Hola, hola! Aquí estoy de nuevo, tan puntual que ni me reconozco y trayendo un nuevo cap. como prometí en los anteriores. Me ha salido el nuevo capítulo más largo de la historia, así que andense con ojo si tienen que dejarlo a la mitad por escaso tiempo:)

Muchas gracias a todos por leer mi historia y en especial a todos los que dedican un poquito de su tiempo a dejarme un review. No cuesta nada y de verdad es un ánimo muy grande a continuar escribiendo.

Me voy a la cama que ya es muy tarde por aquí. Saludos y sin más dilación, ¡a leer!

Disclaimer: Naruto y sus personajes son obra de Masashi Kishimoto. Sólo la historia es obra mía.


La Rosa del Desierto

por Lyldane

Capítulo XI: La amenaza se cierne sobre Suna

El viento soplaba helador, colándosele entre las capas de ropa sin que ello le impidiera continuar con su silenciosa marcha. Era noche cerrada, y por la clara posición de los astros que le ofrecía el cielo, también la hora acordada para su encuentro. La ausencia de luna y su luz únicamente contribuían a hacer de aquella oscuridad la más propicia de las situaciones.

Buen presagio, auguró Yura.

Tras media hora de rodeos y desvíos con los que cerciorarse de que nadie lo seguía, se introdujo en el interior de la muralla que salvaguardaba la ciudad a través de un minúsculo y oculto pasadizo. Allí accionó la clave acordada, abriéndose ante unas polvorientas escaleras carcomidas, que descendían hacia un pozo sin fondo. Fue consciente de cómo nada más empezar a bajarlas, algo a sus espaldas sellaba la salida. Que así fuera.

Él no tenía nada de lo que arrepentirse.

—Llegas tarde.

Yura no pudo sino tragar grueso al reconocer aquella voz. Le habían informado de que se reuniría con un contacto de confianza, pero no esperaba encontrarse con él en persona.

—Lo lamento—simplemente se disculpó, a sabiendas de que las excusas no tenían valor con ese sujeto.

—Tus lamentos no me sirven, ni harán recuperar mi tiempo. Y creo ser consciente de advertir a todo aquel que conozco, de lo poco que me gusta que me hagan esperar.

La sombra encorvada del monstruo se sacudió, provocando un desagradable crujido de resortes y madera que resonó en la oquedad húmeda en la que se enfrentaban. El consejero no pudo evitar el revolverse inquieto; que aquel individuo se encontrara en Suna era una osadía, una completa locura.

—Las patrullas se han redoblado, los controles son más exhaustivos que nunca—se atrevió a comentar—. Podría haber acudido cualquier mensajero, esto es demasiado arriesgado…

—Yo consideraré lo que es demasiado arriesgado y lo que no—sentenció la voz, grave y amenazante—. ¿O acaso es que dudas de mis capacidades de infiltración, Yura? —El aludido respondió con una enérgica negativa—. Porque yo no lo hago de las tuyas. De lo contrario, no mantendrías tu cabeza sobre los hombros.

—Entiendo, discúlpeme.

Aquel engendro lo aterrorizaba, pero confiaba en que no le tocaría ni un pelo mientras estuviese trabajando de espía para él. Todos tenían mucho que ganar si las cosas salían bien.

Si él conseguía obtener lo que se proponía.

—Creo haber encontrado la pieza que nos faltaba—informó—. Accederá a colaborar, siempre que se le prometa una compensación acorde a tamaños… esfuerzos—la sombra jorobada soltó un gruñido—. No a todos se nos hace igual de fácil traicionar a nuestra propia Aldea.

Si se trataba de una provocación, el aludido no hizo gesto alguno de molestarse.

—Tus escrúpulos no me interesan. ¿Sólo has conseguido un adepto a la causa?

El tono de su pregunta dejó denotar la escasa paciencia que le quedaba.

—Con él vendrán más, el círculo de influencia puede expandirse en las altas esferas. Es elocuente, y tiene aliados. Entonces podremos contar con una facción del ejército simpatizante.

El otro meditó la propuesta durante unos segundos.

—Tráelo a la próxima reunión. Dentro de cinco días, en el bloque derruido del barrio antiguo—Yura se sorprendió ante tal premura—. Las negociaciones se están cerrando con el resto de partes.

El consejero boqueó, sabedor de nada.

— ¿Acaso otras…?

—Eso no te concierne ahora—lo interrumpió, molesto—. Lo sabrás cuando proceda. ¿Cuál es la situación de los rebeldes de la ciudad?

Yura torció el gesto ante la pregunta. No era su tarea la de encargarse ni responsabilizarse de ellos ni su comportamiento, pero se sintió levemente irritado de tener que ser él el que le comunicase la noticia.

—Convulsa—confesó—. No saben organizarse ni templar sus ánimos. Hace unos días tuvo lugar un intento de atentado contra la esposa del Kazekage, ofreciéndole sake envenenado, a plena luz del día.

Su interlocutor chirrió colérico y Yura pudo compartir su ira contra los ineptos que habían intentado aquella chapuza. Únicamente habían conseguido poner en alerta al Kazekage y los suyos, que la vigilancia y controles se multiplicaran, y que todos los esfuerzos de Yura y los otros peligraran a precipitarse irrevocablemente al vacío del fracaso.

Y todos conocían bien cuál era el castigo por la traición.

— ¿Quiénes son?

—Han detenido a tres personas—Yura sabía lo que pasaría después—. En el edificio de tortura e investigación, planta tercera.

La marioneta asintió. Aunque fueran unos pobres diablos insignificantes, no podían dejar cabos sueltos. La incompetencia se pagaba con la vida.

Yura lo había sabido desde el minuto uno que entró a trabajar para Akatsuki.

La reunión se había extendido en exceso, y no podían permitirse el levantar sospechas. Antes de fundirse entre las sombras, la voz rota de marioneta le dejó un último encargo.

—Contacta con tus socios y encargaos de estabilizar el nido de ratas. No permitiré un solo fallo más, ¿entendido?

Yura no pudo sino asentir con convección. Conocía la forma de proceder de su contacto, pero sabía que Akatsuki estaba tan implicada como ellos mismos en la causa; eran aliados de idéntico rasante, pero en aquellos momentos, era la organización la que llevaba la voz cantante.

Quién sino esperaba con cientos, miles de almas ocultas en el desierto, dispuestas a morir por aquello a lo que llamaban libertad.

La política hacía extrañas parejas de baile, desde luego. Las pretensiones personales de Yura no coincidían en contenido, pero en cierta forma, sí lo hacían en intención. Y según se decía, era la intención lo que contaba.

El consejero rehízo el camino de vuelta sin aventurarse a utilizar sus técnicas ninja por temor a llamar la atención de alguno de los abundantes grupos que patrullaban la ciudad. Esquivarlos había sido un incordio.

Tenía suerte de contar con el sigilo de su parte. Ningún espía que se preciase carecía de aquella habilidad, al fin y al cabo.


—No responde a tratamiento—le informó alterada la enfermera—. La concentración de plaquetas en sangre no hace más que bajar.

Sakura soltó una maldición y continuó infundiendo chakra a la salvaje herida que presentaba el shinobi en el muslo derecho. Su paciente, de más de dos metros de altura y sus buenos cien kilos de músculo y hueso, se retorcía bramando de dolor. Habían habilitado el paso a tres jounin para que sujetaran a su compañero, que trataban de cumplir su tarea a duras penas.

