todos somos cercanos a Lucy, pero siempre hay alguien que es más unido o con quien se tiene más confianza- dijo Louis. – No es que me quiera sacar la responsabilidad de encima, en verdad estoy pensando en Lucy.

-Louis tiene razón.- dijo Albus. Y esas palabras sentenciaron todo: casi siempre, la última palabra la tenía el moreno. – Solo quien sea más cercano a ella podrá decírselo de la manera correcta y hacérselo más fácil.

-No hay forma de hacer esto fácil.- dijo Lily. – Pero tienen razón en lo demás.

-Entonces…- dijo Roxanne. – Creo que la persona más cercana a Lucy entre nosotros es…

-Todos sabemos bien quién es.- dijo Hugo. – Ahora, el asunto es, ¿lo hará?

Todos dirigieron su mirada hacia Rose, quien miró a su hermano con severidad.

-No me agrada la idea de destrozar a Lucy.- dijo la pelirroja, sintiendo cómo el hueco en su estómago continuaba creciendo.

-Rose, Hugo tiene razón. Tú eres la más cercana a Lucy. Si va a enterarse de esto, es mejor que sea por ti.- dijo Fred.

Rose respiró profundamente. Aquel era el peor desayuno que había tenido a lo largo de toda su vida.

En la mesa de Slytherin, Scorpius se sintió más perturbado que nunca por una aflicción que empezaba a pesarle por dentro sin motivo alguno. Era como si aquel sentimiento no le perteneciera, pero estuviera igual dentro de él.

El rubio levantó la mirada hacia la mesa de Gryffindor. Rose, desde allí, también la levantó y sus ojos volvieron a encontrarse. Scorpius estaba tan abstraído en Rose, que no sintió cuando Lorcan se le acercó por dentrás con la intención de sorprenderlo. El gemelo Scamander asustó a Scorpius, forzándolo a cortar el contacto visual.

En la mesa de Gryffindor, Rose saltó sobre su propio asiento y se puso bruscamente de pie, tirando accidentalmente al suelo una taza llena de café. Su corazón había empezado a latir a una velocidad inverosímil y se sentía agitada. Todo eso en el mismo instante en el que Scorpius, en la mesa de Slytherin, había sido sorprendido por Lorcan. Rose había sentido como si se lo hubiesen hecho a ella misma. Todos sus primos la miraban confundidos y algo asustados por la repentina reacción de la pelirroja. Rose volvió a clavar sus ojos en Scorpius y lo descubrió mirándola nuevamente, esta vez, con una intensidad mucho más profunda. El slytherin la había visto saltar de su asiento al mismo tiempo que él fue sorprendido por Lorcan y una pequeña sospecha empezó a calar dentro de su mente; una sospecha que estaba poniéndolo en guardia y acabando con toda su tranquilidad.

Rose, aún de pie, con los ojos fijos en Scorpius, no tuvo una sospecha: supo de inmediato lo que estaba sucediendo.

"Por Merlín, no puede ser", pensó ella.

"Maldita sea", pensó él.

Rose dio media vuelta y salió casi corriendo del comedor.

-¡Rose!- la llamaron sus primos.

-¿Eso significa que no lo hará?- preguntó Fred.

-¿Qué bicho le picó?- preguntó Hugo, mordiendo un pedazo de pan. – Y hablando de insectos..- dijo, mirando a Ben en la mesa de Ravenclaw. – Voy a golpear a ese imbécil.

Scorpius aguantó unos segundos tras la salida de Rose, y hubiese sido recomendable aguantar mucho más, pero no pudo y bruscamente abandonó su mesa caminando a paso rápido y firme hacia la salida. Tanto Megara como Alexander lo miraron anonadados y confundidos.

-¿Es mi idea o va tras Rose Weasley?- preguntó Megara.

-En qué nueva pelea andarán esos dos.- dijo Alexander, meneando la cabeza.

Una vez en el pasillo, Scorpius aceleró el paso y en una de las esquinas, encontró a Rose; pegada a la pared, respirando agitadamente y con los ojos cerrados. Sin detenerse caminó hacia ella y la tomó del brazo, halándola.

-Tenemos que hablar.- le dijo en un tono seco mientras la llevaba consigo hacia una puerta que daba a un aula vacía.

Rose no opuso resistencia.

Una vez adentro Scorpius cerró la puerta tras de sí y apoyó ambas manos sobre ésta con la cabeza hacia abajo, como intentando tranquilizarse y ordenar sus ideas. Ahora que estaba tan cerca de Rose, la sensación triste y pesada que había sentido en el comedor era aún más tangible dentro de él.

Tras un breve silencio, habló:

-Puedo sentirte.- le dijo el rubio. – Y tú, puedes sentirme.

-Lo sé.- afirmó Rose; sus mejillas estaban encendidas.

Scorpius se alejó de la puerta y enfrentó a Rose.

-Esto no me gusta, Weasley.

-¿Crees que a mí sí?- le preguntó Rose.

Los dos volvieron a guardar silencio por unos segundos. Rose evitaba mirarlo mientras que él, todo lo contrario, la miraba fijamente.

-Deja de estar nerviosa. Puedo sentirlo.- dijo Scorpius. – Y es molesto.

-¿Y cómo quieres que esté cuando puedes percibir cada uno de mis sentimientos y sensaciones? Es como estar desnuda.

Scorpius entornó los ojos.

-Yo estoy en la misma situación, no lo olvides.

-En este momento no siento nada tuyo.- comentó Rose. – Ni siquiera preocupación.

-Eso es porque no estoy preocupado.- dijo Scorpius moviendo una silla y sentándose. – Estoy pensando y sacando conclusiones.