— ¡Necesito tres nuevos litros de concentrado del tipo O negativo, ya!

Aquello parecía el escenario de una película macabra. De no ser por las transfusiones continuas de sangre y chakra, el herido hubiera muerto desangrado horas atrás. Lo mantenían con vida, pero no conseguían cerrar la herida. Había sido infectado con un virus que calcinaba las plaquetas de su sangre y aumentaba su torrente sanguíneo en una combinación letal que sólo necesitaba de una vía de escape.

El bestial cercenamiento hasta el hueso había sido dicha vía. Sakura era capaz de distinguir la materia ósea del hueso entre madejas de carne y músculo abiertas.

—Las pulsaciones están demasiado altas. Si la taquicardia le provoca un desvanecimiento, no podremos despertarlo.

Sakura encontró el momento apropiado para soltar una carcajada sin gracia, con la bata y los guantes empapados de sangre hasta los codos.

— ¡¿De verdad tiene pinta de perder el sentido?! —tuvo que elevar la voz para hacerse oír entre los alaridos del agónico gigante.

El dolor lo mantendría despierto. La forma con la que el virus acababa con las plaquetas del shinobi debía ser la causa de tanto dolor. Parecía consumirlas, volatilizarlas en un rápido proceso que no era capaz de paralizar.

—Ponedle una dosis de doscientos cada tres minutos—ordenó una vez llegó el plasma.

No sería suficiente. Tenía que cambiar de estrategia, y era muy consciente de ello. Uno de los jounin que amarraba al herido trastabilló ante una fuerte convulsión de éste y se apoyó sobre su cadera, provocando un surtidor de sangre que absorbió a la pelirrosa.

—Kami-sama.

El ninja se disculpó horrorizado y a Sakura se le iluminó la bombilla mientras le limpiaban el plasma de los ojos. No podía permitirse entrar en contacto con aquella sangre contaminada.

Necesitaba tejido óseo. Vivo.

—Baja a la morgue y tráeme el cuerpo del paciente de la D-9.

El enfermero asintió confuso, pero presuroso y sin poner en duda las órdenes de su superiora. No tenía tiempo para crear un antiviral efectivo, pero si su corazonada no le fallaba, nuevas plaquetas extraídas de una médula ósea sana y reforzadas con su chakra y proteínas que toleraran, serían suficientes para que el paciente se estabilizara. Para entonces podría contactar en laboratorio y crear el fármaco.

Si es que era capaz de hacer todo aquello con sus propias manos.

El enfermero llegó cinco minutos con el cuerpo del difunto en una camilla, ayudado por un auxiliar. El joven había muerto esa misma mañana, por lo que podía asegurarse de lo provechoso de sus células. Saltándose toda la burocracia y normativa dado el carácter urgente de la situación, Sakura procedió a realizar la incisión pertinente creando un bisturí de chakra con su índice y corazón.

El resto de practicantes contemplaron incrédulos lo que pretendía aquella chiquilla apenas mayor de edad. Tras deshuesar el cadáver y acceder a la médula del interior de su fémur, comenzó el proceso más difícil al que Sakura se había enfrentado en mucho tiempo. Disgregar las plaquetas del resto de células y fragmentos del tuétano, combinarlo con las proteínas inmunizantes y su propio chakra para luego injertar el compuesto en el boquete abierto del ninja, requería de un control del chakra irracional. Se hizo un silencio sepulcral mientras Sakura laboraba, roto únicamente por los quejidos del infectado.

Media hora después, la pelirrosa se volvió hacia el yacente, con el compuesto adherido a su mano.

—La reacción de choque será fuerte—avisó a los jounin. Tan sólo quedaba esperar que su cuerpo no rechazara el compuesto—. Preparaos.

Inyectó con cuidado el preparado, provocando una fuerte sacudida por parte del gigante que a punto estuvo de derribar a sus compañeros. Sakura colaboró inmovilizando con el antebrazo, notando la feroz resistencia del paciente. Como no hiciera efecto pronto, el cúbito y radio se le romperían en dos.

Antes de que pudiera lamentarse, el shinobi rebajó su auge. Sakura notó entonces actividad en el plasma, y cómo las nuevas y mejoradas plaquetas comenzaban a cumplir con su trabajo.

Funciona.

Trató de ponerse a cerrar la herida, pero las piernas le fallaron. Un par de auxiliares la sostuvieron antes de que tocara el suelo, y un nuevo ninja médico apareció en la sala.

—Yo puedo encargarme de esto. Excelente trabajo, Sakura-san.

Los enfermeros trasladaron a Sakura hasta una nueva habitación donde la tendieron sobre un sofá.

—Me encuentro bien, en serio—consiguió murmurar débilmente.

Haciendo oídos sordos, le trajeron té y quasi-ordenaron que descansara un par de horas por lo menos. Sakura terminó obedeciendo, consciente de su necesidad de reponer todo el chakra y energía que había invertido en aquella locura de invención.

Floja. Eso le chillaba su vocecita interna. Seguía contando con su inhumana fuerza, pero a Sakura no se le había pasado por alto el leve deterioro de sus capacidades físicas. Aquel había sido un día particularmente duro, pero ello no explicaba su falta de resistencia. Tampoco la merma en su fortaleza. ¿Desde hacía cuanto que no entrenaba un poco de taijutsu siquiera? Su último entrenamiento con Tsunade había tenido lugar semanas antes de la llegada de Sasuke y Naruto tras su misión. Si hacía cuentas, más de dos meses. Dios.

Necesitaba entrenar. Necesitaba entrenar.

—Necesito entrenar—soltó de sopetón cuando se abrió la puerta, rato después.

Chiyo-baasama se la quedó mirando perpleja, alzando las manos en un gesto que imploraba calma.

—Tranquilidad, por Kami-sama. Acabas de salir de realizar una verdadera proeza médica.

—El paciente—cayó entonces, sintiéndose egoísta por su arrebato—, ¿cómo está?

—Le acaban de suministrar el antiviral—Sakura se sorprendió de la rapidez de laboratorio—. El virus era una variante de una cepa que ya teníamos controlada. No nos dará más problemas.

Dios te oiga, deseó Sakura. La proliferación de venenos como arma de manos de los rebeldes la había hecho trabajar a ella y el resto de científicos arduamente. El incidente había tenido lugar en un ataque directo contra ellos en una población a escasas millas de la capital, después de todo. El milagro había sido que no hubiera muerto en el camino.

—Me alegro.

La anciana miró con una sonrisa a la joven.

—Mis más sinceras felicitaciones, Sakura. Eres digna sucesora de tu maestra, no cabe duda. No tardarás en sobrepasarla.

La pelirrosa se incorporó, quedando sentada sobre el sofá.

— ¿Es cierto lo que cuentan? —Preguntó, con la curiosidad picándole desde el primer día—. ¿Usted se enfrentó a mi maestra durante la Segunda Gran Guerra, Chiyo-baasama?

—Nunca directamente—sonrió con un deje de nostalgia—. Pero sí, es cierto. Yo me dedicaba por aquel entonces a crear venenos y otras armas biológicas para el país, mientras Lady Tsunade contrarrestaba mis esfuerzos, hallando siempre una cura. Puede decirse que mantuvimos un combate de conocimientos, casi cordial. Y perdí.

—Oí a Tsunade-sama mencionar su nombre en más de una ocasión, y sólo encontré admiración en su rostro.

—Y no recibe menos por mi parte, desde luego—admitió la anciana—. Aunque prefiero mil veces haberme enfrentado a ella indirectamente, que en un combate cuerpo a cuerpo—arqueó las cejas—. Es de eso precisamente de lo que divagabas, ¿verdad?

Sakura asintió con la cabeza.

—Me siento más débil de lo usual, y si no es mucha molestia, querría disponer algo de tiempo para entrenarme.

— ¿Quieres dejar el hospital?

— ¿Qué? —Sakura parpadeó—. ¡No, en absoluto! Podría seguir haciendo mi turno de mañanas. Sólo necesitaría las tardes libres. Y de tenerlas, cumpliría con mis obligaciones políticas en ese horario, por supuesto. No faltaría al hospital.

— ¿Estás segura de poder mantener ese ritmo? —le preguntó, reticente—. Me preocupa tamaña carga de trabajo—entornó los ojos, divertida—. Y si estás agobiada e insoportable, el Kazekage vendrá a mí pidiéndome explicaciones.

— ¡Q-Qué va! —se atoró Sakura, riendo—. Puedo con ello, se lo prometo.

—Con eso me vale entonces—accedió la anciana—. No habrá ningún problema con que te entrenes en la academia. Si te ponen cualquier impedimento, di que yo respondo por ti. Será suficiente.

—Qué suerte la mía—le apretó una mano afectivamente—. Muchas gracias de nuevo, Chiyo-baasama.

—Nada, nada—le quitó importancia al asunto—. Tómate el día libre y atiende tus asuntos—Sakura hizo mención de hablar—. ¡Y no me hagas repetírtelo! Largo de aquí.

Las arrugas de las comisuras de su sonrisa la delataban, y con un falso suspiro, Sakura obedeció. Se despidió de sus colegas y salió al calor de la media tarde de Sunagakure. Se percató de que la gente la miraba más que de costumbre, con una mueca de horror que a Sakura le pareció algo exagerada. ¿Qué había hecho ahora ella, o su aldea, para que recibir ese nuevo tratamiento?

—Le sugeriría quitarse esa bata y los restos de sangre—le susurró una voz—. Asusta a la población, MI señora.

Sakura se volvió reconociendo lo sarcástico del tono. Allí estaba otra vez, el chico del mercado, observándola con una mueca de desmayo. Sakura enrojeció y se despojó rápidamente de la prenda, molestándole el hecho de que actuara tan condescendiente con ella. Un extraño, y un niñato adolescente al fin y al cabo.

— ¿Tú no tendrías que estar vendiendo baratijas varias? —preguntó en tono infantil.

—Ya no. Me han despedido.

Sakura se recompuso y ejecutó una cara de circunstancias.

—Vaya, siento escuchar eso…

—No importa—la interrumpió—. No estoy hecho para esas cosas. Me hubiera terminado despidiendo yo, tarde o temprano.

Sakura se detuvo en una fuente a aclararse los macabros restos de la operación. Continuó su camino sin que le importunara la compañía del muchacho, que caminaba a su par como un fiel guarda.

— ¿Y para qué estás hecho tú entonces, si puede saberse? —indagó.

—Para pelear, por supuesto. Yo también soy ninja—terminó dándose un golpecito orgulloso en el pecho.

Tenía peor genio, pero a Sakura le recordó irremediablemente a Naruto.

— ¿Ah sí? —Sonrió maliciosa—. Qué casualidad. Justo ahora me dirijo a la academia a ver si puedo asignarme un campo de entrenamiento. Podríamos combatir.

El otro lo miró incrédulo.

— ¿Estás loca? ¿Quién querría combatir con la esposa del Kazekage? —Levantó las manos—. Paso. En el caso de que salieras herida, no querría tener que enfrentarme a Gaara. No otra vez.

Sakura alzó una ceja ante ese último comentario, pero no hizo ninguna referencia directa.

— ¿Y por qué me sigues entonces?

— ¡Yo no sigo a nadie! —exclamó él—. Únicamente me dirijo al mismo sitio y te he reconocido en mi trayecto. Eso es todo.

—Ya.

Se alejaron del centro de la ciudad, llegando a una zona que se abría más ampliamente. Allí se encontraba el edifico de la Academia ninja de Sunagakure, presentando un aspecto sorprendentemente nuevo. Bordearon el edificio y curiosearon por los alrededores, observando alguno de los entrenamientos que tenían lugar en los campos. La mayoría de alumnos eran jóvenes gennin. Se dedicaron a contemplar a una clase de niños de apenas diez años, practicando sellos con torpeza primeriza.

— ¿Cómo te llamas, por cierto?

Tenía puesta toda su atención sobre él. Los ojos jade de la chica le quemaban como piedras ardientes.

—Y-Yuusei—increíblemente, le tendió la mano—. Encantado.

—Vaya, pero si tiene modales—él soltó un gruñido. Ella, una risita—. Sakura. Encantada igualmente.

— Sakura, ¿cómo tú por aquí?

Yuusei maldijo mil veces a la rubia imponente de coletas que había aparecido en escena como venida de la nada, rompiendo su momento. La pelirrosa parecía sorprendida a su vez.

—Temari. No sabía que te dedicaras a la enseñanza.

—Y no lo hago—le anunció—. Formalmente soy consejera y cumplo con mi papel de jounin. Pero me paso a ayudar de vez en cuando, una vez cumplidas el resto de obligaciones. Como Kankuro, soy la fundadora de este sitio, después de todo.

—Vaya—Sakura estaba realmente sorprendida—. No tenía ni idea.

La mayor echó a andar, seguida de cerca por la pelirrosa y su espontáneo acompañante. Temari miró al chico de reojo pero no dijo nada.

—Apenas tiene tres años—contó—. El proyecto comenzó poco antes de que Gaara fuera nombrado Kazekage. Él personalmente fue el que se encargó de elaborar el nuevo plan de estudios, emulando el programa de Konoha.

— ¿Gaara?

A Sakura le costaba creérselo. Había aceptado que no era el monstruo de años atrás que ella creía seguiría siendo. Pero de ahí a lo que le narraba la rubia, había un largo trecho. Temari soltó una risa amarga.

— ¿Has oído hablar alguna vez del antiguo examen de graduación de Kirigakure?

Sakura asintió, grave. El examen consistía en una batalla a muerte entre los alumnos de último curso, obteniendo su bandana ninja únicamente aquellos que conseguían sobrevivir. Por cosas como ésas, Kiri se había ganado el nombre de "Aldea Sangrienta de la Niebla".

—Como para no.

—Pues hasta hace nada, Suna no se alejaba mucho de esa línea—se detuvo—. Mi hermano ha estado desde entonces muy involucrado.

La imagen del aludido se les dibujó a lo lejos, hablando frente a un grupo de unos treinta niños de primer curso. Los pequeños, de apenas seis años, permanecían sentados en el suelo conformando cinco perfectas filas, escuchando muy atentos las palabras del Kazekage. Gaara hablaba con el mismo porte, actitud y rostro que cuando lo hacía con los otros Kages.