-¿Cómo cuáles? Porque no hay que pensar mucho para saber que esto tiene que ver con los anillos.- dijo Rose, caminando de un lado a otro. – Son anillos gemelos, y tanto tú como yo los compartimos. Es evidente que estamos experimentando algún tipo de conexión mental. Después de todo, los anillos unifican nuestros sueños durante las noches. Durante varias horas nuestras mentes están en un mismo espacio del subconsciente y…

-Y esto es la consecuencia.- completó el slytherin. – Se está formando un vínculo entre nosotros del que no podemos escapar.

Rose lo miró y guardó silencio. Trató de no sonrojarse.

-Debe haber algo que podamos hacer para revertir esto sin tener que abandonar los anillos.- le dijo, colocándose un rizo rojo tras la oreja.

Scorpius se puso bruscamente de pie.

-¿Abandonar los anillos?- le preguntó. – Rose, no voy a dejar de usar mi anillo. No me importa si tengo que sentirte todo el día.

-¡A mí si me importa!- exclamó la pelirroja. – Y no digo que los abandonemos; esa nunca ha sido una opción para mí.

-Me alegra saberlo.

-Yo también estoy obsecionada con la vida de Merlín y jamás cederé el palco que tenemos para ver en vivo lo que realmente pasó.

Scorpius la miró algo sorprendido. Al parecer, Rose y él sí compartían una pasión.

-A lo que me refiero es que si no sabemos nada de estos anillos estamos a merced de sus efectos secundarios, y no sé tú, pero yo creo que si vamos a seguir soñando juntos por las noches usando esos anillos, al menos deberíamos saber qué es lo que son, y saber qué es lo que estamos usando.

Scorpius miró a Rose de forma penetrante. Sus ojos metálicos parecían los de un tigre. La pelirroja se sintió inmediatamente intimidada.

-¿Por qué estás mirándome así?- le preguntó, tratando de ocultar su vergüenza.

-Estoy tratando de sentirte.- le dijo él, sin ningún tipo de vergüenza o timidez.

"Cínico", pensó Rose.

-Pues deja de hacerlo.- dijo la pelirroja. – No lo encuentro divertido.

-No puedo imaginar qué sea divertido para ti Weasley.- dijo Scorpius.

-¿Por qué tienes que ser tan arrogante?.- soltó ella, evidentemente irritada

Scorpius sonrió.

-Ahora lo entiendo.- dijo mientras se acercaba a Rose. – Escucha, hace unos segundos no sentía nada de ti, pero en cuanto empecé a intimidarte como siempre lo hago, tu timidez y nerviosismo creció y empecé a sentirlo…y luego te provoqué y sentí tu irritación.

-Felicidades por el éxito de tu experimento.- le dijo ella, ácidamente.

-No estás entendiendo.- dijo Scorpius. – Solo podemos sentirnos mutuamente cuando experimentamos una emoción fuerte. Ya sea de rabia, tristeza o sorpresa. Tiene que ser fuerte para que la sintamos, si es débil, ya sabes, una sensación corriente y poco intensa, no la percibiremos.

Rose pestañeó varias veces, comprendiendo. En ese momento podía sentir cierta emoción en Scorpius, quien parecía considerar el misterio de los anillos y todo lo que estaba sucediendo bastante entretenido. Sin embargo, para Rose era todo lo contrario: no quería estar tan expuesta ante él. Le aterraba que pudiera sentir lo ansiosa que la ponía su cercanía. De solo pensarlo, se sonrojó escandalosamente.

-Tienes razón en cuanto a averiguar sobre estos anillos.- dijo Scorpius caminando de un lado a otro, poseído por la adrenalina del enigma que tenía enfrente. - Por lo pronto solo sabemos que sus inscripciones están en una lengua muerta de la que no sabemos casi nada. Pero si investigamos juntos sé que llegaremos al fondo de esto. Con tu inteligencia y la mía, no hay nada que no podamos hacer. Después de todo, somos los campeones de Hogwarts.

Rose miró a Scorpius, desconcertada. El rubio estaba en verdad obsecionado con llegar al fondo de todo, podía sentirlo; y ella también lo estaba, con la diferencia de que estaba corriendo más riesgos que él. En ese momento pudo ver en los ojos metálicos del slytherin un brillo especial, un brillo que ella conocía muy bien; era ese que siempre aparecía en las pupilas de Scorpius cuando algo despertaba profundamente su interés. Cosa que no sucedía amenudo.

Rose se humedeció los labios y desvió la mirada a un lado. Aquello no podía estar pasando. ¿Scorpius, admitiendo que ella, Rose Weasley, era tan inteligente como él? ¿Proponiéndole que trabajaran juntos? ¿Estaba soñando?

Claro que aquel no podía ser un sueño, porque ella no soñaba.

Scorpius hundió ambas manos en los bolsillos de su pantalón. Sintió perfectamente la sorpresa que habían causado sus palabras en la pelirroja. Por un momento, le enterneció que Rose fuera tan fácilmente perturbable. Era como si no recibiera halagos casi nunca, lo cual era falso y él lo sabía mejor que nadie; los profesores se encargaban de alimentar el ego de la gryffindoriana todo el tiempo. No, no era por falta de halagos. Rose era, simplemente, la clase de persona que él encontraba fácil de intimidar.

-Sí, Weasley, admití que eres inteligente. Deja de darle importancia.- le dijo, mientras caminaba hacia la puerta. -No somos amigos, pero eso no me hace un ciego. Sé muy bien que eres de los pesos pesados. Por algo eres mi competencia.

Rose tragó saliva e ignoró el comentario de Scorpius.

-Vamos a llegar tarde a clases.- le dijo, caminando también hacia la puerta y pasándolo de largo.

Un olor a fresas quedó en el aire cuando ella pasó junto a él. Scorpius lo aspiró en silencio.