Sakura sacudió la cabeza.

—Increíble…—murmuró Yuusei, que parecía realmente afectado.

Temari se despidió y los otros dos se quedaron observando en la distancia. La clase duró una media hora más, sin que ninguno de los pequeños profiriera queja alguna. Aquello tenía mérito, desde luego. Tantos niños, tan pocos años, y tanto silencio no parecía casar en la misma frase.

Gaara hizo una seña y los benjamines se levantaron, dejando un mayor espacio de separación entre ellos y posicionándose firmemente sobre el suelo. A continuación, comenzaron a hacer gestos con las manos.

Sellos, sonrió Sakura. En ese momento, captaron la atención de Gaara, y el joven a su lado tiritó.

—Ya he visto suficiente. Volveremos a vernos.

A Sakura apenas le dio tiempo a girarse antes de verlo partir como una exhalación. La chica se encogió de hombros y se acercó a donde impartían clase, un poco cortada.

—No pretendía molestar.

—Tranquila.

Se posicionó a su lado, testigo del esfuerzo de los niños por conseguir realizar la técnica impuesta. Tigre, Jabalí, Buey y Perro… aquellos eran los sellos para el Jutsu de Réplica, uno de los más básicos que cualquier ninja debía ser capaz de realizar antes de graduarse. Sonrió al recordar que Naruto no había podido ejecutarlo nunca.

— ¿De qué os conocéis? —le preguntó a Gaara.

El Kazekage la miró de reojo, tratando de dilucidar cuánto podría haberle contado el muchacho a la pelirrosa.

—Coincidimos en una misión de asalto—resumió—. Podría preguntar lo mismo.

Gaara volcaba toda su atención en el ejercicio de sus alumnos, pero su postura le indicaba que la escuchaba. Y que deseaba una respuesta.

—Trabajaba en el mercado y le compré una pulsera.

—Trabajaba—repitió— ¿Ya no?

—Lo han echado—colocó las manos sobre las caderas—. Pero no hay de qué preocuparse. Ese crío es un deslenguado, pero parece saber apañárselas muy bien.

—Coincido.

En ese momento uno de los alumnos consiguió crear una copia simulada de sí mismo bastante decente. El pequeño se volvió eufórico y Gaara asintió, con una ligera sonrisa colgándole de los labios. Sakura observó en silencio.

Sólo cuando terminó la clase, el primero de los niños se acercó.

— ¿Es su novia Kazekage-sama?

— ¡Pues claro que lo es! —le respondió otro—. ¿No has oído las noticias?

—No es su novia, es su mujer—objetó un tercero—. Ya están casados, estúpido.

—Haya paz—medió Sakura, con cara de circunstancias. Se presentó—. Soy Sakura Haruno. Encantada de conocer a la próxima generación shinobi de Suna.

Se sintió tremendamente rara bajo el severo escrutinio de treinta pares de diminutos ojillos.

—Es guapa—concedió una voz en la multitud.

Sakura soltó una carcajada y se rascó la nuca.

—Supongo que eso puede considerarse voto favorable—se agachó para quedar a su altura—. ¿He pasado la prueba?

A partir de ahí, todo fue como la seda. Sakura hizo acopio de toda su paciencia y los pequeños se le acercaron como moscas a la miel, haciendo, como propio de su edad, todo tipo de preguntas inoportunas.

¿De verdad tienes ese color de pelo? ¿Echas de menos tu aldea? ¿Tenías otro novio antes de conocer a Gaara-sama?

Sakura respondía a todo con una sonrisa dócil y los puños prietos detrás de la espalda.

— ¿Cuántos hijos pensáis tener?

—De acuerdo—se pronunció entonces Gaara—, hora de volver a las clases.

Los chiquillos remolonearon un poco más, pero no hubo necesidad de repetírselo. Marcharon a la carrera de vuelta al edificio, entre chillidos y empujones. Se hizo un incómodo silencio entre los dos.

—El primer día lloraban de pánico ante la perspectiva de acercarse a mí—suspiró—. Dales una mano, y te agarrarán el brazo.

—La confianza apesta—admitió ella—. Mi amiga Ino es un claro ejemplo de ello.

Se miraron con un gesto lleno de complicidad. Sakura se percató entonces de la gran cantidad de conversaciones normales que habían tenido hasta el momento. Más, podía asegurar sin miedo a equivocarse, de las que había tenido con Sasuke en toda su vida.

Recordar al Uchiha hizo que le temblaran los nervios, y el ambiente se resquebrajó.

— ¿Habías venido a algo?

—Sí. Quería ver si podían asignarme espacio y algo de intimidad para entrenar por las tardes. He descuidado mi forma física—se explicó.

—No estoy al corriente, pero es probable que haya algún campo libre que puedas utilizar—señaló el edificio—. Habla con Hiyoshi de recepción.

Echó a andar y Sakura apretó los puños, tragándose su orgullo y enunciando la petición a la que iba dándole vueltas en la cabeza desde el minuto uno de su conversación.

— ¡Tal vez, si hubiera alguna posibilidad de que tú…! Bueno, de que accedieras a practicar conmigo… te lo agradecería.

El Kazekage se detuvo y la miró de soslayo, considerando su propuesta. Para Sakura transcurrieron semanas hasta que se dignó a contestar.

—No.

¿Eh? Su cara debía ser todo un poema. Qué demonios. Sakura no se esperaba una respuesta desfavorable, sobretodo porque desde el primer día él había accedido a todas sus peticiones. Si quería trabajar en el hospital, se lo permitía. Si le pedía traer a sus padres, él aceptaba.

Gaara continuó andando y Sakura salió tras él al trote, incapaz de aceptar la negativa.

— ¿Por qué no?

—No tengo tiempo para eso.

Ella se paró en seco, con cara de incredulidad. Su yo interno comenzaba a apoderarse de su mente.

— ¡Esto lo haces por lo de la otra vez!

Gaara cerró los ojos y terminó por volverse, respirando con calma.

— ¿A qué te refieres?

— ¡Cuando me negué a hablar contigo en un primer momento porque estaba molesta por lo de las fotos!

El pelirrojo frunció el ceño y se cruzó de brazos.

—Tengo responsabilidades como Kazekage, Sakura. También aquí. Esa no es la razón, y lo sabes.

—No lo entiendo—lo ignoró ella intencionadamente—. Luego te dejé pasar y hablamos como personas adultas. No sabía que eras un rencoroso, Gaara.

—Te digo que no es por eso—Gaara comenzaba a perder la paciencia—. ¿Qué te pasa? Estás comportándote como una…

— ¿Molestia?

La chica le dedicaba una sonrisa rota. No era el adjetivo que él planeaba pronunciar, pero no distaba mucho de la nueva realidad que ella le presentaba. Gaara se rascó el puente de la nariz en un gesto cansado.

—Acepta la negativa, Sakura. Ya no eres una cría.

Y yo tampoco. No, él era el Kazekage, y de hecho, dudaba de si alguna vez había sido niño. Un pitido le sacudió la mente cuando los recuerdos comenzaron a brotarle de nuevo. Gaara ya era un experto, y con un inaudible quejido, volvió a esconderlos en lo más profundo de su psique. Desde aquel mismo pozo, su demonio lo insultó.

Sakura se mantuvo con el rostro oculto bajo mechones deshechos de cabello.

— ¿Gaara-sama? Le estaba buscando.

Matsuri salía de la academia en ese mismo momento, manteniendo las distancias al entender en seguida lo tenso del ambiente.

—Matsuri—la saludó.

—Puedo esperar a otro momento, si lo desea…

—No—declaró—. Ya hemos terminado nuestra conversación.

Gaara escuchó el plof señal de que Sakura se había marchado en una nube de humo, escapando del lugar y reafirmando su sentencia de conclusión. Contempló unos instantes el lugar donde había permanecido, para luego inspirar pesadamente y hacerle una seña a Matsuri para regresar al edificio.

La castaña, como él, se había quedado absorta en el sitio de la pelirrosa. Maldiciendo por lo bajini, bufó y echó a correr en pos de su maestro. No pudo evitar que una fugaz sonrisa de satisfacción le curvara los labios.


Un intenso escalofrío le recorrió la columna vertebral cuando notó su arrolladora presencia tras la espalda. Se había hecho a la idea de que acudiría a él, pero no de que fuera a hacerlo en un momento tan gráfico como ese. Ya se avergonzaba lo suficiente como para tener que aguantar su fría mirada de indiferencia, demasiado apática como para reprocharle nada.

A Yuusei le quemaron las monedas entre las manos y se volvió con un gesto de fastidio.

—Necesito comida y un sitio donde pasar la noche. Y respecto a ella, déjame decirte que no le he tocado ni uno de sus llamativos pelos.

—Calma—Gaara se deshizo el turbante se sentó sobre una de las piedras de la derruida casa en la que se ocultaba—. No he venido a pedirte explicaciones.

El chico se relajó un tanto, escondiendo el pequeño botín que había sustraído a un lujoso mercader de un limpio tirón tras una oquedad en el muro de adobe. Dispuso unos pedruscos en la entrada de la mejor manera posible para evitar cualquier posible, aunque poco probable, mirada indiscreta. Gaara lo observaba hacer en silencio.

—No me siento orgulloso de ser llamado ladrón—aclaró, con el ceño fruncido.

—Te creo.

— ¡Deja de ser tan condescendiente conmigo, por Dios, resultas insufrible! ¿Tú nunca te cabreas o qué? —Se pasó una mano por el pelo, mientras el pelirrojo sólo lo observaba interrogante—. Déjalo, es igual. ¿A qué has venido?

Gaara cerró los ojos y se tomó su tiempo para contestar, con la verdadera intención de que se templaran los ánimos de su interlocutor.

—A proponerte un trato. Quiero que trabajes para mí.

Yuusei frunció un poco más el ceño, entornando los ojos y con escasa inclinación hacia la idea.

— ¿Por qué debería trabajar para ti? Tú eres mi enemigo, el Kazekage siervo de Konoha—se recordó—. Y yo sigo siendo un rebelde.

—Precisamente—afirmó—. Pero déjame corregirte, y decir que dadas las circunstancias, solo puede confirmarse que yo era tu enemigo. Y respecto a por qué deberías trabajar para mí… la primera razón podría ser, por ejemplo, para que dejaras de rapiñar como un vulgar maleante, que tanto te avergüenza, y te dedicaras a ejercer de aquello para lo que has sido formado.

A Yuusei le ponía enfermo el hecho de que tuviese la respuesta adecuada para todo, pero con aquellas palabras había conseguido llamar su atención. Orgullo era lo último que sentía al tener que tironear de los bolsos de los viandantes para subsistir, y si le ofrecían otra salida, no podía desecharla sin escuchar primero al menos sobre qué trataba.

Sin embargo, su mente ya estaba fraguando una idea cuya apariencia no le gustaba en absoluto.

—Por el remoto caso de que aceptara, ¿qué tendría que hacer?

Gaara miró innecesariamente en derredor y bajó el tono de voz.

—Infiltrarte dentro del grupo rebelde de la ciudad, e informarme de los planes del mismo, personalmente.

— ¿Un espía? —Confirmó sus sospechas—. ¿Quieres que trabaje como espía para ti? —El Kazekage lo miraba sin decir nada—. ¡Eso es absurdo! No estoy hecho para eso. En Kinto formaba parte del pelotón de asalto, en la vanguardia, ¡era prácticamente carne de cañón! Mucho nervio y poco cerebro. No tengo la sangre fría necesaria. Soy un maldito libro abierto…

El disparate lo había hecho reír, pero su sonrisa fue desvaneciéndose a medida que el semblante serio del pelirrojo le confirmaba que hablaba en serio.

—No te lo propondría de no estar seguro de tus capacidades.

— ¿Pero acaso no me has oído? —se escandalizó—. ¡No soy un profesional! Me pillarían a la primera de cambio. Me matarían.

—No quiero un profesional. Busco un rebelde, alguien con tu arrojo y carácter, y ellos también. Es por eso que no llamarás la atención entre el resto. Y puedo asegurarte que yo mismo velaría en todo momento por tu integridad física.

— ¿Y mental? —Volvió a reír, casi demente—. Terminaría por volverme loco escondiendo un secreto así. ¿Y qué me dices de la moral? —se enfureció—. ¿Por qué traicionaría a los míos por un puñado de monedas? Los hijos del desierto no somos así. A diferencia de los esclavos de Konoha, tenemos honor.

Sonreía orgulloso, con el pecho inflado y los hombros firmes. Gaara llevaba planeando aquello largo tiempo, y aquel había sido el punto que más quebraderos de cabeza le había ocasionado. Conociendo al chico, ya casi creía no ser capaz de convencerlo, cuando ese mismo día le había dado la solución a su problema. Allí, en la academia, no había inadvertido el brillo en sus ojos y el leve sonrojo en sus mejillas.

Conocía su debilidad.

—Sakura está en peligro.

Aquella simple frase bastó para transformarle el rostro. El chico frunció el ceño y lo miró mitad interrogante, mitad desafiante.

— ¿Cómo que está en peligro?

—El otro día trataron de matarla en su paseo por el mercado. Con veneno—apuntó—. Los reportes de inteligencia señalan que cabe esperar nuevos atentados, pronto. Y la próxima vez no dejarán las cosas a medias.

El joven trataba inútilmente de mostrarse firme e indiferente, pero se le veía afectado. Gaara ya había considerado que poniendo un poco de dramatismo exagerado en sus palabras conseguiría más efectivamente su objetivo, por lo que procedía sin más.

Yuusei por su parte estaba sufriendo lo que podría calificarse como crisis de identidad. La noticia del ataque a la pelirrosa le había afectado mucho más de lo que podía haber previsto, pero sobretodo, más de lo que le hubiera gustado. ¡Y qué cojones tenía que importarle aquello, de todos modos! Ella también era la enemiga. ¡Era Konoha, la peor de todas, por el amor del cielo! Y en aquellos instantes sólo se le aparecía su imagen sonriente y espléndida, con aquel extraño cabello de fantasía que ella tenía, esos ojos verdes como esmeraldas pulidas, y ese gesto de falsa superioridad que dejaba entrever un mohín gracioso.