-Rose.- dijo el rubio, forzándola a detenerse y voltear. – Lleva tus rizos rojos a la biblioteca esta tarde. Tienes que ponerme al día con los sueños que me perdí.

-Haré lo posible.- dijo ella, y salió.

Scorpius esperó unos minutos más antes de dejar el aula. No quería ni pensar en lo que la gente diría si lo vieran salir de allí junto a Rose.

Las malas lenguas eran peligrosas.

10.-

Las clases fueron, quizás, las más extrañas que Rose y Scorpius hubiesen tenido jamás. Al principio todo fue normal, se sentaron en sus respectivos lugares junto a sus respectivos amigos y atendieron y participaron, pero luego, en Herbología, Scorpius se vio asaltado por distintas emociones que reconoció ajenas. Primero fue una sensación de admiración poderosa, y entonces, al voltearse, vio a Rose junto al profesor Neville Longbottom observando cómo éste lograba extraer un remedio de una planta bastante arisca; luego, sintió algo que no pudo identificar con claridad, pero era una mezcla de tristeza y rabia, sin embargo, al ver a Rose la encontró ocupada con un tallo torcido así que lo olvidó. Después, mientras ayudaba a Megara a masajear la tierra para sembrar las plantas carnívoras, sintió algo suave, como si estuviera conmovido por algo. Inmediatamente buscó a Rose con la mirada y la vio junto a Albus observando atentamente una hermosa orquídea multicolor, cuyos pétalos constantemente cambiaban de tonalidad. Rose sonreía y la acariciaba. Scorpius esbozó una media sonrisa. Rose sentía como una niña: todo la maravillaba, todo la sorprendía o llamaba su atención. Era refrescante, teniendo en cuenta de que a él todo le aburría; a excepción de la competencia y el asunto de los anillos, eventos que lo habían logrado sacar de la pesada monotonía de su vida. Rose, sin embargo, parecía vivir y percibir las cosas de otra manera. Era extraño, pero agradable. Jamás lo habría imaginado.

Rose, por su parte, al principio estaba sorprendida de no sentir gran cosa de parte de Scorpius. ¿Sería acaso ella tan sensible en comparación con él? Trató de distraerse, pero entonces sintió un calor en los labios y un deseo de besar y tocar que estaba segura no provenían de ella, un deseo en la boca de su estómago que la hizo sonrojarse escandalosamente. Levantó la miraba y vio a Scorpius junto a Megara, ayudándola con unos tallos torcidos. Sus manos estaban sobre las de ella, enseñándole los movimientos correctos para el corte del tallo. Aquella imagen y la sensación que recibía de él la hicieron sentirse incómoda y descolocada. Una extraña tristeza la invadió, y luego no pudo más que enojarse consigo misma por sentirse así. Si a Scorpius le gustaban las chicas que no podían siquiera cortar correctamente un tallo torcido, pues era evidente que sus estándares no eran muy elevados.

Inmediatamente se corrigió a sí misma. ¿Desde cuánto ella tenía esa clase de pensamientos venenosos? "Por Merlín", se dijo, "si paso más tiempo junto a Scorpius voy a terminar convirtiéndome en una slytherin".

Luego, otra parte de ella habló:

"Los celos te están convirtiendo en una slytherin"

Y no pudo evitar cortar con fuerza el último tallo torcido que le faltaba.

No, no estaba enamorada. No podía estarlo. ¿Cómo enamorarse de un pedante, egocéntrico, malhumorado, quebranta normas y arrogante slytherin? No, no podía ser amor. Amor era lo que sus padres, Ron y Hermione, sentían el uno por el otro. Amor era algo mucho más profundo. Sí, le gustaba Scorpius; se sentía atraída hacia él porque era el chico con el que más tiempo pasaba y porque aunque le costara admitirlo, era valiente e inteligente. Además, también tenía una nariz perfecta, y unos ojos que parecían haber sido extraídos de un cuadro, y un perfil de rasgos que aparentaban haber sido esculpidos en mármol. Eso era atracción, algo controlable, algo normal que existía entre un chico y una chica por el simple hecho de ser sexos opuestos y porque así de crueles eran las hormonas. Pero nada más.

Decirse eso a sí misma la tranquilizó, y pudo seguir el resto de la clase relativamente tranquila.

Las siguientes clases transcurrieron de forma similar. Tanto Scorpius como Rose se sintieron mutuamente pero se ignoraron en un intento por adaptarse y llevar con normalidad aquella situación. Por supuesto, para el slytherin resultó mucho más difícil puesto que Rose sentía con intensidad muchas cosas a cada minuto. Y aunque a veces era irritante el cúmulo de repentinas sensaciones que lo invadían, pronto se acomodó a su nueva realidad: sentir a Rose por dentro todo el tiempo, era interesante.

Cuando llegó la hora del almuerzo ni bien Scorpius entró al comedor sintió otra vez la misma aflicción de la mañana. Se había olvidado por completo de preguntarle a Rose qué le pasaba, porque era evidente que algo la preocupaba enormemente. Tal y como en el desayuno, Scorpius dirigió su mirada hacia ella y la vio rodeada por sus primos, inmersa en una discusión que tenía el aspecto de ser bastante seria. Rose tenía una expresión apesadumbrada y apagada. Scorpius podía sentir el peso de su preocupación y se cruzó de brazos sobre la mesa. ¿Qué estaría problematizando la existencia de Rose Weasley?

-Hey, ¿puedo preguntarte algo?- le dijo Alexander.

Scorpius dejó de mirar a Rose y fijó sus ojos metálicos en los de su amigo.

-¿Qué pasa?

Alexander lo miró inquisitivamente.

-Es exactamente lo que me pregunto.- le dijo el castaño. - ¿Qué pasa entre tú y la rosa de los leones?

-¿Rose?- preguntó Scorpius, y por primera vez le prestó atención a su plato. – Asuntos de la competencia. Lo de siempre.

Alexander lo miró de forma dubitativa.

-Soy tu amigo desde siempre, Scorpius.- empezó el castaño. – Sé que hay algo que no me estás contando. Te he visto verla; tus ojos están sobre ella a cada momento.

Scorpius dio un respingo. No podía contarle todo a Alexander, al menos no ahora, cuando ni siquiera él sabía bien de qué se trataba el asunto de los anillos.

-No es lo que estás pensando, créeme.- le dijo el rubio. – Rose Weasley no es mi tipo.

-Ah ya, entonces, no te molestaría si yo…ya sabes, me le acerco. ¿Verdad?

Scorpius se atragantó con un pedazo de comida y tosió tres veces seguidas, dándose golpes en el pecho. En la mesa de Gryffindor Rose, mientras conversaba con sus primos sobre el problema de Lucy, de repente, sintió una molestia extraña. Levantó la mirada hacia la mesa de Slytherin y vio a Scorpius conversando con Alexander Nott. ¿Estarían discutiendo?, se preguntó. Y luego volvió a lo suyo.

En la mesa de Slytherin, tras tomar un poco de agua y aclararse la garganta, Scorpius miró a su amigo con incredulidad.

-¿Qué?- le preguntó.

Los ojos de Alexander brillaron con astucia.

-Es linda, Scorpius. Y estoy seguro de que es virgen.- le dijo.

Scorpius enterró su tenedor en un pedazo de carne, y las puntas de éste rechinaron contra el plato.

-Weasley no es esa clase de chicas, Nott.- le dijo en un tono neutro. – Ya la ves, ni siquiera usa el cabello suelto. Es como una niña y no creo que esté interesada en otras cosas que no sean los libros y vencerme en la competencia.

-¿A qué te refieres con que no es esa clase de chicas?- preguntó Alexander. – Porque por si no te has dado cuenta, es eso: una chica. Y no he oído historias de que le gusten otra cosa que no sean los hombres.

Scorpius soltó el tenedor y éste volvió a sonar contra el plato.

-No es coqueta, ni nada por el estilo. Parece más la clase de chicas a las que llevas a una cita a Hogsmade y luego regresas temprano a dejarla en la puerta de su casa.

-Yo puedo hacer eso.- dijo el castaño. – Además, que no sea coqueta contigo no significa que no pueda serlo con otros.

Scorpius lo miró unos segundos con completa irritación que trató de ocultar en vano. Luego soltó una risa sarcástica.

-¿Acabas de hablarme sexualmente de ella y ahora quieres solo agarrarla de la mano?- el rubio rió en son de burla. – No te veo sacándola en una cita, y además, no creo que tengas claro lo que quieres.

-Soy un hombre, por supuesto que pienso en ella sexualmente. Lo que no significa que vaya a forzarla a hacer algo que no quiera.- dijo Alexander. – Y por cierto: yo tampoco creo que tú tengas claro lo que quieres.

-No sé de qué estás hablando.

-Scorpius, solo te planteé la idea de acercarme a ella y parece como si quisieras golpearme. Voy a repetirlo, ¿hay algo que deba saber? ¿ya no te interesa Megara?

Scorpius miró su plato y se dio cuenta de que estaba realmente molesto. Luego volvió a mirar a su amigo.

-Megara es la única chica que me interesa.- le afirmó. – Pero admito que no me gustó la forma en la que te referiste a Rose Weasley.

-No he dicho nada malo.- dijo Alexander.

-Te referiste a ella como a una de las tantas chicas con las que te acuestas. Y ella no es así. Ya te dije que es como una niña.

Alexander desvió su mirada hacia la mesa de Gryffindor para mirar a Rose con algo de lascivia que intentó ocultar por respeto. Scorpius se sintió aún más irritado.

-A mí no me parece una niña, en lo absoluto.- le dijo el castaño, finalmente. – Además, me conoces: jamás forzo o engaño a una chica. Si alguien quiere algo informal conmigo, bien. Si no es así, pues, dejo en claro que no busco nada formal. Con Rose sería así también. Le diría la verdad, que por ahora no estoy en busca de una novia oficial. No creo que le moleste, teniendo en cuenta de que dudo que a sus primos les agrade que salga con un slytherin. Y ella…no sé, me parece que vale la pena el esfuerzo. Incluso podría estar solo con ella, quién sabe.

-Sin ofender, Nott, pero no creo que seas su tipo.- le dijo Scorpius, tratando de comer aún con el sabor ácido que tenía entre los labios por culpa de la conversación.

-¿Por qué no mejor me dices que te molesta que me acerque a ella y acabamos esto de una vez?- le preguntó Alexander, haciendo a un lado su plato semivacío.

Scorpius clavó sus ojos metálicos en los de su amigo dejando nuevamente los cubiertos a un lado y la servilleta de tela blanca sobre la mesa.

-Creí que era obvio que me molestaba desde que lo preguntaste.- soltó Scorpius. – Rose Weasley es mi competencia, mi rival, y tú eres mi mejor amigo. No la mires.

-Está bien, está bien.- dijo Alexander, de mal humor. – Pero me debes una.

Scorpius tomó un poco de jugo y luego miró a su alrededor, como buscando a alguien.

-Si buscas a Megara, olvídalo.- dijo Alexander. – Fue a hacerse la última revisión con Madame Pormfrey. Hoy le dirá si está lista para seguir practicando quidditch o no.

Scorpius frunció el ceño.

-La he estado acompañando a cada revisión.- dijo el rubio mientras se ponía de pie. – Debió haberme avisado que hoy iría a la última.