Mierda. Ese fue el momento en el que Yuusei fue consciente de lo estúpidamente enamorado que se encontraba de la pelirrosa. Con aquel primer empujón que se dieron en mitad de calle, el muchacho había sentenciado su corazón y su destino.

—Está bien, lo haré.

Consciente del apabullante torrente de pensamientos que fluía por la cabeza del adolescente, Gaara optó por no decir nada y asentir más que conforme.

—Mañana mismo te proporcionaré toda la información necesaria. Te guiaré en todo momento, te indicaré cómo proceder—le infundió ánimos—. Todo saldrá bien.

El Kazekage se levantó rehaciendo su disfraz, dispuesto a marcharme.

—Me tendrás en todo momento informado, y no hablo solamente del procedimiento—exigió el chico, alicaído.

Gaara colocó una mano sobre su hombro.

—Gracias, Yuusei.

El chico se la apartó de un manotazo flojo, molesto con el pelirrojo, con la pelirrosa, consigo mismo, con el mundo entero.

—No lo hago por ti, que quede claro.

No, lo hacía por ella. Eso él ya lo sabía.

Gaara salió de la derruida estructura. El viento había vuelto a levantarse peleón, zarandeando con violencia su túnica y pronosticando la tormenta que no tardaría en llegar. El Kazekage no veía el momento en el que ésta transcurriera, y diera paso a la posterior calma.

Calma. En general. Sería muy bien recibido. Eso era algo de lo que, desde luego, todos necesitaban.


Sakura se había pasado la noche en vela. Dando vueltas en la cama, al almohadón en búsqueda del lado fresquito, y a un montón de pensamientos causa mayor de su insomnio. Se sentía contrariada. Sí, esa era la palabra. Rabiosa consigo misma y con el mundo. Fuera, el sonido del viento respondió a sus lamentos con un aullido. Sakura maldijo entre dientes, con la cara hundida en la almohada. El elemento también había contribuido con su estruendo en su proceso vital de sueño.

Sabía que se había comportado como una total estúpida. Su impertinencia había acabado con todos los progresos que había conseguido hacer involuntariamente con Gaara. Llevarse bien con él era sin duda la mejor de las conveniencias. Era el Kazekage, líder supremo de su Aldea, y su marido. Le hacía más bien que mal, era algo puramente objetivo.

Pero descubrir que realmente le importaba, no la hacía sino sentirse peor.

Apenas entraba luz a través de las cortinas. Sakura cambió de nuevo su postura, colocándose boca arriba con las manos entrelazadas sobre el pecho y los ojos clavados en el techo.

No podía, ni quería, considerar a Gaara un amigo. En verdad no lo era, pues su relación no había llegado a tanto como para crear un vínculo al que pudiera poner ese nombre. Pero en ese tiempo había averiguado cosas que tiraban por la borda algunos falsos mitos creados en torno a su figura.

Era mortalmente serio, y al menos en apariencia, se mostraba frío, apático e indiferente. En ese aspecto, no se distanciaba de Neji o Sasuke. Pero hablando era respetuoso y algo más mirado que éstos, menos áspero… más parecido a Shino, sí. Ocultaba sus buenos actos bajo un velo de irrelevancia como Kakashi. Y no podía olvidar que un Biju monstruoso habitaba en su interior, capaz de convertirlo en una bestia incontrolada sedienta de sangre… ¿Pero no era acaso Naruto, su mejor amigo, igual en ese aspecto?

Sakura soltó un bufido y volvió a cambiar de postura. Como Naruto, Gaara también había sufrido. No estaba muy al tanto de su historia, pero su instrumentalización como arma de invasión contra Konoha, y los rastros de miedo que todavía mostraba la gente ante su presencia, reflejaban un pasado claramente marcado por el rechazo, la soledad y el abandono. No había que ser un genio para sumar dos más dos.

El principal problema residía en que Naruto había encontrado a Iruka, a Kakashi, a Sasuke, a ella misma. Gaara no había encontrado a nadie, pero había conseguido progresar por sí mismo, con no más armas que el esfuerzo, la paciencia y el posterior apoyo de sus hermanos. Encomiable.

Se levantó de la cama de un salto y abrió las cortinas esperando que el sol naciente del desierto le calmara los ánimos, pero se encontró con un mar de arena embravecido que azotaba con fuerza los cristales de su habitación, amenazando con romperlos. He ahí la respuesta de la falta de luz, y su creencia de encontrarse a primera hora de la mañana.

Un segundo, ¿qué hora era?

Miró su reloj de mesilla y estuvo a punto de estamparlo contra el suelo cuando las manecillas le indicaban las diez y veintitrés minutos de la mañana. Sakura había cogido el hábito de madrugar y no tenía necesidad de poner el despertador.

Pero lamentablemente, ese día llegaría tarde a su turno al hospital.

Se vistió a la velocidad del rayo, y arreglándose como podía el cabello por los pasillos, se dio de bruces con Nadeshiko una vez en el vestíbulo. La mujer hizo acción de increparla.

— ¡No tengo tiempo, llego dos horas tarde al trabajo!

—Hoy no puede ir a trabajar, Sakura-sama—le anunció—. Se ha prohibido la circulación por las calles y se ha pedido a todo el mundo que permanezca en sus casas.

Sakura se llevó las manos a la cara. Lo último que necesitaba era quedarse allí como un tigre enjaulado: aquello daría rienda suelta a sus pensamientos, y no quería saber con qué le sorprendía su fantástica cabecita una vez más.

—Pero tengo cosas que hacer. MUCHAS cosas que hacer—puntualizó.

—Es peligroso, señora—Nadeshiko se empeñaba en retenerla—. Apenas hay visibilidad, es imposible caminar con el azote del viento y la arena. Es la tormenta más grande que se recuerda en los últimos veinte años.

El embiste del viento contra los muros del edificio secundó sus palabras. No podía creerlo: toda idea de aprovechar el día de manera productiva y eficiente se había esfumado, dados los nuevos acontecimientos. Tendría que quedarse en casa, y distraerse con lo que fuera para no poner su mente en otros asuntos peores recibidos. Al menos, se dijo, podría avanzar con los informes de cirugías y…

Entonces recordó que se los había dejado en dentro de su bonita carpeta morada, en la mesa de su despacho del hospital.

—Mierda—miró a través de una de las ventanas, sin que esta le diera mucha más visión que la de una nube difuminada de color marrón que se extendía allí donde posaras los ojos—. Mierda, mierda.

—Cálmese. ¿Necesita que le traiga algo?

Nadeshiko la miraba atenta, dispuesta a ayudar. No sería ella la que se lo negara.

—Por favor—pidió, sentándose sobre uno de los sillones—. Una infusión de jengibre no me vendría mal para relajarme.

—Enseguida.

La mujer desapareció presurosa tras uno de los corredores, y cuando ya no veía su silueta, Sakura se levantó. Apenas serían cinco minutos, el hospital quedaba muy cerca de su casa. Una vez hubiera llegado se quedaría allí a esperar a que amainase la tormenta de arena, y mientras, ser de utilidad con los que la necesitaban. Se negaba a permanecer enclaustrada sin nada que hacer.

Y aquello sólo era una tormenta de arena. Era kunoichi, ¡por Kami-sama!, no le sería tan difícil orientarse por el mismo camino que tomaba todas las mañanas…

…o fue es lo que pensó.