-Te lo dijo, Scorpius.- dijo Alexander, cruzándose de brazos. – Esta mañana, en el desayuno; justo antes de que salieras corriendo tras Rose Weasley.

Scorpius le dedicó una mirada ácida.

-Sé lo que estás pensando, Nott. Deja de hacerlo.- le dijo mientras se daba la vuelta y caminaba a la salida del gran comedor.

"Lo último que necesito es que Alexander crea que siento algo por Rose Weasley", se dijo mientras salía del comedor. "Voy a tener que contarle todo."

11.-

Albus entró a la enfermería con desgano. Había quedado con Madame Pomfrey en hacerse una revisión en los hombros debido a ciertos dolores que experimentaba luego de exhaustivos entrenamientos. Albus sabía que a veces se excedía, pero era el capitán del equipo y tenía una gran responsabilidad precisamente sobre sus hombros. No podía defraudar a su equipo.

Cuando entró, Madame Pomfrey salió de entre unas cortinas en donde parecía estar tratando a otro paciente.

-Siéntate aquí.- le dijo, mostrándole la cama. - Estos jóvenes de hoy y el quidditch. En mi época…- se detuvo durante unos segundos con el dedo índice sobre los labios. – Olvídalo, en mi época era igual.

Albus se sentó sobre la cama y se quitó la corbata. Luego, empezó a desabotonarse la camisa con parsimonia mientras Madame Pomfrey se alejaba hacia la puerta en donde guardaba el equipo médico.

Unos metros más allá, tras unas cortinas blancas, Megara esperaba el visto bueno de Madame Pomfrey con impaciencia.

¿Por qué se demorará tanto?- se preguntó en voz alta mientras zapateaba contra el suelo. Con una mano corrió un poco las cortinas para ver qué sucedía allá afuera. Y entonces lo vio.

Sus ojos miel se inmovilizaron en la figura de un chico de cabello negro, lacio y desordenado, que se quitaba la camisa y la dejaba despreocupadamente sobre una camilla. La espalda, ancha y atlética, de piel blanca y aparentemente suave, se reflejó en el iris de Megara mientras que sus mejillas se encendieron escandalosamente. Con rapidez soltó la cortina y volvió a quedar sola, pero evidentemente perturbada. Su impaciencia regresó con más ímpetu.

"Si Madame Pomfrey no aparece a la cuenta de tres, voy a buscarla.", se dijo a sí misma, y contó:

"1..."

Silencio.

"2…"

Silencio.

"3."

Megara corrió las cortinas y salió a paso decidido hacia el chico de cabello azabache, quien continuaba de espaldas.

-Disculpa, ¿sabes dónde está Madame Pomfrey?- le preguntó ella.

Albus se volteó y clavó sus ojos verdes en los oscuros de Megara. La chica agudizó la mirada y luego se cruzó de brazos.

-Ah, eres tú.- dijo en un tono seco y cortante.

Albus suspiró y sin darle importancia al cambio en la tonalidad de la voz de la slytherin, le señaló la puerta del fondo.

-Está allí.- fue todo lo que le dijo.

Megara estuvo a punto de ir hacia allá pero Madame Pomfrey apareció en el umbral de la puerta y caminó hacia ellos.

-Veamos, Potter.- le dijo la enfermera. – Extiende los brazos y tensa los músculos de tu espalda.

-Madame.- dijo Megara, interviniendo. – Disculpe, pero yo solo quiero saber si ya puedo jugar quidditch.

La enfermera la miró con displicencia.

-Por Merlín…estos chicos y el quidditch. ¿Qué no entienden que la salud va primero que cualquier tipo de juego?- luego suspiró. – No, Zabinni. Todavía tus huesos están muy débiles. Necesito que esperes, al menos, una semana más antes de volver a entrenar.

Madame Pomfrey se dio la vuelta y caminó hacia una gabeta semiabierta. Megara fijó sus ojos en Albus.

-Debes estar muy contento.- le soltó con resentimiento. – Tú y los de tu casa deben morir de alegría de que no pueda entrenar.

Albus clavó sus ojos verdes en ella con una expresión indescifrable.

-Sí, muchos están contentos.- le dijo en un tono indiferente. – A mí, por otro lado, no me importa. No me gustaría estar en tus zapatos, te compadezco. Espero que te recuperes pronto.

Megara soltó una risa de incredulidad.

-¿Cómo puedes ser tan cínico? ¿Cómo pudiste haberme empujado así? ¿Qué tus padres no te enseñaron a ser un héroe como ellos?

Albus suspiró, cansado, y la miró directamente a los ojos.

-Zabini, fue un accidente.- le dijo el moreno. – Sé que no me crees y yo no tengo cómo probártelo así que mejor dejémoslo así.

-Todavía puedo recordar las risas de los de tu casa mientras Lysander me llevaba a la enfermería.- dijo ella. - ¿Cómo puede alguien reírse del dolor de otros? Ustedes gryffindors son de lo peor.

Albus dirigió la mirada hacia otra parte y se mantuvo en silencio e indiferente, lo que provocó que Megara se irritara aún más.

-Te estoy hablando, al menos deberías tener la educación de responder.- le reclamó, enojada.

Albus volvió a mirarla de frente.

-No me gusta desperdiciar el tiempo, es todo.- le dijo. – Nada de lo que diga va a cambiar tu opinión. No sirve de nada que diga que no todos los de mi casa son como tú crees que son. Lo único que puedo decirte es que en verdad lo siento. Siento haberte empujado. Habría preferido ser yo quien se quebrara el brazo. Todo habría sido más sencillo.

Megara guardó silencio, incrédula ante las palabras del gryffindor. No sabía si creer en ellas o no, pero, aún así le sorprendía lo sinceras que sonaban. Albus permanecía quieto y tranquilo, como en paz con su conciencia, con una expresión de serenidad y madurez extrañas en alguien de su edad. Megara quiso decir algo, pero en ese momento Madame Pomfrey regresó y una mano se posó sobre su hombro derecho.

-Siento llegar tarde.- dijo Scorpius. - ¿Todo bien?- le preguntó, mirando de reojo a Albus.

-Más o menos.- dijo la slytherin. – Vámonos, te cuento afuera.

Y los dos abandonaron juntos la enfermería.

12.-

Rose caminaba por las afueras de Hogwarts, sola, pensando en todo lo que había discutido con sus primos en el gran comedor durante el almuerzo. Ellos tenían razón, era muy tarde para echarse atrás con respecto a lo de Lucy. Ahora que todos sabían lo que en verdad había sucedido, ocultárselo a Lucy sería algo bastante similar a una traición. También era cierto que de todos, Rose era la más cercana a Lucy, o mejor dicho, la que más empatía tenía con ella. Roxanne y Dominique eran inseparables, Lily siempre fue independiente, Hugo tenía demasiada testosterona, Albus el quidditch y Fred y Louis se aliaban para hacer jugarretas y bromas; Rose, en cambio, era tranquila, serena, algo solitaria (lo más solitaria que se podía ser siendo una Weasley), y Lucy también era así. Por eso las dos se comprendían.

Rose suspiró. ¿Cómo decirle algo así a Lucy?

Su cabeza daba vueltas y mientras más pensaba en ello más terriblemente triste se sentía. Tenía que buscar a Lucy y decírselo, pero no encontraba el valor para hacerlo. Ensimismada en sus cavilaciones volvió a entrar al castillo casi sin percatarse de ello. Estuvo deambulando por los pasillos, casi ausente, cuando recordó que había quedado con Scorpius en encontrarse con él en la biblioteca. Con todo el asunto de Lucy lo había olvidado por completo.

Rose aceleró el paso camino a la biblioteca y, justo cuando iba a doblar en una esquina, vio a Scorpius y a Megara en el pasillo contiguo. Rose retrocedió instintivamente y, sin saber por qué, se ocultó. Sus ojos azules quedaron fijos en la pareja. Desde allí, pudo escucharlos:

-No me importa lo que diga Madame Pomfrey.- dijo Megara, alterada. – Voy a entrenar desde mañana. Tenemos que ganar la copa este año.

Scorpius la miró con severidad e irritación.

-No puedes hacer lo que te dé la gana.- le dijo en un tono duro. - ¿Qué es lo que pretendes? ¿Empeorar y que te siga acompañando a la enfermería a lo largo del año?

Megara soltó una risa de incredulidad.

-No te he pedido que me escoltes a la enfermería, Scorpius Hyperion.

Scorpius dio un respingo y se pasó una mano por el cabello rubio, el cual volvió a caer sobre su frente.

-Megara, no te voy a dejar acercarte a la cancha hasta que Madame Pomfrey lo autorice. ¿Entendido?- le dijo el slytherin, sonriendo falsamente.

-Pues no sé cómo piensas evitarlo, porque pasas casi todo el día preparándote para las pruebas de la competencia de Merlín, así que, temo decirte que escapar de ti va a ser tremendamente fácil.- le dijo la morena con una expresión triunfadora.

Scorpius la miró con sagacidad.

-No olvides quién soy.- le dijo de forma petulante y aflojándose la corbata. – Soy prefecto y campeón de Slyherin. ¿Crees que me va a resultar complicado conseguir a unos cuantos peleles que se encarguen de mantenerte vigilada en mi ausencia?

Megara agudizó la mirada.

-Aish. Egomaníaco.

Scorpius rió. Rose, a la distancia, se estremeció: nunca había visto a Scorpius reírse genuinamente.

-Esa palabra no existe.- dijo el rubio, cruzándose de brazos.

-Claro que sí: la acabo de inventar.- persistió ella, apoyándose contra la pared.

Imprevisiblemente, Scorpius se acercó a ella. Megara abrió los ojos con sorpresa y contuvo la respiración por la cercanía. El rubio tenía sus ojos metálicos fijos en ella, y luego se posaron en los labios finos y rosados de la slytherin.

Rose tuvo una mezcla de sensaciones: las de Scorpius y las suyas. Sintió un extraño calor en el vientre, un deseo, unas ansias que la mareaban. Su corazón empezó a latir a una velocidad indescriptible. Casi le faltaba el aliento. ¿Era eso lo que sentía Scorpius cuando estaba cerca de Megara? El verlos allí, tan cerca el uno del otro, hizo sentir a Rose un agujero en el pecho y una extraña molestia en los dedos, como si miles de alfileres estuvieran clavados en ellos. Esa horrible sensación de ahogo solo empeoró a medida que los sentimientos de Scorpius fueron creciendo dentro de ella. Rose no solo estaba viendo la escena, también estaba sintiendo todo lo que el rubio experimentaba. Un pequeño dolor se instaló, frío, en la boca de su estómago al ver cómo Scorpius miraba a Megara; de una forma absoluta y real, como si no hubiese otra chica en el mundo. De repente, sintió unas inmensas ganas de llorar.

Sus ojos azules se humedecieron.

-Scorpius, no hagas esto.- dijo Megara. – Por favor…

-Todos los días trato de ser paciente.- dijo el rubio, casi susurrándole. El aliento cálido y mentolado del slytherin hizo que la piel de la morena se erizara. – No sé cuánto más pueda soportar.

-¿Soportar qué?- le preguntó Megara.

-No tocarte.- dijo Scorpius, y puso su mano derecha sobre la cintura de la morena.