Media hora después, Sakura volvía a cruzarse con el mismo edificio desconocido de las últimas siete veces. El embiste del viento prácticamente la levantaba del suelo, y Sakura gastaba sus energías en mantenerse firme sobre éste y no perder el equilibrio, caminando poco a poco. Los granos de arena eran lanzados como diminutos proyectiles, arañándole la piel e irritándole los ojos. Tenía que respirar con cuidado, y avanzar cubriéndose con la capa de alguien que había cogido prestada del perchero del vestíbulo antes de salir del edificio del Kazekage.

Tuvo que reconocerlo: se había perdido, desorientado en aquel infierno de arena y viento. No era capaz de ver a menos de un metro de distancia, y el algún momento debía haber tomado un desvío improcedente que la había llevado Dios sabía dónde. Estaba en la ciudad, pero sola, perdida, y en mitad de la tempestad.

Aprovechó para gritar con todas sus fuerzas, ahora que nadie la oía, nadie la veía. Una vez más, Sakura Haruno demostraba su estupidez en todo su esplendor. Tendría que haber hecho caso a Nadeshiko, igual que tendría que haber hecho caso a su madre otras tantas veces, igual que a Tsunade, igual que a Kakashi. Estaba probado que siempre que desobedecía, las cosas le salían mal.

¿Cómo era capaz de efectuar verdaderas hazañas médicas, y no poder controlar su vida de chica corriente de dieciocho años de edad? La vida presentaba enigmas indescifrables.

Detuvo sus lamentos cuando creyó oír unas pisadas arrastradas sobre la arena. A pesar del estruendo, eran distinguibles en lo diferente del alboroto continuo al que ya se había acostumbrado su oído.

— ¡¿Hay alguien ahí?! —gritó.

No obtuvo respuesta. Sakura se giró en derredor, buscando ciega entre las brumas de ventisca alguna pista que la dirigiera al origen de su descubrimiento. Tardó unos minutos hasta que creyó observar una silueta difusa y baja frente a ella. No era capaz de medir las distancias, pero no podía estar a mucha más de treinta metros. Entornó los ojos para ver mejor, pero apenas se le presentaba una sombra de extraña forma. Tal vez fuera un contenedor barrido por el viento, o un montículo de arena acumulada. No tenía ninguna garantía. Pero cuando la silueta se movió, Sakura decidió arriesgarse.

No había dado el primer paso cuando una pared de arena se levantó con violencia ante ella, a apenas centímetros de su nariz. Sakura se dio la vuelta posicionándose para el ataque, pero ya era demasiado tarde. La pared trazó una curva, creando una esfera perfecta y envolviéndola en su interior. Trató de romper el muro de un potente puñetazo que hizo temblar la estructura, pero no consiguió romperlo. Llegó a distinguir una nueva sombra antes de que la esfera se cerrara por completo y se hiciera la más absoluta oscuridad.

Como un animal herido y sin posibilidades, Sakura se lanzó contra el atacante a ciegas.

— ¡SHANNAROOO!

—Detente.

Demasiado tarde para ambos. La arena consiguió elevarse a tiempo, pero no adoptar la consistencia necesaria para resistir el brutal derribo de la pelirrosa. Sakura cayó sobre su cuerpo con potencia, en un amasijo de piernas y brazos. No acostumbrado a los golpes, el pelirrojo soltó un resuello de dolor. Hacía largo tiempo que no recibía ningún impacto.

— ¿G-Gaara? —Sakura se incorporó a tientas—. ¿Eres tú?

Adelantó sus brazos a la nada, a la búsqueda del Kazekage. Ambas manos hicieron contacto con piel ajena. Sakura palpó y reconoció el calor que emanaban las facciones de su rostro. En un instante recorrió sus pómulos y la curva de su mandíbula, alargando el camino hasta sus sienes.

—El mismo.

La voz sonó diferente, extrañamente ronca al rebotar contra las paredes del globo de arena en el que se encontraban dilucidó rápidamente Sakura, que apartó las manos como si le abrasaran. Suspiró recomponiéndose del sobresalto inicial.

—Casi me matas del susto…

Escuchó cómo el chico se sacudía la arena de la ropa y se ponía en pie.

—Apuesto a que tu doncella va a decir exactamente lo mismo en cuanto te vea entrar por la puerta.

Esta vez, Sakura distinguió un tono mucho más seco de lo habitual. Estaba enfadado.

—Ella no tuvo nada que ver—no quería que ninguna clase de reprimenda cayera sobre Nadeshiko por no haberla vigilado—. La engañé para poder escapar al hospital. Fue mi culpa y…

—Claro que fue tu culpa—la interrumpió, brusco—. No obedeces a nada de lo que se te dice. Es más, incumples las prohibiciones que se te decretan.

—Lo siento…

—Te comportas egoístamente, Sakura. No piensas en los efectos que tus acciones pueden tener sobre los demás. ¿Es que acaso no lo entiendes? ¿Tú, que tanto alardeas de tu inteligencia?

El hecho de no verlo y únicamente escuchar una voz áspera en la oscuridad que decía tantas verdades, la hizo sentirse indefensa ante la ira de una deidad. Los ojos comenzaron a humedecérsele y se tapó la cara aun a sabiendas de que no podía verle.

—Yo…—murmuró, sorbiéndose la nariz—. Sólo quería ser de utilidad.

Transcurrieron unos segundos en los que sólo se escucharon los sollozos de la pelirrosa, provocando un eco que no hacía sino aumentar el patetismo de la situación. Al final, Gaara terminó suspirando largamente. Sakura se lo imaginó rascándose el puente de la nariz, como hacía cuando las circunstancias amenazaban con sobrepasarle.

—No ha sido muy buena idea—se atrevió a comentar.

—No. De hecho, ha sido una pésima idea.

El tono duro había terminado por desaparecer dando paso a uno mucho más cordial. Se hizo un silencio entre los dos hasta que el Kazekage volvió a hablar.

— ¿Te importa que haga algo de luz?

—Adelante—se limpió rápidamente los rastros de lágrimas de la cara—. Es un poco incómodo hablar sin vernos las caras, lo admito.

Gaara invocó una llama que quedó suspendida en el aire, iluminando el esférico en el que se alojaban. Las proporciones eran más pequeñas a lo que Sakura se había imaginado en un momento, y por ende, apenas podían estirarse sin que se rozaran.

—Disculpa, hubiera sido más confortable de haber elegido medidas más grandes.

Sakura recibía su mirada desde lo alto, erguido en todo su porte. No conocía su capacidad para realizar jutsus de fuego, pero tampoco la sorprendía. El chico era un portento. Se rodeó las rodillas con los brazos y acomodó la espalda contra el muro curvo de arena comprimida.

—No te disculpes. Las prisas por actuar han sido obra mía—bajó la cabeza—. Lo siento.

Escuchó al chico sentarse a la par que ella, con las piernas cruzadas. Notó su rodilla izquierda presionándole levemente el muslo derecho.

—No pasa nada.

—Y lamento también mi comportamiento del otro día en la academia. Profundamente—se escondió sobre sí misma—. Me comporté como una caprichosa egoísta, sin atender a razones. De normal no soy así, lo prometo—le aseguró—. Estoy muy avergonzada.