Rose pudo sentir el deseo de Scorpius tan grande dentro de ella como si fuese propio, y el dolor en su pecho aumentando, imparable.

Megara empujó a Scorpius lejos de ella y lo miró ofendida.

-¿Por qué haces esto? ¿Es que no te importo ni un poco?- le espetó, furiosa.

-Me importas. Quiero que seas mi novia, quiero estar contigo cuando salgamos de este maldito colegio. ¿Qué hay de malo en todo eso?

-¿Qué hay de malo?- le preguntó ella, elevando el tono de su voz. – Te diré qué hay de malo: Scorpius, tú no me quieres de esa manera. ¡Eso hay de malo! Yo estuve enamorada de ti casi toda mi infancia y hasta quinto curso estuve suspirando por ti mientras tú desfilabas con un sin fin de chicas en mis propias narices. Me costó mucho darme cuenta de que no seríamos nunca otra cosa que no fuera amigos, y ahora….ahora que por fin te veo solo de esa manera, tú quieres confundirme. Quieres arrastrarme a tu error.

-Esto no es un error.

-¡Estás aburrido!- gritó Megara. Su rostro estaba sonrojado por la rabia. – Te conozco desde siempre y sé muy bien que no me amas. Estás aburrido de las relaciones superfluas, estás afectado porque has crecido y te has dado cuenta de que tu familia tiene secretos oscuros que no quiere compartir contigo; estás buscando algo real, algo profundo, algo que te haga creer que no todo es banal y que no todas las relaciones son tan monótonas y vacías. Crees que lo único real en tu vida es la relación que tienes conmigo y Alexander, y te confundes porque soy la única mujer a la que no has desechado. Pero créeme; si empezamos una relación, yo me enamoraré nuevamente de ti, y tú acabarás desechándome como a todas las demás.

-Jamás te haría eso.

-¡Sí lo harías! ¡Lo harías porque el amor no es algo que puedas controlar ni manejar a tu antojo!- le espetó ella. – Scorpius, tú no sabes lo que es estar enamorado de alguien. No lo sabes aún, y hasta que no lo sepas, jamás podrás entenderme.

Scorpius la miró con dureza y sus ojos se oscurecieron levemente.

-No sabes nada respecto a mis sentimientos. Deja de ser tan soberbia y creer que me conoces mejor de lo que yo lo hago.

-Te conozco mejor de lo que tú lo haces.- dijo Megara. – Me idealizas y te has metido en la cabeza que soy la mujer perfecta para ti. Que seré tu Astoria Malfoy; la mujer que te saque de las sombras así como lo hizo tu madre con tu padre.

-Detente.- le advirtió el rubio en un tono grave.

Rose, al borde de las lágrimas, pudo sentir la ira que empezaba a crecer como un monstruo dentro de Scorpius.

-Porque tienes miedo de convertirte en él, tienes miedo de ser Draco Malfoy…- continuó Megara. -Ese hombre al que admiras y a la vez, desconoces y temes. Porque quieres ser perfecto en todo para compensar las imperfecciones de tu familia y por supuesto, teniendo ya casi 18 años, crees apropiado llevar a una novia oficial que se convierta en tu esposa en un futuro no muy lejano. Quieres planearlo todo, incluso eso. Y no te das cuenta de que puedes acabar lastimando lo realmente valioso que tenemos: nuestra amistad. Todo porque aunque lo niegues, ese pasado del que tu familia se niega a hablar, sí te afecta.

-¡Te dije que te detengas!- gritó Scorpius.

Megara se paralizó. Scorpius jamás le había gritado. Los dos guardaron silencio y ella pudo ver la negrura en los ojos del slytherin. Trató de decir algo, pero sus ojos miel se llenaron de lágrimas y sintió que iba a ponerse a llorar en cualquier momento, de modo que tragó saliva, repiró profundo, y se fue caminando hasta desaparecer al fondo del pasillo. Scorpius permaneció quieto unos instantes, y luego, inesperadamente lanzó un golpe a puño cerrado contra el muro. Rose tembló y cerró los ojos. Jamás había visto a Scorpius en aquel estado; él siempre parecía imperturbable, como si nada tuviese la suficiente importancia como para afectarlo. Sin embargo, allí, ella podía sentir la confusión y el dolor del slytherin. Era indudable que el tema del pasado de los Malfoy era uno bastante delicado para Scorpius; tanto, que ni siquiera había soportado que su mejor amiga de toda la vida lo tocara.

Rose abrió los ojos con el corazón casi en los labios por tantos sentimientos, ajenos y propios, pululando en su interior. Vio a Scorpius pegarse a la pared y dejarse caer al suelo. Los nudillos de su mano derecha sangraban.

Y la reacción de Rose fue instantánea; cuando se dio cuenta ya estaba caminando hacia él a paso decidido y ya era muy tarde para rectificar. Se arrodilló frente a él y tomó su mano entre las suyas, analizando la herida. Scorpius la miró con indiferencia, como si no cayera en cuenta aún de que ella estaba allí. Luego clavó sus ojos metálicos en el rostro de la pelirroja, confundido.

-Qué haces- le preguntó de forma seca.

-Estaba camino a la biblioteca y te vi golpeando la pared.- mintió Rose sin mirarlo a los ojos. - ¿No crees que ya estás un poco grande para eso?

Scorpius se soltó de ella con brusquedad. Rose suspiró y cerró los ojos. Cuando los abrió, notó que Scorpius continuaba mirándola, y no de una forma amable; sus ojos aún estaban ennegrecidos y ella podía sentir aún la ira en él, intacta.

- Te lo voy a preguntar una última vez: qué crees que estás haciendo.- dijo Scorpius en un tono peligroso. Encontraba irritante el hecho de que Rose estuviera allí, tratando de ayudarlo como si fuera un niño. Él no era un niño, y no necesitaba la ayuda de nadie; mucho menos la de ella.

Rose se humedeció los labios y se sonrojó. ¿En qué tipo de aprieto se había metido? ¿Por qué no solo había dado la vuelta y continuado su camino? ¿Por qué tuvo que acercarse a él? ¿Por qué no lo dejó solo? Rose se sentía miserable, y tan solo recordar cómo Scorpius había visto y tocado a Megara le provocaba unas inmensas ganas de llorar. Trató de alejar esos pensamientos de su mente y estuvo a punto de levantarse, pero Scorpius la tomó con fuerza por la muñeca y la obligó a caer al suelo junto a él otra vez. Rose soltó un quejido de dolor y se encontró con la mirada oscura de Scorpius. La sangre se le heló.

-¿Estuviste escuchando?- le preguntó, violentamente y apretando más su muñeca.

-Me estás lastimando…- dijo Rose tratando de soltarse, pero era inútil.

-Después de todo, eso es lo que acostumbras a hacer.- le dijo el slytherin, despectivamente. – Respóndeme.

-¡Suéltame!- le gritó, esta vez.

-¿Son así todas las Weasley o solo eres tú la que escucha conversaciones ajenas escondida como un insecto?

La reacción de Rose fue rápida e instintiva, y cuando se dio cuenta de lo que había hecho, no pudo más que paralizarse y contener la repiración. Había soltado una bofetada sobre el rostro de Scorpius Hyperion Malfoy, una bofetada tan fuerte que había conseguido voltearle el rostro a un lado. Rose sintió que aquel sería el fin: tal y como previo a un desastre natural, solo hubo silencio y dentro de ella, la total ausencia de sensaciones por parte de Scorpius. Luego, mientras el slytherin fue volteando lentamente para volver a clavar su mirada en ella, pudo sentir una rabia incontrolable creciendo y creciendo, imparable; una rabia que la hizo temblar de pies a cabeza.

Tenía que alejarse de él antes de que fuera demasiado tarde.

Rose volvió a intentar ponerse de pie, pero Scorpius la haló de la muñeca que aún tenía aprisionada con tal fuerza que la pelirroja cayó en sus brazos. Scorpius la apretó contra sí con tanta fuerza que Rose soltó un grito de dolor, segura de que sus huesos se romperían. En medio del grito, Scorpius tomó a Rose por la nuca y apagó todo sonido hundiendo sus labios en los de ella. La pelirroja gritó dentro de la boca del slytherin y él introdujo su lengua en la de ella. La gryffindoriana sintió la humedad y el calor del beso, pero además también la violencia y la rudeza que Scorpius estaba empleando. No la estaba besando; aquel era todo menos un beso. Rose volvió a gritar cuando el rubio mordió su labio inferior con toda la intención de causar daño. No, aquel no era un beso; Rose podía sentir a Scorpius, y todo lo que él estaba sintiendo en ese momento era ira, rabia y frustración. Scorpius estaba haciendo eso porque ella era una chica y no podía golpearla; aquello era lo único que podía hacer para desquitarse, la única forma que tenía de devolverle el golpe. Rose peleó, intentando soltarse, pero mientras más lo hacía él aplicaba más violencia sobre el beso. Mientras todo eso sucedía, un pensamiento llegó a la mente de Rose con la velocidad y el daño que tendría una bala: Scorpius jamás se atrevería a hacerle a Megara lo que le estaba haciendo a ella en ese momento. A Megara la besaría con ternura, de forma delicada y pasional. No así, no de esa forma tan fría y violenta.

Las lágrimas empezaron a fluir por el rostro de Rose mientras seguía tratando de soltarse de él. Scorpius, en medio de toda su ira, sintió una sensación ajena: una enorme tristeza, miedo y dolor. Aquellos sentimientos se volvieron pesados e insoportables y con brusquedad soltó a Rose. La pelirroja cayó un metro lejos de él, y entonces, Scorpius la vio: su rostro estaba inundado por las lágrimas y varios rizos rojos habían escapado de su listón. Todo su cuerpo, menudo y frágil, temblaba notoriamente. La realidad lo golpeó de frente: ¿qué había hecho? Había olvidado por completo que los dos podían sentirse; probablemente Rose no había estado escuchando nada y tan solo había sentido lo mal que él se sintió, y por eso se acercó a ayudarlo. El que Megara hubiese sacado el tema de sus padres lo había descontrolado y se había desquitado con Rose innecesariamente. La había hecho llorar. Toda la ira que segundos atrás había consumido a Scorpius ahora había desaparecido, y en su lugar, solo estaba un enorme sentimiento de culpa. Podía sentir a Rose, podía sentir lo mal que ella se sentía.

¿Qué había hecho?

-Rose perdóname.- soltó él. – Por favor…

Rose, aún temblando, clavó sus ojos azules húmedos en Scorpius con desprecio. Rápidamente se puso de pie y empezó a caminar a paso veloz por el pasillo, dispuesta a alejarse del slytherin cuanto antes. Scorpius se puso se pie también y corrió tras ella. Al alcanzarla la tomó por el brazo y la obligó a voltear.

Rose le escupió.

La saliva de la pelirroja cayó en el rostro de Scorpius y él cerró los ojos. Durante algunos segundos nadie dijo nada. Rose se soltó bruscamente de sus manos, y él se lo permitió. No dijo nada, ni hizo nada más. La gryffindoriana dio media vuelta y se alejó del rubio hasta desaparecer por el pasillo.

Scorpius se limpió la cara con lentitud y tuvo la certeza de que, por primera vez en toda su vida, había hecho algo imperdonable.

Y supo, también, que no podría volver a descansar tranquilo hasta reparar el daño.