—Ya está olvidado.

Ahora que había comenzado, Sakura no pudo parar.

—Y unos días más atrás me colé en tu despacho sin permiso—confesó—. Y aunque fue para ayudar a una amiga, no puedo justificarme de modo alguno. Rompí las reglas. Me merezco lo peor.

La chica se había hecho prácticamente una bola. Gaara frunció imperceptiblemente los labios, considerando el calibre de sus palabras.

—Buen trabajo—ella alzó la cabeza como un resorte—. Ni me había dado cuenta.

Mentiroso. Sakura sacudió la cabeza, turbada.

— ¿Es que no has escuchado lo que he dicho? ¡Eso es un crimen, y grave! En Konoha yo no hacía todas estas cosas—frunció el ceño, seria—. Yo creo que es el calor del desierto, que me nubla la mente y en verdad no sé lo que hago…

Volvió la vista incrédula cuando escuchó a Gaara soltar una risa nasal poco disimulada. Aquella reacción era completamente nueva.

—Sí, eso debe ser.

Las notas de su voz permanecieron flotando en el ambiente unos segundos más. Y de nuevo, silencio, únicamente roto por el lejano bramido de la tormenta que se desarrollaba fuera de su improvisado refugio. Sakura sabía que podría tardar en amainar media hora, o tal vez cinco. No creía tener tema de conversación suficiente si se daba el segundo caso, pero sorprendentemente, no lo necesitaba. Permanecieron callados un minuto, tal vez diez, sin que por primera vez se hiciera latente aquel característico clima de tensión incómoda del pasado.

—Creo…—su voz despertó a Sakura—, que yo también debería disculparme.

El pelirrojo miraba un punto fijo al otro extremo de la esfera. Sakura sacudió la cabeza, completamente perdida.

—Perdona, pero no sé a qué te refieres.

Gaara cerró los ojos.

—Me refiero a aquellos sucesos en los exámenes a chunin en Konoha. Te herí, y creo que te debo una disculpa.

Lo penetrante de su mirada turbó un poco a Sakura, mientras viajaba hasta los momentos a los que él se refería. Sí, lo recordaba bien, su inconsciencia sobre su enorme garra transmutada y el dolor sobre sus costillas, y su espalda contra el árbol. Había sido uno de los ataques más traumáticos que había padecido; era imposible que lo olvidara.

—Eso es cosa pasada—sonrió levemente—. Y ya habéis pagado tú y tu pueblo el precio acordado. O casi terminado de hacerlo.

—Sí. Pero esto era algo que sentía la necesidad de hacer.

Sakura distinguió en el brillo de sus ojos lo verdaderas que eran aquellas palabras, y lo mucho que le había pesado el comportarse como lo hizo no sólo contra ella, sino contra Naruto, Sasuke, y en definitiva toda su Aldea. Precisaba de su perdón, y con él, el de toda Konoha. Sakura sonrió más ampliamente y se permitió el delegarse aquella potestad.

—Entonces, no dejes que te preocupe más. Todo está bien.

El pelirrojo terminó asintiendo, y una vez más, se hundieron cada uno en sus propias cavilaciones. El viento fue remitiendo progresivamente, hasta que a través de una abertura creada consideraron que ya no existía peligro de perderse de nuevo.

—Ya ha pasado—comentó Sakura, asomada por la rendija—. Volvamos a casa.

Gaara deshizo la arena y el mundo real los acogió de nuevo. Sakura echó a andar, sin percatarse de lo peligrosamente naturales que le habían salido aquellas tres últimas palabras. El Kazekage salió en pos de ella, con la sombra de una sonrisa en el rostro.

Por su parte, a él no se le habían pasado por alto.


La tormenta había cesado por completo escasos minutos atrás, y en apenas unas horas tendrían reunión del Consejo para estimar los daños pertinentes. Aprovechando la todavía impuesta situación de emergencia, y la caída de la noche, Joseki avanzaba detrás del otro consejero, que se movía sigiloso como una serpiente. Atravesaron mil y una calles, dando cientos de rodeos, hasta que se detuvieron frente a un edificio semiderruido, en apariencia igual al resto de los colindantes.

—Espero que merezca la pena, Yura—gruñó el viejo—. Tanto misterio me pone enfermo.

—Te aseguró que lo hará—traspasaron varias estancias, hasta que Yura abrió una última puerta—. ¿Un país entero merece suficientemente la pena?

La capa del individuo allí presente confirmó las sospechas que Joseki se había obligado a descartar. No pudo sino boquear y tragar saliva ante las circunstancias que le preparaban.

—Llegas a tiempo, Yura—su voz sonaba a madera y calavera rota—. Me sorprendes.

— ¿Te estás dando cuenta de lo que me estás pidiendo?

La palabra traición le estallaba en los oídos como miles de fuegos artificiales. Yura se acercó y le puso una mano firme sobre el hombro.

—Sí—su voz sonaba clara y serena—. Te pido una Suna nueva, una Suna mejor. Una mano capaz de organizar al ejército y revestir al país de su gloria pasada. Una mano que no tiemble a la hora de echar a los invasores, ni de velar por los intereses del país y su gente. Alguien que lo tema a nada, en particular, a la hora de imponerse ante las tropelías de la vil Konoha.

Un grave silencio prosiguió a su discurso. La mente de Joseki funcionaba a mil revoluciones por minuto, atando cabos con facilidad. No se había ganado el puesto en el Consejo por su estupidez, precisamente. Akatsuki, los rebeldes,… y puede que incluso alguien más tomara parte de ello, no descartaba nada.

—El castigo por alta traición es la muerte—dijo solamente.

—Una vez ocurra, tú serás el que decida con qué pena se castiga cada delito.

¿Pretendía Yura colocarlo a él en la cúspide? No podía negar que convertirse en el Kazekage no había sido su sueño desde bien temprano. Había trabajado tanto, tantos años de sufrimiento, esfuerzo y dedicación, para que luego el puesto pasara de Rasa directamente a su hijo el monstruo. La elección de Gaara había sido un proceso acelerado: tras el intento fallido de invasión a Konoha y la muerte del antiguo Kazekage, la incertidumbre futura ya era demasiado grande como para que un vacío de poder tal la agravara más. ¿Invadiría Konoha el país del viento como represalia? Eran conscientes de que caerían al primer envite.

Los dos años siguientes, los dedicaron por completo a diplomacia rastrera con la que bien perdieron el honor, consiguieron salvaguardar la independencia e integridad del País. Joseki no estaba orgulloso, pero era consciente de que había sido necesario.

Fue al siguiente año con el nombramiento de Gaara como nuevo Kazekage cuando Joseki comenzó a acumular rabia celosa.

—Es bien fácil—comentó la voz del criminal, impaciente—. Tú obtienes tu sillón, y nosotros te quitamos al jinchuriki del medio. Un trato justo.

Yura miraba al viejo casi suplicante. Éste cerró un momento los ojos, para después abrirlos con decisión. Aún faltaba el concretar ciertas condiciones. Sacarían la mejor tajada de aquello, no cabía duda.

—Un trato justo—coincidió.

A su derecha, Yura sonrió. Su nuevo y ansiado futuro, así como el de su Aldea, parecían más flamantes y espléndidos que nunca.

Continuará...